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Historias del complejo turístico (41)

Juan creyó que alejarse sería la cura, pero el destino y el dolor tienen otros planes. Cuando Ana llega a su puerta herida y sola, la distancia se derrumba y la verdad, oculta tras mentías piadosas, está a punto de estallar.

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La historia de Juan Segundo

Capítulo 5

-RICARDO: Ni se te ocurra abrir la boca! Vos a mí no me viste! Te podés meter en flor de quilombo! Vos no sabés de lo que soy capaz!

Lejos de amedrentarme con su amenaza, sin bajar la vista, tranquilamente, le contesté:

-JUAN: Vos tampoco!

Parado frente a él, sin dejar de mirarlo a los ojos, ya no dijo más nada, y un instante después, volvió con la mujer. Arrastrando sus maletas, pasaron frente a mí, y con su mejor cara de odio, me volvió a mirar, y mi repuesta fue una sonrisa.

Fastidio cumplido! Por lo menos se va a quedar pensando si abro la boca o no, ojalá se le arruine el viaje!

Cuando ya los perdí de vista entre la gente, no tenía sentido que siguiera allí, el objetivo estaba cumplido, y su amenaza lejos de amedrentarme, me hizo gracia.

Fui a buscar la moto, y volví para el edificio, incluso también ya sabía qué esa mujer no vivía en Mar del Plata, sino que venía y se hospedaba en un hotel, seguramente sería también de Luján.

Ella sabía perfectamente que Ricardo estaba casado con Ana, y sin embargo se veían cada semana, y ahora se iban juntos a Montevideo, o vaya a saber si era verdad que iban a Uruguay. ¿Qué estará buscando esa mujer? Ser siempre la amante no creo que sea su objetivo, ¿dinero? ¿Sexo? ¿Negocios? ¿Cuál será el interés en ser la amante de un hombre casado?

Llegué al edificio, guardé la moto en la cochera y volví a mi trabajo.

En mis horas de descanso, no iba a la terraza a tomar mate, contra todos mis deseos, no quería encontrarme con Ana, necesitaba alejarme de ella, no tener contacto, no saber de su vida, todo eso hacía que mis sentimientos por ella, fueran en aumento, y el dolor de no poder estar con ella, era cada vez más grande.

Dos veces la vi subir a la terraza desde la ventana de la cocina, supongo que buscándome.

Y un día después, a las dos de la tarde sonó el timbre de mi departamento, y pensando en que pudiera ser ella, decidí no abrir.

Pensando en que definitivamente me andaba buscando, los días siguientes, después de almorzar me iba del edificio con la moto, a alguna playa, algún parque, o solo a dar vueltas en la moto hasta la hora de volver al trabajo.

Cambié los horarios de limpieza del piso 11, y todos los días lo limpiaba en horarios diferentes.

Cuando estaba en la planta baja, no me quedaba en el escritorio, me encerraba en la oficina a leer o a mirar el movimiento de los vecinos en las cámaras.

Sabía que sería imposible no cruzármela en algún momento, esa situación lógicamente se daría.

Y como lo pensaba, dos días después se dio.

Había terminado de almorzar, y con un short, remera y zapatillas, bajé a buscar la moto para salir.

Cuando salí del ascensor en la cochera, me la encontré a Ana sentada en chinito junto a mi moto.

-JUAN: Ana! ¿Qué haces acá?

-ANA: Te estaba esperando!

-JUAN: ¿Todo bien? ¿Pasó algo?

-ANA: Es que estoy preocupada, hace días que no te veo, qué no te encuentro en tu casa y quería hablar con vos!

-JUAN: Sí Ana, decime!

Se puso de pie frente a mí con los ojos llorosos, y la carita triste. Verla así me partía el corazón y moría por abrazarla.

-ANA: ¿Juanse, hice algo o dije algo qué te molestara?

-JUAN: No Ana, claro que no!

-ANA: Porque siento que no querés verme ni hablar conmigo! Ya no te encuentro tomando mate en la terraza, ni limpiando en mi piso, ni en la entrada, ni en tu casa, y no sabía si el problema era conmigo.

¿Qué podía decirle? ¿Qué quería estar lejos de ella, tanto como abrazarla y no soltarla nunca más? ¿Qué su mirada en la mía me hacía llegar a las estrellas, tanto como hasta el fondo del mar? ¿Qué la amo con locura y que no puedo dejar de pensar en ella?

-JUAN: No pasa nada Ana! No has dicho ni hecho nada que me molestara o me haya caído mal!

Y un par de lágrimas cayeron de sus ojos, y tuve que hacer fuerza para no llorar yo también, me partía el corazón verla así. Y le tuve que seguir mintiendo.

-JUAN: Volver a entrar en mi casa, después de tanto tiempo, me movilizó muchas cosas, y encontrar por casualidad, una carta que mi padre me escribió antes de morir, me dejó tambaleando. No es nada con vos.

-ANA: ¿Te puedo dar un abrazo?

Y no hizo falta respuesta, abrí mis brazos y ella los suyos, y fue el abrazo más sentido de mi vida, y durante el abrazo, cerré mis ojos, imaginé que nunca más la soltaba.

Pero la realidad me hizo abrirlos nuevamente y separarnos, Ana es una mujer casada.

-ANA: ¿Ibas a la playa?

¿Qué le podía contestar? ¿Qué me iba del edificio para no verla? Sería herirla sin ninguna necesidad, porque en realidad necesitaba todo lo contrario, pero le seguí mintiendo.

