Subcontratando el placer de mi mujer 8
Nunca imaginó que su marido contrataría a otra mujer para enseñarle a ser suya. Pero cuando la puerta se abre y Lara entra, Nata comprende que esta noche no será ella quien mande, sino quien obedezca.
¿Cómo sabia eso? Claro… la zorra de Lara se lo había contado. Con lo encoñada que estaba con Daniel le hubiera confesado cualquier cosa. Entonces… ¿Me va a someter? ¿Pero de verdad? No por el teléfono. En persona. Cuerpo a cuerpo….
Miré a Lara y aunque sonreía, parecía preocupada. Quizás no tanto como yo, que sería quien sufriría su perversa mente. Todos esperábamos su reacción, pero seguía arrodillada sin tomar las riendas. ¿Miedo escénico? Yo había comprobado que sabía dominar, pero claro, no es lo mismo. Ahora tienes dos Amos profesionales delante. El listón está muy alto ¡eh! Putita de chocolate.
- Como dominante tienes dos opciones.
Era él quien intervino, sentado en su sillón de mi casa. Todos nos centramos en lo que diría ese hombre. Pues, aunque llevase tiempo en silencio sin ejercer, todos sabíamos que si abría la boca era mejor escuchar atentamente.
- Puedes hacer que haga lo que deseas. O hacer que ella desee lo que quieras que haga.
Debía ser algún código dominante del que yo estaba excluida, pues no me enteré de nada. Y aunque Lara afirmó a su frase, su cara seguía reflejando duda.
- Yo te he metido en esto, por lo que tengo la obligación de ayudarte. Acompáñame. – dijo él.
Se puso en pie y dio la mano a Lara para ayudarla. Vi como salían del salón, agarrados de la mano. ¿Ese Amo también me lo iba a robar? ¡No es justo! Ella no debería tener ayuda. ¡Tu sumisa soy yo! Por supuesto todo esto lo grité en mi mente. Mi cuerpo se mantuvo silencioso y arrodillado, esta vez a solas con mi marido.
Daniel me miraba, pero tampoco hablaba. Necesitaba decirle que le quería. Que le amaba. Algo que le hiciera decírmelo él a mí. Necesitaba escucharlo de sus labios. Pero no podía hablar. Mi Amo me había puesto una mordaza invisible cuando me colgó este tanga al cuello. Solo podía hablar con mis ojos, por lo que traté de hacerle ver a ese dominante con la cara de mi marido que necesitaba de su cariño.
- Lo estás haciendo muy bien. Estoy orgulloso de ti.
Aquella frase, acompañada de la caricia en mi mejilla me hizo levitar unos centímetros. Como si me hubieran enchufado el cargador por el culete, mis energías se rellenaron de golpe con ese sencillo gesto, que tanto decía, que tanto necesitaba.
Frotando mi cara contra su mano como un gato zalamero, escuché un ruido extraño por el pasillo. De repente apareció Lara chillando feliz sentada en la silla del ordenador. Él iba empujando la silla haciéndola rodar como un coche de choque, con esa zorrita feliz como si hubiera encontrado un tesoro.
Aparcó a Lara a mi lado y volvió a su sillón. La cara de esa mulata había cambiado, ya no había duda. Al contrario, parecía deseosa de comenzar.
- ¿Ya? ¿Empiezo?
No sé a quién pidió permiso, ni quién se lo dio, solo que de repente su pie agarró el tanga de mi cuello tirando hacia ella.
- En esta silla estabas mientras me contabas lo que te había hecho tu marido ¿no? Aquí te ponías cachonda humillándote para mí.
¿Dónde quería llegar? Quizás solo ponerme nerviosa contándole mi secreto a Daniel. O hacerme sentir inferior postrada ante ella. Lo que fuese, lo estaba consiguiendo.
- Ponte en pie. Quiero verte bien.
Era una situación extraña. Esa voz tan dulce, casi infantil, pero con un tono tan contundente… No era como la voz de ese hombre que imponía con cada palabra. Y aun así, obedecí. Ya me había visto desnuda en la ducha, era absurdo esto. Y quizás por eso me sentía tan expuesta.
- No estás mal. Me gustan tus tetas. – dijo recorriendo con un dedo mis aureolas.
- Date la vuelta y agáchate con las piernas rectas. Voy a examinarte.
Me di la vuelta y traté de hacerlo. Tengo que apuntarme a yoga, no consigo tocarme los pies. ¿Qué hace? Maldita cría, está separando mis nalgas.
- Esto se ve muy abierto. ¿Esto es lo que pasa por meterse cosas en el culo? – preguntó al aire.
- Sí. Antes lo tenía más cerradito. Pero últimamente ha sido usado mucho. – escuché a mi marido.
Genial… ahora comentan el uso que tiene mi ojete… Pues si está abierto es por ti. Bien que te gusta follarme por ahí.
- ¿Puedo? – escuché a mi espalda.
- Claro, es tuya. Haz lo que quieras.
¿Cómo que soy suya? ¡Soy tuya! Bueno y de ese hombre… Y… Vale sí, me puso mucho obedecer sus órdenes, pero… ¿Qué hace? No toques por ahí. No, no, no… ¡Au! La uña, nena.
- Cómo mola. Está apretadito. ¡Mira, mira! ¿Estas apretando el culo? Sí, sí, me aprieta el dedo.
¡Nooo! No lo hago a propósito. Lo hace solo. Me muero de vergüenza. Sácalo ya…
- No aflojes. Aprieta fuerte.
¿En serio? Ya vale… sácame el dedo del culo…
- ¡Qué aprietes! – me dijo acompañado de un azote.
