Xtories

Tres… Dos… Uno...

Daniela lleva años sintiéndose invisible junto a su esposo, pero la mirada de un joven mulato en la playa de Formentera enciende algo que creía muerto. En una calle solitaria, la profesora y el alumno intercambian roles y secretos, culminando en una lección de placer prohibido que la sumerge en el caos de su propia deseo reprimido.

AlbertoXL22K vistas8.9· 9 votos

Caminaban por la Rue Montparnasse en dirección al Bulevar del Louvre, de vuelta al diminuto apartamento donde se hospedaban. Llevaban cinco años en esa tranquila ciudad de Francia donde Alfonso, ella y sus hijos pasarían dos intensos años más, él sumergido en sus clases de Ingeniería, y Daniela en el cuidado de los niños y trabajando desde casa.

Después de la segunda y definitiva maternidad, a sus treinta y cinco años, Daniela volvía a sentir el vértigo de buscar trabajo, más trabajo. Hablar en público la aterrorizaba, así que volvió a descartar radio y televisión y comenzó a mandar solicitudes a todos los medios de comunicación escrita con los que había trabajado antes de ser madre. Como periodista, escribir era su fuerte.

Diez años atrás, recién salida de la facultad de periodismo, ya tuvo que trabajar durante años en el Zara de la Calle Mayor. De hecho, aún hoy Daniela se llevaba muy bien con Sara, la encargada. Si no recibía suficientes encargos de periódicos, revistas, radio o televisión, siempre podía volver a trabajar como dependienta en la city de la capital francesa. Con su doble licenciatura de Humanidades y Periodismo, a Daniela no le hacía especial ilusión acabar doblando jerséis y atendiendo clientes para ganarse la vida, pero tampoco se le iban a caer los anillos si eso era lo que tocaba. Si no se le cayeron en su juventud, tampoco se le caerían en la madurez.

Se acaba el té con leche y miel, coge el ordenador, se lo coloca sobre las piernas, lo abre y desliza la yema del dedo por el trackpad en busca de la página web de Woman, la revista femenina de mayor tirada del país, donde colabora como periodista desde hace casi diez años.

Al principio se trataba sólo de una columna, pero dada la gran aceptación que tuvo entre las lectoras, pronto le cedieron más espacio. Cada semana, le llegue la inspiración o no, tiene una página entera asignada para ella. Cada semana hurga en su imaginación para escribir tres mil quinientos caracteres. A veces, una imaginación desbordante. A veces, caótica, desordenada, poderosa. Y a veces, también, desierta.

Todavía le sorprendía el éxito que suscita su sección. Quizá en parte se deba al título: “Historias de mujeres casadas”. ¿Quién no quiere inmiscuirse en los secretos del matrimonio? Ese título no lo eligió Daniela, ella hubiera preferido algo más poético. Su propuesta fue “Enamoradas o no”, así pretendía titular su columna, pero Eugenia, su jefa, se negó en redondo.

Además de redactora jefa de Woman, y a pesar de los veinte años que las separaban, Eugenia no era solo su jefa, sino una buena amiga. La relación entre ambas se remontaba a cuando Eugenia era profesora adjunta de la Facultad de Periodismo de Valencia, y Daniela, su alumna predilecta.

El día que Daniela se licenció, se despidieron con un abrazo.

— Aquí me tienes para lo que necesites — le dijo Eugenia—, pero vuela un poco antes de quedarte en esta ciudad. Valencia es demasiado pequeña.

Y vaya si voló… Boston, Liverpool y, finalmente, París – Valencia; Valencia – París dos veces al año.

Daniela no se imaginó ese día lo difícil que sería encontrar por sí sola un trabajo como periodista. Tras comprobar lo poco fructífero que fue su primer envío de currículums, Daniela escribió un email desde París a su antigua profesora para ofrecerse, tal y como se describió a sí misma, como “joven inexperta, pero pasional corresponsal” para cualquier suceso, acontecimiento o entrevista que necesitara cubrir en el país galo.

Y así lo hizo Eugenia. Seis días más tarde la envió al Instituto Cervantes de París a cubrir el festival literario que acogía a escritoras emergentes latinoamericanas a las que Daniela entrevistó. Un mes después la envió a la Universidad de Larousse, en Provence, para hacer un reportaje sobre una profesora de Arquitectura de origen español, a quien siguió una investigadora en Munich, Alemania...

En los cinco años que Daniela llevaba viviendo en París había hecho un buen número de entrevistas a interesantes mujeres hispanas que habían enraizado en Francia. Suficiente para que su antigua profesora comprobara la capacidad de trabajo, el entusiasmo, la pasión y el talento de la joven periodista.

En uno de sus esporádicos regresos a Valencia, Eugenia le encargó la sección de cultura de la revista, y la empujó a escribir sus propios textos y convertirse en columnista.

— Daniela, necesitas un título sencillo para esa columna, uno que atrape a las lectoras. Lo que me has propuesto es muy bonito, pero incomprensible —insistió Eugenia cuando Daniela fue a hablar con ella.

— ¿Incomprensible? —repitió Daniela desconcertada.

— ¿De qué tratan tus historias?

— De nosotras. De mujeres a partir de los cuarenta. De mujeres trabajadoras, comprometidas. Del amor, de la pasión, del deseo, de la falta de deseo. De nuestros maridos. De los hombres que no son nuestros maridos —Daniela detuvo sus palabras y sonrió antes de añadir— De los amantes que no tenemos y que nos gustaría tener… Historias de mujeres como yo, de madres, de mujeres casadas.

— Ya está. —Eugenia dio una palmada en su mesa— Ya tienes el título de tu sección: “Historias de mujeres casadas”. Y déjate de poesía.

— ¿Cómo? Es demasiado evidente, Eugenia... No me gusta.

Discutieron un minuto, pero las discusiones siempre son una cuestión de poder y Eugenia lo tenía, así que Daniela acabó tragando.

Al salir del cine, Alfonso le había rodeado los hombros con el brazo mientras ella elogiaba la divertidísima película que acababan de ver. Ella había insistido en ir a verla. De hecho, ese mes todo lo había organizado Daniela: el viaje en grupo con la compañera de su esposo y la pareja de ésta, el fin de semana en la casa de campo de los padres de un amigo de su hijo, y la cena a la que invitaron a los vecinos.

