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Pasión de juventud (II)

Años de mensajes, llamadas y fantasías compartidas convergen en un solo punto: el encuentro real. Cuando las barreras de la distancia se rompen, la tensión acumulada estalla en una explosión de pasión que nadie podría haber imaginado por escrito.

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Pasión de Juventud (II)

Todos sabemos que, lo bueno, se hace esperar. Y eso me tocó a mi: esperar. Esperar a que llegara por fin el día en el que tomaría el tren para encontrarme con Teresa.

Cómo los horarios iban más que ajustados, el martes 10 dejé lista la maleta por la tarde, para asegurarme de que al día siguiente me daría tiempo de pasar por casa, comer algo y salir pitando.

Ese día, el martes, ambos estábamos muy nerviosos, y fue el único día, después de muchos, en los que no practicamos telesexo. Eso sí, nuestra conversación, como cada día, fue interminable, hablando de los más variados temas: trabajo, deporte, familia, anécdotas ocurridas antes de conocernos,…, hablábamos de todo, absolutamente de todo, y siempre acabábamos entre risas y palabras dulces y tiernas.

Y, por fin, el gran día llegó. Esa noche los nervios no me dejaron conciliar bien el sueño, y apenas dormí unas 3 ó 4 horas, de modo intermitente, por lo que ese día, en el trabajo, fui poco menos que un zombie.

A las 3 de la tarde en punto fiché mi salida, la primera vez en años que fui el primero en salir, y me dirigí a casa todo lo deprisa que pude. Mi madre, gran aliada, ya me había puesto la comida en la mesa cuando entré por la puerta. Apenas me lavé un poco las manos y comí, en tiempo record. A las 15:30 ya estaba con la maleta en la puerta, para bajar hasta la estación de tren, de la que me separaban unos 10 minutos caminando a buen paso.

Las máquinas de venta de billetes estaban instaladas, pero no en funcionamiento, por lo que tuve que hacer una pequeña cola en la ventanilla para comprar mi billete hasta Guadalajara. En circunstancias normales no habría hecho la cola y me habría arriesgado a que el revisor me cazara sin billete, pero no quería contratiempos ni pérdidas de tiempo innecesarias. Así que aguanté la pequeña cola, unos 3 minutos que me parecieron eternos.

Después descubrí que, con el billete de largo recorrido se incluía también el transporte en toda la corona de cercanías. Pagué la novatada.

A las 15:55 estaba en el andén, dirección Guadalajara. Tuve que esperar unos 10 minutos, que me parecieron eternos. No aparté la vista, más allá de 3 segundos, del cartel luminoso en el que se informaba del tiempo de espera hasta la llegada del siguiente tren. Afortunadamente no había ninguna incidencia, y el tren de cercanías llegaría en el horario previsto. Justo por delante del largo recorrido.

A las 16:05 llegó el primer tren, al que me subí casi de un salto. No me senté, me esperaba después un largo tiempo sentado en el otro tren, así que preferí quedarme de pie junto a una de las puertas. Inconscientemente seguía haciendo esfuerzos por reducir tiempos, aunque ya era obvio que llegaría a tiempo a Guadalajara para coger el siguiente tren, el que me llevaría a Cataluña, pues venía detrás del tren en el que estaba subido. Aproveché el corto viaje en este primer tren para enviarle un SMS a Teresa: “Hola cariño, ya estoy en el cercanías. TQM”. Su respuesta no tardó ni 15 segundos: “Ten cuidado. TQM”.

Unos 10 minutos después, el cercanías hizo su entrada en la estación de Guadalajara. Para ese tren representaba el final del recorrido, para mi era el comienzo.

Bajé rápidamente del tren y busqué algún panel informativo en el que poder leer en que vía tendría su entrada el tren de largo recorrido que debía coger ahora. Debía cruzar un par de vías, por lo que tuve que hacer uso del paso subterráneo que comunicaba todas las vías entre sí y con el edificio de la estación.

Apenas 5 minutos después pude ver en la distancia como se acercaba un tren: mi tren.

