La Pantera Negra
Rubén lleva semanas persiguiendo el fantasma de una mujer que se burló de su autoridad y de su deseo. Ahora, entre el brillo de los diamantes y el murmullo de la élite, ese mismo fantasma camina hacia él. ¿Intentará recuperar lo que perdió o dejará que la pantera escape una vez más?
Estaba acostado sobre las sábanas de revueltas de mi cama completamente desnudo y algo sudoroso. Se notaba aún el bochorno del que había sido un caluroso día de principios de verano. Por una rendija de la ventana de mi habitación se asomaba tímidamente el reflejo de las luces de la calle. En silencio y con la mirada perdida entre las sombras que se desdibujaban en el techo del cuarto, todos los sonidos de la noche se acentuaban amartillando mi cabeza.
Desde siempre, con solo cinco o seis horas de reposo nocturno he tenido suficiente y raro ha sido el día en que pasadas las seis de la mañana, ya no estoy fuera de la cama. Pero hacía semanas que no conseguía dormir como era habitual en mi.
Le temía al paso de las horas, pues sabía que la noche llegaría como si de una jauría de lobos hambrientos se tratara. Algunos días, esos lobos me daban un poco de tregua y no eran muy despiadados. Pero otros, la mayoría de ellos, se ensañaban conmigo como un cruel carcelero. El tiempo pasaba muy despacio. Los minutos se discurrían lentamente como si fueran horas que me ahogaban, estrangulándome entre mis propios pensamientos y ensoñaciones. Miré el reloj y aún eran las cuatro y media de la madrugada.
Cansado de dar vueltas en la cama decidí levantarme. Me asomé a la ventana para comprobar que la quietud de la calle desierta seguía siendo la misma de cada noche. Me encendí el que sería mi primer cigarrillo de aquel nuevo día. Le di las primeras caladas a aquel fino Marlboro Touch azul, sujetándolo entre mis dedos índice y corazón de aquella manera tan peculiar. Un estilo de fumar que había adquirido en mi adolescencia. Copiado quizás, de forma inconsciente, de los actores fetiche del momento y que tanto se había estilado entre mis compañeros de juergas.
Perdido entre el humo de mis propias caladas y pensamientos, ella vino nuevamente a mi mente. No conseguía apartarla de mi cabeza. Soñaba con su cuerpo semidesnudo esposado aún sobre la cama. Las curvas sinuosas de su tersa piel. Sus labios carnosos y sonrojados que se abrieron para mí. Sus ojos verdes, felinos y penetrantes que tanto me eclipsaron. Y aquella forma astuta y fría que había tenido de burlarse y escaparse de mí.
Sabía que aquel fatídico día había cometido muchos errores. Había roto todos los protocolos de actuación que durante tantos años habían sido mi salvoconducto y mi mantra. Me había dejado llevar por la atracción, el deseo y la pasión que aquella mujer hermosa, su cuerpo, sus labios, sus ojos y su olor habían despertado en mi. Un deseo inusitado aun estando de servicio y en plena investigación. La dejé escapar. Bueno, ella escapó de mí. Dejándome con un regusto dulce a la par que amargo en mis labios. Y con aquel frustrante sentimiento de rabia y incredulidad apuñalando mi ego. Pero lo peor de todo no fue eso. Ni la impotencia de saberme burlado. Ni haber de callar ante mis compañeros y superiores. Lo peor era que después y no obstante todo, no podía quitármela de la cabeza.
Se me aparecía por todas partes. En los reflejos de los escaparates de mi barrio. En el perfil del rostro de aquella madre de dos niños que tranquilamente estaba sentada en un banco del parque. En la chica encargada de la limpieza de los vestuarios del gimnasio. Al girar la esquina o apoyada en la barra de mi bar de costumbre cada mañana cuando me reunía con mis compañeros.
