Historias del complejo turístico (43)
Diego creyó haber encontrado el paraíso con Marcela, pero la sombra de Gonzalo no lo suelta. Mientras su mundo se derrumba con la muerte de su madre, descubre que la mujer que ama comparte su intimidad con otro. ¿Podrá perdonar lo que sus ojos acaban de ver?
Prólogo
En los días en que no teníamos reservas en el complejo, solíamos hacer con Mora un viaje a La Plata, a visitar a María y a sus hijas, a mi hijo Javier, y siempre que podía, algún encuentro con Rubén.
Solíamos parar siempre en el mismo hotel, en una zona bastante céntrica de la ciudad.
Esa vez nos fuimos por cuatro días, desde el lunes hasta el jueves, ya que el viernes ingresaban turistas al complejo por el fin de semana.
Mora estaba en el bar dónde trabaja María, y yo me encontré con Javier, para tomarnos un café en el momento de descanso de su trabajo.
Rubén estaba en Montevideo, y volvía el miércoles, me contó Javier mientras conversábamos en el café a la vuelta del estudio.
Luego de media hora de conversar, Javier tuvo que volver al trabajo, yo me quedé haciendo tiempo, hasta la hora de buscar a Mora.
Mirando hacia la calle, vi caminar un hombre por la vereda de enfrente, con un morral colgado, caminando con parsimonia y la mirada baja, ese es Diego pensé!
Diego había sido un compañero de la facultad, de cuándo estudiaba diseño gráfico, trabajamos juntos en muchas materias, pasábamos mucho tiempo juntos, y nos conocíamos bien.
En esa época podría decir que éramos amigos, cuándo dejé la facultad, seguimos en contacto por mucho tiempo, pero las circunstancias de nuestras vidas nos fueron distanciando.
Me levanté de la mesa, me acerqué a la barra para pagar lo que habíamos consumido, y salir rápidamente del bar.
En verdad no estaba seguro de que fuera Diego, lo veía bastante desmejorado de la última vez que lo había visto, pero eso había sido hacía ya más de cinco años.
Caminé rápidamente tras él, que ya iba por la cuadra siguiente, no me fue difícil alcanzarlo, su andar era bastante cansino, cuando faltaban unos metros para llegar a él, dije su nombre.
-GABRIEL: Diego!
Detuvo su marcha y se dio vuelta, y en ese momento confirmé que era él, a primera vista, me dio la impresión de un hombre derrotado, su mirada fue la que me dijo que ese hombre no estaba en un buen momento.
-DIEGO: ¿Gabriel?
-GABRIEL: Si querido! No estaba seguro si eras vos, te vi pasar desde el café, y salí rápidamente para saludarte!
-DIEGO: ¿Cómo estás Gaby? Tantos años! ¿Qué es de tu vida?
-GABRIEL: No estoy viviendo en La Plata, desde hace un tiempo ya, estoy estos días de visita, vine con mi esposa a ver a mi hijo y algunos amigos, ¿vos cómo andas?, ¿qué es de tu vida?
-DIEGO: Ahí voy Gaby!
-GABRIEL: Disculpá que te lo diga, pero no te veo bien Dieguito!
-DIEGO: Es verdad Gaby, no te voy a mentir, no tengo una buena vida!
-GABRIEL: ¿Tenés tiempo? ¿Querés que nos tomemos un café?
-DIEGO: Dale! Por el momento no tengo nada que hacer!
Caminamos un par de cuadras, hasta que encontramos un bar al que entramos, pedimos café para los dos y conversamos por casi dos horas.
Le conté sin muchos detalles lo que era mi vida, y él me contó algo de lo que había ocurrido en la suya.
En ese momento no me dio demasiados detalles, pero lo vi tan mal, que lo invité unos días al complejo, le tuve que insistir, decía que no tenía dinero para pagarlo, pero le dije que no tenía que pagar nada, que se tomará unos días para descansar y tratar de recomponer su vida.
Agendé su número telefónico, y él el mío.
Quedamos de acuerdo qué ese viernes por la tarde, cuándo nos volvíamos con Mora para La Lucila, lo pasaría a buscar por su casa.
Me despedí de él, ya era la hora en que tenía que ir a buscar a Mora.
Mientras almorzábamos, le conté a Mora de Diego y lo sucedido, y me dijo que no había problema en que viniera con nosotros.
El jueves las cuatro de la tarde, lo llamé y le avisé que a las seis lo pasaba a buscar.
Durante el viaje conversamos mucho, aunque no de su situación actual, fuimos recordando cosas de nuestra época de estudiantes, contándoselas a Mora.
Llegamos al complejo, lo ubiqué en una de las unidades, y le dije que luego de acomodarse viniera a cenar con nosotros.
Catorce días estuvo Diego en el complejo, durante esos días, hablamos mucho, y me contó con pelos y señales lo que había ocurrido en su vida, y esta es su historia.
