Xtories

La luz atrapada en una bombilla

Loredana fue enviada para seducir y espiar, pero Enrico no es un hombre cualquiera: es un carcelero celoso que la tiene atrapada en su jaula de oro. Mientras el tiempo se agota y su hermana sigue desaparecida, la única salida parece ser Carlo, el hombre silencioso que la conduce a través de la tormenta. Él no pide nada a cambio, solo presencia, y en sus ojos perdidos hay una luz que ella no puede,

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—La política, o mejor dicho, sus entresijos, obligan a buscarse extraños compañeros de cama—comenzó críptico, Arquiedes, mientras encendía un Nazionali al que, previamente, le había quitado el filtro—. Mira en particular la política doméstica: es como un matrimonio. Tienes a tus aliados de siempre; con los que convives, pagas a medias los gastos, vas a actos y a inauguraciones…y, a veces, haces el amor. Cada vez menos, eso sí—soltó una risita resignada acompañada del humo del cigarrillo—. Digamos, que todo funciona, mientras funciona. Pero, con el paso del tiempo, aparecen nuevos desafíos, nuevos avatares en la vida que requieren de otros compañeros más adecuados. Claro está que, en un principio, intentas mantener en secreto la infidelidad con esos nuevos compañeros. Te haces una vida paralela, interpretando papeles para unos y para otros hasta que un buen día te pillan en un renuncio, y se enteran. ¿Qué le vamos a hacer?, es inevitable. La monogamia y el ser humano; la monogamia y la política. Simplemente no funciona por mucho tiempo. Por eso hay que hacer concesiones: en una situación ideal, los antiguos compañeros y los nuevos, entienden la coyuntura y deciden intentar un estado…«poliamoroso». Hay pastel para todos, intentas explicar tú como si fuera el consabido y machacón «cariño, no es lo que parece». Por desgracia, eso no suele colar. Los antiguos se sienten traicionados. Los nuevos, no saben estar en su lugar. Resultado: el divorcio con ruido de platos rotos y abogados. No me gustan los abogados, ¿y a ti, Loredana?

Al oírse interpelada, la mujer se sobresaltó. Otra vez su verdadero nombre, ese que había enterrado cuando dejó de intentar llevar una vida honrada. Si ese hombre lo sabía, que no sabría de ella. De poco le valía hacerse la tonta. Este último pensamiento, para su sorpresa, no le inquietó. Ya fuera por los restos de droga que quedaran en su cuerpo, o por lo extrañamente tranquilizadora que se había vuelto la voz del coronel, ella se había metido de lleno en lo que le relataba; aunque no entendiera nada de todo aquello. Finalmente, con un movimiento casi imperceptible, negó con la cabeza. Arquiedes sonrió, complacido. Se quitó el cigarrillo de la boca tras dar otra calada, y lo dirigió a los labios de ella, preguntándole, con la mirada, si quería. Por respuesta, Loredana, inclinó la cabeza hacia la boquilla que le ofrecía el coronel entre sus dedos. Cuando los labios de la mujer estaban a punto de posarse sobre el cigarrillo, Arquiedes lo apartó unos milímetros de ella, los justos para que sus labios cerraran un beso al aire. Loredana, lo miró…¿molesta? El militar, volvió a sonreír. Su pequeño juego había resultado en un «scherzo» erótico de lo más sugerente. Con un gesto de fingida piedad, le colocó, esta vez sí, el cigarrillo entre los labios.

Mientras la mujer aspiraba el humo acre y picante de la calada, Arquiedes se recreó paseando la vista por el cuerpo de ella. El vestido roto por el pecho, el sujetador anacrónico y picudo conteniendo una voluptuosidad nada desdeñable, la medias sujetadas por las ligas que dejaba entrever el bajo de la ropa. «Es un cuerpo diseñado para hacer guarradas»pensó, recuperando el cigarrillo. «Es un cuerpo para inmortalizarlo en mármol» le corrigió su otro yo. «Es un cuerpo para adorarlo en un altar» agregó otro «su» más meapilas. «Y empotrarlo a pollazos contra él»zanjó, de nuevo, el primer «su».

