Xtories

Historias del complejo. Segunda serie. (23)

Tres años de silencio y dolor se rompen cuando la puerta se abre y ella está ahí. Manuel sabía que el tiempo no curaba, pero no esperaba que el pasado volviera a su puerta, ebria y suplicante, para reclamar lo que ya no podía tener.

jejen6.8K vistas9.2· 21 votos

Prólogo

Gabriel

Lo había visto muchas veces caminar por la playa, sentado en la arena mirando el mar, siempre solo y cada vez me preguntaba que estaría pasando en su vida.

Un poco más alto que yo, de cuerpo delgado, con una barba muy larga y el pelo también largo, algunas veces atado con una cola en la nuca.

Esos meses de invierno también solía verlo en short, pero con un buzo manga larga de un equipo de básquet de Estados Unidos, bastante descolorido también, vestía como quien no le daba importancia a la ropa.

En los días de calor, también iba vestido así nomás, una remera que parecía tener años y un short de baño normalito, algunas veces con una gorra y otras con un sobrero de playa, también bastante venido a menos.

En esa época, remodelamos la bajada de madera a la playa, a los costados del camino, habíamos puesto seis bancos de madera más o menos cada diez metros, a ambos lados del camino, y a partir de allí, solía verlo sentado en el último de los bancos, el que estaba más cercano a la playa.

Se quedaba allí por horas, mirando el mar y a la gente que pasaba frente a él, yendo o viniendo de la playa, lo había visto por tanto tiempo, que llegué a la conclusión de que viviría o tenía alguna casa cerca de aquí.

Lo habíamos hablado varias veces con Mora, imaginando cual sería la situación de su vida, que lo tenía solo y en este lugar.

No podría decir su edad con certeza, la larga barba y la melena, no me permitían darme cuenta, pero por la complexión de su cuerpo y su forma de caminar, imaginaba que tendría como mucho cincuenta años, quizás un poco menos.

Una tarde decidí que algún día en que lo viera sentado en el banco, si el movimiento del complejo me lo permitía, me acercaría para intentar hablar con él, me mataba la curiosidad, aunque imaginaba que quizás no le interesaría conversar, nunca lo había visto hablando con nadie.

Esa tarde nublada y ventosa de principios de abril de dos mil diecisiete, al verlo sentado en el banco me decidí, me acerqué caminando por el camino de tablas, al llegar al banco donde estaba sentado, giró su cabeza y al verme hasta diría que esbozó una sonrisa.

Ya frente a él, lo saludé:

-GABRIEL: Buenas tardes caballero! Mi nombre es Gabriel y soy el dueño del complejo de aquí atrás!

-MANUEL: Buenas tardes Gabriel! Aunque no sabía tu nombre, sabías que eras el dueño! Soy Manuel! Y en verdad te agradezco por haber puesto estos bancos! Fue una excelente idea!

-GABRIEL: Me permite sentarme un momento!

-MANUEL: Claro que sí! Aunque quizás no me hayas visto hablar con nadie, no soy un ermitaño o un loco!

-GABRIEL: Nunca lo vi como un loco o un ermitaño, quizás al no conocerlo, siempre pensé que su soledad se debía quizás a algún hecho triste de su vida, o quizás a algún mal de amor o tan solo a la soledad elegida!

-MANUEL: Es todo eso mi estimado Gabriel! O bueno, quizás el orden no sea el correcto!

-GABRIEL: No quiero molestarlo! No pretendo entrometerme en su soledad!

-MANUEL: Quizás sea muy pretensioso de mi parte, pero me gustaría que no me trates de usted, supongo que andamos por la misma edad! Y siempre he aborrecido el trato de usted, no me gusta recibirlo, y prefiero no ofrecerlo, de todas maneras, se puede tutear y ser correctamente educado y respetuoso.

-GABRIEL: Ya lo creo Manuel! En eso pensamos igual!

Por su forma de hablar y por las palabras que usaba, me di cuenta que era un hombre instruido, que seguramente tenía hasta algún tipo de formación profesional.

No le iba a hacer un interrogatorio, ni mucho menos, tan solo quería ofrecerle la posibilidad de hablar, si ese llegara a ser su deseo.

