Xtories

El cazador cazado

Él creía que era el cazador, pero en el parque, con los ojos cerrados y el corazón latiendo a mil, descubrió que la presa siempre tiene el control. Esta noche, María no viene a jugar, viene a tomar lo que es suyo.

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No podía decirse que María fuese precisamente estrecha, pero tampoco era una chica fácil, nos conocíamos de años atrás cuando veraneaba en mi localidad, donde también discurre esta historia. Es uno de tantos pueblos costeros de la comunidad valenciana, el ambiente era cálido y agradable, puesto que estábamos en plenas fiestas de agosto.

María tiene unos 25 años, es morena, pelo largo y rizado, guapa y tipazo. Eso sí, he de admitir que su escaso metro sesenta de altura queda un poco raro al lado de mi casi metro noventa, haciendo que a veces incluso tenga que agacharme para escucharla bien... Bueno, a decir verdad, mi intención era agacharme también para mas cosas.

No sabría decir cuando empece a notar la tensión sexual entre María y yo, aunque echando la vista atrás diría que existió desde el primer momento y fue el tener novia lo que hizo que no me diera cuenta... o no me quisiera dar, pero ahora estábamos los dos solteros y el tonteo era más que evidente por parte de ambos.

Era la noche del sábado, una buena orquesta y una barra era todo lo que se necesitaba para montar la escena que llevaba esperando desde que, la semana anterior, me escribiera porque “le hacía ilusión quedar conmigo”. Por desgracia para mis planes María se estaba controlando con el alcohol, echando por tierra mi principal táctica para ligar, si es que se puede llamar así. Pero no me iba a rendir tan fácilmente, por lo que decidí subir un par de grados la temperatura del tonteo para ver si se daba por aludida.

María respondió al tonteo igual que si hubiera oído llover, lo que me desanimó un poco, así que decidí darle un poco de espacio, y con la escusa de ir a por una copa me quede un rato charlando con gente que conocía a lo largo y ancho de la barra, ella también tenía amigas así que no sentí que la estuviera dejando colgada. Esta vez el movimiento me salió mejor de lo que esperaba y ni cinco minutos pasaron antes de que María me estuviese abrazando la cintura delante de mis amigos, que se dieron por aludidos y terminaron por dejarnos solos de nuevo, no sin antes echar un largo vistazo a María, que llevaba un top azul con bastante escote, lo complementaba con unos vaqueros que sabía perfectamente que realzaban su trasero de bailarina, simple y eficaz.

No recuerdo exactamente de que hablamos durante la siguiente hora o dos, pero en nada me recordó a los últimos ligues que había estado teniendo, donde casi siempre me quedaba con la sensación de que cada vez se hacen las cosas más rápido, pasábamos de no conocernos a olvidarnos tras algunas sesiones de sexo donde la novedad no compensaba la falta de confianza por mucho empeño que pusiera. Pero aun sin esa facilidad de otras veces sentía que la cosa fluía bastante bien, María no paraba de tocarme con cualquier escusa, por lo que necesité toda mi concentración para no distraerme demasiado pensando en lo que íbamos a hacer después.

Un rato después noté que María quería irse, me adelanté y la invité a dar una vuelta, con intención de que acabara en mi casa, pero contestó que no le apetecía andar y que prefería irse a dormir. Hoy en día todavía no sé si eso fue un rechazo o que no entendió que yo quería hacer de todo menos andar, en cualquier caso en su casa había gente y para mí eso significaba un Game Over de manual.

Oculte mi reacción a su respuesta lo mejor que pude y contesté con un, “está bien, te acompaño”, empezamos a caminar hacia su casa mientras yo pensaba a toda velocidad la manera de revertir la situación, me conocía el pueblo mejor que ella por lo que en un momento dado empecé a tomar calles que no iban a su casa mientras seguíamos charlando.

