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Las tetas de la nueva amiga de mi hija (I)

Llevaba años sintiéndose invisible en su propia vida, hasta que una mirada azul y una secret guardada cambiaron todo. Ahora, entre el aroma a pintura y el deseo reprimido, Óscar descubre que la libertad tiene un precio muy dulce.

VickySG34K vistas9.2· 38 votos

La vida deja de ser vida cuando en vez de desear que el tiempo se detenga lo único que quieres es que pase cuanto antes para ir dejando atrás todo lo que te atormenta. Que sea el trabajo lo que te tiene amargado puede tener cierta lógica, pero cuando es la familia de lo que quieres escapar, todo se complica. Hasta que sucede algo totalmente inesperado.

Me casé a los veinticinco años estando muy enamorado, de otro modo ni se me hubiera ocurrido sacrificar mi preciada libertad. Cuando ese sentimiento se apodera de ti, realmente llegas a pensar que tu relación es la más especial del mundo, que va a durar para siempre. Todos pensamos lo mismo y muy pocos son los que no se estrellan contra la realidad.

A partir de la boda llegaron los primeros problemas, o simples malentendidos, como Maite, mi mujer, prefería llamarlos. Manías que hasta ese momento no había manifestado y que empeoraban considerablemente nuestro día a día, la sensación de que ya no quería pasar tanto tiempo conmigo o el considerable descenso del número de polvos mensuales.

Ella solía echarle la culpa de todo eso a la rutina, en ningún caso a la falta de amor por su parte. Obviamente, yo no me cuestionaba mis propios sentimientos, creía seguir estando segurísimo de ellos, pero Maite me cuestionaba alegando que antes de casarnos no le ponía tantas pegas. Era una bola que iba creciendo y que nos dedicábamos a pasarnos el uno al otro.

Coincidiendo con la primera vez que llegué a plantearme que quizás ella tenía razón y ya no la veía con los mismos ojos, llegó la noticia que hizo que cualquier duda quedara aparcada de manera indefinida. A pesar de los pocos intentos y del cuidado que teníamos siempre que lo hacíamos, Maite se había quedado embarazada.

Siempre quise ser padre, así que no me llevé las manos a la cabeza al enterarme, aunque sí me preocupaba que esa criatura naciera en un hogar que parecía ser un poquito menos feliz cada día que pasaba. Por fortuna, el embarazo nos unió, quizás porque le daba a Maite una excusa para todas esas cosas que yo no soportaba y a mí para hacer la vista gorda.

Tras nueve meses de tregua, nació Carlota. Esa niña tan diminuta era nuestra salvadora, la llamada a volver a llenar de paz y amor nuestro hogar. Recuerdo los años siguientes a su nacimiento como los mejores de mi vida, los más bonitos de mi matrimonio, eso seguro, aunque en el trabajo las cosas no fueran como a mí me hubiese gustado.

Cuando decidí estudiar periodismo lo hice pensando que me dedicaría a investigar, a destapar la corrupción política, pero varios años después de acabar la carrera me encontraba trabajando en un periódico con una ideología totalmente opuesta a la mía. Aunque la idea era dejarlo en cuanto surgiera otra oportunidad, no es fácil abandonar un empleo estable.

En otras circunstancias me podría haber planteado la posibilidad de decir basta y buscar hasta debajo de las piedras un nuevo trabajo, pero la llegada de la niña lo cambió todo. Aunque Maite comenzara a ser una reputada abogada, aún no ganaba suficiente como para que yo pudiera estar un solo mes sin cobrar. Más adelante podrá ser, pensé.

Pero a partir de ese momento los años comenzaron a pasar uno tras otro a toda velocidad. Y nada, absolutamente nada, fue a mejor. Los primeros meses de mi matrimonio con Maite me parecían pura magia comparado con lo que se convirtió después, una vez que la niña dejó de ser graciosa y empezó a dar los problemas típicos.

- La semana que viene estaré fuera tres días.

- ¿Otra vez?

