Matrimonio sin deseo
María tiene un plan perfecto: usar la cortina rota como excusa para invitar al vecino a su casa. Lo que empieza como un favor doméstico se transforma en una tarde de lujuria prohibida, donde la curiosidad y el deseo se desatan sin piedad.
La humedad invade su cuerpo. Puede notar como el embriagador néctar de su placer se desliza por sus muslos, mientras sus dedos, absolutamente enloquecidos, masturban y penetran su clítoris y vagina.
Vuelve a estar a punto. Siente como su cuerpo la envía señales de aviso, en forma de ligeros temblores y pequeñas convulsiones, previas al intenso orgasmo que va a sentir, el cual se aproxima sin remedio.
Y así sucede. Durante unos segundos, en los cuales María cree estar tocando el cielo a través de su clítoris y su vagina, todo su cuerpo se estremece de un placer casi infinito, sus fluidos abandonan a borbotones su cuerpo, su garganta no es capaz de emitir más sonido que un largo y profundo gemido, su mente se queda completamente en blanco, y siente convulsionarse como pocas veces antes le había sucedido.
Son las 9:45 de la mañana, de un día cualquiera. Su marido se ha marchado a trabajar, como siempre muy temprano, y sus dos hijas ya hace un buen rato que están en el colegio. Se ha encargado ella de llevarlas.
A la vuelta del colegio, se ha dedicado un rato para sí misma. Ha recordado años atrás, cuando era una de las chicas más atractivas y tentadas de su entorno. Cuando todos los chicos querían salir con ella, cuando no le faltaba sexo siempre que quería. Ha vuelto a acariciar su cuerpo, a buscar su intimidad con suavidad, sus manos expertas han hurgado en su sexo en busca de un placer que, pocas veces, obtiene de su marido.
Hoy, mientras lo ha hecho, ha pensado otra vez que eran las manos de Juan Luis las que hacían brotar ríos de fluidos de su interior. Que eran los labios de él los que succionaban sus pezones, hasta hacerlos hinchar y endurecer como dos pequeñas piedras. Ha soñado que era la verga de su vecino la que penetraba con furia su cuerpo, llenando sus entrañas con su poderoso sexo, hasta hacerla sucumbir entre sacudidas de placer.
Su sueño, la fantasía con ese hombre, ha sido maravilloso. Juan Luis es su vecino. Un hombre de su edad, rondando los 40 años. De estatura mediana, de penetrante mirada de ojos negros, abundante cabello castaño oscuro, sonrisa capaz de derretir los casquetes polares, en el que el paso de los años ha cincelado un cuerpo que, para María, bien merece caer en la tentación.
Vive en una zona residencial de la ciudad, en uno de tantos chalets adosados, con un pequeño espacio en la entrada, y un jardín en la parte trasera. Desde la terraza de su dormitorio, María pudo ver más de una vez a Juan Luis, acompañado de su mujer y de su inseparable perro, más de una vez durante el verano pasado tomando el sol, leyendo o tomando algo al caer la tarde. Y así es como, en silencio, quedó prendada de él.
María se mira en el espejo, tras la sesión de autosatisfacción, y tras recomponer su ropa, que ni siquiera se ha quitado. Casi siempre que lo hace, (mirarse en el espejo), tras masturbarse pensando en Juan Luis, acaba comparando su cuerpo y su rostro con el de la mujer de su deseado vecino. Ella se ve más guapa, con mejor cuerpo, mucho más atractiva.
Ambas tienen aproximadamente la misma edad: unos 40 años Eva, la mujer de Juan Luis, es un poco más baja, de pelo castaño claro, teñido eso sí, con ojos marrones y aspecto de estar sufriendo un ataque de úlcera lacerante, María es un poco más alta, le gustaría pesar algún kilo menos, aunque sus amigas le dicen que a los hombres maduros les encantan las mujeres que tienen dónde agarrarse. Si eso es lo que buscan, sin duda en su cuerpo lo encontrarán: 100 de pecho y un generoso culo que, aunque a María le parece grande y desproporcionado, provoca las miradas lascivas de muchos de los hombres con los que se cruza.
