Jugárselo todo a una carta 4
El olor a sangre fresca aún no se ha secado en sus manos cuando descubre que su padre ha entregado a su amante a un enemigo mortal. Ahora, el único camino para salvarla es confiar en su espada y en el riesgo de una noche que terminará con una cabeza o un cuerpo sin vida.
Jugárselo todo a una carta 4
Las cosas habían salido mucho mejor de lo que hubiera esperado, con Boris muerto, su territorio entraría en una guerra por el poder. Con un poco de suerte se matarían entre ellos, estaba tan absorto en mis pensamientos que no me di cuenta, en que Erin estaba conduciendo en dirección a la mansión de mi padre., mire a Erin y le dije.
• ¿A dónde vamos Erin?
• Tu padre me ordeno que te llevaría ante él.
• ¿Desde cuándo lo obedeces?
• Desde que el futuro de la vida de tu hermana pende de ello, sabes que quiero mucho a Lisa y haré lo que sea por curarla.
Mire a Erin y la bese, durante el trayecto no hablamos nada, veía como Erin se crispaba cada vez que nos acercábamos a la mansión. Si algo tenía claro era que Erin odiaba tanto como yo a mi padre, no tardamos en llegar. Como de costumbre, uno de los hombres de mi padre nos esperaba en la entrada de la mansión. Me pidió todas mis armas y después me cacheo para comprobar que no me había guardado ninguna. Nos llevó hasta la sala de estar de la mansión.
• Felicidades Duncan, has hecho un buen trabajo.
• No lo he hecho por ti – dije lleno de resentimiento.
• Lo sé, lo que no entiendo, es porque sigue con vida Antonella.
• Ella se va a retirar con su hija a Italia, pronto su territorio estará sin jefe.
• Eso me da igual, el trato era curar a tu hermana a cambio de las vidas de los jefes de los cuatro territorios.
Mi padre me estaba cabreando mucho, sabía lo que pretendía, sabía perfectamente que me exigiría la vida de Antonella. Mi padre lo que temía era que si Antonella seguía con vida le declarara la guerra en el futuro. No quería hacerlo, pero la vida de mi hermana dependía de ello, sabía cuando y donde debía hacerlo. Mi padre se obcecó en acompañarme, la dije que no lo necesitaba para nada. Cada sábado por la mañana Antonella solía ir con Isabella a un bosque donde su familia había construido una cabaña, a Isabella le gustaba muchísimo ese bosque, jugaba y corría hasta agotar a su madre.
A unos dos mil metros de la cabaña había una pequeña montaña, la abatiría desde allí. Podía ver desde la mira telescópica de mi rifle como Antonella corría detrás de su hija, mi padre empezó a impacientarse. Coloco el cañón de su arma contra mi sien y empezó a apretar.
• ¿A qué esperas Duncan?
• ¡No mataré a Antonella delante de su hija!
• ¡Eso a mí me da igual! – dijo mi padre enfurecido.
• Si le disparo ahora e Isabella presencia la muerte de su madre, ¡acto seguido te mataré a ti!
• No lo aras, la vida de tu hermana depende de mi dinero.
• Lisa preferiría morir a que su hermano matara a una madre delante de su hija.
Mi padre no era entupido y sabía que cabrearme no era bueno para su salud, era un hombre peligroso, pero carecía de mi destreza. Guardo su arma y decidió dejarme hacer las cosas a mí. Estuve por lo menos una hora tumbado sin moverme, mi padre estaba más que nervioso, pero no oso abrir la boca. Entonces fue cuando Isabella entro en casa, Antonella se quedó afuera y se encendió un cigarro, sabía que delante de su hija jamás fumaba. Había llegado el momento y lo aproveche, apunte al centro de su corazón y apreté el gatillo. El cuerpo de Antonella cayó para atrás por la fuerza del proyectil al impactar.
Antonella no se movía y en el suelo debajo de ella se empezó a formar un charco de sangre. Mi padre estaba muy contento, pero yo no lo estaba en absoluto, él me puso la mano en el hombro en gesto de aprobación, le mire con un gesto que demostraba el asco que le tenía y de un rápido movimiento le golpee el rostro con la culata del rifle, el golpe fue tan fuerte que sangraba copiosamente de la boca. Pataleaba y se quejaba en el suelo mientras se sujetaba el rostro con las dos manos ensangrentadas.
