Xtories

Viuda Negra y el caso del Waynex robado

Sabe que el hombre detrás de la puerta es el objetivo, pero no esperaba que la llave maestra fuera una mujer desnuda. Entre el látex de su traje y la piel expuesta de la rubia, la misión se vuelve un juego de supervivencia donde cada gemido puede delatarlas.

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La Viuda Negra y el caso del Waynex robado

La Viuda Negra estaba en cuclillas en el filo de la azotea, con unos prismáticos, observando al objetivo. Lo vio bajar del coche con sus guardaespaldas y entrar en el edificio.

—El gorrión ha entrado en el nido.

—Su ruta de escape está preparada. Proceda.

Con su ajustado traje de látex negro y el cabello recogido bajo el casco con H.U.D., pasaba desapercibida en la oscuridad de la noche. Si activara el mimetizaje de camaleón podría imitar la textura del edificio a su alrededor, gracias a las cámaras corporales trasera de efecto ojo de pez. Se bajó la visera del casco, acopló los prismáticos a su cinturón y disparó el gancho con la pistola neumática del cinturón: su combinación de titanio y fibra de carbono la mantenían lo bastante ligera, evitando el ruido; también ayudaba la delgada fibra derivada de la telaraña del trepamuros. Era de peor calidad pero no se disolvía al cabo de una hora. Se afianzó y se balanceó hasta la pared del edificio frente a ella. Caminó lateralmente sin soltar el amarre, sobre una cornisa, y entonces activó el motor para trepar rápidamente. En ese momento su vida dependía de no soltar el aparato. Con un cortavidrios de su cinturón cortó un disco de cristal y lo retiró con cuidado; abrió el pestillo y levantó la ventana. Soltó el disco con cuidado en la mesita de noche, activó la visión nocturna del visor, tomó su pistola y esperó.

El embajador dio órdenes en el pasillo. No quería que le molestaran. Abrió la puerta y encendió la luz. Todo estaba en orden y la cerró. Se quitó la chaqueta del traje y llamó por teléfono.

—Ya estoy aquí, date prisa —y colgó.

Dos minutos después tocaron a la puerta. Él abrió apresuradamente.

—Te veo bien esta noche —dijo satisfecho.

—¡Gracias, cariño! —contestó una rubia con vestido rojo y bolso y zapatos de tacón a juego, como sus labios pintados de glossy. Su collar de oro fino y elegante iba a juego con sus tirabuzones dorados, y sus brillantes ojos azules destacaban en contraste con todo. El embajador cerró la puerta y la prostituta entró.

—¿Quieres tomar una copa? —ofreció caballerosamente.

—No, gracias. ¿No prefieres pasar directamente al postre?

—Me has leído la mente.

La mujer tuvo una risita tonta adecuada a su papel de “bimbo americana”, como había solicitado ese hombre medio calvo y con sobrepeso. La Viuda miró con desprecio desde el armario.

—Agente, ¿a qué espera para intervenir?

Ella pulsó el panel táctil del casco dos veces para indicar negación.

—Utilice su pistola de dardos con los dos.

Ella negó de nuevo. Vio cómo la rubia dejaba caer con elegancia el vestido al quitarse lentamente el segundo tirante; quedó en lencería roja y caminó sensualmente hacia el embajador; lo empujó con delicadeza a la cama, de espaldas, y lo tumbó. Se puso a horcajadas sobre su cliente y comenzó a frotar su entrepierna, recorriendo su cuerpo con las manos, con los ojos cerrados, con un lento baile.

—Me gustan las mujeres como tú —dijo él, y se quitó las gruesas gafas poniéndolas en la mesita de noche. Justo sobre el cristal. “¿Cómo he cometido un error tan estúpido?”, se preguntó la Viuda. Pero el embajador no reparó en el trozo de ventana faltante, ni en el vidrio sobre la mesita, porque en ese momento ella comenzó a gemir.

—Oh, sí, papi, dale a tu nena lo que le gusta…

—No me hables al estilo latino —cortó tajante.