- Es lo que tiene que mis servicios sean reclamados en todo el país.

- Dijiste que te ibas a enfocar en casos locales.

- Solo si me dan prestigio.

- Pero la niña...

- No la llames así, sabes que ya no le gusta.

- Carlota se descontrola cuando tú no estás.

- Porque sabe que eres blando, Óscar.

- ¿Y qué hago?

- Ponerle límites.

- Se los toma a broma.

- Pues dile que cuando vuelva se las verá conmigo.

- Eso es más probable que funcione.

No se podía decir que mi hija fuera mala, ni mucho menos, pero cada vez que Maite se ausentaba por trabajo, aprovechaba mi falta de autoridad para salir y no volver hasta que le daba la gana. Si un día cualquiera ya temía que le pudiera pasar algo malo a Carlota, mucho más cuando yo era el único adulto, en teoría, responsable.

La situación en casa estaba descontrolada, ¿y en el trabajo? Controladísima, ese era mi mayor problema. Casi dos décadas después, seguía atornillado a la misma silla, de la misma oficina, de la misma redacción, del mismo periódico, escribiendo las mismas columnas de una opinión que en realidad no era la mía, pero me tocaba fingir que sí.

Si hubo una época en la que creía que podía dejarlo, eso se terminó cuando mi jefe me dejó claro que si me iba se encargaría personalmente de que nadie en el sector me contratara. Ni un solo ascenso en ese tiempo, ni la más mínima subida de sueldo. Cualquier impulso de apostar por mi dignidad era sofocado de inmediato por Maite.

Lo único que lograba que me mantuviera mínimamente cuerdo era que casi todo el mundo a mi alrededor parecía estar de acuerdo en que mis tres problemas eran los mismos de la mayoría. Un matrimonio desgastado con los años, una hija en edad de ser rebelde y un trabajo que si no fuera por el dinero no tendría ningún sentido.

Me decía a mí mismo que si los demás lo soportaban yo también podía hacerlo, hasta que intenté profundizar más en cada uno de esos problemas, tomando la decisión de empezar por Carlota. A base de espiarla, cosa que no se debe hacer, escuché cómo le decía a una amiga que era un pringado y que hacía conmigo lo que quería, igual que su madre.

Oírlo de su propia boca me dolió, pero tampoco dijo nada que no supiera que pensaba, eso era más que evidente. Metido ya en el papel de investigador, decidí que había llegado el momento de despejar una sospecha que tenía desde hacía tiempo y que había preferido ignorar, por miedo a las consecuencias de saber la verdad.

Nunca se debe cometer un delito, mucho menos si hay una abogada de por medio, pero necesitaba espiar el móvil de mi mujer. Aunque casi siempre lo llevaba encima y era muy cuidadosa, incluso ella tenía despistes. Así fue cómo confirmé lo que llevaba tiempo sospechando: mi mujer me había puesto, al menos una vez, los cuernos.

En el vistazo rápido que le eché a sus mensajes pude comprobar que llevaba tiempo hablando con otro abogado, pero solo encontré una referencia explícita a un encuentro sexual. Podía callarme y seguir con la misma vida de mierda, o decirle que lo sabía y que saltara todo por los aires. Aunque decidí hacer lo primero, poco tardó en cabrearme tanto que no pude mantener la boca cerrada.

- De viaje otra vez, ¿no?

- Les digo que no me llamen, pero solo confían en mí.

- Ya, será eso...

- ¿Tienes algo que decir, Óscar?

- No.

- Recuerda que Carlota celebra este fin de semana su cumpleaños.

- O sea, que se irá de fiesta con sus amigas y no volverá hasta las tantas.

- Sí, pero antes vendrán todas a casa.

- ¿Para qué?

- ¿Tú qué crees? Para beber, es mucho más barato hacerlo en casa.

- ¿Y lo dices tan tranquila?

- Ya tiene edad de hacer lo que le dé la gana.

- Como tú.

- En serio, di ya lo que tengas que decir.

