Xtories

Me resigné por no perderla 2

La playa nudista prometía libertad, pero esta vez la libertad de ella significa su humillación pública. Él solo puede mirar, mientras ella invita a desconocidos a tocarla y a usar su cuerpo como lienzo para su placer.

unpluged17K vistas8.3· 29 votos

Habíamos decidido ir a pasar el día a la playa. Desde hace ya tiempo nos aficionamos a ir a la playa nudista por la sensación de libertad, de no tener marcas en el cuerpo y el placer de bañarnos desnudos en el mar. Además podías disfrutar de la visión de ver otros cuerpos desnudos paseando delante de ti.

La cuestión es que era la primera vez que íbamos a ir desde que nuestra situación de pareja cambio y ella empezó a buscar sus propios espacios para resignación y sufrimiento mío que aguantaba cualquier cosa con tal de no perderla.

Aparcamos el coche y comenzamos a andar por la arena hasta encontrar un lugar algo apartado sin mucha gente alrededor, buscando relajarnos y disfrutar del día, como otras veces y sin sospechar yo que mi mujer tuviera la intención de variar nuestros planes.

Tendimos las toallas y colocamos las sombrillas. Puse la nevera a la sombra junto a la bolsa con las cosas de la comida (tortilla de patatas, chacina y lastas de cerveza). Mientras yo hacía esto, mi mujer ya se había despojado de su vestido playero y se estaba quitando la parte superior del bikini. Me quedé contemplando como quedaban visibles sus pechos. Me encantaban, no eran grandes pero estaban tersos, con unos pezones pequeños que se contraían cuando estaba excitada o cuando, como era el caso, les rozaba el viento al estar libres y expuestos.

Tiro la parte superior sobre la toalla y se bajó el resto del bikini, doblando la espalda y dejando ver su hermoso culo en toda su plenitud. Al incorporarse y tirar la parte inferior del bikini en la toalla también quedó visible su hermoso coño, rasurado con un poco de vello.

Se tumbó en la toalla y me ofrecí a echarle crema, pero no quiso. Yo me desnudé, no con el mismo éxito que ella, que ni siquiera me dedicó una mirada. Me tumbé a su lado y de repente se puso en pié.

-voy a bañarme. Me dijo y se fue caminando hacía el agua.

Su cuerpo, desnudo y joven, atraía la mirada de los pocos hombres que habían a nuestro alrededor, tres o cuatros hombres solos en sombrillas cercanas y una pareja joven que estaba un poco más alejada.

La contemplé bañarse y salir del agua sacudiéndose el pelo y caminando con la piel erizada por el frío del agua del mar. Venía con los pezones erectos. Se acercó y, para mi asombro, cogió su toalla.

-Me apetece estar un rato sola. Después vuelvo. Y se alejó unos veinte metros de nuestro lugar. Tendió la toalla y se tumbó boca arriba a tomar el sol, con las piernas separadas.

Yo podía verla desde mi toalla, sin entender porqué quería estar sola y resignándome a la situación. Cogí una lata de cerveza y comencé a bebérmela sin apartar la mirada de mi mujer.

Al poco rato pasó lo que tenía que pasar. Una mujer desnuda en la playa, sola, llama mucho la atención a los hombres que pasean desnudos por la orilla.

Un hombre maduro, de unos cincuenta años de acerco a ella y parecía que le estaba diciendo algo. Mi mujer levanto la cabeza y le sonrió. El hombre seguía hablando. Ella, desnuda boca arriba, hizo un suave gesto separando aún más las piernas, dejando perfectamente a la vista de aquel hombre su coño. El hombre se agachó en cuclillas delante de ella. Pude ver como su polla empezaba a ponerse dura. Normal, pensé, le está viendo el coño a mi mujer, eso se la pone dura a cualquiera.

Por un momento pensé que iba a pasar algo. Desde que habíamos cambiado los términos de nuestra relación sabía que mi mujer se acostaba con otros, de hecho lo había hecho en nuestra propia casa mientras yo permanecía encerrado en otra habitación, pero nunca había presenciado nada, y no estaba en mi ánimo hacerlo.