Porque su esposo nunca había tenido interés en hacer amigos ni en tener vida social. Le importaba un bledo que nadie supiese su nombre, ser conocido como “el marido de Daniela”.

— Es que no hablas, Alfonso. ¿Cómo se van a aprender tu nombre?

— Lo que pasa es que no lo saben pronunciar.

Y se rieron los dos de lo negados que son los franceses para pronunciar en español.

— No sé, mi amor. Llevas cinco años dando clases y no tienes amigos aquí. Te encierras todo el día en tu estudio a trabajar en tus plataformas petrolíferas, corregir exámenes y rascar la guitarra.

— ¿Y qué tiene de malo? A eso he venido —le había contestado tranquilo la semana anterior repitiendo un arpegio en las cuerdas de la guitarra— Y lo de “rascar la guitarra”, sobra.

— Quizá podrías encontrar a alguien entre el millón y medio de parisinos que te caiga bien.

Un rato después Alfonso le dijo “te quiero”, besándola después de hacer el amor.

— Tendríamos que hacerlo más a menudo —dijo sincera Daniela recostándose en su pecho.

— Sí, ya. Eso me dijiste el mes pasado.

Daniela se rio del comentario de su marido mientras se envolvía en el edredón y entrelazaba su cuerpo desnudo con el de él.

— ¿Crees que seré capaz? —preguntó Daniela con esa facilidad que tenía para hablar, para hacer, para pensar en varias cosas a la vez.

— ¿Capaz de qué?

— Alfonso, ¿de qué va a ser? De escribir una novela.

— Acabamos de follar, Daniela. No entiendo que estés pensando en el trabajo tres segundos después de haber acabado.

Alfonso encendió un cigarro sospechando que su esposa había vuelto a fingir el orgasmo.

— Una novela no es un artículo de una página. Te va a obligar a escribir muchas más horas. Pero vives bien, Daniela. Vas a nadar cada día, comes con tus amigas, ganas lo suficiente, y escribes cuando quieres…

Daniela se incorporó y lo miró molesta.

— ¿Cómo que escribo cuando quiero? Escribo cada día.

A veces dudaba de si su marido se tomaba en serio su profesión. Ella no se dedicaba al diseño plataformas de explotación oceánicas, pero escribir su columna semanal y realizar entrevistas, aunque fuera algo perfectamente prescindible para la sociedad, era su profesión.

— Hostia, Alfonso, que me digas esto... ¿Así que escribo cuando quiero?

— Bueno, ya me entiendes —contestó él sin malicia.

— No, no te entiendo.

Alfonso intentó hablar, pero su mujer no le dejó.

— Vivo bien, sí. No bajo a la mina, es verdad. Pero escribo cada día, Alfonso. Cada día, siete horas. Sola.

— Pues yo estaría encantado —la interrumpió.

Daniela tardó un segundo en responder, porque sabía que su marido estaría encantado todo el día solo en casa, teletrabajando. Encantado de la vida. Sin tener que relacionarse con nadie.

— Pues para mí no es fácil. Y no me distraigo ni un minuto. A veces me encuentro dialogando con mis personajes y pienso que estoy loca. Me siento a las diez menos cuarto y escribo hasta las cinco menos cuarto, y…

— Frena, Daniela, frena —la cortó él— Te ofrecieron dos veces estar fija en la redacción, y dijiste que no.

Daniela saltó de la cama, ofendida, y se dirigió a la ducha. Le hubiera gustado escuchar unas simples palabras alentadoras, que su esposo la hubiera animado a comenzar esa novela que llevaba años posponiendo. Le habría gustado un: “¡Claro que eres capaz!”, pero Alfonso era un hombre tosco, un ingeniero, ¿qué esperaba? Daniela se volvió hacia él desde el umbral del baño.

— Sabes qué…

Él volvió la mirada hacia su mujer, y ella, con una sonrisa nada dulce, disparó.

— El mes que viene no follas.

El bebé de Carmen abre la boca y chupa el fular con los labios. Succiona la tela y grita desconsolado.

— ¿Te ayudo? —pregunta una dulce voz femenina en el asiento de atrás. Carmen se da la vuelta para toparse con una mujer bellísima de pelo corto rubio y ojos rasgados color verde.

— Sí. Me harías un favor. Ayúdame a sacarme la…

La mujer se ha anticipado. La ayuda a quitarse la mochila.

— ¿La pongo en el compartimento de equipaje?

— No, gracias. Necesito cosas que tengo dentro. Muchas gracias —le dice Carmen sentándose con el bebé.

— Si necesitas algo, aquí estoy.

Carmen asiente con una sonrisa a la vez que saca la cabecita del bebé del fular.

— Ya voy, mi amor. Ya voy. No llores más.

Sólo lleva una camiseta negra escotada de manga larga, aunque tiene ese calor constante de la maternidad que empezó el primer día que supo de su embarazo y espera que acabe el día que abandone la lactancia. Observa esos enormes senos agrietados, obscenos. No los siente suyos. Introduce la mano por el escote y se desabrocha el sujetador. Se quita los húmedos discos de algodón que utiliza para no manchar las camisetas y, sobre todo, para no oler a leche. Si los pierde ya se ve como una vaca pasiega, supurando leche todo el trayecto.

— Cariño, coge los discos. No los pierdas, que no tengo más —le pide a su hija— No los pierdas, ¿eh? Baja la mesita portaobjetos y ponlos encima.

El bálsamo para pezones no le sirve de mucho, pero Carmen se lo pone por si acaso. Además, aunque se ha comprado unas pezoneras de silicona que deberían hacerle todo más fácil, el bebé no quiere silicona.

— Ya voy, bebé. Ya voy. Carmen se acerca al bebé, que se agarra al pezón sin soltarlo y, por fin, y tras veinte minutos de llanto desesperado, se relaja y bebe del dulce pecho de su mamá, que suspira por el escozor de su pezón. Da igual. Duele, pero el bebé se calma. Acaricia la mejilla de su hijito. La tiene agotada, pero lo ama. Lo ama más que a nada en el mundo.

