Xtories

Ella en el templo, el en el purgatorio de Alicia

Concepción cree que su esposo es elegido por Dios. Mario sabe que solo está elegido por su propia lujuria. Mientras ella reza por el 'milagro' en su vientre, él llena la de otra mujer con su semen, jugando a ser el diablo en el purgatorio de la fe ajena.

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La Verga de Mario y la Concha de Alicia

Mario siempre había sido un tipo de huevos grandes, con una pija que medía fácil 20 centímetros tiesa como fierro. Su mujer, Concepción, era una hembra de curvas generosas, con tetas como melones maduros y una concha jugosa que chorreaba cuando la cogía bien profundo. Se casaron jóvenes, y al principio la cosa era puro fuego: la cogía de mañana, de tarde y de noche, le reventaba el culo en el baño o en la cocina, y ella gemía como perra en celo, pidiendo más verga.

Pero todo se jodió hace un año, justo cuando Concepción conoció a esa iglesia de los Últimos Días de no sé qué mierda de profeta. Esos pastores hijos de puta, todos flacos y con pijas chicas que seguro ni se paraban, le lavaron el cerebro. Le metieron en la cabeza que dar el culo por diversión era pecado mortal, que la concha era solo para hacer hijos, y que Mario era el demonio por querer cogérsela por todos los agujeros. De un día para el otro, adiós a las mamadas en el auto, adiós a las corridas en la cara, adiós a todo. Ahora Concepción se ponía un vestido largo hasta los tobillos, rezaba antes de comer y lo rechazaba con un “Dios no quiere eso, Mario”. La muy puta se volvió una santa frustrada, con la concha seca y el culo intocable.

Mario, con los huevos hinchados como pelotas de fútbol, no aguantaba más. Se la meneaba a escondidas pensando en el orto redondo de su mujer, pero necesitaba carne fresca. Fue ahí cuando apareció Alicia, la veterinaria del barrio. Una mina de unos 35, con pelo negro largo, tetas operadas que apuntaban al cielo y una concha depilada que olía a hembra lista para ser cogida. La conoció cuando le llevó al perro para una revisión: ella se agachó a revisar al animal, y Mario vio esas nalgas prietas marcadas en el pantalón blanco, pidiendo verga a gritos.

Desde ese día, Mario empezó a inventar excusas para ir al consultorio. “El perro cojea”, “le duele la panza”, cualquier boludez. Alicia lo miró con ojos de puta experimentada, sabiendo que no era por el chucho. Una tarde, con el consultorio vacío, ella cerró la puerta y le dijo: “Veo que venís con ganas de otra cosa, Mario. ¿Querés que te revise la pija?”. Él no lo pensó dos veces: se bajó el cierre, sacó la verga gruesa y venosa, ya dura como piedra.

Alicia se arrodilló sin drama, abrió la boca y se la tragó hasta el fondo. Chupaba como una profesional, lamiendo el glande hinchado, succionando los huevos peludos mientras se masturbaba la concha por debajo de la bata. “Qué rica pija tenés, Mario. Más gorda que la de mi ex”, murmuraba entre lamidas, con saliva chorreando por la barbilla. Él le agarró el pelo y le folló la boca a fondo, metiéndosela hasta la garganta hasta que ella tosió y escupió, pero no paró, pidiendo más.

La cogió ahí mismo sobre la mesa de exámenes. Le arrancó la bata, exponiendo esas tetas siliconadas con pezones duros como caramelos. Le chupó los pezones mientras le metía dos dedos en la concha empapada, revolviendo el clítoris hinchado. Alicia gemía fuerte: “¡Cógeme ya, Mario! ¡Reventame la concha con esa verga enorme!”. Él la puso en cuatro, le abrió las nalgas y le clavó la pija de un solo empujón. La concha estaba tan mojada que entró resbalando, apretándolo como un guante caliente. La cogía con furia, palmeando el culo hasta dejarlo rojo, mientras ella gritaba: “¡Más fuerte, hijo de puta! ¡Dame todo!”.

Mario le dio vuelta, la levantó en brazos y la empaló en la verga, cogiéndola de pie contra la pared. Las tetas rebotaban, la concha chorreaba jugos por los muslos de él. Le metió un dedo en el culo mientras la penetraba, y ella explotó en un orgasmo brutal, convulsionando y arañándole la espalda. “¡Me vengo, carajo! ¡Tu pija me mata!”. Él no se corrió aún; quería más.

