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El masaje prohibido de Ana

La cita era para aliviar una espalda dolorida, pero las manos de Ana tenían otras intenciones. En la soledad del centro cerrado, el masaje profesional se transformó en una sesión de placer prohibido, con el marido esperándolos en la puerta.

Casadosensual27K vistas7.0· 6 votos

Hola, me llamo Juan y tengo 41 años. Soy un hombre fuerte, alto y con buena presencia. Por temas de trabajo, habitualmente visto en traje y cuando lo llevo, aunque sea solo una falsa sensación, me siento atractivo y conquistador. Esa sensación, hace que cuando visto así, piense que a algunas mujeres les puedo despertar un interés especial que me permite ser más descarado y atrevido de lo que realmente soy cuando visto normal.

Hoy os coy a contar unos hechos que pasaron (o no) hace unos meses con la mujer de un compañero de colegio en el pueblo, pero mejor no adelante nada más y empiece con la historia.

Nos situamos en uno de los pubs acogedores de la ciudad de Barcelona, un viernes a las 22h de la noche. Por motivos de trabajo, ese viernes era uno de los días en que mi traje azul marino, mi camisa blanca y mis zapatos y cinturón de piel marrón me daban una fuerza especial. A parte del famoso traje, mi pelo corto y arreglado, mi barba de 4 días, mis gafas de niño bueno y mi espalda ancha y cuerpo delgado arreglaban todo el conjunto.

La jornada de trabajo había sido dura, acabando con una cena con unos clientes de esos tan pedantes que solo pretendes que acabe la cena, firmen el contrato y desaparezcan de tu vida. Eso me llevó a irme a tomar una copa y ver el ambiente, con la idea de intentar invitar a una chica a tomar algo y charlar un buen rato, intentando conquistarla y por qué no, llevármela a la cama.

Una vez en el bar, me siento en un taburete del fondo de la barra y me pido un gintonic para empezar a observar a la gente que va entrando. De repente, una voz familiar, me sorprende.

E - Juan! Cuanto tiempo!! Eres Juan, verdad?

Me giro y ahí estaba… Enrique, un compañero de clase de hace años, acompañado de una bella chica, a la que agarraba fuertemente, por lo que pensé que sería su amante, su novia o su mujer.

Nos hizo tanta ilusión vernos, que fuimos a sentarnos a una mesa para contarnos batallitas de hace años, y saber un poco más el uno del otro. Debo reconocer, que a la que Enrique se despistaba, mi mirada iba dirigida a la chica, que no sé si porque era la pareja de Enrique o por su propia belleza, me estaba despertando un interés especial.

Con el paso de las horas, nos pusimos al día… Enrique y Ana estaban casados de hacia ya unos años, y hoy era el primer día que salían a tomar algo los dos solos. Habían sido padres hace unos meses y hasta hoy no habían podido dejar al bebé para tener una noche de intimidad.

Después de saber eso, y con unos gintonics de mas, les pedí disculpas por pasar a formar parte de sus planes de noche romántica, aunque en el fondo, me estaba poniendo algo caliente, imaginando como se pondrían a follar como animales al llegar a su casa saliendo del pub.

Ana era una mujer que se hacía mirar, además, se había arreglado para la ocasión. Ella vino con un vestido negro, cortito, por encima de las rodillas. Por arriba, el vestido era bastante abierto, con dos tiritas delgadas que lo aguantaban por los hombros. Para mí, ese vestido era la perdición de la noche. Su descarado escote, la idea de que no llevara sujetador, la imaginación de poder algún día bajarle esas tiras y dejarlo caer para verla completamente desnuda delante de mí, saber si el vestido iba acompañado de un tanga o de una braguita brasileña….

Una de las veces que Ana fue al baño, Enrique se dio cuenta de que mi mirada la seguía descaradamente. Enrique, lejos de callarse o decirme que era un descarado, reaccionó como lo hacía años atrás en el colegio.

E - Te gusta mi mujer verdad? Ya veo como te la miras. Te voy a ser muy sincero… alguna vez hemos comentado el tema y ella, de momento, no está dispuesta en hacerme cornudo, no se atreve, y es una lástima porque es uno de mis deseos.

Yo, ante esas palabras no supe demasiado que decir, pero como buen descarado que era entendí que a su manera, me daba permiso para intentarlo. Par a mi mente pervertida, esas palabras venían a decir “yo la compartiría encantado, pero es ella quien no quiere”.

A la vuelta de Ana, decidí empezar a despedirme, pues ya era tarde. Ellos tenían toda una noche de sexo por delante y yo tenía las cervicales y la espalda destrozadas de una semana muy dura de trabajo de oficina.

