Xtories

Respondo a un anuncio de trabajo bastante especial

El anuncio prometía un techo y comida, pero no advertía del precio. Al cruzar la puerta de esa mansión, Lucía descubrió que su cuerpo no era solo una herramienta de trabajo, sino el verdadero objeto de deseo de su nuevo jefe.

kittysumise7918K vistas9.2· 24 votos

Leí el anuncio varias veces antes de llamar.

«Se busca mujer entre veinte y treinta años, para trabajo sencillo. Se ofrece casa, comida y sueldo. No necesaria experiencia. Para más información llama al 79xxxxxxx».

Una voz masculina respondió al otro lado de la línea.

—¿Sí?

—Ho-hola —saludé temerosa—. Llamo por el anuncio.

—Hola, ¿cómo te llamas?

—Lucía Gimenez.

—¿Edad?

—Veintiocho.

—Rozando el límite... —Se me escapó una sonrisa nerviosa.

—¿Puede decirme de qué trata?

—Mejor te hago una entrevista y te lo cuento en mi casa, ¿tienes para apuntar, o mejor te mando la ubicación por WhatsApp?

—Lo-lo segundo mejor. ¿Para cuándo es la incorporación?

—Inmediata. ¿Te va mal?

—No, al contrario, em, disculpe, ¿cómo se llama?

—Señor, con eso por el momento basta.

—Sí, señor.

—Tienes una voz dulce y bonita, seguro que encajarás, te espero en una hora, no me hagas esperar, odio la impuntualidad.

Colgó el teléfono y miré de refilón a mi hijo pequeño de tres años.

Acababan de desahuciarnos esta misma mañana, encontrar piso en Barcelona a un precio razonable era un suicidio. Llegué a la ciudad persiguiendo el sueño de ser actriz y se quedó en persecución y embarazo.

Estaba en las últimas, o conseguía algo como el trabajo del anuncio o los Servicios Sociales me quitarían a Lucas.

No tenía dónde dejarlo, además que si el hombre al que había telefoneado me concedía el puesto, no se lo podría ocultar.

Para llegar al lugar que me había mandado tenía que coger el metro y el bus.

Para el metro tenía, pero en el autobús me tendría que colar.

Apenas llevaba una mochila para mí y otra para Lucas, que agarraba con fuerza su peluche y se chupaba el dedo.

Le di un beso en su morena cabeza.

—Tranquilo, cariño, mamá va a buscarnos un techo.

Por suerte no subió ningún revisor y pude llegar a tiempo a la dirección. Era un edificio alto, ubicado en la zona alta de Barcelona. Podías ver la clase en las personas que paseaban alrededor del edificio, incluso había un portero que me abrió la puerta.

—Buenos días, su inquilino del séptimo a me espera.

—Sí, ya me lo ha dicho, adelante.

Me mordí el labio nerviosa, no pude arreglarme, llevaba unas mallas, una sudadera y el pelo suelto, aunque algo enredado.

Era guapa, siempre se lo dijeron a mi madre, tu hija va para actriz o para modelo.

Tenía unos bonitos ojos rasgados, boca ancha, busto generoso, que se desarrolló un pelín demasiado y caderas prominentes. Solían compararme con una de las Kardashian. Lo que me llevó a que en lugar de ofrecerme papeles, los directores me ofrecieran su cama.

Mi integridad me lo prohibió, acepté trabajos de camarera, porque si eres actriz o actor terminas sirviendo copas en un bar y terminé acostándome con un cliente del cual me creí enamorada, el padre de Lucas, en cuanto supo que estaba embarazada, yo me enteré que estaba casado y que no pensaba abandonar a su mujer por una camarera del tres al cuarto.

Al llegar a la séptima planta mi corazón latía rápido. La puerta estaba abierta y sonaba algo de música clásica. La luz inundaba un piso enorme, de corte clásico, con muchísimos cuadros, figuras y suelo de madera oscura.

—Adelante.

Musitó la misma voz que me atendió al otro lado de la línea.

Cerré la puerta tras de mí y avancé hasta el salón, donde aguardaba un hombre que sondaría los cuarenta y tantos, enfundado en un batín y con una copa de licor entre los dedos.

Primero me repasó a mí y después a Lucas.

—Veo que vienes acompañada.

