La Dulce Sara llega a la oficina (11)
A sus cuarenta y tantos, Sara siente cómo su cuerpo se rebela contra la rutina. No es solo deseo; es una necesidad visceral que la lleva a jugar con el fuego en el supermercado y a entregarle su cuerpo a su jefe. Esta mañana, sin embargo, el marido la espera en casa con una hambre que ella no puede rechazar, y el día laboral la acecha con la promesa de más.
(Parte once)
Eran las seis y media de la mañana y Samuel leyó por fin el mensaje que Sara había dejado la noche anterior, sus ojos saltaron como platos y un escalofrío recorrió su cuerpo. Ella se había acordado de él en horas intempestivas y eso era algo realmente inesperado, no supo cómo reaccionar y decidió tentar a la suerte y esperar a verla en la oficina, aquella mañana se encontrarían más tarde ya que ambos tenían cuestiones pendientes y retrasarían la hora de llegada. Pocos minutos después Sara ya estaba en pie, no necesitaba descansar demasiado y en los últimos tiempos la electricidad le invadía, hormonalmente estaba desatada y había recobrado pasados los cuarenta una energía exacerbada. Aprovechó para salir a hacer footing y de esa forma compensar la sesión de natación perdida en la tarde anterior, el deporte le servía para canalizar su fuego interior y también hay que decirlo, para mantener una figura que le hacía sentirse viva y atractiva como mujer. Su autoestima estaba por las nubes en cuanto al físico y a ella le encantaba, disfrutaba sintiéndose deseada pero no llegaba a alcanzar a comprender la razón por la que últimamente esta esfera había recobrado tanta importancia en su vida.
A Sara le gustaba hacer deporte sin música ni ruidos que le perturbaran, se centraba en sus pensamientos y reflexionaba sobre las cuestiones más íntimas y personales. Mientras corría por el parque anexo a su urbanización vinieron a la mente escenas de los últimos meses. Recordó el polvo de Roma con Hugo, y también la tarde en la que terminó masturbando a un joven desconocido por el mero hecho de calmar su fuego. También imaginó a Samuel haciéndose pajas con desesperación pensando en ella o las múltiples veces en las que había jugado con algún cliente con el único objetivo de cerrar un negocio; aquellas en las que utilizó un cruce de piernas estratégico o chupó la punta del bolígrafo con aparente inocencia pero consciente de tener babeando a su interlocutor. Mientras corría por el parque no podía olvidar la cara de excitación de su esposo cuando la penetraba, al fin y al cabo ya no quería reprocharse ser una mala esposa ya que ella le daba lo que él necesitaba como si de una auténtica profesional se tratase. A Sara le gustaba todo eso, le daba morbo. Pero temía perder el control y volver a una infelicidad que en ocasiones había dominado su existencia, los viejos demonios siempre vuelven y los pecados del placer a veces pueden ser los más peligrosos. Le producía adrenalina el control, sentirse poderosa y deseada; decidir en cada momento el camino que se debía recorrer en los distintos escenarios. Aunque dentro de esta aparente fortaleza exterior aparecían las dudas existenciales y los pensamientos obsesivos ya que la mayoría de sus acciones tenían un componente y fondo sexual. "¿Por qué eres tan zorra?", se dijo a sí misma.
Al finalizar la carrera matinal Sara aprovechó para reponer fuerzas y entrar al supermercado para adquirir bebida fresca y algo de comer. El establecimiento no estaba muy concurrido pero pronto advirtió que su trasero no pasaba desapercibido para algunos de los clientes que allí se encontraban. Embutida en unas licras de color rosa que se adaptaban a su cuerpo como una segunda piel, aprovechó para quitarse la chaqueta del chándal con la que había hecho deporte y pasearse por el Supermercado con el TOP deportivo que sujetaba sus pechos y dejaba a la luz parte de su barriga y los brazos. Se sentía sexy pero sobre todo deseada, y entonces volvió a hacer una de esas cosas que tanta adrenalina le generaban, andar por el centro comercial con aparente normalidad pero midiendo cada gesto; por ejemplo agachándose en el estante de los yogures consciente de que su trasero era admirado por algún hombre que se hacía el despistado. Era el juego de los despistados al que tanto le gustaba jugar a Sara en sus momentos de desequilibrio hormonal.
No era normal y ella lo sabía, pero, ¿qué podía hacer si disfrutaba con esas situaciones? Como tampoco se puede considerar normal que en la fila situada antes de pasar por caja Sara se subiera ligeramente la licra para marcar un poco más sus labios vaginales, aparentemente mojados por el sudor pero significativamente dilatados por sus pensamientos. Lo hizo al ver a su lado a un hombre de mediana edad que esperaba su turno junto a su esposa, un hombre que no le atraía pero que furtivamente aprovechaba cada descuido para clavar sus ojos en el cuerpo de Sara. No fue casual que ella abriera sus piernas para que la visión fuera todavía más tentadora, un descuido se podría pensar, pero no. Al salir del establecimiento calmó su sed con un trago de agua fría y volvió a preguntarse hacia sus adentros: "¿Por qué eres tan zorra?"
