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La psicóloga del pueblo - 1 - Cómo empezó todo

Silvia creyó que era una confesión terapéutica; Jose lo vivió como una sentencia pública. Ahora, el silencio del pueblo esconde secretos que podrían destruir lo poco que les queda.

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NOTA: Este relato lo publiqué hace dos semanas en otro perfil ya que había perdido el acceso a éste. Lo recupero ahora aquí para continuar con la historia, perdonad las molestias.

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Vivir en un pueblo tiene muchas cosas buenas: tranquilidad, aire limpio, naturaleza, es en general más económico que vivir en la ciudad excepto si te tienes que desplazar mucho y menos anónimo. De hecho, en un pueblo, todos se conocen.

Pero también tiene cosas malas, principalmente que se sabe todo de todos.

Nosotros dejamos la gran ciudad hace 7 años para vivir en un pueblecito de costa. Durante los primeros años en el pueblo tuvimos la sensación de que habíamos tomado la mejor decisión de nuestras vidas. Yo ahora tengo mis dudas.

Pero antes de continuar, permitid que nos presente. Yo me llamo Jose y tengo 47 años. No voy a decir que los lleve mal pero tampoco bien. Luzco poco pelo y reconozco que soy fondón pero tampoco nunca he sido un Adonis ni carne de gimnasio. Metro setenta y tres y unos 90 kilos largos. Si te imaginas cómo será el empollón de tu clase con 40 y pico, ese soy yo. Siempre se me dieron mal las relaciones sociales y peor las chicas. Perdí la virginidad con la que es mi mujer a los 25. A veces pienso que si ella no se hubiera cruzado en mi camino aún sería un solterón virgen hoy en día.

Mi mujer, la culpable de que no sea un solterón virgen, se llama Silvia y también tiene 47 años. No es de una belleza arrebatadora pero tiene un cuerpo extremadamente sensual. Lo sé porque sé que no soy el único que lo piensa. Pelo rizado moreno que a veces se ha teñido de cobrizo, metro sesenta y poco y ni idea de cuánto pesa pero tiene curvas en los lugares correctos: buenos pechos y mejor culo. Ella había tenido novios y follamigos antes de conocernos así que estoy seguro que si se quedó conmigo no fue porque la maravillarse con mis artes en la cama.

Tenemos un hijo de 13 años, Juan. Él fue la razón por la que dejamos la ruidosa ciudad, no nos parecía el lugar ideal para un niño. Con 13 años empieza a entrar en una edad complicada y nos hemos dado cuenta que los niños de pueblo no son angelitos precisamente.

Pero bueno, no me enrollo más porque tengo mucho que explicaros y creo que lo mejor es empezar por cómo empezó todo.

Mi mujer es psicóloga de formación aunque siempre se había dedicado a la enseñanza con adolescentes. Cuando nos mudamos aquí se apuntó a listas pero las dos primeras escuelas que le tocaron quedaban a casi una hora de coche de casa y mucho más en transporte público. Eso quería decir que cada día perdía 2 horas entre ir y volver y acabó dejándolo.

Hace unos tres años, después de un bache anímico, la convencí para que se arriesgara a poner su propio negocio. Tenía unos ahorros de la herencia de su madre y decidió abrir una consulta de psicóloga en el pueblo.

Alquiló un local, lo puso a su gusto y empezó a hacer correr la noticia. Para estos negocios el boca a oreja es lo que funciona mejor, especialmente si ya tienes algún cliente que te recomienda a sus conocidos. Pero ese aún no era el caso. Así que pensó en dar charlas sobre temas de interés, abiertas a todo el mundo, como manera de darse a conocer.

Como su especialidad son los adolescentes y las familias se planteó diferentes temas: adolescencia, límites, redes sociales, problemas de pareja, divorcios,... La primera charla que programó sobre adolescencia tuvo mucho éxito y vinieron muchas madres del pueblo (sí, solo madres). Cuando programó la segunda sobre parejas muchas de esas mismas madres se apuntaron y algunas, pocas, consiguieron arrastrar a sus maridos.

Yo no podía asistir a las charlas porque por aquel entonces trabajaba hasta tarde. Pero cuando volvía a casa me interesaba por cómo le había ido. Silvia estaba exultante. Después de la primera charla la habían contactado dos madres pidiendo hora, una para ella misma y la otra para su hija adolescente. Con la segunda charla pensaba que también alguna pareja se decidiría a pedir hora para trabajar sus cosillas.

Mientras cenábamos los tres Silvia comentaba como había ido la charla. La mayoría estaban preocupados por las riñas absurdas de pareja, por la gestión desigual de los hijos o por a qué dedican el tiempo de ocio. “También han salido los típicos temas de alcoba” dijo en un momento, y se calló. Yo la miré como pensando que continuaría la frase pero ella señaló con la cabeza a nuestro hijo y entendí que no tocaba.

Pero después cuando ya estábamos en la cama se giró hacia mí y me dijo que había dicho una cosa durante la reunión que quizá no debería haber dicho. Yo la miré extrañado. “Bueno”, continuó, “una mujer sacó el tema de la vida sexual de pareja”. Yo me quedé congelado porque es un tema que me toca de cerca, en breve entenderéis por qué. “Nos explicó que cree que a su marido ella ya no le gustaba porque ya no se le ponía dura con ella”.

Me empezó a caer un sudor frío por el espinazo como siempre que sale este tema pero no acababa de entender qué quería decir Silvia. “Hay que ser muy valiente para decir eso delante de la gente, entiendes”, me espetó Silvia. Supongo que tenía razón. “Las miradas del resto de personas eran de todo menos comprensivas”. Coincidí con ella pero ¿qué era lo que mejor no hubiera dicho? “Bueno… me supo mal dejarla sola en esa situación. Así que le dije que a ti también te pasaba y que no tenía nada que ver con que yo no te gustase”.

¿¡¿¡PERO QUE COÑO!?!?

Me levanté de la cama hecho una furia. ¿¡Pero cómo se le había ocurrido compartir eso!? Silvia intentaba tranquilizarme a la vez que me pedía perdón por el lapsus. ¿Un lapsus? ¡¡¡Joder!!! A esas horas todo el pueblo debía saber que no se me pone dura!

No voy a entretenerme en el mal rollo de esa noche. Solo voy a deciros que dormí en el sofá esa noche y las siguientes hasta que se me pasó el enfado. Los días siguientes me parecía que todo el mundo en el pueblo me miraba y se reía por lo bajini. Me imaginé decenas de situaciones a cada cual más embarazosa. Me imaginaba a las vecinas comentando entre ellas que al parecer al vecino no se le levanta mientras hacían un símbolo con el dedo caído y se reían. O peor aún, mis colegas en el bar del pueblo hablando de la pólvora mojada de mi escopeta entre cerveza y cerveza y callando como putos cuando yo entraba.

Pero unas semanas más tarde las cosas parecieron volver a la normalidad o quizá yo dejé de sentirme paranoico, no lo sé. Pensé que finalmente no había pasado nada de todo aquello que yo me había imaginado.

Lo que aún no intuía es que, en realidad, ya habían comenzado a pasar cosas…