Historias del complejo. Segunda serie. (26)
Una carta en la cocina destruyó su mundo. Dos años de silencio, alcohol y búsquedas infructuosas no han logrado borrar el rastro de una mujer que se fue sin decir adiós. Ahora, Manuel debe decidir si seguir esperando a quien ya no está o aprender a vivir con el vacío.
La historia de Manuel
Capítulo 4
Me acerqué y lo tomé, era una nota escrita de puño y letra por Lorena.
En las primeras líneas no entendía lo que estaba pasando, pero llegué a una parte de la nota, en la que el corazón se me detuvo, se me aflojaron las piernas, y terminé sentándome en el piso de la cocina, con ese bendito papel en la mano.
No había terminado de leer las líneas allí escritas, cuando ya mi mundo se había venido abajo, como un castillo de naipes ante una brisa, pero esto era un huracán, tan devastador que me hizo añicos el alma.
Terminé de leer esa daga en forma de papel, y volví a comenzar, deseando con todo mi ser, haber entendido mal lo que allí decía, queriendo haberme equivocado, o tal vez pretendiendo que fuera tan solo una broma de mal gusto, pero eran su letra y sus palabras, no había ninguna duda, y ese bendito papel decía:
“Amor mío, porque eso es lo que sos y serás siempre para mí, sos el único hombre que ha logrado ocupar mi corazón y llenarlo de amor.
He encontrado en vos al hombre que cualquier mujer desearía con locura tener a su lado, el más hermoso ejemplar masculino, aunque eso no es lo más importante, lo que sobresale en vos, es que sos un hombre maravilloso, de buenos sentimientos, con un corazón enorme, inteligente, trabajador, completamente dedicado a las personas que querés, amable, atento, considerado, caballero, buen amigo, buen compañero, excelente esposo y mejor amante. Más no se puede esperar de un hombre, a mis ojos siempre lo has tenido todo y mucho más.
Vos me lo diste todo sin pedir nada a cambio, tu bondad ha sido infinita, y es gracias a vos que he podido hacer lo que me gusta, y en cada cosa que he imaginado o encarado, has estado ahí para apoyarme incondicionalmente, has sido mi mejor motivación, el que me ha conocido como nadie y quién me ha permitido volar.
Si estás leyendo esta carta es porque lo que debo decirte, no puedo hacerlo mirándote a los ojos, no tengo el valor de hacerlo, lo que sabrás a continuación es el motivo de estas miserables líneas.
No tengo una razón ni un por qué, pero tampoco una justificación, tan solo ocurrió y no importa cuándo ni en qué circunstancias, creo que es suficiente decirte cobardemente en estas líneas que te he sido infiel.
No busques en vos la razón, jamás me has dado un motivo, ni una desatención, ni un desaire, ni una insatisfacción, nada que pudiera llegara a justificar lo que hice, sencillamente porque no tiene justificación.
Soy plenamente consciente que bajo ningún aspecto lo merecías, ni ayer, ni hoy, ni nunca, y eso es lo que jamás me podré perdonar, y aceptaré con resignación que vos tampoco lo hagas, porque no me creo con ese derecho.
Aunque suene mal y te sea difícil de creer, te amo como no he amado a nadie en mi vida, y como jamás amaré a nadie, pero lejos de sentirme bien por eso, es todo lo contrario, me siento la peor de todas, una ingrata desalmada que perdió la noción de lo que tenía en su vida.
Ya no puedo seguir a tu lado, no tengo el coraje de volver a mirarte a los ojos, sos el mejor hombre del mundo, sos maravilloso, sos todo lo que está bien en esta vida y en verdad sé que no merezco seguir a tu lado.
Mil perdones mi cielo, un perdón por cada minuto de cada día hasta mi último suspiro, espero que puedas superar esto y puedas seguir adelante con tu vida, merecés ser feliz y espero con todas mis fuerzas que puedas serlo.
No me alcanzarán los días de vida para arrepentirme por esto y pedirte perdón!
Te amaré por siempre vida mía!
Lorena”
No sé si la presión sanguínea me bajó o me subió, pero la vista se me comenzó a nublar, y luego de eso, todo se comenzó a distorsionar, todo lo que mis ojos veían.
Sentía que las paredes y los muebles se me venían encima, y en ese momento, ya no fui consciente de más nada.
Cuando volví a abrir los ojos, seguía en el piso de la cocina, intentando creer que todo había sido un mal sueño, el producto de mi imaginación, miré a mi alrededor, y a unos pocos centímetros, vi el bendito papel.
Enderecé mi cuerpo, y lo volví a tomar, como si algo fuera a ser distinto, lo volví a leer, y el pecho se me volvió a cerrar, tanto, que me costaba respirar.