—Bien—continuó el coronel, alejando a sus «el» interiores con un leve carraspeo—, pues como también es habitual en esta clase de rupturas, el conyugue que se siente agraviado, toma represalias contra los que hasta ese momento había sido su pareja. Y el nuestro, pega fuerte. Este socio representa a la parte rancia del país: a la aristocracia, a la iglesia, a las viejas fortunas.

Loredana intentaba entender algo de todo aquello sin conseguirlo. No comprendía que hacía allí. No entendía quien era el tipo que tenía frente a ella. Quién los conyugues traicionados, ni los nuevos amantes. Arquiedes parecía disfrutar teniéndola en aquel maremágnum sin respuestas a la vista. Ella se sentía como una niña en el regazo de su abuelo mientras este le cuenta sus épicas batallas de una guerra olvidada en un país inexistente.

—El caso es que estamos en guerra, Loredana—confesó Arquiedes como si hubiera podido leerle el pensamiento—. Y en una guerra siempre hay daños colaterales. En esta, tú, eres uno de ellos.

La mujer dio un respingo en el asiento.

—¿Yo? ¿Por qué…

Una nueva bofetada—algo más suave, pero igual de conminadora que la anterior—le hizo voltear la cara. Sintiendo como su maltrecha mejilla le ardía.

—Creí que nos habíamos entendido—elevó la voz Arquiedes, tomando la barbilla de la mujer para enfrentar su cara con la suya—. No hablarás salvo que yo te de permiso para hacerlo. ¿Sí? Vuelve a desobedecer, y esparciré tu bonito cráneo por las paredes.

Arquiedes le soltó la cara con un movimiento brusco, mitad despectivo, mitad dominante.

—Como te decía—volvió a modular la voz como si nada hubiera pasado—, el viejo socio ha declarado la guerra al nuevo para hacernos daño. El nuevo, como seguramente aun no te habrás enterado, ya que lo tuyo es abrirte de piernas y no las páginas de los diarios, es el consorcio de empresarios «Reino de las dos Sicilias». Entre nosotros—Arquiedes pegó su boca al oído de Loredana, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un teatral susurro—: las mafias del sur.

Loredana abrió los ojos, poniéndolos como platos. Ese hombre que le estaba echando el aliento, ese tipo del servicio secreto italiano, le estaba diciendo que el gobierno pacta con la mafia. Nada nuevo para nadie, claro. Pero una cosa es imaginártelo y otra tener una confirmación así. Eso, no deja de poner la carne de gallina al más pintado. También vio una pequeña lucecilla al final de aquella enlodada historia: Silvio d’Amato. El rey caído.

Inmediatamente, Arquiedes reconoció en los ojos de ella que empezaba a comprender algo de lo que estaba contando.

—Exacto, preciosa. Tu…chulo, ha muerto. El viejo conyugue ha dado un golpe de mano sin precedentes en la historia de este desgraciado, pero bellísimo país, y se ha quedado con los negocios que hasta ahora regentaban los del Consorcio. Le han serrado una de las patas a esta silla que es la república, en la que, por desgracia histórica, siempre había tenido tres. Con dos…bueno, digamos que la cosa se tambalea. Ahora solo queda la pata de ese gobierno ilusoriamente elegido por el pueblo, y nosotros. Los buenos. Los que siempre sacamos las castañas del fuegos mientras unos y otros hacen como que gobiernan. Al declararle la guerra a nuestros nuevos amantes, indirectamente, nos la han declarado a nosotros. No porque nos importe que muera un hijo de puta como d’Amato. Vitos Corleones hay muchos, y la mafia es una serpiente que cuando le cortan la cabeza, como a Medusa, le salen diez más. No. Eso nos importa un carajo. Lo que ya no nos da tanto igual, es que se hayan metido en los negocios que regentaba el cabrón de Silvio. La mafia tiene muy mala fama, cierto. Pero una cosa innegable es que saben mantener la paz. Una paz armada, de acuerdo, pero paz al fin y al cabo. Los vicios siempre estarán, por eso es mejor que esa gente los controle. El problema viene porque al estar ahora bajo control de nuestro antiguo conyugue, que, como te imaginarás, está bastante despechado con nosotros, nos amenaza con meter a gente de fuera. De Albania, para ser más preciso. Imagina la de problemas que eso puede acarrear al ignorante votante que cree que vive en una Europa civilizada y cívica.

