Juego peligroso en el tren (II)
La nota en el bolsillo prometía algo prohibido. Ella sabía que no debía ir, pero el deseo fue más fuerte que la lealtad. Ahora, con el corazón latiendo a mil por hora, debe decidir si corre de vuelta a la seguridad de su novio o se entrega al caos que acaba de comenzar.
Cuando llegué a su lado intenté disimular y no me dió la sensación de que mi novio sospechara que algo hubiera pasado. Me sentía tremendamente culpable por lo que había hecho pero me reconocía a mí misma que había sido una situación tremendamente excitante e incontrolable.
El chico apareció unos minutos más tarde, evité su mirada y sentí que el corazón se me salía del pecho, estaba nerviosísima, asustada, cachonda y sin bragas, un sin fin de emociones contrapuestas que me tenían completamente confundida.
No tardamos mucho en llegar a la estación de destino aunque a mí, esa última etapa del viaje, se me hizo eterna. Cuando el tren se detuvo, mi novio se levantó a coger nuestras maletas, lancé un fugaz vistazo al chico y nuestras miradas se cruzaron por última vez. Sentí una amalgama de sensaciones agradables pero también un sentido pesar al darme cuenta que quizás no volvería a verlo nunca más.
En el pasillo del tren la gente comenzó a agolparse junto con las maletas e iban saliendo muy lentamente del tren. Mi novio iba más avanzado que yo con todas las maletas y enseguida sentí una mano que se posaba descarada sobre mi cintura. No hacía falta que me girara, sabía que era él, sentía su respiración, su olor, su entrepierna pegada a mis nalgas. Estaba paralizada, disimulaba lo que podía pero tenía las mejillas sonrojadas y la sensación de que mi sexo se humedecía, me temblaba todo el cuerpo, se me erizó la piel de los brazos y sentía que me iba a desmayar.
Finalmente sentí que me entregaba un papel que enseguida guardé en el bolso y bajé del tren.
Nada más llegar al hotel y entrar a nuestra preciosa suite, me fui directa al baño y leí la nota. En ella sólo indicaba una dirección. Sentí cierta decepción, sinceramente tampoco esperaba una carta de amor pero sí al menos algo más de información.
Esa noche me costó mucho dormirme, no paraba de darle vueltas, por un lado pensaba que debía olvidarlo y centrarme en mi novio y en disfrutar de nuestro viaje, pero por otro lado algo incomprensible me hacía desear reencontrarme con ese extraño. Finalmente sucumbí a lo desconocido, a lo temerario e irracional y decidí que iría a la dirección indicada, sólo esa decisión, esa confirmación, fue lo que permitió que mi mente se relajara hasta quedarme profundamente dormida.
Al día siguiente me inventé una excusa, le dije a mi novio que iba a hacerme un tratamiento de belleza y él podría aprovechar para disfrutar del gimnasio del hotel. Él no sospechó nada y esa misma tarde cada uno se fue, en teoría durante un rato, en distintas direcciones.
Cogí rápidamente un taxi y le indiqué la dirección donde debía llevarme. Estaba algo atacada, toda esta situación me parecía una locura, excitante sin duda, pero también tremendamente peligrosa.
No tardé mucho en llegar al destino; era una finca, en una calle bastante humilde y sentía que allí estaba llamando demasiado la atención con mi vestido estampado de florecitas un puntito atrevido y una pinta de turista pérdida en un barrio que no le correspondía. Fui rápidamente hasta el portal que ya estaba abierto y subí las escaleras hasta llegar a la misma puerta que indicaba en la nota.
Toqué al timbre y me abrió la puerta un hombre, completamente desconocido, que me escaneó de arriba a abajo de una forma bastante descarada. Pensé por un momento que me había equivocado de dirección pero enseguida apareció él chico del tren por detrás de él. Sentí una explosión indescriptible de sensaciones al verlo, apenas pronuncié un tímido "hola" y él me cogió de la mano y me llevó hasta su habitación.