-JUAN: Voy todas las tardes a correr, quiero ver si puedo correr la próxima maratón!

-ANA: Qué bueno! ¿La de acá de Mar del Plata?

-JUAN: Así es! Ya veremos si puedo!

-ANA: ¿Llevas agua para hidratarte?

-JUAN: Compro por el camino!

-ANA: ¿Dónde corres?

-JUAN: En Parque Camet!

-ANA: Ah! Bueno no te entretengo más! Andá a entrenar!

-JUAN: Nos vemos Ana!

-ANA: Me quedo más tranquila! Cuídate!

-JUAN: Vos también!

Me puse el casco y me subí a la moto, y ella espero hasta que me fuera, saludándome con la mano.

Salí a la calle y no pude contener las lágrimas, ¿por qué tuve que enamorarme de una mujer casada? De una mujer casada con un tipo que no valora lo que tiene a su lado.

Un par de días pasaron, y una mañana me llamó Mercedes, con apenas un hilo de voz, diciéndome que no se sentía bien.

Estaba en el séptimo piso, subí corriendo a mi departamento a buscar la llave, y bajé corriendo a su piso.

Entré directamente, la encontré en su cama y me dijo que tenía un dolor en el pecho.

Rápidamente llamé a la urgencia médica, y luego a su hija.

A los diez minutos, la ambulancia tocaba el timbre, y mientras el médico la revisaba, llegó Eugenia.

Me quedé en el comedor esperando, hasta que salió Eugenia de la habitación, diciéndome que el médico había decidido internarla.

Minutos después, subió el enfermero con la camilla, subieron a Mercedes, y rápidamente se fueron para el hospital, y Eugenia por supuesto fue con ellos.

-JUAN: Eugenia, por favor cuando puedas decime cómo está y qué dijeron los médicos! Cualquier cosa que precises, me llamás.

-EUGENIA: Yo te aviso Juanse! Gracias por todo!

Casi tres horas después, Eugenia me llamó llorando, diciéndome dónde estaba internada y qué la habían llevado a la unidad coronaria por una falla cardíaca, qué le harían varios estudios y que en unas horas la volvería a ver el cardiólogo.

Esa noticia me puso muy triste. No te vayas vieja loca! Todavía no!

Esa noche, fui al hospital a ver cómo estaba.

No pude entrar a verla, no era horario de visita, y como no soy familiar, no me dieron información, tendría que volver al día siguiente a las doce del mediodía.

Ese día me acosté muy triste, no quería que nada le pasara a Mercedes.

Antes de las doce del mediodía, estaba en el hospital, minutos después, llegó Eugenia, y a las doce en punto, salió un médico y habló con ella.

Yo me quedé un poco más atrás, respetando su conversación.

Terminaron de hablar, y Eugenia entró a verla.

No pretendía entrar, en los quince minutos del horario de visita, era su hija quien debía estar con ella.

Pero cuando faltaban unos minutos para que terminara la visita, Eugenia salió y me dijo que Mercedes quería verme.

Por supuesto entré a verla, me senté a su lado en la cama, y le tomé la mano.

-JUAN: Hola viejita fea! ¿Cómo estás?

-MERCEDES: Acostada boludo! No me ves!

Al menos mantenía su sentido del humor.

-JUAN: Ah, pero estás más loca que nunca! Con razón me dijo el doctor, que quiere que te pongas bien para mandarte a tu casa! Ya no te aguanta más!

-MERCEDES: Esta lindo el doctorcito!

-JUAN: ¿Ya le tocaste el bulto?

-MERCEDES: Callate boludo, si me tienen llena de cables, no me llega la mano, si no ya se lo hubiera tanteado!

-JUAN: Ponete bien, así te estrenás una minifalda a lunares que te compré, es un poco corta, pero sé que a vos te gusta andar mostrando las piernas.

-MERCEDES: No me hagas reír boludo que me meo encima!

-JUAN: Ponete bien viejita linda, que cuando vuelvas los mates te los hago yo!

-MERCEDES: No sé si salgo Juanse!

-JUAN: Claro que vas a salir! A la tarde vuelvo! Portate bien!

-MERCEDES: Si lo ves al doctor, decile que venga un momento, a ver si se la puedo tocar!

-JUAN: Callate loca!

Le di un beso en la mejilla y salí al pasillo, donde me esperaba Eugenia.

Saliendo del hospital, me contó lo que él médico le había dicho, y el pronóstico no era alentador, y le dije que por supuesto volvería a las siete de la tarde.

Y así fue, a las siete en punto estaba en la puerta de la unidad coronaria.

Eugenia y su marido ya estaban allí y cuando permitieron el ingreso, ella entró. Luego lo hizo su marido, y como la vez anterior, Eugenia, unos minutos antes de que terminara el horario, me permitió entrar un momento a verla.

-JUAN: Hola Mercedes, ¿cómo te sentís?

-MERCEDES: He tenido días mejores!

-JUAN: Te tenés que poner bien, así nos vamos de acá!

-MERCEDES: Eso quisiera! Gracias por hacerme reír Juanse, gracias por ocuparte de esta vieja, sos un buen chico, con buen corazón, te mereces algo bueno, espero que esa chica se dé cuenta! Te quiero mucho boludo!

-JUAN: Yo también viejita linda! Pero te tenés que poner bien!

-ENFERMERA: Terminó el horario caballero, por favor!

-JUAN: Chau viejita! Mañana vuelvo!