Loredana lo volvió a mirar con cara de no saber que coño pintaba ella en todo eso, a excepción de que su protector había muerto y ahora, probablemente su dueño, sería otro. Arquiedes entendió la mirada, y decidió ir al meollo. Ya la había cocido bastante en su jugo para que las revelaciones que venían le calaran favorablemente para él.

—Mira por ejemplo el caso que te atañe: la prostitución. Bueno, pues ahora va a ser controlada por el elemento albano. Los nuevos amantes de nuestro ex. Como ofrenda, ya sabes que cuando una relación empieza todo son regalos y buenos gestos de fe—rió por lo bajo el coronel—, a los que se van a ocupar del negocio les han hecho entrega de una dote de niñas, adolescentes y mujeres de buen ver. Hasta ahí, pasé. No vivimos en Disneylandia pese a lo que cree la mayoría. Lo inusual del caso, es que el regalo lo constituyen familiares de los integrantes del Consorcio. Familiares y…protegidas, claro.

Arquiedes se detuvo. Encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior mientras parecía mirar, con los ojos entornados, como los engranajes en la cabeza de Loredana se iban moviendo. Loredana, por su parte, entendió que ella era una de esas mujeres que iba a cambiar de manos. Por un momento, casi se tranquilizó, pero todo cambió cuando una ruedecilla del mecanismo de su mente hizo «click». Entonces se asustó.

Arquiedes asintió entre la voluta de humo que expulsó de sus pulmones. Inmediatamente miró a la mujer, instándola con la mirada a no abrir la boca. Las lágrimas de ella comenzaron a desbordarse, y una congoja silenciosa amenazaba con reventarle el cuerpo.

El coronel la tenía donde la quería.

—Tú, por supuesto, ibas a ser parte de esa ofrenda, pero nosotros nos hemos adelantado. Tu hermana, por el contrario, no ha tenido tanta suerte. Anoche desapareció del internado junto con otras seis, hijas de capos y de asociados al Consorcio.

—¡¿Dónde está!?—explotó Loredana, llorando, sin importarle las represalias—¡¿A dónde se han llevado a mi hermana?!

El coronel no hizo ademán de pegarle de nuevo. Se levantó de la silla, tiró la colilla del cigarrillo a medio consumir y habló:

—Ni idea. Pero eso puedes descubrirlo tú misma si decides ayudarnos.

—¿Cómo?!Haré lo que sea!

—Metiéndote en la cama de Enrico DiPontoferro. Él es el quien ha regalado a tu hermana a los albaneses. Entrarás en su vida. Sabrás todo de sus negocios y nos lo dirás a nosotros. Si por el camino te encuentras información de dónde ha acabado tu hermana, tanto mejor para ti. Pero, que te quede claro que si te facilito el acceso, nuestros informes tendrán prioridad. Por lo que te sugiero que te decidas rápido. Piensa que no hay nada más placentero que jugar con los regalos nuevos…hasta que dejan de serlo…o se rompen de tanto usarlos.

La desesperación de Loredana le hacía temblar en la silla a la que permanecía atada con fuertes espasmos, haciendo que las patas del mueble repiquetearan sobre el suelo en una especie de morse de la frustración.

—¿Cómo estáis tan seguros de que me aceptará?—preguntó con rabia atávica.