Cerró la puerta con un pequeño pestillo y yo me quedé completamente inmóvil frente a él, algo cohibida y sobrepasada por la situación. ¿Cómo se me había ocurrido hacer algo tan arriesgado, peligroso e inmoral y encima no contárselo absolutamente a nadie? Él me miraba profundamente a los ojos y, sin titubear, me besó. Sin duda era lo que en ese instante necesitaba, estaba muy nerviosa y ese beso me despejó cualquier duda y consiguió calmar toda la tensión acumulada. Fue un beso dulce, húmedo y muy intenso que me subió de inmediato la temperatura.
Enseguida sentí como mi vestido se iba subiendo, sus manos hábiles no perdieron el tiempo e iban levantando la tela lentamente hasta dejarme a la vista las braguitas. Interrumpió el beso y con un golpe seco, autoritario, me tumbó sobre su cama. Fue un gesto duro, que me pilló por sorpresa y, acto seguido, me despojó de mi ropita interior, soltó un comentario soez sobre mi coñito depilado y se lanzó con avidez a sorber de mi rajita.
Su habilidad comiendo coños estaba fuera de toda duda, en apenas unos pocos segundos ya me tenía gimoteando, encendida y suplicándole que no parara, importándome bien poco que el otro hombre que me abrió la puerta pudiera escucharme. Su lengua era un torbellino que recorría todo mi sexo, de arriba a abajo, de dentro a afuera y me provocaba un tsunami de placer. Yo agarraba su cabeza, sus cabellos, mientras me retorcía de gusto, sintiendo una excitación y una calentura indescriptible.
En un momento dado me dió la vuelta y me colocó a cuatro patas, pensé que había llegado el momento de que me penetrara pero siguió acercando su cara a mi sexo y a mi trasero con deleite. Seguía sorbiendo y chupeteando mi sexo pero ahora, en esta nueva posición, con el culito en pompa, también escarbaba y hundía su rostro sin ningún pudor sobre mi retaguardia. Agarraba los cachetes de mi culo con firmeza, los abría y lamía mi ojete sin dilación.
Sabía que no tenía mucho tiempo y debíamos darnos prisa y le gimoteé, casi suplicándole, que me follara de una vez. Su reacción me dejó claro que él era quién mandaba, me dió un rotundo azote en mi nalga derecha y me ordenó que guardara silencio. Sentí fuego por el duro cachete pero su autoridad y su firmeza me calentaron aún más.
Escupió sobre la entrada de mi ano y comenzó a perforármelo con un dedo mientras nuevamente hundía su cara por todo mi sexo. Creo que era difícil que pudiera estar más cachonda, de mi vagina brotaba flujo a un ritmo tan brutal que parecía que estuviera orinándome sobre su boca. Siguió martirizándome durante unos minutos más, provocándome un orgasmo detrás de otro y dejándome casi sin voz de tantos y tan intensos gemidos que salían de lo más hondo de mi garganta.
Finalmente y, tras un sonoro e intenso orgasmo que me dejó la piel de gallina, se separó de mí y bebió un vaso de agua que tenía sobre la mesita de noche. Nos miramos, ambos teníamos las mejillas coloradas y nos sonreímos de una manera cómplice y divertida. Justo en ese momento sonó mi móvil, no podía ser posible, había pasado el tiempo en un suspiro y esa era la hora a la que debía volver al hotel para que mi novio no sospechara nada.
Cogí la llamada de mi novio y le dije que iba con retraso y todavía tardaría un poco más, que no se preocupara y que nos encontraríamos en un rato en la piscina del hotel. Le colgué enseguida, quizás con cierta brusquedad, pero sentí cierto alivio una vez finalicé la llamada.
Me quedé tumbada en la cama y, mirándole, le dije que debía marcharme ya, pero él, manteniendo su preciosa sonrisa pero con tono autoritario y firme, me dijo que todavía no me iba a ir. No me pidió por favor que no me fuera, fue tajante y claro, no me iba a dejar irme de allí todavía.