Como pude me incorporé, y de la heladera saqué una botellita de agua, le di varios tragos, y volví a leer detenidamente esa carta, intentando digerir cada una de las palabras, pero nada de eso sirvió para aliviar el dolor del pecho.
Recién esta vez, mis ojos explotaron en lágrimas.
Como pude, fui en busca de mi teléfono, y en vano volví a llamarla, volvía a dar apagado, una vez tras otra.
No terminaba de procesar todo lo que estaba pasando, como en una película acelerada, pasaron por mi mente millones de imágenes de los dos juntos, y en ninguna de ellas, una discusión, un enojo, un cambio de opiniones, un alejamiento, una desatención sexual, no lograba terminar de asimilar, lo que significaban esas líneas.
Me senté en el sillón, y volví a leer, lo que la mujer dueña de mi corazón, había escrito con su propia mano, una vez tras otra, queriendo que en alguna, dijera algo diferente.
Mi cabeza era un sinfín de pensamientos entrecruzados, mi alma se resquebrajaba un poco más cada vez que volvía a leer cada palabra, lo que no sé en qué momento, la dueña absoluta de mi corazón había escrito.
Lisa y llanamente me encontré perdido, sin saber qué hacer, ni qué decir, ni a dónde ir.
En la enésima vez que marqué su contacto en un llamado, miré la hora, y eran las diez y media de la noche, y desesperado, lo llamé a mi amigo, a mi hermano.
Le conté en pocas palabras lo que decía esa carta, y quince minutos después estaba tocando el timbre de casa.
Le abrí con los ojos llenos de lágrimas, entró y me abrazó, y ese abrazo no hizo más que incrementar mi llanto.
Marcelo intentó tranquilizarme, aún con su carta en mi mano, caminamos hasta el sillón y nos sentamos, pero un instante después, fue a la cocina y volvió con un vaso de agua.
En ese momento le entregué el papel para que lo leyera.
-MANUEL: No puedo entender!
-MARCELO: No te vuelvas loco Manu! Trata de tranquilizarte!
-MANUEL: No puedo Marce! No entiendo cómo pudo pasar esto! La llamé mil veces y tiene el teléfono apagado! Nunca me esperé algo así!
-MARCELO: Tranquilo!
-MANUEL: Necesito hablar con ella, preguntarle por qué! ¿Qué hice mal?
-MARCELO: Seguramente nada hiciste mal! Y si ella realmente te fue infiel, aunque me cuesta creerlo, sin dudas fue una equivocación, y eso es lo que motivó que no pudiera decírtelo a la cara. Bueno, creo que a cualquiera nos puede pasar, de hecho he estado un par de veces a punto de hacer lo mismo, de hacer algo así con un par de mujeres que se me entregaron mansamente, y si lo hubiera hecho, me hubiera sentido para la mierda, como se debe sentir Lorena en este momento, pero de todas formas eso no hubiera cambiado lo que siento por Viviana! Quizás a Lorena le haya pasado algo así, que se le haya presentado una circunstancia que no pudo controlar, y eso la haya puesto tan mal, al punto de sentir que no te merece y por eso ha decidido alejarse de vos.
-MANUEL: Necesito hablar con ella!
-MARCELO: Yo te diría que esperes hasta mañana, si eso ocurrió en el día de hoy, quizás le haga falta tiempo para recapacitar! Quizás ahora la culpa no le permite enfrentarte, ver las cosas con claridad, pero sé lo que te quiere, y sin dudas en algún momento van a poder hablar las cosas frente a frente. Probablemente haya apagado su teléfono porque está confundida, o quizás se haya quedado sin batería.
-MANUEL: ¿Y a dónde se fue? ¿Dónde está? ¿Se habrá ido con ese tipo?
-MARCELO: No seas boludo! Que haya cometido un error, no significa que esté con otro tipo! No te comas la cabeza! Seguramente estará en casa de su madre o con alguna amiga! Haceme caso! Esperá hasta mañana, cuando se tranquilice y pueda pensar bien lo que sea que haya pasado, seguramente te va a llamar.
Del bolsillo de su camisa Marcelo sacó un blíster con pastillas, y sacando una me la entregó para que la tomara.
-MARCELO: Toma boludo! Para que te tranquilices y puedas descansar! Despreocúpate de la clínica, yo me ocupo de cancelar los turnos de tus pacientes, tomate el tiempo que sea necesario hasta que todo esto se resuelva, porque estoy seguro que se va a resolver! Sin duda la culpa que siente, muestra su arrepentimiento, un error así podemos cometer todos! Si hubiera sido yo, seguramente estaría así de mal, y deseando que Viviana me perdonara!
Marcelo se quedó un rato más conmigo, me quedé tirado en el sillón como ido, sin terminar de comprender lo que estaba pasando, no sé que me había dado de tomar, pero sentía los ojos cada vez más pesados, como que un profundo sueño se estaba apoderando de mí.
