Deuda de juego
Manolo creyó que venderla sería la forma más barata de salir del apuro. No imaginó que, al llegar a la sala, la humillación pactada se transformaría en el placer más intenso de su vida. Y mucho menos que ella elegiría disfrutarlo.
Llevaba saliendo con Manolo más de dos años y ya estaba harta de sus historias. No se como se metió en el lío del que, como siempre, le tuve que sacar yo cuando la situación ya era insostenible y algo teníamos que hacer.
Empezó a jugar al póquer con unos amigos, partidas inocentes mientras se tomaban una copa y lo más que podían perder en una noche eran cincuenta euros, así lo tenían pactado entre todos y lo cumplían a rajatabla. Poco a poco se fue aficionando más y más y como tantos otros acabó metiéndose en partidas a otro nivel. Un nivel que estaba muy por encima de sus posibilidades, tanto económicas como por experiencia.
Sus deudas pronto llegaron a un nivel que los acreedores le exigieron el pago con amenazas físicas, incluso con reclamar a sus padres la deuda bajo presión. Estaba desesperado. Me lo contó una tarde tomando una cerveza en una terraza y me quede de piedra, nunca me lo hubiera imaginado.
Indagué quien era esa gente y en principio se negó a decírmelo, cuando le presioné fue cediendo poco a poco y al final me confeso todo. Se trataba de gente aparentemente normal y con un nivel de vida por encima de la media, más de uno eran pequeños empresarios, otros trabajaban en puestos directivos de grandes empresas, gente que se podía permitir perder unos miles de euros en el juego.
Sin atreverse a mirarme a la cara me confesó que la deuda ascendía a más de nueve mil euros repartida entre tres acreedores. Tenía un plazo de diez días para saldarla o empezarían a tomar medidas. Con la vista fija en el vaso vacío y tartamudeando me contó que le habían ofrecido una alternativa que no se atrevía ni siquiera a plantearse, ni plantearme. Una vez más tuve que sacarle las palabras con sacacorchos.
La alternativa era una partida más para darle la oportunidad de recuperarse y si no conseguía reunir, al menos, la mitad del dinero que debía me querían a mí, sexualmente hablando. Me quedé paralizada por con lo que estaba escuchando. Lo primero que me salió fue que si estaba gilipollas y no tenía un ápice de dignidad. Intentó justificarse diciendo que él no me lo quería decir y había sido yo quien le había presionado para hacerlo.
Indignada y cabreada me levanté de la mesa y me marché a casa dejándole allí sentado. Me llamó varias veces al día siguiente y no le cogí el teléfono. Días después vino a buscarme al trabajo a la hora de la salida y accedí a hablar con él. Estaba decidido a asumir las consecuencias sin meter a nadie de por medio y si le daban una paliza se la tenía merecida.
Me alegré de que al fin tomara el toro por los cuernos y asumiera por una vez sus propias responsabilidades. Por otra parte, empecé con miedo a ser consciente de las consecuencias y no podía evitar valorar la otra alternativa, dejarme follar por unos hijos de puta. Eso sí, si accedía pensaba dejar definitivamente a Manolo y no volvería verle.
Fui yo la que llamé desde el teléfono de Manolo y les dije que de acuerdo. Iríamos juntos a esa partida y si tenía que dejar que abusaran de mí lo haría, eso sí, la deuda quedaría completamente saldada. Llorando me dijo que no me hacía idea de cómo me lo agradecía, con las tripas revueltas le dije que una vez pasara el trago no volveríamos a vernos nunca más.
Me volvió a llamar el viernes por la noche para decirme que la partida era al día siguiente a las nueve de la noche. Me dijo que me recogía con el coche sobre las ocho y le dije que prefería que me diera la dirección de donde se iba a celebrar. Prefería ir sola y marcharme de la misma manera cuando acabase, convencida de que iban a abusar de mí los acreedores.
El lugar era un conocido hotel de Madrid. Tenían reservada una amplia sala, con una mesa cubierta por un tapete verde y cuatro sillas, además de una mesa baja, un sofá y dos butacas. Un mueble bar con bebidas completaba el mobiliario. Cuando llegué ya estaban los cuatro allí,
Manolo se levantó e intento darme un beso que rechacé. Antes de que me presentara lo hice yo misma dándoles la mano a todos los presentes diciéndoles que era su premio por desplumar al imbécil de mi novio. Me dijeron que la idea de saldar la deuda follándose a su novia no era de ellos, sino de mi propio novio. Le miré con cara de odio y les dije que empezaran a jugar.
