Xtories

Respondo 1 anuncio de trabajo bastante especial 3

Lucía nunca imaginó que su trabajo limpiaría más que cristales. El señor Briceño tiene otros planes para ella: probar su deseo hasta el límite, en público, donde cada mirada y cada euro son parte del juego.

kittysumise7916K vistas9.4· 16 votos

Para disfrutar del relato es conveniente leer antes los dos relaros anteriores.

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Darle el pecho a mi jefe se convirtió en el pequeño placer de los domingos.

Rogaba que Lucas tardara en despertar y no me hacía de rogar cuando el señor Briceño se ofrecía a ayudarme.

Reconozco que fui yo quien se lo propuso algo avergonzada, al principio. No tenía el sacaleches roto, él mismo me trajo uno nuevo así que no había necesidad en ello, salvo la mía propia.

—¿Quiere ayudarme? —fue mi pregunta, cuando a la semana siguiente él se acomodó para ver cómo me la extraía.

—¿No funciona bien el sacaleches?

—Sí lo hace, es solo que pensé... —Mi voz apenas era un murmullo. Sentía calor por todo el cuerpo, vestía un babydoll, mi pecho estaba cubierto de encaje y bajo él caía una capa de gasa transparente, no llevaba bragas.

Él me dedicó una sonrisa complacida.

—¿Me estás ofreciendo tu leche, hermosa Lucía?

Era la primera vez que me llamaba así, asentí y él se puso en pie.

—Pídemelo.

Tragué con dificultad, desde que se corrió sobre mi piel que no habíamos vuelto a tener un contacto tan estrecho.

—Por favor, señor, ¿puedo darle mi leche?

Él me sonrió cuando aparté parte de la tela que cubría mi seno y lo dejé al aire.

—Gracias por el ofrecimiento.

Se acomodó y se enganchó a mi pezón con avidez, igual que la primera vez. Separé los labios y gemí sin disimulo mientras él amasaba mi pecho y bebía de él.

Al terminar nos quedamos un rato así, juntos, con su lengua dando pequeñas lamidas a mis pezones y mi coño pidiendo guerra.

—¿Te gustó lo que pasó en la cena?

—Mucho.

—A mis amigos les encantaste, están deseando repetir, aunque los he frenado. —La noticia me hizo sentir algo triste, mi mirada debió expresarlo—. ¿Qué ocurre?

—Nada.

—Dímelo.

—Disfruté.

—Lo sé, pero no debemos malacostumbrarlos, tu leche es de Lucas y un poco mía, también.

—Sí, señor.

—¿Te gusta trabajar para mí, Lucía?

—Mucho, señor.

—Bien, porque a mí me gusta mucho tenerte en casa.

Había tenido la esperanza que me pidiera mantener relaciones sexuales pero no lo hizo. Se levantó del sofá y me pidió que hoy hiciera los cristales del piso.

El otro edificio de enfrente no estaba muy lejos, por lo que si algún vecino se asomaba, me vería limpiarlos sin bragas, lo cual me excitó.

El señor Briceño supervisaba como siempre mi tarea. Lo imagine pidiéndome que me agarrara al marco de la ventana, bajándome la prenda para follarme por detrás mientras mis tetas oscilaban en la nada. Podía ver al vecino contemplando su vaivén y haciéndose una paja mientras nos miraba.

—Pareces distraída.

Comentó su voz ronca.

—Perdón —comenté pasando el paño por sexta vez por la misma zona.

—El suelo está goteado —apuntó.

El líquido procedía de mi entrepierna, él se agachó, lo tocó y lo deslizó entre sus dedos sin dejar de mirarme.

Me hubiera encantado suplicarle de rodillas, pero no lo hice, si él no me lo pedía yo no tenía derecho a exigirlo.

—¿Cuánto tiempo hace que no follas?

La pregunta fue como un latigazo.

—Meses —confesé avergonzada.

—¿Por qué?

—Es difícil, con Lucas...

—¿Y te apetece? Dime la verdad.

—S-sí.

—Eso está bien, Lucía, no debes avergonzarte de ser una mujer con apetito.