En cambio, Carmen está muy enfadada con su marido. Le ha dejado una semana entera solo en casa, y Jaime encantado, aunque los eche de menos. Todavía no conoce a un hombre que no esté feliz si su mujer y sus hijos lo dejan solo una semana. Que seguro que los hay, pero, por favor, que le presenten a alguno. Ella, en cambio, no sería capaz de pasar dos días sin ver a su hijo.

No le pide tanto. Le pide poco. Ella, que ha asumido el papel de cuidadora del bebé, necesita que haga bien lo poco que le pide. No es tan difícil comprar un billete de tren sin escalas, un billete “directo” Madrid-Valencia. Di - rec - to. Cinco veces se lo dijo, cinco. Y cinco horas son las que Carmen va a pasar dando vueltas por Castilla La Mancha con una niña a la que vigilar y un bebé de seis meses colgado en la teta, y se desespera solo de pensarlo. “¡Imbécil! ¡Cuando llegue se va a enterar!”, maldice cada vez más furiosa. “¡La madre que…! En cuanto deje de dar el pecho pienso pedirle a Daniela que nos fuguemos un fin de semana”.

El bebé ha dejado de mamar. Carmen se mira el pecho: además de agrietado, el pezón le debe medir más de dos centímetros. La invade una sensación desagradable al verlo. Le duele el pecho izquierdo, pero la matrona le advirtió que podría sufrir mastitis si no le daba de los dos pechos: izquierdo y derecho, aunque doliera.

— ¿Dónde están los discos, cariño?

Su hija levanta los hombros con gesto de desconocimiento.

Carmen suspira y se incorpora buscando los malditos discos de lactancia. Ya se imagina oliendo a vaca.

— Hija, por favor, piensa qué has hecho con ellos.

— Perdona —la interpela la mujer hermosa de pelo corto y ojos rasgados.

Ella se da la vuelta hacia el asiento trasero. La mujer hermosa recoge los discos de lactancia de entre los asientos, se levanta y se los da.

— Muchas gracias —le dice.

El eructo de camionero de su bebé invade el vagón, porque el bebé eructa como su padre. Pero un vómito acompaña el eructo y la inunda de pasta blanquecina caliente. Todo, el bebé lo ha vomitado prácticamente todo. Carmen no sabe si reír o llorar. Más bien llorar. Siente la pasta de leche caliente deslizarse desde su cuello, colarse bajo la camiseta, seguir velozmente espalda abajo hasta el pantalón.

— Perdona —le pide agotada Carmen a la mujer bella que se sienta tras ella—¿Podrías, por favor?

La mujer bella se incorpora sin dejarla acabar la frase y coge al bebé. Porque esa mujer desconocida no es madre, pero es mujer.

— Me llamo Abril.

Y Carmen, a pesar de todo, aun con el vómito en su espalda, el eructo, el dolor en su pezón, el cansancio—, vuelve la mirada hacia Abril y no puede evitar que el corazón le palpite con fuerza. Qué bonita es esa mujer..., qué bonita. Y mientras Carmen se presenta, vuelve a negarse a sí misma lo que lleva negándose toda la vida: una preciosa, sutil e incomprensible atracción hacia otras mujeres.

A Daniela le faltaban pocas páginas para acabar de leer y estaba completamente entregada. Se trataba de una novela que plasmaba las peripecias de Pedro, un tímido joven de veintiún años enamorado de una actriz argentina que le doblaba la edad. Era una novela de iniciación en la edad adulta que desprendía una ternura infinita. En sus escasas ciento veinte páginas, el autor lograba hacerte reír, llorar, querer abrazar a su joven protagonista y decirle: “Ven, anda, ven a mis brazos. Esto del amor no es tan fácil, pero ya te enseño yo...”.

— Cuando acabes, me la dejas —le dijo Alfonso.

Daniela asintió sin levantar la mirada del libro, pero pensó en lo raro que sería ver a Alfonso leyendo la novela sobre ese joven a quien ella había deseado instruir en el sexo. De todas formas sabía que Alfonso no pasaría de la segunda página.

— No quiero ir a Formentera.

— Ya, Alfonso. Es que tú nunca quieres ir a ningún sitio. Si fuera por ti, no nos movíamos de Valencia en todo el verano.

El plan de veranear en la pequeña isla balear había surgido en París, durante una noche de juerga con su amiga Carmen. Por lo visto sus suegros tenían en la isla una pequeña y solitaria casita, y Carmen le propuso que fuese allí en agosto a pasar unos días con ellos.

— Te dije de alquilar una casa en Cofrentes —insistió Alfonso.

— Es que en Cofrentes hace frío en verano. “Frío”, “en verano”, —recalcó— y a mí me gusta el calor, el mar, la playa, el sol…

Alfonso se metió en la cama y apagó la luz de su mesita de noche.

— Dani, ve tú —repitió— Yo no pienso ir.

Su marido no dijo nada más, cerró los ojos y se durmió en cuestión de segundos. Daniela lo ignoró y volvió a las tres últimas páginas de la novela. Llegó al último párrafo. A la última frase. A la última palabra. Luego cerró el libro y lo abrazó, enamorada de su protagonista. Acarició la cubierta. Siempre le costaba despedirse de los personajes de las novelas que leía, y del joven e inocente Pedro todavía más. Esa noche durmió con su marido a un lado y Pedro sobre su pecho.

Por fin 1 de agosto. Por fin Formentera. Daniela, feliz, bajó del ferry junto a Alfonso. En el puerto, frente al Peugeot azul marino destartalado de su amiga, los esperaban Carmen y Jaime. Sus parejas no se conocían a pesar de que ellas habían ido afianzando su amistad cada vez más. A partir de la sesión fotográfica en París, y de esa noche de fiesta por los distintos garitos, Daniela y Carmen fueron uña y carne. Su jefa quiso que lo fueran, las enviaba juntas a todos los encargos, y desde abril habían entrevistado a multitud de mujeres de diferentes disciplinas artísticas: compositoras, directoras, pintoras, actrices... Y justo antes de irse a Formentera, en la sede de Médicos Sin Fronteras, a una ginecóloga recién llegada de Etiopía que les había dado la receta del delicioso bizcocho de limón con semillas de amapola.

