Mi mujer no sabe resistirse a un buen rabo (fin)
La arena de la playa aún no se ha lavado de su piel cuando el silencio de la noche trae una tentación mucho más cercana. Mientras su esposa busca placer con otro, él descubre que la amiga de ella tiene hambre de algo que solo él puede darle.
En primer lugar, os quiero agradecer los comentarios a las dos partes anteriores de este relato. Espero que el desenlace os guste.
Los que estáis siguiendo la serie, ya sabréis que mi mujer, Luisa, y Ucho, acabaron follando en la playa. Y yo, espectador de lujo, me hice una paja viendo como mi esposa disfrutaba del polvo de su vida. Al regresar hacia el pueblo, decidí ir a casa. Debía quitarme toda la arena de encima y eliminar las pruebas de mi “espionaje”. De camino al apartamento, me llamó Ucho:
- ¡Carlos, tío, ¿dónde te has metido? ¡Te estamos buscando desde hace una hora!
- Estaba en la discoteca, pero habéis desaparecido los tres y…
- Joder, nosotros también hemos salido… ¿Hacia dónde has ido?
- A los bares de la calle San Lucas. He llamado a Luisa, pero tiene el móvil desconectado.
- No, no, se le ha acabado la batería.
- ¿Está contigo?
- Estamos en la discoteca otra vez, ella ha entrado por si te veía. Yo ya me voy a ir a dormir, que estoy cansado.
No me extraña, cabrón, con el polvo que acabas de pegar, pensé.
- ¿Te vienes a buscarla? – continuó Ucho.
- Yo ya me iba a casa, que estoy un poco mareado.
- No hay problema, se lo digo cuando salga. Nos vemos, colega, un abrazo – y colgó.
Calculé que si mi mujer estaba en la discoteca, para llegar a casa, necesitaría, yendo a pie, unos 20 minutos, suponiendo que la despedida con Ucho no se alargase. Yo estaba a unos 5 minutos de casa, así que aceleré el paso.
Al llegar al apartamento, lo primero que hice fue irme hacia el baño para quitarme la ropa dentro del plato de ducha. Invetiblamente, pasé por la habitación de Nuria. Tenía la puerta medio abierta. Para mi sorpresa (y deleite), la amiga de mi mujer estaba dormida en la cama. Cubierta tan solo por unas braguitas e iluminándola tenuemente la luna. Sus enormes y redondas tetas eran tan apetecibles… y aquellos pezones, siempre puntiagudos parecían apuntarme. Deseaba entrar. Meterme con ella en la cama y follármela. Pero salí de mi ensimismamiento al recordar que Luisa estaría al caer y que me tenía que duchar rápido. Entréen el baño, me quité la ropa, de la que expulsé toda la arena y me duché. De pronto, el quicio de la puerta del baño pareció entreabrirse. La cortina de la ducha era translúcida. Me pareció distinguir el cuerpo de Nuria. Bufff, si la amiga de mi mujer me excitaba, aquello ya me empezó a ponerme a mil. La cortinilla era tan translúcida para mí como para ella, así que me entretuve en enjabonarme bien la polla. En segundos se me puso morcillona, casi tiesa. Me enjuagué y abrí la cortinilla. Nuria estaba apoyada en el quicio de la puerta, se había pueto una camiseta de tirantes. Mirándome. Yo estaba totalmente expuesto a ella.
- Joder, Nuria, qué susto. ¿Me estabas espiando?
- Hombre, si tú me espías a mí, yo voy a hacer lo mismo.
La cabrona me había pillado. Me empecé a secar frente a ella. Muy despacio.
- Pensaba que te habrías quedado con tu amiguito de la disco.
- Uy, ese, bah, un crío. Cuando le metí la mano en los pantalones, se corrió y me dejó tirada. Y, encima, me ha dejado muy cachonda. Cuando he llegado a casa, me he hecho una paja, pero la verdad es que las pajas para mí son como la horchata cuando tengo sed, que me dan más sed y las pajas me ponen más cachonda.
Me acerqué a ella y la besé. Fue un largo y apasionado morreo. Ahora ya tenía la polla durísima, clavada en su barriga. Empecé a amasarle sus hermosas tetas. De pronto, se separó ligeramente y me preguntó:
- Oye, ¿y dónde está Luisa?
Joder, ¡mi mujer! Me había olvidado completamente de ella. ¿Le debía decir a Nuria la verdad? Tenía décimas de segundo para tomar una decisión.
- Estaba con Ucho en la discoteca, pero después han desaparecido.
- Ah, ya… - Nuria se temió lo que realmente había ocurrido.
- Pero Luisa está a punto de llegar… - no tuve más remedio que confesar.