-MANUEL: Seguramente me tendrás visto desde hace un tiempo, vivo en la casa que está antes de llegar a la próxima salida a la calle, esa que está pintada de color tostado con el techo de tejas negras, pero no sé por qué, me gusta caminar para este lado.

Sabía perfectamente de que casa me estaba hablando, era una hermosa casa, que estaban construyendo cuando me hice cargo del complejo, y aunque nunca había visto a sus ocupantes, sabía que era una hermosa casa, con un amplio terreno y una salida a la playa.

Esto no hacía más que confirmarme que ese hombre, había tenido o tenía una vida acomodada, pero algún hecho de su vida, lo había traído a esa tristeza.

Conversamos un momento más, de cosas triviales, de la gente, de La Lucila, del clima, hasta que un momento después, le dije que ya tenía que volver al trabajo, y me sorprendió lo que me dijo:

-MANUEL: Ha sido un gusto Gabriel! Cuando el trabajo del complejo te lo permita, quizás puedas venir a conversar un rato, en verdad, te estaría agradecido.

-GABRIEL: Perfecto Manuel! Sería un gusto para mí! Después de todo somos casi vecinos!

-MANUEL: Imagino que te has preguntado que me tiene aquí y en esta situación, a nadie de por aquí se lo he contado, pero creo que ya va siendo hora. Por supuesto siempre que estés dispuesto, entendería si no!

-GABRIEL: Creo que soy bueno escuchando!

-MANUEL: Me alegro! Hasta cualquier momento entonces!

-GABRIEL: ¿Tomás mate?

-MANUEL: Sí, aunque al estar solo, ya hace tiempo que no tomo!

Me volví para el complejo, quizás pensando en que escuchar a ese hombre, era lo que probablemente estaría necesitando, no sabía por dónde venía la cosa, pero me imaginé que por el lado de un amor, casi sin dudas.

Llegué a casa y le conté a Mora lo que había hablado con ese hombre, ese que a partir de ese momento, tenía nombre, había dejado de ser “el solitario”, así lo llamábamos con Mora.

Al día siguiente preparé el mate, puse el agua en el termo, y salí en dirección a la playa, sin saber siquiera si Manuel estaría sentado en el banco, pero cuando encaré el camino de madera, lo pude ver, como casi siempre con la mirada perdida en el horizonte, allá donde el mar se junta con el cielo.

Me fui acercando, y antes de llegar al banco, me vio y me dijo:

-MANUEL: Hola Gabriel! Estaba seguro que hoy vendrías!

-GABRIEL: Estoy seguro que me va a gustar conversar con vos!

-MANUEL: Y veo que trajiste el mate!

-GABRIEL: ¿Amargo?

-MANUEL: Como la vida, mi amigo! Bueno, al menos como lo mía en este momento! Pero claro que también los hubo más dulces!

Me senté a su lado, cebé el primer mate, lo tomé y le di el siguiente!

Cuando le dio el primer sorbo, pude ver su cara, algo así como quien prueba un manjar por primera vez.

-MANUEL: Cuánto tiempo hacía que no tomaba un buen mate!

Me lo devolvió, y fue nuevamente mi turno.

Metió la mano en el bolsillo de su short, y sacó un papel doblado en cuatro, bastante ajado, como si fuera un papel viejo.

Lo desdobló cuidadosamente, lo miró un momento, no quise mirar sus ojos, pero me pareció que se le llenaban de lágrimas.

Esperé el tiempo que él decidiera, no sabía su intención con tal papel, pero luego de un momento, levantó la mirada y me lo entregó.

-MANUEL: Quizás tendría que contarte antes algunas cosas, pero en el mejor momento de mi vida, volví a casa y me encontré esta carta sobre la mesa.

Hizo un silencio, me miró a mí y luego al papel, como dándome permiso para que lo leyera.

Aunque algo borroso, por lo ajado del papel, lo que allí decía, escrito de puño y letra, se leía perfectamente, con una caligrafía bastante prolija para los tiempos que corren.