- Vete, que seguro que ya te están esperando.

- Si estás amargado porque tu trabajo es una mierda...

- Estoy amargado porque te follas a otro.

- ¿Cómo lo...? Quiero decir, es mentira.

- No me tomes por tonto, Maite.

- Fue algo sin importancia, tú tampoco debes dársela.

- Se la doy, le doy tanta importancia que quiero el divorcio.

- No digas eso ni en broma.

- ¿Me vas a decir ahora que no puedes vivir sin mí?

- En mi trabajo son muy conservadores y un divorcio podría dejarme sin ascenso.

- Dadas las circunstancias, eso no puede importarme menos.

- Será algo muy positivo para toda la familia.

- Esta vez no me vas a conven...

- Me están llamando, hablamos a la vuelta.

Puede que Maite se casara estando tan enamorada como yo, o no, pero en ese momento tenía claro que solo seguía conmigo porque laboralmente era lo que más le convenía. Aun así, logró quedarse con la última palabra y volvió a irse de viaje, sin que llegara a dejarla, de modo que tendría que vérmelas de nuevo con ella a su vuelta.

Ni siquiera sabía cuánto tiempo iba a estar fuera. En sus últimas ausencias ni siquiera se había molestado en decírmelo, simplemente se iba y no volvía a saber de ella hasta que estaba de nuevo en casa. Lo único seguro era que yo iba a ser el único que se tragara la dichosa celebración del cumpleaños de Carlota. Contaba con que saliera, pero no con que trajera a sus amigas a casa.

Entre los cuernos y el trabajo, no podía estar más amargado, así que lo único que me faltaba era que mi día libre la casa se llenara de jóvenes gritonas dispuestas a emborracharse antes de salir a Dios sabe qué. Obviamente, no podía pedirle a Carlota que cancelara ese plan, ya que tenía suficiente con que me ignorara, no quería que también me odiase.

El sábado a última hora de la tarde la casa comenzó a llenarse de jóvenes dispuestas a beber hasta estar lo suficientemente desinhibidas como para arrasar después en la discoteca o donde quiera que fuesen. En realidad, prefería no pensarlo, me bastaba con la noche en vela que iba a pasar esperando a que mi hija regresara sana y salva.

Esa era la idea como desentenderme y dejar que se divirtiera, pero llegó un momento en que hacían tanto ruido que temí que los vecinos se quejaran. Fue entonces cuando me acerqué para pedirles que bajaran la voz y mi vida cambió para siempre, pues resultó que, tal y como creía, no conocía a todas las amigas de Carlota.

Allí estaban las de siempre, esas muchachas a las que, en su mayoría, conocía desde los tres años, pero había una nueva. Esa rubia de ojos azules era más bien bajita y muy delgada, no tenía las curvas demasiado pronunciadas, aunque algo en su mirada me descolocó por completo. Tartamudeando, le pedí a Carlota que saliera un momento.

- Papá, dijiste que no nos ibas a molestar.

- Cariño, estáis haciendo mucho ruido, los vecinos se van a quejar.

- Ya le he dicho a Evelyn que no grite, pero es una loca.

- ¿Te refieres a la nueva?

- Sí, es la leche.

- Seguro que sí, pero dile que no grite.

- ¿Solo la has visto un segundo y ya le has cogido manía?

- No, yo no...

- Pues acostúmbrate, porque es mi nueva mejor amiga.

- ¿En serio?

- La vas a ver mucho por aquí.

- Va-vale.

Sería muy escandalosa, pero la idea de tenerla a menudo por casa no me disgustó en absoluto, de hecho, me parecía la mejor noticia que había escuchado en mucho tiempo. Aunque tenía ganas de asomarme a la habitación de nuevo para verla, me contuve y no me quedó más remedio que conformarme con echarle un último vistazo rápido cuando todas se fueron.

