Xtories

Me resigné por no perderla 8

La playa nudista le ofrece la desnudez física que su matrimonio ya no tiene, pero la verdadera exposición está en su mente. Cuando una desconocida le devuelve la mirada con una sonrisa que lo arranca de su desesperación, el narrador cree haber encontrado alivio. Sin embargo, el destino tiene un giro inesperado: la joven que se sube a su coche lleva el nombre de la mujer que lo está destruyendo.

unpluged10K vistas9.1· 28 votos

(Dos días antes del momento actual)

Lucía se había marchado temprano de casa, hoy era su “día de chicas” y pasaría prácticamente todo el día fuera.

Pasar un tiempo a solas me iba a venir bien. Estaba descentrado, algo perdido últimamente. No había vuelto a follar con mi mujer desde lo de Raúl, pero ella se mostraba más cariñosa y cercana, pasaba gran parte de la noche abrazada a mí. Eso no quitaba que un par de noches hubiera follado con otros, aunque lo había hecho fuera de casa y sin pedirme participación alguna.

Preparé una mochila con algo para picar y beber, y salí de casa para pasar el día en la playa, era solo una hora y media de viaje. Conducir oyendo música me relajaba, al igual que estar tumbado en la arena sin nada de ropa.

Mochila al hombro y sombrilla, comencé a caminar por las dunas alejándome lo más posible de la civilización, necesitaba estar lo más solo posible. Tras una buena caminata, me detuve y coloqué la sombrilla. En principio solo había un par de sombrillas más a bastante distancia de la mía, pero era temprano y seguramente a lo largo del día aparecerían más nudistas.

Coloqué la toalla, me quité la camiseta y me bajé el pantalón corto y el calzoncillo. Qué gustazo, qué sensación más reconfortante.

Permanecí de pie un rato, con los brazos en jarra. Levanté la cara al cielo y respiré hondo. Ese olor a mar…a salitre…humedad.

Miré mi cuerpo, mi desnudez, mis genitales expuestos en total estado de relajación…

Las imágenes de mi mujer follando con Raúl, él mirándome mientras yo la follaba a cuatro patas, sus gemidos, su coño chorreando…

En ese momento me sentí frágil, más desnudo de lo que estaba, descolocado. Había cruzado varias líneas rojas y mi cabeza necesitaba recolocarse, ubicarse de nuevo.

Me senté en la toalla y comencé a llorar sin previo aviso.

Había estado forzando mi cabeza y mis emociones mucho tiempo. Nadie me había obligado a ello, pero a la misma vez sentía que no tenía el control de la situación y que no tenía capacidad de decisión.

Lucía estaba poniendo delante de mis ojos lo peor de mí. Me estaba haciendo daño, lo sé por el dolor que dejaba en mi pecho cada una de sus escapadas, cada una de sus aventuras, cada paso que me hizo dar hacia donde no quería ir.

Yo la quería, llevaba con ella toda la vida. No la estaba entendiendo, no entendía que de pronto el sexo le importara tanto, no entendía su actitud hacía mí. Estaba resignado a sus deseos con tal de no perderla. Su ultimátum aún resonaba en mi cabeza. No me imaginaba la vida sin ella, pero…

Nuestro cuarto… nuestro cuarto me parecía un prostíbulo al que yo acudía para dormir. Las paredes habían aprisionado los gemidos de placer de Lucía y no me dejaban dormir, hacía noches que no conseguía dormir bien. Me despertaba entre sus brazos. Dormía junto a mí, abrazándome. Yo la miraba y la veía jadear, veía su coño lleno de corridas. A veces era la cara de Raúl la que me despertaba, “joder, tío, que mujer tienes”…

Demasiadas líneas rojas que estaban haciéndome cuestionarme mi vida, mis principios, me sentía manchado, sin posibilidad de dar marcha atrás, abandonándome a los deseos y caprichos de Lucía.