Encima me pega… ¿Así? No puedo más, si pudiera te rompía el dedo.
- Eso, eso. Cómo mola. Aprieta, afloja, aprieta, afloja…
Ya vale… por favor… esto es muy humillante. Los chicos me miran. ¿Se les está poniendo dura? ¿En serio? Cómo les puede poner esto. No, yo no me estoy poniendo. Me noto húmeda por estar desnuda delante de ellos, no por ella…
- Bueno… ahora que estamos tan… compenetradas, vamos a sincerarnos. ¿Te gustó obedecerme estos días por el móvil?
¿Ahora me va a hacer una entrevista con su dedo en mi culo? Me azota otra vez. ¡Vale, ya contestó!
- Sí.
- Eso no me vale. Desarrolla tu respuesta. – me increpó, empujando su dedo.
¡Joder! Más que una entrevista parece un interrogatorio. Y su dedo la máquina de la verdad. Bueno vale… lo que sea porque me lo saque.
- No lo sé. No podía correrme, estaba cachonda. Me pone ser sumisa. Me puse más contándote lo que hice…
- ¿Entonces lo hubieras hecho con cualquiera?
- ¡No!
Otra vez clavó su dedo. ¿Qué quiere que diga? Qué solo lo haría con ella… Pues vale.
- Porque eras tú.
- ¿Te gustan las mujeres?
- No.
- ¿Pero te gusto yo?
- Sí… supongo que sí.
- ¿Y te pones cachonda conmigo?
-… Sí…
- ¿Mi Amo sabía lo que estabas haciendo conmigo?
¡Qué no es tú Amo! O sí… no lo sé. Ya no sé nada. Daniel no me quita ojo. ¿Está enfadado? Déjame ya…
- No…
- ¿Y no te parece que eso está mal? – preguntó moviendo el dedo.
- Sí…
- ¿Qué te parecería si él hablase con otras y le enviase fotos guarras?
La zorra de chocolate no dejaba de mover su dedo dentro de mí. ¡Joder! ¿Es un castigo o me quiere poner cachonda?
- Mal. Me parecería mal.
- Te equivocas. Él si puede. Él es tú Amo. Tú eres quien le debe fidelidad. Él puede tener las sumisas que quiera. – dijo follándome el culo a toda velocidad.
- Pero… pero… ¡ahh! Sí… tienes razón… Lo siento…
Me dolía, pero me gustaba. Ese pequeño dedito me estaba reventando el culo. ¡Y me estaba poniendo cachonda!
- Pues pídele perdón.
- Perdón. Perdón. No lo volveré a hacer. Soy tuya. Solo tuya.
- Y de quién tú quieras. – añadí, después de un azote.
- ¿Y qué más?
- Y puedes tener a todas las sumisas que quieras. Tú mandas. Tú… ahh… Tú eres mi Amo…
Daniel me miraba sonriendo feliz. Acababa de reconocer que él puede tener otras sumisas, con la suya follándome el culo… Esto no es contractual ¡eh! No estoy en mis plenas facultades. Estoy cerda perdida…
- Buena chica. Devuélveme el dedo y de rodillas.
Ahora no… me estaba gustando. Encima tengo que salirme yo. ¡Qué mal! Separó mi culo y ella me sigue. Así no puedo. Tengo que dar un paso, el dedo sigue metido. ¡Ya está bien! ¿Estoy arrastrando la silla? Venga de golpe. ¡Mierda! Pierdo el equilibrio y caigo sobre Daniel. Le acabo de tocar el paquete y está como una piedra. Nos miramos. ¿Está contento? Sí… lo está. Bueno oye, me acaba de follar el culo una niñata, por lo menos que sirva para algo.
Me arrodillo frente a Lara. ¿Por qué me enseña el dedo? Sí, lo sé. Me lo has metido en el culo. ¿Por qué lo acerca a mi cara? No me jodas. Pues sí, me lo ha metido en la boca. Vale, vale, lo chupo.
- Esto me encanta. ¿Esta rico tu culito?
Afirmo con la cabeza. Me has puesto a mil, ahora mismo chuparía cualquier cosa. ¿Su culo? Pues no te diría que no…
- ¡Ya! Qué tienes mucho vicio. Me dijiste que te ponía masajear los pies de Daniel. – dijo, plantando los suyos en mi cara.
- ¿Los míos también te ponen cachonda? ¿O solo los de mi Amo? – continuó.
Escuchar que Daniel era su Amo ya era bastante difícil, como para que lo haga pisándome la cara.
- Y creo que te morías de ganas por ver esto.
De repente los pies que tapaban mi rostro desaparecieron. De golpe tuve la visión de sus piernas completamente abiertas y estiradas, dejando su coñito ante mí. Con una asombrosa muestra de flexibilidad, agarró con su mano el tanga y me llevó hacía allí, con sus piernas aún bien rectas. Quedé a un par de centímetros de su sexo, podía sentir su calor, oler su aroma. Y por supuesto, ver cómo se derretía frente a mi cara. ¡Jamás había visto un chocho tan de cerca! Y tenía que ser el de esa putita de Chocolate…
- ¿Quieres probarlo? No contestes, sé que sí. Te mueres por él. Pero primero, empieza por abajo.
Su mano empujó mi frente haciéndome retroceder. Yo estaba alelada todavía por haber estado a punto de probar el sabor de esa mulata. Uno de sus pies volvió a mí cara, el otro se apoyó en mi hombro. Sus deditos jugaban con mi nariz, mis mejillas, recorrían mis labios… yo me dejaba hacer. ¿Qué me pasaba? Me estaba restregando su pequeño pie por la cara. ¡No, no, no! ¿Qué haces, Alicia? No hagas eso…
- Eso es, Nata. Lame. Lame y chupa mis deditos de Chocolate. Si lo haces bien, quizás te dejé probar lo que tanto deseas.