Un rato después, Marcelo fue a mi habitación y trajo el cargador de mi teléfono, que dejó enchufado a mi lado antes de irse, seguramente para que estuviera encendido por si Lorena decidía llamarme.
Ese veintinueve de noviembre de dos mil dieciséis, quedó marcado en mi alma y en mi corazón que al igual que yo, no entendía lo que había pasado.
Al día siguiente, al abrir los ojos, pude ver la luz del día por la ventana, y en ese momento, miré mi teléfono para ver si había llamado o enviado un mensaje y yo no lo había escuchado, pero no había nada.
Busqué su contacto y volví a llamarla, para encontrarme con el mismo resultado, su teléfono estaba apagado, sin dudas para no hablar conmigo.
Me levanté del sillón y casi sin fuerzas me fui a dar un baño, lo primero que haría, sería ir a casa de su madre, quizás la encontraría allí.
Media hora después, ya cambiado salí de casa rumbo a la de mi suegra.
Al llegar, toqué timbre y cuando me abrió, lo primero que le pregunté, fue si Lorena estaba allí, me dijo que no y me pidió que pasara.
-SUSANA: Pasá Manuel!
-MANUEL: ¿La viste o hablaste con ella?
-SUSANA: Pasó ayer a la tarde por acá, entró llorando, y entre sollozos, me dijo que no te merecía, que era una mierda, intenté que se calmara y me contara que pasó, pero ya sabés que nuestra relación no ha sido siempre la mejor, pero al verla tan mal, quise que se tranquilizara y me contara.
Se sentó un momento en el sillón, dejando el bolso que traía, junto a la puerta. Por más que intenté que me contara lo que estaba pasando, no lo hizo, solo repetía que no te merecía, que era una mierda, que la había cagado, tan solo repitió eso un montón de veces. Le traje un vaso de agua, tomó un par de tragos, y un momento después, se puso de pie y lo único que me dijo, fue que había venido a despedirse de mí, y cuando le pregunté a donde se iría, no me lo quiso decir, tan solo me dijo que no sabía.
Cuando estaba por salir, porque no pude retenerla, le pedí por favor, también llorando que me dijera que había pasado, a donde se iría, pero no hubo caso, no me dijo nada.
No sé si fue un mensaje o algo, estuvo un momento con su teléfono, y unos minutos después, salió con su bolso, en el momento que paraba un taxi en la puerta de casa, se giró, me dio un abrazo y un beso, se subió al taxi y se fue! No pude detenerla! Me quedé muy preocupada y angustiada, nunca la había visto así! ¿Se han peleado? ¿Ha pasado algo?
En ese momento, saqué la carta que me había dejado y se la entregué para que la leyera.
-MANUEL: Esto encontré en casa ayer al llegar!
Mientras lo hacía, sus lagrimas no paraban de salir de sus ojos!
-SUSANA: Ay Manuel! No entiendo cómo pudo pasar algo así! Con lo que te quiere Lorena!
-MANUEL: No lo sé Susana! Pero necesito encontrarla, necesito hablar con ella! ¿Dónde pudo haber ido?
-SUSANA: No sé Manu! Te juro que no sé! A casa de alguna amiga, la única familia que nos queda es mi hermana mayor, pero no creo, esperá que la voy a llamar por teléfono!
Tomó su teléfono y llamó a su hermana, hablaron un momento, pero le dijo que por allí no había estado ni tampoco la había llamado por teléfono.
-SUSANA: Quizás Ariel sepa algo!
-MANUEL: Tenés razón! ¿Sabés la dirección de Ariel?
Me dio su dirección y me fui para su casa, pidiéndole al despedirme, que si se comunicaba con ella, por favor le dijera que necesita verla y hablar con ella.
Tenía el teléfono de Ariel, pero no quería llamarlo por teléfono, si estaba en su casa, quizás al saber que iba a ir para allí, si no quería verme, se iría.
Llegué a su casa, toqué timbre y me atendió Adrián, le pregunté si Lorena estaba allí y me dijo que no! Luego pregunté por Ariel, y me dijo que se estaba bañando, me hizo pasar y luego de un momento, apareció Ariel, que sorprendido por mi presencia en su casa, me preguntó:
-ARIAL: Manuel! Que sorpresa verte por acá!
-MANUEL: Perdón Ariel que vine sin avisar! Estoy buscando a Lorena! ¿La has visto o hablado con ella?
-ARIEL: Hablamos ayer a la tarde, le noté la voz un poco rara y le pregunté si estaba bien, me dijo que no, y que se iba a tomar unos días, yo en ese momento estaba con un cliente y le dije que en media hora la llamaba, pero cuando lo hice, el teléfono me daba apagado! ¿Pasó algo entre ustedes?
Saqué la carta de mi bolsillo y se la entregué, al leerla pude ver su cara de asombro.
