El actor y la activista.
Él cruzó el océano en su jet privado por una chica que no compraba sus excusas. Ella le devolvió el golpe con la verdad y, sin embargo, la noche terminó entre sábanas y confesiones prohibidas. Ahora, él debe decidir si su amor es real o solo otra conquista más.
Se acercaba el 4 de julio y un popular actor de Hollywood se tomaba un coñac en su jardín situado en uno de los barrios más elitistas de Los Ángeles. En su piscina, su pareja, una modelo rubia y atractiva de 23 años y su hermana de 19 jugueteaban a pasarse un balón de playa mientras él, sujetando la copa, miraba hacia el horizonte oculto bajo sus lentes de sol. Pensaba que la vida no lo había tratado tan mal: a sus 48 años había logrado ser uno de los actores más reconocidos a nivel mundial, había logrado diferentes nominaciones a los Óscar, logrando uno de estos galardones, era rico, vivía en una gran mansión y cumplía una de las fantasías sexuales de la mayor parte de los hombres heterosexuales de su edad: acostarse con super-modelos rubias a las que iba sustituyendo a medida que alcanzaban los 25 años. Muchos hombres le envidiaban y también muchas mujeres lo detestaban porque consideraban que se aprovechaba de las jovencitas para satisfacer sus egoístas apetencias sexuales. Pero pese a todo esto él no era feliz con aquella vida, se preguntaba qué es lo que le faltaba.
Llegó el atardecer y contempló de nuevo la naturaleza en todo su esplendor. Una imagen de la que jamás se cansaba y en la que encontraba, en cierto modo, aquella paz interior que sentía que le faltaba. Fue cuando la recordó a ella: aquella niña de dieciséis años que, llevada por su activismo por el medioambiente, recorrió en barco el océano Atlántico para dar a conocer su discurso en contra del cambio climático. “¿Qué habrá sido de ella?”, se preguntó. Del bolsillo de su albornoz sacó su teléfono móvil y se metió en internet para buscar información sobre ella: ya no era aquella tierna adolescente que había ido a verle durante su visita a los EEUU para hablar de la lucha contra el cambio climático o de cómo su abuelo, que había sido actor en su país natal, había trabajado con directores de la talla de Ingmar Bergman. Aquella chiquilla ahora era una mocita de veinte años, la edad que él consideraba perfecta para comenzar una nueva relación con una chica. “¿Y si fuera en este momento a Europa para verla e intentar algo?” No era la primera vez que nuestro amigo acechaba a jovencitas veinteañeras, pero aquí sus motivaciones no eran tanto lujuriosas, sino que deseaba estar al lado de una chica cuyas metas en la vida fueran algo más que comprar en Beverly Hills los fines de semana y publicar stories en Instagram para conseguir seguidores y que las marcas de licor la patrocinaran. Aquella chica era algo más que una cara bonita, era inteligente, combativa y compartía su preocupación por el cambio climático. ¿Por qué perder la oportunidad de estar con una chica así?
Estaba decidido: cuando su novia y su cuñada entraron en casa para prepararse para una nueva sesión de juegos lésbicos incestuosos que normalmente le excitaban tanto, él llamó por teléfono al piloto de su avión privado y le dijo que se preparara en un par de horas, que partía para Europa. Subió arriba para ponerse elegante para su próxima conquista amorosa y le pidió a su mayordomo que avisara a su parienta de que se tuvo que ir de manera urgente a Europa porque Ridley Scott necesitaba a un actor que protagonizara su nueva película basada en la novela “Sinuhé el Egipcio” de Mika Waltari en Almería. Y de esa manera, un coche lo llevó hasta el aeropuerto de Los Ángeles y subió a su avión, donde le esperaría más de 14 horas de viaje.
Durante el trayecto, el actor consultaba las últimas noticias acerca de su combativa amiga, pero sobre todo se fijaba en sus fotos. “Desde luego es toda una mujer, ay, y me confesó que estaba enamorada de mí desde que me vio en aquella película con Kate Winslet, qué tonto fui que no vi las señales”, pensaba mientras besaba la pantalla del teléfono con sus fotos. Pensaba en cómo impulsaría aquella relación a la lucha contra el cambio climático: con su dinero y el carisma de ella todos se pondrían de su lado y este sería un planeta mejor. Pero quizás se estaba flipando un poco con sus fantasías.