No le había explicado nada de lo ocurrido a nadie, ni siquiera a Sancho. Quizás por vergüenza o por pudor al ya saber de antemano lo que opinaría. Él, frío y calculador no dejaba puntada sin hilo y siempre me repetía que en temas del corazón: «Primero debía ser yo, después yo y siempre, solo yo». Pero cierto era que, al conocernos de tantos años Sancho me había notado extraño y una mañana desayunando durante la que nosotros llamábamos nuestras reuniones de sabios, me había dicho: <Rubén tío, ¿se puede saber qué te pasa? ¡Hace días que estás ausente y me llevas una cara que es todo un poema!> Por supuesto, intenté disimular no dándole importancia y achacando mi estado de ánimo al estrés del trabajo.
Ni siquiera el hecho que Jacinto hubiera regresado a nuestras reuniones después de un auto impuesto confinamiento por su temor enfermizo a que las relaciones sociales y el frecuentar los espacios públicos le pudieran llevar a contagiarse del tan temido Covid, había podido quebrantar mi aislamiento y abstracción.
Jacinto era otro de mis compañeros y mejores amigos. Aunque no compartíamos tareas dentro del cuerpo, ya que él formaba parte de la patrulla de costas, nuestras inquietudes solían ser las mismas. Conocía a Jacinto desde que siendo solamente un crío y aún para destetar, llegó recién licenciado de la academia desde su Badajoz natal con una pequeña maleta como único equipaje. Nuestro primer encuentro fue un día que tuve que amonestarle por un descuido con su arma siendo él un simple guardia y yo su superior. Quizás por ello, o porque en el fondo le va la marcha, buscó después de aquel encontronazo, el cobijo y la protección de mi ala como si de un polluelo se tratara. Nos hicimos tan amigos que llegamos al extremo de compartir piso durante un tiempo antes de ambos casarnos con nuestras respectivas mujeres.
Jacinto se erigía más blanco que el merengue y más de derechas que Franco, pero tenía un gran corazón que le convertían en un gran hombre en quien siempre podías confiar.
– Buenos días Rubén, ¿cómo lo llevas hoy? – Me dijo mientras se sentaba a mi lado, al tiempo que saludaba a Sancho con un simple movimiento de cabeza.
Jacinto tenía un carácter bastante peculiar. Se podría decir que él y Sancho eran como el agua y el aceite. Se conocían y toleraban por el trabajo, pero el carácter risueño y la verborrea constante de Sancho sacaba de quicio a Jacinto. Para ser sinceros, su único punto de unión era yo. Pero cada uno de ellos con sus peculiaridades y rarezas, me daban aquella estabilidad que necesitaba en mi vida.
– ¡Rubén hombre alegra esa cara! ¿Se puede saber qué te pasa desde hace días? Traes un careto que pareces un muerto – Me asestó Jacinto directo como él era.
– ¡A ver si a ti te lo cuenta! Yo llevo días insistiendo y no le he sacado nada aún -Añadió Sancho, uniéndose al que parecía sería un ataque directo y premeditado de los dos hacia mí.
– ¡Nada chicos en serio! Simplemente estoy agobiado por el trabajo y los asuntos pendientes. No puedo dormir bien cuando tengo preocupaciones en la cabeza, ya sabéis como soy. Además el teniente está especialmente quisquilloso conmigo desde hace semanas -Les respondí intentando justificar mi estado de ánimo, pero a sabiendas que les escondía a mis mejores amigos la verdad de lo que me sucedía.
– No sé, no sé. Otras temporadas hemos tenido mucho más trabajo y presión que ahora y no estabas así -Replicó Sancho mirando de forma cómplice a Jacinto quien al tiempo asintió.
– ¿Seguro que no estarás metido en uno de tus líos de faldas, no? Mira que siempre te digo que debes estar tranquilo. Que no te impliques demasiado en una relación. Que ya no tenemos edad para sufrir por una mujer.
– ¡Que no chicos! No os preocupéis, en serio – Les respondí a ambos con el remordimiento de saber que les estaba mintiendo.
