Xtories

Le rellené el culazo a la azafata

Desde su asiento, solo podía mirar. El uniforme ceñido y el movimiento de sus caderas lo tenían al borde del colapso. Cuando el destino los juntó fuera del avión, la tensión acumulada no pudo contenerse más: la azafata y el pasajero descubrieron que el morbo era mutuo.

Irby26K vistas8.8· 12 votos

Ese culo me hizo perder la razón desde que lo vi.

Tenía que hacer un viaje en Vueling desde Málaga a Bilbao. Tenía un reunión en el norte un sábado por la mañana por lo que decidí coger el último vuelo, que no llegaba muy tarde a Bilbao, con lo que tendría tiempo de alojarme y cenar con tranquilidad.

Sin embargo, ese día se torcieron algo los planes. Por la mañana me anunciaron que el vuelo saldría con algo de retraso, aunque la verdad es que fue mucho más, de forma que la hora prevista de llegada casi sería intempestiva. Bueno, qué le vamos a hacer. De todas formas, la reunión era el sábado por la mañana.

Por fin embarcamos y me senté en mi asiento. Hasta que no saliéramos no tenía mucho que hacer, por lo que me puse a mirarles el culo a las tías. En esto que veo a una azafata (sé que se llaman tripulantes de cabina, pero es más largo) ocupada con las maletas. Cuando le miré el culo no salgo de mi asombro de cómo era. Mi polla reaccionó al instante y se puso morcillona. Para mí era perfecto y los pantalones del uniforme (otras llevan falta) se lo marcaba especialmente, algo que me volvía loco. También se veía cómo las braguitas se le señalaban... Joder, me empecé a poner burrísimo. Estaba en un asiento de pasillo, por lo que ese iba a ser mi disfrute. Cuando estaba parada no destacaba tanto, pero cuando se movía... ¡Guau! Me hubiera levantado y le hubiera restregado la polla por él... Mi mente calenturienta me lleva a esas situaciones, a pesar de que, obviamente, me quedé en el asiento sin moverme. No era un culo de esos grandes sino redondito, bien puesto y perfecto. Cuando se empinaba para colocar bien una maleta en el maletero se le ponía tan apetecible que a mí me ponía malo. Vi en su cartelito su nombre: Celia (lo he cambiado). Yo calculaba que tendría sobre los treinta años.

Desapareció de mi vista y el vuelo iba discurriendo de forma normal. El carrito con las bebidas hizo su aparición y, para mi suerte, ella venía de espaldas a mí. Ver ese culito moviéndose conforme hacía su trabajo no hizo tener tal erección que casi no sabía como ponerme. Me hubiera ido al servicio a hacerme una buena paja, sin embargo, no era plan de ir mostrando mi bulto por todo el pasillo.

Por fin llegamos a Bilbao a una hora bastante tarde. Justo cuando estaba bajando del avión me llamaron del trabajo con un problema grave, por lo que tuve que estar al teléfono bastante tiempo, deambulando por el aeropuerto. Para mi sorpresa, cuando llegué a la parada de taxis estaba vacía. No sé qué pasaba ese día, pero no era normal.

Me puse a esperar a ver si llegaba alguno y lo hice durante un buen rato. Para mi sorpresa apareció Celia tirando de su trolley. También se sorprendió de que no hubiera taxis.

—¡Vaya, qué raro! ¡No hay taxis! —me dijo con sorpresa.

—Pues sí, llevo un rato esperando y no sé qué pasará. Esto no es normal aquí —respondí.

—Para nada, algo debe haber pasado —comentó con algo de desesperación.

—Bueno, nos toca esperar —dije yo conciliador.

Al rato apareció un taxi. Me tocaba a mí, pero no quería dejarla allí por si tardaba en llegar otro. Le propuse compartirlo llevando a cada uno a su dirección. Aceptó; se la veía cansada y tendría ganas de llegar a dondequiera que fuese.

Entramos en el taxi y le dije al conductor la dirección de mi hotel.

