Xtories

Recuerdo de Nochevieja

El billar es solo la excusa; Irene sabe exactamente cómo hacer temblar a su antiguo profesor. En la penumbra del sótano, los roles de clase se invierten y el duelo de Bruno se disuelve ante la urgencia de un deseo que no esperaba volver a sentir.

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-Llevo tiempo queriendo aprender a jugar al billar-le comentó Irene, dando un pequeño sorbo a su copa de vino y posándola delicadamente sobre la pequeña barra. Se encontraban ambos en el sótano de la casa de Miguel, que este había acondicionado para instalar una pequeña sala de juegos junto a un par de sofás.

Bruno se subió un poco las gafas cuadradas negras. Irene le dedicó una encantadora sonrisa con sus labios pintados en rojo pasión, recordando que el profesor aún conservaba ese hábito. Llevaba sin ver a Bruno, su antiguo profesor de música, desde que había terminado sus enseñanzas de Secundaria.

-Bueno, no tiene mucha ciencia, ¿sabes?, aunque creo que te podría dar unos pequeños consejos y recomendaciones-le respondió el profesor, notando como la lengua se le entorpecía un poco al hablar. Le había dicho a Miguel que llevaba sin beber alcohol desde hacía dos años, justo cuando su mujer había fallecido tristemente, pero su amigo había ignorado aquel detalle y se había empecinado en continuar rellenando su copa durante la cena de Nochevieja. Había tenido la gentileza de invitarlo a su hogar, y no se había sentido capaz de rechazar tal oferta.

-A Miguel aún le queda un rato para preparar las uvas y el champán, ¿qué tal si me enseña, don Bruno? - le preguntó Irene, con una voz inocente, recogiendo uno de los palos de billar que había sobre la mesa y mirándolo con entusiasmo.

Bruno asintió con la cabeza, caminando hacia la mesa. Era de madera de caoba recia, con una superficie verde sobre la que deberían danzar las bolas. Se notaba que su amigo se había esmerado en adquirir un buen modelo.

-Imagino que sabrás cómo se colocan las bolas, ¿verdad? -le preguntó el viejo maestro. Irene asintió, agachándose junto al profesor y tendiéndole las diversas bolas lisas y llanas. Desde su posición, no podía obviar como el escote del vestido de Irene dibujaba sugerente el sendero hacia sus senos velados. El profesor carraspeó, nervioso, y procuró evitar mirar a Irene. Habría jurado por un instante que aquellos impactantes ojos esmeralda habían captado con facilidad el interés de la mirada de Bruno.

-Estupendo, una vez colocadas las bolas, más o menos así-fue explicando el profesor, distribuyéndolas dentro del triángulo-dejamos la bola blanca fuera, y la colocamos en esta posición.

Irene le miraba atentamente, tal y como hacía cuando le explicaba en clase alguna composición de las notas musicales. Ella había sido una de sus alumnas más aventajadas, y solía tomarla como ejemplo cuando quería que los demás compañeros aprendieran algo.

-Llegamos al meollo de la cuestión-enunció Bruno, y enseguida escuchó la risita velada de Irene. La joven había captado al instante la típica frase con la que el profesor esperaba crear expectación ante sus alumnos.

-La posición que se debe adoptar es similar a esta, y has de agarrar el palo de esta forma-. Así, solo te queda agudizar la mirada, concentrarte y golpear la bola blanca justo en el centro, con firmeza, un golpe seco-le fue explicando Bruno, indicándole la posición. Ya habría tiempo para profundizar en más detalles más adelante.

Irene enarcó una ceja, confundida. El profesor sonrió y recompuso la postura, temiendo que la camisa se le fuera desprendido del interior del cinturón. No se había fijado en que, últimamente, había ganado unos kilos de más. Tendría que cuidar mejor la línea. Otro propósito de año nuevo, se dijo a sí mismo.

-Vamos, prueba a hacerlo tú-la animó Bruno, haciendo un ademán con la mano. Irene se encogió de hombros, y se acercó a la mesa, inclinándose tal y como le había indicado Bruno.

La lámpara que había sobre la mesa pareció intensificar su luminosidad al reflejarse en el cabello cobrizo de Irene, pese a que la joven se lo había recogido en una coleta. Ello permitía que destacase un poco más el brillo dorado del pequeño aro que ceñía su frente despejada.

¿Así, profesor? -le preguntó ella, ladeando su rostro. Bruno adoptó una sonrisa socarrona y procedió a corregir su postura, apoyando su mano en la espalda de la joven. Al hacerlo, admiró la suavidad del tejido de su vestido.

