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Orgíasjul 2022

Tres parejas de vacaciones

La tarta tenía velas, pero el deseo que Bruno sopló no era para él. En una casa de playa, la amistad se convierte en excusa para explorar los límites del placer compartido, donde cada pareja descubre que el verdadero lujo no es la soledad, sino el exceso.

jovenesalegres36K vistas8.6· 10 votos

Aquel verano nuestra amiga Micaela encontró un chollo, y las tres parejas amigas nos lanzamos a compartir un fin de semana en una casa al lado de la playa.

Ella era una chica delgada y con el cuerpo ejercitado por practicar mucho deporte. Su espalda siempre erguida y paso confiado la hacían destacar como una valkiria. Su larga melena rubia contrastaba con el pelo azabache de su marido, el siempre ocurrente Bruno.

La otra pareja estaba compuesta por nuestros amigos Pedro y Silvia. Esta última era una persona muy divertida y compensaba su poco pecho con un rostro agraciado y una larga melena oscura. Se movía de forma que, pese a no ser una chica muy llamativa, atraía las miradas. Sus expresiones faciales y gestos siempre jugaban con la coquetería. Todo esto contrataba con las quejas de su marido quien siempre se quejaba de que apenas tenían relaciones sexuales.

Me había masturbado muchas veces pensando en aquellas dos amigas y me excitaba pensar que pronto las vería en bikini en la playa.

Por último, estábamos Sara y yo, Luis. Mi chica tenía los pechos de tamaño medio y muy bien puestos. Su mirada sensual y larga melena morena la dotaban de una belleza excepcional. Sabía que llamaba la atención, y me era conocido que atraía la mirada de desconocidos y de mis propios amigos.

Llegamos agotados del viaje. Ya era tarde para ir a la playa, así que me iba a quedar con las ganas de ver a mis amigas en bikini. Nos jugamos a suertes a ver a quién le tocaba el sofá cama del comedor. Por desgracias nos tocó a Sara y a mí. El resto se fue a sus respectivas habitaciones, nos duchamos y vestimos para salir a cenar.

Micaela miraba el móvil en el salón luciendo un colorido vestido de la marca Desigual. Su largo escote en "V" habría sido rompedor en una chica con más pecho. En su caso, apenas se podía apreciar la sombra de su canalillo. Su ejercitada figura y rostro agraciado compensaban el conjunto dotándola de una belleza única.

Pedro discutía con su esposa Silvia. Ésta llevaba puestos unos minúsculos "shorts" apretados y un top negro a tirantes. Su talla de sujetador era aún menor que el de Micaela aunque, en el caso eso era irrelevante. Dos pequeños bultos con forma de botón eran los signos inequívocos de que no llevaba aquella prenda íntima.

Tanto Bruno como Pedro giraron las cabezas al unísono cuando vieron aparecer a mi mujer Sara. Unos pantalones negros de cuero resaltaban sus torneadas piernas, así como su culo perfecto. Una camiseta oscura con transparencias dejaba ver perfectamente su sujetador negro. Pese a tener un pecho de tamaño medio, aquella ropa interior con "push-up" los alzaba y creaba un excitante escote.

—¡Qué guapa Sara! —indicó con entusiasmo Silvia.

—Gracias.

—Nos vas a quitar todo el protagonismo así vestida —dijo con falso resentimiento Micaela.

—Ja, ja, ja. ¡Qué va! Estáis estupendas.

—Pues mira a estos dos, no te quitan ojo. —Silvia les arrugó el ceño.

—Lo que me faltaba. Mirar es lo único que me queda —rezongó Pedro, su marido.

—Venga, venga, no te quejes.

Las tres parejas salimos juntas a cenar a un restaurante cercano. El hecho de estar de vacaciones, junto, por qué no decirlo, el alcohol, nos desinhibió bastante soltando las risas y confianza.

Justo en el momento del postre sorprendimos a Bruno con una tarta con varias velas.

—¿Cariño, pensabas que nos habíamos olvidado de tu cumpleaños? —preguntó Micaela.

—¡Pues sí!

—No seas tonto. Venga, pide un deseo y sopla.

El chico nos miró sonriente y se concentró en las velas.

—Follarme a Sara —sentenció tras apagar las llamas de un solo soplido.

—¡Alaaaaa! ¿Puedo yo soplar también adelantándome a mi cumpleaños? —intervino Pedro.

Todos nos reímos y le dimos palmadas en la espalda mientras su esposa cerraba los ojos y negaba en silencio dándole por perdido.