Me quedé en silencio, algo asustada, observando como él, con parsimonia, se iba quitando la ropa hasta quedarse completamente desnudo. Examiné su cuerpo, sin duda llamaba la atención, ciertamente espectacular, esculpido con detalle, musculoso, masculino y tremendamente atractivo.
Me pidió que me levantara y así lo hice, sin rechistar, quedándome frente a él mientras le sonreía como una colegiala. Me levantó los brazos y terminó de quitarme el vestido, dejándome completamente desnuda frente a él.
No quería dejar de mirarlo y deseaba tocarlo pero nuevamente le insistí en que debía irme ya. Él volvió a poner de manifiesto su dominancia, lanzándome nuevamente sobre la cama, pero ahora desnuda e indefensa.
Se colocó sobre mí, dejándome pocas opciones, y comenzó a morderme el cuello y las orejas. Tenía una habilidad alucinante para derretirme, romperme las defensas y hacer conmigo lo que le viniera en gana. Yo me dejaba hacer, desbordada por su habilidad y su dureza. Se me empitonaban los pezones y mi sexo nuevamente se humedecía y suplicaba por su polla pero la larga espera parecía que estaba llegando a su fin.
Me abrió de piernas, todo lo que él quiso, me sujetó fuertemente de las muñecas y, sin ninguna ayuda que lo guiara, apuntó la punta de su polla, su precioso y desafiante capullo, en la entrada de mi vagina y comenzó a penetrarme. Esta vez no hubo interrupción como en el baño del tren y su hermosa polla, venosa y palpitante, me penetró, a pelo, sin titubeos y con autoridad.
Su vigor y su fuerza me tenían loca, me follaba con dominancia pero me proporcionaba un placer muy intenso en cada arremetida. Sentía cómo, a pesar de estar exageradamente lubricada, su polla presionaba en las paredes de mi vagina provocándome una sensación de plenitud, de no caberme más trozo de carne dentro de mí, de llegar a profundidades nunca alcanzadas por ninguna otra polla.
Yo gemía sonoramente y me dejaba hacer, poco más podía hacer en esa postura más que sollozar y clavarle las uñas en su musculosa espalda. Tras unos minutos de ensañamiento tocaron a la puerta e interrumpió el dulce castigo al que me estaba sometiendo. Se dirigió desnudo hasta la puerta de la habitación, dejándome a mí en la cama absorta y observando toda su retaguardia. La abrió ligeramente y se puso a hablar con el otro chico en un idioma que no supe identificar, quizás ruso o de algún otro país del este.
Cuando nuevamente cerró la puerta sentí que me había enfriado, que ya era demasiado tarde y debía volver al hotel. Me incorporé y me puse a buscar mis bragas y mi vestido pero, sin mediar palabra, me agarró de las nalgas, me subió sobre él y comenzó a besarme fogosamente. Me llevó en brazos por toda la habitación hasta que mi espalda chocó contra una pared y, a horcajadas sobre él comenzó nuevamente a penetrarme.
Antes incluso de que me la volviera a introducir mi coñito ya se había mojado nuevamente. Me penetró y me embistió como si fuera un animal salvaje, sentía todo su cuerpo en tensión, haciendo una fuerza tremenda para follarme manteniendo todo mi cuerpo en el aire. Me agarraba firmemente de las nalgas mientras yo le rodeaba el cuello con mis brazos y le besaba apasionadamente.
Le insultaba y le decía guarradas improvisadas sintiendo como eso lo enfurecía y aumentaba la intensidad y el ritmo de la follada aún más. Tenía un aguante descomunal y me estaba llevando al cielo hasta que nuevamente mi teléfono volvió a sonar bajándome a la tierra de un plumazo.