Esa pequeña zorra se estaba tocando sintiendo las caricias de mi lengua. ¿Le ponía tenerme así? Yo no quería hacer eso. No quería humillarme así delante de ella, de Daniel… Estaba aceptando ser el último escalafón allí. Por debajo de esa zorra que acababa de llegar. ¿Por qué me pone tanto su olor?
- ¡Eso es! ¡Huele mis pies! ¿Te gusta? ¿Te gusta olfatear mis pies como una perrita?
No podía hablar, lo tenía prohibido. Pero mi cabeza afirmó sin dejar de hacerlo. Mi nariz olisqueaba y mi lengua lamía. Cada uno de sus dedos entraron en mi boca. Esos diminutos deditos fueron sorbidos con devoción por mis labios. ¡Yo no quería! ¡No me gustaba eso! Pero me estaba poniendo a mil…
- Buena zorra. Sigue lamiendo a tu dueña. Ven en busca de tu premio. – dijo ella, mientras jugaba entre sus piernas abiertas.
Lara se acomodó bien espatarrada en los reposabrazos de la silla. Yo fui recorriendo cada centímetro de su morena piel con mis labios. Besando, lamiendo, oliendo a esa niñata. Mis latidos se aceleraban según me acercaba a sus muslos. Y los míos comenzaban a humedecerse. No podía seguir fingiendo. Lo deseaba. ¡Me moría de ganas por probar esa almeja rosada!
Mi nariz ya podía olerlo. Mi lengua recorría la hendidura entre su ingle y su sexo. Lo tenía. Era mío. Ya podía saborearlo cuando sentí como tiraba de mi pelo y me separaba de mi deseada comida. Estúpidamente traté de seguir llegando a eso que me tenía ensimismada aún sujeta por mi melena. Una sonora bofetada me sacó del trance.
- ¡Todavía no, Nata! Te queda otra pierna que venerar.
¿Me había dado una hostia? Esa zorra me acababa de abofetear y yo volvía resignada y sintiendo palpitar mi mejilla a su pie, esta vez el izquierdo. ¿Qué coño me pasa en la cabeza?
Traté de esforzarme tanto como en la primera, pero de reojo miraba entre sus piernas mi verdadero objetivo. Podía ver como se daba placer ella misma. ¡Lo que yo deseaba poder hacer! Y lo peor es que lo sabe. Se lo conté. Sabe cuánto me costó aguantar esta semana sin masturbarme. La historia se repetía, ella jugando con mi desesperación y aumentándola. Hice todo el camino adorando la piel de esa mulata hasta estar de nuevo a un lengüetazo de su rajita. Su mano volvió a detenerme, está vez agarrando mi nariz con fuerza.
- Abre la boquita y saca la lengua.
Sujeta por la nariz lo hice. Saqué mi lengua deseando llegar hasta esos labios rosados y brillantes. Pero no me dejaba. Ella seguía acariciándose con su mano libre y moviendo sus caderas frente mi lengua. Cada vez estaba más desesperada por alcanzarlo. Excitada y con la nariz tapada respiraba agitadamente por la boca, al tener la lengua fuera debía estar dando una imagen patética. ¡Y eso me ponía más todavía! Que esa zorra me tuviera así de desesperada por comerle el coño… Y lo tenía tan cerca… De repente empujó mi cabeza restregando mi lengua por su coñito rosa, solo unos segundos. Unos jadeos de ella, para después escucharse mis quejidos de frustración al separarme.
- Eso es todo lo que tendrás de mí. Ahora te toca a ti sentarte.
Tenía su sabor en mi lengua. Era salado, más que el mío. ¡Quiero más! Ni mi mirada de cachorrito triste conmovió a la sumisa dominante. Me hizo sentar en mi silla, donde tantas veces había trabajado y hecho otras cosas menos… honorables.
- ¿Puedo hacer lo que quiera, Amo? – preguntó Lara a mi marido.
- Por supuesto, es tuya. Si quieres puedes dejarla así y nos vamos nosotros a la cama.
La sonrisa de Chocolate era directamente proporcional a mi cara de terror al escuchar a Daniel. Ella ni afirmó, ni negó. Eso me puso más nerviosa. ¿Me dejarían allí mientras ellos follaban en nuestra cama?
No… ni de coña. No lo van a hacer, ¿verdad? Miré a ese Amo experto que debía hacer de árbitro de todo esto, pero solo levantó sus hombros, dándome a entender que no dependía de él. ¡No me jodas! ¡Imponte! No me pueden hacer esto. Es mi noche…
Lara se acercó a mí, su mano recorrió el interior de mis muslos y fue a llegar donde yo tenía prohibido hacerlo.
- ¿Has oído, Nata? Mi Amo me va a llevar a la cama. Va a hacerme lo que él quiera. Todo lo que él quiera. Y yo le voy a suplicar porque me lo haga. Porque deseo ser suya.
Mi mordaza invisible comenzaba a romperse. Me costaba mantenerme callada ante esa provocación. No quería eso, ni loca. Pero no podía dejar de imaginar a mi marido bombeando con furia ese chochito que había pasado por mi lengua unos segundos. Y esos deditos jugando en el mío… me estaban llevando al séptimo cielo.
