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Caprichos de una gata

No es él quien la doma, es ella quien decide cuándo y cómo jugar. Con Pablo atado a la cama y la mirada de una desconocida posándose sobre él, Mariela transforma la habitación en su escenario, recordándole que a las gatas no se las doma, se las mima.

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CAPRICHOS DE UNA GATA.

Aunque este relato puede leerse independiente, conviene leer los anteriores de la serie: “Me encontré con una gata” y “Domando a una gata” escritos por charlines y “Caprichos de una dama” de esta autora

Desnuda bajo la bata de baño, salí a la terraza, encendí un pucho y miré el cielo estrellado tras la lluvia La tela de albornoz rozando mis pezones, muy sensibles por los juegos a los que se habían visto sometidos, me excitaba, me lo abrí para sentir en mi piel el fresco de la noche mientras disfrutaba de las caladas, con la otra mano me toqué el chichi notando como la cima de mis tetas se erizaba. Sonreí para mis adentros al pensar que a una gata no se la doma, se la mima.

Pablo me había usado, jugado conmigo, con mi carne, con mi cuerpo, pero también con lo más íntimo de mí. Yo lo había aceptado, y él sacó lo que tengo de sumisa, pero yo no soy una mujer que solo se deja hacer, soy una gata en el sexo. Él me gustaba, sabía coger y sabía comer la concha, algo importante para ser un hombre, pero toda felina tiene un punto de pantera. Yo lo había hecho y estaba segura que él había gozado como el cerdo vicioso que era. Fue fácil.

No tenía veinte años y el coger apasionado le dejó adormecido. Todo el instrumental estaba allí, traído del sexshop. Así que agarré las esposas y se las puse, con una cuerda de seda las até al cabezal de la cama. Se despertó cuando le acababa de atar los pies juntos y hacía el nudo en la pata de la cama.

- ¡ Mariela!.... ¿ Estás loca?... ¿ Qué haces?

- Voy a gozar de un semental, de un macho cabrío...y te voy a volver loco...mi bestia.

Antes de que chillara le metí la mordaza de bola en la boca.

- Así..calladito...me gustas...cabronazo.

Le agarré la polla que se había comenzado a poner dura.

- Ves lo vicioso que sos... te gusta ser mi juguete. A las gatitas nos divierte jugar con nuestras presas, antes de comerlas. Y tu, mi grandullón, sos mi nene golfo, con esa pija que me vuelve loca.

Me paré a su lado y comencé a acariciar su pecho, primero con las yemas de los dedos, después arañándole despacio, para que sintiera mis uñas. La verga se iba poniendo más y mas dura. Le escupí en el cabezón, mi saliva empezó a bajar por polla. La agarré, subí y bajé mi mano muy muy despacio, al tiempo que volví a su pecho para lamerlo. De vez en cuando le miraba a los ojos, que despedían una mezcla de lujuria y temor. Estaba en mis manos, él lo sabía y le excitaba aunque también le asustaba un poco.

- Cariño... ¡ qué vergota tenés!...es como una columna dórica..

Dejé de masturbarle, no quería que se corriera, necesitaba macho enhiesto durante un buen rato. Pasé mi lengua por el pecho, bajé por el vientre, y fui a los muslos, subí hasta los huevos, los lamí. Tenía la pija dura. Y volví al pecho. Los hombres también tienen los pezones sensibles, los ataqué con mi boca. Lamí, chupé una y otra vez. Al hacerlo mis senos le rozaban, a mí me excitaba sentir su piel contra mis puntas erectas y sensibilizadas, aunque me di cuenta que era él el que se ponía mas y más cachondo. Le mordí los pezones, al principio suave, luego fuerte para que le doliera.

- ¿ Te excita el dolor?...cabronazo...mira como tienes la polla...como un piedra

Dejé de morderle para retorcerlos fuerte con mis dedos, al tiempo que daba una lamida a su mástil. Sus ojos despedían fuego, mientras yo recorría su glande con la punta de mi lengua sin dejar de pellizcar sus pezones.

- Mi semental, te voy a montar como lo que sos...un buen caballo pero antes voy a comer algo que tengo hambre. No solo de semen vive una mujer.

En la heladera de la habitación había bebidas, aceitunas, frutos secos y chocolates. Miré en la carta del servicio de habitaciones, a todas horas te servían jamón y queso. Me apeteció y pensé que volvería el jovencito que me había follado. Así que llamé y pedí una ración de jamón y queso, con algo de pan. El sexo me había despertado necesidad de proteínas e hidratos de carbono. Mientras hacía el pedido, notaba el apuro de Pablo de que le vieran así: atado, sometido.

- Mi vicioso...te voy a tapar para que parezca que estás dormido, pero vas a poder ver como abuso de Pedro, el chico que me va traer la comida. Que a vos te gusta ver como me folla otro...pedazo de golfo.

