Confesión una playa nudista
Bajo el sol abrasador de la arena, la mirada se vuelve arma y el deseo, una orden. Cuando la libertad absoluta choca con la tentación, la línea entre lo público y lo privado se desdibuja, dejando solo el placer crudo y la promesa de repetir.
Confesión real, maquillada por privacidad.
El sol del mediodía abrasaba la arena blanca y el aire olía a salitre y a protector solar. Habíamos elegido esa playa nudista apartada justamente por eso: por la libertad absoluta, por las miradas ajenas que nos ponían a los dos a mil. A mí me volvía loco que otras mujeres me recorrieran con la vista, que se quedaran un segundo de más fijándose en mi polla medio tiesa mientras caminaba hacia el mar. A ella le ponía igual de fuerte ver pollas colgando, gruesas, pesadas, balanceándose al compás de los pasos de los tíos que pasaban cerca. Nos lo decíamos sin rodeos: «Mira esa», «joder, fíjate en esa polla», y luego nos reíamos y nos tocábamos por debajo de la toalla.
Ese día estábamos tumbados en nuestra zona de siempre, cerca de las dunas bajas, cuando salieron del agua. Eran tres chicos, pero solo uno me hizo clic en la cabeza al instante. Alto, moreno, cuerpo marcado pero sin pasarse de gimnasio. Y cuando se sacudió el pelo mojado y el sol le dio de lleno… joder. Le colgaba una polla descomunal. Gruesa incluso en reposo, larguísima, con el capullo rosado apenas asomando por el prepucio. No era una polla normal de playa. Era de esas que parecen sacadas de un rodaje porno, de las que te hacen preguntarte cómo coño cabe dentro de unos pantalones.
Vi cómo mi novia se quedó paralizada. Las gafas de sol le tapaban los ojos, pero supe que no paraba de mirarlo. La respiración se le aceleró un poco, los pezones se le pusieron como piedras en cuestión de segundos. Yo noté cómo toda la sangre me bajaba al mismo sitio. Se me empezó a poner dura sin remedio, creciendo contra mi muslo, imposible de disimular.
Ella giró la cabeza hacia mí, me vio empalmado y sonrió con esa sonrisa lenta y guarra que pone cuando sabe que me tiene pillado.
—¿Te gusta que lo mire? —me susurró al oído.
—Joder, sí —le contesté con la voz ronca—. Míralo todo lo que quieras.
Nos quedamos ahí, en esa zona, a escasos metros de ellos. Los chicos se sentaron a unos diez pasos, hablando y riéndose, pero el de la polla enorme no dejaba de echarnos miradas. Y yo ya no podía más.
Ella se inclinó sin decir nada. Me agarró la polla con la mano caliente por el sol y se la metió entera en la boca. Chupaba despacio, profundo, dejando que se le escapara saliva por la comisura mientras me miraba a los ojos. Yo gemí bajito y miré hacia el chico. Se había dado cuenta. Se le estaba poniendo dura también. La tenía aún más grande erecta, gruesa como mi muñeca, venosa, apuntando hacia arriba con descaro.
Le hice un gesto con la cabeza. Un movimiento claro: «ven».
Él dudó un segundo. Miró a sus amigos, que seguían hablando como si nada. Luego se levantó, la polla bamboleándose pesada con cada paso, y vino directo hacia nosotros.
Mi novia seguía chupándomela, de rodillas sobre la toalla, el culo en pompa hacia él. Le puse la mano en la nuca y la empujé un poco más profundo.
—Ponte a cuatro patas bien —le dije al oído—. Quiero que te vea el coño abierto.
Obedeció al instante. Se puso en perrito, las rodillas hundidas en la arena caliente, la espalda arqueada, el coño depilado y brillante de mojado asomando entre los labios hinchados. Yo me puse de rodillas delante de su cabeza, dejándole la polla en la boca mientras miraba al chico.
—Fóllatela —le dije sin rodeos—. Sin condón. Ella toma pastilla. Métésela entera.
Él no preguntó nada. Se arrodilló detrás de ella, le puso las manos en las caderas y acercó la punta gorda a su entrada. Mi novia soltó un gemido ahogado alrededor de mi polla cuando sintió el primer roce. Él empujó despacio. La vi abrirse. Los labios de su coño se estiraron al máximo alrededor de ese tronco inmenso. Entró centímetro a centímetro, abriéndola de una forma que yo nunca había conseguido. Ella temblaba, gemía con mi polla dentro de la boca, los ojos cerrados de puro placer.
—Joder… qué grande… —balbuceó cuando la sacó un segundo para respirar.
Él no se detuvo. Volvió a entrar, más hondo esta vez. Hasta que las bolas le chocaron contra el clítoris. Ahí se quedó un momento, dejándola sentirlo todo, cómo la llenaba por completo, cómo la abría hasta el fondo.