-ARIEL: Madre mía! No puedo creer esto! Con lo que te ama Lorena!
-MANUEL: No estoy buscándola para recriminarle, ni para hacerle daño, ni nada parecido, necesito hablar con ella! Te pido por favor que si sabés donde está o si te llega a llamar, decile que tan solo necesito verla.
-ARIEL: Te juro Manu que si tengo alguna noticia, serás el primero en saberlo! Y te pido también que si sabés algo de ella, por favor me avises, me quedo preocupado también ahora!
Me despedí de los dos agradeciéndoles y me subí al auto, no sabía donde más ir a buscarla, decidí pasar por la editorial para saber si tenían noticias de ella, pero me dijeron que esa misma mañana, había renunciado a su trabajo, que les había llamado por teléfono y que les avisó que les enviaría el telegrama correspondiente.
¿Dónde estaba? ¿Por qué huir así de todo y de todos? ¿Eso significaba que había algo más? ¿No había sido tan solo un error entonces? ¿Qué fue lo que desencadenó una reacción así?
En los días siguientes, fui personalmente a ver a todas las personas que la conocían y ninguna sabía nada de ella, incluso fui a ver a Karina al consultorio de mi amigo, pero me dijo que tan solo había hablado con ella para saber cómo le había ido en su entrevista.
Durante días, la llamé, le envié mensajes de texto y de audio, pero siempre su teléfono daba apagado y los mensajes nunca fueron contestados.
Hablaba todo el tiempo con Marcelo, y me bancó en la clínica, no podía ir, no tenía voluntad ni fuerza para atender a los pacientes, me sentía como una lámpara a la que le han presionado la tecla para apagarla, así estaba mi vida desde ese veintinueve de noviembre, esas líneas escritas en un papel, habían sido la tecla que había apagado la luz de mi vida, me sentía en la oscuridad total, no sabía qué hacer, no sabía qué pensar, no sabía que sentir, cuanto hubiera necesitado un abrazo de mis padres...
Pasaban los días, y todas las semanas, llamaba a medio mundo por teléfono, pero nadie tenía noticias de ella, se había evaporado, como de a poco se iba evaporando mi vida.
Una noche en casa, se me ocurrió entrar a ese portal donde ella publicaba sus notas, pero la última que tenía publicada, era de antes de desaparecer.
Pensé en ir a la policía y denunciar su desaparición, pero si mostraba esa carta, estaba seguro que no creerían que fuera una desaparición, claramente me dirían que ya no quería estar conmigo y por eso se había ido.
Y en esa desesperación, se me ocurrió contratar a alguno de esos investigadores privados, para ver si lograba dar con su paradero.
Preguntándoles a varios conocidos, me contacté con uno que me dijeron que era serio, pero que seguramente me costaría mucho dinero.
Al día siguiente fui a verlo, ya iban veintitrés días desde que se había ido, hablé con el tipo, llamado Néstor, le conté todo, me pidió un montón de información, unas fotos de ella y la lista de lugares que solía frecuentar, los amigos, conocidos, hablé con él por más de dos horas.
Me pidió un adelanto, bastante importante por cierto, me dijo que en cuanto tuviera alguna noticia, se comunicaría solo conmigo.
Casi quince días después, me llamó y me pidió que fuera a su oficina, media hora después estuve allí, más nervioso de lo que creí que estaría, me hizo pasar y sentarme.
Abrió una carpeta y moviendo papeles, me dijo:
-NESTOR: Perdón Manuel por lo que voy a decirle, no hemos podido encontrarla ni conseguir mucha información relevante sobre ella, ni siquiera una punta para empezar a buscarla.
-MANUEL: ¿Cómo puede desaparecer así de un día para el otro?
-NESTOR: Hay otras averiguaciones que se podrían hacer, pero para eso hacen falta, intervenciones judiciales, pero por contactos hemos logrado algunos datos. Dejó de tener contacto con todas las personas que me nombraste, la línea telefónica, está inactiva desde el veintinueve de noviembre de dos mil dieciséis, no cerró su cuenta en el banco Ciudad de Buenos Aires, aunque no ha tenido movimientos, solo depósitos, y no hemos conseguido registro de alguna otra cuenta. No tiene trabajo registrado, su cuenta de Instagram, está inactiva desde esa fecha también, aunque siga abierta, al igual que la de Facebook. No hay registro de que haya salido del país, al menos legalmente, pero sabe usted que en algunos pasos fronterizos, las personas entran y salen del país sin ser registradas. Hasta aquí es lo que podemos hacer por usted. Si hace una denuncia de desaparición, un juzgado puede investigar con otros medios, cámaras de seguridad, migraciones, pero permítame decirle que este no parecería un caso de desaparición forzada, sobre todo por la carta que tiene en su poder, si decide hacer la denuncia, le aconsejaría que no haga mención a esa carta, tan solo diga que no sabe de su paradero. Sepa también, que en ese caso, también lo van a investigar a usted.