La excitación recorría mi cuerpo, pensaba que se ofrecería pero no lo hizo.

—Voy a ducharme.

—¿No prefiere un baño? —lo interrumpí—. Son más relajantes.

—¿Te estás ofreciendo a lavarme? —La imagen que me devolvió mi cerebro contrajo mi útero.

—Sí.

—Te lo agradezco, pero creo que se ha despertado Lucas.

Mi gozo en un pozo, era cierto, fui a por mi hizo que ya estaba demandando pecho.

Pasó otra semana y Martín me dijo que el sábado lo acompañaría a un sitio, que vendría una canguro a ocuparse de Lucas.

Me trajo un vestido precioso, de raso rojo, un escote profundo, tanto por delante como por detrás y unos zapatos de tacón en el mismo color.

—Sin ropa interior —me dijo cuándo me lo entregó.

Era tan corto que cuando me sentara estaba convencida que se me vería el coño.

Lo pude comprobar cuando me senté en el asiento del copiloto en su coche. Parecía una puta y eso me gustaba.

—Estás preciosa —comentó dirigiendo la mirada de mi escote a mi entrepierna. Mis pezones estaban de punta y el roce con la tela los excitaba.

—Gracias, usted también está muy guapo, si me acepta el cumplido.

Apartó el dedo del cambio de marchas y lo pasó con suavidad por mi tirante, desplazándolo un poco, mi pecho se coló por el escote. Había frenado, estábamos en un semáforo y acababa de bajar la ventanilla.

—¿Unos pañuelos señor? —preguntó una voz tosca por mi ventana. Giré el rostro y me encontré con un muchacho joven, de aspecto desaliñado que vendía pañuelos de papel.

Sus ojos volaron a mi pecho desnudo.

—¿Cuánto valen?

—Un euro dos.

—Te doy cinco si le chupas el pezón antes de que el semáforo cambie de color y puedes quedarte con los pañuelos. ¿Qué me dices? —Martín negoció contemplándome, en ningún momento me negué.

El muchacho aceptó, suspendió su cuerpo a través del cristal y pasó la lengua varias veces hasta que sorbió.

—¡Tiene leche! —exclamó sorprendido.

—Y el coño empapado, toma chaval, los cinco euros.

Arrancó el motor y nos fuimos. No sabía si debería sentirme avergonzada, no lo estaba, al contrario, el señor Briceño me daba lo que necesitaba.

La brisa secó mi pezón y cuando llegamos al restaurante me recolocó el tirante.

Había dejado una mancha de humedad en la tapicería de cuero que no quise ni pude disimular.

Era un lugar elegante, las mujeres me miraban al pasar y cuchicheaban

Cuando ocupamos la mesa agradecí que el mantel cubriera mi escasez de ropa.

Cenamos con tranquilidad, el señor Briceño era un gran conversador. El servicio era un poco lento así que cuando terminamos de cenar la parte delantera de mi vestido estaba manchado de leche y me dolían los pechos.

—Vamos a bailar.

—Necesito... —Señalé mis tetas.

—Luego, estás preciosa así.

El bar musical estaba cerca. Martín me pidió que saliera a pista y que bailara, que disfrutara, que él solo quería ver cómo me lo pasaba.

Aunque tenía los pechos saturados de leche quise complacerlo. Me coloqué en el centro y los buitres no tardaron en llegar, en menos de dos minutos tenía un par de tíos pegados a mí, uno por delante y otro por detrás.

Mis ojos seguían puestos en él cuando noté la primera caricia inapropiada.

Habían hecho un sándwich conmigo. El que tenía detrás pegaba su entrepierna a mi trasero y con la mano que colocó en mi tripa la bajó para frotar entre mis pliegues.

El tío que tenía frente a mí, no lo pensó dos veces y se puso a sorber mis tetas por encima del tejido.

Me aferré a su cuello y gemí sin dejar de mirar a Martín, quien hablaba con una rubia que no dejaba de sonreírle.