—Sí, perdón por no decírselo por teléfono, señor, él es Lucas, mi hijo.

—Ya veo.

Se acercó a nosotros. No era un hombre atractivo, más bien al contrario, tenía bastante tripa, el pelo le clareaba y sus cejar eran bastante pobladas.

—Hola, Lucas, soy el señor Briceño, el futuro jefe de tu mamá.

Que ya diera por hecho que sería mi jefe me tranquilizó.

—¿Sabes tengo una habitación que seguro que te gusta, hay muchos juguetes y es muy luminosa, era de mi hijo cuando vivía en esta monstruosidad de piso, deja que te lo enseñe y a sí tu mamá y yo podremos hablar tranquilos y si ella acepta mis condiciones —me miró de soslayo—, será tuyo.

Tendió la mano y Lucas, que normalmente era bastante desconfiado, se la agarró sin dudar.

Se marcharon juntos por el pasillo y cuando el señor Briceño regresó lo hizo con una sonrisa en la boca.

—Parece que a tu crío le gusta su nuevo cuarto.

—¿No es un inconveniente para usted?

—Para nada, me gustan las mujeres con hijos, son más detallistas y maternales.

—¿Quieres una copa, Lucía?

—No, todavía le doy el pecho —Sus ojos descendieron hasta mis tetas y sonrió.

—Me gusta mucho la lactancia materna, eres una buena madre.

—Lo-lo intento.

—Bien, siéntate, ¿te gusta el piso?

—Pa-parece muy grande.

—Lo es. Desde que me divorcié incluso demasiado.

—¿Su hijos no vienen a verlo?

—Alguna vez, pero con poca frecuencia. La verdad es que tengo un trabajo que me absorbe mucho tiempo y soy un negado para las tareas domésticas. Busco una interina 24/7, espero que eso no te suponga un problema.

—Mientras pueda salir a llevar a Lucas al colegio y a recogerlo...

—Para eso no hay problema, también tendrás que salir a hacer la compra o algunos mandados. ¿Se te da bien limpiar y cocinar?

—Sí, soy bastante ordenada y mañosa con las recetas.

—Bien. Os daré casa a ti y a tu hijo, comida y dinero para tus gastos, a cambio solo te pediré una cosa, que espero no suponga un impedimento para nuestro acuerdo.

Con mi situación sería difícil que algo lo fuera.

—¿Qué es?

—Irás vestida de uniforme, el que yo crea conveniente y dentro de esta casa no podrás llevar otra cosa.

Le ofrecí una sonrisa enorme.

—Sin problema, así menos en lo que pensar.

—Perfecto. Quiero que quede claro que no llevaras otra prenda sobre el cuerpo, ni siquiera íntima, soy muy maniático con ese tipo de cosas, quiero que vistas lo que yo te entregue.

En el bar era bastante parecido así que...

—Vale.

—Bien, tienes el uniforme en tu cuarto justo enfrente del de Lucas, póntelo y sal, quiero ver si es de tu talla.

Me puse en pie y obedecí. Con las pulsaciones un tanto disparadas. Cuando entré en la habitación que me indicaba me llevé las manos al pecho, era un sueño, preciosa, amplia, luminosa, con una cama con postes de princesa y un precioso espejo de cuerpo entero pegado a una de las paredes.

El uniforme estaba en la cama. Sin pensarlo dos veces me quité toda la ropa como había indicado mi nuevo jefe, pero al ponerme el vestido, uno de criada clásica y contemplarme en el espejo. Sin ropa interior. Vi que no funcionaba.

La falda era excesivamente corta, en cuanto me agachara se me vería todo, y la zona del pecho era de encaje, por lo que mis pezones de veían y reaccionaban ante el roce de la tela.

—¿Qué tal te queda?

La puerta se abrió y sentí la necesidad de taparme.

—E-esto, no funciona, apenas me cubre y se transparenta.

Él sonrió.

—Deja que te vea.

Me tomó una de las manos y sin previo aviso me hizo girar.

Solté un gritito, porque mi culo y mi coño quedaron expuestos.

—Perfecta. El puesto es tuyo si lo deseas.

—¡Pero no puedo limpiar así!

—¿Por qué? A mí me gusta, soy marchante de arte y tú eres una obra que merece ser contemplada. Si no te pones mi ropa, no te quedas.