La historia de Diego
Capítulo 1
La conocí en el cuarto año de la carrera de diseño gráfico, la mujer más hermosa que había visto en mi vida, y en ese preciso instante me enamoré perdidamente de ella. Pero fue recién al año siguiente, cuando pude acercarme a ella y conocerla.
A finales del tercer año, Gabriel, mi compañero de batallas universitarias, dejaba los estudios por cuestiones de su vida personal.
Con Gabriel nos habíamos conocido los primeros días de la carrera, y durante todo ese tiempo, habíamos sido compañeros en todas las materias, no llevábamos muy bien, nos entendíamos mejor aún y durante esos tres años, aprobamos todas las materias juntos, en la facu nos decían "el dúo dinámico".
Fue bastante difícil para mí seguir sin él, siempre pensábamos de a dos, nos complementábamos a la perfección y los trabajos salían solos.
En algún momento, incluso imaginamos trabajar juntos una vez recibidos.
¿Por qué decidí estudiar diseño gráfico?
Soy Diego Ariel Fuentes Molfino, hijo único de Mario Fuentes y de Gloria Molfino, mi padre y mi madre, ambos creadores y responsables del estudio gráfico Fuentes-Molfino especializado en diseño de comunicación visual, cartelería y gigantografías en la vía pública.
Una reconocida empresa que creció y se posicionó entre las más importantes de la ciudad, con innumerables participaciones en importantes proyectos del gobierno de la provincia, el gobierno municipal y en la cartelería de publicidad urbana.
Crecí en ese ambiente y desde siempre supe que estudiaría diseño.
Terminaba ese tercer año de la carrera, ya sabiendo que al año siguiente, tendría que buscar algún otro compañero para seguir trabajando.
Marcela Peralta Bower, que así es su nombre, había llegado a la Facultad, proveniente de otra universidad, y cuándo terminó ese año, pensaba en si la volvería a ver al año siguiente.
Para mi suerte así fue, los primeros días del cuarto año de la carrera, estaba sentado en uno de los bancos, cuando la vi entrar conversando con otra chica, por supuesto no nos saludamos, ya que no nos conocíamos, por eso no podía dejar de mirarla, su mirada me tenía completamente atrapado.
Con el correr de los días, ya era un “hola qué tal”, pero nunca habíamos hablado.
Fue recién para el tercer mes de clases, cuándo tuvimos que hacer un trabajo en grupos de cuatro alumnos, por coincidencias de la vida, coincidimos en el mismo grupo.
Cuando lo supe estaba tan contento como nervioso, tenía miedo que se me notara lo que me gustaba.
El trabajo duro tan solo un par de clases, pero sirvió para que comenzáramos a hablar como compañeros.
Marcela era una chica hermosa, por donde se la mire, una cara angelical de ojos celestes, cabello rubio a media espalda, un cuerpo hermoso y una sonrisa fascinante, de buen carácter y con una conversación muy amena.
Conocerla sirvió para que me enamorara aún más de ella, aunque ella estaba ajena a lo que yo sentía.
Marcela sin lugar a dudas, era la mujer más hermosa del curso, y no solo yo la miraba, un par de compañeros más lanzados que yo, se le acercaban todo el tiempo, sobre todo Gonzalo, el típico canchero qué consigue enredarse con cuánta mujer se le antoja, alto, de cuerpo trabajado en el gimnasio, ojos verdes, pelo castaño corto, y siempre impecablemente vestido con ropas de marca. Hijo de un abogado de uno de los estudios más importantes de la ciudad, sin obviar su Audi descapotable, pocas chicas se resisten a sus encantos físicos y monetarios.
Pero Marcela parecía no darle cabida, y cuánto menos caso le hacía, Gonzalo más insistía.
En un par de ocasiones, se le había acercado para hablarle, y escapándose de él, se acercaba a mí para hablar de cualquier otra cosa.
-DIEGO: Qué insistente ¿no?
-MARCELA: Realmente! Muy pesado para mí!
Y en esas ocasiones, Gonzalo me miraba con cara de odio, pensando seguramente, en cómo semejante mujer prefería conversar conmigo y no con él.
Los meses fueron pasando, y mi relación con Marcela mejoraba día a día, no solamente conversábamos de temas de estudio, empezamos a contarnos nuestras cosas, aunque por mí timidez y por el miedo a que se alejara de mí, no me atrevía a decirle lo que sentía por ella.
También lo hacíamos por mensajes o hablamos por teléfono cuando no estábamos en la facultad, incluso me contaba sus salidas con amigas.
Alguna vez me atreví a preguntarle, sí había algún chico que le gustara, si le pasaba algo con alguien, y su respuesta me puso nervioso.
-MARCELA: Creo que me gusta un chico, pero no sé que le pasara a él.
-DIEGO: ¿De aquí de la facultad?
-MARCELA: Sí, pero bueno, ya veremos...
Tuve una sensación extraña, quería saber quién era ese chico, pero a la vez me daba miedo de que se enamorara de otro.
Gonzalo la seguía buscando todo el tiempo, en algunas ocasiones se quedaban conversando, pero en otras ella lo esquivaba, eso me daba a pensar que el afortunado no era él, ¿quién más podría ser?