- Pues no podemos continuar, Carlos. Mejor me vuelo a la cama.
Y con de tonto y la polla tiesa, me quedé en el baño mientras Nuria se escurría entre su habitación y cerraba la puerta. Me di un manguerazo de agua helada para que se pasase la excitación, me sequé, me puse los pantaloncillos del pijama y me metí en la cama. No tardó en llegar Luisa. Entró con el mayor de los sigilos. Se metió en la cocina y, después, al baño. Estuvo un buen rato. Oí la ducha. Minutos después, se metía en la cama. Hice ver que me despertaba:
- Cariño, ¿ya estás aquí? ¿Qué hora es?
- Las dos van a ser.
- ¿Dónde estabais? Os he buscado por todos lados.
- Estábamos buscándote, nos habremos cruzado. Venga, vamos a dormir que estoy muy cansada. Buenas noches.
Y se durmió en segundos. O lo hizo ver. Por mi parte, me costó conciliar el sueño. Había sido una noche rejodidamente intensa. Primero, ver juntos a mi mujer y Ucho; después, mi escarceo con Nuria. Deseaba irme a su habitación y follármela salvajemente. Supe contenerme. Una hora más tarde, me dormí.
A la mañana siguiente, a eso de las nueve, Luisa me despertó. Ya había preparado el zumo y el café. Casi me arrastra hasta la playa. “Venga, venga, que llegamos tarde”, me urgió. En lugar de un paseo, parecía que íbamos a la carrera para ir hacia donde estaba Ucho en la playa. Pero aquella mañana no apareció. Luisa, visiblemente contrariada, quiso regresar a casa de inmediato. Por el camino me pidió que le llamara por teléfono: “que tú tienes su número”.
- Joder, deja al chaval tranquilo. Igual ayer por la noche conoció a alguna chica y ha pasado la noche con ella – me permití torturarla un poco. ¿Qué menos, no?
Luisa estaba desencajada. Cuando llegamos a casa, nos cruzamos con Nuria, que se iba a la playa. Nos propuso que la acompañásemos. Mi mujer adujo que tenía jaqueca y que quería acostarse. “Ve tú si quieres”, me dijo. Y yo sí que acepté la invitación. Cuando me mi mujer se hubo alejado unos metros, Nuria me dijo:
- Oye, Carlos, lo de ayer… Mira, supongo que los dos estábamos un poco bebidos y un “muy” cachondos, pero no se puede repetir. Luisa es mi amiga y… - bla, bla, bla. Me pegó un discursillo de exaltación de la amistad y cómo ella me quería.
Unos argumentos muy enternecedores, pero que provocaron que yo le contase lo que había sucedido entre Luisa y Ucho. Para mi asombro, Nuria no se mostró muy sorprendida, dándome a entender que no era la primera vez que me ponía los cuernos. Joder, ¡yo que me pensaba que me había sido siempre fiel!
- Vaya, yo que me pensaba que la cabra loca de la cuadrilla eras tú…
- ¿Yooooo? – se defendió Nuria. – A ver, vaya por delante que cuando he estado soltera o divorciada he hecho lo que me ha dado la gana, sin hacer nunca daño a nadie, ojo. Pero, de cabra loca, nada de nada.
Fue divertido, porque era la primera vez que Nuria y yo hablábamos sin que Luisa estuviera delante. Nos dimos cuenta que era ella la que malmetía entre nosotros, a quien nos ponía a parir ante el otro. La que procuraba que nos mantuviésemos distanciados. ¡Era Luisa la tóxica! Una vez en la playa, ver a Nuria fue todo un espectáculo. Evidentemente, se quedó en topless, convirtiéndose en el centro de las miradas de todos los bañistas y, como diría la ministra, los bañistos. A mi sugerencia de ponerle protector solar, me permitió ponerle tan solo en la espalda. Nada de piernas ni mucho menos los pechos.
A la hora de comer, regresamos a casa. Mi mujer estaba en la cama. Cediendo a su insistencia, llamé a Ucho. No me cogió el teléfono. Estoy seguro que ella lo habría llamado antes. Comimos y nos acostamos para hacer la siesta. Pero Luisa, en lugar de descansar, no paraba de dar vueltas.
- Estoy un poco agobiada. No sé qué me pasa. Me parece que me voy a dar una vuelta.
Yo estaba medio dormido, pero me sentía con la obligación moral de, al menos, ofrecerme a acompañarla. Me respondió que prefería ir sola. Cuando cerró la puerta, la verdad es que se me pasó el sueño de golpe. Me di cuenta que mi matrimonio realmente se estaba tambaleando. El proyecto de vida que había planeado con Luisa se estaba yendo a la mierda. Y todo, ¿por un polvo de verano? Acabé levantándome y me fui a la cocina a preparar un café. No sé si fue el ruido de la cafetera u otra cosa, pero al cabo de un momento apareció Nuria, con su camiseta blanca.