—¡Ah! Lo hará. Por eso no te preocupes. Conocemos las filias de ese cabrón, no en vano hemos estados «casados» con él y con los suyos desde los tiempos de la Reunificación. Es un aristócrata con rancios deseos, y da la casualidad que su mayor debilidad son las mujeres con los ojos violetas. Ha recorrido el mundo tras ellas. En la podrida mente de los de su clase, hay una especie de veneración mítica por las que los poseen. Estamos de suerte. ¿Verdad, Loredana?

En ese momento entraron los dos subalternos que Arquiedes había mandado a la casa.

—A sus órdenes, mi coronel. Todo dispuesto.

—Perfecto, cabo. Preparen la marcha. Nos vamos.

Volviéndose a Loredana:

—El banco tendrá que elegir un nuevo presidente. A este pobre, creo que lo han asesinado los mercenarios de DiPontoferro. ¿Izquierda o derecha?—ofreció Arquiedes, mostrándole un cuchillo en una mano y la otra reposando sobre la funda de la pistola.

Loredana, con lágrimas, con rabia, señaló con su impostada mirada bicolor hacia la que sostenía el cuchillo. Mientras el ojo tras la lentilla parecía muerto, el otro, el violeta, ardía en el fuego del odio.

***

Lo he hecho todo mal. Las prisas, la ansiedad de querer encontrar a mi hermana lo antes posible, me han hecho ser muy descuidada y trapacera.

En un principio, lo creí fácil. Desde que empecé a vivir en casa de Enrico, me puse a buscar la información que me permitiera ubicarla. Por el cabrón de Arquiedes y su equipo, en el tiempo que duró mi formación, supe que todos sus negocios se centralizaban en su residencia florentina. En ese tiempo me prepararon para adecuarme a los gustos de Enrico como un guante de terciopelo y, además, hacer que todo pareciera casual. Así que, mi primer trabajo fue dejar que creyera que me conquistaba: como buen predador, solo la caza le abre el apetito.

Todo parecía ir sobre ruedas y, una vez instalada en la casa, pronto me di cuenta de que su central de trabajo se ubicaba en el ala este de la mansión que ahora también era mi residencia.

El primer revés me lo llevé al explicarme, el propio dueño, que esa zona la tenía vedada. Podía circular a mi antojo por el resto de la finca. Usar la piscina, las pistas, los coches del garaje, todo…excepto adentrarme en aquella parte de la construcción. Obviamente, como él dijo, no había nada de mi interés.

En lo paseos que daba por los terrenos aledaños, ya fuera de su brazo o en soledad, pude fijarme bien en aquella parte prohibida. Pese a tener el mismo estilo de construcción que el resto de la mansión, se notaba a leguas que estaba blindada. Hubiera sido más sencillo entrar en Fort Knox y salir con un par de lingotes escondidos en el escote que entrar en aquel bastión. Otra cosa que me quedó clara es que solamente los empleados/guardaespaldas/sicarios o lo que coño fueran aquellos hombretones enfundados en negrísimos trajes de Armani, podía acceder al recinto con unas medidas de seguridad biométricas. Nada de tarjetas que pudiera distraer con mi consumada habilidad de carterista. Nada de llaves fácilmente copiables con la clásica, pero efectiva, pastilla de jabón. Nada que no fuera arrancarle los ojos a alguno de ello y un par de dedos de cada mano.

Estaba jodida, pero no vencida. No tenía más que usar mi superpoder de mierda con alguno de ellos en alguna de las múltiples ocasiones que Enrico se ausentaba durante unos días para atender sus incesantes negocios. Viajaba más que Willy Fogg, y no había nada más obvio que verlos observarme—disimuladamente—cuando estaba en el solárium o disfrutaba del agua con alguno de los discretos bañadores con los que mi novio había abastecido mi amplio guardarropa.