La llevó al depósito de remedios, la tiró sobre cajones de vacunas y le abrió las piernas. Le comió la concha con hambre, lamiendo el clítoris y metiendo la lengua adentro, saboreando el flujo dulce y salado. Alicia se retorcía: “¡Sí, chupame ahí! ¡Sos un maestro con la lengua!”. Luego le dio la vuelta y le escupió en el culo. “Ahora te cojo el orto, veterinaria puta”, le dijo. Ella arqueó la espalda: “Dale, Mario. Mi culo es tuyo. Abrilo con tu verga”.

La pija entró despacio en ese ano ya no virgen pero apretado. Alicia aulló de placer y dolor, pero empujó hacia atrás para tragársela toda. Mario la cogía el culo a full, sintiendo cómo las paredes calientes lo ordeñaban. Le pellizcaba el clítoris mientras la sodomizaba, y ella se corría otra vez, con el culo contrayéndose alrededor de la verga. “¡Qué orto delicioso! ¡Me lo chupo entero!”, gruñía él, acelerando hasta que sintió los huevos apretados.

Se sacó la pija del culo, la puso de rodillas y le corrió en la cara. Chorros espesos de lefa caliente le llenaron la boca, la nariz y las tetas. Alicia se lo tragó todo, lamiendo los restos de la verga como si fuera helado. “Deliciosa corrida, Mario. Volvé cuando quieras”.

Desde entonces, se volvieron amantes fijos. Mario la cogía dos o tres veces por semana, en el consultorio, en su casa cuando Concepción iba a la iglesia, o en el auto en un descampado. Una vez, mientras su mujer rezaba en el templo, él llevó a Alicia al departamento. La desnudó en la cama matrimonial, oliendo el perfume de Concepción en las sábanas. “Acá cojo a mi mujer, pero vos sos más puta”, le dijo. Alicia se rio: “Mostrame cómo la cogés”.

La puso boca abajo, le ató las manos con la corbata de él y le azotó el culo hasta que ardía. Luego le metió la verga en la concha desde atrás, cogiéndola despacio al principio, torturándola. “Pedime más, perra”. Ella suplicaba: “¡Cógeme fuerte! ¡Quiero tu semen adentro!”. Aceleró, martillando esa concha madura hasta que ella chilló en un orgasmo que mojó todo. Cambió al culo, lubricado con saliva y jugos, y la reventó sin piedad. El ano se dilataba alrededor de la pija gruesa, tragándola hasta las bolas.

Mario la volteó y le montó la cara, frotando la verga sudada en su boca mientras le metía dedos en ambos agujeros. Alicia lamía todo: huevos, culo, perineo. “Sos una puta experta”, jadeaba él. La cogió en misionero, con las piernas de ella sobre sus hombros, penetrando tan hondo que sentía el cuello del útero. Ella se corría una y otra vez, gritando obscenidades: “¡Tu verga es lo mejor! ¡Concepción es una idiota por no dejártela seca!”.

Para rematar, lo puso para cabalgarlo. Alicia se sentó en la pija, rebotando con las tetas saltando, frotando su clítoris contra el pubis de él. Mario le apretaba las nalgas, metiendo un dedo en el culo mientras ella lo ordeñaba con la concha. “¡Me vengo adentro!”, rugió él, y explotó, llenándole el útero de leche caliente. Ella colapsó encima, con semen chorreando de la concha.

Pero el morbo no paraba. Una noche, Mario la llevó a un motel de mala muerte, con espejos en el techo y una bañera de hidromasaje. Entraron desnudos, y Alicia se arrodilló en la alfombra para mamarle la pija hasta ponerla brillante de saliva. Él la levantó, la apoyó contra el espejo y le comió el culo, lamiendo el ano fruncido mientras se pajeaba. “Qué rico sabor tenés, Alicia”.

En la bañera, con agua caliente, la cogió de lado, una pierna levantada. La pija entraba y salía de la concha chapoteando, mientras le chupaba las tetas. Ella le metía dedos en el culo a él, masajeando la próstata. “¡Dale, Mario! ¡Córrete en mi concha!”. Él obedeció, inundándola de semen cremoso que flotaba en el agua.

Luego, en la cama king size, experimentaron más. Alicia sacó un vibrador del bolso: “Mirá lo que uso cuando no estás”. Lo encendió y se lo metió en la concha mientras él le cogía el culo. Doble penetración: la verga en el ano, el juguete zumbando en la concha. Ella gritaba como loca, corriéndose en squirt que empapaba las sábanas. Mario sentía las vibraciones en su pija, y no aguantó: sacó, la puso de cara y le pintó la cara de lefa espesa, gotas cayendo a las tetas.