Siempre, desde hace años, lleva el sexo perfectamente rasurado. Lo hizo desde que en un video, uno de los protagonistas afirmó que follarse un coño depilado y suave es lo más parecido a follarse a una menor, sin cometer un delito. Esa afirmación le produjo un morbo indescriptible, y aunque su marido apenas compartía con ella más que alguna tarde domingo y 3 polvos al año, quiso continuar con su ya tradicional pubis completamente rasurado y suave.
Hace tiempo que, en su cabeza, ronda la idea de serle infiel a su marido. La relación entre ambos es cordial, no puede decir que él la haga pasar malos momentos, que tengan broncas o que la haga sentir inferior. Pero apenas comparten nada, salvo las vacaciones veraniegas, las fiestas familiares y algún polvo esporádico, más por descarga de la necesidad de sentirse vivos, que por deseo por el otro.
Esa es la parte que María no comprende. Puede entender que el amor se agote, que la convivencia mate el amor. Pero no entiende que Paco, el hombre al que entregó su cuerpo y su vida años atrás, ya no la desee. Ella, a pesar del paso de los años, y de los kilos ganados, sigue siendo una mujer atractiva. Más atractiva que la mayoría de mujeres de su edad. Así se lo demuestran los hombres cuando, al verla pasar a su lado, tanto vestida de modo informal, como cuando lo hace un modo más provocativo o, incluso, en bikini, la miran de arriba abajo comiéndose con los ojos lo que su marido no es capaz de comer.
Y esa situación es la que provoca en María la necesidad de darle un escarmiento, aunque sólo quede entre ella y las sábanas, al pasota de su marido.
María pasa mucho tiempo sola en casa. Así es como ha podido comprobar cuáles son los horarios de su vecino y de su esposa. Eva trabaja en la Consejería de Educación. Su horario de trabajo es sencillo y repetitivo: se va un rato antes de las 8 de la mañana, y vuelve siempre antes de las 15:30. Juan Luis es técnico sanitario. Trabaja en turnos rotativos. Esta semana le toca el turno de tarde. Por lo tanto, ha dormido en casa y, ahora, debería estar en su casa, sólo acompañado por su perro, un pastor alemán.
Mientras anda inmersa en estas cavilaciones, se da una ducha. Siempre que puede, inmediatamente después de sentir un orgasmo, se da una ducha. Para ella es casi tan placentero lo segundo como lo primero, y reactiva su cuerpo, cargándolo de nueva energía.
Cuando sale de la ducha, y mientras se seca con total parsimonia, escucha los conocidos ladridos de Broco, el perro de Juan Luis, cubriendo su cuerpo apenas con la toalla se asoma a la terraza de su habitación. En el patio de la casa contigua están el perro y su dueño, éste último intentando cepillar los pelos muertos del can, y Broco tratando de evitar a su dueño. Es así como Juan Luis, en cuclillas como está, y al intentar retenerle, ha caído en el suelo, quedando su mirada orientada hacia la terraza de la vecina. La ve, semidesnuda y sonriente por la escena. Juan Luis piensa que es una mujer atractiva y que su cuerpo la hace ser una mujer muy deseable. Él, si no estuvieran ambos casados, sin duda trataría de probar su cuerpo.
- Buenos días, vecino –le dice sonriente María
- Buenos días, aunque Broco me lo está poniendo difícil –le responde Juan Luis.
- Sí, ya veo –replica María, sin dejar de sonreír.
- Cuando termines con Broco, podrías pasar a casa. Tengo unas cortinas que colgar, y me da un poco de miedo subirme en la escalera. Ya sabes que Paco apenas para en casa, y llevan varios días esperando que las cuelgue.
- Sí, claro. No te preocupes. A este le voy a dar ya por perdido. Al menos por hoy. Me lavo, te doy tiempo para que te vistas, y paso.
- Yo tardo dos minutos, Juan Luis. Además, hay confianza –responde María entre amable y pícara.