Pronto elegí a uno. Un portento físico que podía haber trabajado como estatua en la galería Uffizi. Las miradas entre los dos pasaron pronto de ser indiscretas a indecentes. El tipo tenía un cuerpazo marcado bajo su traje a medida, pero de neuronas iba justito. Lo elegí como chófer, y Enrico no puso pega alguna. Me las prometía felices. Bastaron un par de viajes para comprar chuminadas en alguna tienda de la vía Tornabuoni, para que, a través del retrovisor, nos declaráramos nuestras ganas de hacer una excursión por nuestros cuerpos. Cuando le expresé mi curiosidad por echar un vistazo por el ala este—haciéndome la tonta y sabiendo que Enrico guardaba allí gran parte de su colección de arte—, se negó, claro. Pero bastó una discreta paja en uno de los probadores de Channel y la promesa de una recompensa mucho más golosa, para que el adonis perdiera los papeles. Además, que coño, estaba segura de que lo iba a disfrutar una vez sopesado su material.

Peeero, la cosa no funcionó tan bien como yo me la pintaba. En la instrucción que me dieron sobre Enrico DiPontoferro, me dijeron de todo. Que era el heredero del imperio armamentístico más importante de Italia. Que fue campeón olímpico de esgrima en espada y sable. Que montaba caballos con la habilidad de un ulano y que tenía un par de doctorados en cosas que ni entendí. Pero de lo que no me informaron fue que era un celoso empedernido.

Después del escarceo con mi guardaespaldas, cuando ya lo tenía comiendo en la palma de mi mano, deseoso de comerme otra cosa, y habíamos acordado que me facilitaría el acceso a la galería privada, desapareció. Así, de la noche a la mañana. Fue esa noche, en la cena que nos sirvieron a Enrico y a mí, cuando éste, como si tal cosa, sacó a relucir el tema de los celos. Lo hizo con una elegancia tan aséptica, tan…quirúrgica, que me quedó claro que mi plan se había ido al garete. Fue un aviso en toda regla. Envuelto en seda. Con lacito. Pero de una claridad meridiana. En aquella cena, en la que posteriormente me folló sobre la mesa aun con los postres a medio comer con una fiereza como si me estuviera castigando, en la que me quedó claro lo que había. Un caballero avisa. A partir de aquí, sabes lo que hay. Desde ese día, Enrico me sorprendió con un nuevo ajuar de trajes de baño. Los sosos bañadores de una pieza, dejaron paso a escuetos bikinis y a sugerentes triquinis dignos de un Only fans. El mensaje había quedado cristalino: con aquel cambio ponía a prueba tanto a sus hombres como a mí. Mis antiguos admiradores seguían en sus puestos habituales, pero en lo referente a mí, parecían pertenecer a un congreso de la ONLUS. La desaparición del incauto Adonis dejó un mensaje bastante claro a navegantes que por acto u omisión entraran en aguas vedadas para cualquier mortal que no fuera el propio DiPontoferro.

A partir de ahí, mis nervios aumentaron. Me encontré en un callejón sin salida. Los hombres dejaron de hacer como que no me miraban. Me cambiaban constantemente los chóferes y los guardaespaldas. Era esa pieza codiciada que emanaba un fulgor tan radiante, que nadie se atrevía a mirarme ni con unas Ray Ban polarizadas. De nuevo una luz atrapada, pero esta vez, bajo el cristal negro de una muerte anunciada si alguien osaba mirar directamente.

Por otro lado, no era la única que desesperaba. Arquiedes cada vez se mostraba más frustrado por la falta de informes. Nos comunicábamos cuando yo iba a la ciudad con cualquier excusa, a la antigua usanza. Nada de tecnología, nada rastreable. Parecíamos espías del inicio de la guerra ruso-japonesa de 1905.

Cuando ya empezaba a desesperar, hasta el punto de confiarme a Enrico y suplicarle por la información que me desgarraba el alma y por su perdón vendiéndole mí ser y mi vida como Fausto a Mefistófeles, apareció él.

Carlo se presentó a los pocos días de la desaparición de Adonis. Tenía que ir a la ciudad para supervisar unos detalles de una fiesta que Enrico pensaba celebrar en la mansión a finales de semana. Cuando salí de la casa, allí estaba él, delante del Bentley, esperando para abrirme la puerta.