—Perdón, mi rey. ¿Cómo quieres que te llame?

Él la cogió de los hombros y la hizo rodar hasta ponerse sobre ella. La arrastró al centro de la cama y comenzó a quitarle la ropa interior.

—Tú solo déjate llevar —dijo él. La rubia ocultó su inquietud y sonrió.

Dos minutos después ella se esforzaba mucho por fingir interés ante la torpeza de su cliente.

—Oh, sí, cariño, sigue, cómo me gusta…

La viuda negó otra vez con el touchpad.

—Háblame de ti, cielo, dime lo macho, lo fuerte, lo impresionante que eres… ¡Oh, sí! ¡Un hombre de verdad!

En la sala de control los agentes de inteligencia se miraron entre ellos. La rubia abrazó al hombre con las piernas mientras lo veían irse de la lengua.

—¡Si esos idiotas supieran… ah… la cantidad de pasta que me llevo… ah!

Se sacudió y gimió, y ella le dio la vuelta y siguió montándolo.

—¡Para, para!

—¡No, semental, eres mío!

Él se retorció.

—¡Qué inteligente eres! ¡Cuéntame más, campeón!

Los agentes se miraron aún más incrédulos. Uno se quitó los auriculares.

—¿Cómo coño lo ha hecho? —preguntó.

—Es La Viuda —contestó su compañero encogiéndose de hombros, sonriente.

—Pero no entiendo cómo puede ser tan idiota. Se supone que es una prostituta. ¿Por qué…?

—Para impresionarla.

—¿Ella es de Shield? —preguntó un tercer hombre.

—No tengo ni idea —contestaron a dúo los otros dos.

Uno de los guardaespaldas caminaba por el pasillo cuando se cruzó con un botones.

—Disculpe, a la señorita se le ha caído esto —dijo dándole un pañuelo de tela con firma bordada.

—¿Y a mí qué me cuentas?

—Me refiero a la señorita que ha entrado a la habitación de su jefe.

Ató cabos y le quitó el pañuelo.

—Atención, el embajador ha contratado a una fulana —dijo por radio.

—¡Nada de contacto con desconocidos! —ordenaron por radio—. ¡Sáquela de su habitación!

—A la orden.

Se dirigió rápidamente al dormitorio.

—¡Oh, sí, oh, sí, sí, sí! —dijo ella recorriendo sus tetas con sus manos. El hombre bufó a punto de tener otro orgasmo.

—¡Y entonces le dije… solo dame una oportunidad y yo mismo me encargaré de liquidarlo! ¡Por la gloria de la patria! ¡Y sobre todo por nuestras carteras!

Se rió a carcajadas, y ella se rió con su mal chiste.

—Lo tengo —dijo La Viuda. Abrió la puerta del armario de una patada y apuntó al embajador. En ese preciso momento el guardaespaldas abrió la puerta con una pistola en la mano.

—¡Mierda! —dijeron los 3 de la sala de cámaras.

La Viuda rodó y disparó dardos al embajador que intentaba escapar corriendo desnudo, y al guardaespaldas, que fue más escurridizo, al mismo tiempo que corría y evitaba los disparos, saltaba y rebotaba en las paredes. El tiroteo alertaría a todo el mundo. Enganchó la pistola al cinturón y disparó con su muñequera un dardo Táser al guardaespaldas, noqueándolo en el acto.

—Tienes 30 segundos como máximo, sal de ahí, Viuda.

—Tengo que ponerla a salvo.

Tomó la mano de la rubia, que se había escondido bajo la cama, y la sacó por la ventana.

—¡No me voy a descolgar con esta cosa! ¡Si me fallan las fuerzas me caeré!

La Viuda hizo un rápido nudo bajo sus brazos.

—Dolerá y sangrarás, pero vivirás.

—¡No!

Puso el modo rapel y la empujó por la ventana, clavándose el fino hilo en su piel.