Poco tiempo después llegamos a un pequeño parque en el que no había nadie cerca ni lejos tampoco, logrando la intimidad que tanto deseaba, me hice un poco el remolón y me apoye en uno de los columpios, no sé si María se dio cuenta de lo que pretendía cuando comencé a desviarme de la ruta, pero ahora seguro que lo había entendido, cortó la conversación y me dijo juguetonamente “¡oye me has engañado! No íbamos a mi casa”.

Estaba en lo cierto, y como no estaba por la labor de retener a nadie, se me ocurrió un pequeño juego que me pareció muy excitante, consistía en lo siguiente: Yo cerraría los ojos, y lentamente contaría hasta diez, durante ese tiempo ella era libre de quedarse, irse o hacer lo que quisiera.

Accedió, y yo me quedé de pie, con los dos brazos levantados, agarrado a una de estas barras que los niños utilizan para hacer el mono cruzando de un lado a otro y, por si fuera poco, con los ojos cerrados, la vulnerabilidad era absoluta. Podría esfumarse, darme un bofetón o arrancarme el cinturón con los dientes, y yo no iba a evitar nada de eso. Comencé a contar, muy despacio, dejando cuatro o cinco segundos entre número y número.

La cuenta duró menos de un minuto, pero frenético, mis otros sentidos se pusieron a trabajar como locos. El corazón me latía más rápido que de costumbre, y tuve que intervenir en mi respiración conscientemente para que no se acelerara. Por suerte la fría barra de metal y la leve brisa nocturna contenían el sudor que mis manos y espalda estaban generando. Nunca termino de acostumbrarme a estos momentos.

De todos mis sentidos en ese momento mi favorito era el oído, estaba atento al sonido que pudiera estar haciendo María, para intentar adivinar que estaba haciendo, tenía claro que estaba caminando y quizás alejándose, pero algo me decía que ese no era el sonido de alguien dándose a la fuga, sino más bien el de alguien que trataba de simularlo.

Después del ocho vino el nueve y me limité a dar la cuenta por terminada, callarme un par de segundos y decir “hueles muy bien”. Era cierto, María llevaba un perfume de canela del que me había percatado desde el primer momento, y si mis sentidos no me estaban jugando una mala pasada todavía estaba ahí; aunque viéndolo con perspectiva creo que hubiera dicho exactamente lo mismo aunque no hubiera olido nada de nada, solo por si acaso.

Abrí los ojos y, efectivamente, María estaba justo en frente, sonriendo, sexy, “anda si sabes contar”, me dijo. La madre que la parió.

Sin mediar palabra la cogí de la cintura y la besé, primero sin lengua, despacio, noté un agradable y fuerte sabor a menta, se había tomado un caramelo de camino al parque, ese detalle junto con su actitud hicieron que me diera cuenta de que no era el cazador si no la presa. Aunque a decir verdad no me disgustaba caer en sus garras.

La cogí, apenas sin esfuerzo, y la senté en la ruleta del parque para que su boca estuviera a la altura de la mía y poder besarla más a gusto, está claro que he tenido ideas mejores, pues la ruleta oscilaba de un lado a otro, haciendo que sus labios se despegaran de los míos para luego volverse a chocar, provocando una situación bastante absurda. María se reía mientras a mi se me ponía cada vez mas dura.

Cada célula de mi cuerpo me estaba pidiendo a gritos que la llevara a mi casa, pues lo de seguir en el parque no era una opción viable, supongo que ella estaría pensando lo mismo, pues me preguntó ¿Dónde vamos ahora? Para no apetecerle andar al salir de la orquesta parece que ahora no le importaba tanto.

No era casualidad que mi casa estuviese cerca de aquel parque, aun así los cinco minutos que tardamos en ir fueron algo más incómodos para mí, con el cerebro de baja por erección y sin poder ocupar la lengua buscando aquel caramelo en su boca la conversación se estancó, no es que hiciera falta decir mucho así que solo se me ocurrió poner la mano en su culo y seguir caminando, creo que le pareció bien.