Me situé en la mitad aproximada del andén, para que así fuera más corto el recorrido que debía hacer hasta el coche en el que se ubicaba mi asiento. Y acerté bastante. El tren paró un minuto después de haberle visto en la distancia, y accedí al mismo un coche por delante del que me correspondía. Ya estaba dentro del tren. La primera parte del viaje lo había hecho con éxito. Ahora sólo tenía que esperar cómodamente sentado para encontrarme con Teresa. Esa chica a la que no conocía físicamente, pero que me volvía loco con su voz, sus palabras y su forma de guiarme por su cuerpo a través del teléfono.

Durante el viaje, de unas 3 horas y media, intercambiamos infinidad de mensajes de texto y un par de llamadas. Y aunque estaba realmente cansado por la falta de sueño de la noche anterior, apenas fui capaz de dormir más allá de 10 ó 15 minutos. Lo suficiente para que mi cabeza no me diera la voz de alerta con un molesto dolor.

Pusieron alguna película durante el viaje, pero prefería seguir con el intercambio de mensajes y escuchando música, no era capaz de seguir el hilo de ninguna película, bastantes películas tenía en la cabeza. Los nervios no dejaban de crecer. Por fin iba a llegar el momento, el tren no dejaba de avanzar a buena velocidad, antes de lo que imaginaba habíamos hecho parada en Zaragoza, y ahora el tren discurría por el valle del Ebro, camino de Lérida, la penúltima parada antes de mi destino. Era inevitable pensar en las reacciones de ambos, en si serían tal y como las habíamos soñado, repletas de sonrisas, caricias, besos y buena sintonía, o si, por el contrario, la chispa no surgiría como pensábamos que lo haría.

En un alarde de catalanismo la saludé con un “ja soc a Lleida”, cuando el tren paró en la estación de esa ciudad, a lo que Teresa me respondió con un mensaje lleno de besos.

A la hora prevista, casi las 8 de la tarde, el tren hizo su entrada en mi estación de destino. Por unos momentos creí que el corazón se me iba a salir por la boca. Yo había avisado a Teresa del número de coche en el que viajaba, que era más a menos hacia la mitad del tren. Antes de que el tren detuviera del todo su marcha, yo estaba ya preparado en la puerta para bajar, y pude ver, de refilón, a una chica que me pareció un ángel bajado del cielo, esperando en el andén. Tenía que ser ella, o eso quise creer. Lo averiguaría muy pronto.

Unos segundos después, el tren detuvo su marcha por completo y pude bajarme. Busqué con la mirada a la chica que había acabado de ver. Ella estaba también buscando con la mirada, con cierta ansiedad, aunque en ese momento preciso no estaba mirando hacia mi lado, si no justo hacia el lado contrario. Pero tenía que ser ella. De los pocos viajeros que nos apeamos allí, todos se dirigieron hacia el edificio de la estación, y las pocas personas que había en el andén tardaron poco en encontrarse con las personas a las que esperaban, o en subirse al tren, ya que éste seguía camino hasta Barcelona.

Dirigí mis pasos hacia la bella chica, justo en el momento en el que ella se giró hacia mi. Me miró y una sonrisa, que me pareció la cosa más bonita que jamás hubiera visto, se dibujó en su rostro. Antes de llegar a su altura fui capaz de decir: ¿Teresa? Por respuesta obtuve una corta pero rápida carrera que la llevó hasta mi, para fundirnos en un primer abrazo que nos mantuvo unidos no sé cuánto tiempo, pero que sirvió para sentir el galopante latido de nuestros corazones. No habíamos dicho aún palabra alguna, y del abrazo, emocionado, tierno, intenso y sentido, sólo nos separó el pitido del tren al reemprender su marcha.

- Hola preciosa, ahora sí: ya estoy aquí –le dije tomando una de sus manos con la mía.

- Sí, ya está aquí, por fin estás aquí. Ha sido un día larguísimo, pero ya estás aquí.

- Eres mucho más bonita de lo que había imaginado, y eso que te había imaginado preciosa.

- Gracias!!!! Tú también estás muy bien y, además, ya puedo tocarte y besarte de verdad.