Ambas hicieron una veloz radiografía femenina a los respectivos. Jaime iba con una camiseta blanca y unos raídos jeans cortados a tijera por debajo de la rodilla. Unas chanclas hawaianas ayudaban a sus andares parsimoniosos.

Alfonso, muy elegante él, vestía polo azul marino, Dockers beige y New Balance negras sobre un calcetín blanco. Su marido vestía de oscuro, hiciera sol, lloviera o nevara. Visitara Formentera o Finlandia.

“Hostia, Alfonso. Polo azul marino con 38 grados a la sombra…”, le había advertido Daniela al verlo salir del dormitorio, antes de ir hacia el puerto— “Pero ponte un polo de otro color, que te vas a asar. Y un short…”.

— Déjame en paz —le espetó.

Subieron al coche y cogieron la única carretera de la isla, y que atravesaba los diecinueve kilómetros de tierra que la formaban. En el asiento trasero, Daniela cogía la mano de Alfonso mientras parloteaba con su amiga Carmen, sentada de copiloto.

A los cinco minutos se desviaron por un camino de tierra flanqueado por campos de olivos, y Daniela observó a lo lejos una pequeña mancha blanca en el paisaje: la casita tradicional donde se hospedarían toda la semana. Esa casita, ese lugar que poseía una belleza natural, a Daniela la fascinó. Abrieron maletas, sacaron bañadores, vuelta al coche y a la playa de Ses Illetes.

— ¡Qué haya un chiringuito! ¡No me metáis en un secarral —le dijo Alfonso poniéndose el bañador— Que yo en la playa no me tumbo.

Daniela besó la boca de su marido, le sonrió, y salió ilusionada a aquella cala desierta.

Jaime era de planificar, un tipo de los que siempre tienen todo organizado. De diez a una, baño en Ses Illetes. A las dos, paella en el restaurante del Cap de Barbaria. A las siete, al faro de la Mola. Y por la noche unos bailes en el Blue Bar. Eso es lo que Jaime había planeado para los invitados de su mujer toda la semana: playa, paella, bailes; playa, paella, bailes; playa, paella, bailes. Lo mismo que hace todo el mundo en Formentera.

A ella nunca se le ocurriría traicionar a su amiga, ni a Santi. Pero lo cierto era que el marido de su amiga le había parecido un tipo interesante y divertido, y bastante atractivo, la verdad. A diferencia de su esposo, Jaime era sumamente locuaz, extrovertido y un buen conversador a quien parecían incomodarle los silencios. Algo que también le ocurría a ella.

Aunque el marido de Carmen no era tan alto como Santi, este poseía una voz grave y varonil, manos grandes y los fuertes brazos de un mecánico, pues esa era su profesión. Sin embargo, lo más turbador para Daniela era eso que Carmen había comentado sobre él en una ocasión: “Jaime es como un huracán en la cama. Te zarandea de un lado para el otro hasta que no sabes si estás panza arriba o panza abajo”.

— No hay chiringuito, pero os va a encantar —proclamó Jaime con una sonrisa jovial.

El esposo de Daniela enarcó ligeramente la ceja izquierda. Quince años de relación con Daniela, diez de ellos como matrimonio. Reconocían el significado de cada movimiento facial el uno del otro.

— ¿Qué quieres que haga, mi amor? Se lo he dicho, pero lo tienen todo organizado. Me sabe mal fastidiarles los planes.

Al notar en los pies la suave arena blanca y ver el mar cristalino, Daniela pensó que si existía el paraíso, debía de ser un lugar muy parecido a ése.

En las playas de Formentera se camina sin la parte de arriba del bikini, y así lo hicieron ambas amigas. Alfonso no. Alfonso se quedó con su bañador azul marino con la goma dada que usaba verano tras verano. Por seguir con su estilismo, Alfonso llegó hasta la arena con las New Balance y calcetines. No, tampoco era de chanclas, y mucho menos de bañarse con el rabo colgando como Jaime.

Fue entonces la primera vez que vieron a aquel grupo de veinteañeros, tres chicos y una chica. En lugar de irse a la otra punta de aquella playa solitaria, habían colocado sus mochilas a escasos diez metros de ellos. Los tres eran rabiosamente jóvenes y guapos, pero Daniela sólo tuvo ojos para uno, el mulato.

Poseía un cuerpo alucinante, de película, muy atlético y eso, como un nadador olímpico. Pero es que además Daniela se dijo que aquél era el hombre más atractivo que había visto en su vida. De hecho, ni siquiera podía pensar en ningún actor o modelo con quien compararle. Llevaba el pelo muy corto, tenía unos labios casi irresistibles, y unos inquietantes y oscuros ojos almendrados que la hipnotizaron. Porque sí, sus miradas se encontraron y él chico sonrió. Y su sonrisa le hizo sentir el golpeteo de su corazón en el pecho.

Se mantuvieron las miradas y se hablaron con los ojos.

“¿Me estás mirando, muchacho?”

“Sí, te estoy mirando”.

Fue algo magnético e inexplicable lo que sucedió entre los dos. Carmen le hablaba distraídamente. Daniela notó cómo el corazón se le aceleraba al sostener la mirada al mulato. Debían de estar a diez metros el uno del otro. Latidos y más latidos hasta que, finalmente, otro de los jóvenes increpó al muchacho y éste apartó la mirada.

Daniela y los demás se metieron en el mar y, durante un rato, estuvieron jugando en dos equipos a una especie de voleibol improvisado. Lamentablemente, Alfonso no tardó en cansarse de aquello y salió el primero. Jaime le siguió, más que nada por ser buen anfitrión, pues él hubiera preferido irse a nadar con ellas.

— Menuda playa, ¿eh, tío? —alardeó Jaime.

— Sí. No está mal —contestó Alfonso, seco, buscando refugio bajo la sombrilla— Pero es que yo de playa mucho no soy.

Carmen y Dani se pusieron las gafas de natación y nadaron a crol durante una deliciosa media hora. Descansaron con las gafas bajadas hasta el cuello y luego volvieron nadando a braza, hablando de todo y de nada en particular. Y Daniela le contó a su amiga que el joven mulato había intentado ponerla nerviosa con una simple mirada, como si ella fuese todavía una muchachita inocente, sugestionable, asustadiza.

— ¿Qué quieres decir con que te miró?

Daniela se encogió de hombros.