– Bueno, pues si no es cosa de faldas no sabes el peso que me quitas de encima -Siguió Jacinto con una mueca de sincero alivio en su rostro.
– Pues Rubén, si quieres cambiar de aires y perder de vista unos días al teniente, hoy he visto publicado en el boletín interno que buscan voluntarios para una comisión en San Sebastián – Me informó Sancho quien siempre estaba al corriente de todas las novedades y convocatorias que salían en el Boletín del cuerpo. -No sé muy bien el motivo, pero creo que se trata de ir como refuerzo en tareas de seguridad. Están buscando voluntarios para cubrir posibles altercados que pudieran producirse durante los días del Festival de Cine que todos los años se celebra en la ciudad.
– ¡No sé cómo lo haces para estar siempre enterado de todo, jodido! ¡O es que no trabajas en tu unidad! – Le asestó Jacinto con un tono sarcástico que sonó claramente a una crítica.
– ¡Ostras, pues no tenía ni idea! No me vendrían nada mal la verdad unos días fuera del alcance de la mirada inquisitiva del Teniente. Buen clima, buen ambiente, buena comida y bellas mujeres -Respondí rápidamente para suavizar la tensión que se palpaba entre ambos.
Conocía bien Donostia, había estado destinado a Inchaurrondo a los pocos años de graduarme sobre el 88 o 89. Aquel no había sido el mejor de mis destinos. Pues en aquellos años en los que por pensar diferente o por vestir de verde podías salir volando por los aires o terminar con un tiro en la nuca, debías mantenerte en guardia y con los cinco sentidos las 24 horas del día. Por aquel entonces, quien era nuestro capitán había obligado a que todos los vehículos calcinados o explosionados en los que habían muerto compañeros, fueran apostados como centinelas desde la entrada de las dependencias cuartel. Ellos eran los fieles soldados de la memoria que te recordaban día a día, como podías terminar si bajabas la guardia. La verdad es que no fueron unos meses nada tranquilos. Pero, a excepción de los que llamábamos «los hijos de buena cuna» todos debíamos pasar por ese destino. Ahora por suerte las cosas habían cambiado y estaban mucho más calmadas. Así que, decidí rellenar la solicitud por aquello que quizás como me había dicho Sancho, me vendría bien un cambio de aires durante unos días. Para mi sorpresa me lo concedieron. Por lo que llegada la fecha y en pleno mes de septiembre, preparé las maletas y partí como uno más hacia San Sebastián.
La ciudad había cambiado mucho durante todos aquellos años y más ahora en plena ebullición por los preparativos del Festival de cine. Pero continuaba teniendo aquella elegancia señorial de la época dorada de la Belle Époque. La bahía de la Concha seguía siendo, tal y como yo la recordaba, el alma de la ciudad. Su hermoso paseo con su icónica barandilla de hierro blanco y sus farolas continuaba allí. Actualmente, acompañadas de diversos conjuntos escultóricos de arte moderno que le daban un toque vanguardista a la avenida. Bajé del vehículo y una primera bocanada de aire fresco del norte, unido al aroma tan característico a mar y salitre, me golpearon en toda la cara. Ante mi, se levantaba imponente el Palacio de Congresos y Auditorio Kursaal, el cual cuando estuve destinado allí por primera vez no estaba aún construido. Por aquel entonces, el Kursaal era simplemente un gran solar no ausente de polémica.
Mis labores durante aquella comisión consistirían en la vigilancia durante la gala inaugural y la fiesta posterior que se celebraría en el Hotel María Cristina. Estaba prevista la asistencia de cargos importantes, actores y actrices de fama mundial y gente diversa de la farándula. La mayoría de ellos ya llevaban sus escoltas y personal de seguridad privado, pero por parte del Gobierno ante la asistencia de políticos destacados, se había solicitado el refuerzo a nuestro cuerpo del segundo anillo de seguridad. Debíamos asistir al evento de etiqueta y como un invitado más. Infiltrarnos entre los asistentes para simplemente vigilar y estar atentos en el caso que fuera necesaria nuestra actuación. Por ello, me vestí con las mejores de mis galas. Un traje de Armani negro que aún tenía de la boda de uno de mis sobrinos y que me sentaba como un guante. Un clásico como yo, que como un buen perfume no pasan nunca de moda.