Nos volvimos a fundir, pero esta vez en un beso apasionado e interminable. Esta vez mis labios y los suyos se buscaron, se acariciaron y se unieron. Mi lengua y la suya se enredaron, una y otra vez, en una sucesión de caricias y roces que nos hicieron olvidar el tiempo y el espacio. Su boca sabía a miel, a pasión, a amor, a alegría incontenible, a muchos días de espera, a muchas noches de sueños húmedos y relatos compartidos. Nuestras bocas se unieron de forma que se convirtieron en una sola, y nuestras manos comenzaron una primera exploración, recatada y tenue, no por falta de ganas de ir mucho más allá, si no por encontrarnos en mitad del andén de una estación de trenes. Aún así, tanto ella como yo pudimos palpar nuestros culos y sentir el primer contacto de sus pechos en los míos. Todo ello hizo que mi entrepierna experimentara una primera excitación, que sin llegar a ponerme la polla del todo dura y erecta, sí que hizo que aumentara su tamaño, dureza y grosor. Algo que, Teresa pudo percibir al encontrarnos pegados los dos.

Cuando por fin liberamos nuestras bocas, para poder respirar, continuamos con nuestra incipiente conversación:

- ¿Cómo ha sido el viaje? –me preguntó, sin dejar de clavarme sus ojos azules en mis ojos.

- Bueno, no ha estado mal. Desde que salí de trabajar ha sido una carrera constante, pero una vez que ya pude coger el tren de cercanías y comprobar que no había ninguna incidencia, todo ha sido coser y cantar. Bueno, cantar no, que lo hago muy mal, no querrás nunca que cante, jajajaja.

- Nunca digas eso. Quizá tenga gustos sadomasoquistas –me dijo con una mirada que, por un instante, se hizo absolutamente pícara.

Pasamos por la cantina de la estación para tomar un refresco antes de dirigirnos a su coche, con el que había llegado hasta la estación directa desde su trabajo. Mientras tomábamos algo pudo contarme que, finalmente, sus jefes se habían ablandado y le habían dado libre el viernes, por lo que disponíamos de 4 días enteros por delante. Fue una noticia maravillosa.

Unos 20 minutos después estábamos en su coche, un Daewoo Lanos, color plata. Teresa lo llamaba, cariñosamente, La Tanqueta. El coche olía a ella, a su perfume. Me resultó absolutamente maravilloso. Todo en ella me lo parecía. Teresa era tal como me había contado: Tenía el pelo entre rubio y castaño claro, liso, en una preciosa media melena. Su piel era clara, su sonrisa limpia y bonita. En su bello y armónico rostro destacaban sus labios y sus ojos. Los labios tenían un tamaño perfecto, sonrosados y del grosor ideal para no dejarlos de besar nunca. Y sus ojos eran dos océanos azules que no quería dejar de mirar nunca.

Nos dirigimos al hotel, situado muy cerca de la estación, apenas tardamos 5 minutos y, según me dijo, también muy cerca del centro de la ciudad y de su propia casa.

El hotel era un pequeño edificio de 4 alturas. Tras los formalismos del check in, y los saludos de rigor de Teresa al señor que me atendió (que resultó ser el padre de su amigo), nos dirigimos a la habitación que me habían asignado, en la 4ª planta. Era una habitación modesta, con vistas hacia la calle en la que se ubicaba la entrada del edificio, se trataba de un paseo arbolado y amplio. La habitación tenía todo lo necesario para que la estancia fuera cómoda: una cama amplia, televisión, baño completo, buena ventana al exterior y un poco alejada del ascensor, era la última habitación del pasillo.

Solté la maleta y saqué algunas prendas que colgué en el armario para que no se arrugaran. Aproveché para cambiarme de camiseta. Llevaba una camiseta cómoda para el viaje y preferí cambiarla por un polo, un poco más elegante. También decidí que el pantalón podría seguir siendo el mismo vaquero con el que había viajado.

- Voy a cambiarme la camiseta. Sea usted una señorita decente y mire para otro lado.

- Ni hablar de eso, caballero. Usted desnudará su torso frente a mi. ¿O acaso piensa hacer voto de castidad?

- Usted lo ha querido, señorita. Si después de esto no es capaz de contener sus pasiones e instintos, no me culpe a mi, yo traté de evitarlo.

Ambos rompimos a reír como dos locos mientras hablábamos. A continuación, me quité la camiseta, momento que Teresa aprovechó para acercarse a mi, y deslizar su dedo índice por mi pecho, jugueteando con mis pezones. Sin pensarlo la sujeté por la cintura y la volví a besar, con más intensidad y pasión con la que lo habíamos hecho hacía un rato. Ahora no nos veía nadie. Tan sólo el padre de su amigo sabía que estábamos los dos solos en la habitación.