Llegó finalmente al país de Europa donde se encontraba su amiga y le mandó un Whatsapp, pero lo dejó en visto. “Bueno, es que una chica como ella estará ocupada”, pensó. Así que fue al hotel y trató de que se le pasará el efecto del Jet Lag a base del alcohol del mini-bar. “Ah, la vieja Europa, cuántas películas habré hecho por aquí”, pensaba hasta quedarse dormido. Casi a las cuatro de la tarde, el sonido del Whatsapp le despertó. Era la chica, que le pedía disculpas por haberle dejado en visto, pero en ese momento estaba planeando una nueva protesta con sus compañeros de militancia medioambiental. Nuestro amigo le mandó una nota de voz diciéndole: “No te preocupes, cariño, sé que eres una chica muy ocupada y comprometida, como a mí me gustan. Sólo quería avisarte de que estoy aquí y me gustaría verte. Dime sitio y hora y quedamos. Un beso, muacks”. Parece mentira que alguien tan exitoso con las mujeres estuviera nervioso ante un encuentro con una chica, pero era así. Aunque suene a tópico romántico, contó las horas, los minutos y los segundos hasta que se reencontró con ella en la zona reservada de un restaurante vegano.
“¡Pero qué guapa estás!”, le dijo elogiando su belleza, “¡y cómo has crecido desde la vez que me viniste a ver en los EEUU!”. “Tú en cambio sigues igual de guapo”, le correspondió, “y dime, ¿sigues con aquella chica con la que te vi en las revistas sobre famosos?” “Ay, mi joven amiga, las relaciones a veces son un poco complicadas, pero no hablemos de mi vida personal ahora, quiero que me cuentes todo lo que haces por aquí”. Su joven amiga le estuvo contando todo lo que había hecho hasta ese momento y hubo un instante donde su mano se puso encima de la del actor, remarcando la complicidad del momento. Así que se lanzó y la besó, dejándola un poco confundida. “He de serte sincero, querida, siento algo muy fuerte hacia ti, me temo que he vivido siempre en un vacío existencial hasta que comprendí que me faltaba algo y ese algo eres tú.” La chica pareció enternecerse con sus palabras: “¿Y has venido desde EEUU hasta aquí sólo para decirme que me amas?” “Así es, mi amor, en cuanto supe que lo que me faltaba en mi vida es tenerte a mi lado cogí mi avión privado y…”, “Espera, espera, espera”, le interrumpió, “¿has venido desde Los Ángeles a Europa en un avión privado? ¿Tienes la más mínima idea de todo lo que afecta viajar en avión para la capa de ozono? ¿Acaso no sabes la cantidad de dióxido de carbono que un avión lanza a la atmósfera?”, dijo enfadada. “Pero, cariño”, continuó el actor, “necesitaba verte cuanto antes, no podía coger simplemente un barco y tardar semanas en volver a verte”.
Pero el deseo de la chica hacia él menguó. Se sentía decepcionada ante su actitud transgresora con la capa de ozono que hacía peligrar la propia existencia humana. “Vosotros los actores de Hollywood, con vuestras mansiones y vuestros aviones privados mucho <<bla, bla, bla>> con el cambio climático pero luego no hacéis nada para paliarlo. Lo siento, si he de elegir entre mi planeta, la casa de todos, y un actorzuelo que es más conocido últimamente por sus conquistas sexuales que por sus películas y que usa un avión porque tiene complejo de pene pequeño, tengo clara mi elección” y tras decir esto, se levantó y pagó su plato en la barra. Y nuestro actor se quedó en la mesa de aquel restaurante vegano, bebiendo aquel vino del Bierzo, mientras todo el mundo lo miraba con cara de espanto. Pidió la cuenta al camarero y decidió irse. Al salir del restaurante, mucha gente lo reconocía y se acercaba a él para pedirle selfies y, en un tono de señor mayor ebrio, les decía: “Si, soy el actor que interpretó a Luis XIV, ¿pero a quién le importa? Soy un hipócrita que pongo en peligro a todos” y tras decir esto, hacía un gesto como intentando asustarles, provocando cierto malestar entre sus fans.