Los retiró, dejándome con ganas de más, mientras veía como los llevaba bien pringados a sus labios. Saboreo mi excitación y se mordió el labio. ¡Como me pone esa putilla! Pero si no me gustan las mujeres…
Se dio la vuelta, vi como buscaba dentro de la bolsa negra hasta sacar una especie de micrófono. No tenía ni idea que era, pero parecía que Lara sí conocía su funcionamiento. Apretó un botón y la punta redonda comenzó a vibrar.
- ¿Quieres decir unas palabras? – dijo, llevándolo a mi boca.
- ¿No? ¿Es porque está manchado? Normal, mi Amo me ha hecho correrme con él antes de que llegases. ¿Te gustaría probarlo?
Aunque no podía dejar de pensar lo que acababa de confesar, mi mente estaba a otra cosa. Afirmé con la mirada perdida en sus ojazos verdes y ella llevó el juguete entre mis piernas. La vibración recorrió mi cuerpo como un calambrazo de placer. ¡Dios que bueno! ¿Esto había tenido ella con mi marido? Maldita zorra afortunada…
Sintiendo como me derretía sobre mi silla, no me di cuenta cuando Lara se abalanzó hacia mí. En un momento estaba sentada sobre mí, una frente a otra, con nuestros cuerpos unidos, unidos a ese micrófono vibrador en nuestros coños. Compartiendo el placer que ese cacharrito era capaz de regalar.
- ¿A que es genial? Nunca había probado un vibrador… Y ha sido gracias a tu marido…
- Y no va a ser lo único que me haga. Me va a hacer de todo. Y va a ser el primero en muchas cosas.
Sus palabras mordían en mis celos, pero sus movimientos sobre ese juguete me estaban volviendo loca. Se frotaba y empujaba el vibrador contra mi coñito. Ya debía haber un charco bajo nosotras. Y yo me moría de ganas por tocarla, por besar sus tetas, morder esos pezoncitos. Y porque ella me lo hiciera… Pero no, ella prefería hablar sobre lo que haría con Daniel.
- Me… me… ufff… me voy a comer su polla… como nunca nadie se la ha comido.
- ¿Sabes… sabes que nunca he probado el semen? Ufff… El de mi Amo será el primero. Debe ser delicioso.
Cada vez le costaba más hablar. Y a mí escucharla. Sentía como me iba a correr sobre su coño. Y seguramente ella sobre el mío. Y me encantaba eso. Ahora me encantaba todo. Hasta imaginármela tragando la leche de mi marido… ¡Joder necesito correrme!
- Le voy a suplicar para que se corra en mi coñito. En mi cara… la quiero en mi cara… en mi boca… O en mi culo… Por favor… Amo… desvírgame el culo.
Estaba desbocada. Estaba claro que su orgasmo era evidente. Pero ya había confesado que era virgen. La cara de Daniel era como si le hubiera tocado la lotería. Iba a estrenar ese impresionante culazo de Lara. Y su mujer, la patética de su sumisa mujer, estaba gimiendo entre las piernas de esa zorra.
- Me voy a correr, Nata. Tú aguanta. No se te ocurra correrte o te castigaré.
¿Qué? No, no, no. Necesito correrme. Ya no puedo pararlo. Ya estoy… Ya… ¡Joder me da igual! Castígame. Hazme lo que quieras. Me da lo mismo. Voy a disfrutar de esto. Mis manos fueron a su culo y apretando con fuerza empujé hacia a mí. El vibrador se clavó más todavía en nosotras. Y ninguna pudo aguantarlo ni 10 segundos. Nuestros cuerpos se volvieron locos, comenzaron a frotarse sin control, al igual que nuestros gemidos. Sentí como empezaba a llover sobre mis muslos. Yo lo hice sobre ella. Nuestros cuerpos temblaban en un apoteósico orgasmo sobre aquel trozo de plástico. Ella lo retiró cuando no podíamos más y luego se abrazó a mí. Yo hice lo mismo, acariciando y besando casi sin fuerzas, a la zorra que se iba a follar a mi marido.
No sé el tiempo que pasamos abrazadas y temblando la una sobre la otra. Cuando nos recompusimos un poco, Lara se separó de mí. Un tierno beso en los labios, solo un pico, muy lejos de lo que yo deseaba en ese momento, pero que me supo al más dulce postre que había probado nunca.
- Estas castigada. – me dijo.
Se levantó de mí. Hablo a mi marido al oído. Él sonrió y aceptó con una mirada perversa hacia mí. La pequeña Chocolate volvió a buscar en la bolsa negra. Un rollo de cinta gris muy ancha acabó en su mano. Me ordenó ponerme en pie.
- Si no sabes controlarte, tendremos que enseñarte. – me dijo esa joven mulata.
Pasó la cinta por mi cadera, una vuelta. Después vi aterrada como bajaba entre mis piernas. La cinta quedó pegada a mi sexo, entrando entre mis nalgas. ¡Esto va a doler mucho al quitarlo! Dos vueltas asegurando la zona y una tercera de nuevo a mi cintura. Llevaba un tanga de plástico gris, nada sexy, pero me temí lo que pretendían.
Menos mal que estoy recién depilada... No contenta, volvió con un pintalabios. Después de repasarse los suyos, lo hizo con los míos. No podía verme, pero creo que se pasó un poco. Con una sonrisa diabólica, escribió en mi tripa. No puede ser… no puede ser tan cruel… Con esa carita de niña buena. ¡Maldita puta de chocolate!