-MERCEDES: Chau Juanse! Portate mal y se feliz boludo!

Salí al pasillo muy triste, la vieja se estaba despidiendo.

Volví al edificio, saqué la basura y me fui a comer algo a mi departamento.

Era la una y media de la mañana, estaba por irme a acostar, cuando sonó mi teléfono, era una llamada y me temía algo malo, al ver quién llamaba, y a esa hora, lo supe antes de atender.

-JUAN: Hola Eugenia!

-EUGENIA: Hola Juanse, me llamaron del hospital, mamá falleció hace poco más de una hora.

-JUAN: Cuánto lamento escucharlo! Cuanto lo siento Eugenia! ¿Vas para el hospital? ¿Necesitás que te acompañe?

-EUGENIA: Los médicos dijeron que no tiene sentido ir a esta hora, vamos mañana temprano con Raúl.

-JUAN: Cualquier cosa que precises Eugenia, por favor me llamas!

-EUGENIA: Gracias Juanse! Se lo que mamá que quería!

-JUAN: Y yo a ella! Una loca linda!

-EUGENIA: Mañana te digo dónde se hará el velatorio.

-JUAN: Gracias Eugenia! Te mando un abrazo!

Corté la llamada y no pude evitar las lágrimas, Mercedes era lo más parecido a una madre, hablábamos mucho, me encantaba escuchar las historias de su vida, y tenía un carácter especial, una personalidad muy linda, sin dudas, la voy a extrañar mucho.

La administradora al tanto de lo ocurrido, vino a eso de las nueve de la mañana, y puso en la pizarra de los comunicados, una hoja impresa que decía: "Con profundo dolor, el consorcio les comunica, qué el día de hoy, ha fallecido la querida Mercedes Avendaño, vecina del 2° D. Acompañamos en el sentimiento a su familia."

También pegó el mismo papel en el ascensor.

Sabiendo la relación que yo tenía con Mercedes, Mirta me dijo que si lo necesitaba, me podía tomar el día, pero le dije que no era necesario, que solo iría al velatorio, en el momento en que Eugenia me avisara dónde sería.

Al mediodía me fui a mi departamento, y me estaba preparando un sándwich, cuando sonó el timbre.

Imaginé que sería Ana, y efectivamente, me encontré con ella al abrir la puerta.

-ANA: Juanse! Leí la nota en el ascensor! ¿Qué pasó?

Le pedí que pasara, y no pude evitar las lágrimas, Ana se acercó a mí, y me abrazó.

-ANA: Cuánto lo siento Juanse! Se lo que la querías!

-JUAN: Antes de ayer se descompuso, tenía un dolor en el pecho, llamé inmediatamente a la urgencia médica y a su hija. El médico la revisó, y decidió internarla.

-ANA: ¿Vos cómo estás Juanse?

-JUAN: En verdad muy triste! Son muchas cosas juntas!

-ANA: ¿Qué más corazón? ¿Qué más te pasa?

-JUAN: No sé…, mi casa, la carta de mi viejo, ahora lo de Mercedes...

ANA: Si querés hablar, preparo unos mates.

-JUAN: Dale!

Ana fue a la cocina y preparó el mate, y yo me quedé en el comedor.

Volvió con el mate, y se sentó a mi lado en la punta de la mesa.

-ANA: Lamento mucho que tengas que estar pasando por todo esto!

Me tomé el mate y se lo devolví, giré y estirando mi mano, del mueble tomé la carta de mi papá, se la entregué a Ana, y la terminó de leer con lágrimas en los ojos.

-ANA: Me parece estar escuchando a mi padre!

-JUAN: ¿Cómo se hace para ser descaradamente feliz?

-ANA: No siempre las cosas salen como quisiéramos, pero la vida es para vivirla, tratando siempre de hacerlo de la mejor manera posible, pasando buenos momentos con la gente que queremos y que nos quiere, al menos así lo es para mí.

-JUAN: A mí no me viene resultando tan fácil, mi viejos, Marisa, Mercedes y...

No podía seguir hablando, aunque estaba de capa caída, no podía decirle lo que siento, aunque Mercedes me diría, "decíselo boludo!", pero por ahora no podía.

En un momento apoyó su mano sobre la mía, me miró a los ojos y me dijo:

-ANA: Todo va a estar bien Juanse! El tiempo cura todas las heridas, y esto también va a pasar! Tenés toda una vida por delante! Sos un buen tipo, con buenos sentimientos, el universo te va a recompensar.

-JUAN: Que no se demore mucho!

Seguimos conversando mientras tomamos mate, también le conté que había puesto mi casa en venta, y cuando me preguntó si pensaba seguir viviendo en Mar del Plata, le dije que no lo tenía claro, que no sabía a dónde me llevaría la vida.

El trabajo en el edificio, no es lo mismo sin Mercedes, y seguir viendo todo el tiempo a Ana, no me jugaba a favor, no puedo dejar de sentir lo que siento por ella, y tenerla sentada a mi lado, tomándome de la mano, me hace muy bien, y a la vez me hace tan mal. Todo un lío.

Cerca de las cinco de la tarde, Eugenia me llamó para avisarme dónde sería el velatorio de Mercedes, me dio la dirección y me dijo que sería desde las veinte horas, hasta las nueve de la mañana del día siguiente, hora en que la llevarían al cementerio.

No pude evitar las lágrimas nuevamente, la puta madre, ¿porque te llevaste a la vieja también?

-ANA: ¿Puedo ir con vos?

-JUAN: Claro!