Leí detenidamente esa carta, para empezar a entender donde había nacido su pesar, seguramente en el mismo momento en que leyó esas líneas.

Cuando terminé de leerla, creí que se me caerían las lágrimas, si yo hubiera estado en su lugar, creo que me hubiera sentido igual que él o peor, y sin dudas, estaría también arrastrando mi desdicha.

Claramente le había afectado y creo que le sigue afectando todo aquello.

Le devolví el papel, lo dobló cuidadosamente, como quien lo hace con algo muy valioso, y lo volvió a guardar en su bolsillo.

-MANUEL: Y ese fue tan solo el primer dolor.

-GABRIEL: Creo que si hubiera estado en esa situación, me sentiría aún peor!

-MANUEL: Hace tiempo que te veo Gabriel, incluso he escuchado gente hablando de vos camino a la playa, siempre bien por supuesto, me ha gustado tu forma de ser, al menos lo que hasta el momento conozco, y te voy a contar mi historia, pero no es algo que pueda contarte en un rato.

-GABRIEL: Te propongo entonces, que podamos hacerlo por termos!

Me miró bajando sus cejas, como en clara señal de no entender lo que le estaba diciendo.

-GABRIEL: Me interesa conocer tu historia, y te propongo que conversemos cada día lo que dura un termo.

Y en ese momento esbozo una sonrisa.

-MANUEL: Me hiciste reír Gabriel! Hacía tanto que no sonreía! Pero me parece un buen plan, tampoco quiero agobiarte con mis penas!

-GABRIEL: Me pareció que sería una buena forma de asegurarnos varias conversaciones!

-MANUEL: Me parece perfecto! Me está gustando hablar con vos!

No entró de lleno en ese momento en su historia, pero conversando nos terminamos el agua del termo, y aunque estaba cada vez más interesado en conocerla, en ningún momento lo iba a presionar para que lo hiciera, quería que hablara según sintiera hacerlo, escuchar lo que quisiera contarme y en el momento que lo creyera conveniente.

Tenía que volver al trabajo del complejo, y antes de despedirnos, me agradeció los mates y la charla.

Demás está decir que fueron muchos termos, muchas tardes, sobre todo en aquellas de temporada baja, donde el complejo suele tener muchos menos turistas.

Mora también habló un par de veces con él, y también le pareció un hombre de lo más amable y educado, y aquí su historia, por supuesto, puesta en palabras con su consentimiento.

La historia de Manuel

Capítulo 1

Eran casi las siete de la tarde de ese caluroso viernes de noviembre, como casi todos los fines de semana desde que había comenzado el tiempo lindo, me sentaba en el jardín de mi casa, a beber hasta emborracharme.

Los jueves, viernes y sábados por la noche, emborracharme se había convertido en mi deporte favorito, beber hasta perder la conciencia, intentando callar ese grito de dolor, queriendo llenar ese vacío que a las claras era imposible, y que solo hacía que al despertarme, tuviera que lidiar con la resaca o la descompostura, muchas veces vomitando hasta que ya nada quedaba en mi estómago.

¿Por qué lo hacía? Para adormecer el sufrimiento que me provocaba esa daga que llevaba clavada en mí pecho, esa que nadie ve, pero que yo siento, a cada momento, cada día al abrir los ojos.

Como a lo lejos escuché sonar el timbre de casa, maldita sea la hora, en qué día tras día, desde hace casi dos meses, no hago reparar la cámara del maldito portero eléctrico, que me permite ver quién toca el timbre.

Iba ya por el quinto whisky con hielo, o sexto, no sé muy bien, y me levanté de la reposera para ir hasta el frente de la casa, para saber quién tocaba el timbre interrumpiendo mi segura borrachera.

No es que esperara visitas, pero todos los vecinos saben que soy médico, y muchas veces he tenido que salir a asistir a algún vecino en problemas.

Bastante perjudicado por alcohol como ya estaba, me levanté y caminé erráticamente hasta la puerta de ingreso a mi casa.