Después me hizo sentarme de nuevo. Muñecas atadas a los apoyabrazos. Mis pies a las patas de las ruedas. Expuesta y vulnerable. Pero me temía que eso no era lo peor. Daniel se puso en pie. No sé cómo había llegado allí, pero tenía mi collar. El que mi marido había comprado apresuradamente en aquella tienda de animales. Ese que tanto significaba para mí, se lo puso a Lara. Ella se puso a cuatro patas y mi marido la llevó a nuestro dormitorio tirando de la correa a juego.
No había vuelta atrás. Ella había vencido. O yo había perdido. Da igual… pero tiene mi collar. Tiene a mi Amo. Tiene a mi marido…. Yo iba siguiendo con mis ojos el felino caminar de esa mujer. Pues él, quien seguro tenía buena culpa de todo esto, empujaba mi silla tras ellos.
Quedé a los pies de la cama. Daniel coloco el vibrador entre mis piernas, rozando con su temblor la cinta que cubría mi sexo. Podía notarla, pero levemente. Lo justo para mantenerme cachonda, pero nada más. Vi como esa zorrita desnudaba a mi marido en nuestra cama. Como, sumisamente, besaba con devoción su cuerpo. No podía ser… era mi noche… La silla giró y me vi en el espejo de mi habitación. Atada, expuesta y con mis agujeros cerrados. Los labios como una puta callejera, y en mi tripa, escrito en mayúsculas podía leerse sin problemas: “FOLLATE A MI MARIDO, POR FAVOR”
- Ahora vas a demostrar si de verdad eres sumisa. – me dijo él, el guionista…
- Por favor… no es justo… es mi noche…
No hablé, más bien sollocé entre susurros a ese hombre. La silla volvió a girar y vi como Lara bajaba la última prenda de mi marido, su bóxer. Esa niñata que nos había hecho pensar que era una experta en la cama, resultó ser una novata. Y aun así, comenzó a lamer la que seguramente sería una de sus primeras pollas. Pequeñas lamidas, unos besitos. Torpemente la metió dentro de su boca, solo un poco. Se notaba que no tenía experiencia. ¡Yo lo hago mucho mejor! ¡Suéltame y te la devoro como una leona hambrienta!
- Lo es. Por eso estas así. – dijo él.
¿Por eso estoy viendo una peli porno? Con mi marido follándose a otra… Yo tendría que ser la protagonista. Yo tendría que estar de rodillas con su dura y gorda polla en mi garganta. No ella. No esa niñata…
- Pero… yo también quiero… yo quiero estar ahí… - contesté, sin poder dejar de mirar la escena.
Lara fue cogiendo ritmo. Cada vez entraba más en su boca. Con sus pequeñas manos acariciaba los huevos de Daniel. ¡Esos huevos son míos! Y lo que tienen dentro también… Yo lo quiero….
- Y lo estás. Todo esto es por ti. – dijo ese hombre.
Ni siquiera puede aguantar unos segundos con ella entera. ¡Pero mira cómo se ahoga! Está llenando todo de babas… Esa carita dulce desencajada… Podría ser la mía… yo podría estar mamando hasta la arcada…
- ¿Por mí? Yo estoy aquí, sin hacer nada. Mientras ella… ella… la prefiere a ella…
La muy guarra se ahogaba, pero volvía ávidamente a metérsela. Y mientras cogía aire, sus manos continuaban dándole placer. Daniel parecía estar disfrutando. Pero si yo lo hago mejor…
- ¿Es lo que crees? – me preguntó él.
El cabrón de Daniel restregaba su rabo por la cara de esa mulata. Le ponía la polla en la cara y ella lamía sus huevos. ¿Se los está metiendo en la boca? Es imposible que le quepan. A pues sí… Le está pajeando con sus cojones en la boca. Puta niñata…
- Está claro… Es más joven, más guapa, más… sumisa… - contesté resignada.
Daniel le ordenó subirse a la cama. Le encanta que se la chupen cómodamente tumbado. ¡Ah, genial! Ahora tengo el culo de esa zorra en la cara… Encima tengo que ver como se moja mamando entre las piernas de mi marido. ¡No me toquetees con los pies! Sera zorra. ¡No, no, no! Me ha dado una patada con su pie y ha girado la silla. Ahora no puedo verlos. Solo me veo a mí en el espejo. Y a él detrás…
- Sí es sumisa. Muy buena, por cierto. Pero no más que tú.
¿Lo dice en serio? Sus palabras me animarían más si mi marido no hubiera elegido a otra para meterla en nuestra cama. Si fuese yo quien estuviera chupando esa polla. ¿De verdad lo dice en serio? ¿Por qué?
- No… no le entiendo, Señor.
- ¿Crees que ella hubiera podido con todo lo que tú has hecho?
- No lo sé. Pero… ella esta con Daniel. Es su sumisa…
- ¿Y tú?
- Yo… no. Por eso estoy aquí atada.
- ¿Si no fueses su sumisa estarías atada a esa silla?
- Mmm… no. Supongo que no.
Las alabanzas de Daniel hacia las artes felatorias de esa mulata no casaban con el intento de ese hombre. Escuchar los ruidos guturales y las arcadas que otra tiene con la polla que siempre ha sido tuya no ayuda a sentirte especial. Pero si algo había aprendido, es que ese hombre sabe de lo que habla.
- Daniel está haciendo esto por ti. – me dijo al oído.
¡Ahhh! Vale… que se está follando a la mulata de chocolate por mí… ¡Acabáramos…! Pues nada, suéltame las manos y les toco las palmas mientras la monta como un semental.
- Alicia. ¿No te das cuenta? Daniel lleva intentando ponerse al nivel que tú deseabas. El que tú necesitabas para verle como tu Amo.