—¡Vaya! —dijo Celia—. ¡Si yo vivo justo enfrente, al otro lado de la calle!

—¡Perfecto, entonces! —respondí yo contento, Íbamos al mismo sitio, ya sabía que era de aquí y tenía que poner en marcha algún tipo de plan a ver si podía terminar comiéndole el coñito. O, mejor, follándole ese culazo que tanto me volvía loco.

Le pregunté al taxista qué había pasado que estaba el aeropuerto desierto. Me dijo que había habido un accidente gordo con rotura de una tubería de agua incluida. Eso explicaba la cosa.

Llegamos al destino y yo pagué el taxi, por supuesto (me lo pagaba luego la empresa). Ella me dio las gracias con dos besos.

—Mira, ¿ves ese edificio de ahí? —me preguntó—. Ahí vivo yo.

—Pues sí que es justo enfrente como dijiste —le respondí.

—Claro —me respondió mientras se iba—. Te dejo que mañana me toca salir temprano a hacer ejercicio. Siempre que estoy aquí salgo puntualmente a las ocho de la mañana a correr un poco.

Cuando llegué al hotel me di una ducha con su correspondiente paja pensando en el culo de Celia. Por la noche, después de la cena, me hice otra en la cama, esta vez más relajado. Me corrí como un caballo mientras me imaginaba a esa Celia botando en mi polla.

A la mañana siguiente me levanté cachondo y me hice otro pajote pensando en ella. Fue en un pequeño sofá que había en la habitación. Yo creo que hasta lo manché de leche. Me levanté temprano porque mi plan pasaba por ver si de verdad salía a correr. Mi reunión era más avanzada la mañana por lo que me senté cómodamente en el hall del hotel. Efectivamente, como dijo, allí estaba. Vestía un short de deporte que le marcaba todo el cuerpo de una forma increíble. La hubiera perseguido y me la hubiera follado en un callejón apartado, metiéndosela en todas las posturas, pero ese no era el plan.

Al cabo de una hora o así la vi a lo lejos de la avenida que regresaba de hacer su corrida (en este caso, de ejercicio). Salí rápidamente, crucé la calle y me hice el encontradizo, sin ni siquiera saber lo que le iba a decir.

—Vaya, ¡buenos días! —le dije—. Veo que te has dado una buena paliza.

—¡Anda!, ¿qué tal? —me respondió con una gran sonrisa en la boca—. Pues sí, me gusta salir temprano —me dijo—. ¿Qué haces por aquí?

—Me he levantado temprano y estaba haciendo tiempo tomando el fresco antes de mi reunión de trabajo —le dije medio inventándomelo.

—Perfecto —me respondió sin saber qué más decirme.

—Oye, perdona —me lancé sin saber por dónde iba a salir eso—. A eso de las 13:30 estaré libre. Tú qué eres de aquí, ¿me recomiendas algún sitio donde comer unos buenos pinchos que no sean de esos de turistas? —le pregunté de corrido.

—Sí, mira —me explicó un bar al que ella iba mucho. Había que tirar por no sé cuántas calles para llegar hasta él.

—Ufff, por ahí me pierdo fijo —le dije algo decepcionado.

—No es para tanto —me dijo con seguridad y una sonrisa en su boca.

—Claro, eso lo dices tú, que eres de aquí —le respondí—. No es fácil orientarse entre tanta calle. Bueno, terminaré comiendo algo en el primer sitio que vea y ya está, no te preocupes.

Yo ya veía que todo se iba al carajo. Por lo menos lo había intentado. Tras un momento de silencio, dijo:

—Si quieres yo te acompaño —mis ojos empezaron a brillar como los de un niño pequeño.

—¿De verdad harías eso? Si no te importa, por mí perfecto, encantadísimo —le respondí—. Aunque supongo que tendrás planes y no quiero quitártelos.

—No te preocupes, no tengo nada que hacer hasta mañana domingo que vuelo por la tarde —me dijo sincera.

—Pues encantado que me acompañes, Celia —le dije con una abierta sonrisa y cogiéndole la mano para darle un beso, como el caballero con su dama.