— Pues… —titubeó— que me miró.

— Pero te miró… ¿cómo? —enfatizó Carmen.

Daniela tardó unos segundos en contestar, recordando ese segundo en la playa en que el chico clavó su mirada en ella.

— No sé. Me miró. Yo también lo miré... Nos miramos.

— Ay, Daniela —dijo Carmen— No seas tan misteriosa.

— Es que no hay ningún misterio. Nos miramos y ya está. Nos aguantamos la mirada, y me gustó.

— ¿Ah, te gustó?

— ¡Claro que me gustó! Es un chico muy atractivo, y se fijó en mí —sentenció Daniela como algo obvio, indignada.

Estaban a tres metros de la orilla, y siguieron hablando, tocando la arena del fondo con la punta de los dedos. Mirando de reojo al muchacho.

— ¿Te ha dicho algo?

— Nada.

— Resumiendo. Un veinteañero que está para comérselo, te ha mirado y a ti te ha gustado que lo hiciera.

Daniela asintió y, quizá por las palabras hirientes que su marido había tenido con ella esa misma mañana, volvió la mirada hacia su amiga y, con cierta rabia, añadió…

— No, no solo me ha gustado que me mirara, me ha encantado.

Daniela enrojeció al tomar conciencia de sus palabras, se cubrió el rostro con las manos y se echó a reír. Así de fácil fue que Daniela se olvidase del mal trago que le había hecho pasar su marido esa mañana.

Una amiga sabe cuándo debe callar, y Carmen calló. Llevaba toda la vida haciéndolo. Aunque no hubiese tenido la suerte de su amiga, Carmen sí que se había fijado en la única chica de aquel grupo de jóvenes en edad universitaria, una valquiria impresionante, altísima.

Pasaron tres días maravillosos. Es verdad que Alfonso iba a remolque y andaba todavía más callado que de costumbre. Jaime en cambio se mostraba solícito y simpático con ellas. Cocinaba más paellas de lo normal y organizaba una actividad tras otra, solamente por complacerlas y que lo pasasen bien. Las dos amigas hablando sin parar, daba igual dónde, cuándo, cómo o de qué, pero siempre hablando.

Aquella tarde el sonido de unos tacones recorrió todos los recovecos de la cafetería. Alberto, que trabajaba allí como camarero, se volvió. Buscó con la mirada a la culpable de aquel estruendo. Una mujer con media melena morena caminó decidida hacia la barra. Iba vestida con una falda de tubo gris y una blusa blanca y, con cada paso de sus tacones, el local, que había estado invadido minutos antes por un murmullo ensordecedor, dejó paso a un silencio casi sepulcral, solo interrumpido por los constantes y rítmicos golpes de los tacones contra el suelo, y con todo el aforo masculino atento al contoneo de caderas de aquella mujer madura.

Alberto la reconoció al instante, era la mujer de la playa. Se aproximó a ella, pero la mujer permaneció en silencio. De manera que tuvo que ser él quien rompiera el hielo.

— Perdone que le pregunte, ¿a qué se dedica?

— Soy escritora —contestó Daniela tras una breve pausa, simulando haber entrado allí por casualidad, preparada para pedir su tradicional te rojo con leche y miel.

— ¡Ah! Yo también escribo.

Daniela creyó que el chico se burlaba de ella. Le pareció un patán de pueblo metido a seductor. Le dio tiempo a avergonzarse de haber pensado en él mientras su esposo la follaba a cuatro patas la noche anterior.

— ¡Qué sorpresa! Con esa cara de pastor no pensaba que supieses escribir.

Alberto sonrió. No iba a acobardarse al primer gruñido de aquella loba.

— Escribo relatos, ¿y usted?

Daniela dudó un segundo si responder, sabía que el mulato sólo pretendía meterse bajo sus bragas. Ella sólo necesitaba saciar su curiosidad, conocerle, nada más.

— Escribo una crónica semanal en Woman, la revista femenina. Y me encargo de la sección de cultura.

— Oh, vaya —dijo él, sorprendido.

— ¿Conoces la revista?

— Sí, claro.

— ¿La has leído? —inquirió Daniela, escéptica.

— No, la verdad.

— Escribes, pero no lees.

— Sí que leo, pero no revistas para mujeres —replicó el mulato rápidamente.

— Claro, tú eres muy hombre.

— No es eso —sonrió el chico, satisfecho.

— Entonces es que piensas que en una revista para mujeres no encontrarás nada que te ayude a ser un buen escritor.

— Yo ya soy un buen escritor.

— ¿Ah, sí? —preguntó Daniela.

— No me gusta alardear, pero mis relatos los han leído casi seis millones de personas.

Desconcertada, Daniela enarcó las cejas. No se esperaba algo así.

— ¿Los has publicado? —preguntó acto seguido.

— En Internet. Escribo relatos eróticos —respondió él con naturalidad, prestando atención a la reacción de la fascinante señora.

— Vas de listillo… —se interrumpió Daniela, al no saber cómo llamarle, pero cada vez más interesada en el muchacho.

— Alberto.

— Alberto, aunque te haya leído tanta gente como dices, no tendrás muchas seguidoras si no lees sobre las cosas que nos interesan a las mujeres, las cosas que nos preocupan, las que nos gustan… Serás mucho mejor escritor cuando comprendas cómo se escribe para una mujer o qué tipo de narrativa nos interesa.

— Lo admito, tiene usted razón. Mañana mismo me suscribo a Woman.

Daniela rio ante tal perspectiva, y entonces añadió…

— No te preocupes, ningún escritor puede leer todo lo que se publica. Eso es lo triste.

— ¿Como se llama su columna? —inquirió entonces el muchacho.

— Historias de mujeres casadas —contestó Daniela sin molestarse a puntualizar que no era una columna, sino una sección, dos páginas completas.

— La leeré, se lo prometo.

— Y tus relatos, ¿donde podría leerlos?

— Busque AlbertoXL en Internet, todo junto —especificó— Pero volviendo a lo que acaba de decir… Es imposible leer todo lo que se publica, pero y si alguien fuese capaz de crear un relato que incluyese todas las tramas posibles: amor, suspense, aventura… erotismo.

Daniela sonrió.

— Eres ambicioso. Ambicioso e impulsivo.