Ya… si eso sí… ¿Pero hace falta que se folle a otra? Vale, lo pillo. Hasta que no he visto que era capaz de someter a otra, él solo… ¡Joder! No juegues con mi mente. ¡Tengo derecho a estar celosa! Se está follando a otra en mis narices.
- Si yo estuviera en esa cama con ella, ¿qué harías?
¿También? ¿Os vais a montar un trío los tres? Cojonudo… Pues nada, la próxima vez ponemos un cartel y que se unan los vecinos a la orgía. Venga, Alicia, respira. Y obedece. Sobre todo, obedece. ¿Qué harías si fuese ese hombre el que está follando con otra sumisa? Puff… pues querría estar allí, no atada. Pero es diferente… tiene su morbo. Él es un Amo. Que folle a otras sumisas delante de mí tiene que ser frustrante. Pero me pondría cachonda. Eso lo pienso por el puto vibrador que roza la cinta. No… me pone la idea. Me hace sentir muy sumisa. Estaría frustrada, como ahora… pero muy cachonda. Deseando participar… Como ahora…
- Suplicaría por servirle, Señor. Como fuese… pero desearía complacerle. – le dije, con tremenda excitación al hablar.
Desde mi espalda me besó la frente. Yo imaginándome haciendo de mamporrera para ese hombre y él me suelta un casto beso en la frente. ¡Me tiene desubicada! La silla se gira, los veo de nuevo. Lara está tumbada con la cabeza a los pies de la cama, a mi lado. Sus ojos brillan al mirarme. Daniel golpea con su porra el hinchado clítoris de mi amiga. Sí… mi amiga… La niñata que me dominó estos días. Esa que me vuelve loca de lujuria está a punto de ser penetrada por mi ma… mi Amo.
- Amo, se lo suplico. Déjeme que le ayude a follarse a su sumisa. Se lo ruego, Amo.
No lo pensé, ni siquiera por un segundo. Solo dejé que las palabras salieran de mis labios. La sonrisa de Daniel rivalizaba con la mirada de emoción de Lara. Mis brazos se liberaron. Navaja en mano ese hombre cortó la cinta de mis pies. Un gesto de mi marido me hizo subirme a la cama gateando. Fui directa a la polla que estaba golpeando aquel chichi enrojecido. Pero antes de tocarla…
- ¿Puedo, Amo?
- Puedes, pequeña.
Me agaché, con mi mejilla apoyada en el pubis de Lara, llevé su miembro a mi boca y lubriqué el arma que iba a clavarse en otra. Me esforcé en llenarla bien de saliva, ese chochito estaba muy poco usado y mi AMO calza una buena espada. La saqué, deseando más, pero feliz de quedarme con las ganas. Yo misma di unos fuertes pollazos sobre el abierto y excitado chichi de Chocolate. Apunté su rabo con una mano, mientras separaba los labios de ella con la otra. Era el momento, Daniel se follaría a otra. Y yo no solo lo consentía, le estaba ayudando a metérsela.
Su miembro fue entrando y mi mano ya no tenía utilidad allí. ¿Dejaba de ser útil? No, al menos que mi Amo así lo quisiera. Mi mano fue a sus pelotas, un suave masaje seguro que le gustaría a ese hombre que nos tenía prendadas a las dos. Mis labios fueron a su cuello, besé y lamí desesperada. Estaba a mil. Fui bajando por su pecho sin dejar de masajear lo que seguramente se vaciaría dentro de otra. ¿Quería eso? Sí, eso y más.
La penetración fue lenta, mucho. La cara de Lara era una mezcla de nervios y dolor. Por eso Dani iba tan despacio. ¿Tan estrecha estaba? Pobre… Chocolate necesita mi ayuda. Fui recorriendo su cuerpo hasta allí donde se juntaban. Pude saborear el sabor de ella en la dureza de él. Me encantaba. Yo sentía como mis bragas de plástico estaban empapadas, pero no podía hacer nada. No había placer para mí. Pero para ella sí. Mi lengua llegó a ese botoncito hinchado. Ella jadeo en cuanto sintió mis caricias. No lo había hecho nunca, pero sabía cómo me gustaba a mí. Disfruta pequeña zorra, disfruta de mi hombre y de mí.
Sus jadeos aumentaron a la vez que el ritmo de Daniel taladrando ese casi nuevo coñito. Yo me esforzaba por dar placer a la joven mulata. Y lo único que recibía a cambio eran unos poderosos azotes en mi trasero. ¿Lo peor? Que me encantaban. Me sentía ridícula, humillada por estar allí dándoles placer, sabiendo que yo no lo tendría. Y eso me ponía a mil. Y cada golpe en mi culo me recordaba lo cerda que me estaba poniendo siendo una cornuda sumisa.
- ¡Me voy a correr! ¿Puedo? ¿Puedo? ¿Amo, puedo? – gimió Lara.
- Córrete Chocolate. Córrete en la boca de mi mujer.
Al escuchar eso casi me corro yo sin poder tocarme. Mi lengua se aceleró todo lo humanamente posible, Daniel taladraba como si quisiera romperla en dos. Comencé a sentir sus espasmos, él la clavó hasta el fondo y degusté un sabor diferente. Se estaba corriendo, efectivamente, en mi boca. Sorbí con ansia estirando de su clítoris. Cuanto más chupaba yo, más disfrutaba ella. Mi boca se inundó de su orgasmo y no me detuve hasta que su arqueado cuerpo cayó rendido sobre el colchón.