Guarde en rifle en una maleta y empecé a moverme, si no nos movíamos rápido podrían cogernos, mi padre seguía en el suelo. No tenía intención de ayudarlo, pero tampoco podía dejar que lo atraparan, sin su dinero Lisa estaría perdida. Le ayudé a levantarse y nos empezamos a mover hasta llegar al coche, conocía una carretera que pocas personas conocían, eso nos aseguraría escapar de allí sin ser vistos. Mi padre se tapaba el rostro con una toalla, me miraba con odio, pero también con miedo. No dijo nada durante todo el viaje, de vez en cuando se quejaba.
Lo dejé en su casa, salió del coche y entonces dos de sus hombres me apuntaron con sus armas, este les indico que las bajaran con un movimiento de su mano. Sus hombres le obedecieron. Arranque el coche y después de pasar por casa me duche para subir a ver a mi hermana. Cuando llegue, vio mi rostro apenado y me pregunto que había pasado.
• Nuestro padre me ha obligado a matar a Antonella.
• ¡Como has podido dejar a Isabella sin madre!, ¡mi vida no vale tanto!
• ¡Para mí sí!
• ¿Cómo quieres que viva una vida plena, si está, está cimentada sobre cadáveres?
• Lisa, ¿crees que para mí ha sido fácil?
Lisa, bajo la mirada, sabía que yo jamás hubiera hecho daño a Antonella sin tener una buena razón. Mi hermana no estaba receptiva después de lo que le había contado. Se echó a dormir, decidí que lo mejor que podía hacer era dejarla que se calmara, Lisa quería mucho a Isabella y sabía perfectamente lo que esa niña estaría sufriendo. Yo no tenía tiempo de distraerme, la muerte de Boris había trastocado las cosas, si quería tener éxito tenía que matar a Gunnar e Hiro, estos habían movido ficha después de las muertes de Boris y Antonella.
Gunnar se había refugiado en su torre acorazada, todo estaba blindado, solo podía ver el exterior desde el suelo de la piscina que era de cristal, era un cristal endurecido capaz de soportar incluso los impactos de un misil, pero como todos los cristales tenía puntos débiles. Gunnar tenía contratada a una empresa que le limpiaba el cristal una vez a la semana, decía que la polución de la ciudad lo ensuciaba. Los operarios se colgaban y limpiaban el cristal desde abajo, utilizaría eso para poder llevar a cabo la misión.
El cristal iba metido en un marco de hormigón, entre el cristal y el saliente de hormigón, se creaba una sombra que me vendría bien para guardar el cordón de termita. Esta ardía a más de tres mil grados, suficiente para destruir ese cristal. En esta ocasión uno de los limpiadores me debía un favor, era un jugador empedernido. Yo liquidé su deuda, le dije que llegado el momento le diría como devolverme el favor. Ese momento había llegado, su itinerario, el equipo y el uniforme serían el pago.
Moví algunos hilos para que el limpiador tuviera de cogerse la baja, después moví otros para que fuera yo quien lo sustituyera. Limpiar ese cristal resulto mucho más difícil de lo que había calculado. Él fue quien me enseño a hacerlo bien, llego el día que tenía que ir a limpiarlo, como iba en sustitución del otro limpiador, Gunnar en persona decidió entrevistarme. Entramos en el edificio, una vez cerrado era una trampa mortal, dos armarios empotrados, me acompañaron hasta un ascensor.
En aquel edificio, no había ventanas, era un edificio grande y espacioso, pero la sensación de claustrofobia que se sentía era tremenda. Si mirabas en todas direcciones, tu mirada se encontraba con gente apagada y gris, el ascensor empezó a subir, yo llevaba unas gafas horribles de pasta, que pesaban un montón, pero con ellas era difícil que alguien me reconociera. Por si acaso me puse una gorra, por fin llegamos al ático. Todo el ático eran paredes gruesas de hormigón y las únicas vistas que había eran a trabes del fondo de la piscina.
Me llevaron a un gran salón donde Gunnar me esperaba, su sonrisa era siniestra, me daban escalofríos solo de mirarla por un segundo. Este me miro de arriba y abajo y me indico que tenía una hora para limpiar el cristal de la piscina. En un momento dado me empezó a mirar raro, temí que me hubiera reconocido. Dicen que me parezco mucho a mi padre, pero lo que estaba observando era a lo que él consideraba una cucaracha que dejaba con vida porque me necesitaba para mantener su cristal impoluto. Me dieron ganas de clavarle el destornillador en el cuello.