De nuevo nuestras lenguas se buscaron y se unieron una y otra vez. De nuevo nuestros labios mordisquearon y besaron los labios del otro. De nuevo mis manos recorrieron su cuerpo, y las suyas el mío, pero esta vez sin ningún tipo de impedimento moral. Estábamos solos, sintiéndonos por primera vez en plena libertad.

Pude abrazarla con ganas a la vez que nos besábamos. Pude recorrer su cuerpo, cada una de sus deliciosas curvas, cada uno de sus rincones. Teresa, a la vez, tampoco perdía el tiempo, y dejó que sus manos exploraran cada parte de mi propio cuerpo, haciéndome estremecer cada vez un poco más. Ahora sí que estaba empezando a tener una buena erección, el bulto en el pantalón comenzaba a ser más que ostensible.

En un momento dado hice que Teresa girara sobre sí misma, de forma que su delicioso culito quedó pegado al abultamiento de mi polla en el pantalón. Me pegué con ganas a ella, una de mis manos acariciaba su vientre y sus tetas, mientras la otra subía y bajaba por su pierna y por la parte interior de sus muslos, apreciando la alta temperatura que empezaba a sentir en su sexo. Ambos nos estábamos excitando más y más por momentos. Nuestras respiraciones así lo delataban y, la propia Teresa, comenzó a mover su culito sobre mi polla de forma sensual y apasionada, haciendo que mi polla se endureciera y creciera aún más. Sin duda podía sentirla con total claridad, del mismo modo que yo sentía su maravilloso culo a través de la ropa.

Sí, todavía todo era a través de la ropa, tan sólo yo había prescindido de la camiseta. Y pareció cómo si ambos pensáramos lo mismo a la vez. Teresa se giró, quedó frente a mi mientras se sacaba su blusa y yo me quitaba el calzado sin ni siquiera desabrocharlo. Ahora pude verla tan sólo con el sujetador. Era blanco y delicado, encerrando dos pechos que, aunque no eran de un gran tamaño, sí aparentaban ser de una forma y tacto deliciosos. Cuando iba a disponerme a desabrocharme el pantalón, Teresa no me lo permitió, arrodillándose ante mi, a la vez que sus manos sujetaban mi culo y su boca se pegaba a mi verga a través del jeans.

Suavemente, y sin dejar de mirarme con una mirada apasionada, dulce y ardiente a la vez, comenzó a desabrocharme el pantalón. Sus dedos se deshicieron con habilidad del cinturón y los botones, e hicieron que el pantalón bajara hasta mis pies, me ayudó a desprenderme de él antes de que su boca mordiera mi polla a través del bóxer.

El bulto era muy considerable, nunca me había sentido tan excitado. Podía sentir cómo sus labios presionaban mi glande a través de la fina tela de la ropa interior, y mi cabeza no dejaba de imaginar lo que vendría después.

Teresa coló sus manos por debajo del bóxer, primero las dirigió hacia atrás, para acariciar y tantear mis nalgas y mi culo. Después hizo el movimiento en sentido contrario, acercándolas más y más hacia mi polla, mi caliente y dura polla.

En un instante, y sin que dejara de sostener mi mirada, mientras mordisqueaba su labio inferior, tuve sus suaves y dulces manos en mi polla, y en mis testículos. Sentía que me iba a morir de excitación y, sin embargo, no había hecho, si no comenzar a sentir.

Unos segundos después, Teresa hizo desaparecer mi bóxer y, sacando su lengua, recorrió mi polla desde la base de los huevos hasta la punta, con tal delicadeza y lentitud, que creí que me volvería loco de placer y deseo.

Volvió a repetir la misma acción varias veces más, haciendo suspirar y gemir de placer, antes de introducirse el glande en su boca por primera vez, antes de succionarlo por primera vez, envolviéndolo con su lengua, a la vez que sus manos acariciaban mis testículos y mi culo, llegando hasta el ano.

Pronto comenzó a deslizar sus labios por el tronco de mi polla, haciendo entrar una gran parte de ella en su boca, hasta casi provocarle arcadas. Era una escena soñada por mi cada uno de los días previos.