Lara estaba desfallecida después del tremendo orgasmo. Daniel en cambio se mantenía erguido con su polla aun dentro de ella. ¿Se habría corrido? ¿Lara estaría llena? No quité ojo hasta que vi como salía mi marido de esa mulata. Su polla estaba brillante. ¿Pero de él o de ella? Su rosado coñito estaba enrojecido, pero no conseguía distinguir si había algo de él allí dentro. Solo había una forma de confirmarlo. Y por suerte, mi dominante marido me la puso en la boca.
- Límpiamela, Nata.
Ni cariño, ni gordi, ni mi vida. ¡Nata! Ese era el nombre que más me gustaba. ¡Y vamos que la limpie! Fui con la boca abierta y chupé como si fuese mi batido favorito. La dejé reluciente, pero nada, no estaba segura. Había muchos sabores. Necesitaba adentrarme en el fondo del asunto. Miré a Daniel y mordiéndome el labio, supo lo que su hambrienta perrita deseaba.
- Adelante. Comete el coño que me acabo de follar.
Quise besarle, pero no. La boca de esta perrita estaba sucia para besar a un Amo como él. Pero no para comerse el chocho de otra perra. Suavemente, conocedora de lo sensible que está esa zona en esos momentos, mi lengua fue acariciando esos sonrojados labios. Fui guiándome por sus jadeos, adentrándome poco a poco en ella. Me encantaba el sabor. Me gustaba la textura. ¡Me encanta comer coños!
Lara fue despertando del trance donde la había dejado mi marido. Sus manos agarraron mi cabeza y empujaron con fuerza. ¡Eso es! Empótrame la cara en tu coño. No podía casi respirar, pero daba igual. Yo a lo mío. Mi lengua limpiaba todo lo que había allí dentro, pero nada. Esta perrita se quedaba sin leche.
La mano de Daniel jugaba en mi trasero. Sus dedos apretaban a través de la cinta buscando la entrada a mi culito. ¡Perra tonta! No se ha corrido porque quiere llenar otro agujero de esa mulata.
Levantando bien el culo, para que mi Amo pudiera frustrarme a su antojo, fui subiendo por el cuerpo de Lara. En cuanto llegué nos fundimos en un increíble beso lésbico. Mi boca sabia a su coño y la polla que la acababa de follar. Y por lo que parece, a ella eso le puso a mil. Lara agarró mis nalgas y las separó. Mi Amo empujaba sus dedos metiendo la cinta cada vez más en mi culo. ¡Lo quiero dentro! Pero no… no era mi culo el que él deseaba. Y así debe ser…
- Entrégale tu culo a nuestro Amo. – le dije mordiendo su lóbulo.
- ¿No te importa?
- Sí. Mucho. Pero lo quiero.
- Pídeselo. – me ordenó.
- Amo. Desvirga el culo de Chocolate. Por favor. Te lo suplico. Hazme una cornuda.
- ¿Lara? – preguntó Daniel.
- Sí, Amo. Por favor. Desvirga mi culito. ¡Fuerte! Rómpemelo y que tu mujer lo vea.
- De eso puedes estar segura. Lo verá en primera línea.
Colocó a Lara a cuatro patas sobre la cama. Fui yo misma quien separé sus duras nalgas. Ese precioso culito iba a ser estrenado. Una orden de mi Amo y mi lengua lubricó esa zona. Sí, le comí el culo a esa zorra. Y me encantó hacerlo. De hecho, no dejé de tratar de meter mi lengua en su agujerito hasta que mi marido apuntó a esa mojada entrada. En primera línea, como él dijo, iba a ver cómo entraría centímetro a centímetro en aquel estrecho orificio. Le iba a doler, eso seguro. Por muy despacio que mi delicado Amo fuese, aquello era mucho más gordo de lo que ese ojete podía resistir. Aun así, la zorrita de Chocolate enterró su cara en la almohada, dispuesta a sufrir por su Amo, y el mío.
Sabía lo que aquello significaba. A ella le marcaria de por vida. Era su primer Amo y el primero que usaría su impresionante culito. Y para él… para mi Amo y marido… no lo sé… Aunque me temía lo peor. Esa joven preciosa le estaba entregando su virginidad la primera vez que tenía ocasión. Se había entregado a él como sumisa. Cosas que yo había tardado años, ella lo hizo en un abrir y cerrar de piernas. No podía competir con ella. Era mi noche… pero no era la protagonista. Lo supe. Todo esto lo había hecho por mí. Y eso me convertía en culpable. Culpable de que a mi marido le gustase más otra que yo. Acabaría siendo culpable del final de nuestro matrimonio. Por una fantasía, por dejarme llevar por mi lujuria. Por entregarme a otro, otra se había entregado a Daniel.
Ya nada podía hacer, solo separar bien las nalgas a esa mulata y dar una última chupadita a la polla de mi marido. Una parte de mí se quebró al darme cuenta de lo que aquello significaba. Pero cumpliría con mi compromiso como sumisa y ayudaría a que mi amado Amo le rompiese el culo a esa preciosa jovencita.
Daniel me sonrió con la punta de su lanza abriendo aquella nueva puerta. Yo le devolví la sonrisa. Feliz, pues él se lo merecía. Tiró de mi tanga al cuello y me llevo hacia él. Me besó como cuando solo éramos novios. Con amor y lujuria a partes iguales. Con nuestras lenguas jugando entre ellas, comencé a sentir como bombeaba a su sumisa de chocolate. Y la de nata… estaba llorando de felicidad solo por poder besar al hombre que había despreciado como Amo.
- Te quiero, para siempre. – me dijo.