Me escoltaron un piso más abajo, al final de un pasillo había una puerta blindada custodiada por dos hombres. Su mirada fue suficiente para saber que esos dos hombres matarían a cualquiera que se acercara a aquella puerta sin permiso. Me cachearon, llevaba la termita en unos tubos de masilla, esta se solía usar para mantener la piscina estanca, pero debido al sol, viento y lluvia se solía degradar y había que cambiarla de vez en cuando. Eso me vino de perlas, abrieron la puerta, era la puerta más gruesa que hubiera visto en mi vida.
Una vez abierta, salías a una especie de terraza, subiendo en una escalera, enganchabas el arnés a unas cuerdas que estaban atadas a unos anclajes que se movían por unos carriles, de adelante a atrás y de lado a lado. Una vez revisado todo me quede colgando, mire hacia abajo y la verdad era que el rascacielos tenía mucha altura. Hacía mucho viento y no era fácil limpiar aquel cristal, tenía que reconocer que aquel no era un trabajo para cualquiera. Mientras me colocaba en posición para empezar la limpieza, me vino a la memoria un suceso que demostraba las atrocidades cometidas por Gunnar.
En una ocasión Gunnar creo un arma biológica con una letalidad del cien por cien, una vez liberado mataba a todo bicho viviente en su radio de acción. Dicen que las cucarachas son los seres que incluso sobrevivirían a una guerra nuclear. Gunnar metió unas cuantas en una urna transparente y después engancho a esta una manguera. Cerraron aquella sala de forma hermética y soltaron el gas dentro de la urna. Las cucarachas empezaron a deshacerse, el gas era tan potente que las mato al instante. El cliente no estaba convencido y le dijo que él no quería matar cucarachas. Gunnar hizo una llamada y de una puerta entraron diez personas. Después un científico de Gunnar le entrego unos informes al cliente, en estos ponía que estas personas habían sobrevivido al virus de Marburgo que tiene una tasa mortal del cien por cien.
Esas personas habían demostrado tener una resistencia muy alta, serían perfectas para demostrarle al cliente la eficacia de esa arma biológica que la mente enferma de los científicos de Gunnar había creado. Esas diez personas fueron metidas en una urna más grande, también engancharon una manguera a esta y volvieron a cerrar herméticamente la sala. Antes de proceder con el experimento, este les enseño videos de las diez personas desde que fueron infectados con el virus de Marburgo, hasta que consiguieron superar la enfermedad.
De esa manera no habría dudas de que esos informes eran verdaderos, una vez satisfecho el cliente. Gunnar dio la orden y soltaron el gas dentro de la urna. Según me contaron, la agonía de esas personas fue indescriptible, murieron todos sin excepción. Gunnar y el cliente reían con una risa histriónica, uno porque de aria mucho más rico y el otro sabiendo que nadie de su gobierno se enfrentaría a él, teniendo semejante arma. Moví mi cabeza de un lado para otro, necesitaba concentrarme. Una vez limpio el cristal, me dispuse a secarlo bien, la más mínima humedad y todo el plan se iría al traste.
Empecé a esparcir la masa de termita por los bordes del cristal, lo tenía que hacer con mucho cuidado. Una vez terminado de ponerlo en todo el contorno, me dispuse a poner el pequeño detonador. Después volví al balcón y desenganche el arnés, antes de que me dejaran volver al edificio, los dos gorilas revisaron que el trabajo estuviera bien hecho. Fueron momentos muy tensos, si descubrían el cordón, todo se iría al traste, por suerte para mí, quedaron satisfechos con mi trabajo y me dejaron entrar al edificio. Una vez dentro me esperaban otros dos gorilas para acompañarme al ascensor y a la salida.
En aquel gran salón se encontraba Gunnar de pies mientras una mujer le hacía una mamada de campeonato. El giro, su cabeza hasta que su mirada se cruzó con la mía, en su mirada se podía ver lo superior a mí que se creía. En un rato veríamos si era tan superior como él pensaba. Una vez fuera me dirigí a mi furgoneta, la arranque y me dirigí a la terraza de una cafetería que se encontraba a una manzana de aquel mastodóntico rascacielos. Aparque la furgoneta y después me pase a la parte de atrás, me cambie de ropa y me dispuse a sentarme en una de las mesas, desde ella tenía una vista perfecta a aquella piscina, mientras limpiaba puse unas pequeñas cámaras, estas me dirían el momento en el que Gunnar se daría su baño diario en la piscina.