No podía irme, necesitaba aquel puesto.

—¿Solo la ropa?

—¿A qué te refieres?

—Yo, disculpe señor Briceño pero no quiero que el acuerdo incluya sexo.

—¿Por quién me tomas? —carraspeó ofendido—. Coge a tu hijo y salid de mi piso, me he equivocado contigo, no eres lo que esperaba.

Sentí pavor. No tenía otro sitio.

—No, no, no, disculpe. Yo, lamento si lo he malinterpretado.

—Me gusta la belleza y odio camuflarla. Habrá días que tendrás que limpiar con otro tipo de ropa, dependiendo de lo que me plazca, si eso te supone un impedimento...

—No, no, de verdad, lo haré me vestiré con lo que me provea.

—Buena chica. Ven conmigo te mostraré la casa.

Después de recorrerla, ver dónde estaban los útiles de limpieza y que Lucas parecía encantado con su nueva habitación, el señor Briceño quiso que me pusiera con la limpieza.

—Los suelos son muy delicados así que tendrás que limpiarlos a mano, con un paño y una disolución de agua y vinagre de manzana, escurriéndolo bien antes.

—¿De rodillas?

—¿Supone un problema? Mi anterior asistenta lo hacía.

—Sí, c-claro.

Preparé un balde con las proporciones que me indicó y me puse de rodillas, intentando no poner mi culo en pompa para que no se viera mi ausencia de ropa interior.

—Así no, debes ponerte a cuatro patas o no podrás ejercer la suficiente fuerza. Hazlo, Lucía, quiero ver cómo se te da acatar órdenes de tu jefe.

Me mordí el labio inferior, intenté no pensar y que el calor que ya trepaba por mi rostro no me afectara. Me puse a cuatro y froté alargando el brazo.

—Eso, es, lo ves como no era tan difícil, ahora separa un poco las piernas, estarás más cómoda.

Me mordí con tanta fuerza el labio que el sabor de la sangre inundó mi boca. Se paré los muslos y él suspiró.

—Pura ambrosía. Sigue, lo haces fabulosamente bien.

Se sentó una butaca, con la mirada puesta en mis partes, mientras yo limpiaba, nunca me había sentido tan desnuda ni tan expuesta. Cuando llevaba una hora mi hijo salió de la habitación.

—Mama, teta.

—A-ahora, no, Lucas, mamá está trabajando.

—¡Mama, teta! —dijo más alto. Volví a negarme y el pequeño se puso a protestar con una rabieta.

Oí los pasos de mi jefe acercarse.

—¿Qué te pasa pequeñín?

—Nada —lo disculpé.

—Mama, Teta.

—Oh, qué adorable, tiene hambre, mis hijos eran igual, siempre he adorado el vínculo de una madre y un hijo a través de la lactancia. Descansa un momento Lucía, siéntate en la butaca del salón y dale el pecho a Lucas.

—No, no puedo el vestido se abrocha por la espalda y no he terminado el suelo.

—No seas tonta, yo te ayudo y el suelo puede esperar. ¿Verdad que sí campeón? —El niño le sonrió.

Me vi llevada al salón. El señor Briceño me bajó la cremallera y el vestido se deslizó de la parte delantera mostrando mi torso desnudo.

—Tienes unos pechos dignos de ser mamados, me gustan las aureolas grandes y que de ellas surjan botones dulces y pequeños. ¿A ti te gustan las tetas de tu madre, Lucas?

—Mucho.

—A mí también.

Mis mejillas enrojecieron. Mi hijo trepó sobre mis piernas y se enganchó a uno de mis pechos mientras él nos miraba con anhelo.

Nunca había vivido una situación como aquella, sabía que había hombres que sentían placer con solo mirar y al parecer el señor Briceño era uno de ellos.

Mi piel se erizó, tenía los pezones duros y una gota suspendida del pecho en el que mi hijo no estaba. Fui a limpiármela.

—No te muevas, déjalo así, goteante, supurando vida.

Tragué con fuerza y algo excitada, su tono de voz, la manera en la que me miraba, era perturbador. No dejó de mirarme, ni yo de excitarme al ser contemplada como si fuera una maravilla.