—¡Duele! —gritó, sin atreverse a mirar para abajo. Logró corregir su caída y descender caminando por la pared con saltos de espaldas, como había practicado. Sentía como cuchillas la presión junto a sus hombros, debajo de los brazos, y en su espalda, bajo los omóplatos. La Viuda no la había preparado para eso.

Llegó al suelo y se desató. Varios transeúntes estaban mirando a la mujer desnuda que habían visto descolgarse de un edificio. Varios hicieron fotos y uno la grabó en vídeo. Echó a correr y varios más la grabaron camino a un callejón, donde le esperaba el coche de La Viuda.

—¿Dónde está ella? —preguntó el conductor al verla montar.

—No lo sé. Ya se las apañará.

—No nos vamos sin ella.

—¡Todo el mundo me ha visto descolgarme de esa habitación, tras oírse un tiroteo, y me han grabado corriendo desnuda! ¡Vamos a tener a media ciudad aquí en segundos! ¡Arranca!

—Central…

—Arranca —ordenó la oficina. El conductor chasqueó la lengua, encendió los faros y pasó de largo de los primeros curiosos. Se cruzó con un par de coches de policía con las sirenas puestas. La prostituta iba agachada en el suelo del coche.

—¿Tienes una manta o algo parecido?

—Coge el parasol bajo mi asiento.

Se tapó como pudo pero sin sentarse en el asiento trasero.

—Señorita, identifíquese —dijo una voz por radio.

—La Viuda me contrató. Me llamo Jasmine. Jasmine Bella.

—Su verdadero nombre.

—Jessica Bellini.

—Gracias a usted ahora tenemos pruebas. Evitaremos un conflicto diplomático aunque le arrestemos.

—¿Me vais a pagar?

—¿No lo hizo La Viuda?

—La mitad como anticipo y la otra mitad luego… casi me matan entre los dos. Me merezco el doble. O más. No estaba en el trato jugarme así la vida, solo era tirarle de la lengua a un baboso corrupto.

—Me temo que eso tendrá que negociarlo con su nueva amiga. Por cierto, estamos leyendo su ficha. Ha acumulado pequeños delitos en varios estados. No es que queramos llevarla a la jurisdicción de alguno de ellos para entregarla a la policía. Si no es absolutamente discreta podemos simplemente acusarla de alta traición contra el país. Sería violar secretos de estado y atentar contra la seguridad nacional. Nadie puede saber de dónde ha sacado el dinero, nunca. En cuanto a hacienda, sí podemos intervenir nosotros. No intente blanquear el dinero. ¿Me ha entendido, señorita Bellini?

—Sí… —contestó asustada con un hilo de voz—. Seré una tumba.

—Bien. Me dicen que ha demostrado usted ser útil, y que tras cierto entrenamiento, si es apta, tal vez podría entrar en nómina. ¿Le interesaría un buen seguro médico y dental, un interesante plan de jubilaciones y al menos 3.000 dólares al mes más bonificaciones?

—¿Y jugarme la vida? Tienes que estar de broma. Me saco el triple como mínimo como scort de alto standing.

—Siempre al borde de la ley.

—Mi salud me lo agradecerá.

* * *

Otro guardia cayó inconsciente junto a la salida de la azotea; la viuda abrió la puerta de una patada y corrió a toda velocidad. Dos guardaespaldas más le dispararon mientras escapaba. Saltó sobre el bordillo y desde él hasta el edificio contiguo, sobrevolando la acera a 15 pisos de altura. Logró controlar la caída y rodó en la azotea de enfrente, tres pisos por debajo.

—¡Agh! —gimió de dolor. Había rodado como los especialistas de cine en acrobacias reales extremas, o como los mejores en parkour del mundo, pero no había colchonetas para amortiguar su caída. Su cabeza quedó protegida, pero tendría fisuras y hematomas por todo el cuerpo. Le costó ponerse en pie, pero la adrenalina ayudó.

—¡Allí está! —gritó un matón.