Yo no me consideraba entre las posibilidades, no es que sea un mamarracho, pero tampoco soy un adonis, cuerpo normal, tirando a delgado, en verdad poco preocupado por mí imagen, y sobre todo poco lanzado con las mujeres, vamos, qué no soy un ligador.
El catorce de septiembre, era el cumpleaños de Marcela, hacia unos meses me lo había dicho, y ese día, en un descanso entre materias, le dije de tomar un café en el buffet de la facultad.
Quería sorprenderla invitándole el café, y entregándole el regalo que le había comprado, una pulsera de cadenitas plateadas y doradas entrelazadas.
Pedimos los café y nos sentamos.
-DIEGO: Feliz cumpleaños Marce! Es un pequeño regalo para vos!
Me bastaron su mirada y su sonrisa, su cara de alegría era suficiente para mí.
-MARCELA: Gracias Diego! ¿Cómo sabías que era mi cumpleaños?
-DIEGO: Hace un tiempo vos misma me lo dijiste!
-MARCELA: No me acordaba!
Abrió el regalo, y al ver la pulsera dentro del estuche, su cara se iluminó!
-MARCELA: Es hermosa Diegui! Me encanta! Muchas gracias!
Me pidió que se la colocara, y luego se levantó, se acercó a mí y me dio un abrazo y un beso en la mejilla.
Por supuesto el corazón se me aceleró y se me subieron los colores, era la primera vez que me abrazaba.
Nos quedamos conversando esa media hora, verla tan contenta, y mirando a cada momento la pulsera, me hacía sentir el tipo más feliz del mundo.
En la siguiente clase, me quedé pensando en pedirle de salir algún día, a tomar un café, una cerveza o a cenar, para decirle de una buena vez, que estaba enamorado de ella.
Un par de días después, un viernes, decidí que ese era el día, que al terminar las clases, la invitaría a salir.
Marcela se quedó un momento hablando con uno de los profesores de la última materia, junto con otros compañeros, yo salí y la esperé en la puerta, para que mentir estaba súper nervioso.
Unos minutos después, salió Marcela conversando con Vanina y con Gonzalo, yo estaba en la vereda de enfrente, y al verla salir, tuve la intención de acercarme a ella, pero antes de que cruzara la calle, me saludó con la mano, y caminaron los tres hacia el auto de Gonzalo, se subieron y se fueron.
No voy a mentir, me sentí para la mierda, tanto le había insistido el tipo ese, que al final se terminaron yendo juntos, me sentí un perdedor por no haber intentado algo con ella tiempo antes.
En verdad la pasé mal ese fin de semana, pensando en que quizás había pasado algo entre Marcela y Gonzalo.
El lunes nos volvimos a encontrar, yo ya estaba sentado en el aula, cuándo entraron Marcela y Vanina, conversando y riéndose, quizás recordando lo que habían hecho el viernes con Gonzalo, o al menos eso me figuraba yo.
A la distancia me saludó con la mano, y se sentaron juntas unas filas más adelante.
Me sentía un boludo, ¿por qué no le dije de una vez por todas lo que me pasa? Si no quiere saber nada de mí, intentaré pasar página.
En un recreo entre materias, estaba sentado en uno de los bancos del patio, cuando se acercó y se sentó a mi lado.
-MARCELA: ¿Cómo estás Diegui?
-DIEGO: Muy bien, ¿vos?
-MARCELA: Todo bien, ¿Cómo estuvo tu fin de semana?, ¿saliste?
-DIEGO: Este fin de semana no, ¿vos?
-MARCELA: El viernes fui a una fiesta, en la casa quinta de Gonzalo!
Escuchar aquello fue como una patada en los huevos! Seguramente por eso se habrían ido juntos el viernes, en verdad no quería ni preguntarle, ni saber nada de lo que había ocurrido el viernes, me haría muy mal escuchar qué me contara lo que pasó con Gonzalo. ¿Pero que iba a hacer?
-DIEGO: ¿Estuvo buena?
-MARCELA: La verdad que sí! No tenía muchas ganas de ir, pero Vanina me pidió que la acompañara, no quería ir sola!
-DIEGO: Claro!
-MARCELA: Tiene una casa enorme! Se ve que la familia tiene mucho dinero!
-DIEGO: Eso se nota! Por el auto y la ropa, digo!
-MARCELA: No sabía ni qué ponerme! Pero Vanina me insistió tanto para fuera con ella, que al final acepté.
Me estaba contando de la fiesta, pero no me terminaba de contar lo que había pasado, y quizás lo que a mí más me interesaba saber, era si había pasado algo entre ella y Gonzalo, pero no quería preguntarle directamente.
-MARCELA: Por momentos me sentía incómoda, acompañé a Vanina, qué está loca por Gonzalo, pero él no le daba ni cinco de pelota, y todo el tiempo se la pasaba dándome charla a mí, hasta que al final...
En este momento no quería escuchar como terminaba la frase, imaginando en esa fracción de segundo, qué le había terminado convenciendo.
