Respondo 1 anuncio de trabajo bastante especial 2
Lucía creía que solo limpiaba casas, pero su nuevo jefe tiene otros planes para su cuerpo. Cada vez que se queda sola con él, la excitación crece hasta que un extractor roto abre la puerta a un placer prohibido: ser ordeñada por quien manda. Ahora, una cena familiar promete convertir su secreto en un ritual público.
Antes de leer este relato lee: RESPONDO A UN ANUNCIO DE TRABAJO BASTANTE ESPECIAL
********
Llevo dos semanas trabajando para el señor Briceño y cada vez me sentía más cómoda.
No sabría cómo catalogar lo que me ocurría, quizá siempre estuvo en mí, quizá él se dio cuenta en cuanto me vio atravesar la puerta.
Ahí y palpitando cada vez que me sentía expuesta y observada. Me excitaba, era eso, estaba continuamente mojada, me masturbaba a diario y deseaba que le gustara lo que con tanto afán contemplaba.
Adoraba que me dijera qué tenía que ponerme y cuando me ponía aquellos conjuntos intentaba ver mi reflejo como él lo hacía, con cierta complacencia, con ese punto caliente y oscuro.
Mi rutina diaria era muy similar, dejaba a Lucas en la guardería, llegaba a casa, iba a mi cuarto y me cambiaba con la puerta entreabierta, desde que regresaba que notaba el vello de mi cuerpo erizarse al imaginarlo observándome por la ranura abierta. Me daba igual si me veía o no porque la excitación estaba ahí, palpitando bajo mi piel, en mi tripa, en mi coño.
Hoy era domingo y mi hijo seguía durmiendo, no quise despertarlo, intentaba que lo hiciera de un modo natural.
Me puse el conjunto que ya me esperaba en la silla, debió dejarlo anoche, mientras dormía, lo cual me excitó.
—Lucía.
Su voz profunda me hizo dar un brinco.
El bonito conjunto de encaje, estaba abierto en la zona de los pezones, se mantenía sujeta por un lacito que debía atar para cerrarla.
—A-adelante.
No era que necesitara permiso para entrar, era su casa, y todo lo que había en ella le pertenecía.
Cuando entró me repasó como siempre hacía y se detuvo justo en el lugar que más me hormigueaba, los pechos rebosantes de leche. Necesitaba sacármela antes de ponerme a limpiar, si Lucas no se despertaba necesitaba una ayuda extra. Lo hacía en el salón, mientras él miraba.
—Te queda muy bien.
—G-racias. Lo abrocharé después de sacarme la leche. —Él extendió su mano y comprendí que me invitaba a salir.
—Lo tienes todo dispuesto en el salón.
—Es muy amable.
—Tú también, al permitirme contemplarte, ya sabes cuándo me gusta ver cómo te ordeñas.
La palabra ordeñar hizo que un escalofrío se enroscara por mi tripa.
Pasé por delante de él y cerré un poco los ojos al oler su aftershave. Caminé contoneando mis caderas, esperando que la visión de mi culo desprovisto de tela le gustara.
Cuando me senté en el sillón ya estaba húmeda. Abrí la tela y conecté el sacaleches mientras él se sentaba frente a mí, hipnotizado por el sonido y la visión del caldo cayendo en el recipiente.
—Esta noche tenemos una cena importante. Quiero que te vistas acorde, con el vestidito negro de sirvienta que te compré ayer.
Tragué. Era un corsé que moría bajo mis pechos y los empujaba hacia arriba, con mangas de farol y una falda de vuelo, muy corta que terminaba encima de mi monte de venus. La boca se me secó al imaginarme frente a un grupo de gente de esa guisa.
—No te pongas nerviosa, ellos son como nosotros. —Nosotros, ¿cómo éramos nosotros?
El sacaleches hizo un ruido extraño y se paró. Noté una especie de pellizco y protesté.
—Au.
—¿Estás bien?