Mientras tanto, Concepción sospechaba algo. Encontró un pelo largo en la ropa de Mario, olió perfume en su cuello. Pero él la ignoraba, contándole mentiras: “Fue en el trabajo”. Ella lloraba y rezaba más, pero Mario ya no la tocaba. Su concha estaba muerta para él; solo quería la de Alicia, jugosa y dispuesta.

El clímax llegó en una escapada de fin de semana. Mario alquiló una cabaña en las sierras, pretextando un viaje de negocios. Alicia llegó en jeans ajustados, sin panties, con la concha ya húmeda. Lo recibio con un 69 en el porche: él lamiéndole la concha y el culo, ella chupándole la verga y los huevos hasta casi correrlo.

Adentro, la ató a la cama con cuerdas, vendada. Le azotó las tetas y el culo con la mano abierta, dejando marcas rojas. Luego le metió tres dedos en la concha, estirándola, mientras le lamía el clítoris. “¡Pedí clemencia, puta!”. Ella gemía: “¡No pares! ¡Quiero tu verga en todos lados!”. La desató y la cogió en cada posición: perrito salvaje, con el culo en pompa; vaquera inversa, rebotando el orto en su pija; cucharita, metiendo verga lenta y profunda.

Probó algo nuevo: le untó crema en el culo y se lo comió como postre, lamiendo hasta el fondo. Luego la penetró analmente, cogiéndola despacio para sentir cada centímetro. Alicia se masturbaba la concha, corriéndose con chorros que salpicaban. Mario la volteó y le dio una facial doble: primero en la boca, tragándose todo; luego en las tetas, masajeando la lefa caliente en los pezones.

Pasaron la noche entera cogiendo. A la mañana, en la ducha, la apoyó contra la pared y le reventó la concha de pie, con agua cayendo. Le corrió adentro, semen mezclándose con jabón. “Sos mi puta oficial, Alicia. Concepción que se joda con sus pastores impotentes”.

Mario volvió a casa renovado, con los huevos vacíos y el alma en paz. Concepción lo miró con ojos tristes, pero él solo pensó en la próxima cogida con la veterinaria. Su pija ya palpitaba de nuevo.

La Verga de Mario, el embarazo de Alicia y el Mesías de Concepción

Pasaron unos meses de cogidas salvajes. Mario no usaba forro con Alicia; le encantaba correrse adentro de esa concha caliente, llenándola de semen espeso hasta que chorreaba por las piernas. “Quiero dejarte preñada, puta”, le decía mientras la empalaba en el consultorio, cogiendo su culo hasta el fondo. Ella gemía: “¡Dale, Mario! ¡Llename el útero con tu lefa!”.

Una mañana, Alicia lo llamó llorando de emoción: “Estoy embarazada, Mario. Tu pija me dejó panzona. Pusiste un pelado en mi panza”. Él se rio, con la verga endureciéndose al instante. “Perfecto. Voy para allá a celebrarlo cogiéndote”. Llegó al consultorio, la besó el vientre apenas abultado y le bajó los pantalones. La concha estaba más hinchada, jugosa como nunca. “Embarazada me ponés más caliente”, gruñó, y se la metió de un tirón.

La cogió contra la pared, levantándola con las manos en las nalgas prietas. La pija entraba resbalando en esa concha fértil, sintiendo el calor del embarazo. Alicia jadeaba: “¡Cuidado con el bebé, pero no pares! ¡Tu verga me hace bien!”. Él la folló despacio al principio, luego aceleró, palmeando el culo hasta dejarlo rojo. Le chupó las tetas, ya más grandes y sensibles, succionando los pezones que lactaban un poquito de calostro dulce. Se corrió adentro, inundando la concha con chorros potentes: “Para que el pibe crezca fuerte con mi leche”.

Desde ese día, Mario se hizo cargo a su manera. Le pagaba el consultorio, le compraba vitaminas, ropa de embarazada y hasta un auto nuevo. Pero no paraban de coger: en su casa, en moteles, en el campo. Una vez, con cinco meses de panza, Alicia lo montó en el sofá del consultorio. Rebotaba la concha en la verga gruesa, con el vientre redondo frotando el pecho de él. “¡Sentí cómo late el pibe mientras me cogés!”, gritaba ella, corriéndose con squirt que empapaba los huevos de Mario. Él le metía un dedo en el culo, estirándolo, y la volteaba para sodomizarla con cuidado. El ano estaba más laxo por las hormonas, tragando la pija entera. “Qué orto de embarazada, Alicia. Me lo ordeñás”. Le corrió en la cara, semen chorreando por la panza.