-Deberías separar un poco más los pies, eso es, adelanta uno, y estira el brazo contrario, así, bien-dijo Bruno, complacido. Casi parecía que se encontraba en clase con ella otra vez, como cuando le enseñaba a colocar los dedos sobre la flauta o sobre las cuerdas de la guitarra.

Ahora, flexiona un poco las rodillas, eso es, y concéntrate en la bola, preparada y ¡golpea!

La punta del palo gimió al rebotar contra la superficie de la mesa y la bola blanca permaneció completamente indiferente a su esfuerzo. Irene le volvió a mirar, confusa. Bruno inspiró con paciencia y la animó a proseguir.

Sus esfuerzos siguientes fracasaron. En uno, consiguió que el palo no resbalase y que su punta golpeara la superficie de la bola, aunque apenas se movió. Bruno frunció las cejas, mientras caminaba alrededor de la mesa, copa en mano, dando pequeños sorbos y observando a su antigua pupila.

Irene adoptaba una mueca concentrada que acompañaba con un embriagador fruncir de sus labios, incluso en una ocasión se permitió apoyar la punta de la lengua sobre el labio inferior, revelando el marmolino aspecto de sus delicados dientes.

Asimismo, Bruno también captaba algunos planos sugerentes de ese canalillo que le había llamado la atención y notaba como un incómodo calor se adueñaba de él. No se llamaría Bruno si se atrevía a negar que aquello le estaba resultando un tanto excitante.

-Veamos, vuelve a intentarlo-le pidió Bruno en su décimo intento, situándose tras la mujer. Creía que había encontrado el origen de su fallo, pero necesitaba asegurarse de ello.

-Está bien-respondió Irene, concentrada, agitando un poco los hombros. La cola de su coleta se estremeció y, como el viento que dibuja misteriosas ondas cuando acaricia un mar trigal, asimismo parecía que sucedía sobre su vestido, hasta que ese sutil movimiento languidecía al desembocar en la linda curvatura de sus caderas.

Bruno alzó rápidamente la vista al ver que Irene le contemplaba por encima del hombro. Su intento había sido en vano, de nuevo. ¿Acaso captaba un brillo cómplice en la mirada de la joven?

Apuró la copa de un trago, notando la calidez del licor de Baco atravesando su garganta.

-Permíteme.

Bruno recolocó la mano de Irene en el palo, recompuso la posición del brazo que lo agarraba, y se agachó hasta casi descansar sobre la espalda de la joven, agudizando la mirada por encima del hombro de Irene.

En ese momento, cuando Bruno se disponía a añadir algo más a su explicación, Irene recompuso su postura, tal vez cansada de mantenerse estirada y agachada tanto tiempo y, al hacerlo, sintió el profesor como Irene rozaba con su muslo su entrepierna.

El hombre enrojeció al temer que, durante un segundo o dos, aquella mujer hubiera sentido el escandalo de su dureza disimulada en el pantalón.

-Parece que lo he captado-enunció ella, y propino un exitoso y ruidoso golpe a la blanca, que salió despedida para sacudir al resto.

- ¡Gracias, profe! -exclamó Irene, dando un pequeño salto de júbilo, aprovechando que Bruno había retrocedido para aliviar un poco la tensión que experimentaba. Sin embargo, poco le duró su intención, ya que Irene se volvió hacia él y se abrazó a su cuerpo.

-No sabes lo complacida que estoy, odio cuando Miguel me ridiculiza cuando juega con sus amigos aquí-le expresó Irene al oído y depositó dos cálidos besos en las mejillas rechonchas de Bruno, demasiado próximas a la comisura de sus labios…

-Estupendo, Irene, ¿seguimos jugando? – propuso Bruno, intentando alejarse del abrazo de la joven. En su nariz, aún conservaba el embriagador perfume del cabello de Irene.

-Dígame, profesor, ¿de verdad prefiere seguir jugando a esto? – le preguntó con un hilo de voz Irene, observándolo a los ojos.

Bruno se agitó, parpadeando nervioso. ¿Le había hecho esa pregunta?, ¿qué implicaciones tenía aquella cuestión?, ¿por qué Irene le miraba de esa forma?, ¿acaso…?

Irene no perdía su sonrisa, que había adoptado un aire misterioso e hipnótico, y mientras el pobre Bruno intentaba desentrañar el significado de esas incómodas preguntas, Irene resbalaba una mano hacia la zurda de Bruno, acariciando el dorso de su mano.

-Irene, ¿qué…?

-Se lo he notado, profesor, y no me incomoda, al contrario, me agrada que sienta que aún está ahí-le interrumpió Irene, mientras conducía la mano libre de Bruno hasta apoyarla en su cintura.