Le di un beso en la frente, mitad maternal, mitad juguetón. Me puse el albornoz, no era cosa de recibir la comida desnuda. Me miré en el espejo, estaba guapa, el sexo me pone mas atractiva.

Llamaron a la puerta, abrí ilusionada esperando encontrarme con mi futuro juguete, pero la mujer propone y Dios dispone. La persona que traía la bandeja era una chica. La hice pasar para que dejara la comida en la mesita junto a la terraza. Era una mulata de unos treinta años, guapetona, de labios jugosos, vestía el uniforme del hotel: camisa blanca con el logo y pantalón azul oscuro. Me miraba muy curiosa. Caí por qué. Yo llevaba el collar de cuero al cuello. Le sonreí cómplice.

- Es que estoy jugando con mi marido, por eso llevo este collar de tigresa.

- Señora, todo me parece bien. Les dejo.

Y entonces se me ocurrió, fue un rayo que me dio y se lo solté:

- ¿ Qué prefieres 5 euros de propina o dar 5 fustazos a un hombre atado?

La cara le cambió. Una sonrisa enorme me dejó ver su perfecta dentadura nívea.

- ¿ De verdad puedo pegar a su hombre con una fusta?

- Sí..si quieres...como ves yo soy una sudaca un poco india

- Y yo una caribeña un poco negra.

- Venganza al hombre blanco...piernas, pecho, manos o pies.

- Prefiero azotar, no lo he hecho nunca y me apetece...ser yo la que manda.

La pasé el brazo sobre el hombro aunque era mas alta que yo, fuimos al interruptor y encendimos la luz de la habitación. Pablo nos miraba excitado, se le notaba porque la sabana blanca parecía una montaña levantada por su polla enorme y dura. Tiré de la tela y apareció su aparato.

- Señora, su marido tiene una minga preciosa.

- Me llamo Mariela y vos

- Andrea, aunque me llaman Andy...¿ Puedo tocarla?

- Sí...cariño pero no quiero que se corra...tengo que cabalgarlo.

- Mariela, si quiere le hacemos un nudo en la base de la pija y así tardan mucho mas en soltar la leche. Yo conocí a un japonés que lo hacía y funcionaba, cogía horas sin salirse.

Yo estaba divertida, mi amante atado, excitado, con la polla en alto, sin poder decir nada, aquella mujer emocionada y feliz de tener un juguete como mi macho cabrío dando ideas. Había perdido el respeto porque en un tris tras agarró un trozo de la tira de seda y le hizo en nudo con lazada en la base de la polla de Pablo.

- Así cuando lo montas te roza el clítoris- me aclaró en plan compinche.

Le di la fusta, se quedó mirando su presa, sonrió feliz y le dio el primer fustazo en el pecho, a la altura de los pezones. Pablo cerró los ojos por el dolor, solo le había dejado un poco de color en la piel. Tenía claro que no debía pasarse. El siguiente fue en los muslos, cinco dedos por encima de la rodilla. Yo estaba muy caliente, y empecé a tocarme. La chica me miró, vino hasta mí y me besó.

- ¿ Te gusta verlo...tan sumiso?

Volvió a darle con la fusta, esta vez se concentró, me di cuenta lo que hacía. Le golpeaba cada vez más cerca de la polla. Muslos, vientre y muslos, este último azote casi le da en los huevos. Se paró, sonrió dueña de si misma, dejó la fusta en la cama, se me acercó y me volvió a besar pegándose a mí y metiendo la lengua ente mis labios. Yo me entregué y me apreté más contra ella. Nos separamos jadeando.

- Muchas gracias...me has dado una alegría que nunca pensé iba a vivir. Tengo que volver a trabajar, estoy todos los días, solo libro los martes y salgo a las 8.30 por si quieres que nos veamos. Y de nuevo muchas gracias.

Se separó de mí y con un gracioso contoneo fue a la puerta y se marchó.

Yo tenía a mi macho atado, amordazado y con una verga gorda, dura y en alto, y que iba a aguantar un muy largo rato sin descargar su leche y flojear. Me relamí. Fui a la pequeña heladera y vi que había un botellín de vino de rioja, lo saqué, lo abrí y me serví un vaso. Me quité la bata, puse el plato con jamón y queso encima de la mesilla, agarré un pedazo de jamón y me lo comí. El espejo me devolvía la imagen de una hembra incitadora y con ganas, porque estaba salida, desmadrada, me iba a poner de coger y de pija hasta hartarme. Me moví felina, insinuante, comiendo y bebiendo viéndome reflejada en la lamina de cristal. No aguante más, fui a la cama, me subí, puse un pie a cada lado de sus caderas y mirando sus ojos que ardían de deseo y lujuria, bajé despacio hasta que arrodillada mi coñito sintió su cabezón rozando.