—Jajaja —se rio—. ¿Cómo sabes que me llamo Celia? —me preguntó algo sorprendida.

—Veníamos en el mismo avión —le dije rápidamente—. Tú no te fijarías en mí pero yo en ti sí —me arriesgué, obviamente sin decirle que sobre todo me había fijado en su culo.

—Jajaja. Vale —me respondió—. ¿Nos vemos aquí abajo a las 13:30, entonces? —me preguntó.

—Será un placer —le respondí, yo no sabía ella hasta qué punto iba a haber placer.

Yo tuve mi reunión, algo aburrida y con la cabeza pensando en si me terminaría follando a la buenorra de Celia o no. En la oficina me entraron ganas de hacerme una paja en el servicio, pero no quería vaciarme, por si terminaba dándosela a ella.

A la hora convenida, allí estaba esperándome en la calle. Se había vestido de forma muy sencilla (como a mí me gusta) y, lo más importante, con un pantalón que también le marcaba el culazo. Joder. Mi polla lo iba a pasar mal... Tiramos para el sitio que me había dicho.

—Por supuesto que hoy invito yo a todo —le dije mientras caminábamos.

—¿Y eso por qué? —me preguntó con curiosidad.

—Primero porque tengo que agradecerte el gesto de acompañarme sin conocerme. Segundo, por aguantarme durante este tiempo. Tercero, porque luego me lo paga la empresa. Cuarto... ¡porque me da la gana, ea! —respondí del tirón.

—La verdad es que con esas razones poco me queda que decir —respondió—. Me encanta enseñar mi ciudad. Como te dije, tampoco tenía mucho que hacer y no me apetecía estar en casa.

Poco a poco nos acercamos a la vez que me explicaba algunas cosas que veíamos. La verdad es que a la chica le gustaba su ciudad y lo demostraba. Era una estupenda guía, agradable, simpática, de conversación fácil y tratando muchos temas y con buen cuerpo.

Le dije que a mí me gusta probar distintas cosas e íbamos entrando de diversos lugares. En cada uno nos tomábamos algunos pinchos y una cerveza. También fue saludando a varios conocidos por la calle. En fin, que era un encanto de mujer.

Poco a poco estábamos tomando más cerveza (y algún que otro buen txacolí) y la verdad es que íbamos contentos, con ese puntito agradable. Hablamos de todo. Me comentó que con su trabajo era muy difícil tener novio porque estaba siempre de arriba abajo con turnos muy complicados. Mejor para mí porque creo que eso significaba que no tenía una polla que regularmente se metiese en su coño.

—Oye, Celia —le dije.

—¿Qué? —me preguntó.

—Muchísimas gracias, ha sido todo un detalle. Te doy un diez como acompañante y te felicito por tus gustos —le respondí con total sinceridad.

—Como te he dicho, me encanta mi ciudad y demostrarlo —me dijo con una gran sonrisa.

—A mí me encantas tú —-le dije de pronto.

Se hizo el silencio. Joder, seguro que había metido la pata. Lo acabo de estropear.

—Perdona —le dije.

—¿Por qué? —me preguntó.

—Porque te he dicho que me encantas —le dije algo avergonzado.

—¡Ah! No pasa nada. Eres todo un caballero —me dijo con una sonrisa.

Ufff, menos mal.

Le dije de tomar algo de postre, un helado o una copa. Se puso a pensar un poco (mordiéndose una uña con los dientes en un gesto que me parecía de lo más sexy) y me dijo de pronto.

—¿Te apetece probar un bizcocho riquísimo? —me preguntó y yo pensé que ya quería que le comiese el coñito.

—¡Claro! ¿En qué pastelería? —le pregunté muy contento.

—En ninguna. Lo tengo en casa. Es de mi madre y está riquísimo. ¿Te apetece? —me preguntó.

—¡Por supuesto! —le respondí con un gesto que significa algo así como “qué preguntas me haces”.

—Pues vamos, además estoy cansada —dijo añadiendo argumentos.