Una vez que hubo descansado en el hotel, recapacitó y pensó que quizás su amiga la activista tenía algo de razón. Los actores de Hollywood pontificaban demasiado y no predicaban con el ejemplo. Sintió que todos esos reportajes sobre el cambio climático en los que había participado no eran más que una muestra de su hipocresía. En medio de tal desesperación, comenzó a llorar y se sintió sucio. Estaba en una de las mejores capitales europeas y no podía disfrutarlo. Todos aquellos sueños junto a su bella amiga se desvanecieron. Necesitaba un pilar donde sostenerse. Le escribió a su amiga diciéndole: “Necesito disculparme contigo en persona, dime un sitio para vernos”, a lo que ella le respondió, “no puedo quedar hoy, tengo una protesta importante contra una mina de carbón. Sé que no te importa, pero si quieres verme podrías venir esta noche a la protesta”. El actor comprendió que era la última oportunidad que tenía para impresionarla, así que decidió ir, pero lamentablemente, se quedó dormido de nuevo y cuando despertó comprendió que llegaría tarde. Se arregló con lo primero que pilló y bajó a recepción, donde le pidió al conserje que llamara a un taxi (“vamos a usar lo público y no tanto Uber”, pensó, intentando enmendar su clasismo de antaño). Indicó al taxista el lugar de la protesta y para despejarse no tuvo mejor idea que recurrir a esnifar cocaína que le había dado durante un rodaje un productor.
Al llegar al lugar, vio a su amiga con un altavoz alentando las protestas y fue cuando la policía entró en acción reprimiendo con sus porras a manifestantes varios. Se asustó al principio, pero cuando vio que dos policías arrastraban a su chica por el suelo, los efectos de la cocaína florecieron y agarrando un adoquín se lo arrojó a uno de ellos dejándolo KO, mientras que al otro le retó “ven a por mí, ¿qué? ¿Que no te atreves conmigo?” y aunque logró golpearle el policía logró vencer en la pelea y lo electrocutó para impedirle el movimiento. Fue llevado inconsciente a comisaría. Al despertar, se vio con la cabeza reposando entre las piernas de su joven amiga, que acariciaba su rostro de manera tierna. Cuando vio que despertaba, llamó al resto de manifestantes que estaban en la celda. “¿Ha despertado?”, dijo un chico melenudo, “tío, eres nuestro héroe. Siempre te hemos admirado por tus películas, pero está claro que el mejor de todos tus papeles es el que interpretas en la vida real. Cómo mola la manera en que te has enfrentado a todos esos matones al servicio del estado para defender la lucha contra el cambio climático”. Y todos los demás le aplaudieron. El actor le pasó por lo alto el brazo a la chica y dijo: “¿Y qué pasará ahora con nosotros? ¿Nos meterán en la cárcel o algo así?” Y mirando la cara de admiración de la chica, a la que había logrado reconquistar, dijo: “En fin, llamaré a mi abogado para que pague a todos los que estamos aquí la fianza”. Y de nuevo gritos de júbilo en honor a nuestro amigo.
Al salir, mucha gente salió a recibirlo en medio de aplausos y la chica, a la que tendieron un altavoz, comenzó a corear al actor, que se ruborizaba ante tantas muestras de afecto. Para la juventud se convirtió en un icono, como Jane Fonda antaño. Para el sector más conservador era un hippie y un casquivano, pero simpatizaban con él porque al contrario de otros, no había abusado de ninguna actriz ni estaba metido en la Cienciología. La chica, cuyo amor había reconquistado, pidió acompañarlo al hotel.