- Vale, como quieras, en un momento llamo a tu puerta.
- ¡Hasta ahora! –responde María, ilusionada con la posibilidad de, por fin, hacer realidad su sueño y su venganza contra su marido.
María da gracias de no haberse lavado el pelo, de lo contrario lo tendría aún empapado y sería un estorbo para sus planes. En apenas 2 minutos se viste. Elige un conjunto de sujetador y tanga, de color negro. El que a ella le hace sentirse más sexy y provocadora. Se pone, además, un vestido veraniego, corto, por encima de las rodillas, entallado en la cintura y pecho, con tirantes, y con algo de vuelo en la parte de la falda.
Apenas dos minutos después de haber hablado con Juan Luis suena el timbre de entrada.
María se pone un poco de perfume. El justo para que se note y cause el efecto deseado, pero sin exagerar, pues no quiere que le pueda dejar un rastro a Juan Luis en la ropa que le pueda comprometer.
Comprueba que su ropa está en su sitio, que no hay arrugas y que el cabello lo tiene medianamente arreglado, y abre la puerta.
- Buenos días otra vez, vecino –le dice a Juan Luis, a la vez que se echa ligeramente a un lado para dejarle pasar.
- Buenos días otra vez, vecina –responde él con una sonrisa.
- Perdóname que abuse de ti de esta manera, pero ya sabes, entre unas cosas y otras, Paco no para y hay cosas que hay que hacerlas. Iba a subirme yo en la escalera, pero yo sola con la cortina tan grande y allí arriba,…., me da un poco de miedo, y al verte se me ha ocurrido que podría aprovecharme de ti.
- Sí mujer, no pasa nada. No es ninguna molestia, ni ningún abuso, para eso estamos los vecinos, ¿no?
- Ya bueno. Eso se dice siempre. Pero no todo el mundo se presentaría en mi casa en apenas 2 minutos, dispuesto a ayudarme.
- Ya sabes: no todos somos iguales. Las vecinas tampoco –responde él, en un tono que a María le pareció más pícaro que amable.
- Espero que esto no te suponga ningún problema con Eva –dice María.
- ¿Con Eva? ¿Por qué? Sólo voy a ayudarte a colgar una cortina, ¿verdad? Salvo que me quieras violar…
- Bueno, nunca se sabe, jajajaja – responde María, teniendo ya más claro que Juan Luis no era ningún inocentón.
María apenas le deja espacio a Juan Luis para que pase, por lo que ambos cuerpos se rozan levemente. Él también se ha perfumado. Y se ha cambiado de ropa. Lleva un pantalón tipo chino, color beige claro, con un polo en tonos azules. Ambas prendas le hacen un cuerpazo de infarto.
El plan de María avanza, más deprisa y con mejores perspectivas, de lo que ella nunca ha podido imaginar. Camina tras los pasos de Juan Luis, acompañándolo al salón, contemplando su cuerpo, especialmente su tentador culo. Qué suerte tiene Eva, se dice así misma María.
En el salón la conversación se centra en el objeto de la visita. María le pide a Juan Luis que tome asiento, mientras ella sube a por la cortina, ya que la tiene arriba, en la habitación que utiliza a modo de cuarto de plancha. Juan Luis toma asiento en un lugar en el que, sin ningún esfuerzo postural, disfruta de una vista inmejorable de las piernas y el comienzo de los muslos de María, mientras esta sube pausadamente a la planta superior.
Un instante después aparece de nuevo María, con una gran cortina doblada en sus brazos. Juan Luis se levanta para ayudarla a transportarla, ya que es más pesada de lo que a primera vista puede parecer.
- No me extraña que te de un poco de miedo hacer esto tú sola. La cortina pesa lo suyo –dice Juan Luis.
- Sí que pesa. Por eso necesito la ayuda de un hombre fuerte y dispuesto –responde María.
- Pues que sepas que, ese hombre, soy yo –dice Juan Luis con una cautivadora sonrisa, a la vez que las manos de ambos se rozan bajo la tela de la cortina.