Era un tipo fornido de espaldas, más bien bajo. Estaba pelado al cero, con una barba arreglada y muy poblada. Su piel estaba tostada, típica de quien ha pasado muchas horas a la intemperie. Pese a sus gafas de sol reglamentarias pude ver como una cicatriz surcaba el lado derecho de su cara, desde la frente hasta perderse en el bosque piloso que recubría sus mandíbulas.

Me abrió la puerta trasera del vehículo con una leve reverencia y se presentó.

—Buenos días, señora. Me llamo Carlo, y seré su chófer, hoy.

Su voz, algo rasposa y con un deje cansado, me produjo un ligero escalofrío. Esa modulación de la voz la había oído en otras ocasiones. Lo que me chocó es que habitualmente procedía de personas desahuciadas por la vida, y Carlo no tenía pinta de pertenecer a los que están al final del camino.

Me fijé en sus manos cuando sostenían la puerta: fuertes, callosas; muy diferente a todos los demás figurines que ejercían sus funciones al servicio de mi cavalieri. Sus movimientos eran enérgicos y decididos. Marciales. En todos mis años en la calle había aprendido a leer en los gestos de la gente como método de supervivencia y, modestia aparte, era bastante buena en ello. Pero con Carlo, no me vino nada. Nada. Era hermético a mis intentos de lectura. Durante el trayecto no aparté la vista del retrovisor en el que se reflejaba su mirada velada por las lentes de cristal verde. Un par de veces me pareció que me devolvía la mirada, pero no estaba segura de que no fueran imaginaciones mías.

Durante las gestiones se comportó como el perfecto guardaespaldas: aséptico y profesional. Pese a ello, noté algo. Una corriente cada vez que lo tenía cerca. No sé. Era extraño, no me había pasado nunca antes con nadie.

Los días posteriores que necesitaba desplazarme de la residencia, fueron un calco del primero. Se podría decir que eran una repetición de una escena de una película que ves una y otra vez. La corriente que sentía, en lugar de desaparecer como había supuesto aquella primera vez, se intensificó. A decir verdad me tenía desconcertada. Intenté darle conversación durante los trayectos, pero él, de forma cortés pero sin dar pie a nada más, contestaba; la mayoría de las veces con monosílabos en caso de que no se viera obligado a alargar su respuesta. Me recordaba al autómata servicial del viejo cuento ruso. Aunque yo sentía que debajo de todo aquella armadura, había algo más. Una vida de silencios y un propósito.

Un buen día de aquellos, volviendo de Roma, donde había pasado un fin de semana con Enrico que se encontraba allí por negocios, nos sorprendió una tormenta de esas que habría dejado corta a las del Diluvio. El cielo se oscureció tan repentinamente como si hubiera habido un eclipse impertinente, de esos que no avisan. La negrura que nos envolvió, bajo la cortina densa de agua, obligó a mi conductor a quitarse las gafas que hasta ese día siempre habían permanecido velando su cara. Por el retrovisor, con cierto espanto, con cierta conmiseración, pude ver que la cicatriz que Carlo llevaba impresa como fe de vida, se había cebado también con su ojo derecho, dejando un globo blanco de pescado hervido. Lo que, a priori, podría haber sido una marca repulsiva y la razón por la que me lo habían asignado de escolta, generó en mí el sentimiento contrario. Si el ojo derecho estaba perdido en las tinieblas perpetuas, el izquierdo titilaba de determinación. Era gris, y parecía tener una luz que compensaba la visión de la que carecía el otro. Como una inspiración, me vino a la memoria la figura de Odiseo, pilotando la nave que tendría que devolverlo a Ítaca. Carlo, sin perder contacto con la carretera, me miró por el espejo al sentirse escrutado. Creo que en ese momento, en esa mirada, me sentí, por primera vez en mi vida, enamorada.