Allí le empujó hacia la cama, dejándolo tumbado y le dijo: “Lo de hoy ha sido increíble, puede que no seas el ecologista perfecto pero me has puesto muy cachonda” y acto seguido comenzó a besarle por la boca, el cuello… Le pidió que se quitara la camisa y empezó a besarle el torso. “Eres preciosa, la chica más hermosa del mundo”, le dijo el actor. “Uf, necesito que me poseas”, y se quitó la camiseta, mostrando sus pechos con el sujetador. Nuestro amigo cobró vigor y agarrándola por los hombros, la tendió sobre la cama, como si fuera el macho dominante de la manada y se quitó con agresividad la camisa, rompiendo todos los botones. Dirigió sus manos hacia los botones del pantalón de la chica y los desabrochó, bajándole con mucho impulso los pantalones y dejándola en braguitas. Él empezó a besarle los pechos por encima del sujetador, que acabó quitándole, y le acariciaba las piernas, aunque sus manos poco a poco avanzaron hacia sus firmes glúteos, que manoseaba mientras besaba su rostro y olía sus cabellos rubios. Así estuvieron un rato, hasta que dijo: “Ahora vas a ver lo que es bueno” y bajó su rostro por su torso, llegando a la cintura. Le cogió por ambos extremos de su delgada cintura la braguita y la bajó hasta las rodillas. Se enredó en ellas, introduciendo su cabeza y se dispuso a lamerle el clítoris, mientras ella gemía de placer y le tiraba del pelo.
Nuestro actor le estrujaba con las manos los glúteos, como si amasara pan, y logró con sus lamidas que la chica tuviera un orgasmo. Pero no quería que la cosa quedara así, pues él aún seguía a cien. Cogió una botella de agua fresca del mini-bar y se lo ofreció, y cuando ambos bebieron le lanzó, en plan juguetón, un poco de agua sobre la cara y los pechos, empezando después a lamerla. “Dios, eres preciosa, deja que disfrutemos más”, le dijo. Y el actor se desabrochó el pantalón, habiendo en su calzoncillo ciertas manchas a causa del líquido preseminal y mostrando su erección a la chica, ella le dijo “quiero que me penetres”, por lo que, bajándole del todo la braguita, la penetró vaginalmente mientras lanzaba un grito mezcla de dolor y de placer. El actor, situado encima de la chica, la introducía una y otra vez y cada una de esas embestidas le parecía mágica, como si fuera su primera vez con una mujer, algo que nunca había sentido con sus otras jóvenes amantes. Había algo más que atracción sexual. Existía una conexión emocional y espiritual en medio de aquel acto sexual. El actor la miró a los ojos: aquellos preciosos ojos verdes parecían por un momento que contemplaban su alma, como si hubiera una complicidad especial entre ambos. Aquello lo encendía más y empezó a lamer su cara mientras con las manos tocaba sus pechos.
“Creo que me voy a correr”, le dijo. “Hazlo dentro de mí, soy toda tuya”, y esa total entrega sexual se la endureció aún más, así que, antes de eyacular completamente, puso su mano sobre la nuca de ella, agarró su pelo enredando su melena entre sus manos, y tirando de ella elevó su cara para besarla una vez más antes de correrse dentro de ella mientras ella pegó un pequeño grito de dolor. Tras eso, el actor cayó a su lado en el colchón, completamente exhausto y ella se inclinó hacia él para darle un beso en la mejilla y luego otro en los labios, antes de proceder a dormir.
A la mañana siguiente, nuestro querido actor despertó solo en la habitación, sin saber dónde estaba la chica. En la mesilla de noche encontró una nota que decía: “Cariño, lo de anoche fue genial, pero creo que somos demasiado diferentes como para entablar una relación medianamente seria. Tú necesitas continuar tu carrera en Hollywood y yo no pienso irme a vivir a un país donde no se ha firmado el Protocolo de Kyoto. Espero que lo entiendas. Por lo demás, siempre tendrás una amiga en mí que siempre te respetará, pero trata de vivir más acorde con lo que predicas. Tuya: la chica activista”.
El actor, aguantándose las lágrimas, puso su nariz sobre el papel, que aún olía a su perfume. “Por suerte escondí bien su braguita al quitársela”, dijo a modo de consuelo nuestro amigo con una sonrisa pícara, sabiendo que conservaría aquella prenda íntima para siempre. “¿Y ahora qué? ¿Volverme a EEUU con las dos hermanas lésbicas esas? ¡Qué pereza! ¿Cómo se llamaba aquella chica palestina que detuvieron hace años por pegar a un soldado israelí? ¿Tendrá ya los veinte años?”
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