- Si Paco estuviera más tiempo en casa, él se ocuparía de estas cosas, podría echarme una mano y todo sería distinto.
- Ya sabes. El trabajo a veces es así. No nos deja tiempo libre, o no nos lo deja cuándo realmente lo necesitamos. Mira lo que nos ocurre a nosotros. Hoy yo estoy en casa durante la mañana, mientras Eva está fuera, trabajando. Y luego, nada más llegar ella, me marcho yo, y cuando vuelva, ya será tarde, y la encontraré en la cama…
- Sí, es todo un poco complicado. Pero al menos vosotros compartís algunos ratos al día.
- No creas, ya sabes que por mis turnos de trabajo, a veces no coincidimos ni en la cama.
- Claro, cuando trabajas de noche debe hacerse muy pesado. Eva te echará de menos esas noches.
- Pues no sé qué decirte, María. Si me echara de menos esas noches, esperaría con muchas más ganas las otras noches en las que sí estoy. Pero faltan ganas...
- Creo que la falta de ganas, como tú dices, es un mal generalizado. Puedo contar con los dedos de una mano, y me sobran, los polvos que Juan Luis y yo echamos al año –suelta María a bocajarro, con toda la intención, dado el derrotero que la conversación ha tomado.
- Pues, créeme, que no entiendo la actitud de Paco. Eres una mujer bellísima, cualquier hombre estaría encantado de calmar sus ganas en tu cuerpo –responde Paco, a la vez que su mirada recorre todo el cuerpo de María, para acabar en los ojos de ésta.
- Quizá tú me ves así, quizá yo te vea a ti como tú me ves a mi, y no como te ve Eva. Quizá la convivencia es capaz de acabar con la pasión y el deseo –responde María.
Juan Luis, que aun porta la cortina, la deposita con cuidado en uno de los sofás, el más cercano a él. Llena sus pulmones que el suave perfume que María utiliza, y con el olor a hembra en celo que de forma constante, inunda sus pulmones. No atiende a más prolegómenos, no necesita más señales ni más indirectas. Se gira sobre sí mismo para, mientras con sus manos toma a María por la cintura, saborearle los labios.
El beso, primero, es un beso suave, dulce. Una primera toma de contacto. No hay rechazo por parte de ella. No hay dudas por parte de él. Ahora su lengua pugna por entrar, por hacerse un sitio y navegar en la boca de su oponente. María no es oponente. María recibe con gusto la lengua del macho que la está devorando poco a poco.
Ambas lenguas se entrelazan, se acarician, se rozan. Una conjunción de labios, lenguas y dientes, proporcionan los primeros destellos de placer y lujuria.
Las 4 manos comienzan la exploración del cuerpo del otro. Primero comienzan por la espalda, Juan Luis sube y baja sus manos por la espalda de María, comprobando que el vestido tiene una cremallera en aquella parte, y aprisiona el cuerpo de la mujer contra el suyo.
Mientras, las manos de María hacen lo propio en la espalda de Juan Luis. Es una espalda fuerte, que invita a la locura de un sexo sin explicaciones ni más compromisos que el de disfrutar y desinhibirse.
En un momento en el que Juan Luis afloja un poco la presa que está ejerciendo, María aprovecha para quitarle el polo. Tiene ante sí el torso desnudo de su vecino. Es ancho, fuerte, no contiene un gramo de grasa. Y lanza su boca en busca de los pezones del hombre. Los besa, los lame y los succiona, arrancando los primeros gemidos de placer que oiría de su adorada boca.
De inmediato vuelven a besarse, vuelven a unir sus bocas y entrelazar sus lenguas. El beso es aún más apasionado que antes, y Juan Luis y María se pegan más, mucho más que antes, de forma que la incipiente, pero poderosa erección del sexo de Juan Luis se hace patente en el roce que produce en el pubis, aún vestido, pero de nuevo en esa mañana, húmedo y caliente de María. Juan Luis baja una de sus manos sobre la cremallera, haciéndola descender, y después continúa el descenso hasta agarrarse con fuerza al culo de la mujer y apretar su cuerpo contra el suyo propio, a la vez que él mueve suavemente su pelvis, haciendo sentir mucho más su erecta verga a María. Ahora es ella quién gime, y él quien escucha esa música celestial para sus oídos.