-MARCELA:... Hasta que al final ya no me lo banqué más, y le dije a Vanina que me iba para mi casa! Me miró con cara de culo, pero en verdad quería irme de ahí!
-DIEGO: ¿Por Gonzalo o por Vanina?
-MARCELA: Por los dos! Si seguía estando allí, sentía que Vanina no tendría ninguna oportunidad de hablar con él, y yo lo que menos quería era que estuviera todo el tiempo conmigo!
-DIEGO: ¿No te gusta Gonzalo?
-MARCELA: No lo soporto! Demasiado engreído para mi gusto!
Y respire aliviado, nada me sentaba mejor, qué saber que no le pasaba nada con Gonzalo!
-MARCELA: Sí al menos hubieras estado vos en la fiesta, hubiera tenido con quién conversar!
Que me dijera que hubiera querido que estuviera en la fiesta, me alegró, me hizo entender, que quizás podría tener alguna posibilidad con ella, pero en ese momento, me faltó coraje para decírselo, en el fondo seguía teniendo miedo, de qué al saberlo, y no sentir nada parecido por mí, se terminará alejando.
Pasó el tiempo y se acercaba el fin de año, al terminar las clases, dejaríamos de vernos, ¿cómo haría para estar sin verla esos meses de vacaciones?
Era el mes de noviembre y en un arranque de coraje, un viernes al terminar la hora de clases, mientras salíamos le dije:
-DIEGO: Marce, ¿qué haces esta noche?
-MARCELA: No tengo planes para esta noche, ¿por?
-DIEGO: Me gustaría invitarte a cenar! Si aceptas claro!
-MARCELA: Dale! Me encanta la idea!
De no estar seguro si aceptaría, a escuchar que le encantaba la idea, hizo que mi corazón se acelerara.
-DIEGO: Decime a qué hora y te paso a buscar!
-MARCELA: A la hora que vos digas!
-DIEGO: ¿Te parece a las nueve de la noche?
-MARCELA: Perfecto!
Me pasó su dirección, y nos fuimos cada uno a su casa.
Me arreglé aunque no muy elegante, y a las nueve en punto estaba en la puerta de su casa.
Cuando la vi salir, no pude disimular mi asombro, tenía puesto un vestido hasta las rodillas, de color gris claro, el pelo recogido, maquillada y perfumada, con una cartera blanca y sandalias de taco también blancas, estaba hermosa y se lo dije:
-DIEGO: Hola Marce! Permíteme decirte que estás hermosa!
-MARCELA: Vos también estás muy lindo!
-DIEGO: Gracias ¿vamos?
Como todo un caballero le abrí la puerta del auto para que subiera.
De camino le pregunté si tenía alguna preferencia para cenar, me dijo que le daba lo mismo y fuimos a un lindo restaurante al que había pensado llevarla.
La cena estuvo estupenda, conversando de todo un poco de nuestras vidas, de nuestras familias de nuestro pasado y de lo que soñábamos para el futuro.
Luego de la cena caminamos unas cuadras y entramos en un pub a tomar una copa.
Conversamos, nos reímos mucho y hasta nos animamos a bailar un par de canciones, en verdad la estábamos pasando muy bien y no quería que esa noche terminara.
Cerca de las tres de la mañana, volvimos caminando a buscar el auto, no me decidía, no me animaba a decirle lo que sentía por ella, pero de camino a su casa, decidí que antes de que bajara del auto me abriría y le diría lo que estaba sintiendo por ella.
Llegamos a la puerta de su casa, detuve el auto, y nos quedamos conversando.
Respire hondo, junte coraje y se lo dije.
-DIEGO: Marce, la pasé muy bien con vos esta noche!
-MARCELA: Yo también Diegui! En verdad estaba esperando está invitación!
-DIEGO: Marce, no me decidía, no me animaba, tenía miedo de decirte que me enamoré de vos el día que te vi por primera vez, y que eso hiciera que te alejarás de mí!
-MARCELA: No existías para mí hasta que te conocí, hasta que te escuché, hasta que supe como eras, y en verdad estaba deseando que llegara este momento, porque me fui enamorando de vos día tras día, casi sin darme cuenta quería estar cerca tuyo todo el tiempo.
Tras escuchar esas palabras, corrí hacia un costado el mechón que caía sobre su cara, y acercándome lentamente la besé, un beso suave, lento, pero intentando demostrarle en ese beso, todo lo que sentía por ella.
-DIEGO: En este momento soy el tipo más feliz del planeta!
-MARCELA: No me animaba a decirte nada, no sé..., quizás por esa boludez de qué las mujeres tienen que esperar a que el hombre lo intente!
-DIEGO: Sería feliz si pudiéramos intentarlo!
-MARCELA: Yo también! Me siento segura de lo que siento por vos! Intentémoslo!
Nos volvimos a besar, esta vez un beso un poco más largo y más sentido.
Luego del beso nos miramos a los ojos y nos volvimos a besar abrazándonos.
Ese abrazo me llenó el corazón, sentir su cuerpo pegado al mío, me hizo tocar el cielo con las manos.