Tiramos para allá y, en el portal, antes de subir, le dije:

—Oye, ¿no te importa meter a alguien a quien prácticamente no conoces en tu casa? —le pregunté con curiosidad.

—Nos hemos ido de pinchos. Algo nos conocemos, ¿no? —me respondió abiertamente.

—Sí, sí, si por mí no hay problema —le dije levantando las manos.

—No me vas a violar, ¿verdad? —me preguntó con naturalidad. Yo estuve a punto de decirle que no la iba a violar sino a follar duramente si ella me dejaba.

—¿Tú crees que un caballero violaría a una damita? —le pregunté besándole el dorso de la mano.

—Jajaja —se rio—. Venga, subamos.

Su piso no estaba nada mal. Era grandísimo. No sé cómo se lo habría podido comprar. No creo que el sueldo de azafata fuese muy alto. Me lo aclaró diciéndome que se lo había dejado en herencia una tía suya que había muerto soltera ya que ella era su sobrina favorita (también habría sido la mía, independientemente de que me la tirara o no). Desde el ventanal principal se veía perfectamente mi hotel enfrente. En fin, una casa alucinante.

Pronto hizo un poco de café y trajo ese bizcocho que estaba buenísimo, ciertamente. Yo no me quería ir de allí, sobre todo sin que me la follara. Empecé otra conversación, esta vez más subida de tono porque era todo o nada.

—Pues yo creía que los tripulantes de cabina, como se dice ahora, os hartábais de follar —dije con lo primero que se me vino a la mente.

—¿Por qué lo dices? —me preguntó después de una pequeña carcajada.

—No sé, todos sois así muy jóvenes, con buenos cuerpos y follar en un avión tiene que ser de un morbazo total —le dije sincero.

—¡Si en el avión casi no paramos! Salimos de uno y nos metemos en otro —me respondió—. Además, ¿tú has visto los aviones de Vueling? ¡Si no hay sitio para nada! —me dijo con una lógica aplastante.

—¿Y en los aeropuertos no tenéis sitios más privados? —le pregunté con curiosidad.

—Los hay, pero como te digo, no me da tiempo de nada —me volvió a decir.

—Ya, ya... ¿Ni cuando se queda vacío, allí en las últimas filas? —le espeté.

—¡Que no, pesado! ¡Que no da tiempo de nada! —me dijo a carcajadas.

—Vaaale —-le respondí, con el convencimiento de que algún que otro piloto seguro que le había llenado el coñito de leche.

La conversación cambió a algo más trivial Yo tenía que llevarme el ascua a mi sardina... O su boca a mi polla, que es casi lo mismo.

—¿Sabes? Creo que sí hay sitio —le dije de pronto.

—¿Cómo? —me preguntó sin saber a lo que me refería.

—Que creo que sí hay sitio para follar en el avión —le dije retomando el monotema.

—¡Ah! ¿Sí? Explícame, listillo —me dijo sonriendo. No tenía un pelo de tonta y sabía perfectamente lo que yo buscaba. Me estaba siguiendo el juego y yo tenía que seguir hasta ver adónde nos llevaba.

—¿Quieres que hagamos una pequeña representación? —le dije dándole morbo.

—Me dijiste que no ibas a violarme —me dijo algo seria aunque juguetona.

—¿Violarte? Eso no va conmigo. Yo no violo, yo follo a quien quiera y nunca hago nada no deseado —le dije con sinceridad pero para que se fuese preparando—. Mira, verás. Imagínate que yo voy a follarte en el avión. Entro en el servicio ese tan pequeñito que hay. Me siento en el váter, me bajo los pantalones y los calzoncillos. Imagínate que tú eres la que va a ser follada. Entras, te bajas los pantalones y las braguitas y te sientas en mi polla hasta que te la clavas hasta el fondo. Ven, pruébalo.

La tía lo hizo, aunque vestidos, claro.

—¿Crees que se podría hacer? A ver, sube y baja un poco —le dije con la lujuria en mis labios. Lo hizo.

—¡Ah! Yo creo que sí, es posible —me dijo dando pequeños gemidos, o eso noté yo.