—No sé qué le pasa.
El señor Briceño se acercó. Quité el aparato de mi pezón y lo sacudí. Le di al botón pero no iba.
—Déjame ver.
Él intentó que funcionara, pero no iba.
—Parece que se ha estropeado, estamos a domingo así que tendremos que esperar a mañana.
Los pechos me dolían muchísimo, así que hice un gesto de disgusto.
—¿Qué pasa?
—Nada, me duelen si no me saco la leche, produzco mucha y Lucas sigue durmiendo...
—¿Quieres que te ayude?
—¿Cómo?
—Y puedo hacer lo mismo que Lucas, adoro el sabor de la leche, creo que ya te lo dije, de hecho, pertenezco a un club de lactofilia, no sé si sabes qué es. —Negué. No lo sabía aunque podía imaginarlo—. Compramos y consumimos leche materna a mujeres que nos la quieren vender. Es difícil beber leche fresca y del origen, te garantizo que no tiene nada que ver. Para mí sería un honor poder ayudarte y por supuesto que te compensaría.
El señor Briceño se puso en pie. La imagen de su boca sorbiendo de mí dio un tirón en mi coño.
—Ven extendió su mano y yo la cogí y me puse en pie, él podía leer en mis ojos mi consentimiento y mi excitación.
Acolchó unos cojines, puso uno sobre mi regazo, se puso a mi lado y colocó su cabeza en él para mirar con codicia mis pechos y después a mis ojos.
—Dame.
Me lamí los labios cogí mi pecho, separé el encaje y coloqué mi pezón en su boca.
Sorbió de un modo tan profundo e inesperado que gemí. El sonido no lo detuvo, al contrario, lo hizo mamar con más ansia mientras mi coño palpitaba con intensidad. No era lo mismo que tener a Lucas, su lengua trazaba círculos y chupaba de un modo tan bestia que parecía poder tragarme entera.
Los ruiditos que emitía eran tan excitantes que era incapaz de contener los míos. ¿Podía correrme así? Tal vez pudiera hacerlo. Su mano subió hasta mi pecho para poder acomodarlo mejor en su boca, mientras la mía se perdió en su poco pelo.
Él cerró los ojos complacido y yo también.
Me gustaba, mucho, muchísimo y no tenía ganas que se detuviera.
Estuvimos así hasta que extrajo la última gota del pecho derecho y le dedicó el mismo trato al izquierdo.
Nuestros ojos seguían conectados, mi pulso desestabilizado, respiraba de manera errática y el aroma dulzón de la leche se mezclaba con el de mi deseo, y su aftershave.
Me hubiera encantado masturbarme así, no lo hice, no estaba segura de que quisiera que lo hiciera, así que me concentré en el placer de ser mamada y vaciada por él.
Terminó dando un lametón a mi pecho y me sonrió.
—Eres una delicia.
Mi cuerpo temblaba por la experiencia.
—Gracias por su ayuda, señor.
Me abrochó los lacitos y yo me quedé mirando sus dedos, ¿cómo se sentirían en mi coño? Masturbándome, hundiéndose en mí. Mi jefe seguía sin parecerme un hombre atractivo en el que me fijaría, o por el que sentiría atracción sexual, pero lo que me hacía sentir iba mucho más allá de la apariencia.
Limpié a fondo el resto del día, Lucas se despertó y le di su dosis de leche supervisada de nuevo por mi jefe, que nos sonreía.
—Eres como un cuadro del Renacentismo y Lucas un niño muy afortunado. Tu calidad es excelsa.
Mis mejillas se enrojecieron
—Gracias.
—No hay por qué darlas, mis palabras son ciertas. Esmérate con la cena, y procura llenar la despensa para el postre. —Miró mis pechos con intensidad—. Seremos seis.
Sus palabras me incendiaron, ¿quería volver a beber de mí? ¿Eso significaban sus palabras?