Luego de algunos besos más, nos despedimos y bajó del auto, quedando en volver a vernos al día siguiente, aunque hubiéramos querido continuar la noche, en su casa no hubiéramos podido, aún vivía con sus padres, y ellos estaban allí durmiendo.
Sí todo iba bien entre nosotros, ya tendríamos tiempo de encontrarnos.
Al día siguiente nos encontramos por la tarde a tomar un café en un bar del centro, y no podía dejar de mirarla, aún sin creerme lo que estaba viviendo.
Luego caminamos un poco por el centro, hasta la hora de cenar.
Marcela tenía ganas de comer pizza, y fuimos a la que para mí, era la mejor pizzería de la ciudad.
Quería que esa noche no se terminará nunca, iba todo tan bien, nos sentíamos tan bien, qué le propuse pasar la noche juntos, y para mi total asombro, aceptó de inmediato.
No podíamos ir ni a mi casa ni a la suya, y le propuse pasar la noche en un hotel de la ciudad.
Avisó a sus padres que esa noche no volvería, y nos fuimos para el hotel.
Si antes de conocerla, estaba perdidamente enamorado de ella, cuando la tuve desnuda frente a mí, pensaba en mi interior que si esto era un sueño, que no se terminará nunca, tenía frente a mí un cuerpo hermoso, unas tetas medianas con pezones claros, una cintura delgada, panza chata, con un piercing en su ombligo, un pubis perfectamente recortado, unas hermosas caderas, y el culo más lindo que había visto en mi vida.
Los dos teníamos experiencias sexuales previas, pero en mi caso, nada se comparaba a lo que sentí con ella esa noche.
Empezamos tímidamente, besándonos, acariciándonos, pero la pasión se fue incrementando y la excitación nos ganó.
Nuestros cuerpos eran recorridos por nuestras manos, por nuestras bocas y por nuestras lenguas.
Estaba súper excitado, pero quería que esa noche fuera perfecta, en varios momentos tuve que hacer fuerza para no acabar, cambiando de posición, o el lugar de su cuerpo al que le dedicaba mis atenciones.
Quería que gozara, que esa noche quedara en su memoria, cómo estaba seguro de que iba a quedar en la mía, quería mostrarle lo que podríamos vivir de aquí en adelante.
Antes de la penetración, ya había tenido dos orgasmos con mis caricias y con mi lengua, cuándo llegó el momento de entrar en su interior, del bolsillo del pantalón, saqué un preservativo.
Marcela me miró, me preguntó si tenía algún problema de salud, y cuando le dije que no, me dijo que ella tampoco, y que necesitaba sentirme sin condón.
No me hice de rogar, en verdad sentirla sin condón, era la gloria misma.
Durante el coito estuve un par de veces al borde de eyacular, pero me contuve buscando qué durara lo más posible.
Acostado boca arriba, con ella moviéndose sobre mí, con mi hombría totalmente en su interior y sus manos apoyadas en mi pecho, tuvo otro orgasmo, una delicia.
Sin salirme de ella, giramos en la cama quedando yo encima.
La penetraba mirándola a los ojos, queriendo expresarle lo que estaba sintiendo en ese momento.
Aceleré las embestidas, y llegó un momento en que ya no había vuelta atrás, mi eyaculación estaba al llegar, y en el momento que ella explotó en otro orgasmo acabé en su interior, sintiéndome el tipo más feliz del planeta.
Nos quedamos desnudos y abrazados, después de unos minutos, nos tapamos y nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente antes de dejar el hotel, lo volvimos a hacer, aunque no teníamos mucho tiempo.
Dejamos el hotel luego del desayuno, y pasamos todo el domingo los dos juntos.
Nuestra relación había comenzado, y para mí, lo mejor que me podía pasar en la vida.
Quedaban unos pocos días de clase para terminar el año, y en la facultad, no seguimos tratado de igual forma, ella con su grupo de compañeras, y yo con el mío.
En varias oportunidades, lo pude ver a Gonzalo rondando a Marcela, para nada me gustaba ese tipo cerca de ella, sabía que desde hacia tiempo le tenía ganas, pero me suponía que no la buscaba para una relación formal, si no como un trofeo más de su vitrina.
Nunca le dije nada a Marcela, a pesar de que algunas veces la había visto sola hablando con él, y sonriéndole, pero no quería ser un novio celoso, controlador, ni entrometerme en sus relaciones sociales.
Terminaron las clases, y nuestra relación seguía viento en popa, nuestros encuentros íntimos, los teníamos en su casa o en la mía, en el momento en que no estaban nuestros padres, y cuando no podíamos, nos íbamos a un hotel.
Para las fiestas de ese fin de año, ella conoció a mis padres y yo a los suyos, y en el mes de enero nos fuimos una semana a Mar del Plata, hasta ese momento, los días más felices de mi vida.
Nuestra sexualidad se incrementaba día a día, encuentro tras encuentro, llegó un momento que nos conocíamos tan bien, que bastaba con mirarnos, para saber que estábamos deseosos de un encuentro íntimo.