Pedí un café y me dispuse a ver mi tablet, no taro mucho en entrar, mi único miedo era que entrara a la piscina junto a aquella mujer, ella era inocente y no estaba dispuesto a quitarle la vida a esa mujer. Por suerte para mí, Gunnar entro solo en la piscina, le dejé un tiempo para que hiciera sus largos, entonces se puso en la mitad de la piscina. Una vez la termita hiciera su trabajo, a Gunnar no le daría tiempo de llegar a ninguno de los bordes desde esa posición. Saque el mando y apreté el botón, la termita se incendió y la llama hizo añicos el cristal del fondo de la piscina.
Desde aquella terraza pude ver que el gran Gunnar, el hombre superior, no era capaz de volar. Todo pasó muy deprisa, pero tenía la certeza de que Gunnar no había sobrevivido, Deje la furgoneta aparcada, el limpiador pasaría a recogerla. Yo me fui directo a un aparcamiento y recogí mi coche, tenía que pasar por la mansión de mi padre para darle el informe. Puse la radio y todas las emisoras se hicieron eco de la muerte de Gunnar, uno de los magnates más poderosos del mundo había perdido la vida de forma trágica, ninguno de ellos sabía lo mucho que merecía morir ese hombre.
Tarde más o menos una hora en llegar a la mansión de mi padre, Dos gorilas me esperaban en la entrada como de costumbre. Después de cachearme me escoltaron a la sala de estar, lo que vi allí me cabreo mucho, en uno de los sofás se encontraban sentados Erin e Hiro. Este estaba intentando meter su mano debajo del vestido de Erin y esta se lo impedía, podía ver el asco que sentía Erin con mirarle al rostro. Mi padre al verme me dijo que fuéramos a prepararnos unas copas y dejáramos a los tortolitos un poco de intimidad.
• ¿Desde cuándo dejas que nadie toque a Erin?
• No sé, ¿desde cuándo la tocas tú a mis espaldas? – pregunto mi padre.
• Veo que no dices nada, el que calla otorga, ¡si sigues vivo es porque te necesito!
• Si, también porque me tienes miedo.
Mi padre puso el vaso en mi mano, en su rostro veía odio, nos había pillado y había regalado a Erin a Hiro para castigarnos a los dos, Erin se encontraba en peligro, sabía que podía defenderse sola, pero eso no me consolaba.
• ¡Si le haces daño a Erin!, ¡conocerás el infierno de primera mano!
• Quien dice que le voy a hacer daño, Hiro hace años que anda detrás de Erin y le he concedido el capricho – mientras reía.
Cogimos las copas y volvimos a la sala, mi padre decidió que no era buena idea seguir estirando la cuerda, cogió a Hiro y se lo llevo a su despacho para cerrar el trato. Erin se levantó y vino donde mi, se le veía nerviosa, pero tenía una mirada resolutiva.
• Duncan deja que yo acabe con Hiro.
• Vale, ¿pero como lo vas a hacer?
• Le he desafiado a una lucha de espadas, si me vence podrá follar conmigo, ¿confías en mi Duncan?
• Siempre, pero que ocurrirá si ganas, porque sé cómo acaban ese tipo de luchas, con el contrincante muerto.
• Está tan confiado de ganar, que ha ordenado a sus hombres que me dejen marchar, aunque él muera, sabes que para él, el honor lo es todo.
• A veces.
Cogí de la mano a Erin y la llevé hasta mi coche, abrí el maletero y le entregué mi katana, esta, estaba forjada por uno de los mejores forjadores de Japón.
• No puedo acertar esta katana Dunca, fue el regalo que te dio nuestro sensei.
• Pronto tendrás la tuya, sé que ha mandado al mismo forjador que la forje, pero yo no te he dicho nada, de momento usa la mía y gana.
Volvimos a la mansión, mi padre e Hiro nos esperaban, Hiro sonrió al ver la katana que Erin llevaba en las manos, se la pidió y esta después de mirarme se la entrego, esta la desenvaino y por su rostro vio que era una katana de primerísimo nivel, después poniendo la mano en la espalda de Erin, los dos salieron de la mansión.
• ¡Ahora sabrás lo que duelen los cuernos! – dijo mi padre.
Simplemente, sonreí, Mi sensei me dijo que con una katana en las manos, Erin era mucho mejor que yo, además de poder luchar de tú a tú con nuestro sensei, Hiro no sabía donde se metía, pero tenía todas las papeletas para perder la cabeza. Mire a mi padre y sin decirle nada salí de la mansión, cuando llegue al coche cogí el móvil e hice una llamada.
• Necesito que me guardes las espaldas, mi padre sabe lo mío con Erin.
• Dalo por hecho.
Continuará.
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