Lucas se quedó amodorrado después de su sesión de leche. Me levanté y lo llevé a su cuarto en brazos, con él pisándome los talones.

Lo coloqué sobre la cama y en cuanto me incorporé él estaba a mis espaldas.

—Adoro el aroma a leche materna, me trae tantos recuerdos. —Le ofrecí una sonrisa nerviosa, tenía marcas de baba en los pezones y algunas salpicaduras—. Súbete el vestido y deja que te lo abroche.

—Lo mancharé.

Él me ofreció una sonrisa.

—Entonces limpia así.

Sonó a desafío. Tal vez lo fuera y tal vez si no lo hubiera necesitado tanto, no habría aceptado.

Metí la parte del cuerpo por dentro de la falda, volví al pasillo y me puse a cuatro para seguir limpiando, mis pezones casi rozaban la madera y notaba mi entrepierna húmeda. Era consciente de que él me seguía y contemplaba, que su visión era muy distinta a la mía y que cada vez sentía menor vergüenza y mayor excitación.

Cuando terminé de limpiar el suelo lo busqué con los ojos, pero no estaba. Se acercaba la hora de comer y fui hasta la cocina, revisé lo que había en la nevera y estuve tentada a limpiarme los pecho y subirme el vestido.

No sé por qué no lo hice, pero no lo hice y cuando él entró en la estancia y me vio de perfil, con los pechos al aire, removiendo la salsa con la cuchara de madera, volvió a sonreír.

Le serví un plato de espagueti a la boloñesa, él se llenó una copa de vino y aguardé expectante a que se llevara la primera cucharada a la boca.

—¿Le gusta? —pregunté. Él se limpió las comisuras de los labios, dio un trago largo, recorrió mis pechos y mi cara y profirió un «delicioso», que sembraba la duda sobre a qué hacía referencia.

Cuando él terminó hizo que me sentara y quiso que comiera frente a él. Una gota de salsa se desplazó de mi barbilla al pezón y él hizo un gesto anticipándose para que no hiciera nada.

—Sigue comiendo.

Su mano estaba oculta bajo la mesa. Tragué con fuerza porque imaginé que se estaba masturbando mientras me veía comer, lo que me volvió bastante torpe y la salsa volvió a gotearme otra vez sobre el canalillo, dejando un reguero rojizo entre mis pechos.

Él se relamió. Y pude imaginarlo desplazando su lengua para limpiarme.

Descarté la imagen. Lo que no quitó que sintiera excitación ante ella. ¿Qué me ocurría? No estaba segura, solo que la mirada de ese hombre y exhibirme ante él, me ponía cachonda.

Cuando llegó la noche me di una ducha larga y me masturbé. Lo hice pensando en cómo sería bañarme frente al señor Briceño, cómo sería enjabonar mis partes frente a él y meterme uno, dos incluso tres dedos.

Pellizqué uno de mis pezones y jadeé con fuerza, mientras iba llenándome por dentro. Llevaba el día tan al límite, que en cuanto mi mano izquierda se puso a frotar el clítoris, ayudando a la derecha que ya había encajado cuatro, me rompí, eyaculé dejando caer un chorro que se diluyó con el agua de la ducha.

No estoy muy segura si mi grito se escuchó fuera del baño, lo que sí sé es que jamás había tenido uno tan bestia. Necesité apoyarme contra las baldosas hasta recuperarme. Todo mi cuerpo temblaba y notaba los coletazos del orgasmo reberberando por mi cuerpo.

Me sequé con un albornoz suave y salí al pasillo con él puesto. La casa estaba en silencio, Lucas dormía y supuse que mi jefe también lo hacía.

Cuando entré en mi cuarto vi un precioso camisón de gasa transparente, junto con una nota y cien euros.

«Gracias por quedarte y ser tan complaciente, me alegra que disfrutaras de tu orgasmo, la próxima vez deja entreabierta la puerta del baño. Dulces sueños Lucía».

Acaricié la pieza que no dejaba nada a la imaginación y gocé de su tacto sobre mi piel. Guardé el dinero en el cajón y tentada fui hasta la puerta para dejarla entreabierta, por si el señor Briceño era de sueño ligero.

Dejé prendida una pequeña luz quitamiedo y me dormí imaginando que él me observaba mientras dormía.