Esos días en Mar del Plata, no perdonamos ninguno, hicimos el amor todos los días, incluso una noche en la playa, ¿qué más le podía pedir a la vida?
El año siguiente, el último de la carrera, lo hicimos juntos, varias materias a Marcela le costaban un poco, pero ahí estuve yo para ayudarla, y ese año, tuvo las mejores notas de su carrera.
En el mes de marzo, conocí personalmente a su amiga Carolina, Marcela me había hablado mucho de ella, y por fin podía conocerla.
Se conocían de toda la vida, desde el jardín de infantes, sus padres eran amigos, y para Marcela, Carolina era como su hermana.
Una hermosa mujer, de cabello castaño y ojos claros, unos centímetros más alta que Marcela y también con un tremendo cuerpo.
Al verla pensé, que en cualquier sitio que fueran las dos juntas, nunca pasarían inadvertidas.
Ese último año de la carrera, le pedí a mis padres que me permitieron trabajar en la empresa, siempre me decían que me dedicara el cien por ciento al estudio, que ya tendría tiempo para trabajar, pero con las cursadas casi finalizando, con buenas notas en todas las materias, me permitieron comenzar a trabajar.
No tuve ningún lugar de privilegio, tuve que arrancar como cualquier otro de los empleados, pero para mí era más que suficiente.
La relación con Marcela iba cada vez mejor, lo único que me molestaba, era verla hablar con Gonzalo, aunque nunca le dije nada, seguramente al finalizar las clases, dejarían de tener contacto.
Terminaron las clases, con Marcela rendimos todos los exámenes finales, aprobándolos por supuesto, solo nos quedaba presentar el trabajo final de la carrera, una especie de tesis, qué integraba todos los conocimientos adquiridos, y que ya hacía tiempo que veníamos preparando.
Con el trabajo en la empresa familiar, más algunos ahorros, más un préstamo que me hicieron mis padres, me compré un departamento en el mes de abril del año siguiente.
Quería que también Marcela entrara a trabajar en la empresa de mis padres, y una tarde hablando con mamá, me dijo que cuándo hubiera alguna vacante, ella empezaría a trabajar también con nosotros.
Mientras eso llegaba, Marcela consiguió un trabajo por las mañanas, como empleada administrativa en una empresa distribuidora de productos gráficos, a través de un amigo de su padre.
En el mes de agosto de ese año, decidí proponerle matrimonio, un fin de semana le dije de ir a cenar a un restaurante importante, ya había comprado el anillo para entregarle, y luego de la cena le propondría matrimonio.
El lugar era hermoso, y la cena estuvo fantástica, luego de los postres, ya había arreglado con la gente del restaurante, qué nos trajeran una botella de champagne y dos copas.
Cuando el mozo llegó Marcela se sorprendió.
-MARCELA: ¿Qué festejamos mi amor?
-DIEGO: Festejamos el amor, corazón! Lo enamorado que estoy de vos!
-MARCELA: Yo también te amo mi vida!
Las copas de champagne ya estaban servidas y sacando del bolsillo la cajita con el anillo, me levanté de la mesa, me incliné apoyando una rodilla en el piso, y abriendo la cajita delante de ella le dije:
-DIEGO: Me harías el hombre más feliz del mundo, sí aceptaras ser mi esposa!
Se le llenaron los ojos de lágrimas, y su cara y su sonrisa me lo dijeron todo.
-MARCELA: Claro que acepto mi vida! Nada me haría más feliz.
Se inclinó hacia mí, que aún seguía con la rodilla en el piso, y mi besó entre lágrimas.
Luego brindamos, y en ese mismo momento, empezamos a pensar cuándo sería el día de nuestra boda, dónde sería la fiesta, quiénes serían nuestros invitados y dónde nos podríamos ir de viaje de bodas.
No podía estar más feliz en ese momento, siempre me había preguntado, como una tremenda mujer como ella, había elegido estar conmigo, más allá de la empresa familiar, soy un tipo común, sin dinero, más que mi salario, y sin ser un destacable ejemplar masculino, vamos, qué soy un tipo del montón.
La boda fue los primeros días de diciembre de ese año, nos casamos un viernes al mediodía por el registro civil, y más por tradiciones familiares que por otra cosa, esa misma noche nos casamos por la iglesia.
Luego de la ceremonia religiosa, mis padres y los de ella, nos habían organizado la fiesta de bodas, en un coqueto salón de la ciudad, con casi doscientos invitados.
Todo estuvo espectacular, Marcela estaba hermosa con su vestido blanco, al verla entrar del brazo de su padre en la iglesia, no pude evitar las lágrimas, sin duda en ese momento, era el tipo más feliz del universo.
Lo único que no me cayó muy bien, fue que al salir de la iglesia, mientras recibíamos los saludos de todos los invitados, lo vi acercarse a Gonzalo y saludar con un abrazo muy efusivo a Marcela, para luego acercarse a mí y estrecharme la mano felicitándome.