—Pues para que veas que, si se quiere follar, siempre se puede encontrar un sitio —le dije estando los dos en la misma posición.

—Veo que tú quieres porque lo que estoy notando aquí entre mis piernas así lo dice —me dijo moviéndose un poco.

—¿Y tú quieres? —le pregunté? Se quedó callada un poco, aunque ahí seguía subida encima de mí.

—Joder, me dijiste que no me ibas a violar —me respondía cada vez más cachonda.

—Te he dicho que yo te follo, si tú quieres, cielo —le dije más cachondo que ella—. ¿Quieres que papi te de una buena follada? Mira cómo me tienes —le dije entre gemidos.

—Ummmm —es lo único que dijo.

—¿Qué me dices, cariño? ¿Quieres que te meta mi polla dura? La vas a disfrutar —y seguía frotándose.

—Vale —me dijo con un susurro.

—¿Cómo has dicho, preciosa? Dímelo claro —le pregunté.

—Que quiero que me folles ahora —me dijo rendida.

—Verás lo bien que lo vamos a pasar, Celia. Papi te va a rellenar de lechita —le dije tocándole las tetas con fuerza—. ¿Quieres mi leche?

—Sí, dámela —respondió ya totalmente entregada.

—¿Dónde quieres que te la dé, niña? —le pregunté.

—Quiero que me la eches en la boca —me dijo golosa.

La quité de como estaba, me bajé los pantalones y el bóxer y mi polla por fin pudo liberarse. Hacía tiempo que no la tenía tan dura. Le quité sus pantalones y le bajé las braguitas hasta los tobillos. Iba a follármela en la misma posición que habíamos “ensayado”.

—Siéntate en mi polla, cielito —le dije sin dejar de tocarle las tetas y los pezones que tenía ya durísimos.

—Ahhhh —gimió. Me siento incapaz de describir con palabras ese primer gemido que siente una mujer cuando se le mete la polla hasta lo más profundo.

—Qué calentito lo tienes, guapa —le decía mientras le tocaba el clítoris.

—Dios, ¡qué bueno! —decía dando ya gritos.

—¿Te gusta cómo te follo? ¡Qué buena estás! ¡Cuánto deseaba follarte! —le dije.

—Sí, me encanta —gritando cada vez más.

Y empezó a moverse de arriba abajo. Me estaba entrando tal gusto que me iba a correr prontísimo.

—¡Ah! ¡Me corro! Joder, ¡me corro! —dije sin poder contenerme. Siguió subiendo y bajando sin parar.

No tuve más remedio que correrme en su coño. Solté algunos chorros de semen que le llegaron bien adentro. Ella gemía y se tocaba el coño corriéndose mientras mi leche me caía sobre mi polla. Joder, era lo más morboso que me había pasado nunca.

—Perdona —le dije.

—¿Por qué? —me preguntó todavía gimiendo.

—No he podido aguantar y me he corrido dentro. Llevaba todo el día queriéndote follar y el morbo me ha hecho que corra muy rápido —le dije algo avergonzado.

—No te preocupes. Hacía tiempo que no follaba con esta lujuria.

—Quiero follarte otra vez —le dije sin contenerme.

—¿Otra vez? ¡Pero si te acabas de correr? —me dijo algo sorprendida.

—Lo necesito. Necesito follarte otra vez ahora mismo —le dije tajante.

—Joder, qué cachondo estás —me dijo tocándome la polla llena del semen que había escurrido de su coñito y que se me estaba poniendo ya dura.

—¿Puedes ponerte el pantalón de tu uniforme de azafata? —le dije ya gimiendo.

—¿Por qué? —me dijo algo extrañada.

—Estoy cachondo como un perro desde que ayer te vi el culo en el avión. Tuve que hacerme una gran paja por la noche en el hotel que te lo follaba —le dije.

—Joder, qué morbo. Vale voy a ponérmelo —le dijo más entusiasmada que yo.