Ya sin nada más por hacer, le terminé de pagar sus honorarios y le dije que quizás en un tiempo volvería a verlo para ver si se lograba algún rastro.
Mi vida entró en un espiral de oscuridad, no tenía ganas de nada, ni de comer, ni de trabajar, ni tan siquiera de levantarme de la cama.
Las semanas fueron pasando y mi caída no tenía fin, Marcelo pasaba todos los días por casa, para ver como estaba. En los primeros días del dos mil diecisiete, casi que me obligó a ver a un psiquiatra, necesitaba remontar esa depresión que estaba dominando mi vida.
No se lo conté a Marcelo, pero cuando estaba solo en casa, el alcohol era mi aliado, el que me adormecía el tremendo dolor del pecho, luego de que él se iba para su casa, me sentaba en el sillón o en la cocina con la botella de whisky, y tomaba hasta aturdirme, y despertar al otro día, a cualquier hora y en cualquier lado, incluso tirado en el piso de cualquier lugar de la casa.
No se lo contaba a nadie, pero cada día que pasaba, sentía que mi vida ya no tenía sentido, y muchas veces estando borracho, pensaba en las maneras de quitarme la vida, necesitaba de alguna forma calmar ese dolor.
Los meses fueron pasando, llegué a un acuerdo con Marcelo, él se estaba haciendo cargo de la clínica y no era justo que compartiéramos las ganancias, no le di opción, y a partir de ese momento, los ingresos se repartían de otra forma, el ochenta por ciento para él, y yo el veinte restante, con eso era más que suficiente para los gastos de la casa, del auto y sobre todo del whisky, que pasó a ser mi fiel amigo.
Cada mañana al abrir los ojos, la vida se me venía encima, no encontraba una buena razón para vivir cada día, la única pequeña luz que la iluminaba muy a lo lejos, era la esperanza de que un día volviera, que pudiéramos hablar y tratar de entender lo que nos había pasado, pero cada día que pasaba, esa luz se hacía cada vez más pequeña.
No hubo fiestas, ni feriados, ni vacaciones, ni viajes, ni año nuevo, mis días eran todos iguales, incluso muchos de ellos, ni siquiera sabía en qué día estaba viviendo, si es que eso era vivir.
Porque Marcelo casi me obligaba, fue que seguí yendo al psiquiatra, y un tiempo después a un psicólogo, aunque para mí era lo mismo, tan solo me servía para hablar con alguien y contarle mi dolor, pero todo lo que me decía, no me servía para salir del pozo en el que encontraba.
Lo único que logró el psicólogo, a lo que accedí a regañadientes, fue irme un tiempo a la casa de La Lucila, esa que habíamos construido cuando aún mi vida era mi vida.
Lo hablé con Marcelo y me dijo que no me fuera solo, pero desistí que alguien me acompañe, y a mediados de mayo de ese año, me fui una temporada a la costa.
Estar allí no me hacía olvidar mis dolores, pero hubo algo bueno, quizás dos cosas buenas, la primera era poder ver el mar cada vez que necesitaba perderme, y la segunda, que dejé de pasar tantas horas anestesiado por el whisky, le di unas vacaciones a mi amigo también.
Pero hubo un hecho que quizás en parte, fue uno de los motivos que me permitieron, dentro de mi pozo, poder mirar de vez en cuando hacia arriba.
Lo había visto muchas veces, sabía que era el dueño de ese complejo tan lindo, y agradecí cuando puso esos bancos de madera, y me hice adepto al último, al que está más cerca de la playa.
Muchas veces estuve tentado en hablarle, pero fue él quien se acercó una tarde, y desde allí, conversamos mucho, le conté muchas cosas, y él también lo hizo, y meses después, cuando tuve que volver a Buenos Aires, creo que en parte fue por él, por las conversaciones de termo, como las llamaba, que me propuse levantar la cabeza, si el universo así lo quería, en algún momento volveríamos a estar frente a frente.
Al llegar a Buenos Aires, lo llamé a Marcelo, al verme me dio un fuerte abrazo, ese abrazo suyo que tanta falta me hacía.
-MARCELO: Manu, ya es hora de arreglar un poco esas fachas! Parecés Tom Hanks en El náufrago con esos pelos y esa barba!
-MANUEL: Ya sabés el por qué!
Mi vida y mi oscuridad no habían cambiado, pero hubo un hecho que me dio un sacudón, Alicia, nuestra secretaría de toda la vida, había tenido un accidente con su familia en el auto, volviendo de unas vacaciones de Córdoba, su esposo y ella habían tenido golpes y fracturas, pero no corrían peligro, pero su pequeña hija Milagros, había tenido lesiones complicadas en sus piernas y sus caderas. Estaba fuera de peligro, pero requería de varias operaciones para poder recuperar su movilidad y cuando Marcelo me preguntó si me animaba a operarla, no lo dudé ni un instante.