Durante un instante nuestras miradas se cruzaron y volví a ver el fuego en sus ojos, la lujuria, todo lo que me faltaba. Me iba a pasar el resto de la noche castigándome por haberme fijado en una muchacha de la edad de mi hija, pero había merecido la pena. De Maite ni siquiera me acordé, ese era otro punto a favor de la joven Evelyn.

Pensé mucho en ese ángel durante la noche, tanto pensamientos bonitos como otros un poco más sucios, y eso me permitió dormirme en paz, pese a que tenía la intención de esperar a Carlota despierto. Supe que me había vencido el sueño cuando me di cuenta de que ya había amanecido. Alarmado por la hora, fui a la habitación de mi hija para ver si estaba allí.

Al abrir la puerta me di cuenta enseguida de que mi hija dormía bajo su edredón. Tardé un poco más en observar que había alguien a su lado, destapada y casi desnuda, sin más ropa que unas braguitas. Era Evelyn, lo supe por su melena dorada. La escasa luz que entraba por la ventana me permitió comprobar que había subestimado su culo.

Estuve al menos un cuarto de hora mirando cómo dormía, observando esa espalda lisa y perfecta que terminaba en dos nalgas bastante pronunciadas, al menos para la poca carne del resto de su cuerpo. Esperé a que se moviera, a que se diera la vuelta, para ver si así me llevaba también una sorpresa con el tamaño de sus pechitos, pero permaneció inmóvil.

Volví y mi habitación y me metí en la cama, necesitaba dormir y no despertar hasta varias horas después, cuándo todo aquello me pareciera poco más que un sueño. Pero no logré pegar ojo, en solo tres vistazos esa jovencita se había convertido en una obsesión. La única explicación que podía darle a todo aquello era lo vacía que estaba mi vida.

Pero eso no hacía que lo que me estaba ocurriendo fuese menos real, todo lo contrario. Incapaz de dormir, decidí darme una ducha para iniciar el nuevo día. Bajo el agua caliente, me asaltaban constantemente las imágenes de Evelyn casi desnuda y sin darme cuenta me llevé la mano a la polla y comencé a masturbarme.

Esa paja fue lo mejor que me ocurría en muchísimo tiempo, y no solo por lo falto de sexo que estaba, sino por las sensaciones, la satisfacción que me produjo más allá del placer. Estaba decidido a empezar el día a tope, a mostrar mi mejor cara cuando las chicas se despertaran. Lo hicieron al mediodía, y Carlota no parecía muy contenta con verme tan alegre.

- ¿Por qué sonríes tanto?

- Porque estoy contento.

- ¿Desde cuándo?

- Es domingo, no tenemos nada que hacer, voy a preparar algo rico para comer...

- ¿Te importa que Evelyn se quede?

- Claro que no. Si es importante para ti, para mí también.

- Bueno, tampoco te pases.

- ¿La noche fue bien?

- Supongo que sí, aunque creo que ella se lo pasó mejor que yo.

- ¿Por qué lo crees?

- Desapareció un rato, como suele ser costumbre.

- Pero eso no quiere decir nada.

- Y tanto que sí, sobre todo cuando tienes fama de puta.

- No digas eso de tu amiga.

- Tranquilo, si a ella no le importa, está incluso orgullosa.

Qué difícil se me hizo no pensar que si eso era cierto, quizás incluso alguien como yo podía tener una oportunidad con esa preciosidad. Sabía que solo me estaba engañando a mí mismo, pero aun así intenté mostrarme encantador durante todo el día, aunque probablemente solo consiguiera meter la pata con mis balbuceos.

Cualquier otro domingo Carlota no me hubiese prestado la menor atención, se hubiera encerrado en su cuarto, pero ese día las dos estuvieron todo el rato conmigo. Aunque notaba que mi hija no se sentía cómoda, Evelyn hablaba sin parar mientras yo trataba de seguirle la conversación sin parecer lo patético que sabía que era.