Tiró para su dormitorio. Yo no esperé y la seguí. Me quedé en la puerta viendo cómo se cambiaba. Cuando justo se terminaba de abrochar el pantalón, no me pude contener y entré. Le cogí el culo y se lo amasé como nunca lo había hecho. Se lo besaba por encima del pantalón.

La empujé sobre la cama para que se pusiese apoyada a cuatro patas y se lo bajé hasta por debajo del culo.

—¿Te han follado el culo alguna vez, cielo? —le pregunté.

—Sí, alguna vez —me dijo ya jadeando.

—Pues te lo voy a rellenar ahora como he gustaría habértelo hecho en el avión delante de todos —le dije gimiendo yo también—. Allí te habría follado como una perra, hasta que te hubiera destrozado. Y ya le había metido la punta.

—Ahhh, joder. ¡Despacio! —me rogó.

—Perdona, pero deseaba tanto este momento que me cuesta horrores contenerme —le dije surrando. Ya le había metido la mitad. De un empujón se la metí todo.

—Joder, casi me ahogo del gusto —me dijo dando gritos.

Yo empecé a darle pollazos como un loco, aunque de nuevo iba a estallar pronto. Llevaba buen ritmo, pero se nuevo me daba un morbazo increíble. Pronto me empezó a recorrer el cuerpo un escalofrío que casi me dio miedo. Era puro placer. Me iba a correr ya. Joder, otra vez.

—Me voy a correr otra vez pronto. Niña, no sé qué tienes, pero me sacas la leche como nadie —le dije con palabras con las que casi me la comía.

—¡Dame tu leche, joder, dámela ya! —me dijo desatada.

—Me corrrooooooo —ya me venía y no podía reternerla.

Le subí los pantalones y me corrí en su culo sobre ellos. Verlos así con ese color gris oscuro llenos de mi leche me produjo un placer que casi me rompo por la mitad.

—¿Hay algo morboso que no se te ocurra? —me preguntó cuando ya se calmó.

—Contigo se me ocurre de todo —le dije tocándole las tetas.

Le propuse estar toda la tarde follando pero ella me dijo que podríamos salir a tomar algo y dar un paseo de noche. Accedí porque complaciéndola era la forma de poder seguir echándole la leche por todos los agujeros.

—Al final, no te he dado leche en la boca —le dije cuando me acordé mientras cenábamos.

—Todavía no te has ido, ¿no? —me respondió con una sonrisa.

—No me pienso ir sin que te salga mi semen por las comisuras de los labios —le dije sonriendo de una forma natural.

—Eres un salido —me dijo juguetona.

—Un salido que va entrar en ti —le dije también juguetón.

Ya de noche me pidió que la invitara al hotel, ya que lo conocía porque desde siempre había estado enfrente de su casa y no había entrado nunca. Por supuesto que lo hice y me la follé en la cama. Aquí ya aguanté mucho más, me pude lamer el coñito y el culo de esa forma tan tranquila que me gusta y, por fin, pudo tragarse mi leche. Lo hizo con un morbo que casi me corro con solo recordarlo.

Le propuse que se quedara a dormir. Me la hubiera follando toda la noche en todas las posturas y todos los rincones de la habitación, pero los dos caímos rendido.

Por la mañana llegó el momento en que tenía que irse porque tenía una reunión familiar. Le propuse una última follada morbosa. Me dijo que sí sin decirle cuál era. Le dije que quería follármela duramente en la ducha, con el agua corriendo, yo dándole por detrás mientras la cogía de los brazos y su tetas estaban pegadas a la mampara de le ducha. Le encantó tanto que me llevó inmediatamente. De nuevo me corrí pronto porque vernos en el espejo follando de esa forma me excitó como nunca. Cuando estaba con esa chica tenía que contenerme porque para disfrutar de ella tenía que clavársela tres veces para disfrutar de ella.

De hecho, vendrán más porque le he dicho que alguna vez cogeré algún vuelo donde esté ella para luego follar como locos. De pensarlo, se me pone tan dura que tengo que hacerme una paja... y me corro tan rápidamente como si estuviera follándomela.