Alberto dudó.

— Y eso es bueno —continuó Daniela— Hay que ser ambicioso e impulsivo para hacer cosas nuevas.

— ¿Entonces? ¿Cree que es posible?

— En absoluto. No he escuchado una idiotez tan grande en mi vida. No solo es imposible, también es pretencioso y absurdo. ¿Cuantas páginas debería tener?

— Veinte —respondió el muchacho al instante.

— Te falta humildad, Alberto. Lo que planteas solo estaría al alcance de los mejores —Daniela sonrió levemente, para luego continuar— Llevo veinte años como periodista y, créeme, he conocido a muchos jóvenes como usted, arrogantes, prepotentes, que se creen el siguiente Ernest Heminway, y adivina qué. He olvidado el nombre de todos ellos. Así que, ya me dirás en qué te diferencias de los demás escritores.

En esa ocasión Daniela permaneció seria, expectante.

Alberto vaciló y comenzó a hundirse en su interior, cuando de pronto alzo la vista y dijo…

— Que yo conseguiré que no se olvide de mi nombre.

Daniela asintió con aprobación.

— Vas por buen camino. Pero dime una cosa: ¿cuál es tu novela favorita?

— No tengo solo una. Tener solo una sería insultar a muchas grandes novelas…

— Eso está bien —respondió la señora, cambiando el tono— Pero ahora me tengo que marchar.

Por primera vez el muchacho no supo qué decir.

— ¿Qué he hecho mal?

— Nada, Alberto. De eso se trata. Aún no has hecho nada mal... Hagamos una cosa. Te espero mañana a las siete de la tarde en la esquina norte del parque, frente al Bar Sotavento.

— ¿No va a tomar nada? —demandó el chico al otro lado de la barra.

— No, no he venido a tomar nada —replicó la mujer— Y no llegues tarde.

La señora se dio la vuelta tras lanzar aquella advertencia y comenzó a alejarse, dejando a Alberto pasmado, embelesado en el resonar de sus zapatos de tacón y en el contoneo de su falda de tubo. Preguntándose qué querría de él esa mujer cuyo nombre aún desconocía. Su blusa desenfadada, su pelo moreno bailándole por la espalda a la altura del cierre de su sostén, hasta que se perdió en la claridad del exterior. Alberto permaneció unos instantes mirando hacia la puerta, por si entraba de nuevo, pero cuando comprendió que eso no iba a suceder, volvió al trabajo.

Al día siguiente, el sol apretó hasta los 39 grados, y Alfonso, que hasta entonces había disimulado para hacer feliz a su esposa, se hartó. Él no quería hacer ese viaje, y aún no sabía por qué se había dejado convencer. De hecho, no recordaba haber dicho que sí. Simplemente un día se encontró dos billetes de ferry encima de la mesilla y esa misma noche recibió una convincente felación por parte de Daniela.

Pero esa cuarta mañana, a las ocho menos diez, a Alfonso le despertó el sudor. Estaba sediento. Salió del dormitorio intentando no hacer ruido, entró en la cocina, llenó un vaso de agua del grifo y se dirigió al jardín para sentarse a la sombra de una enorme higuera. Observó el paisaje. Su belleza era innegable, pero en esos momentos, mientras se secaba el sudor con la mano y pensaba en los tres días que todavía le quedaban allí, sintió la urgente necesidad de escapar a la ciudad, huir a su casa.

Daniela apareció con su camisón de algodón de tirantes, se sentó en su regazo y le besó.

— Vámonos ya de aquí, por favor —le rogó Alfonso.

— Solo quedan tres días, Alfonso…

— Es que no soporto el puto calor este. Mira, yo me voy y tú te quedas —le dijo sincero— Decimos que he tenido un imprevisto en el curro… De verdad, si yo feliz de que te quedes —añadió cariñoso sin alzar la voz e intentando buscar una complicidad que sabía que no encontraría— Daniela, es que... estoy hasta la polla del calor, hasta la polla de la playa, me sale paella por las orejas y, qué quieres que te diga, si tengo que salir de fiesta otro día más, me corto las venas. Estoy reventado, nena. Te lo juro, reventado.

Daniela estalló en una carcajada. Rememoró a su marido la noche anterior, acodado en la barra del Blue Bar con el tercer gin-tónic mientras ella bailaba sensualmente en la arena el Webster remix de Café de Flore. “Va, Alfonso..., baila un poco conmigo... pero si es imposible no bailar esta canción”, le había insistido cariñosa.

A Daniela le encantaba bailar, cualquier música. El mes anterior anterior ella se lo pasó en grande en el concierto de rock al que quiso ir su esposo...

— ¿No te apetece venir a la playa? —preguntó a su marido.

Alfonso no tuvo tiempo de contestar.

— ¡Buenos días! —los cortó el alegre Jaime desde el umbral de la puerta. Alfonso y Daniela se volvieron hacia él. Se había disfrazado con unas mallas de licra ajustadas de atletismo que le llegaban hasta las rodillas y le marcaban los huevos. Tenía un aspecto ridículo, excesivamente preparado para hacer deporte. ¿No bastaba con una camiseta y un pantalón corto que no te marcara el paquete, amigo?

— ¡Me voy a correr! —anunció— ¿No os importa, verdad?

— No, Jaime, no. Qué nos va a importar... ¿Adónde vas? —preguntó Daniela.

— Haré un tramo del medio maratón que organizan en la isla, del cabo de Sant Ferran a La Savina —contestó orgulloso.

— Ah, qué bien. Qué bonita ruta —Sonrió Daniela, que seguía sentada en el regazo de su marido.

— No tienes ni idea de dónde está Sant Ferran ni La Savina —la increpó Alfonso.

Daniela sabía que Alfonso estaba siendo hiriente porque estaba enojado. Ella no tenía orientación alguna, de modo que ignoró a su marido.

— ¿Cuándo es la maratón?

— En octubre.

Jaime volvió la mirada a Alfonso, y este sonrió educado, sin mostrar interés alguno. Lo que no esperaba era la proposición que estaba por venir del ingenuo de Jaime.

— Alfonso, ¿quieres venirte? Tengo otro equipo de atletismo.