Estaba cruzando el amplio estar comedor en dirección a la puerta, cuando el timbre volvió a sonar, y en ese momento apuré el paso lo que pude, creyendo realmente que algún vecino necesitaba de mi auxilio médico, aunque en el estado en que ya me encontraba, no estaba seguro de ser muy útil.

Hice una mirada por la pequeña mirilla de la puerta, y vi una mujer de pelo claro, casi rubio que le llegaba poco más de los hombros, estaba sola y en ese momento miraba hacia abajo, un mechón de su cabello no me permitía ver su rostro, pero como estaba sola decidí abrir la puerta.

En el momento en que abrí la puerta, esa mujer levantó la vista, me miró a los ojos, y el corazón se me detuvo, juro que se me detuvo. Frente a mí estaba Lorena, mí aún esposa, que casi tres años después, estaba parada frente a mí, en la que fuera nuestra casa.

Me quedé literalmente sin palabras, tan solo la miré a los ojos y pude ver sus lágrimas.

Vestida con una pollera de jean casi hasta las rodillas, una remera ajustada a su cuerpo, un par de aros en cada oreja, tatuajes en sus tobillos, que mi visión desenfocada de esa realidad que me enturbiaba la razón, no me permitió saber de que se trataban.

Más delgada y algo demacrada, pero aún así conservaba esa cara angelical que me había robado el corazón, y esa mirada de niña buena, que parecía estar pidiendo auxilio, solo faltaba su sonrisa, esa de la que había quedado prendado hacía tantos años.

Ninguno de los dos decía nada, yo porque no podía, y ella en verdad no sé por qué.

Luego del tenso silencio de no sé cuánto tiempo, su boca con una tenue voz, casi como de súplica, dijo:

-LORENA: Hola Manuel!

Quise decir muchas cosas, pero no dije ninguna, de mi boca no salían las palabras, no sabía si era el efecto de los whiskys, o la locura que se estaba apoderando de mí ser en ese preciso instante.

Casi tres años de sufrimiento habían sido, casi tres años de una tristeza demoledora, de preguntarme una y mil veces que es lo que había hecho mal.

Tal sería mi estado pétreo en ese momento, que luego de un tiempo de silencio, que tampoco puedo dimensionar, de su boca volvió a salir mi nombre.

-LORENA: ¿Manuel?

La volví a mirar a los ojos, casi sin poder creer que la volvía a tener frente a mí, después de ese dolor que había desgarrado mi alma, qué me había dejado sumergido en la penumbra, en la peor oscuridad de mi vida, estaba haciendo un intento sobrehumano, por alinear mis neuronas para tratar de que por mi boca saliera alguna palabra, pero no tuve éxito.

No podía distinguir si el alcohol que corría por mis venas, o la impresión de volver a verla, me habían inmovilizado de tal manera, que luego de otro lapso de tiempo indefinido, volvió a pronunciar mi nombre.

-LORENA: Manuel, ¿estás bien?

Y fue en ese momento, en ese mismo instante, que todo se me vino a negro, como si fuera una computadora a la que le acaban de quitar la corriente eléctrica, literalmente mi disco rígido se apagó. En esa nebulosa extrañamente indefinida, como de estar y no estar en este mundo, en algún rincón de mi mente creí escuchar, listo Manuel!, ya fue! Ya todo terminó! Ya vas a dejar de sufrir! Y lo agradecí, juro que lo agradecí.

No sé cuánto tiempo después, abrí mis ojos y la realidad volvió a darme un cachetazo, veía el techo de mi casa, sin dudas estaba en el piso, y vi sus ojos a tan poca distancia de los míos, que le pregunté al universo por qué me hacía esto.

¿No fue ya suficiente? ¿Qué más esperás de mí? Por favor déjame morir en paz.

Como en un segundo plano, como un eco lejano, escuchaba su voz repetir mi nombre, una y otra vez.

No quería volver a la realidad, quería quedarme para siempre en esa oscuridad, que por lo menos me daba paz, esa paz que no tenía cada día, desde hacía casi tres años al abrir los ojos cada mañana.

No sé cuánto tiempo pasó, seguía en el piso, y al mirar hacia un lado, pude ver que la puerta de mi casa aún seguía abierta.