No me tenía a mí mismo por un hombre incapaz de dominar sus impulsos, pero con esta joven todo había cambiado. Ya era casi de noche cuando decidió que era el momento de volver a su casa y fue a la habitación de Carlota para vestirse, ya que llevaba todo el día con la ropa cómoda que mi hija le prestó. Recurriendo a mis dotes de espías adquiridas por culpa de Maite, pegué la oreja en la puerta para escucharlas.

- Tu padre es muy majo.

- Es un pesado, nunca lo había escuchado hablar tanto.

- Pues a mí me ha parecido adorable.

- Todos los hombres te lo parecen.

- Pero unos más que otros.

- ¿Me estás queriendo decir que te lo tirarías?

- No sé, para mi gusto, le falta un poco de seguridad.

- ¿Qué quieres decir?

- Tartamudea al hablar, se traba con palabras muy sencillas.

- Mi madre lo tiene castrado.

- Eso no es cierto, me he fijado y tiene un buen paquete.

- Evelyn, ¡qué asco!

- ¿Nunca te has fijado en la polla de tu padre?

- Por supuesto que no.

- Ya te contaré si se la llego a ver.

- Ni se te ocurra ir a por él.

- ¿Te da miedo que tus papis se separen por mi culpa?

- Eso me da igual, de hecho, estoy segura de que mi madre se folla a otro.

- Es de las mías, una mujer inteligente.

Estaba tan impactado por lo que acababa de escuchar que no fue capaz de reaccionar hasta que me dieron con la puerta en las narices. Antes de que ninguna de las dos me preguntara qué hacía allí, le propuse a Evelyn acercarla a su casa, ya que había oscurecido. La cara de mi hija no fue precisamente de felicidad, pero su amiga reaccionó con entusiasmo.

Tenía una misión: parecer seguro de mí mismo durante el trayecto hasta su casa. Ella me preguntó por mi trabajo, que no era un tema con el que pudiera lucirme, dado lo puteado que me tenían, pero opté por contarle únicamente la parte buena, empezando por los años en la facultad de periodismo. Estaba logrando hablar sin atascarme.

Evelyn me pidió consejo de cara a su futuro y yo le dije que tenía que hacer en todo momento lo que su corazón le dictara. Quizás eran unas palabras vacías, pero le podían ahorrar todos esos agobios que yo padecía por vivir sometido. Cuando llegamos, la amiga de mi hija se despidió con un fuerte abrazo y un beso en la cara. El contacto más cálido que había sentido en años.

A partir de aquel momento mi vida cambió. Si podía atraer a esa muchacha, aunque fuese mínimamente, también podía hacer cualquier cosa que me propusiera. Estaba dispuesto a cantarle las cuarenta a mi mujer, pero como no tenía fecha de regreso, comencé sacándome de encima el lastre que suponía mi trabajo. Iban a volar cuchillos en el despacho de mi jefe.

- ¿Me ha llamado, señor?

- ¿A ti se te ha ido la cabeza?

- ¿Lo pregunta por algo en concreto?

- Por el artículo que has escrito, has llamado hijo de puta al presidente.

- Creía que me pagaban por dar mi opinión.

- Siempre que encaje con la línea editorial del periódico.

- A mí eso no me suena a periodismo del bueno.

- Me da igual a lo que te suene a ti, aquí mando yo.

- Si no le gusta lo que he escrito se lo puede meter por el culo.

- ¿Perdona?

- Estoy harto de fingir, me marcho.

- Si sales de este despacho no volverás a ejercer de periodista.

- Llevo veinte años sin hacerlo por su culpa, no hay problema.

- Muy bien, Óscar, ahora resulta que tienes pelotas.

- Menos de las que debería, si no iría a denunciar todo lo que sé de usted.

- Cálmate, todavía podemos llegar a un acuerdo.

- Aquí se queda, marioneta del poder.

Me había quedado sin trabajo, pero salí de ese despacho con la sensación de pesar cincuenta kilos menos. Lo primero que hice fue ir directo a una tienda por la que siempre pasaba y me quedaba mirando el escaparate. Quería pintar, esa había sido mi pasión oculta durante muchos años por miedo a que Maite se burlara de mí.