Me sentía celosa, muy celosa y tenía ganas que él sintiera celos de aquellos tíos que me manoseaban, así que me dejé hacer. No protesté cuando me bajaron los tirantes y aquel chaval de veintipocos se puso a comerme las tetas.

El de detrás no paraba de meterme los dedos y yo cada vez estaba más cachonda.

Necesitaba más, quería más. Aunque no con ellos.

La rubia se puso a tocarle la bragueta a Martín y yo me encendí.

Aparté a los chicos y sin importar el aspecto que devolvía caminé hacia él para apartarla.

—¿Qué haces, Lucía? ¿No te estabas divirtiendo?

—Quiero divertirme con usted —confesé abiertamente—. Le deseo, lo que ella puede darle puedo hacerlo yo.

—¿Estás segura? —asentí.

—Esa mujer es una puta, ¿quieres ser mi puta? —La pregunta lejos de espantarme me excitó.

—Sí.

—¿De verdad?

—Sí, señor.

—¿Cuánto lo deseas?

—Mucho.

—Demuéstramelo. Desnúdate y ve a bailar con ellos, diles que si te quieren follar son cien euros, que vengan y me los paguen, que ya han catado la mercancía y saben que eres de primera. Hazlo, Lucía, demuéstrame cuanto me deseas.

Dejé caer el vestido sin duda y desnuda volví a los chavales, que no daban crédito. Les dije lo del dinero, se miraron, fueron hasta Martín y pagaron.

Él me enseñó los billetes y asintió.

Mi corazón se aceleró, al ver complacencia y orgullo.

Los chicos volvieron a mí, uno me separó las nalgas, escupió entre ellas y se puso a dilatarme el ano mientras lo agarraba por el cuello. El otro me susurró en el oído que iban a hacerme una doble y me encajó los dedos en mi coño encharcado. Estaba tan anhelante que cuando se bajó los pantalones, me subió a pulso a su cintura y me clavó su polla casi me corro.

El que estaba detrás volvió a escupir y me la metió por el culo.

Jadeé. Nunca había tenido dos pollas para mí.

Se movían al ritmo de la música, mientras Martín ponía a la rubia de rodillas y le pedía que le hiciera una mamada sin dejar de mirarme.

Dejé que me follaran, a lo bestia, a lo bruto, a pelo y pagándome por ello.

Mis gritos quedaban opacados por la música. Me corrí, mucho, muchísimo, mientras me taladraban encadené un par de orgasmos. El chico que tenía frente a mí buscó mi boca para hundir su lengua en ella. El de detrás me pellizcaba las tetas y mordía mi cuello.

El placer era tan brutal que era incapaz de no jadear.

Permanecimos enganchados hasta que se corrieron y me llenaron por ambos agujeros.

Primero se corrió el de mi culo, después el de mi coño y permanecimos un rato bailoteando pegados hasta que sus erecciones se desinflaron.

Me bajaron al suelo y goteante caminé hasta mi dueño.

—Dame de mamar mientras me corro.

Comentó el señor Briceño. Hasta ahora no me había dado cuenta que era un local de intercambio y que había mucha gente follando.

Le puse una de mis tetas en la boca y lo dejé sorber hasta que me mordió con fuerza, emitiendo después un grito liberador.

La rubia almacenó la corrida en su boca, mientras él sujetaba su cabeza contra la ingle.

Tiró de su pelo para separarla y del mío también. Juntó nuestras caras y la rubia me besó llenándome la lengua de la leche de mi jefe.

Cuando terminamos de besarnos le dijo a la rubia que me limpiara, mientras yo le daba de beber.

Ella se arrodilló entre mis piernas y me premió con ávidas pasadas desde mi culo a la entrepierna.

Volví a correrme entre los labios femeninos y cuando terminé ella se puso en pie y me dio otro billete de cien complacida.

—¿No era puta? —pregunté.

—Aquí solo hay una puta y eres tú.

Escucharlo me erizó la piel.

—Vamos a ser muy felices, Lucía, conmigo vivirás tu verdadera esencia, a mi lado vas a florecer, y ahora vístete, nos vamos a casa.

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Espero tus comentarios y que hayas disfrutado de la lectura.

Miau

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