Volvimos tranquilamente andando hasta el apartamento.

—Está buena, ¿eh? —Pedro y Bruno se habían quedado atrás. Este último le sacó de su silencio y de la mirada concentrada que tenía.

—¿Qué?

—¡No te hagas el tonto! He visto que tú tampoco quitabas ojo de Sara. ¡Luis tiene suerte! Además, alguna vez me ha confesado que es una fiera en la cama.

—Joder sí, Bruno. Con lo que le cuesta follar a Silvia, no veas lo que me ha puesto Sara.

—A mí también. He estado toda la cena imaginándome cómo le regaba las tetas con mi leche.

—Tiene pinta de que se tragaría todo antes de que eso ocurriera.

Ambos rieron compartiendo sus perversiones mientras de la vanguardia del grupo llegaban mi risa junto la de Silvia por la conversación que estábamos teniendo.

* * *

—Vosotros, ¡arriba!, que tenemos que convertir el sofá en cama —ordenó Sara a Pedro y Bruno, quienes estaban sentados viendo la tele.

—Ya va, ya va. Venga, te ayudamos a convertirlo. Tú estira de ahí —dijo Bruno.

La joven se inclinó hacia delante y sus pechos redonditos quedaron perfectamente marcados a través de su camiseta transparente. Ella, consciente de que la estaban mirando, les guiñó el ojo.

Una vez convertido en cama, está ser de unas medidas inusualmente grandes.

—Casi cabríamos todos aquí —comentó Pedro.

—Eso te gustaría a ti —incidió su esposa.

—Bueno, ¿qué hay mi deseo? —dijo pedro haciendo referencia a la broma que había dicho al soplar las velas de su tarta.

—No pretenderás que se cumpla así en seco y de forma tan fría, ¿verdad? —Sara reía. Tal y como la conocía noté en sus ojos entrecerrados cierto punto de lujuria.

—Venga, ¡un poco de música! ¡Uhhhhhhh! —gritó Silvia haciendo sonar una movida canción popular en un altavoz bluetooth que se había traído.

Sara comenzó a contonearse atrayendo todas las miradas. Sus movimientos eran sexis y sugerentes bajo una mirada lívida. Se acariciaba el cuerpo con sus blancas manos mientras contoneaba las caderas. Los chicos alucinaron cuando se acercó a ellos apretando sus pechos por los laterales y formando un exquisito escote.

—Joder, qué buena está —manifestó sin filtros Bruno.

Mi mujer se acercó, y apoyó la pierna en el sofá. Justo cuando nuestro amigo la acariciaba, la retiró.

Micaela y Silvia contemplaban, a mi lado, estupefactas la escena.

Nuestra improvisada bailarina se dio la vuelta y fue bajando hasta oscilar su pequeño trasero contra el sofá. Sin decir nada, Bruno se echó hacia delante para que mi mujer quedara encajada entre sus piernas. Desde donde yo estaba podía ver perfectamente como el culo de mi mujer rozaba contra el paquete de mi amigo.

—Vaya un culito apretado como el surco en un helado tras meter la cuchara —improvisó Bruno haciéndonos reír a todos.

Sara se levantó y con el mismo movimiento que lo hizo, se quitó los pantalones de cuero dejando a la vista su tanga negro.

—Luis... —me advirtió Silvia.

—Dejadles que disfruten. ¡Es su cumpleaños! —corté.

—¿Y yoooo? —suplicó Pedro, quien estaba sentado a escasos centímetros.

—Claro que sí, guapo. —Su voz estaba en el modo máximo de coquetería.

Se acercó de frente, y apoyó en el sofá. Lentamente se quitó la camiseta transparente. La imagen de sus pechos encajonados en el sujetador con "push-up" fue más nítida ahora.

—Tranquilas chicas, que estamos entre amigos —les dije a Micaela y Silvia al tiempo que pasaba mis brazos por encima de sus hombros.

Sara repitió el proceso con Bruno, y para sorpresa de todos, este se lanzó a besarla. Ambos entrelazaron sus lenguas con pasión, y la chica continuó con su baile. Sentí como Micaela se tensaba. Sus músculos tonificados por el ejercicio se habían endurecido. Le acaricié la espalda para que se relajara. No le duró mucho, ya que a los pocos segundos Sara se arrodilló frente a su marido y le bajó los pantalones.

—¡A ver esas pollas! —dijo haciendo una señal con la barbilla a Pedro, quien no perdió ni un segundo en desnudarse.