Tenía que volver al trabajo, aunque Mirta me dijera que me podía tomar el día, prefería seguir trabajando.

-JUAN: Cuando voy te paso a buscar!

-ANA: Dale, te espero!

A las ocho de la noche, le toqué el timbre, ya estaba preparada y bajamos a la cochera a buscar la moto.

Diez minutos después llegamos a la casa velatoria, y al entrar, Eugenia me abrazó entre lágrimas.

Quería despedirme de ella, verla por última vez.

Me acerqué al cajón, acaricié sus frías mejillas y le di un beso en la frente.

Buen viaje viejita linda, loca de mierda! Te voy a extrañar!

Sin poder evitarlo, mis lágrimas cayeron sobre ella, mientras le pedía a Dios, que le busque un buen lugar junto a él.

Varios vecinos también fueron a despedirse de ella, era muy querida en el edificio.

Un rato después, también llegó Mirta para saludar a la familia, y como tantas otras personas, también a mi me daban sus condolencias.

Cerca de las once y media de la noche, Eugenia me dijo que se cerraría desde las doce hasta las ocho de la mañana.

Luego de que se cerrara, saludé a Eugenia y volvimos con Ana para el edificio.

Llegando en el ascensor a su piso, Ana me preguntó:

-ANA: ¿Comiste algo?

-JUAN: No tenía hambre!

-ANA: Hice una tarta de verdura, ¿querés comer?

-JUAN: Gracias Ana! Me quiero ir a la cama!

La puerta del ascensor se abrió y antes de bajar, me dio un abrazo!

-ANA: Estoy para lo que necesites! tocame timbre o llámame, no importa la hora!

-JUAN: Gracias Ana!

Entró a su departamento y yo subí al mío.

Si supieras querida Ana lo que realmente de vos necesito... pero sé que es un imposible.

La mañana siguiente, acompañé a Mercedes hasta el cementerio, Ana quiso venir conmigo y lloramos juntos mientras el cajón era enterrado.

Los días pasaron, y tal como lo imaginaba, el trabajo en el edificio ya no era lo mismo, Ana seguía pendiente de mí, pero lógicamente, no en la forma en que yo lo necesitaba.

Su marido volvió del viaje, y las dos veces que me lo crucé, me miró con esa cara de odio que ya me estaba hinchando las pelotas, aunque ya nada me importaba.

Unos días después, me llamó Mario por teléfono, para decirme, que había un interesado en la casa y que era posible que la terminara comprando.

Efectivamente, tres días después, me volvió a llamar para decirme que había decidido comprarla, y ya había entregado una seña.

Quedamos de acuerdo en que la semana siguiente, iría para Avellaneda para firmar los papeles de la venta.

Y fue un par de noches después, cuando sentado en el sillón, tomándome una cerveza, decidí que dejaría el trabajo en el edificio.

No pude decidir en ese momento, que haría de mi vida, no tenía ni idea de lo que quería hacer, ni dónde.

Al dejar el trabajo, también me quedaba sin lugar para vivir, ya veré que hacer, tenía el dinero de la casa y el que me habían dejado mis viejos, ya me tomaría el tiempo para pensar en el futuro.

La primera persona en saberlo, fue Mirta, le dije que trabajaría hasta el último día de febrero, para que tuviera tiempo de buscar un reemplazante.

Me preguntó si había tenido algún problema, pero le dije que no, qué era por cuestiones personales.

Ana tendría que saberlo, no me parecía bien irme sin decírselo, pero esperaría hasta el último momento.

En parte el motivo principal era ella, ya no podía seguir viéndola todo el tiempo, necesitaba alejarme y tratar de olvidarla, si no lo hacía, me quedaría anclado en ese dolor, el de amar intensamente a una persona, y que ese sentimiento no sea nunca correspondido.

¿Dónde iría a vivir? ¿Qué haría de mi vida? Aún me quedaban unos días para tomar esas decisiones.

Faltando una semana para que terminara febrero, decidí que en una primera instancia, me alquilaría algún departamentito turístico aquí en Mar del Plata, la ciudad me gustaba mucho.

Faltando un par de días para que dejara de trabajar, busqué el momento en qué Ana estuviera sola para contárselo.

A eso de la una del mediodía de ese veintiséis de febrero, le toqué el timbre.

-ANA: Juanse! Qué sorpresa! Pasá que hago unos mates!

-JUAN: Dale, me tomo un par de mates pero me voy enseguida, tengo un par de cosas que hacer, pero quería decirte algo.

Volvió con el mate y se sentó frente a mí.

-ANA: ¿Cómo van los entrenamientos?

-JUAN: Ahí van! Sigo corriendo casi todos los días! Pero te quería contar otra cosa!

-ANA: Contame!

-JUAN: Voy a dejar de trabajar en el edificio.

Y su cara entre sorpresa, asombro, preocupación, tristeza o desazón, no sé, me partió el alma al medio, ¿por qué se sentía así?

Me sentía como si estuviera rompiendo una relación, como cuando le decís a tu pareja que ya no la querés

-ANA: ¿En serio? ¿Por qué? ¿Pasó algo?

-JUAN: No, no pasó nada! No tengo ningún problema en el trabajo ni con la gente, pasa que necesito irme!

Lo único que quería era que no me preguntara, si mi decisión tenía que ver con ella, de ser así, tenía que volver a mentirle, mientras estuviera con su marido, jamás le diría que estoy enamorado de ella.

-ANA: ¿Tiene que ver con tu viaje o con lo de Mercedes?