Me pasé el resto de la tarde acelerada. Preparé una cena digna de un banquete y me ocupé de acostar a Lucas pronto.
Cuando llamaron a la puerta la mesa ya estaba lista y yo vestida para la ocasión, con el pelo recogido en una cofia y mi cuerpo expuesto, con aquel vestidito y los zapatos de tacón.
—Abre. —Me ordenó mi jefe.
Caminé hasta la puerta y lo que menos esperaba era encontrar a dos parejas y una chica de unos dieciocho, oriental, vestida como una muñequita japonesa de esas de Manga que aparecen en los comics. Blusa blanca, dos colas altas, falta corta plisada, medias blancas hasta los muslos y zapatos planos.
—Pasad, sed bienvenidos.
Todos me miraban, sus ojos recorrían mis curvas del mismo modo que me contemplaba el señor Briceño. Tanto los hombres, como las mujeres y la chica.
Vestían de un modo muy elegante. Aunque no me pasó por alto que cuando ellas me tendieron sus abrigos llevaban blusas transparentes y sin sujetador.
Una tenía los pechos operados y llevaba un piercing en el pezón derecho. La otra eran naturales y sus pezones estaban unidos por unas pinzas y una cadena. Me excité al imaginarme con ella mientras el señor Briceño tiraba con firmeza.
—¿Te gusta? —preguntó la mujer. Debí quedarme mirando más de la cuenta.
—Lo siento no pretendía incomodarla.
—No lo has hecho. A nosotras nos gusta que nos miren, igual que a ti. —Me sonrió—. Enhorabuena, Martín, tiene unas tetas exquisitas y una piel preciosa.
—Y están llenas de leche —respondió mi jefe, lo que suscitó el interés común.
—¿Puedo? —me preguntó la mujer señalando un pezón. No sabía cuál era su intención, miré de reojo a mi jefe que me contemplaba con las cejas alzadas, como si no necesitara su permiso para aceptar.
Mis pulsaciones se dispararon y terminé asintiendo, esperaba que mi gesto los complaciera a ambos. Antes de que llegaran los invitados el señor Briceño me advirtió que si ellos se iban complacidos con mi trabajo recibiría una prima generosa. Así que terminé asintiendo.
Ella acercó los dedos de manicura cuidada y estimuló el derecho retorciéndolo, pellizcándolo hasta conseguir su preciado premio. Jadeé y ella sonrió con mayor amplitud tomando la gota que despuntaba para deslizarla sobre su lengua.
Cerró los ojos y la saboreó como una auténtica sumiller.
—Divina —sentenció abriendo los ojos para mirarme.
Me sorprendí pensando en cómo se sentiría su boca de labios plenos sobre mi pezón. ¿Sería igual de intensa que mi jefe o más dulce y sosegada?
—Pasemos al comedor, Lucía se ha esmerado mucho con la cena.
Durante el servicio escuché los nombres de los comensales, la mujer que cató mi leche era Ana, tenía una agencia de modelos y azafatas, su marido, el más atractivo de los hombres, Ernesto, se dedicaba a la industria aeronáutica, construía aviones.
La chica asiática era hija adoptiva del matrimonio, era vietnamita y no dejaba de mirarme los pechos y relamerse. En uno de mis acercamientos cerró los ojos cuando mi pecho pasó cerca de su cara y suspiró. Ana sonrió.
—Le gusta mucho la leche materna, como a todos nosotros. No perdona un día sin tomar su ración.
—¿Usted sigue dándole el pecho? —Ella rio de forma ronca y musical.
—No cariño, yo nunca he dado de mamar, tenemos una nodriza en casa, Mei-Mei, no perdona su dosis diaria y se acerca su hora... —¡Qué tonta! ¡Cómo iba a darle de mamar si era adoptada!
La vietnamita me contempló con hambre y estuve tentada a ofrecerme a alimentarla, pero me callé.