Mario la cogía todos los días, obsesionado con su cuerpo preñado. Le comía la concha hinchada, lamiendo el clítoris protuberante mientras ella se retorcía. “Tu semen me mantiene cachonda”, decía ella, mamándosela hasta vaciarle los huevos. Él le pagaba todo, pero a cambio la usaba como puta personal: corridas en las tetas lactantes, en el culo dilatado, en la boca ansiosa.

El problema era Concepción. Ella notaba que Mario llegaba tarde, con olor a concha ajena, y el banco vacío por los gastos. “Dios me habla, Mario. Debemos ser puros”, insistía, pero él ya no la tocaba. Una noche, harto de sus rezos, decidió contarle todo… a su modo.

Entró al dormitorio donde ella leía la Biblia, se sentó y puso cara de visionario. “Concha, tuve una aparición. Anoche, en sueños, se me presentó el Espíritu Santo. Brillaba como luz, boluda… digo, como un ángel. Me dijo: ‘Hacete cargo, Mario. Hay una semilla mía en la veterinaria esa. Es el nuevo Mesías. Ustedes tendrán el honor de criarlo. Decile a Concepción que lo críen como hijo, que es el elegido para los últimos días’”.

Concepción abrió los ojos como platos, dejó caer la Biblia y cayó de rodillas rezando. “¿El Espíritu Santo? ¿El Mesías? ¡Ay, Dios mío! ¡Es un milagro!”. Se lo creyó al toque, con lágrimas en los ojos. “¡Claro que lo criaremos! ¡Será nuestro hijo espiritual! Esa iglesia nos preparó para esto”. Mario reprimió una risa: los pastores la habían dejado tan idiota que tragaba cualquier verso.

Desde entonces, todo fue perfecto. Concepción visitaba a Alicia, le llevaba biblias y rezaba por “el Mesías en tu vientre”. Alicia, la muy puta, jugaba el rol: “Sí, hermana, es un milagro”. Mientras, a escondidas, Mario cogía a la embarazada en el baño del consultorio. “Tu mujer es una pelotuda”, susurraba Alicia mientras se la metía por el culo, con la panza apoyada en el lavabo. Él gruñía: “Callate y abrí el orto”. La pija entraba profunda, sintiendo contracciones leves del embarazo que apretaban su ano. Le corrió adentro, semen lubricando todo.

Nacieron gemelos –¡sorpresa!– dos pibes sanos con la cara de Mario. Concepción los bautizó como “Juan el Prenuncio” y “Mesías de los Últimos Días”, y los criaba con devoción fanática, rezando horas. Mario les pagaba todo, pero seguía cogiendo a Alicia sin parar. Ahora con tetas lactantes enormes, chorreando leche. Él las chupaba mientras la penetraba: “Dame tu leche, puta”. Ella ordeñaba sus pezones en la verga de él, lubricándola para cogidas anales brutales.

Una tarde, con los pibes durmiendo en la casa de Concepción, Mario llevó a Alicia a la cabaña. La desnudó, admirando el cuerpo post-parto: concha más floja pero jugosa, culo intacto, tetas como ubres. La ató a la cama y le azotó las nalgas hasta moradas. “Por darme hijos Mesías”, dijo riendo. Luego le comió la concha, lamiendo el flujo mezclado con restos de leche. La cogió en misionero, pija hundiéndose en el útero laxo. Ella gritaba: “¡Reventame, papá de mis pibes!”.

Cambió al culo, dilatado por el parto, tragando la verga como guante. Mario la sodomizaba furioso, pellizcándole el clítoris. Ella se corría lactando, leche salpicando sus caras. Él sacó y le dio una corrida epiléptica: semen en la boca, tetas, concha y culo. Alicia se frotaba todo, masturbándose hasta otro orgasmo.

Concepción nunca sospechó. Criaba a los “Mesías” con amor ciego, mientras Mario vivía su vida: pija en la concha de Alicia, huevos vacíos, y una santa en casa que le lavaba la ropa oliendo a sexo. “El Espíritu Santo provee”, decía ella. Y Mario sonreía, planeando la próxima cogida.