-JUAN: En parte sí, pero hay algo más, algo que me pasa que quizás algún día pueda contarlo...

Me miró expectante, como queriendo que le contara eso que me pasaba y no se lo estaba diciendo.

-ANA: ¿Y hasta cuando trabajas?

-JUAN: Hasta fin de mes!

-ANA: ¿De marzo?

-JUAN: No, de este mes!

-ANA: ¿Pasado mañana?

-JUAN: Así es! Lo decidí hace unos días y Mirta ya consiguió a un nuevo encargado!

-ANA: ¿Eso quiere decir que también dejas de vivir aquí?

-JUAN: Sí, en ese departamento vivirá mi reemplazante!

-ANA: ¿Y te vas a quedar en Mar del Plata?

Su carita de tristeza, me hacía pelota, hacía fuerza por contener las lágrimas, pero no tenía otra opción, no podía seguir así.

-JUAN: En un principio sí, hace unos días se vendió mi casa de Avellaneda, y todavía no he decidido qué haré con ese dinero, ni tampoco que haré con mi vida. Ya lo pensaré.

-ANA: ¿Te puedo ayudar en algo? No sé… si querés podríamos seguir en contacto.

-JUAN: Claro, ¿por qué no?

-ANA: Voy a extrañar las conversaciones con vos! Has sido el único con quién he podido hablar en los últimos tiempos.

-JUAN: Yo también! Espero que todo vaya bien en tu vida!

-ANA: En la tuya también Juanse, decidas lo que decidas.

Estuve allí lo que demoramos en tomar tres mates cada uno, ya se lo había contado, no tenía sentido que siguiera mortificándome con su mirada triste.

-ANA: ¿Nos veremos antes de que te vayas?

-JUAN: Seguramente! Hasta el veintiocho trabajo como todos los días.

Caminé hasta la puerta de su departamento, y ella lo hiso detrás de mí, abrí, salí al pasillo, apreté el botón del ascensor, y volví a girar mirándola. Parada en la puerta de su casa, me dijo:

-ANA: Te voy a extrañar!

En ese momento llegó el ascensor y se abrió la puerta.

-JUAN: Nos vemos Ana!

Y parada con los brazos cruzados, a punto de llorar, me dijo:

-ANA: Chau Juanse!

Entré al ascensor y apreté planta baja, me fui a la oficina y me largué a llorar.

Mercedes me diría, “fuiste un boludo, ¿por qué no se lo dijiste?”.

La actitud de Ana me desconcierta, su carita triste y al borde de las lágrimas por mi partida, diciéndome que me va a extrañar, pero sus sentimientos, nos son como los míos, sigue con su marido, a pesar de que Ricardo es un infiel hijo de puta, pero claro ella no lo sabe.

Quizás otra persona en mi lugar, en beneficio propio, hubiera ido directamente a contarle a Ana lo que hace su marido, incluso hasta podría haberle sacado fotos en muchas ocasiones que servirían para que Ana lo mandara a la mierda de una buena vez, pero asó no soy yo.

Quizás esté equivocado, pero siempre pensé que no tenía que ser yo el que debele ese secreto, me sentía parte interesada, y al meterme forzaría una situación de la que no quiero ser parte.

Ese mismo día, encontré un departamento de un ambiente en la zona de La Perla a buen precio y lo contraté por un mes.

Al día siguiente, hice un par de viajes con la moto llevando varias bolsas con mi ropa y unas caja de libros, no tenía demasiadas cosas mías para llevarme.

El mismo veintiocho de febrero, en el descanso de la tarde, preparé la ropa que me faltaba en un bolso, esa noche ya no dormiría en el edificio.

En alguna conversación sobre libros con Ana, me había dicho que no había leído nunca El Alquimista de Paulo Coelho, era un libro que yo tenía desde hacía muchos años, me lo había regalado mamá para mi cumpleaños dieciséis y lo atesoraba entre las pocas cosas materiales que siguen conmigo.

En la segunda hoja, en una parte en blanco, mamá había escrito: “Nunca dejes de soñar hijo mío. Te amo para siempre. Mamá”.

Decidí darle ese libro a Ana, quizás una de mis posesiones más valiosas, pero sabía que estaría en buenas manos. Con lápiz, en la última hoja, con letra pequeña y poco visible, escribí: El universo lo sabe! Se feliz, es lo único que me importa.

Mi tarea final como encargado del edificio, sería sacar por última vez la basura a las ocho de la noche, luego de eso tomaría el bolso, la moto y un nuevo rumbo para mi vida, incierto aún, pero necesario.

Supuse que Ana en algún momento del día, vendría a saludarme para despedirnos, pero iba subiendo al departamento luego de sacar la basura, pensaba que aún no nos habíamos visto, estaría seguramente con su marido.

El ascensor llegó al piso doce, y al abrir la puerta, me la encontré sentada en chinito en la puerta de la que en breve, dejaría de ser mi casa.

-JUAN: Ana!

-ANA: Hola Juanse! Te estaba esperando! ¿Ya te vas?

Se puso de pie, y nos saludamos con un beso, abrí el departamento y entramos los dos.

-JUAN: Así es! Terminé de sacar la basura y subí por mi último bolso!

-ANA: ¿Ya tenés lugar para vivir?

-JUAN: Alquilé un departamentito por La Perla! Por ahora voy a estar ahí.

-ANA: ¿Me permitís darte algo?

-JUAN: Claro! También tengo algo para vos!