Enseguida me di cuenta de que entre ellos se hacían señas sin que Manolo se diera cuenta, como si fuera una partida de mus de tres contra uno. Era muy evidente que le habían tomado de pardillo y se estaban aprovechando de él. Me dio más pena que rabia, aunque él se lo tenía merecido y yo también por salir con semejante imbécil.
No había transcurrido ni media hora de juego cuando les interrumpí. Manolo ya perdía más de mil euros y era imposible que se recuperara con las trampas que le hacían, aunque de vez en cuando le dejaban ganar alguna mano para animarle.
- La partida se ha acabado - dije. Está claro porque pierde siempre, no tiene opción a ganar debido a las trampas que estáis haciendo entre vosotros. Aun así, vamos a saldar su deuda lo antes posible y antes quiero vuestra palabra de caballeros, si es que la tenéis, de que a partir de ahora no le vais a molestar más, ni vais a admitirle en otra partida. Nunca – añadí.
Los tres dieron su palabra y pregunté a quien le debía más dinero para que fuera el primero en follarme. Se miraron entre ellos y uno levantó la mano, como si estuviera en el colegio.
Como la deuda se había producido sobre la mesa de juego, les dije que la limpiaran porque iba a ser justo en ese sitio donde me iban a follar. Retiraron sus efectos personales y dejaron solo las copas encima. Pasé el brazo en plan barrido y fueron todas a parar al suelo dejando la mesa limpia, que se ocuparan ellos de dar explicaciones al hotel.
Empecé a desnudarme y con solo la ropa interior me tumbé en la mesa y retiré las bragas a un lado del pubis. Le dije que ya podía empezar el primero y procurara correrse lo antes posible. Los cuatro se acercaron, Manolo incluido. Le dije que le quería lo más lejos posible de mí y con la cabeza agachada fue a sentarse en una butaca.
De pronto una mano me asió el brazo y me obligó a incorporarme. Otra mano me cogió el otro brazo y me hicieron bajar de la mesa. El tercero me dio la ropa y me dijo que por favor me vistiera. Me quedé atónita, no sabía a qué venía no querer cobrarse la deuda.
- No hemos venido aquí para follarte como a una puta, me dijo el que le tocaba follarme primero. Si hubiera sido esa nuestra intención la habríamos contratado, nos habría salido más barato y su actitud habría sido completamente distinta a la tuya. Manolo nos dijo que tú estarías de acuerdo en montártelo con los tres y que además lo disfrutarías porque te conocía muy bien.
Mi indignación subió a niveles estratosféricos. Me fui donde estaba Manolo y le dije que me mirara a los ojos. Como no levantaba la cabeza y ni siquiera había protestado, se la levanté estirándole de los pelos y le di una bofetada diciéndole que para mí ya estaba muerto. Había ido saldar su deuda en las condiciones que él había pactado y las iba a cumplir. Les dije a los otros que se acercaran que era toda suya y esperaba que estuvieran a la altura y me hicieran disfrutar de verdad.
Me quité la ropa interior y me puse de rodillas sobre la moqueta rodeada por los tres. Les saqué la polla y empecé a mamársela por turnos. Sorprendidos por mi cambio de actitud y conscientes de que había sido utilizada por mi novio, decidieron hacérmelo pasar bien y ocuparse de darme placer. Uno empezó a comerme el coño mientras otro me la metía en la boca y el tercero se ocupaba de mis pechos. Todos me penetraron, incluso dos a la vez, uno por delante y otro por detrás, porque yo lo pedí.
Dejé que todos se corrieran en mi boca, algo que nunca le permití a Manolo. Al final disfrutamos los cuatro, sobre todo yo que tuve más orgasmos en una sola sesión que los que había tenido con Manolo desde el inicio de la relación. Así se lo dije mirándole a los ojos con la cara llena de semen.
Me limpié como pude con servilletas y me vestí. Les besé a los tres en los labios y les di las gracias por haberme hecho disfrutar tanto. Me despedí de Manolo escupiéndole a la cara y diciéndole que era un mierda. Las lágrimas que resbalaban por sus mejillas me dejaron indiferente.
Recogí mi bolso y me marché mientras borraba el número de Manolo del móvil y le bloqueaba en todas las aplicaciones de la red.
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