De forma instintiva sujeté a Teresa por su cabeza. Por nada del mundo quería que dejara de hacer lo que estaba haciendo. Mi respiración se volvió más acelerada, al igual que los latidos de mi corazón, mientras su boca y su lengua no dejaban de deslizarse por mi polla, subiendo y bajando en un ritmo más suave al principio, pero ganando en intensidad y velocidad poco a poco. Sus manos iban de mi culo a mis huevos, una y otra vez, apretándome contra ella misma, haciendo que mi polla entrara más y más en su boca.

De vez en cuando succionaba la punta de mi polla con sus labios con fuerza para, a continuación, dedicarse a lamer y acariciarme el frenillo con la punta de la lengua y, sin dejar pasar ni solo segundo, volver a introducirse toda mi verga en su boca para volver a mamarla de modo cada vez más intenso y apasionado.

Mis huevos empezaban a estar cargados de leche. Los notaba duros y llenos. Mientras mi polla había alcanzo el punto más alto de excitación que jamás había tenido.

A duras penas y con un esfuerzo que me pareció sobre humano, le pedí que dejara de hacerlo, sabía que, de seguir así, acabaría corriéndome sin remedio. Lejos de detener su deliciosa mamada, oír aquello supuso una nueva motivación a Teresa que se aplicó con más pasión, más energía y más velocidad. Me acabaría volviendo loco de verdad si seguía así. Pero ya no había remedio, ya no quería que parase.

Tras unos pocos minutos más así, sin dejar de introducir mi polla en su boca, de hacer que se la follara como si de su propio coño se tratase, sentí que ya no podía aguantar más, que me iba a correr como hacía muchísimo tiempo que no hacía.

De mi garganta salió una especie de gruñido, grave e ininteligible, a la vez que mis manos sujetaron la cabeza de Teresa contra mi, y de mi polla salieron varios chorros de leche que fueron a parar directamente a su garganta y boca.

Por un momento Teresa no hizo nada, y yo no supe si se habría enfadado por soltarle toda mi carga en su boca sin avisar, pero en seguida hizo algo que fue de lo más morboso que pudo hacer: se puso de pie, sujetó con fuerza mi nuca y me dio un largo y profundo beso con su boca inundada con mi semen.

Me supo a gloria, a pasión, a desenfreno, a placer. Fue puro y simple morbo. Estaba saboreando el fruto del placer que Teresa me había hecho sentir, de su propia boca. Lejos de asquearme o parecerme raro, me pareció maravillosamente excitante.

Cuando por fin pudimos separar nuestros cuerpos y tragar los restos de semen que ambos teníamos, pudimos hablar:

- ¿Te ha gustado, cariño? –me preguntó de nuevo con la dulzura habitual en ella.

- No, no es que me haya gustado. Es que me has vuelto loco de placer y de deseo. Ha sido maravilloso.

- Me alegro muchísimo, Dani. Tenía muchísimas ganas de hacer esto contigo.

- Sí, pero yo también quiero hacer cosas contigo –le respondí mientras acariciaba su mejilla con mi mano.

- ¿Y crees que hay algo que te lo impida? –me preguntó ella.

- Ya sabes, los chicos tenemos que esperar un rato para estar de nuevo en forma.

- No te preocupes, seguro que se te ocurren formas de entretener la espera.

No hablamos más, volví a besarla al a vez que la conduje hasta la cama. Ahora me tocaba a mi hacerla sentir placer. Comencé por acariciar y besar sus pechos, primero sobre el sujetador, pero pronto me deshice de él. Sus pechos eran, como había imaginado, deliciosos. Tenían forma de pera con un pezón rosado y muy excitable, eran de pequeño tamaño, lo que los hacían aún más excitantes.

Me dediqué por un buen rato a besar y lamer esos pezones tan deliciosos. A deslizar mi lengua por ambos pechos, alternativamente, succionándolos con los labios sin previo aviso, haciéndola estremecer de placer en varias ocasiones. Alterné mis caricias con la lengua en sus pezones con largos y profundos besos en su boca.

En un momento dado me di cuenta de que una de sus manos estaba en su entrepierna, acariciándose el sexo por encima del pantalón. Fue la señal de que debía ser yo quién la proporcionara el placer que necesitaba.