Del bolsillo de su pantalón, sacó un pequeño sobre de papel madera y me lo entregó.

Al abrirlo, me encontré con una cadenita plateada con una medallita de la Virgen María.

-ANA: Para que te cuida donde vayas!

-JUAN: Muchas gracias!

Sobre la mesa estaba el libro, lo tomé y se lo entregué, miró las primeras páginas y al ver la dedicatoria de mamá, me dijo.

-ANA: Pero está escrito por tu mamá!

-JUAN: Si, pero quería que lo leas, yo ya lo hice varias veces!

-ANA: Cuando termine de leerlo, te lo devuelvo!

-JUAN: Ok!

Tomé mi bolso y salí del departamento y me acompañó hasta el subsuelo, al llegar vi que el auto de su esposo estaba en su lugar de la cochera, ¿qué excusa le habrá dado al marido para salir de su casa a esta hora? Bueno…, eso ya no importaba.

Sujeté el bolso en la moto, y antes de subirme, me dijo:

-ANA: Te voy a extrañar!

-JUAN: También yo!

Y luego me abrazó apoyando su cara en mi pecho, sin dudas tuvo que escuchar mi corazón acelerado.

-ANA: Cuidate!

-JUAN: Vos también! Y se feliz!

-ANA: Vos también!

-JUAN: Lo intento! Te juro que lo intento!

Me puse el casco y me subí a la moto, Ana estaba a mi lado con los brazos cruzados y con lágrimas en los ojos me miraba fijamente.

Salí del edificio llorando, queriendo que las cosas hubieran sido de otra manera. No sé si Ana sigue enamorada de su marido, pero siguen juntos, y para mí, ese era motivo suficiente.

Compré algo para comer y un par de cervezas antes de llegar a mi nuevo departamento, y sentado solo en la mesa del comedor, pensé en tomarme unos días en algún lindo lugar, ¿por qué no? Podría descansar y pensar en cómo seguiría mi vida.

Esa noche poco dormí, pero daba igual, nada tenía que hacer al día siguiente.

Me desperté cerca del mediodía, el día estaba nublado y amenazaba lluvia.

Mientras tomaba unos mates, me puse a buscar algún lugar en páginas web de turismo y encontré un complejo turístico en la Lucila del Mar.

Consulté si había lugar en su página, y cuando me contestaron que sí, reservé una cabaña por quince días, a partir del día siguiente.

Esa mañana, preparé un bolso con ropa, un par de libros, y después de desayunar, salí a la ruta con la moto, por la ruta once serían más o menos dos horas y media de viaje.

Al llegar al complejo, toqué timbre y se abrió el portón, entré con la moto y me recibió muy amablemente Gabriel su dueño.

Me indicó cuál era mi unidad, me explicó todos los servicios del complejo, y me dejó un control remoto del portón para entrar y salir cuando quisiera.

Antes de que se fuera le pregunté donde podía comprar algo para comer, y me dio todas las indicaciones.

Saqué mi ropa del bolso, la acomodé en el placard y salí con la moto a comprar comida.

Después de comer, en el deck de madera que la cabaña tiene a un costado, me senté a leer uno de los libros qué había llevado.

Leí un par de páginas, pero no me podía concentrar en lo que estaba leyendo, venía una y otra vez a mi cabeza, la carita triste de Ana.

Juanse, dejaste el edificio para olvidarte de ella, dejar de pensar en ella, y ponete a pensar en lo que querés para tu vida!

En el complejo había mucha gente, entraban y salían de cada una de las cabañas, iban a la playa o a la pileta, tomaban mate en el parque o se sentaban a la sombra en el pasto.

¿Qué quiero hacer? ¿Qué puedo hacer?

¿Volver a estudiar para terminar la carrera? ¿Comprar una casa? ¿Conseguir un trabajo? ¿Poner un negocio? Sí bien la venta de mi casa y el dinero que me habían dejado mis padres, había engrosado mi cuenta bancaria, algo tenía que hacer, no podría vivir para siempre con ese dinero.

No tenía cabeza para seguir leyendo, y me fui a caminar a la playa.

Volví un par de horas después, me preparé algo para cenar, y en ese momento tuve ganas de fumarme un cigarrillo, aunque hacía más de seis años que lo había dejado, no sé porque, pero tuve ganas.

Habían pasado ya tres días, y seguía sin tener nada en claro.

Una tardecita estaba sentado en uno de los bancos del parque, viendo a Gabriel que regaba las plantas y el césped.

Cuándo terminó, se acercó a donde yo estaba sentado.

-GABRIEL: Hola Juan, ¿me puedo sentar?

-JUAN: Hola Gabriel, sí claro!

-GABRIEL: ¿Venís de lejos?

-JUAN: De Mar del Plata!

-GABRIEL: ¿Vivís ahí?

-JUAN: Por el momento, justamente necesité tomarme unos días para pensar que hacer.

-GABRIEL: No quiero ser un metido, pero por experiencia, cuando un hombre o una mujer, vienen solos al complejo por tantos días, tienen un motivo más allá del descanso, ¿mal de amor?

-JUAN: Algo así! Hasta hace unos días, era el encargado de un edificio, y sí, me enamoré perdidamente de una mujer que vive allí, el tema es que ella está casada!

-GABRIEL: Qué situación Juan! ¿Y por eso dejaste el trabajo?

-JUAN: Fundamentalmente por eso, no podía verla todo el tiempo, sintiendo lo que siento por ella.

