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La Dulce Sara llega a la oficina (12)

Samuel creyó que su confesión cambiaría las reglas del juego, pero Sara acaba de recordarle quién manda en la oficina. Con un beso que es a la vez castigo y recompensa, ella redefine los límites de su deseo prohibido.

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(Parte doce)

-Un marido contento y saciado sexualmente camino del aeropuerto antes de volver a salir de la ciudad, enamorado y ajeno a conocer una realidad que destruiría su castillo de naipes y sin duda le haría daño.

-Alberto, el amigo con piel de cordero y ex amante de una mujer que le hizo perder los papeles y todavía a día de hoy era la protagonista de sus recuerdos más excitantes y tórridas fantasías.

-Hugo, la mecha que volvió a prender el fuego de una hembra anestesiada. Un joven con pocos escrúpulos y bastante despreciable, un ser que no perdía oportunidades pero que sin embargo produjo un morbo especial en Sara; el tipo de hombre al que podía ser capaz de entregarse sin una razón lógica que lo justificase. Tampoco él la olvidaba.

-Y luego ellos dos: Sara y Samuel. Este era el rompecabezas actual en un escenario en el que cuatro machos suspiraban por el interés, los besos, las caricias y el cuerpo de Sara. Un contexto cargado de mentiras, traiciones, deslices y reincidencias. Tres hombres casados y otro más comprometido que habían caído rendidos a los encantos de una tigresa disfrazada de dulzura. Tres mujeres (dos esposas y una novia) que sin esperarlo ni sospecharlo habían pasado a ser secundarias y a la vez víctimas de Sara; la mujer que parecía controlarlo todo y que en el fondo, aunque pudiera parecer la gran malvada de la película, no aspiraba a ser odiada ni mucho menos cabían en ella intenciones de herir o hacer daño.

Si nos detenemos en la curiosa relación entre Samuel y ella hay que reconocer que existía un componente distinto. A su marido le quería, con Hugo y Alberto surgió atracción física, pero, ¿qué ocurría con Samuel? Ni Sara podía saberlo. En una mujer tan controladora y metódica no había lugar para esta nueva sensación, una adrenalina desconcertante se despertó en ella la noche en la que su jefe le confesó que estaba loco por sus huesos y solía masturbarse viéndola; ese tipo de chispa que solía adueñarse de ella con las situaciones inesperadas que le pasaban con los hombres. A Samuel no lo veía como un cerdo ni un pervertido, había trabajado codo a codo con él el suficiente tiempo como para darse cuenta de que no era uno de esos tipos que se aprovechan de las mujeres. Hay que decirlo todo, le había agarrado cariño y nunca pensó que su compañero pudiera perder los estribos de la forma en la que suponía que lo hacía. En cierto modo se había abierto en Sara una vena maternalista que le incitaba a protegerlo de la espiral del vicio que la señorita conocía muy bien. Era una atracción diferente, una relación distinta a todo lo que siempre le había encendido hasta perder el control, pero, ¿Por qué tenía curiosidad? Para nada le producía el morbo instantáneo de otros hombres, por supuesto no estaba enamorada ya que su marido colmaba totalmente sus necesidades en esa parcela, pero sí, en cierto modo había algo distinto que le daba cosquilleo en varias zonas de su cuerpo.

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Samuel esperaba pacientemente en su despacho la llegada de Sara. Lo hizo casi a la hora de comer y ella le saludó abriendo la puerta del despacho.

Sara:- "Hola! Ya estoy aquí, se me hizo tarde con el agente!"

Casi sin despegar los ojos del ordenador devolvió el saludo mientras su corazón palpitaba a gran velocidad. Había imaginado mil formas de contestar al mensaje telefónico que Sara le había enviado de noche, había pensado mil respuestas y otras tantas maneras de romper el fuego. Algunas más directas y otras evasivas, pero su mente se quedó absolutamente en blanco solo con ver su cabellera rubia agitarse, escuchar su voz y ver el vuelo de su falda planeando con la velocidad de sus pasos. A partir de las 18:00h la oficina fue vaciándose y sin duda era el momento de aclarar cosas, de dar la cara y jugar las cartas por enésima vez.

Samuel:- "Sara, ¿puedes pasar al despacho? (...) "¿Qué tal ayer? Supongo que disfrutaríais de la velada"

Sara:- "Sí, mi marido ha salido al extranjero otra vez, pero fueron horas bien aprovechadas"

Él cortó de improviso. Con voz seca y cargado de valor como quién se la juega en el frente de batalla cara a cara...

Samuel: -"¡Me porté bien!

Sara:- "Jajajaja"

Samuel:- "Por lo del mensaje que no te respondí"

Sara:- "Ah ya, tampoco te obligué a nada ¿eh? Solo sentí curiosidad y no tenía sueño"

Samuel:- "Pensé en ti, nada más. Pero no me sentí con fuerzas para responder esta mañana"

Cortante y segura de sí misma la respuesta de Sara le descolocó:

Sara: "Pues yo no me porté tan bien, o quizá sí. Pegué dos buenos polvos, uno anoche y otro esta mañana"

Samuel sudaba, tenía instintos de marcharse pero aguantó el tipo, consciente de que nunca se había visto en una coyuntura tan comprometida pero a la vez tan estimulante y excitante. En pocos segundos su instinto interior salió a flote y sintió la necesidad de abalanzarse hacia ella y decirle lo mucho que la deseaba. Pero venció la cordura, aunque comenzaba a sufrir mucho.