Llegamos a mi casa, esa misma tarde me había preocupado de adecentarla por si al regresar tenía que dar una buena impresión, solo por si acaso. Nada más abrir la puerta se encendió la luz del hall automáticamente y dejo ver el dormitorio, que estaba justo en frente, no lo ubiqué ahí a propósito, sin embargo, fue una decisión acertada, pues a las visitas les ayudaba a encontrarlo sin dificultad.

Me senté en la cama, María se abalanzó encima mio como una boxeadora, y una vez me tuvo contra la lona me mordió el cuello sin piedad, “eso no lo voy a poder disimular mañana”, recuerdo que pensé. Notaba sus pequeñas manos por todas partes y me estaba costando bastante aguantarme las cosquillas, ella se dio cuenta y emitió una carcajada con un toque de maldad.

No paraba de restregarse contra mi pene a través del pantalón vaquero, que había hecho un excelente trabajo, pero comenzaba a hacerme daño, pues toda mi sangre había bajado a la entrepierna, me quité el cinturón y sentí un gran alivio cuando desabroché el pantalón y baje la cremallera, seguí besándola, pues quería que ella hiciera el resto. María decidió continuar desabrochándome el polo y arrancándomelo, después se dedicó a darme pequeños besos en el cuello y pecho, mientras aproveché para descalzarme usando los pies, acto seguido decidí que necesitaba verla desnuda, y por seguir el mismo orden que ella, comencé quitándole el top azul, le tenía ganas.

Llevaba un piercing en el ombligo que no recordaba haber visto antes, quise desabrocharle el sujetador yo mismo, pero me aparto la mano con un pequeño golpe, después se incorporó levemente para quitárselo en un grácil movimiento mientras yo observaba el show desde abajo, agradecido de disfrutar de esos pechos, puntiagudos y ligeramente más blancos que el resto de la piel. María sonreía e intentó lanzar sin éxito el sujetador a la silla, no todo podía salir bien.

Sin darme cuenta llegó ese momento en el que la química masculina nos juega una mala pasada. Mi pene se estaba apoderando de mí, me estaba dando la orden de introducirlo rápidamente en su vagina, dar cuatro sacudidas como un conejo, correrme e irme a dormir. Era cuestión de fuerza de voluntad vencer ese impulso y seguir con los preliminares, otra vez que iba a necesitar toda mi concentración para la tarea.

La tumbé en la cama y mientras ella me acariciaba la espalda lamí y relamí sus pechos como si llevara toda la vida deseándolo, primero en círculos alrededor de las pequeñas aureolas, poco a poco fui intercambiando el movimiento con pequeñas pulsaciones, de vez en cuando soplaba un poco y disfrutaba viendo como se estremecía. Cuando noté la fría hebilla de su cinturón rozándome la tripa lo tomé como la señal de que era la hora de bajarle los pantalones.

“Esto me sobra”, dije mientras le desabrochaba el cinturón, apoyando deliberadamente la mano en su coño, quería sentirlo un momento pues pensaba hacerle sufrir no volviéndolo a tocar en un ratito. Tras el cinturón vinieron sus vaqueros apretados, me toco levantarme y estirar de la parte del tobillo mientras veía como la morena piel de sus muslos iba quedando expuesta. No le quite las braguitas, la ultima prenda que le quedaba puesta.

Para ese momento María decidió que llevaba demasiado tiempo sin llevar la iniciativa, la docilidad no era lo suyo, aprovechó que yo estaba de pie para bajarme los pantalones, los míos salieron con facilidad, dejando a la vista unos calzoncillos que no podían ocultar mi erección, agarró mis partes con una mano mientras con la otra hacía fuerza en mi hombro para que me agachara, apenas podía concentrarme en el beso con la mano de María traqueteando en mis pelotas, movía los dedos como con impaciencia, volviéndome a provocar el deseo de correrme lo antes posible, pero no iba a ser así.