Yo no aguanté más. Empecé a follarle la boca con más fuerza mientras él la empalaba por detrás. El sonido era obsceno: los golpes húmedos de su pelvis contra el culo de ella, los gemidos ahogados, mi respiración entrecortada. Cada vez que él salía casi del todo y volvía a meterla de golpe, ella se estremecía entera, los muslos temblando.
—Míralo —le dije, agarrándole el pelo—. Míralo mientras te abre con esa polla de caballo.
Ella giró la cabeza lo que pudo, con mi polla aún dentro, y lo miró. Él le sostuvo la mirada mientras la follaba más rápido, más profundo. Los dos sudábamos, la arena se pegaba a la piel. Ella empezó a correrse sin avisar, un orgasmo brutal que le hizo arquear la espalda y apretar los dientes alrededor de mí. Él gruñó, se puso tenso y se corrió dentro, bombeando fuerte, llenándola hasta que le chorreó por los muslos.
Cuando salió, la polla aún dura y brillante de fluidos, ella se dejó caer sobre la toalla, jadeando, con el coño abierto, rojo e hinchado, goteando semen blanco espeso.
Yo me corrí encima de su espalda, chorros calientes que le resbalaron por la columna.
Nos quedamos los tres en silencio un momento, respirando fuerte, el sol quemándonos la piel.
Luego él se levantó, nos miró con una media sonrisa y se fue caminando hacia el agua como si nada.
Mi novia me miró, todavía temblorosa, con los labios hinchados y una sonrisa satisfecha.
—¿Otra vez mañana? —preguntó.
Yo solo sonreí y le di un beso salado.
Lo vimos salir del agua otra vez. Solo esta vez, sin sus amigos. Se sacudió el pelo, la polla colgando pesada y húmeda, y caminó directo hacia nosotros con una sonrisa tranquila, como si supiera exactamente lo que iba a pasar.
Se paró delante de la toalla, desnudo, sin pudor.
—Hola otra vez —dijo con voz grave, mirando primero a mi novia y luego a mí—. Me llamo Marco.
Yo me incorporé un poco, todavía con la polla medio dura solo de verlo.
—Encantado, Marco soy Juan y ella es Laura.
Laura se mordió el labio inferior, sentada con las piernas cruzadas, los pezones duros como balas.
Él se rio bajito.
—Cuando queráis repetir.
Saqué el móvil de la bolsa impermeable.
—Dame tu número. Estamos en un apartamento aquí cerca. Algún día te llamamos.
Marco dictó los dígitos sin dudar, me miró a los ojos un segundo y luego a ella.
—Cuando queráis. De verdad.
Se dio la vuelta y se fue hacia su toalla, la polla balanceándose con cada paso. Nos quedamos callados un rato, mirándonos.
En el camino de vuelta al apartamento no hablamos casi nada. Solo caminábamos rápido, cogidos de la mano, con la tensión sexual colgando entre nosotros como una nube espesa. Entramos, cerramos la puerta y nos lanzamos el uno al otro sin decir ni media palabra.
La tiré contra la pared del pasillo. Le bajé el bikini de un tirón y me la follé de pie, ahí mismo, con ella rodeándome la cintura con las piernas. Gemía fuerte, clavándome las uñas en la espalda.
—Joder… no paro de pensar en esa polla… —susurró entre jadeos.
La llevé al sofá, la puse a cuatro patas y la penetré por detrás, fuerte, mientras le preguntaba:
—¿Quieres volver a sentirla? ¿Quieres que te abra otra vez?
—Sí… pero esta vez… quiero follármelo yo —dijo entre gemidos—. Quiero subirme encima y cabalgarlo hasta que no pueda más. Quiero hacerle de todo.
Me corrí dentro de ella casi al instante, imaginándomelo.
Esa misma noche, después de ducharnos y cenar algo ligero, Laura cogió el móvil con las manos temblorosas.
—¿Lo llamo ya?
—Llámalo.
Marco contestó al segundo tono.
—Ey… ¿Laura?
—Ven al apartamento. Ahora. Te mando la ubicación.
Media hora después, sonó el timbre.
Laura abrió la puerta solo con una camiseta larga que apenas le tapaba el culo. Marco entró, ya con una erección visible bajo el pantalón corto. Cerré la puerta del salón desde fuera y me metí en la habitación contigua, dejando la puerta entreabierta lo justo para verlo todo sin que me vieran.
Laura lo llevó directo al dormitorio. Lo empujó contra la cama.
—Quítate todo y túmbate. Hoy mando yo.
Marco obedeció. Se quitó la ropa en segundos y se tumbó boca arriba, la polla ya completamente erecta, gruesa, venosa, apuntando al techo como un mástil.