Samuel:- "Supongo que lo pasarías bien"

Sara- "Follar siempre está bien, deberías arreglarlo con tu esposa y verías lo bien que sienta resolver tensiones" (Sara ya estaba jugando de manera descarada, insaciable como era y hormonalmente desatada como estaba, se sentó en el borde de la mesa dejando una vista perfecta de sus muslos a los ojos de Samuel).

Samuel: -"Mira Sara, yo estoy enamorado de ti. No sé cómo ha pasado pero si tú quisieras yo por ti lo dejo todo. Puedo hacer que ocupes mi puesto, me marcho a otra oficina, pero sería un sueño para mí intentar algo contigo. A tu ritmo, sin prisas, puedo hacerte muy feliz...me tienes loco"

La confesión alocada de Samuel fue la de un hombre completamente desesperado y enloquecido por una mujer, lo más cercano a una escenificación de "Romeo y Julieta" en la realidad, con una dosis de bochorno en cuanto a orgullo pero un punto de sinceridad que sin duda conmovió a Sara. Nunca había tenido a un hombre tan entregado delante de sus ojos, a ella se le erizó la piel y en ese momento habría hecho cualquier cosa por mitigar la desesperanza del mejor jefe que había tenido en su vida. Lo veía en sus ojos, lo captaba gracias a su inteligencia femenina; realmente Samuel lo dejaría todo por lo mínimo que ella pudiera darle y eso le cautivó en cierta manera. A la vez, los demonios interiores de Sara salieron a la superficie y sus hormonas comenzaron a ponerse en acción, se encontraba ante una situación nueva que sin duda le excitaba y chocaba con lo políticamente correcto.

Sara: - "Cálmate Samuel. Es muy bonito eso que dices pero sabes que es imposible"

Samuel: -"¿Por qué? He dejado a mi mujer por ti, y....ya no puedo más. ¿No te atraigo?, ¿es eso? Tú misma dijiste que cuando necesitara algo te lo dijera. No entiendo nada.

Sara:- "No es eso, de verdad"

Instantes después Samuel cometió el acto más indigno, sucio y pueril que jamás habría concebido en su vida anterior. Roto, con el alma abierta en canal y profundamente excitado puso una de sus manos en el muslo de Sara y besó su boca a la manera que lo hacen los babosos que no aguantan sus instintos. El beso solo duró un segundo, el tiempo suficiente que tardó Sara en abofetear su cara con visible enfado y apartarlo. Samuel se giró y fue hacia la ventana, avergonzado y consciente de que había perdido los papeles. Con la percepción de que definitivamente había tocado fondo como hombre y como persona, advirtiendo que su locura y la tensión de tantos meses le habían llevado al borde del acoso a la mujer con la que soñaba. Se apoyó en el ventanal y abrió el cristal para tomar aire.

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"Perdóname"

Hay gente que recurre al teléfono de la esperanza, otros a antiguos amigos a los que aburrirles con sus frustraciones, los hay con mal de amores que optan por la peor de las salidas, pero a veces solo hace falta el timbre de voz de una persona concreta pronunciando las palabras adecuadas para que dentro del infierno se atisbe un halo de luz.

Sara: - "¿Te hecho daño cariño? ¡uy!, cómo te he puesto la cara"

Samuel: "No,no es nada. Solo que he tenido que abrir y tomar aire"

Sara- "Espera, que tengo toallitas en el bolso, ya verás cómo te alivia"

Definitivamente Samuel no entendía nada y ya no estaba para vivir este torrente de sensaciones y emociones. ¿Hacia dónde había encaminado su vida? ¿valía la pena vivir una montaña rusa de ilusiones y sinsabores separadas por pocos segundos? ¿En qué momento perdió el control y se dejó llevar por una ilusión y una mujer que destrozó su matrimonio? ¿En qué se había convertido Samuel? Abofeteado y siguiendo conductas ajenas a sus principios, siendo un "meme" de sí mismo delante de una mujer que parecía jugar sistemáticamente con él, ¿valía la pena? Sí.

Sara: - "¿Ves cómo la toallita te alivia? Son frescas, yo las utilizo cuando se me irrita la cara" (lo afirmaba con tal rotundidad y ternura que hasta el más ducho de los mortales se habría creído que la piel tan cuidada de Sara se irritaba alguna vez. La estampa de Samuel era absolutamente ridícula, como si una leona comenzara a mimar y cuidar a una presa recién cazada por una manada hambrienta. Entonces Sara le miró a los ojos y le besó. Un beso de esos que no se olvidan, lento, dedicado y nada forzado. Un beso de aquellos en los que las lenguas aparecen de manera tímida pero no quieren ser protagonistas para no romper la pasión y espontaneidad del momento. Un beso de adolescentes entre dos personas que ya habían pasado los 40, ¿el beso de judas? (quién sabe, podría ser así), pero lo que sí es cierto es que fue el mejor bálsamo para un momento de tensión absoluta. La demostración de que La Dulce Sara también sabía serlo y demostrarlo. Sus labios se separaron y ella sentenció).

Sara:- "Yo no te puedo dar lo que pides. Pero puede que ambos podamos enseñarnos muchas cosas, la primera es que no volveré a lanzarte una bofetada, pero tú también debes aprender a besar a una mujer en el momento adecuado".

Aunque no lo pareciera ella también estaba alterada en todos los sentidos. Le guiñó el ojo y recogió las toallitas de la paz metiéndolas en su ordenado bolso. Fue la tarde del beso más anhelado y deseado por Samuel.

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