Luego de eso, no volví a verlo, por supuesto no estaba invitado a la fiesta, ¿qué hacía aquí ese tipo? ¿Quien le había avisado de nuestra boda?
Dejé eso de lado y me propuse disfrutar plenamente de nuestra boda, la fiesta fue a todo dar, y cerca de las cinco de la mañana, nos fuimos para un hotel que nos habían regalado para pasar esa noche.
Al día siguiente por la tarde, nos íbamos diez días a Punta del Este, era nuestro viaje de bodas, un regalo de nuestros amigos, que nos habían pagado la estadía en un hotel, y nosotros solo teníamos que costear el viaje.
Decidimos ir al país vecino en mi auto, así podríamos disfrutar también del camino.
Fueron diez días estupendos, en todos los aspectos, el hotel era fantástico, los días espectaculares para disfrutar en la playa, y por las noches, restaurantes, bares y discotecas, y al volver al hotel, nos hacíamos el amor apasionadamente, no perdonamos ni una noche, un maravilloso viaje, que disfrutamos a pleno.
Luego de ese viaje, por supuesto, Marcela y yo nos instalamos en mi departamento, y comenzó nuestra vida juntos.
Marcela seguía trabajando en la distribuidora por la mañana y yo en el estudio de mis padres, desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde.
Los dos trabajábamos de lunes a viernes y los fines de semana, nos quedaban libres.
A pesar de que nos llevábamos muy bien, sabía perfectamente que la convivencia sería otra cosa, no es lo mismo vivir en casas diferentes y vernos casi a diario, que estar juntos todos los días.
Como Marcela tenía sus tardes libres, aprovechaba para ir al gimnasio, juntarse con sus amigas, o salir de compras, la mayoría de los días, al llegar a casa, ella ya estaba allí.
Ese año me empezó a llamar la atención que mamá no fuera todos los días al estudio, y supuse que después de tantos años de trabajo, tendría otras actividades, no sé, salir con amigas, quedarse más tiempo en casa, pero un par de meses después, tomándonos un café en el office del estudio, me contó que andaba con algunos problemas de salud, y era por eso que no iba todos los días al estudio.
Cuando le pregunté que le pasaba, no me dio una explicación exacta, pero me decía que por momentos estaba cansada, y que prefería quedarse en casa.
Le pregunté si se había hecho ver por algún médico, y me dijo que estaba en eso, qué papá le había insistido para que se hiciera ver, y que de ser necesario, se hiciera los estudios que el médico le indicara.
Días después lo hablé con papá, me contó que mamá era reticente a ir al médico, que él le insistía todo el tiempo, pero que mamá siempre ponía alguna excusa.
En ese momento decidí intervenir, y un día en que mamá se había quedado en casa, le dije a papá que me saldría un rato del estudio para ir a hablar con mamá.
Tomándonos unos mates en su casa, la convencí para ir a ver a su médico, y le dije que yo la acompañaría.
La semana siguiente fuimos a la consulta, le contó cómo se sentía, y el doctor le mandó una batería de exámenes, le dijo que quizás podría estar anémica, o algo relacionado con la menopausia.
Yo mismo la acompañé a hacerse todos los estudios, análisis de laboratorio, placas radiográficas, y estudios hormonales.
Con todos los resultados volvimos al médico, algunos exámenes de laboratorio no le habían dado bien, y el médico le mandó otros estudios más específicos, y una resonancia magnética.
Con los resultados volvimos a ver al médico, y tanto a mamá como a mí, nos cayó un balde de agua fría, mamá tenía un tumor maligno en el estómago.
A la siguiente consulta, fue papá con ella, y en esa ocasión, el médico le contó los pasos a seguir, operación y tratamiento de quimioterapia y radioterapia.
Casi un mes después la operaron, la cirugía no fue sencilla, y además presentaba complicaciones en otros órganos.
Los tratamientos de quimioterapia y radioterapia, la hicieron pelota, había perdido casi quince kilos de peso, todo su pelo, y hasta las ganas de comer.
Después de los tratamientos, tuvo una leve mejoría, pero todo se terminó de complicar, cuando el cáncer volvió a aparecer en el páncreas y en el hígado.
En pocos meses mamá se deterioró tanto, que su cuerpo no pudo soportarlo, y falleció en el mes de noviembre de ese año.
Su muerte fue un golpe muy duro para mí, aunque al verla así en sus últimos tiempos, prefería que Dios se la llevara, para que dejara de sufrir.
Para papá también fue un golpe muy duro, mamá había sido su compañera, su amiga y su socia durante toda la vida.
En esos momentos, Marcela me decía que tenía que empezar a ocuparme de las decisiones del estudio junto con mi padre, para que no sintiera tanto la ausencia de mamá, y que además el día que papá se retirara o ya no quisiera seguir en el estudio, sería yo quién quedaría a cargo y tenía que estar al tanto de todo.
En parte tenía razón, el estudio siempre lo habían llevado adelante mis padres, a su forma y con sus decisiones.