La hábil mano de mi mujer se coló en el calzoncillo y pescó el pene totalmente erecto de Bruno.

—¿Te ha gustado el baile? —preguntó sonriente.

—Me tienes cachondísimo —contestó mientras ella le masturbaba lentamente.

Se inclinó hacia él para besarle mientras que rozaba su prepucio contra su escote.

Mi mujer se levantó, y sin parar de bailar se acercó de espaldas a Pedro, quien se masturbaba lentamente. Dobló las rodillas hasta dejar su culito a la altura de la pelvis de nuestro amigo. Bajó aún más y comenzó a rozar su trasero contra su pene en erección.

—Luis, no te ofendas, pero tu mujer es muy puta —dijo Silvia.

—Sí, ¿eh? ¡qué suerte tengo!

Me reí, y sin querer le rocé el top a la altura de las tetas. Pude sentir su pezón duro a través de la tela. Esta vez ya a posta, fui bajando la mano hasta posarla sobre su diminuto pecho.

En aquel momento Sara bailaba ya sin sujetador acariciándose sus turgentes pechos.

No dejé de acariciarle lentamente las tetas a Silvia al tiempo que contemplaba como Sara rozaba su tanga por delante contra el pene de Pedro. Estaba claro que mi mujer sabía cómo ponerte cachondo.

—Qué bien se lo están pasando vuestros maridos ¿eh? —dije cuando mi chica comenzó a masturbarles de forma sincronizada.

—Son unos salidos. —Micaela suspiró levantando las cejas mientras cerraba los ojos.

—Bueno, hasta yo me excitaría si me hicieran un baile así, ja ja ja ja —intervino Silvia.

—Pues me temo que yo no tengo esas dotes artísticas.

—Joder, ¡se las está comiendo! —Silvia se tapaba la boca asombrada mientras mi mujer devoraba por turnos los miembros de aquellos dos hombres.

—Seguro que eso también le excita a ella. —Aproveché la intervención para acariciar el culo de Micaela por encima de su vestido. Se lo sentía totalmente turgente y duro tras innumerables sesiones de cardio en el gimnasio.

—Ya te digo yo que sí. Le pone muy cachonda comerse una polla.

—Y ahora con dos...

—¡Tal cual Silvia!

* * *

—Venid chicas, vamos a ponernos más cómodos —pedí amablemente a mis dos amigas.

Ambas se sentaron conmigo en un extremo del sofá cama. Estaban algo nerviosas y no perdían de vista el espectáculo de sus maridos.

—Qué bien te lo montas, ¿no? —Intervino Sara echándome una miradita mientras le resbalaba saliva por la comisura de los labios.

—¡Mira quién habla!

—Bah, yo necesito dos "salidorros" como mínimo para sustituirte.

—Gracias. Creo.

Aparté un mechón de pelo rubio de Micaela a un lado y me lancé a besarla. Su lengua era tímida en el interior de la boca. Le acaricié la espalda y sentí cómo poco a poco se iba soltando más. Le acaricié el brazo y noté su cuerpo esculpido por el gimnasio; no del tipo hiper-musculado, sino perfectamente tonificado por el ejercicio de cardio.

Me giré cuando me percaté que una mano me acariciaba el paquete por encima de la ropa. Me sorprendió que Silvia hubiera tomado la iniciativa. La besé, y pronto descubrí que su amiga se había animado también a acariciarme.

En aquellos momentos tenía la polla a punto de estallar. Dura como el granito. Me sentía excitadísimo con aquellos dos bellezones acariciándome el paquete y las abdominales mientras veía cómo mi mujer se ponía las botas con sus respectivos maridos.

Estiré los brazos hacia arriba y las chicas me quitaron la camiseta. Sentí los duros pezones de Silvia rozándome la espalda. Me tumbé bocarriba y observé excitado cómo me acariciaban sonrientes el cuerpo.

—¿Alguna vez os habéis comido una polla a medias? —les propuse.

—Mira que mi marido Bruno es cerdo, pero tú no te quedas atrás.

—¡Estáis buenísimas chicas! ¡Dejémonos de tonterías, que aquí todos estamos excitados!

Me bajé los pantalones cortos a la vez que los calzoncillos mientras me reía. Mi pene era un monolito a la lujuria. Se elevaba totalmente rígido rodeado del erial que era mi cuerpo depilado.