Para alegría mía, mi mujer volvió a recostar la cabeza en la toalla y el hombre se incorporó y se marchó pasando por donde yo estaba. No pude dejar de mirarlo cuando pasó junto a mí y de imaginar que había podido follarse a mi mujer. Le miré la polla, que aún estaba morcillona de la excitación. Una polla gruesa, depilada… La imaginé entrado en el coño de ella.

Cuando volví a mirarla ya se había dado la vuelta. Seguía con las piernas separadas y dejaba ver ahora su culo. Algunos hombres que pasaron junto a ella la miraban sin llegar a detenerse. No habían pasado diez minutos cuando se aproxima desde la orilla un hombre algo más mayor, de unos sesenta y algo, con algunas canas ya en su cabeza. De repente mi mujer le dice algo y el hombre se acerca. Le debió preguntar si llevaba crema solar porque el hombre metió la mano en su mochila y sacó un bote.

Ella seguía bocaabajo, hablando con él. Entre sorprendido y alegre se agachó junto a mi mujer, se echó crema en las manos y comenzó a extendérsela sobre su espalda.

Ahí estaba yo, desnudo en mi toalla viendo por primera vez como un extraño tocaba el cuerpo de mi mujer y pasaba de la espalda a las piernas, subiendo y bajando sus manos sobre sus muslos y rozándole, disimuladamente, el coño de vez en cuando.

Mi mujer se dio la vuelta y volvió a separar las piernas. El desconocido comenzó a echarle crema por los pechos mientras ella lo miraba a los ojos. Paso a los muslos. Ella separó un poco más las piernas y él se recreó a gusto rozándole ahora con menos disimulo el coño a mi mujer.

Mis sentimientos eran raros, era una situación que no deseaba, pero sabía que no me quedaba otra si no quería perderla, y a la misma vez ver a mi mujer desnuda mientras un desconocido la tocaba empezaba a generarme una excitación que me hacía sentir culpable.

En ese momento mi mujer le dijo algo al hombre que se puso de pié y empezó a bajarse el bañador. Ella, tumbada bocaarriba dobló las piernas y las mantuvo separadas mientras miraba fijamente y con media sonrisa a aquel hombre que había empezado a masturbarse delante de ella.

Yo no daba crédito a la situación. Aquél hombre estaba delante de mi mujer desnuda, la había estado tocando y ahora se hacía una paja contemplando su coño. El movimiento de su mano cogía cada vez más ritmo y su mirada iba del coño de ella a sus ojos. Comenzó a gemir y le dijo algo a mi mujer, que asintió. Él se acercó un poco más y de pronto se corrió sobre ella. Se guardó la polla de nuevo y se marchó caminado hacía donde yo estaba. Lo miré al pasar junto a mí. Era mayor que yo, nunca pensé que fuera del tipo de mi mujer. Le miré las manos, habían estado tocando su cuerpo hace un momento, delante de mí, sin saber quién era yo.

Mi mujer se levantó, cogió la toalla y volvió junto a mí.

-Pásame un pañuelo. Me dijo.

Le acerqué uno y vi cómo se limpiaba la corrida de aquel desconocido de su vientre. Cuando terminó tiró el pañuelo a la bolsa de la basura y se tumbó a mi lado.

-Quiero que te acostumbres a nuestra nueva relación, no quiero que estés ajeno a todo lo que hago. Ve acostumbrándote a verme con otros hombres, quiero que estés presente cuando me corra con otra polla.

Por lo visto también iba a tener que renunciar a mi deseo de no ver a mi mujer follando con otros aunque sabía que lo hacía. Iba a tener que resignarme una vez más, iba a tener que controlar mis sentimientos y a asimilar la idea que para seguir con ella, para no perderla me tenía que convertir en un cornudo, consentir que mi mujer follara con otros cuando ella quisiera y estar presente si me lo pedía.

Lo peor de esto era gestionar esa sensación de culpabilidad y a la vez de excitación que me provocaba ver como otro hombre tocaba el cuerpo de mi mujer.