Y me empalé, fue entrando despacio, muy despacio hasta que mis labios íntimos rodearon la lazada que tenía Pablo en la base de la polla. Yo estaba salvaje y feliz. Comiendo un jamón y un queso estupendos, bebiendo un tinto alegre y con una pija maravillosa dentro de mi vagina mientras el nudo de seda acariciaba mi clítoris, pensé que estaba feliz, como una gata viciosa y pizpireta.

Tener una tranca como la que yo estaba gozando llenándome era un placer a disfrutar. Me movía arriba y abajo, adelante y atrás despacio o rápido mientras acababa las viandas. Sentí como me llegaba la ola, apenas me dio tiempo a dejar el vaso, y clavar mis uñas en los pezones de Pablo. Fue como un maremoto, que me llevó a la estratosfera. Recuperé el aliento, seguía con el espadón en mi sexo feliz. Su mirada reflejaba la entrega del macho que sabe que está para dar placer a la hembra poderosa. Yo estaba empapada, mis flujos me desbordaban, me levanté y giré de modo que mi concha que rezumaba mi intimidad de mujer se restregara sobre su cara, quería que me oliera, que mis jugos se deslizaran por su boca amordazada, que sintiera que era un juguete para mis deseos.

Y le volví a montar. Me sentía una amazona que galopaba sobre una caballo semental, disfrutando de la cabalgada. Agarré la fusta, le golpeé en los muslos para que se moviera al trote. Estuve cogiendo un rato enorme, logré estar en ese punto que bordeas el orgasmo como si surfearas la gran ola, gozando alegre, poderosa, ligera con aquella poronga dura dentro y que se movía al ritmo de mis azotes. Era hora de que soltase mi macho su leche. Me levanté un poco, lo suficiente para poder soltar el lazo y liberar su verga, me clavé, y con los músculos vaginales se la estrujé hasta que perdió el control de sus movimientos y culeó como un poseso soltando todo su semen. Yo me volví a venir descargando toda la lujuria acumulada en la cabalgada. Me limpié los restos de su hombría restregando mi coño sobre su cara.

Decidí un último juego. El huevo vibrante estaba esperando. Tenía la polla morcillona, hice que se girara un poco dejando la raja de sus nalgas a la vista, mojé los dedos con los flujos de mi coño chorreante y embadurné su esfínter. Y le metí el aparato. Lo volví a mover para que quedara cara arriba.

- Cariño...a los hombres os encanta el masaje de próstata. Yo le he hecho con los deditos, pero la máquina debe ser muuucho mejor. Así que vas a disfrutar como un nene malo que sos. Maquina y mi boquita para comerme esa picha...chiquitín vicioso... estoy pensando que vos me puedes lamer la concha si te dejo la boca libre y si te portas mal te doy unos fustazos en los huevos y en la minga que te dejan incapacitado por años. Así que no quiero oírte pedazo de cabrón.

Me puse sobre él, mi coño sobre su boca, le quité la mordaza y antes que fuera capaz de decir algo mi sexo tomó posesión de su boca mientras la mía se tragaba su verga que se estaba endureciendo. Él cumplía su parte, me lamía el coñito jugando con mi botón erecto de placer. Yo le chupaba la polla. Puse en marcha el huevo vibrante. No sabía cuanto iba a durar, no lo había hecho nunca. Pablo aceleró sus lamidas como impulsado por un fuego de lujuria, yo seguía mamando. Yo ya estaba casi en el lanzamiento, así que aceleré el vibrador. Y ahí se volvió loco, me comió como un poseso mientras soltaba su leche.

No dejé que se rehiciera, le volví a meter la bola de goma en la boca. Me levanté, le dejé solo atado, amordazado mientras me iba a duchar. Fui rápida, agua para quitar el sudor y el semen. Saí envuelta en el albornoz con unas enormes ganas de fumar. Agarré el paquete de Lucky, saqué uno, fui al balcón y me dí el placer insano de fumar.

Y allí estaba pensando qué hacer. Me di cuenta que no solo era yo la que debía decidir. Yo había entrado en el juego. Y me había gustado. Era un tipo con el que se podía disfrutar, tenía ese punto de perverso que me iba y si controlaba un poco su lado sado era un buen compañero de orgía.

Apagué la colilla y volví a la habitación. Pablo me miraba con ojos lascivos como si hubiera descubierto un camino para explorar.

- Cabronazo, sé que has gozado como el vicioso que sos. Ahora toca ver como sigue esto. Y vos decides.

- Opción 1. Vos sos un león y yo una leona y nos dedicamos a cazar. Seguro que tenés un compañero con una mujer que te apetece. A mi también me van las mujeres y has visto que soy muy abierta.

- Opción 2. Estás cabreado y solo tienes pensamientos tontos. Me visto, miro si algo de la ropa que has comparado me gusta, me quedo el collar de recuerdo y me voy avisando que suban a arreglar la habitación.

- Vos decides. Y siempre recuerda a una gata no se la doma, se la mima, y se juega con ella.

¿ Continuara?