Una sonora carcajada salió inesperadamente de la boca de Daniela. No pudo evitarla. No pudo. Imaginarse al desgarbao de su marido, que no había hecho deporte en su vida, corriendo con esas mallas de lycra apretándole los huevos, y no. No pudo evitar la carcajada.

Jaime miró extrañado a la amiga de su mujer. ¿Qué gracia podía tener ese ofrecimiento? De modo que insistió.

Alfonso sabía perfectamente por qué se reía su mujer, pero Jaime no. Era algo corto, lento de mollera. Alfonso volvió la mirada hacia Daniela. Ella vio la cara de su marido. Seria. Demasiado seria. Como lo conocía, intentó contener la risa.

— Venga, te espero —insistió solícito Jaime.

Y Daniela, que había conseguido contenerse, estalló otra vez.

—¿De qué te ríes? —preguntó áspero Alfonso.

Jaime, que era ingenuo, pero no idiota, presintió una discusión de pareja y zanjó el tema.

— Bueno, voy tirando —y huyó de allí raudo como el viento.

Daniela intentó contener la risa, pero no pudo.

— ¿De qué te ríes? —insistió Alfonso.

— De nada, Alfonso. Me ha hecho gracia imaginarte corriendo con el traje ese.

No era solo reírse de él, porque en otro contexto hasta Alfonso hubiera bromeado al respecto. Aunque poco. Le costaba reírse de sí mismo. Entonces se le juntó todo: no quería estar en ese lugar, con esa pareja con quien no tenía nada en común y con aquel calor insoportable. Definitivamente, odiaba estar allí.

Daniela intentaba dejar de reír, pero entonces volvía la imagen de Alfonso embutido en lycra y no había manera de pararlo. Siempre había sido propensa a los ataques de risa.

Algo agresivo, Alfonso empujó a su esposa para obligarla a levantarse de sus rodillas.

— Estúpida.

A Daniela se le cortó la risa en seco. Claro, eso lo sabía hacer muy bien: desarmarla en un segundo, sin levantar la voz. Con una frase hiriente en tono malvado. Ya habían tenido algún episodio similar. Si quería, su esposo podía herirla en cuestión de segundos con una sola palabra, tal y como acababa de hacer. Daniela se volvió hacia él.

— ¿Qué me has llamado?

Él no la miró.

— No me insultes, Alfonso —continuó con firmeza— No me vuelvas a insultar.

No fue sólo por eso, pero aquella discusión con su esposo influyó de manera determinante en que Daniela acabase haciendo lo que tenía pensado.

Alberto escucha el traqueteo de esa chatarra ambulante y vuelve la mirada. El pulso se le acelera al reconocer en el interior a la señora interesante. El corazón le da un vuelco, golpea con fuerza dentro de su pecho. Ella aparca a diez metros de él y para el motor, sin verle por ahora.

Es una calle solitaria.

La mujer baja del coche, al fin puede verla. Ella le mira y su pulso se acelera, todo su cuerpo se estremece. Alberto es capaz de reconocer los miles de sustancias químicas que alteran su cuerpo. Podría dar media vuelta y regresar a casa, pero, en vez de eso, sigue caminando hacia la mujer, sin dejar de mirarla.

A diferencia de aquel encuentro inicial en la playa, Daniela aparta la mirada y escruta tras ella. En esta ocasión es ella quien no resiste el duelo de miradas, a pesar de la edad, de la madurez, siente un nudo en el estómago.

Cuando está a dos metros de él, vuelve a mirarle, solo para comprobar si él aún la mira. “Alberto, un hombre no mira así a una mujer si no la desea”, le dice con el pensamiento. Están apenas a un metro.

Nerviosa, mira otra vez, y sigue caminando hasta pasar de largo. Ya le da la espalda, dejando atrás al muchacho —con el corazón a mil— cuando se detiene y, en una fracción de segundo, se dice: “Date la vuelta ¡Dátela! Igual se va. Quizá ya no esté”.

Daniela respira y se vuelve hacia él. Y sí, claro que lo encuentra. Él la mira inmóvil, a un metro de distancia. Daniela no entiende qué le ocurre, pero no se atreve a acercarse.

Es Alberto quien camina hacia ella. Sí, está caminando hacia ella. Llega y, omitiendo palabras innecesarias, hunde las manos en su cabello, acerca sus labios a los labios de ella y, después de miles de minutos pensando en esa mujer, la besa en plena calle.

Y la lengua tímida de Alberto le pide paso. Y Daniela cierra los ojos y despega sus labios dejándola entrar. Siente el deseo contenido recorrerle el cuerpo, el alma que le abandona. La cautelosa y cálida lengua de Alberto juega con la suya. Y Daniela siente el placer deslizarse por su cuerpo y bajar hacia su pecho, hacia su vientre, hacia su sexo. Sus piernas se debilitan. La saliva del mulato. El sabor del mulato. El olor del mulato. Y su lengua jugando con ella…

La inunda un deseo desmedido, quiere más. Solo con un beso. Él se aparta al fin y le pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja mientras la mira a los ojos.

— Buenas tardes, señora —dice educadamente en un susurro.

— No me llames señora.

Alberto tragó saliva y estuvo a punto de disculparse, pero no le salió.

— Mi nombre es Daniela. Pero si alguien puede escucharte, señora. Ahora, Daniela. ¿Ha quedado claro?

— Clarísimo.

Ella sonríe.

— Hola, Alberto.

— Hola, Daniela.

— Buen chico —alaba orgullosa.

Ella le acaricia la mejilla, y él vuelve a besarla. Se miran unos segundos, y regresan al coche.

— Alberto, hoy me gustaría enseñarte algo grandioso, quiero que aprendas en una tarde lo que muchos chicos tardan toda la vida.

Alberto asintió.

— ¿Y qué lección es esa? Aprendo rápido.

Daniela pegó un frenazo y miró en dirección a Alberto.

— ¿Vas a ser impaciente?

— No, profesora —negó Alberto con aire de bribón, y miró hacia su entrepierna— Lo que ocurre es que yo así no puedo ir a ningún lado.

Daniela sonrió y volvió la vista al frente. Pisó el acelerador y de nuevo su pelo comenzó a bailar. Hacía años que no se sentía tan viva. Llegaron a una playa desierta, sin un alma salvo las suyas.