La gala inaugural transcurrió sin ningún incidente a destacar, todo tranquilo y en orden, lo que auguraba que el resto de la noche seguiría siendo así. Creo que quizás por eso, una vez trasladados a la fiesta posterior en el Hotel, me relajé un poco. El responsable del equipo me apostó en una esquina de la sala principal la cual era bastante pomposa. Su techo alto de doble altura se sostenía por una serie de columnas rematadas con capiteles corintios dorados. En los laterales de cada pared, un total de cinco puertas de estilo francés con franjas de damasco anunciaban la entrada de cada uno de los invitados. Toda ella era un alarde de ostentación, pero al mismo tiempo me sorprendió su belleza. No sé si por una luminosidad espectacular proporcionada gracias a una serie de candelabros y lámparas centenarias de bronce y cristal; o por sus enormes ventanales, que daban acceso a una impresionante terraza desde la cual las vistas al río Urumea te dejaban deslumbrado.
La fiesta estaba repleta de invitados, la mayoría de ellos caras conocidas del cine español e internacional, directores y algún que otro bellezón sacado seguramente de alguna portada de revista de moda. No tengo claro si era su belleza la que te cegaba o el destellar del reflejo de las luces en los collares, pendientes o brazaletes de diamantes que llevaban sobre ellas como si fueran un escaparate andante.
Desperté de golpe de mi ensoñación cuando alguien se tropezó conmigo, dándome un suave golpe por la espalda y provocando que parte de mi copa de Moet & Chandome, se desparramara.
– ¡Discúlpeme! – llegué a oír que me decía la voz dulce de una mujer entre el gentío.
Me giré al instante, pero simplemente fui capaz de verla de espaldas como se alejaba. Vestía un vestido largo, negro, ajustado y medio transparente que mostraba buena parte de su cuerpo, desdibujando las sinuosas curvas de su figura. Su espalda quedaba completamente al descubierto, perfectamente delineada y esculpida como si el mismo Michelangelo la hubiera cincelado. Su pelo largo, castaño y rizado parecía mantener aquel peligroso equilibrio entre la elegancia de un estudiado recogido y el desenfado de algunos mechones que le caían sobre sus hombros. La piel de su espalda quedaba nuda hasta la altura de la curva donde empezaba su trasero. Allí, la holgura de su vestido dejaba entrever la carnosidad y la turgencia de su culo. Permitiéndote dudar e imaginar con la posibilidad que no llevara ropa interior ¡Sí! ¡Decididamente era imposible que llevara con aquel vestido!.
Caminaba con paso firme, contoneándose ágil y elegante, siendo sabedora de su belleza. Parecía que nada ni nadie tuviera el nivel necesario para acercársele. Destacaba por su altura que se hacía más evidente al estar montada sobre unos altos y acharolados estilettos negros. Al instante aquella forma de moverse y contonearse como si de una pantera se tratara, me resultó muy familiar. Pero sin ninguna duda, la sutileza de la dulce y fresca fragancia a jazmín y geranio que desprendía su cuerpo al pasar fue la bofetada de realidad que necesitaba para darme cuenta que era ella. Que esta vez no era el producto de mi imaginación, ni los efectos de los ansiolíticos o el diazepan. Esta vez, ¡volvía a tener frente a mí a la Pantera Negra!....
Y hasta aquí por hoy este relato publicado parcialmente. Si quieres saber cómo termina no dejes de visitar mi Blog donde lo podrás leer íntegramente.
Encontrarás la dirección de mi Blog en mi perfil de todorelatos o en el enlace web que también en contrarás allí.
Yo de momento te espero allí, en el mundo de la NinyaMala
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