Por mi sorpresa, cuando comenté ese tema, Ana se sacó una tarjeta del bolso.

A – Ostras, Juan, que casualidad, yo trabajo en un centro de fisioterapia. Si quieres el lunes llama y reserva hora. Les diré a recepción que llamarás y así te encontraran un hueco, y si no hay horas, me quedo un rato más y dejamos esta espalda como nueva. Es lo mínimo que puedo hacer por habernos alegrado la noche con tus batallitas.

Acepté la tarjeta encantado y con una sonrisa de oreja a oreja a parte de una buena erección, solo de imaginar que las manos de esa mujer tocarían mi espalda desnuda durante mínimo media hora.

Llegó el lunes, y al mediodía llamé al centro de fisioterapia. Comenté que era amigo de Ana y que me había prometido un hueco, y tal y como quedamos el viernes, me dieron hora a las 19h con el centro ya cerrado. Ana se quedaría un rato mas para mí.

Después, decidí contactar con Enrique, le mandé un was invitándoles a cenar después del masaje como agradecimiento. Un was que Enrique respondió rápidamente con un “ok, vengo al centro a las 19h y vamos cuando acabéis”.

Llegaron las 19h y yo me presenté al centro con ropa deportiva, más adecuada por un masaje.

Al tocar el timbre, fue la misma Ana quien me abrió la puerta, el centro ya estaba cerrado y vacío.

A – Donde dejaste hoy el traje?

J - En casa, el traje no es cómodo para el masaje, no crees?

A – No, pero te quedaba mejor que el chándal

Ese comentario de Ana me descoloco un poco aunque no le di más importancia. Le comenté a Ana que Enrique vendría luego y que iríamos a cenar. Ella me dijo que ya lo habían comentado, y que como el centro estaba cerrado, le había dado unas llaves, así cuando llegara no tendría que salir a abrirle la puerta. Dicho eso, me quité la ropa de la parte de arriba y me tumbé boca abajo en la camilla, esperando que sus manos se pusieran por fin encima mi cuerpo, aunque fuera solo por un masaje.

Durante el masaje, ella me empezó a comentar que se me veía deportista, que tenía una espalda fuerte… los típicos comentarios de fisio para que no se haga un silencio incomodo de 30 minutos. Yo solo estaba pendiente de sus manos suaves y pequeñas, y de todos y cada uno de los roces que notaban mis codos con sus muslos, e incluso a veces con su entrepierna.

Cuando Ana ya llevaba un rato masajeando mi espalda de arriba abajo, llegando hasta la parte baja de mi cadera, lo que me excitó bastante, me dijo que me girara para hacer los hombros por delante. En ese momento, no sabía qué hacer. Llevaba una erección de campeonato, pero tampoco podía negarme a girarme. Pensé que seguro que no era el primer cliente que al girarse tenía una erección, una idea que no sé de donde me la saqué, porque, estaba claro que sí que sería el primero.

Al girarme y tumbarme, me di cuenta que Ana no sacaba los ojos de mi entrepierna. Entre que el chándal era de algodón y marcaba todo lo que había debajo, y que mi miembro tiene un tamaño considerable, estaba claro que se iba a dar cuenta.. Intenté romper el hielo, pero sin pretenderlo salió mi “yo seductor”.

J – Te gusta lo que ves? No paras de mirarlo…

Ella se quedo roja, sin saber qué decir, sin moverse, mirando constantemente… Al final, sin decir nada, se dirigió a mis hombros. Su silencio hizo que a parte de mi “yo seductor” apareciera también mi “yo descarado”.

J – Disculpa Ana, me aprieta demasiado, si no le dejo espacio no bajará y Enrique estará a punto de llegar.

Dicho eso, aparté la goma del pantalón y dejé que mi miembro saliera de dentro de él. Fue una acción de muy mal gusto y que me podría haber costado la expulsión del centro, pero Ana no era así. Ana era más juguetona de lo que quería demostrar, y yo se lo había notado.

Cuando ella acabó el masaje, y me dijo lo típico de “ya estamos, levántate poco a poco y vístete, te espero fuera” empecé a jugar.

J – No prefieres esperar aquí? No me sacas ojo de encima… disfruta como mínimo mientras me visto.

A – No creo que deba

J – No siempre se tiene que hacer lo que se debe, no crees?

Durante esas 3 frases, ya me había levantado y acorralado a Anna contra una de las esquinas del local. Me quedé mirándola fijamente a los ojos, y me acerqué a ella. Intenté besarla y ella no se apartó, por lo que nos fundimos en un apasionado beso.