Separan sus cuerpos lo suficiente como para que María pueda deshacerse del vestido. Queda en ropa interior a escasos centímetros de su amante. Éste contempla el cuerpo femenino, mientras con una de sus manos acaricia toda la piel que queda desnuda, al aire y a su alcance. Su piel es suave, tibia, y el aroma que asciende desde la vagina, cálida y húmeda, es capaz de embriagar sus sentidos.
Empuja a María hasta hacerla caer sobre el sofá. Poco importa que debajo esté la cortina, y le hace abrir sus piernas todo cuanto puede. Ella se quita el sujetador. Sus dos pechos, esbeltos y bien formados, están coronados por dos deliciosos pezones, que demuestran serlo cuando Juan Luis los toma con sus labios, para morderlos, para lamerlos y para succionarlos. Cada vez con más deseo, con más fuerza e intensidad haciendo que, de nuevo, de la boca de María broten más gemidos de placer.
Mientras Juan Luis devora los pechos de María, ésta con la ayuda de él, ha conseguido desabrochar y bajar en parte el pantalón del hombre. Una de las manos de María acaricia con creciente intensidad, la erección de su nuevo macho, comprobando que es grande, muy grande, y de una dureza que ya había olvidado que podía darse.
María agarra cómo puede el bóxer de él y también lo baja, al menos lo suficiente para que la verga se libere de la prenda, y aparezca en toda su extensión. Tal como le había parecido al tacto es grande, gruesa y dura. María no duda en comenzar a pajear esa polla que tiene tan cerca de su cuerpo mientras, un cada vez más excitado, Juan Luis imprime más pasión e intensidad a la ya de por sí tremenda comida de tetas. Hace mucho, mucho tiempo que con Eva no ocurría algo similar.
Las manos de María continúan subiendo y bajando por el falo erecto de Juan Luis, acariciando de vez en cuando sus testículos, mientras siente como su sexo está cada vez más mojado y caliente. Vuelve a sentir como los fluidos abandonan en gran cantidad su cuerpo a través de su vagina, estimulada y ansiosa de placer.
Juan Luis aprovecha un momento de parón por parte de María para descender su boca por el vientre de ésta, acariciando con sus labios y su lengua cada milímetro de su piel, acercándose con parsimonia a su delicioso coño. Lo tiene muy cerca, casi puede sentir en su rostro el palpitar de la parte del cuerpo más deseada y caliente de María. Antes de tomarlo con su boca, es una de sus manos la que lo acaricia, por encima del tanga: está empapado, absoluta y completamente empapado.
Retira el escaso y bonito tanga a un lado y comienza el diabólico movimiento de sus labios y su lengua sobre el clítoris y el coño de María. La lengua igual entra en la vagina, saboreando sus fluidos, como se centra en acariciarle y presionarle el clítoris, dibujando pequeños círculos sobre él, a la vez que lo presiona, con creciente intensidad.
Siempre le ha atraído su vecina. Siempre la ha visto como una dulce tentación. Como el más dulce manjar que llevarse a la boca. Han sido muchas las pajas que se ha hecho pensando en ella, imaginándose tal y como ahora están. Y lo está haciendo realidad. Eso le imprime más ganas de disfrutar, de hacerla disfrutar y de hacerla sentir toda su virilidad y sus ganas acumuladas.
Los gemidos de María son el único sonido que inunda el salón. Su respiración denota el placer que está sintiendo, y las ganas de sentir más. La boca de Juan Luis es experta, sabe dónde tiene que dirigirse, cómo tiene que hacerlo, que intensidad y que movimientos debe hacer. No recuerda cuándo ha sido la última vez que un hombre la había puesto así. Va a correrse con esa boca succionando su clítoris, con esa lengua perforando su coño.