Una tarde que salí más temprano del estudio, sabiendo que era la hora en que Marcela salía del gimnasio, decidí sorprenderla yéndola a buscar, el gimnasio no estaba lejos de casa, y ella siempre se volvía caminando.
No había lugar para estacionar en la puerta, y lo hice cuarenta o cincuenta metros más atrás, faltaban unos minutos para las cuatro de la tarde, hora en que habitualmente salía, y al caminar en dirección a casa, pasaría por donde yo estaba estacionado.
Pero minutos después de las cuatro, la vi salir conversando con su amiga, y para mí sorpresa con Gonzalo.
Me quedé un momento pensando que se despedirían, y qué Marcela tomaría el camino a casa, pero grande fue mi sorpresa, cuando la vi subirse al auto de Gonzalo, que estaba estacionado frente al gimnasio. ¿Desde cuándo esa confianza de mi esposa con Gonzalo? ¿También ese tipo iba a ese gimnasio? ¿Qué casualidad?
Salí tras del auto de Gonzalo siguiéndolo a unos metros de distancia, viendo que tomaba el camino a casa. Al llegar, Marcela se quedó unos minutos dentro del auto y luego bajó sonriendo, la veía desde unos metros atrás, donde me había estacionado.
Luego de que Gonzalo se fuera, me quedé un momento más dentro del auto, después de haber visto eso, ¿me tendría que preocupar?
Decidí que por el momento no diría nada, para ver sí Marcela me lo contaba.
Nunca había tenido la más mínima sospecha de ella, nuestra relación era la mejor, y en todos los órdenes, ¿tendría que empezar a estar más atento? No quería llegar a esa situación, eso significaría estar desconfiando de mi esposa, y hasta ese momento nunca había desconfiado de ella.
Quince minutos después, entré en casa, Marcela estaba en el baño dándose una ducha, la puerta estaba entreabierta, la pude ver recostada en la bañera, cubierta por la espuma, y por el movimiento del agua, me dio la impresión de que se estaba tocando la entrepierna.
Pensé qué hacer en ese momento, entrar y sorprenderla en ese acto, quizás sería un momento incómodo para ambos.
Me sentí un invasor de su intimidad, y decidí volver a salir de casa, sin que ella me escuchara, para dejarla terminar su momento de autosatisfacción.
Estuve un rato sentado en el auto, y cuarenta minutos después volví a entrar, esta vez haciendo ruido con mis llaves, y diciendo su nombre.
-DIEGO: ¿Marce?
Y escuché su voz desde nuestro dormitorio.
-MARCELA: En la habitación amor!
Caminé hasta nuestra habitación, y la encontré peinándose frente al espejo.
-MARCELA: Hola amor! Llegaste más temprano hoy!
-DIEGO: Sí, salí un rato antes del estudio, en verdad estaba cansado!
-MARCELA: ¿Mucho trabajo?
-DIEGO: Hoy sí! No paré un segundo! ¿Cómo te fue en el gimnasio?
Era una pregunta normal, era nuestra costumbre, preguntarnos por como habían sido nuestros días, pero en esta ocasión, me interesaba un poco más la respuesta.
-MARCELA: Bien amor! La verdad es que cada vez me gusta más! Ya casi no me dan indicaciones los profesores!
-DIEGO: Ya le tomaste la mano!
-MARCELA: Sí! Y me encanta! Te diría que cada día me gusta más! Pero no sabes... ¿sabés quién se apareció hoy en el gimnasio?
-DIEGO: ¿Quién corazón?
-MARCELA: Gonzalo!
-DIEGO: ¿Gonzalo?
-MARCELA: Sí cuando lo vi me pregunte, ¿qué hace este acá? Y cuando terminé mi rutina, hablamos un momento, y me dijo que había ido a una clase de prueba, que si le gustaba seguiría yendo, se lo habían recomendado!
-DIEGO: ¿Y en qué anda?
-MARCELA: No hablamos mucho, pero cuando salimos con Carolina, se ofreció a traerme hasta casa, le dije que no hacía falta, pero me insistió y al final me trajo.
-DIEGO: ¿Y qué dijo, va a seguir yendo?
-MARCELA: Me dijo que después de el mes de prueba verá qué hacer, no estaba seguro si continuaría en ese gimnasio y buscaría otro!
Después de esa conversación me fui a dar un baño yo, y mientras tanto estaba pensando, no me hacía ninguna gracia, que el tipo volviera a estar cerca de Marcela, tres veces a la semana en el gimnasio, pero por el otro, Marcela me lo había contado, quedándome más tranquilo de qué no lo ocultó.
A pesar de habérmelo contado, decidí que iba a estar un poco más atento a lo que hacía ese tipo, nunca me gustó, y nunca me va a gustar verlo cerca de Marcela.
Siempre tuve la impresión de qué le quedó la sangre en el ojo, al saber que Marcela se había enamorado de mí y no le había dado pelota a él, ojalá me equivoque.
Mi conclusión fue que todas las tardes de ese mes, sabiendo que Marcela iba en ese horario, también lo haría Gonzalo.
Continuará…
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