Gasté un dineral en pinturas, lienzos y un buen caballete, todo lo necesario para volcarme por primera vez en mi vida en una auténtica pasión. Carlota se quedó alucinada, no sabía si para bien o para mal, pero tendría que acostumbrarse, porque eso, junto a la paja de las mañanas en la ducha, eran nuevos hábitos que habían llegado para quedarse.

Una semana después de marcharse, mi mujer aún no había regresado, cosa que no podía hacerme más feliz. Sin embargo, la que cada vez pasaba más tiempo en casa era Evelyn. Casi todas las tardes, por un motivo u otro, aparecía por allí, y siempre dedicaba un rato a charlar conmigo y le explicaba cómo iban evolucionando mis obras.

Quizás era solo sensación mía, o estaba influenciado por lo que escuché tras la puerta, pero tenía la sensación de que esa chica realmente me miraba con deseo. Al menos me prestaba una atención que jamás había obtenido por parte de mi hija, y eso ya me tenía con la moral por las nubes. Que Carlota se enfadara me hacía pensar que igual yo no era el único que se había dado cuenta.

- Lo que estás haciendo es repugnante.

- ¿A qué te refieres, hija?

- No te hagas el tonto, intentas seducir a mi amiga.

- ¿En serio crees que tu viejo padre podría ligar con una chica tan joven?

- Eso es lo que te crees, porque cometí el error de decirte que era un poco puta.

- Son imaginaciones tuyas, Carlota.

- Pues se lo voy a decir a mamá cuando vuelva.

- ¿Sabes algo de ella?

- Sí, mañana la tienes aquí de nuevo.

- Vaya... se acabó la tranquilidad.

Pensé que con el regreso de Maite volvería el mal rollo, pero no fue así, básicamente porque ya no me importaba. Cuando quería discutir la ignoraba, y cuando se acercaba a mí con buenas palabras, también. No me interesaba su opinión sobre el nuevo rumbo que había tomado mi vida, solo estaba centrado en la pintura... y en Evelyn.

Lo peor de su presencia en casa era que la amiga de nuestra hija no volvió a aparecer por allí. Por suerte, mi mujer no tardó demasiado en volver a irse, solo un par de semanas, y eso volvió a abrir las puertas a Evelyn. Era imposible no pensar que su ausencia se debía a que solo quería verme cuando mi mujer no estaba.

El punto más alto que alcanzó esa tensión sexual que se suponía que solo existía en mi cabeza llegó otro sábado por la tarde, cuando Evelyn me pidió que le enseñara a pintar. Yo no era precisamente un experto, así que le volví a dar un consejo similar: que dejara que fuese el corazón y no su mano quien guiara al pincel.

Tras intentarlo, dijo no estar conforme y me pidió que fuese yo quien la guiara, ya que decía no tener el pulso demasiado firme. Se colocó delante de mí, muy pegada a mi cuerpo, y yo le sostuve la mano con la que sujetaba el pincel. La envolví suavemente con mis manos y comenzamos a pintar. Rezaba para que no se diera cuenta de lo empalmando que estaba... o para que sí lo notara.

Estaba a punto de rodearla por la cintura cuando Carlota irrumpió en el salón. Con total naturalidad, Evelyn se fue detrás de ella, como si solo un instante antes no hubiera notado mi duro paquete sobre su culo. A los pocos minutos comenzaron a gritarse y yo me encerré en mi habitación, no quería que aquello me salpicara. Al poco de cesar la discusión, la joven apareció para despedirse.

- Tengo que irme.

- ¿Qué ha pasado?

- Carlota se ha enfadado, sabía que iba a ocurrir.

- Pero ¿por qué?

- Creo que ya se me nota demasiado lo que siento por ti.

- ¿Por mí?

- Te quedas embobado cuando me ves, como todos, pero tú me miras a los ojos.

- Porque son los más bonitos que he visto en mi vida.