Laura se quitó la camiseta. Desnuda, preciosa, con el coño ya brillante de excitación. Se subió a la cama, se colocó a horcajadas sobre él y le agarró la polla con las dos manos.
—Joder… es aún más grande de lo que recordaba.
Empezó a frotársela contra los labios del coño, arriba y abajo, empapándola con sus jugos. Marco gemía bajito, las manos en las caderas de ella.
Laura se inclinó, le chupó el capullo un rato, lamiendo despacio, metiéndosela hasta la garganta hasta que se le saltaron las lágrimas. Luego se incorporó, se colocó bien y empezó a bajar despacio.
La vi abrirse otra vez. Centímetro a centímetro. Soltó un gemido largo cuando la tuvo dentro del todo, las bolas de él pegadas a su culo.
—Dios… me llena tanto…
Empezó a moverse. Primero lento, subiendo y bajando, sintiendo cada vena. Luego más rápido. Cabalgaba con fuerza, las tetas rebotando, las manos apoyadas en el pecho de él. Marco solo gemía, las manos en sus caderas, dejándola hacer.
Ella se inclinó hacia delante, le metió la lengua en la boca mientras lo follaba. Luego se incorporó de nuevo, giró sobre sí misma para quedar de espaldas a él, en posición de cowgirl inversa. Le enseñó el culo abierto, el coño estirado alrededor de esa polla inmensa.
—Fóllame tú ahora un poco —le dijo.
Marco empujó desde abajo, fuerte, profundo. Laura gritó de placer, se tocaba el clítoris con una mano mientras él la empalaba.
Volvió a girarse, se puso en cuclillas sobre él y empezó a rebotar con violencia, el sonido de los choques resonando en la habitación. Sudaba, el pelo pegado a la cara.
—Quiero que te corras dentro… lléname otra vez…
Marco gruñó, agarró sus caderas y empujó hacia arriba varias veces, rápido. Se corrió con un gemido ronco, bombeando dentro de ella. Laura siguió moviéndose, exprimiéndolo hasta la última gota, hasta que se corrió ella también, temblando entera, el coño contrayéndose alrededor de él.
Se quedó encima un rato, jadeando, con la polla aún dentro, goteando semen por sus muslos.
Luego se apartó despacio. La polla salió con un sonido húmedo, dejando el coño de Laura abierto, rojo, lleno de semen blanco que empezaba a chorrear.
—Vístete y vete —le dijo ella con voz tranquila pero firme—. Ha estado genial… pero ya está.
Marco no dijo nada. Se levantó, se limpió un poco con una toalla que había en la mesilla, se vistió y salió sin mirar atrás.
Cuando oí la puerta principal cerrarse, entré en la habitación.
Laura estaba tumbada en la cama, las piernas abiertas, tocándose el coño lleno de semen con los dedos.
Me miró con una sonrisa traviesa.
—¿Lo has visto todo?
—Todo.
Me quité la ropa y me tumbé encima de ella.
—Ahora me toca a mí limpiarte… y follarte hasta que no puedas más.
Y eso hicimos. Toda la noche.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
El Aroma de los jazmines
En el calor de Túnez, la rutina se desvanece. Jorge no es un marido celoso, sino un cómplice calculador que invita a un joven camarero a su…
Comparte:Voyeurismo ocultoExhibicionismo accidentalCuckold
- Orgías
Morbo en un camping nudista
No es solo un camping nudista; es un escenario donde la mirada se convierte en permiso y la privacidad se vende por euros.
Comparte:Voyeurismo ocultoCuckoldHeterosexual general
- Hetero: Infidelidad
Jugando con fuego (Libro 4, Capítulos 21 y 22)
María no solo permite que la miren; ella exige que la escuchen. Mientras su novio la toca, un hombre al otro lado del teléfono le cuenta exactamente…
Comparte:Voyeurismo ocultoExhibicionismo accidentalHeterosexual general
- Hetero: General
En la playa y después del bosque. I. En la playa
Él no llevaba ropa. Ella, solo su vergüenza. Y cuando el desconocido les ofreció tocar su polla desnuda, supo que esa noche nada sería como antes.
Comparte:Exhibicionismo accidentalVoyeurismo ocultoCuckold
- Confesiones
Mi marido hace del viejo vecino
Su marido no se enfada cuando descubre su secreto; al contrario, le exige que le demuestre cuánto desea al viejo vecino.
Comparte:CuckoldHeterosexual generalVoyeurismo oculto
- Hetero: Infidelidad
Una bonita historia de decadencia, 1.
Él buscaba solo palabras, pero ella quería acción. Entre chats anónimos y miradas en la oscuridad, la línea entre la fantasía y la realidad se…
Comparte:CuckoldExhibicionismo accidentalVoyeurismo oculto