Él me bajó al suelo y nos separamos, aprovechando él para recuperarse del esfuerzo y yo para ir directa al móvil. Esta vez no le cogí la llamada pero le mandé un mensaje diciéndole que no se preocupara, que no tardaría mucho más en terminar, y que me perdonara.
Fue una nueva interrupción en una sesión pasional de sexo que no tenía fin, y no me dió tiempo a sentir remordimientos por la mentira porque enseguida tuve al toro buscándome nuevamente. Me agarró y me colocó a cuatro patas sobre la cama, y, con el culo en pompa, tuve la osadía de pedirle que me follara el culo. No sé porque lo hice, quizás tenía el coñito ya demasiado castigado y deseaba que tuviera un descanso o quizás es que seguía sintiéndome tremendamente emputecida, no lo sé, en cualquier caso no titubeó en cumplir mi demanda.
Su lengua volvió a recorrer mi agujerito trasero y rápidamente comenzó a hurgar, sin remilgos, con uno de sus gruesos deditos en mi cavidad anal.
Afortunadamente estaba acostumbrada a practicar el sexo anal con mi chico y eso ayudó en cierta manera a que no me hiciera demasiado daño cuando se decidió a introducir su polla por mi estrecho agujerito. En cualquier caso, las primeras embestidas cuando comenzó a perforarme, hicieron que sintiera como si me partiera en dos, pero comenzó a ser más paciente tras los primeros envites y poco a poco mi culo fue asimilando todo lo que le estaba sucediendo.
De mis ojos ya no podían brotar más lágrimas, me había quedado completamente afónica de tanto chillar y sentía las nalgas incandescentes por los azotes que me propinaba, aún así me sentía como una perra enloquecida, ya me daba igual todo, estaba en el paraíso probando la manzana prohibida y no me importaba nada más que disfrutarla.
Tras varios minutos sentí que me estaba partiendo en dos, el dolor en mi ojete se agudizaba de nuevo y me revolví para liberar la presión agudizante a la que me estaba sometiendo. Rápidamente me di la vuelta, con una sensación de liberación pero también de vacío y sin vacilar ni un instante me lancé a devorar esa castigadora polla que apenas unos segundos antes inundaba mi orificio anal.
Nunca había hecho algo tan guarro, de hecho él se sorprendió y me lo hizo saber con alguna palabra subidita de tono. Me tragué, literalmente, su polla y, jugueteando con mi lengua y con un ritmo frenético, conseguí finalmente que eyaculara. Me agarró de la coleta con cierta brusquedad y no tuvo reparos en correrse en mi boca, en mi cara y en mis tetas mientras yo le mantenía la mirada de loba hambrienta, de guarrita insaciable, mostrándole mi lengüita manchada de blanco.
Cuando terminó se tumbó sobre la cama, exhausto. Yo también estaba muerta pero debía irme de allí, había perdido la noción del tiempo hacía ya mucho rato y no sabía ni la hora que era.
Me puse las bragas y salí de la habitación buscando el baño. En el estrecho pasillo me crucé al otro tipo de nuevo que se quedó mirándome las tetas, sorprendido por mi descaro. En ese momento estaba tan agotada y utilizada que me importaba una mierda que ese tipo me viera medio desnuda. Me indicó donde estaba el baño y fui hacia allí sabiendo que ese tipo se estaba recreando clavando su mirada en mi culo.
En el baño lo primero que hice fue lavarme la boca a conciencia y luego me pegué una ducha rápida. Volví al cuarto, me puse el vestido floreado y vi que ese precioso e impetuoso desconocido que conocí apenas un día antes en el tren, dormía plácidamente, como un lindo angelito.
Salí de allí a toda velocidad y, ya en un taxi de camino al hotel, sólo pensaba que excusa creíble podría darle esta vez a mi novio. Sentía el coñito y el culo doloridos, castigados y mancillados pero el sentimiento de culpabi
lidad y analizar la locura que había realizado lo dejaría para otro momento.
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