- Seguro que eso ya se lo habías dicho antes a tu mujer.

- En mis cuarenta y cuatro años he dicho muchas cosas, pero ninguna tan cierta.

- Estás muy distinto a cuando te conocí hace unas semanas.

- Porque tenerte cerca me ha devuelto la alegría.

- Si hago lo que ahora mismo quiero, quedaré marcada para siempre.

- ¿Y qué es lo que quieres?

- Besarte.

- Tú decides, Evelyn, pero me honraría que posaras tus labios sobre los míos.

Tenía toda la razón, ya no era el mismo y se lo debía a ella. Sentir su atracción me había cambiado para mejor, me dio el impulso que llevaba tantos años necesitando. Me cambio culminó en el momento en que Evelyn me rodeó el cuello con sus brazos y finalmente me besó. Rodeándole la cintura con un brazo y acariciándole en la cara con la otra mano, se lo devolví.

Nos dejamos caer sobre mi cama sin parar de besarnos, con mucha dulzura, pero con la boca cada vez un poco más abierta, hasta que las lenguas se encontraron. Aunque su fama me había hecho imaginarla como una chica salvaje, Evelyn se tomaba tiempo en cada beso, parecía disfrutarlos como si fuera los primeros que daba.

Recorrí su cuerpo entero con mis manos, hasta que encontré acomodo en la entrepierna, palpando por encima del pantalón lo caliente que estaba. Ella hizo algo similar, aunque no me la tocó durante demasiado tiempo. No podía creer que me estuviera pasando a mí algo así, que me estuviera comiendo a besos a una muchacha tan bonita.

Mientras estimulaba muy despacio su rajita, aún por encima del pantalón, la seguía besando por todas partes. Besé sus carnosos labios, su cara, su cuello... quería seguir descendiendo y hacerle muchas cosas más, pero debía asegurarme de que los dos queríamos lo mismo. Le miré fijamente a sus hipnóticos ojos azules y ella sintió.

Con ternura, me deshice de su pantalón y la volví a ver en braguitas, estaban húmedas. Antes de quitárselas, desabroché uno a uno los botones de su blusa, sabiendo que no llevaba sujetador. Los pezones rosados de dos tetitas pequeñas, pero muy firmes, me apuntaron directamente a la cara, pidiéndome que los probara.

Totalmente colorada por la excitación, Evelyn gimió cuando le sujeté los pechos y me los llevé a la boca. Besé y lamí sus pezones por turnos, los hice temblar como flanes entre mis manos, mientras ella movía las caderas de forma involuntaria, como si su cuerpo quisiera recordarme que entre las piernas tenía algo esperándome.

Sostuve cada uno de sus pezones entre mis dientes, con mucho cuidado, los tenía muy duros. Después inicié el tan deseado descenso. Un primer beso en el vientre vino seguido de otro, hasta llegar al ombligo y hacer una breve parada antes de asomarme al abismo. Cada milímetro de braguita que bajaba era un nuevo beso.

Mis labios se recrearon en la suavidad de su zona íntima depilada, me lo tomé con mucha calma, podía percibir el calor y el olor provocados por la excitación. Un último tirón y tendría ante mí su rajita, lista para que la degustara, previo paso a la penetración, a la unión de nuestros cuerpos. Entonces Evelyn susurró algo.

- Ten cuidado, por favor.

- ¿Cómo dices?

- Que intentes no hacerme daño.

- Pero si tú ya estás harta de hacerlo.

- Eso es lo que se cree todo el mundo.

- ¿Y no es cierto?

- Era la nueva y se me ocurrió que así podría encajar.

- ¿Me estás diciendo que sigues siendo virgen?

- Sí, pero quiero hacerlo, solo te aviso para que no te sorprendas si no lo hago bien.

- Esto es una gran responsabilidad.

- Sé el mismo hombre de estos días y todo irá perfecto.

- De acuerdo, Evelyn, voy a hacerte el amor.

Continuará...