Los dos sabíamos que no teníamos tiempo y que no podíamos hacer ruido. Enrique seguro que ya estaba fuera. Mi beso se trasladó de sus labios a su cuello, y después a los lóbulos de sus orejas, para bajar de nuevo por el cuello y llegar a la clavícula, apartando un poco la bata blanca.

Seguí intentando desabrochar su bata, no había tiempo de demasiados preliminares, y quería ver ese cuerpo desnudo. Desabroché la bata, y me di cuenta enseguida que debajo de ella solo llevaba un conjunto de lencería fina de color negro… Madre mía… era casualidad? O ya venía predispuesta a que parara algo.

No perdí más tiempo en pensamientos no productivos, acabé de quitar la bata, la agarré por la cintura y la senté en la camilla. Me giré un momento contra la puerta, para pasar el pestillo, por lo que pudiera ser. Puse mi cara entre sus pechos, empecé a besarlos, aparté el sujetador y jugué un rato con sus pezones, mientras uno de mis dedos, empezaba a buscar su sexo a través de la lencería.

Pude pasar el dedo por uno de los lados de su ingle y llegar a sus labios. Ella estaba entregada. Sentada en la camilla, con la espalda recta y apoyada con los brazos atrás para no caerse. Sus piernas se iban abriendo cada vez mas y empezaba a sentir sus controlados suspiros.

Llegué por fin a sus labios, y pasé el dedo entre ellos, estaba muy húmeda, al notarla tan húmeda, no pensé en la situación y le mordí fuerte uno de los pezones, lo que le sacó un pequeño gemido de dolor i/o placer.

A – Schhh… cuidado cabrón, no me hagas chillar, que Enrique ya está aquí!

J – Y lo que te excita que esté aquí verdad?

La no respuesta de Ana a mi pregunta, fue el permiso que necesitaba para seguir un poco más allá. La bajé de la camilla y le quité las bragas. La puse de caras a la camilla y le apreté la espalda para que apoyara los brazos en ella, quedando de pie, pero apoyada en la camilla, entregándome toda su espalda y su culo para empezar a penetrarla. Una vez en esa postura, usé mis dos manos para acabarla de preparar. Con dos dedos de una de las manos, empecé a masturbarle la vagina, metiéndolos y sacándolos cada vez más rápido. Con un dedo de la otra mano, busqué, encontré y estimulé su clítoris, hasta que se hincho y salió de su escondite, quedando a punto de estallar.

Sin perder tiempo, saqué los dos dedos de su vagina y puse la mano apretando su cuerpo contra la camilla. La empecé a penetrar, mientras ella mordía la toalla que había quedado hay después del masaje para no hacer ruido. En un momento, ella empezó a temblar, lo que entendí como un orgasmo e intenté corresponder con el mío, llenando su sexo de leche.

Una vez llena, la saqué, y los dos nos vestimos rapidísimamente para salir. Miramos el reloj, había sido algo rápido, un pim pam de 10 minutos, pero salíamos tan acalorados que dudábamos de si Enrique habría notado algo.

Al salir, Enrique estaba sentado en la sala de espera. Nos vio y se levantó.

E – vamos a cenar, estoy muerto de hambre.

Yo respondí enseguida con doble sentido, para intentar seguir el juego y a la vez incomodar un poco a Ana.

J – Si, vamos, que Ana no me ha dado nada de comer.

Ana, lejos de cortarse, replicó

A – Si hubiéramos comido todavía seguiríamos hay dentro

Los 3 nos pusimos a reír y nos dirigimos al bar para hacer unos bocatas. Ana pasó por el baño y yo y enrique fuimos a la mesa. Al sentarnos, Enrique no pudo aguantar más y lanzó la pregunta.

E – Qué, ya te la has follado? Porque lo del dolor de espalda no se lo creyó nadie…

Yo, consiguiendo mantenerme frio como el hielo, le respondí.

J – Tendrás que preguntarle a ella. Yo no te voy a decir ni si ni no, te vas a quedar con las ganas.

Al volver Ana del baño, seguimos con la cena, el postre y el café, y después del café me fui hacia casa, porque el martes tocaba otra reunión importante. Me fui sin que Enrique hubiera preguntado nada a su mujer durante la cena, y a día de hoy todavía desconozco si él sabe o no lo qué pasó.

FIN

*** Agradezco vuestra valoración, comentarios, ideas, charlas…ya sea en la web o por mail. Intento responder siempre a los lectores que opinan sobre los relatos. Hasta la siguiente aventura!