Al llegar a casa saludó al servicio y a sus hijos (la trabajadora terminaba de prepararlos para llevarlos a la escuela), y avanzó hasta la habitación principal con el fin de darse una merecida ducha. Su marido terminaba de asearse y entonces la vio aparecer.
Marido Sara: "Hola cariño, cómo ha madrugado la reina de la casa"
Se dieron un beso cariñoso y Sara percibió en sus ojos la actitud de un hombre completamente enamorado. El sexo refuerza las relaciones y la noche anterior su marido había recibido un premio que todavía le mantenía en una nebulosa. La piel sudada de Sara, su olor y las licras pegadas en la piel de su esposa tardaron poco en hacer efecto. La polla de su marido alcanzó una enorme erección y cerró la puerta. La agarró por detrás masajeando sus tetas y besando su cuello, succionando sus gotas de sudor y acercando el paquete al cuerpecito de Sara. Sobaba su culo apretándolo como un peluche, como un juguete que aparentemente le pertenecía.
MS: "Qué cachondo me has puesto, voy a follarte. Quiero follarte todos los días de mi vida mi amor"
Sara: "Ahora no, no hay tiempo" (la agarró con fuerza de sus nalgas y sentó a su esposa en la barra contigua a la pila. Desesperado, lamió con fuerza los labios vaginales que asomaban bajo el pantalón de licra y que desprendían un fuerte olor)
MS: "Vaya coño tienes, ya lo tienes abierto, gggggrrrrrrr"
Bajó su licra e inmediatamente introdujo su lengua tragando todos los jugos del chocho de Sara. Lamía cual animal desbocado y a ella le dio mucho morbo la situación. Ya había llegado a casa cachonda pero la masculinidad de su marido y las palabras subidas de tono le habían puesto a mil. Los arrebatos improvisados y sentirse deseada de esa forma disparaban su adrenalina. Ahí Sara perdía el control y era dominada por el instinto, nunca llegó a entenderlo pero sí a controlarlo, aunque no en esta fase de su vida. A Sara le gustaba lo diferente, lo guarro....y en el aspecto sexual los comportamientos cerdos podían llegar a enloquecerla. Tenía las hormonas disparadas, estaba caliente y cachonda y agarró la cabeza de su marido para guiarle en la mejor comida de coño que él le había hecho nunca. Se mordía el labio y su cara era la de una auténtica perra en celo que domina la situación y disfruta con ello. Pedía más y más a pesar de correrse varias veces, casi hacía daño a su marido agarrándole del pelo para que introdujera su lengua todavía con mayor determinación. Sudaba y gemía, disfrutaba con ese cunilingus improvisado y propio de escena porno.
Volvió a correrse e inmediatamente se dispuso a tomar las riendas de nuevo. Se agachó y le comió la polla a su marido con la misma actitud y profesionalidad que él había mostrado con su sexo húmedo. No chupaba sino que engullía, mamaba como una auténtica tragona insaciable, poseído por la excitación del momento su marido sacó el pene de su boca y eyaculó hasta la última gota en la carita de la Dulce Sara. No era algo habitual dentro del matrimonio pero esa mañana los hechos habían llevado a una sesión de descontrol, y esta vez sí, disfrutada por ambos y sin que una de las dos partes fingiera. Sara se levantó, todavía con la cara llena de esperma y una sonrisa pícara que la convertía todavía en más morbosa. Se limpió la cara en el lavabo mientras su marido trataba de recuperarse con la sensación de que quizá se había dejado llevar demasiado. En cambio hizo lo que tenía que hacer, actuó a la medida de Sara y por supuesto no iba a llevarse un reproche por ello.
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El sexo se había apoderado de nuevo de la vida de Sara. Ya era oficial y podríamos decir que preocupante si tenemos en cuenta que no entraba en sus planes. Conduciendo hacia el trabajo volvieron las preguntas, los autoanálisis. Ella ya había asumido desde mucho tiempo atrás que tenía una adicción, pero, ¿realmente es un problema algo que te hace disfrutar? Tenía claro que sus flirteos con las drogas en el pasado fueron peligrosos, veía en el sexo una vía de escape mucho más sana que la cocaína, lo que le preocupaba era el círculo vicioso que une casi sin quererlo unas actitudes con otras. Parada en el semáforo y abstraída en sus pensamientos llevó su mano por debajo de la falda que cubría las bragas de encaje negro elegidas para ese día. "¿Por qué soy insaciable?", "¿Qué me ocurre?", "Es sexo o se trata de otra cosa?"
Ese Más, más y más...no tener bastante y buscar nuevos estímulos que se alejaran de una vida supuestamente equilibrada, y que le gustara tanto. Eso era lo que realmente le perturbaba y quitaba el sueño. Sara ya no era una adolescente.
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