- ¿Dónde está Luisa? – me preguntó.
- Ha dicho que se iba a pasear.
- Bueno, ya sabes dónde ha ido, no?
- Pues, no.
- Antes me ha dicho que quería ir a la escuela de surf de Ucho.
La cosa era realmente seria. Me entristeció la situación que se estaba generando. Me fui a sentarme en el sofá del comedor y Nuria, muy atenta, se quedó conmigo. Estuvimos charlando toda la tarde. Cuando Luisa regresó de su “paseo”, estalló todo. Nuria, prudentemente, se marchó y nos dejó solos. Luisa y yo mantuvimos una fuerte discusión. Que se había cansado de mí, que Ucho le había abierto los ojos a una nueva forma de ver la vida… Bla, bla, bla. La verdad es que yo estaba más sorprendido que enfadado. ¿Cómo podía haberse guardado tanta mierda en su interior durante tanto tiempo?
Dado que el apartamento lo había pagado yo, le pedí que cogiera sus cosas y se largase. Ella empaquetó todas sus mierdas en la maleta y se fue. Yo estaba histérico, pero conseguí calmarme. Le envié un whatsapp a Nuria para decirle que ya podía volver y empecé a mirar billetes de avión para regresar al día siguiente. Nuria llegó al cabo de 5 minutos. Charlamos:
- ¿Cómo estás?
- Jodido.
- ¿Y Luisa?
- No sé. Se ha largado. Ha sido todo muy desagradable.
- ¿Y tú qué vas a hacer?
- Pues, mira, estoy buscando un billete para irme mañana. Pero, eh, tranquila, que tú te puedes quedar aquí todavía lo que tenemos pagado el alquiler. No te quiero fastidiar las vacaciones.
- Oye Carlos, tú no te vas ni de coña.
- ¿Qué?
- Si no me quieres joder las vacaciones, no te vayas. ¿Ahora te estoy conociendo y me empiezas a caer bien me vas a dejar aquí colgada? Ni lo sueñes. Además, no te puedes ir con esta mala leche. Que se joda Luisa. Ha demostrado ser una zorra – y me abrazó.
Y aquel abrazo fue un verdadero chute de endorfinas. Nuria me propuso que saliéramos a tomar algo, a que se me despejara la mente, a olvidarme de aquel zorrón. No supe decirle que no. Lo que quedó de la tarde y la noche fue fantástica. Bebimos, bailamos, reímos… A eso de la dos de la mañana, estábamos muertos.
- Yo ya no puedo más, me voy a casa. Si tú quieres, quédate.
- No, que va, si no puedo más. Además, ya voy un poco pedo.
La noche había sido genial. Pero no sabía cómo abordar la despedida. Le ofrecí tomarnos una última copa en la terraza. Pero Nuria, entre un bostezo, declinó la invitación. Cada uno se fue a su habitación. Pero a mí aquel rato con Nuria me había dado un subidón. Si quería follarme a Nuria, debía dar el paso. Tenía que atreverme a atreverme. ¿Qué iba a pasar si me daba calabazas? Aquello solo podía mejorar aquellas vacaciones. Así que me planté desnudo en la puerta de su habitación. Nuria yacía en la cama tan solo cubierta con unas braguitas tipo tanga. Al ver mi silueta, me dijo:
- No te quedes en la puerta.
Me estiré a su lado y nos empezamos a besar. Mi polla reaccionó de inmediato a sus besos y a sus caricias. Mis manos, como locas, se regodeaban con sus tetazas, que no tardaron en recibir la visita de mi lengua. Estaba excitadísimo, súper cachondo. Los dos deseábamos follarnos. A mí me gusta recrearme en las comidas de coño, pero como los dos estábamos tan ansiosos, nos enzarzamos en un 69. Por cierto, el de Nuria estaba totalmente depilado, lo que me dio un increíble morbazo. Se lo empecé a lamer casi con desesperación, como si se tuviera que ir en cinco minutos. No tardó en estar mojadísima. Y yo no tardé en darme cuenta que no había prisa y había que disfrutar del momento el ir más despacio. Recorrí sus labios vaginales y jugueteé con su clítoris, lo que la hizo exclamar de placer. Ella gimoteaba con la polla metida en mi boca. Me pasaba los dientes por el glande, mordisqueándolo suavemente, mientras que una de sus manos me acariciaba los huevos. Tal era el placer que a veces tenía que detener mi cometido. Pero a ella le pasaba lo mismo. Pero si hay algo que me excita es que una mujer se corra en mi boca. Así que pasé a la segunda fase de la comida de coño: le metí dos dedos en la vagina, con los que me la follaba muy despacio, mientras que con la lengua daba vueltas alrededor de su coño (tip para los lectores: les vuelve locas que, al mismo tiempo, le sopléis un poco de aire). Su orgasmo fue la leche. Me la dejó de chupar, me agarró la polla con su mano (un poco fuerte, pero me gustó) y pegó un grito que se debió de oír por todo el edificio.