Las chicas se miraron y arrodillaron frente a mí encima del sofá-cama. En aquella postura podía ver una oquedad en el escote de Silvia y sus pequeñas tetas a través del top sin sujetador. Eran una mera hinchazón coronada por pequeños pezones rosados.

Micaela, sin dejar de mirarme con su preciosa cara, agarró mi pene por la base y comenzó a chuparme el prepucio. Estaba deseando follarme a aquellas dos diosas, pero tenía que aguantar. Silvia se acercó, y lamió el lateral de mi pene. Pronto, ambas se pusieron a lamerlo por los lados como si de un helado compartido se tratara. La morena me agarró el falo y me hizo una mamada de campeonato mientras su amiga me lamía los testículos. Estiré una mano y acaricié los pechos de Silvia por encima del top.

Me levanté. No podía aguantar más.

—Ven. —Micaela se levantó conmigo expectante.

Con maestría bajé la cremallera de su vestido de verano de Desigual. Tiré, dejando al aire dos pechos blanquecinos más grandes que los de Silvia pero más pequeños que los de Sara, enclaustrados en un sujetador blanco. Me deshice rápidamente del sujetador y me lancé a succionarlos. Estaban muy duros y sus pezones rosados se antojaban como la guinda de aquel pastel de crema.

—Y yo, ¿qué? —dijo Silvia, quien se había desnudado.

Junté sus cuerpos y los lamí con hambre. Al escuchar un gemido me giré, y comprobé en qué andaba metida mi esposa.

* * *

Mi mujer estaba tumbada con las piernas completamente abiertas. Estiraba el cuello para mamársela a Pedro mientras que Bruno la estaba penetrando sin cuartel.

—Por fin los deseos se hacen realidad —bromeó.

Los preciosos pechos de la chica oscilaban al ritmo de los quejidos del sofá-cama. En un momento dado los senos desaparecieron bajo la mano de cada hombre.

—Cerdo, ¿te escita ver cómo se follan a tu mujer? —me dijo Micaela al oído.

—¡Ahora lo verás!

La cogí de la mano y la guie hasta el lateral de aquel trío. Se tumbó bocarriba. Aparté sus braguitas hacia un lado hasta colocar la punta de mi polla en su ardiente sexo. Entró despacito. Ella podía ver la cara de su esposo mientras se follaba a mi mujer.

Silvia nos volvió a sorprender encaramándose encima de Micaela. Comenzó a lamer mi pene cada vez que lo sacaba de la vagina de su amiga. La rubia dudó, pero al final agarró el culito de Silvia y la acercó a su cara para hacerle un cunnilingus.

—¡Me toca! —gritó entusiasmado Pedro—. ¡Ponte a cuatro patas, putita!

Mi mujer obedeció y agitó el culito frente a él para incitarle. El chico la agarró por las caderas, y estirando hacia sí, comenzó a metérsela con fiereza. Sus tetas se bamboleaban salvajemente con cada embestida mientras ella gemía como una loca.

Bruno no perdió ni un segundo y le acercó su pene a la boca. Ella, con gran habilidad, se la mamó al ritmo de las penetraciones de su amigo.

—¡Hey, escuchadme todos, tengo una idea! —gritó Silvia. — Que las chicas se pongan todas a cuatro patas una detrás de la otra mirando hacia el mismo lado, y que cada chico elija a una.

Nadie puso pegas y solo Sara se quedó en la posición en la que ya estaba. Sin darnos cuenta, cada uno acabó con su pareja.

—Mirad mi móvil —dijo Silvia señalando su smartphone apoyado sobre un vaso—. Tranquilos, que este vídeo no lo compartiré con nadie. Es para el recuerdo.

Al ritmo de la música, las tres parejas empezamos a follar a cuatro patas. Sentía a mi mujer empapada en sudor y ardiente por dentro. Las chicas apoyaban sus manos en la espalda del chico de delante, excepto Silvia, que estaba delante del todo. Sentí las suaves manos de Micaela detrás de mí. Me giré como pude y, tras tener contacto visual, la besé en los labios.

—Venga, a ver si conseguís complacer a Sara —animé a los chicos pasado un rato.

Cogí a las otras chicas de la mano y me tumbé bocarriba. Micaela se sentó literalmente sobre mi cara, y Silvia se subió a caballito. No podía ver nada en aquella postura, pero la chica me cabalgaba enloquecida. Sus pequeños pechos evitaban el bamboleo que habrían tenido en los cuerpos de sus amigas.

Un gemido especialmente fuerte hico que nos detuviéramos.