Como había hecho ella momentos antes, le quité el pantalón con toda la suavidad y ternura que pude. Ante mi quedó su ropa interior: unas braguitas igualmente blancas, muy suaves y con alguna transparencia y, lo mejor de todo: estaban absolutamente empapadas, así lo demostraba la enorme mancha de humedad que se dibujaba en ellas sobre su sexo. Metí mi boca y mi nariz en su entrepierna, para llenar mis pulmones con el aroma de su excitación. Lamí y besé su coño por encima de las braguitas, embriagándome de deseo, antes de quitárselas y dejarla completamente desnuda.

La contemplé así unos instantes:

- Eres preciosa, Teresa –le dije

Su respuesta fue cogerme por la nuca y obligarme a acercar mi boca a su boca. Nos volvimos a besar, mientras mis manos acariciaron su coño, empapado y sediento de sexo. Ardiente y suave.

Tras ese nuevo beso, mi boca fue bajando despacio por su cuerpo. Volví a besar sus pechos, a hacer míos sus dulces pezones. Besé su vientre, su ombligo…, deslicé mi boca por su piel, por la parte exterior de los muslos, hasta las rodillas. Comencé a subir, poco a poco, acercándome más y más a su coño. Podía sentir su calor, su aroma embriagador. Podía percibir sus pequeños contoneos, buscando mi boca.

Por fin llegué. Por fin mi boca tomó su coño, primero muy abierta para introducirlo en mi boca en un apasionado beso. Después fue mi lengua la que, despacio y pausadamente, se deslizó, desde la parte más baja de su apertura hasta el clítoris, en un viaje cargado de erotismo y deseo. En el clítoris jugué con mi lengua, dibujando pequeños círculos sobre él, presionándolo y envolviéndolo, una y otra vez.

Teresa comenzó a gemir y respirar de forma entrecortada. Comenzó a moverse y contonearse más contra mi boca, mientras sus manos volvieron a sujetarme por la nuca, pero esta vez para asegurarse de que no me despegaba de su coño, de que no dejaría de hacer lo que estaba haciendo.

A continuación, mis labios mordisquearon su delicioso clítoris, haciendo que de su coño emanaran aún más fluidos, que se deslizaban brillantes y dulzones por su piel. Mojé mis dedos en ellos antes de introducirlos en su coño, a la vez que mi boca seguía deleitándose con el clítoris.

Pude sentir como su cuerpo se arqueaba contra mi boca, como sus manos no dejaban de presionar mi cabeza contra su propio cuerpo. Podía oír sus jadeos y gemidos, cada vez más claros e intensos.

Fui incrementando el ritmo poco a poco, tanto de los dos dedos que había introducido en su coño, como de mi boca succionando y mordisqueando su clítoris.

El deseo y la excitación no dejaban de crecer. Podía sentir como ardía en mi boca, con mis dedos, como de su coño no dejaban de emanar más y más fluidos. Escuchar el chapoteo de mis dedos en el interior de su cuerpo me ponía a 1000. Sentir como Teresa estaba disfrutando hizo que me empleara más y más en lo que estaba haciendo.

Unos breves minutos después comprendí que había llegado al punto de no retorno. Sus gemidos eran constantes, intensos y profundos. Se arqueaba mucho más que antes y sus manos pareciera que quisieran que toda mi cabeza entrara en su coño. Incrementé la velocidad a la que mordisqueaba y succionaba su clítoris, también la intensidad. Mis dedos follaban su coño movidos a toda la velocidad de que era capaz.

Poco después, Teresa tuvo una enorme y larga corrida sobre mi boca y mis dedos. Temblaban sus piernas y su coño. Podía ver como palpitaba.

Se me ocurrió devolverle el regalo. Deslicé mi lengua por su coño, cargando mi boca con todos los fluidos de que fui capaz, y dirigí mi boca a la suya para besarla de nuevo, para entregarle de mi boca el néctar del placer que acaba de sentir.

Tras un largo y profundo beso, ambos quedamos en la cama, abrazados, sin decir palabra. Su cuerpo aún temblaba. Mi cuerpo la deseaba, más que nunca. Por fin estaba teniendo suerte. Por fin había conocido a una chica con la que había conectado, en todos los sentidos. Y con la que quería conectar mucho más.

Pero eso os lo contaré en la siguiente entrega….