-GABRIEL: ¿Y ella?

-JUAN: Hablamos mucho, pasamos buenos momentos, por supuesto nunca hubo ninguna insinuación de mi parte, ni tampoco de la suya, me ve como un amigo, y eso me mata.

-GABRIEL: Te entiendo, no es fácil vivir con eso! Tan cerca y a la vez tan lejos, ¿verdad?

-JUAN: Tal cual! Casi podría asegurar qué en su matrimonio no es feliz, es más, sé con seguridad que su esposo le es infiel, pero nunca dije nada, entendí que no tenía que meterme en esa relación, aunque me da mucha bronca.

-GABRIEL: Como para que no te dé bronca! ¿Ella nunca sospechó de su marido?

-JUAN: No lo sé, al menos nunca me dijo nada al respecto. Ella es enfermera, y cuándo le toca el día de guardia, el marido pasa la noche en su casa con su ex novia, incluso fingió un viaje de trabajo a Uruguay, y se fue con su amante, también tengo seguridad de eso, pero siempre pensé que no era yo quién tenía que decirle a ella lo que hace su marido, no me permití entrometerme.

-GABRIEL: Eso quizás mientras trabajabas allí, pero si ella te ve como un amigo, aunque sea podrías alertarla, sí está siendo engañada, no es bueno para ella estar al margen de todo, por lo menos así lo veo yo.

-JUAN: Alguna vez también lo he pensado, pero no encontré el momento ni la forma de hacerlo.

-GABRIEL: ¿Ella está al tanto de tus sentimientos?

-JUAN: No, nunca se lo dije, es una mujer casada! Una viejita divina del edificio, que falleció el mes pasado, siempre me decía que se me notaba mucho, sobre todo cuando la miraba, pero ni ella ni yo hablamos nunca del tema.

Estábamos conversando, cuando sonó su teléfono, un turista había olvidado el control remoto del portón y necesitaba entrar con su auto.

-GABRIEL: Perdón Juan, el deber me llama, en otro momento la seguimos!

-JUAN: Sí claro Gabriel, anda tranquilo!

Conversaciones como esa tuvimos varias, incluso durante el desayuno, se sentaba en mi mesa y conversamos un rato.

Empecé a pensar, que quizás podría buscar algún trabajo en un estudio de arquitectura, aunque sea como dibujante, quizás así me podría embalar, volver a entrar en tema y terminar la carrera.

También pensé que podría alquilar un departamento permanente, y luego ver de comprar alguno.

Me quedaban tres días en el complejo, y una tardecita, estaba sentado junto a la cabaña tomando una cerveza, cuando me llegó un mensaje al teléfono.

Lógicamente pensé que podría ser de Ana, y no me equivoqué.

-ANA: Hola Juanse, ¿cómo estás? Espero que muy bien, y que la vida te sonría, sos una buena persona, y merecés todo lo mejor. Te mando un beso grande!

Después de leer el mensaje, no sabía si contestarlo.

Pensando en las palabras de Mercedes, y en las conversaciones con Gabriel, no estaba seguro de que contestar, pero después de pensar un rato, le escribí.

-JUAN: Hola Ana, me tomé unos días de descanso, para pensar cómo sigue mi vida, me vine unos días a la Lucila del Mar. Espero que andes muy bien, y que a vos también la vida te sonría. Un beso!

No quise ser descortés, pero tampoco darle muchas explicaciones, mensajes como ese, seguramente llegarían de tanto en tanto, ya iría espaciando mis respuestas, hasta que llegue el momento de que ya no me escribiera, o al menos no me afecte que lo haga, a pesar de querer alejarme de ella, nunca podría ser cortante y no contestarle.

Creí que ahí habrían quedado los mensajes, pero minutos después, me llegó otro.

-ANA: Extraño los mates con vos!

La puta madre ¿Qué le iba a contestar? ¿Qué yo quisiera tomar mate con ella cada día que me quede por vivir?

-JUAN: Yo también, pero ya pasará...

No sabía cómo lo iba a interpretar, pero me salió contestar así, después de eso, ya no hubo más mensajes.

Llegó el momento de dejar el complejo, en verdad la pasé muy bien allí, es un lugar hermoso, y Gabriel y Mora son muy buenos anfitriones.

Cuando me despedí de Gabriel, le dije:

-JUAN: En verdad la pasé muy bien Gabriel, seguro me tendrás nuevamente!

-GABRIEL: Cuando quieras Juan! Fue un gusto conocerte, espero que alguna vez si el universo lo permite, no vuelvas solo!

Me dio un abrazo, me subí a la moto y me fui.

Llegué a Mar del Plata cerca de las seis de la tarde, antes de llegar al departamento, compre algo para comer.

Al día siguiente, me puse a buscar trabajo, al no estar tan necesitado, podía elegir donde trabajar, y una semana después, encontré un aviso que pedían estudiantes de arquitectura para un estudio e inmobiliaria.

Me presenté sin muchas esperanzas, me pidieron referencias de mi último trabajo, y les di el número de teléfono de Mirta.

Cuando salí de la entrevista, llamé a Mirta por teléfono para avisarle y me dijo que no había problema, y que hablaría muy bien de mí y de los trabajos que había hecho en el edificio.

Una semana después, me llamaron del estudio y me hicieron una propuesta, un sueldo básico no muy alto, que en verdad mucho no me preocupaba, empezaría trabajando para el sector inmobiliario del estudio, visitar obras para evaluar el estado, y ver las refacciones necesarias, diciéndome además, que luego de un tiempo de ir teniendo más experiencia, iría haciendo otros trabajos.