Me martirizaba el hecho de haberme empalmado viendo como follaba con otro, me hacía sentir culpable, la había follado con ganas y con rabia, la había puesto a cuatro patas mientras otros metía su polla en su boca a dos palmos de mí, y pese a eso me había corrido.

Pasado un rato recuperé la calma, me levanté y fui a bañarme. El agua estaba fría, pero me apetecía flotar mecido por las pequeñas olas que se iban formando.

Me quedé así un rato, mirando al cielo, con el sonido del mar y los graznidos de las gaviotas. Al salir del agua me crucé con una pareja que paseaba por la orilla. Noté que se despertaba cierta inseguridad en mis pasos al cruzarme con ellos, sentía que me estaba exponiendo, volvía a sentir mi fragilidad.

Sentado en la toalla me dediqué a contemplar los cuerpos desnudos de la gente que paseaba. Me dediqué a contemplarlos sin ningún atisbo de deseo, reconociendo la belleza de cada uno de ellos. El cuerpo joven de la chica que camina segura de sí misma, con sus pechos firmes, morenos, un culo bien definido. Un cuerpo sin ningún vello que cubriera su pubis. Una pareja de personas mayores, con sus carnes llenas de dignidad, que entrelazaban sus manos y caminaban disfrutando de sus merecidos años.

Me incomodó el descaro con el que algunos hombres me miraban. Un hombre solo en una toalla, apartado del resto de personas, también puede ser un buen reclamo. Hombres de mediana edad paseaban mirando a quienes exponían su desnudez. Cuando pasaban junto a mí, aminoraban sus pasos y me miraban descaradamente la polla.

De pronto me imaginé a Lucía chupándoles la polla, engulléndolas, sacándoselas de la boca y pajeándolas, mirándome cachonda perdida y preguntándome “¿quieres probar?”.

-Perdona, ¿tienes fuego?-

Levanté la vista sobresaltado, arrancado de mis propios pensamientos.

-Disculpa, no era mi intención asustarte, ¿Tienes fuego?

Su mirada alegre y su medía sonrisa me devolvieron a la playa, a la toalla, al momento.

-eh, sí, sí, perdona, creo que sí.

Busqué el mechero y se lo ofrecí. Se agachó para cogerlo. Su piel era de un color moreno precioso, sin ninguna marca. Se había colocado en cuclillas a mi lado. Tenía unos pechos pequeños, pezones oscuros y cabello largo, castaño oscuro, que caía en tirabuzones desordenados sobre sus hombros.

Encendió el cigarro y le dio una calada. Su mirada amable se cruzaba con la mía, esquiva e insegura por lo repentino de la situación.

Sonreía.

-¿Un mal día? El mar es un lugar maravilloso para deshacerse de esa tristeza que tienes en los ojos.

Permanecí un momento callado, no sabía que decir.

-Bueno, mal día… la vida que a veces se complica

Se puso de pie y le dio otra calada al cigarrillo.

-Gracias por el cigarro- y se alejó paseando por la orilla.

Me quedé mirando su silueta, hermosa, joven. Me levanté y me di otro baño, éste más largo.

Poco antes del atardecer, recogí mis cosas y comencé el camino de vuelta al coche. Antes de subirme, miré el móvil, ningún mensaje de Lucía. A saber si me la encontraría follando en la casa, o cualquier otra sorpresa. De nuevo sentía esa fragilidad, esa sensación de debilidad que me llevaría a hacer lo que me pidiese.

Puse la mano en mi pecho y respiré hondo. Me subí al coche y arranqué. Justo antes de entrar en la carretera principal volví a encontrarme con la chica de la playa. Estaba haciendo autostop. Paré a su lado y bajé la ventanilla.

Me sonrió y me dijo:

-¿Has dejado en el mar la tristeza?

Abrió la puerta y se subió.

-Me llamo Lucía- me dijo

El corazón me dio un vuelco.

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