Las manos de María se agarran con fuerza a Juan Luis. Primero en la espalda, fornida y robusta. Después en la cabeza. Enredándose en el pelo de ese macho deseado, para presionarle con fuerza contra su coño, mientras un latigazo de placer recorre su cuerpo, desde lo más profundo siente como el placer la invade, la bloquea, la sacude… gime de forma brutal a la vez que sus fluidos inundan la boca de Juan Luis. Se ha corrido. Pero quiere más.
Sin dar tiempo a su amante a pensarlo, es ahora María la que, aun con las piernas temblorosas, hace que éste se siente a su lado, en el sofá. María se agacha sobre su polla, para lamerla, para sentirla en su boca, para embriagarse ahora ella con el aroma, la fuerza y la dureza de ese tremendo arma que tiene a su disposición.
Deja que la polla entre casi por completo en su boca, hasta llegarle a la garganta, provocándole alguna arcada. Después es su lengua la que recorre la verga, desde los huevos hasta la misma punta del capullo, rosado, grueso y caliente. Cómo a ella más le gusta.
Juan Luis vuelve a gemir, de forma pausada, acompasada a los movimientos rítmicos de María. Pronto vuelve a tener la polla completamente erecta y lista.
María se sube sobre Juan Luis. Se sienta sobre él, dándole la espalda, aprovechando él para acariciar y masajearle los pechos. María toma con su mano la polla dirigiéndola con devoción hasta la entrada de su coño, descendiendo en un movimiento delicado y certero, hasta ensartársela por completo en su cuerpo. Siente como le abre por dentro, como la llena y la colma.
Apenas se da unos segundos de quietud para acostumbrar a su cuerpo al falo que acaba de introducirle, y comienza a moverse rítmicamente, subiendo y bajando, haciéndose sentir esa enorme polla en toda su longitud y grosor.
Juan Luis está disfrutando como hace mucho tiempo que no lo hace. Una de sus manos suelta el pezón del que se había apropiado, y se hace dueño del clítoris. Lo masajea y estimula a la vez que María sube y baja por su tremenda polla.
Los gemidos de ambos son cada vez más sonoros, más profundos y estridentes.
Los huevos de Juan Luis se están llenando de leche, mientras del coño de María no dejan de brotar más y más fluidos, que empapan y lubrican los sexos de ambos.
El ritmo es pronto frenético, imparable. María sube y baja, poseída por un demonio llamado placer. Juan Luis estimula y masajea el clítoris de ella poseído por un demonio llamado lujuria.
De nuevo el latigazo. De nuevo esa descarga eléctrica recorre el cuerpo de María, haciéndola convulsionar de placer. Haciéndola introducirse aún más, si cabe, la gruesa polla de Juan Luis en su interior. Vuelve a tener un orgasmo, el tercero de la mañana. El más intenso y prolongado, el más placentero. Sus piernas tiemblan por el placer y el esfuerzo. Sus ojos se quedan en blanco durante unos instantes.
Juan Luis siente el tremendo orgasmo de María, es justo el detonante del suyo. Se corre. Agarra y aprieta con fuerza las tetas de la mujer, a la vez que un sonoro y ronco gemido emerge de su garganta, y su polla expulsa varios y poderosos chorros de semen que llegan hasta lo más hondo del útero de María. Siente varias sacudidas. Su cuerpo, tras el orgasmo, se hace pesado y, aunque trata de seguir moviéndose para depositar hasta la última gota de semen en el cuerpo de María, acaba derrengado, feliz y satisfecho.
María se gira, aún con el placer dibujado en su rostro y en mirada. Se besan de nuevo. Es un nuevo beso, más cargado de agradecimiento que de deseo.
La cortina está arrugada y muestra una visible y amplia mancha de humedad, producto de los restos de fluidos y semen.
Habrá que lavarla de nuevo. Y habrá que llamar de nuevo a Juan Luis para que ayude a colgarla, piensa María.
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