Seguí retirando los platos y me acerqué a la otra pareja. Él era un hombre bastante robusto, sus manos eran grandes y de dedos gruesos, se dedicaba al sector financiero y cuando fui a retirar su plato noté una caricia fortuita en mi nalga.
—¿Todo lo tiene tan suave?
—Elías... —carraspeó Martín—. Lucía no es un objeto.
—Lo siento. —Él alzó las manos—, es que con uno así a uno se le van los dedos.
Su mujer le rio la gracia. Era la de las tetas de silicona y el piercing. Si no entendí mal ahora no trabajaba, pero tenía un pasado en la industria del cine para adultos.
Elías se había pasado parte de la cena metiendo la mano entre sus piernas para lamer los dedos después diciendo algo así como «la salsa de la vida».
Serví los postres y saqué las infusiones y los cafés.
Todos querían algo, coloqué las tazas y cuando llegó el momento de servir la leche el señor Briceño me detuvo.
—¿Sería mucho pedir que nos obsequiaras con la tuya?
—El sacaleches se ha estropeado... —comenté.
—Nosotras te ayudaremos —comentaron las mujeres. Mi pulso se volvió a acelerar y la expectativa me retorció las tripas—. ¿Quieres? —Era Cecilia, la ex pornstar la que preguntaba.
—Sí.
Ellas se miraron sonrientes, hicieron que me estirara en mitad de la mesa para que, según ellas, estuviera cómoda.
Cada una se reclinó sobre uno de mis pechos y se pusieron a mamar. Ana con un ritmo más fervoroso y Cecilia más envolvente.
Gemí y arrugué el mantel entre mis dedos. Noté cómo Martín recolocaba mis piernas para que quedara abierta, con las rodillas levantadas y los pies sobre la mesa.
Ana apartó la boca y vertió el contenido en una de las tazas, para regresar a mi pecho. Cecilia dio unos tragos antes de copiar a su compañera.
Me sentía muy excitada, sobre todo cuando vi a los maridos posicionarse detrás de ellas para levantarles la falda, bajarse los pantalones y follarlas mientras mamaban.
Los jadeos femeninos quedaban ahogados por mis pechos y el líquido que brotaba de ellos.
Tras una acometida bastante dura por parte de Elías, Cecilia me mordió y sorbió con tanta fuerza que creí poder correrme. Sin lugar a dudas el mantel estaba empapándose. Mei-Mei se había puesto a cuatro patas, sobre la mesa mirando mi sexo encharcado, mientras Martín la masturbaba y emitía pequeños ruiditos inconexos.
Estaba tan caliente, quería que el señor Briceño me tocara a mí y no a esa cría inmadura.
Los hombres cada vez gruñían más alto, yo era incapaz de controlar mis jadeos y mi necesidad de ser follada, lo quería tanto que habría aceptado cualquier tocamiento que hubieran querido proporcionarme, pero no hacían nada más allá de comerme las tetas, lo cual me desesperaba.
Ana se apartó de mi pecho.
—Necesito otra taza. —Su marido se la cambió sin dejar de follarla.
Con el vaivén el líquido se movía y amenazaban con desbordar.
—Ah, ah, ah —Los jadeos cortos de Mei-Mei, me llenaban de envidia.
—Ten cuidado con su virgo, eso está reservado —le advirtió su padre a Martín.
—Tranquilo, sé lo que me hago. —El señor Briceño separó las nalgas de la niña, me dedicó una mirada de soslayo y se puso a comerle el coñito, mientras Mei-Mei gemía exasperada.
—Otra taza —reclamó Cecilia.
—Esa te la lleno yo, nena —gruñó su marido—. Bebe teta.
Cecilia se enganchó a mi pezón y se puso a mamar de forma obscena, y salvaje.
Grité. Mei-Mei se agarró a mis tobillos, temblorosa, muy cerca del orgasmo.
—Por favor, por favor —supliqué.
—¿Qué quieres, Lucía? —preguntó Ernesto tirando de la cadenita que unía los pezones de su mujer.