El accidente había sido hacía casi dos meses, y decidí ir personalmente a casa de Alicia, que al verme no podía creer mi aspecto, aun tenía un yeso en su brazo izquierdo, y al decirle que operaría a su hija Milagros, me abrazó con lágrimas en los ojos.
Programamos la primera cirugía para la semana siguiente, y dos días después, me presenté en la clínica.
La chica que reemplazaba a Alicia, me miró con cara rara al verme entrar, supongo que por mis fachas, pero me acerqué y me presenté, creo que allí respiró aliviada.
Saludé a todos y me dieron la bienvenida, hacía meses que no pisaba la clínica, y menos aún, el quirófano.
Como para volver al ruedo, secundé a unos de los cirujanos en una operación de rodilla ese día, y en una de tobillo al día siguiente.
Me sentía bien volviendo a mi pasión, y sobre todo al hacerlo por la hija de Alicia, a la que tanto quería desde que trabaja con nosotros.
Esa primera operación salió muy bien, había podido reacomodar el fémur con unos anclajes de titanio, y si todo iba bien, en unas semanas, la operaría nuevamente.
Fui controlando la evolución a diario, yendo a casa de Alicia, aunque me había vuelto a encontrar con mi pasión por la medicina, no volví inmediatamente a la clínica, volver a esa rutina, no haría más que hacerme extrañarla aún más, llegar a casa y que no estuviera sentada y escribiendo en su notebook, sería muy doloroso, y sobre todo, no podría pasar esas horas que pasaba con mi amigo el whisky.
Llegó el momento de la segunda operación de Milagros, los anclajes ya estaban fijados al hueso y en esta cirugía, acomodé el hueso en la cadera, también con una prótesis de titanio.
Todo salió bien, estaba decidido a que esa niña, pudiera caminar como cualquier otra de su edad.
La recuperación no fue en poco tiempo, pero todo iba bien, y casi dos meses después, Marcelo comenzó a trabajar con ella en la rehabilitación.
Alicia no paraba de agradecerme cada vez que me veía, hasta llegó a decirme que volvería a trabajar cuando tuviera el alta médica, pero no cobraría por su trabajo, por supuesto le dijimos que eso no pasaría, lo que estábamos haciendo por su hija, lo hacíamos de corazón, por supuesto nunca le cobramos un centavo, ni siquiera tuvo que pagar por las prótesis.
A casi seis meses de la última operación, Milagros ya caminaba sola, sin soporte y sin apoyo, esa niña estaba llena de vida y le ponía mucho esfuerzo a la rehabilitación.
Luego de más de un año sin ir a la clínica, los primeros días de febrero de dos mil dieciocho, me volví a incorporar a mi rutina de trabajo.
A mediados del mes de mayo de ese año, recibí un llamado de aquel investigador que había contratado hacía tiempo para tratar de encontrar a Lorena, me pidió que pasara por su oficina, y al día siguiente lo hice.
Me recibió en su despacho y cuando tomé asiento, me dijo:
-NESTOR: Manuel, te hice venir porque a pesar de haber terminado nuestro trabajo en su momento, me quedó la sensación amarga de no poder darte ningún dato certero, no pretendo volver a cobrarte, pero por nuestros contactos en la compañía de telefonía móvil, al investigar a otra persona, se me ocurrió pedir también por el número de tu suegra o ex suegra, y tiene varios llamados de una línea móvil con prefijo de Rosario, más o menos una llamada al mes, la primera de ellas en abril del año pasado. Lo que no quiere decir que se encuentre en Rosario, tan solo puede haber comprado el chip allí en su momento y estar en algún otro lado, no tiene domicilio ni trabajo registrado allí, ni tampoco una cuenta de banco.
-MANUEL: Te agradezco la información, seguramente le haga una visita a mi aún suegra, aunque cada tanto la llamo, pero solo para preguntarle por su salud, nunca le he preguntado por su hija.
Salí de su oficina con el corazón acelerado, ya había pasado más de un año y no había tenido noticias de ella, incluso al llegar al año, había dejado de llamarla una vez cada día, pensando que quizás en algún momento respondiera. Si se comunicaba con su madre, seguramente le debe haber dicho que no me dijera nada, de lo contrario, Susana alguna vez me lo hubiera contado.
Era jueves, y como solía hacer los jueves, los viernes y los sábados, me emborrachaba en casa, solo, para adormecer la tristeza de no tenerla allí conmigo.