- Joder, qué pasada – me agradeció cuando se hubo restablecido al cabo de unos segundos.
Tras la corrida, más lubricada que nunca, me moría por metérsela.
- ¿Qué posición os gusta más? – pregunté caballerosamente.
- Estilo perrito.
- Genial. Me encanta.
Es una de mis posiciones preferidas. Nuria se puso a cuatro patas. Desde atrás, su coño se veía abierto, hinchadísimo. Precioso. Yo estaba a mil, pero aquel pequeño descanso había hecho que se me pasara las ganas de correrme. Iba a disfrutar follándomela desde detrás. Me agarré el nabo, lo acerqué a su coño y estuve jugueteando en su entrada, dando pequeños círculos, hasta que se la empecé a meter, muy lentamente. Quería metérsela toda. Que notara mis huevos en sus labios vaginales. Estaba tan mojada que la polla entraba con facilidad.
- Joder, estoy súper cachonda – exclamó – empiézame a follar.
Y empecé con el mete-saca. Quería ir despacio, pero los dos estábamos cachondos y no tardé en ir fuerte y rápido, agarrándola primero de las caderas, luego del pelo, echando su cabeza hacia atrás. Era increíble notar su coño caliente y húmedo envolviendo mi durísima polla, notar sus gritos cada vez más indiscretos, oír como me peía que no la paraba de follar. Pero estaba a punto de correrme. Tuve que parar un instante. Cambiamos de posición. Le pedí que se pusiera encima de mí. Que me montara. Quería ver bailar sus tetas al ritmo de nuestra follada. Aceptó encantada. No le costó clavarse mi polla en su humedal. Qué pasada fue verla follándome. Sus tetas, descontroladas, moviéndose de un lado a otro, mis dedos pellizcándole sus enormes y puntiagudos pezones. De pronto, Nuria exclamó:
- ¡Me voy a correr! ¡Me voy a correr! ¡Me voy a volver a correr!
Una de mis manos soltó una teta y le empecé a acariciar el clítoris. No tardó en empezar a gritar, a temblar, a tener espasmos de excitación, sin dejar de follarme. Cuando se terminó de correr, se desplomó sobre mi pecho y, aún con la polla dentro, moviendo lentamente sus caderas, nos empezamos a besar.
- Joder, ¿tú no te corres nunca? – me susurró.
- Estoy a punto, Nuria, como sigas así, me corro.
- Dentro no, dentro no.
Y se sacó la polla del coño y me preguntó dónde quería correrme:
- En las tetas.
- Vale, vamos a hacerlo bien.
Salió de la cama, se arrodilló sobre el suelo y yo me puse frente a ella. Aquella visión ya casi fue demasiado para mí. Me la volvió a chupar y a pajear. Tan solo fueron unos segundos. Los que tardé en empezar a llenarle las tetas de mi leche. Nos volvimos a echar en la cama y nos estuvimos acariciando y besando hasta que mi polla se puso otra vez dura. Volvimos a follar.
Y así nos pasamos el resto de las vacaciones. No me sentía así desde hacía más de diez años. Fue increíble. Cuando regresamos, los dos temíamos encontrarnos a Luisa en el aeropuerto. No apareció. Os resumiré como terminó la historia. Luisa se había pillado una habitación en un hotel cerca de la escuela de surf de Ucho que, al ver que mi (ahora ya) ex se ponía en plan “novia” empezó a pasar de ella. Al final, Luisa pilló a Ucho enrollándose con una de sus alumnas de la escuela de surf. Pilló tal cabreo que se volvió a casa en el primer avión que encontró. Como comprenderéis, nos divorciamos. Sin críos de por medio y como el piso (y la hipoteca) está a mi nombre, todo fue rápido. Adiós. Fue bonito mientras duró pero no te quiero ver nunca más. En cuanto a Nuria, tras la vuelta y con el divorcio, se mantuvo al margen. Pero en cuanto todo se hubo arreglado, empezamos a salir. Nos dijeron que cuando Luisa se enteró le sentó fatal. Se siente. Nuria es una mujer genial y seguimos pegando unos polvos de escándalo. Además, es una guarrilla de cuidado. Puede que un día os cuente lo que ocurrió con su hermana Paula. Pero eso ya es otra historia.
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