Me daba vergüenza reconocer lo que necesitaba.
—Me parece que quiere rabo... —Rio Elías grotesco.
—Elías... Sé amable —le reprochó Martín alzando la cabeza. Tenía la barbilla manchada de jugos.
—¿Qué quieres Lucía?
¿Podía decir que a él? ¿Me lo permitiría?
Pero antes de poder hablar una boca se ciñó a mi sexo ávida de él.
Chillé, me chupaban con tanta avaricia que poco importó que la lengua perteneciera a Mei-Mei.
—Es igual de glotona que su madre —se jactó Ernesto—, a la nodriza la tiene seca a coño y teta.
Las palabras me sonaban lejanas, me daba igual lo que pasara a mi alrededor, porque lo único que podía sentir era aquella boca licuándome. Sorbía, tiraba, hundía la lengua en mi coño y se enganchaba al clítoris como si pudiera sacar leche de él. Era tan intenso que no pude evitarlo y me corrí, me puse a convulsionar frente a todos ellos, grité con las mujeres pegadas a mis pezones y Mei-Mei tragando mi flujo.
Fue tan brutal que todo se volvió oscuro y me desmayé de placer.
No vi cómo Ernesto convulsionaba en el coño de su mujer y lo llenaba de leche. No vi como Ana empapaba el suelo realizando un squirt. No vi como Elias se retiraba de Cecilia para llenar la taza que después tragaría su mujer mientras tenía un orgasmo masturbándose frente a todos.
No vi como mi jefe se la sacó del pantalón para hacerse una paja y derramarse sobre mis tetas y mi boca marcándome como suya, ni como Mei-Mei se agarró a una de ellas mientras él se corría para obtener su ración de leche.
Cuando abrí los ojos estaba en mi cuarto, desnuda y con un reguero reseco salpicando mi piel.
La puerta estaba entreabierta, la luz quitamiedos prendida y en la casa reinaba el silencio. En la mesilla de noche había un sobre abultado con la palabra gracias escrita en él.
Ni siquiera miré el contenido, solo me di la vuelta y seguí durmiendo con una sonrisa en los labios.
Relatos similares
- Hetero: General
Respondo 1 anuncio de trabajo bastante especial 3
Lucía nunca imaginó que su trabajo limpiaría más que cristales. El señor Briceño tiene otros planes para ella: probar su deseo hasta el límite, en…
Comparte:Dominacion masculinaExhibicionismo accidentalLactofilia
- Hetero: General
Abrí a dos rubias que llamaron a mi puerta FIN
Sara llegó con una misión: seducir al hombre que controla el futuro del agua. Pero Miguel no era la presa que esperaban; era el cazador.
Comparte:Dominacion masculinaExhibicionismo accidentalPoder y control
- Hetero: General
Luna de miel ii
Yeymy creía conocer a su esposo, pero la casualidad de un almuerzo en San Andrés despierta en él una bestia que ella no imaginaba.
Comparte:Exhibicionismo accidentalDominacion masculinaPoder y control
- Hetero: Infidelidad
Mi novio me enseñó a pecar
Leo siempre fue el novio perfecto, pero esa noche en la fiesta descubrió que su verdadera pasión no era poseerla, sino verla perderse en los brazos…
Comparte:Dominacion masculinaExhibicionismo accidentalSumision como liberacion
- Hetero: Infidelidad
Rachel 8. Cuatro mujeres para un marido. II
Elena solo buscaba secarse bajo la lluvia, pero la puerta de Kim escondía un mundo donde el amor y el comercio se funden.
Comparte:Dominacion masculinaExhibicionismo accidentalPoder y control
- Hetero: Infidelidad
Pollaman (Cap. 4)
Bajo la tenue luz de las farolas, la línea entre el dolor y el placer se desvanece. Elena no puede resistirse a la tentación de ser llenada por una…
Comparte:Dominacion masculinaExhibicionismo accidentalLactofilia