Mientras bebía, estuve pensando, si quisiera verme, saber de mí, o tan siquiera hablar conmigo, ya lo hubiera hecho, por teléfono, un mensaje o quizás un mail, pero nada de eso había ocurrido, ¿tenía sentido buscarla? Seguramente su vida ya era otra, con alguien más y yo ya formaba parte de su pasado.
Muchas veces antes de aturdirme con el alcohol, solía entrar en sus redes sociales o en ese sitio que solía publicar sus notas, pero no había nada nuevo, ninguna nota suya, ni había vuelto a postear ni a compartir nada.
Unos días después, hablé con Susana por teléfono, estuve a punto de preguntarle por Lorena, pero me contuve, no quería ponerla en el aprieto de que me tuviera que mentir, ¿qué sentido tenía si no quería verme?
Poco a poco, mi vida se fue transformando en eso, de casa a la clínica y de la clínica a casa, desde que había vuelto al trabajo, había contratado a Adela, una mujer que se ocupaba de la limpieza y de las cosas de la casa, incluso me dejaba la cena preparada antes de irse, casi que me obligaba a cenar.
Era una mujer adorable, y de a poco me fui encariñando tanto con ella, que le fui contando mis pesares.
Ese viernes que se cumplieron los dos años de que Lorena se fuera de mi vida, me emborraché como nunca, y lloré como nunca.
Sé que era por el alcohol, pero en esos momentos de tanta tristeza y soledad, sentía que no le encontraba sentido a mi vida, que necesitaba dejar de sufrir, y muchas veces pensé en terminar con todo, dejar esta vida que ya estaba muerta para mí, pero a pesar de tanto dolor, no tenía el coraje de hacerlo, siempre se cruzaban mis padres por mis pensamientos, y creo que por ellos es que no podía hacerlo, sentiría que los estaba defraudando.
Seguía firme con mi promesa, el pelo largo y la barba, hasta tenerla nuevamente frente a mí, y cada día que pasaba, sentía que moriría así, cada vez tenía menos esperanza de volver a verla.
Marcelo me insistía todo el tiempo en que tenía que empezar a salir, a relacionarme con otras personas, incluso me cargaba con Gisela, la chica que reemplazaba a Alicia, diciéndome que la había seleccionado por ser capaz, pero además por ser una hermosa mujer, para que yo reparara en ella, pero por supuesto, yo no podía verla como mujer, tan solo era la secretaria, y muy eficiente por cierto.
Me invitaba todo el tiempo a cenar a su casa, y algunas veces, tuve que aceptar para tranquilizarlo un poco, como por casualidad, en esas ocasiones siempre había alguna amiga suya o de Viviana, buscando que tuviera algún tipo de relación con alguna de ellas.
En alguna ocasión, me he ido de casa de Marcelo con alguna de esas chicas, con algunas llegamos a la cama, pero creo que tan solo lo hacía por tranquilizar a Marcelo, ni por asomo, mi comportamiento sexual se parecía al que tenía acostumbrado con Lorena, incluso con un par de chicas, tuve que disculparme porque ni siquiera llegué a tener una erección.
He conversado un poco con alguna de esas chicas, con una sobre todo, Alina, venía, al igual que yo, de una relación donde su novio de años, la había abandonado y eso la había dejado muy mal.
Nos encontramos varias veces, aunque nuestros encuentros no eran divertidos, no podíamos dejar de hablar de los dolores que estábamos viviendo.
Un jueves en la noche, fuimos a cenar a un lindo restaurante, luego nos tomamos una copa en un bar y casi como continuación del ritual, le dije de ir a casa.
Aceptó de buen grado, y ya en casa, mientras nos tomábamos otra copa, nos comenzamos a besar abrazados en el sillón.
Los dos sabíamos lo que nos estaba pasando y si en ese momento, terminábamos en mi cama, tan solo sería un encuentro de nuestros cuerpos, los dos veníamos de mucho tiempo sin disfrutar sexualmente, y quizás nos vendría bien un desahogo.
Juro que lo intenté, tratando de que no se sintiera mal, era una chica hermosa y no quería que sintiera que no me sentía atraído por ella.
Entre besos nos fuimos desnudando y ya en ropa interior, nos fuimos a mi habitación.
Entrar allí con otra mujer que no era la que aún estaba en mi corazón, no me permitió relajarme y disfrutar mínimamente de la mujer que tenía a mi lado.
Ya desnudos nos acostamos en mi cama, en verdad era una hermosa mujer, con un hermoso cuerpo, realmente atractiva, pero yo no lograba una completa erección.
En un momento, fue ella quien luego de un beso apasionado, me acarició la cara, mirándome con lágrimas en los ojos, y lo entendí, ella tampoco podía, seguramente al igual que lo que yo estaba sintiendo en ese momento, creía estar engañando a sus sentimientos.
La abracé y le dije que la entendía, y para que no se sintiera mal, le dije que a mí me ocurría lo mismo.