-Miguel y yo hemos estado preocupados por usted, se apagó tanto tras la muerte de su esposa y él valora mucho su amistad…

Bruno permanecía petrificado ante Irene. Quería reaccionar, necesitaba hacerlo, pero, ¿cómo?, ¿qué debía hacer? Qué quieres hacer, parecía que le decía una voz en lo más profundo de su mente, una voz que llevaba sin escuchar mucho tiempo, casi tanto como los años que llevaba sin dedicarse a la enseñanza.

Los labios de Irene se movían, se deslizaban, se tocaban entre sí, se separaban. Ella le hablaba, dulcemente, con ese tono cortés que le caracterizaba cuando era su alumna. Sí, la recordaba, los recuerdos afloraban en su mente, su proximidad deshacía el nudo de su mente, firmemente apretado tras el fallecimiento de Amparo.

Irene había sido su alumna modélica por sus habilidades, sí, pero también destacaba por la belleza de su aspecto. Era fácil identificarla entre el resto de la clase, una cabellera cobriza que se agitaba aquí y allá, derrochadora de sonrisas, del brillo alegre de sus ojos.

Tantas veces la había visto ahí, sobre el púlpito, enfrentada al resto, concentrada, apoyando resuelta la flauta sobre sus labios, inflándose sus mejillas pecosas para embelesar sus oídos con su música, para transportarlo en la lejanía, para cincelar una sensación, un impulso primitivo en su interior. Su imagen, su linda y grácil imagen, esas tiernas mejillas, esos labios…

-Irene, yo…-intentó decir Bruno, pero qué debía hacer, cómo hacerlo. Ella calló, pareció reflexionar, entrar en razón. Siempre había sido tan lista, tan comprensiva.

Sus labios se posaron delicados en su boca temblorosa.

-Profesor.

-Bruno, soy Bruno, chiquilla, por Dios…

-Le llamaré Bruno, pero déjeme decirle algo, ya no soy ninguna chiquilla.

Tras decir esto, Irene adoptó un semblante serio, como si pretendiera que Bruno supiera que aquello que pasaba no era ninguna broma, y se deslizó los tirantes de su vestido.

Bruno se alejó un par de pasos, impresionado, estupefacto. Irene se había quedado en ropa interior ante él, y su rostro tenia una expresión desafiante, poderosa, resplandeciente, como el de una diosa encarnada.

El vestido yacía acompañando a su sombra en el suelo, y la luz resaltaba su grácil cuerpo y sus sugerentes curvas aún veladas por un sujetador negro y un irresistible tanga rojo.

-Miguel, si él supiera, por favor, Irene, no…

El rostro de Irene se suavizó y se dulcificó. Dio un par de pasos hacia él y le observó con una mirada sincera y limpia.

-Miguel y yo somos amantes. Y no se preocupe, él ya lo sabe.

- ¿Tú y Miguel?, ¿amantes?, ¿qué, qué sabe? -preguntó Bruno, desconcertado, temblando ante las implicaciones de lo que le confesaba Irene.

-Sabe que ni usted ni yo tomaremos las uvas este año porque ambos estaremos follando en ese momento-le enunció Irene, y para enfatizar su mensaje, aprovechó y se desabrochó el sujetador.

Bruno notaba como su corazón se encabritaba por momentos. La piel le ardía, parecía como si una estrella estuviera consumiéndose en su interior. Y los pechos de Irene se antojaban tan suaves, tan esponjosos, níveos, con sendos pezones cimbreantes, henchidos de la pujanza de sus lomas.

Y su boca sabía a fresas, y era fresca como el agua de un manantial, que brinca juguetona entre las piedras, así como sus manos alargadas saltaban entre esos pechos alegres y resultones.

Su garganta emitía ronroneos sugerentes cuando se besaban, y cuando se alejaban, dejaba escapar traviesos gemidos que se clavaban como saetas en su cuerpo, que lo enardecían, que lo endurecían aún más.

Y ella se pegaba a su cuerpo, lo rodeaba con sus brazos, lo acariciaba con su cabello enrojecido. Parecía que los vapores del vino escapaban de su piel cuando ella le fue quitando la camisa, le desabrochaba el cinturón.

Ella le hablaba, le susurraba, le miraba con esos ojos impactantes, le ofrecía una sonrisa amplia, se mordía el labio cuando él la acariciaba.

-Irene-susurró él, desplomándose sobre el sofá como si el peso del mundo le aplastara. Volvió a emitir su nombre cuando su mano acogió su miembro. Sonrió tontamente cuando sintió como ella le acariciaba el tronco, como sus labios se deslizaban por su superficie endurecida, como sus dedos se apoyaban habilidosos por su extensión viril.