Me secó las lágrimas y después de un tierno beso, me quitó el tanga de Lara del cuello. Él seguía moviendo sus caderas follando a otra, pero se centraba en mí. Ni siquiera los gemidos de placer de Lara podían romper ese momento. Yo, encerrada sexualmente. Y ella siendo desvirgada por mi marido. Y me sentía afortunada. Ahora era la protagonista. Daniel me hizo girar la cara hacia su favorita. Mi Amo quería que viese como le rompía el culo.
Pero no. El culito de la mulata seguía tan cerradito como cuando mi lengua había intentado entrar en él. Sí… Daniel la estaba follando tiernamente, pero por el coñito. Parece lo mismo, pero no lo era. No para mí.
- ¿Por qué? – le pregunté.
- Porque es tu noche.
Sin salirse de ella, le quitó mi collar. Arrodillada solemnemente al lado de la zorra que se estaba follando, agaché mi cabeza y dejé caer mi melena para que pudiera colocarme el símbolo de su propiedad. ¡Era suya! YO era suya.
Ella también, pero yo más. Yo tenía collar. No había desvirgado su culo. Podía, pero no lo hizo. ¡Por mí! Le besé, no me importaba que se follase a otra. Eso me daba igual. Era suya, como yo. Podía hacer lo que quisiera con ella. Me daba igual quedarme cachonda y frustrada con ese tanga de cinta. ¡Era mío! O más bien, yo era suya.
- Nata, debajo de Chocolate. Ese es tu sitio, dando placer a tu Ama.
¿Mi Ama? ¿Eso era Lara? Es cierto que me había dominado. Y lo disfruté. Y sí… Esa cría sabía cómo hacerme sentir sumisa ante ella. ¿Entonces lo era? Daniel así lo había dicho. Y para qué negarlo. Un escalofrió de placer había recorrido mi tanga de plástico al escucharlo. Yo lo deseaba. Deseaba ser la perrita de esa zorrita. Y por eso ya estaba debajo de ella. Con mi lengua volviendo a satisfacer a mi Ama. A esa camarera mulata que zorreó con mi marido.
Ella sacó su cabeza de la almohada y la acomodó entre mis piernas. ¿Qué estaba haciendo? Estaba mordiendo la cinta. Podía notar sus dientes en mi coñito. Que rico… Estaba tan salida que cualquier roce allí me volvía loca. Sigue, sigue mordiendo pequeña zorra. Que yo seguiré comiéndote el potorro hasta que os corráis los dos.
Me estaba volviendo loca, pero no tanto como yo a ella. Por mucho que lo intentase. Y por más excitada que yo estuviera. La maldita cinta que ella misma me había puesto no permitía todo el placer que yo necesitaba. Pero eso no era excusa para que yo no se lo diese a ella. A mi Ama.
¿Qué es eso? Me vibra el chichi. ¿De dónde había sacado un vibrador? Aprieta a aprieta, que lo noto. No podía hablar, pero mi lengua se hacía entender. ¡Joder que gustito! Sigue, sigue. Yo te lo como todo, pero tú no pares.
El cuerpo de Lara se balanceaba con las embestidas de Dani. Yo me sujetaba a sus muslos para poder seguir lamiendo mientras sus pelotas me golpeaban la frente. ¡Dios que follada! Y yo solo podía sentir esa vibración a lo lejos, detrás de la cinta. Pero parecía suficiente… Un poco más fuerte. ¡Ponlo al máximo! ¡Métemelo si hace falta! Necesito más. un poco más…
Conocía a Dani, vamos que si le conocía… Esos jadeos evidenciaban que se iba a correr. Y ya había saboreado a Lara antes, ella también estaba a punto. Yo solo un poquito más… más fuerte, aprieta…
Una tremenda embestida de mi Amo y se quedó clavado en lo más profundo de Chocolate. Ella ni siquiera pudo gritar ni gemir, pero su coño comenzó a chorrear en mi cara, con mi boca tragando todo lo que mi Ama me regalaba. Y yo… Sí… Aunque parezca mentira, lo conseguí. Me corrí. Con un frustrante pero intenso orgasmo. Uno increíble, que hubiera podido ser incluso mejor, pero el morbo de saber que ella tenía más lo superaba todo.
¿Y qué? Pues que estaba feliz. Ellos habían disfrutado al máximo, gracias a mí. ¿Yo? Más cachonda que nunca en mi vida. Mis labios tenían una sonrisa imborrable. Ni cuando Daniel salió y su semen comenzó a caer en mi cara, ni cuando me ordenó limpiarles a ambos. Cosa que hice sin dejar de sonreír. Creo que tuve otro mini orgasmo cuando los vi besarse mientras lo hacía. O cuando lo hicimos nosotras, ante su atenta mirada. Jugando con nuestras lenguas, como dos novias cachondas por compartir el alimento del mismo hombre.
Era una sensación muy extraña. Como si me corriese continuamente, pero no terminaba de satisfacerme. Ellos se tumbaron abrazados. Miré y él no estaba. El guionista de todo, había desaparecido. Como vino, se fue. Convirtiendo a mi marido en Amo y a mí en sumisa. Me acurruqué a sus pies, aún con esa sensación de excitación constante. Lara abrazada a mi marido y yo abrazada a sus piernas. Era feliz. Lo tenía todo. Mi collar, a Daniel, a Lara… Pero… ¿Qué pasa si quiero más?
Se acabó.
Gracias por llegar hasta aquí. Podría haber habido muchos finales, pero este es el que quería. Cada quien verá lo que desee ver de esta historia. Y como desee verlo.
No cambiemos ahora las costumbres porque haya acabado, dejen sus comentarios como siempre.
Muchas gracias a todos.
Wilmorgan.
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