Y esa noche tan solo nos quedamos abrazados, desnudos en mi cama hasta que nos quedamos dormidos.
Nos encontramos muchas veces más, aunque no volvimos a intentar hacerlo sexualmente, nos veíamos como amigos, esos amigos que pueden entender ese dolor y hablar sin reparos de lo que les estaba pasando.
Esa relación que teníamos con Alina, tranquilizó a Marcelo, que dejó de estar detrás de mí, haciéndome conocer mujeres, intentando que me pudiera olvidar de Lorena.
Alina se quedó varias veces a dormir en casa, y lo hacíamos juntos en mi cama, incluso a veces tan solo en ropa interior, pero no volvimos a buscarnos íntimamente.
Unos meses después, le salió una oportunidad de trabajo en Mar del Plata y decidió aceptarla, por supuesto le deseé lo mejor, que pudiera rehacer su vida en otro lugar, con otra gente, un nuevo comienzo.
Esa última noche que estuvimos juntos, se quedó a dormir en casa, nos acostamos como tantas otras veces, pero esta vez fue diferente, en un momento comenzamos a besarnos y minutos después estábamos desnudos y acariciándonos.
Entre besos me dijo que había sido muy importante en este tiempo para ella y quería despedirse de mí, haciéndonos el amor.
Nuestros cuerpos poco a poco se fueron encontrando, creo que ya más relajados los dos, nos dejamos llevar, y en verdad lo disfrutamos.
Quizás por el tiempo que llevaba sin tener relaciones, no duré demasiado, pero sí lo suficiente para que Alina tuviera su orgasmo, momentos antes de que acabara en su interior.
Al día siguiente, desayunamos juntos, pasó por su casa a buscar sus cosas y la llevé hasta la terminal de ómnibus de Retiro, sus cosas llegarían unos días después, cuando tuviera las llaves de su nuevo departamento.
Nos despedimos con un lindo abrazo y un beso en los labios, quedamos de acuerdo en seguir en contacto por teléfono o videollamada, para contarnos cómo iban nuestras cosas.
No podía mentir, a pesar de no haberme enamorado de ella, pasábamos buenos momentos juntos, y estaba seguro de que la iba a extrañar, con ella podía hablar a corazón abierto, llorar cuando me hacía falta y sentirme comprendido.
Hablábamos todas las semanas, me iba contando cómo iba todo en su nueva vida, y casi tres meses después, me contó, casi con vergüenza, que había conocido a un chico, vecino de su edificio que vivía solo, se habían caído bien, que era muy agradable, que habían tenido varias conversaciones y que al día siguiente, saldrían por la tarde a tomar un café.
Por supuesto le deseé que pudiera llegar a tener algo lindo en su nueva vida, se merecía encontrar a alguien que la quisiera realmente, y poder superar todo lo que había sufrido.
Mi vida siguió como venía en estos últimos tiempos, lo único que me mantenía en pie y enfocado era la medicina, me hacía sentir útil cada vez que podía darle a algún paciente una solución a sus problemas.
Cada vez que entraba a casa, luego del trabajo, era inevitable mirar al parque o asomarme, casi automáticamente, al escritorio donde solía estar escribiendo, que iluso, ¿acaso creía que algún día la encontraría allí sentada?
Tenía sentimientos encontrados con seguir viviendo en esa casa, me faltaba ella y eso significaba un gran dolor, pero por otro lado, allí había pasado los mejores años de mi vida, no me arrepentía de ninguno de ellos, y los recordaba todo el tiempo, muchas veces con una sonrisa, cada rincón de esa casa, tenía un recuerdo junto a ella, y a pesar de todo lo que significaba su ausencia, no quería que desaparecieran.
Todo un embrollo en mi cabeza y en mi alma.
Adela pasó a ser algo muy importante en casa, no solo por las cuestiones de trabajo, podía hablar con ella, me escuchaba siempre y entendía a la perfección como me sentía, es un gran apoyo en estos tiempos.
Seguía con mis rutinas de emborracharme cada fin de semana, quizás destruyéndome de a poco, pero, así las horas de soledad se pasaban más rápido.
Marcelo, luego de que Alina se mudara a Mar del Plata, volvió a la carga, en cada oportunidad que podía, me presentaba a alguna mujer, quizás buscando que alguna de ellas me llegara como lo había hecho Lorena, y que pudiera volver a enamorarme.
Siempre le decía que no insistiera, que si en algún momento dejara de amar o extrañar a Lorena, él sería el primero en saberlo.
Me quedé pensando luego de que cortamos, ¿estaría yo en condiciones de seguir con mi vida? ¿De conocer a alguien más?
Lorena seguía en mi corazón, recordándola cada día, a cada momento. ¿Cómo se hace para dejar de amar a alguien?
Continuará…
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