-Irene-repitió, tres vocales que danzaron en su boca antes de que esta se cerrara abruptamente cuando la joven aterrizó sus labios en la punta húmeda del tronco.

Se permitió mirarla, y recordó esa expresión concentrada, ese mohín concentrado, la misma expresión que adoptaba cuando ella enseñaba al resto tocando la flauta y sus mejillas se sacudían, vibraban al son de la felación, del ritmo demencial que lo sacudía y excitaba.

Ella lo tumbó en el sofá, se quitó el tanga, le mostró ese sexo que solo había profanado en fantasías irracionales nocturnas, ese lindo par de labios semiabiertos que destacaban en el valle de sus muslos, esa esmerada franja de vello negro que se perfilaba sobre ellos, como la lanza tendida de un soldado dispuesto a embestir.

Su humedad, su calor, su pulsión. Lo había echado de menos. El sexo, la proximidad de otro cuerpo, el ritmo carnal y milenario que proyectaba Irene con su vaivén de caderas, el reflejo insólito de luces centelleantes sobre la desnudez de sus pechos, el temblor que sacudía sus tetas mientras ella se sacudía y gemía sobre su cuerpo.

Y, como los cohetes que se alzaban rugientes hacia la oscuridad del cielo y se proyectaban en las ventanas del sótano, así le pareció a Bruno que él se elevaba, contemplándose, admirando a Irene. Veía a esa mujer, cuyo ondulante cabello cobrizo se agitaba en sus hombros; contemplaba su rostro enrojecido, sus mejillas pobladas de una hirsuta barba mal cuidada, las arrugas de su rostro curtido cinceladas por el placer y sus hombros anchos acariciados por los dedos de Irene.

Como un cohete, como un fiero dragón rugiente, así sintió que su simiente fue estallada, volando vigorosa por su polla endurecida, restallando en la oscura y cachonda sima de Irene, inundándola, llenándola…

Soltó un resoplido, e Irene se desacopló, y con gracia alegre sus pies descalzos se apoyaron en el suelo, mientras de su sexo se desprendía una escueta espuma blanca.

-Feliz Año Nuevo, profesor, ¿viene a brindar con Miguel? -le preguntó Irene, tendiéndole la mano.

-Ya he bajado yo por vosotros dos, has aguantado más de lo que creía-respondió Miguel, en un tono alegre mientras bajaba las escaleras.

Bruno se recompuso sobre el sofá, cubriendo su sexo con un cojín, mientras Irene correteaba hacia Miguel y aceptaba la copa que este le tendía, depositando un suave beso en sus labios.

-Así que es verdad-susurró Bruno, sorprendido.

Irene y Miguel compartieron una mirada cómplice y se rieron. Miguel pasó un brazo por la cintura de Irene, y la acompañó hasta la mesa de billar.

La observó con detenimiento mientras Irene se vestía progresivamente y Bruno hacía lo propio. Miguel, respetando la intimidad de su amigo, siguió contemplando la mesa.

-Le propuse que me enseñara a jugar al billar-puntualizó Irene.

-Ya veo, se nota que no has jugado conmigo aquí, Bruno, deberías saber que Irene es la rival más concienzuda que puedes conocer en toda tu vida en este juego-precisó, sonriendo travieso a Irene.

-Nunca pensé que vosotros dos…

-Eres el último que lo sabe, Bruno, y espero por tu parte una absoluta discreción-le pidió Miguel, tendiéndole la copa de champán.

Bruno asintió, irguiéndose del sofá, abrumado por el peso de semejante sentencia. Miguel había adoptado a Irene hacía muchos años y, a ojos de todos, se comportaban como padre e hija. Y ahora…, veía a Irene, y sus ojos alegres y brillantes, y reconoció el el mismo vínculo amoroso que había visto en la mirada franca y chispeante de Amparo.

-Feliz Año Nuevo.

Las tres copas repiquetearon alegres, y para Bruno fue como una liberación. Sí, Miguel había captado su ensimismamiento, su tristeza y desapego por la muerte de su esposa. Y lo conocía, sabía a la perfección que él repudiaba la idea de la prostitución, o de iniciar otra relación sentimental. Ya tenía casi sesenta años, y se veía demasiado anclado a la antigua usanza para atreverse a dar el paso.

Cuando depositó la copa junto a las de ellos, sonrió de nuevo, como llevaba tiempo sin hacerlo. Irene había sido el soplo de aire fresco que había revitalizado la pesadumbre de su corazón.