Mientras yo agarraba su cintura desnuda con una mano y la espalda con la otra, ella se las arregló para bajarme los calzoncillos, Calvin Klein, no soy muy supersticioso, pero me da por creer que mis únicos calzoncillos que no son del chino me dan suerte. Vi en su cara una expresión de apetito, no podía imaginar que esa chica fuera a bajarse al pilón la primera vez que nos acostábamos, pero así fue, y la cabrona sabía lo que hacía. Debí de esperarme lo que venía cuando me puso el condón con la boca.

Era una profesional, rodeaba con la lengua al capullo mientras me masajeaba las pelotas la mano, la sensación era maravillosa, con los músculos totalmente relajados la deje hacer durante un minuto o quizá dos. Después comencé a verme en peligro de terminar antes de lo esperado, traté de controlar la respiración, inspiraba durante 4 segundos, mantenía el aire durante 7 y lo expulsaba lentamente contando hasta 8, concentrarme en aquello me ayudó a aguantar un poco más al huracán María, que estaba haciendo lo que le daba la gana con mi polla, cuando volví a verme en peligro dije “ahora te toca a ti”, la levanté de las costillas, no pesaba nada, y la tumbé en la cama. Ahora si, le bajé las braguitas, dejando al descubierto un coño completamente rasurado, bonito dentro de lo común.

Utilicé sus propias bragas para atarle las muñecas detrás de la nuca, fuerte, la intención era que no se soltara.

Volví a entretenerme brevemente en sus pechos bajando beso a beso hacia el ombligo, de vez en cuando hacia el amago de bajar al pubis, pero regresaba inmediatamente. La abrí de piernas y seguí dándole picos en la parte interior de los muslos, acercándome mucho a la raja sin llegar a tocarla, su impaciencia iba en aumento y podía notarlo perfectamente. Llegado el momento me lancé sin avisar y empecé a comerle el coño con todas mis ganas, de menos a mas como siempre, lamí los labios tranquilamente, y le metí un poco los dedos, había mucha humedad ahí abajo, algo tenía que estar haciendo bien.

Una vez rocé el clítoris con la lengua fui a por todas, ese pequeño apéndice era lo único que iba a existir para mi en los próximos minutos, movía la lengua como se ondula una bandera al viento, María comenzó a retorcerse antes de lo esperado, se reía, sin duda fruto de la incomodidad al no poder apartar mi cabeza de sus partes con manos atadas, se iba a correr y no iba a poder evitarlo. Cada vez se retorcía más y acabó apretando mi cara con los muslos exclamando ahhh!

Levante la cabeza tras un trabajo bien hecho, estaba roja como un tomate, le plante un beso sin preguntar y la desaté para que sus brazos descansaran. Otra vez salió su lado boxeador, me abrazó por la cintura y me tumbó en la cama, lo agradecí pues la postura comecoños no es la mejor para la espalda. En agradecimiento por el cunilingus mantuvo mi pene erecto hacia arriba con la mano mientras se lo introducía despacio en la vagina.

Estaba perfectamente lubricada lo que hizo que entrara sin ningún esfuerzo, María subía y bajaba, aprovechando los muslos increíblemente ejercitados que le había dado el baile, disfruté como nunca hasta que me di cuenta de que no podía mas y para colmo no tenía el control, cogiéndola de la cintura la pegué a mi, después roté para situarnos en la posición del misionero, tenia la confianza de que era la posición que mas controlaba y donde me era mas fácil aguantar. Comencé una serie de movimientos de cintura que le encantaron, mientras le regalaba los oídos susurrándole lo bella que me parecía, el misionero no sirvió de mucho y en menos de cinco minutos noté por última vez la sensación de querer acabar, esta vez me deje ir y lo eché todo dentro del condón.

Quedamos en volver a vernos pronto, tengo claro que esto no es una relación, pero confío en tener sexo muchas mas veces con María, ha sido una gran experiencia merecedora de estos párrafos.

Primer relato publicado, no olvideis comentar que os ha parecido y que mejorariais!