Mi esposa estaba en medio de un sándwich. Cabalgaba de espaldas a Bruno, con las piernas bien abiertas, mientras que Pedro se ubicaba entre las piernas de ambos. Los dos penes se rozaban mientras entraban de forma descompasada por el ano y vagina respectivamente. Sara gemía fuerte al tiempo que se masturbaba el clítoris.

—¡Joder! —exclamó Silvia.

Mi amante me descabalgó y se acercó al trío. Comenzó a lamer el clítoris de su amiga al tiempo que su marido la recibía con un azotito en el culo.

Excitado por aquella visión, cogí a Micaela de la mano y le indiqué que se pusiera a cuatro patas, justo al lado de aquel cuarteto. Su cara estaba frente a la de su esposo y Sara. Fue esta última quien se estiró como pudo y beso a la rubia. En aquel momento, de una forma u otra, los seis amigos estábamos unidos en contacto físico. Estaba penetrando a Micaela con mucha energía. Acompasaba estirar de sus caderas junto con movimientos de las mías. Le amasé bien las tetas disfrutando de cada centímetro de su cuerpo.

—Bruno, ¡qué buena está tu mujer! ¡cómo estoy disfrutando!

—¡Lo mismo digo! —dije con la respiración entrecortada.

Bruno y Pedro cambiaron roles: mi mujer se subió a caballito, dándole la cara, a Pedro y su amigo atacó desde atrás. Salí del interior de Micaela y me acerqué.

—Ahora sí está con todos los agujeros tapados —dije al acercarle mi pene a la boca.

Sentía las embestidas de mis amigos y las vibraciones de los gemidos de Sara a lo largo de mi polla. Me sentía en un clímax de excitación al ver a mi mujer follada por todos lados.

Me giré y pude ver cómo Silvia y Micaela no habían perdido el tiempo y hacían un sesenta y nueve.

Pedro lamía y succionaba con ansiedad las tetas de mi mujer.

Sin previo aviso, empezó a penetrar a Sara con mucha velocidad. Bruno y yo nos apartamos mientras veíamos cómo pegaba su cuerpo al de mi mujer, apretando su cara entre sus tetas. Ella gemía como una loca hasta que al final sincronizaron los gritos y Pedro se corrió dentro de mi chica.

No habían pasado ni unos segundos de que Pedro se fuera al baño cuando Bruno se lanzó sobre Sara. Se la metió de un tirón en la postura del misionero y comenzó un mete-saca demencial. Gemía como un animal salvaje mientras que Sara sostenía un gemido constante. Sus tetas se bamboleaban de forma salvaje hasta que el chico se dejó caer encima de ella eyaculando también en su interior.

—Ponte aquí —pedí a mi mujer.

Se puso a cuatro patas apoyándose sobre el cuerpo de Micaela, quien seguía en un sesenta y nueve con Silvia.

Casi no noté nada cuando la penetré. Tenía la vagina muy dilatada y totalmente empapada en el semen de mis amigos.

—¡Te han rellenado pero bien!

Apoyó el cuerpo en el sofá-cama hasta llegar a la entrepierna de Micaela. Allí, su lengua jugaba como podía con la de Silvia mientras las dos le comían el coño.

La visión era gloriosa. Le penetraba bien duro aplastando su culo redondito contra mi pelvis.

Estaba a punto de correrme, así que salí del interior de mi mujer.

Poniéndome de cuclillas acerqué mi pene a aquella mescolanza de lenguas sobre la vagina de Micaela. Me masturbé a toda velocidad hasta que potentes chorros de semen impactaron contra los labios inferiores de mi amiga y las caras de las otras dos chicas.

Mi mujer fue aplicada y limpió comiéndose todos los restos de semen del lugar.

* * *

Cuando llegué al baño me encontré a Pedro y Bruno desnudos hablando tranquilamente.

—¿Interrumpo algo? —dije sonriente.

—Ja, ja, ja. No. Hablábamos de tu mujer. ¡Qué suerte tienes, cabrón!

—Lo mismo digo. He disfrutado mucho con Silvia y Micaela.

—Ya te he visto ya. No has perdido el tiempo —musitó Bruno.

—Hombre, no iba a quedarme ahí solo mirando. Por cierto, creo que a vuestras chicas no les iría mal tener más pollas a su alcance para desinhibirse aún más.

Y fue ahí donde tres hombres desnudos empezamos a plantear un plan con el que pervertir aún más a Micaela y a Silvia.