Acepté la propuesta, y a principios del mes de abril, comencé a trabajar.

Mis horarios eran flexibles, incluso había días en que no iba al estudio, me enviaban por mail las tareas, y yo visitaba y hacía relevamiento de las propiedades.

Un par de semanas después, mostré algunas propiedades a varios interesados, que tenían intenciones de comprarlas.

Estaba conforme con el trabajo, y en el mes de mayo, me alquilé un departamento permanente, también en la zona de La Perla.

Mi desempeño iba mejorando día a día, incluso proponiendo algunas reformas, los arquitectos del estudio iban viendo si eran posibles o no.

En esos meses, solo había tenido un par de mensajes de Ana, como siempre preguntándonos cómo iba todo, pero solo eso, en verdad poner la cabeza en el trabajo, me había ayudado a no pensar tanto en ella.

Una madrugada de mediados de junio, sonó mi teléfono, era un llamado, miré el reloj despertador y eran las tres y media de la mañana, al mirar el teléfono, se me aceleró el corazón, era un llamado de Ana.

Me senté en la cama, en verdad me preocupó que llamara a esa hora, y lógicamente la atendí.

-ANA: Hola Juanse! Perdón que te llame a esta hora!

-JUAN: Ana! ¿Qué pasó?

-ANA: Tuve un pequeño accidente en el hospital, lo estoy llamando a Ricardo y no me contesta.

-JUAN: ¿Qué te pasó?

-ANA: Resbalé bajando una escalera, y me lastimé el tobillo, ya me vio el médico, me lo inmovilizaron y me mandó a casa, pero no puedo caminar sola, lo llamé un montón de veces a Ricardo, pero no me contestó y no sabía a quién llamar. Perdón!

-JUAN: ¿Estás bien?

-ANA: Me duele el tobillo, no lo puedo apoyar.

-JUAN: Dame diez minutos y estoy ahí!

Rápidamente me cambié, y salí con la moto. Aunque he intentado alejarme de ella, me preocupaba que no estuviera bien, qué algo le hubiera pasado, era inevitable.

Camino al hospital, caí en cuenta de qué era miércoles, sí todo seguía como antes, Ricardo estaría en su casa con su amante, ¿que tenía que hacer? ¿Ponerla al tanto de lo que se podría encontrar?

Pero llegando al hospital pensé, las cosas pasan por algo, e imaginé el momento en que ella entrara en su casa, y se encontrará al marido con su amante.

Bueno, pensé, se lo tiene merecido, en algún momento le iba a llegar.

Estacioné la moto en el hospital, y entré.

Pregunté por Ana, y la chica de la recepción llamó a alguien por teléfono.

Minutos después, apareció Ana sentada en una silla de ruedas, empujada por un camillero o enfermero y se le dibujó una sonrisa al verme.

-JUAN: Ana, ¿estás bien?

-ANA: Hola Juanse! Perdón que te hice venir a esta hora!

-JUAN: No es nada! ¿Te duele?

-ANA: Ahora un poco menos, ya me dieron un calmante!

-JUAN: Vine en la moto, pero la dejo acá y vamos en un taxi!

Ana le preguntó al muchacho si había problema en que fuera en moto, y le dijo que no, solo tenía que tener cuidado de no apoyar el pie.

Fui a buscar la moto, y la traje hasta la puerta, el chico acercó a Ana en la silla, y la ayudé a pararse.

Apoyada en su pierna buena, la ayudé a subirse a la moto, le puse el casco y luego me subí yo.

Ana se despidió del chico, salimos del hospital y Ana me abrazó desde atrás.

Iba bien despacio, además la noche estaba muy fría, y el viento con la velocidad, hacía sentirlo peor aún.

En un momento Ana se sacó el casco, pasó su brazo por él, y me volvió a abrazar apoyando su cabeza en mi espalda.

-ANA: Tenía ganas de verte, pero perdón por la circunstancia.

-JUAN: No pasa nada, para que están los amigos!

Volvió a apoyar su cabeza en mi espalda, y todo lo que sentía por ella, volvió a aparecer, pero multiplicado por cien.

Para qué mentir, estaba nervioso sabiendo lo que podría ocurrir al llegar a su casa.

Como Ana no tiene el control remoto del portón de la cochera, paré la moto en la puerta, la ayudé a bajar, y entramos por la puerta principal.

Para que no tuviera que caminar esos metros hasta el ascensor, la alcé y la llevé en andas por el pasillo, subimos al ascensor, pero no la bajé.

Llegamos a su piso, y recién en la puerta de su departamento, la bajé al piso y se volvió a parar sobre su pierna buena.

Abrió la puerta y todo estaba oscuro.

Prendió la luz del estar comedor, y sobre la mesita baja, había un par de platos y una botella de vino vacía.

Estaba más que nervioso, existía la posibilidad de que cuando Ana fuera a su dormitorio, se encontrará a su marido con su amante.

En realidad quería irme de ahí, no quería presenciar lo que estaba por pasar.

Ana recorrió el pasillo hasta el dormitorio, dando saltitos, y apoyándose en la pared, desde dónde estaba yo parado, podía ver toda la secuencia.

Ana llegó hasta su dormitorio y cuando entró, supongo que encendió la luz.

Yo tenía el corazón acelerado, sabiendo lo que iba a pasar.

Y segundos después, la escuché gritar.

Continuará…

Continúa en