Ella no dejaba de pronunciar mi nombre y de preguntarme si estaba bien, su cara que bien creía conocer, mostraba preocupación, casi desesperación diría.

¿Cómo mierda iba a estar bien? Si todo este tiempo ha sido para mí un calvario, una vida vacía, ayudando medicamente a tantas personas, pero sin poder ayudarme a mí mismo.

Desde hacía dos años, once meses y ocho días, mi vida no tenía sentido, y aún estaba en este mundo, por esa estúpida cobardía de no tener el valor de quitarme la vida, de terminar con todo de una buena vez.

Una y mil veces me he preguntado si mi vida dependía de esa persona, si mi bienestar, mis ganas de vivir, de seguir adelante, de tener una razón para levantarme cada mañana, estaba en manos de esos ojos llorosos que no dejaban de mirarme, que habían sido tan míos, pero que ya no lo eran, de esa mirada que me había hecho creer, pero que también me había hecho caer, caer en el pozo más oscuro y profundo, y del que no había encontrado la forma de salir.

Poco a poco fui volviendo a estar consciente, tanto como mi situación etílica me lo permitía.

En un intento de no mostrarme vulnerable o deshecho, o yo que sé, puse todo mi empeño para sentarme en el piso y luego de un momento, intentar ponerme de pie por mis propios medios.

Extendió su mano para ayudarme, pero lógicamente mi orgullo y mi dolor no me permitieron tomarla.

Como pude me volví a parar sobre mis dos pies, aunque todo me seguía dando vueltas, mi verticalidad era sin dudas cuestionable, ella quedó parada frente a mí, tan solo a un par de pasos y me seguía mirando con cara de preocupación.

¿Preocupada? ¿Por qué estaría ella preocupada por mí? Si en casi tres años, no había existido en su vida, podría estar muerto y ella ni siquiera lo hubiera sabido.

Cuando pude estar humanamente de pie, al mirar hacia afuera, vi que ya casi era de noche.

La volví a mirar, y el corazón se me volvió a detener.

Respiré hondo, llené mis pulmones de aire, una y otra vez, estábamos los dos un par de pasos dentro de la casa, esa que en otros tiempos, supo ser nuestra casa.

Y por fin mis neuronas llegaron a un acuerdo y pude hilvanar una frase.

-MANUEL: ¿Vos acá?

-LORENA: ¿Estás bien?

-MANUEL: Estoy!

-LORENA: ¿Podemos hablar?

-MANUEL: ¿De qué creés que podríamos hablar vos y yo?

-LORENA: Por favor, necesitaría que hablemos!

-MANUEL: En estos casi tres años, he necesitado tantas cosas…, y esas cosas nunca han estado, ¿por qué creés que lo que vos necesitás lo vas a encontrar aquí y en este momento?

-LORENA: Tan solo necesito hablar un momento con vos!

-MANUEL: ¿Creés merecer ese momento?

-LORENA: Claro que no lo merezco! Lo sé muy bien! Pero de todas formas, necesitaría que conversemos tan solo unos minutos!

-MANUEL: ¿Necesitás que conversemos, o necesitás que tan solo te escuche? Porque conversar, al menos para mí, significa escuchar y ser escuchado, y no sé si estarás en condiciones de escucharme, incluso no estoy seguro yo, de estar en condiciones anímicas o mentales de escucharte, llevo tanto tiempo de silencio en mi corazón, que no sé si mi alma pueda llegar a oirte!

Mientras esgrimía toda esa perorata discursiva, trataba de buscar en el más recóndito rincón de mí ser, un sitio firme donde poder apoyar mi inestable humanidad, o lo que quedaba de ella, para buscar una buena razón para decirle que se fuera de mi casa y nuevamente de mi vida, ¿Cuál podía ser el motivo de estar allí parada? ¿Cuál después de tanto tiempo de silencio?

Pero mi ser, con el corazón acelerado como la primera vez, ese ocho de noviembre de dos mil diecinueve, no encontró el camino ni la razón para lograr escaparse del hechizo de su mirada, esa mirada que se había adueñado de mí ser, hacía ya tanto tiempo.

Continuará…

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