Alberto no había tenido tiempo de visitar ni conocer todo lo que le habían contado sobre la magia de Formentera, cuando de pronto descubrió la urgencia de los dedos de aquella mujer y vio su erección fuera de los jeans.

Tras un momento de sorpresa a causa de la relevancia de aquel hallazgo, Daniela se inclinó e introdujo el formidable falo en su boca. Desesperada, comenzó a mamar arriba y abajo sin molestarse en disimular las ganas de comerle la polla. Si bien una arcada la hizo recobrar la cordura tan bruscamente como la había perdido.

Su lengua lamió entonces a lo largo del mástil del chico, primero por el costado izquierdo y luego por el derecho, repetidas veces. ¡Dios mío, aquel era el miembro más viril que Daniela hubiese visto en su vida! Aunque no hubiesen sido demasiados, la visión que tenía ante los ojos era ciertamente superlativa.

Sus labios besaron sonoramente el moreno glande, y su lengua lo relamió hasta sacarle brillo. Luego volvió a chupar desde la raíz a la zona del frenillo, una vez tras otra, incapaz de parar de lamer, como si aquel cilindro se le estuviera derritiendo entre los dedos.

A Alberto sólo se la habían chupado en una ocasión. Miranda había sido su primera vez como la de otros cuatro o cinco compañeros de Bachillerato. Si bien la alta y estudiosa pelirroja también obtenía sobresalientes detrás de los setos del parque, no lo hacía ni la mitad de bien que esa mujer.

Daniela sabía lo que se traía entre manos, y nunca mejor dicho, pues entonces le pajeaba al tiempo que succionaba el glande con ganas de sacar todo lo que el chico llevase dentro, mientras gemía y gemía, gozosa como una gatita en celo.

— Ay, Dios, qué cosa tan rica… Por favor…

Y volvía a besarle el glande, cariñosa. Y seguía chupando, como si no lo hubiese podido hacer desde hacía meses, salivando de forma obscena, componiendo de su puño y letra la banda sonora perfecta para una apoteótica mamada, sorbiendo groseramente con ánimo de enfatizar lo que estaba haciendo.

Haciendo alarde de flexibilidad, Daniela maniobró para subir aquella falda adherida a su trasero de tan ceñida para acto seguido bajarse las bragas. Ni corta ni perezosa, agarró la mano del chico y la condujo a su sexo, clamando…

— Haz algo tu también, ¿no?

El chico se armó de valor, intentó no ofuscarse por la humedad de la zona, y buscó aquel rubí cuya dureza indicaba la temperatura peligrosamente alta de Daniela.

— Más fuerte, muchacho. ¡No muerde! —demandó la experta.

Alberto obedeció a su madura profesora al pie de la letra, y no tardó en comprobar los efectos de castigar su clítoris. En apenas veinte segundos, Daniela apretó los muslos, toda ella se tensó, y sin sacarse su polla de la boca, se estremeció con el inequívoco furor del orgasmo femenino.

Sin saber realmente por qué lo hizo, el muchacho juzgó que debía taponar aquella herida que amenazaba con hacer que la voluptuosa perdiese la razón. Sin embargo, el efecto fue justo el contrario. Sus tres dedos fueron el catalizador que aquella madura necesitaba para darlo todo, alargando e intensificando aquel clímax hasta convertirlo en demoledor.

— Ay, pero qué maravilla… —alabó la mujer, una vez repuesta de lo suyo— Qué dura la tienes, por Dios…

¡Chups! ¡Chups! ¡Chups!

— Seguro que tienes ganas de follarme la boca, ¿a que sí?

— S! —balbució el chico.

— Pues no te lo pienses más, pero hazlo con cuidado, no hagas que vomite. Y no vayas a correrte sin avisar —le advirtió.

Alberto apretó tanto los puños para retrasar el fatídico desenlace que se clavó las uñas en las palmas de las manos, pero ella no daba síntomas de saciarse.

— ¡Dios, cómo me gustaría que me cupiese entera! —loó con un jadeo tras su enésimo intento de sentirla entrar aún más— ¡Pero es demasiado gorda!

Una maliciosa idea acudió a la mente de Alberto, si bien fue la calentura de la madura lo que le infundió el suficiente valor como para rondar con la yema de un dedo el orificio de su soberbio trasero.

Daniela continuó mamando con desenfreno, arriba y abajo, llevando al muchacho al límite de su resistencia, dejando que fuese él quien decidiese si introducía aquel dedo o no, preparada para darle un manotazo en caso de que tomase la decisión equivocada, ruborizándose como una mocosa cuando volvió a temblar con aquella impúdica caricia y el mensaje implícito.

Alberto no sabía que hacer para seguir soportando aquello. Dudó si aquello era placer, tortura, o tal vez un desafío. Era un reto imposible, como no tardaría en averiguar, pues no ha nacido el hombre capaz de aguantar la impudicia de una cuarentona, el rencor de una mujer enfurecida con su esposo, la ansiedad de una madre que vuelve a gozar del sexo.

— ¡¡¡PARA!!!

El grito de Alberto sólo consiguió amedrentarle a él. Su tirón al cabello de Daniela lo único que logró fue que ésta recibiese una increíble ducha de esperma.

¡¡¡JODER!!! —chilló la mujer con estupor, los ojos prietos, la boca abierta, la risa incontenible a cada nueva descarga del muchacho— ¡Maldita sea! ¡¡¡AAAH!!! —clamó divertida, abalanzándose ahora sobre la verga del mulato.

Con su hermosa melena y todo el lado izquierdo de la cara salpicados semen, Daniela se sorprendió saboreando el magma del que prometía ser un buen alumno, un discípulo aplicado. Cualidades no le faltaban. Y pensó una vez más en la última novela que había leído, en la similitud entre el argumento y lo que le estaba ocurriendo a ella y, al igual que la mujer protagonista, Daniela se entregó al caos de sentimientos y pensamientos que la embargaban en aquel momento.

CONTINUARÁ y finalizará la próxima semana.

Referencias:

— “Historias de mujeres casadas”, de Cristina Campos.

— “Pan de limón con semillas de amapola”, de Cristina Campos.

— “Todo lo que sucedió con Miranda Huff”, de Javier Castillo.