—¡¿Pero cómo sigue con vida?! —preguntó el otro. Y volvieron a disparar. Se tambaleó y logró esquivarles en zigzag. Al otro lado, fuera de su alcance, estaba la entrada de la azotea. Sacó la ganzúa de su cinturón y se puso a forzar la cerradura.

—Ya tenemos una ruta de escape alternativa —dijo un agente por radio—, le mando el mapa a su H.U.D.

Mientras la viuda terminaba de abrir la puerta aprovechó para estudiarlo. Luego lo cerrró.

—Lo tengo. En camino.

Tuvo que darse prisa. Usó el ascensor porque ellos también lo harían, y tendrían que darse prisa para cruzar la calle y dar la vuelta a la manzana. Temblaba del dolor. Mientras esperaba en el ascensor, se levantó la visera y usó un autoinyectable con estimulante y analgésico, sin arremangarse, directamente a través del uniforme ignífugo y aislante eléctrico. Tenía que aguantar.

—Los sensores indican 5 impactos en el chaleco antibalas —dijo un agente—. ¿Estás bien?

—Sí. Lo peor ha sido el aterrizaje. Y apenas he sentido los 3 que han alcanzado al casco.

El ascensor sonó y había dos guardaespaldas. Abrió mucho los ojos, eso no se lo esperaba y había bajado la guardia. Tenían puños americanos, porras y navajas. Eran matones de tercera, refuerzos de los bajos fondos. Entraron en el ascensor y le siguieron otros 2.

28 golpes después las puertas se abrieron de nuevo. La Viuda salió sola, pero más dolorida y cojeando.

—Me hago vieja para esto.

* * *

La Viuda, sin traje y con las heridas atendidas, se tumbó en la cama de la pequeña base móvil, un gran camión que aparentaba ser refrigerador.

—Estoy molida.

Jessica corrió la cortina y se sentó en la cama a su lado.

—Yo estoy bien, gracias por preguntar.

—Lo hiciste muy bien antes, Jessica.

—Lo sé. ¿Qué hay de mi otra mitad?

—No llevo 20.000 encima en este momento.

—Que lo hagan tus jefes.

—Tengo que convencerlos primero. Mientras tanto saldrá de mis ahorros.

—Qué comprometida con la causa…

—Ese hombre puede llevarnos a un objeto importante. Tenemos que tenerlo bajo nuestro control. De sus delitos se encargarán otros más adelante, seguramente en su propio país, cuando les enviemos las pruebas. No se alegrarán de ver cómo salta a la comba con la lealtad a la patria en favor de su bolsillo.

—¿De qué se trata esta vez?

—Lo hiciste bien las dos veces anteriores, y antes de terminar de cobrar ya te interesas por el siguiente. Al final te gustará esto.

La cortina se abrió y el paramédico con gafas entró muy serio.

—Explícate, Viuda: ¿cómo es que esta desconocida ha colaborado 3 veces con Shield, pero sin que nadie más que tú lo supiera?

—Porque no lo hubieseis aprobado.

—No tienes autoridad para reclutar.

—Por eso no dije nada. Pero soy buena encontrando talento.

—No puedes hablarle del Waynex.

—Lo sé, por eso he cambiado de tema.

El hombre parpadeó aturdido, y finalmente cerró la cortina y se retiró a su ordenador. Le oyeron teclear enérgicamente.

—¿De qué va eso del Weinex?

—Waynex. Cosas de superhéroes.

—Oh, vaya. Entonces prefiero no involucrarme.

—Por eso es tan importante. Quiero que me ayudes. Si lo haces bien otra vez, podrían reclutarte los de arriba.

—No quiero jugarme la vida.

—Pagarán el tratamiento de tu madre.

—Ya lo hago yo.

—¿No quieres contribuir con algo importante de verdad para el mundo?

—Te lo diré cuando me haya gastado toda la pasta.

La Viuda asintió y cerró los ojos. Necesitaba una buena siesta. Las fisuras no se curan poniendo vendas encima. Y además estaba en pleno rebote del estimulante.

—Por ahora… necesito… dormir.