Testiga involuntaria de la debilidad de mi madre.
Entre los arbustos del río, la inocencia se rompe. Lo que creí una simple visita familiar resultó ser una revelación prohibida que cambiaría para siempre mi comprensión del deseo y la traición.
Mi mamá me procuraba y con mi papá me divertía mucho, ellos habían construido una amistad con un matrimonio vecino. En apariencia, todo era convivencia respetuosa, pasaban horas conversando. En veces comíamos en su casa y otras, en la nuestra, pero siempre la conversación se extendía hasta la noche, al mismo tiempo que mi papá y el vecino fumaban. También en ocasiones, compartían alcohol y la conversación se animaba, incluía risas y carcajadas. Las más de las veces yo comía y luego permanecía observando y aprendiendo de los adultos.
En ese momento no comprendí bien el primer cruce de miradas discretas entre mi mamá y el vecino. Algunos de los siguientes cruces discretos incluyeron muecas y leves movimientos en la expresión de sus rostros. Intuí que conversaban en el poco espacio que la situación les permitía.
Tiempo más tarde, después de acompañar a mi papá regresé sola a casa. No encontré a nadie en ella, mi mamá había ido al río. Me dirigí allá en sigilosa y cauta. Cerca del río los arbustos impedían que mi mamá se percatara de mi aproximación.
Me detuve cuando escuché susurros, no estaba acostumbrada a ellos. Abrí un pequeño hueco entre las ramas para ver de donde provenían. Mi mamá estaba de pie levemente inclinada enjuagando una vasija con el agua del río, el vecino estaba sentado sobre una roca y ella, junto a él ligeramente a su izquierda. Su mano derecha se perdía bajo su falda. A la distancia pude distinguir movimientos rítmicos en los músculos de su mano.
Mi mamá parecía no terminar de enjuagar la vasija y cada vez lo hacía más lento. Deduje que algo estaba ocurriendo en su entrepierna que no le disgustaba. Él aceleró sus movimientos, ella levantó sus nalgas, separó sus piernas ligeramente y se quedó quieta sosteniendo la vasija en sus manos. Contuve la respiración y miré a otro lado.
Temí que advirtieran mi presencia pero no fue así. Regresé a ver de nuevo, la escena había cambiado: con su mano izquierda, el vecino le había remangado la falda hasta la cintura e identifiqué su mano derecha pero sus dedos estaban perdidos en medio de las nalgas de mi mamá que mantenía tenso el elástico de sus pantaletas y solo cubriendo media nalga izquierda.
Seguían los movimientos rítmicos de su mano derecha. Definitivamente no parecía que sus acciones se detendrían. Mi mamá se contorsionaba ligeramente. Él se puso de pié, como pudo con la mano izquierda se desabrochó el cinturón y el botón principal de su pantalón. Su mano derecha perdió un poco de ritmo. Su mano izquierda finalmente logró bajar el cierre de su bragueta. Bajó el pantalón y sus calzoncillos más abajo de sus rodillas. Se volvió a sentar con las piernas separadas.
Dejó al descubierto toda su masculinidad: su verga y sus pelotas. La parte de su cuerpo que pude ver estaba poblada de vellos negros y rizados. Sus testículos colgaban levemente de la base de su verga con la piel chinita que constituía la bolsa que los protegía. Su verga se veía realmente enorme, me empezaba a parecer espectacular y hasta, podría decir que era, un instrumento hermoso lleno de vitalidad.
Sus dimensiones me dieron miedo, palpitaba cambiando un poco su tonalidad, yo temía que atacara e hiriera seriamente a mi mamá, estuve a punto de gritar, me lleve la mano a la boca. Asustada, ahogué mi grito, seguía sin existir para ellos.
Afortunadamente, no intentó atacarla, más bien noté que le hizo una amable invitación. Mi mamá giró para estar frente a él pero mantenía sus nalgas conectadas a los dedos de la mano derecha del vecino. Yo la veía de espalda. El torso del vecino se ocultaba detrás del suyo. Echó su falda hacia adelante, ya no le cubría nada de sus nalgas. El vecino retiró su mano derecha.
Jamás me imaginé la valentía de mi madre, me estremecí al intuir lo que haría y pensé que sólo habría decidido hacerlo porque ignoraba el tamaño de la verga que amenazaba con partirla en dos mitades. No imaginé que su osadía llegara a tanto, abrió las piernas y pasó su pierna izquierda por encima del regazo del vecino, su verga apuntaba al centro de la vagina de mi mamá. Ya no tuve duda, era una decisión intrépida de mi mamá pero definitiva, que por su seguridad yo hubiera querido evitar pero no podía.
Noté que mi mamá respiró profundo, echó sus hombros un poco hacia atrás, levantó un poco su cara, sacudió levemente su cabello y se dejó caer. Repentinamente la plenitud de la verga del vecino desapareció en la raya rosada de la vagina de mi mamá enmarcada a ambos lados por una raya negra que formaban sus vellos untados a los labios mayores de su vagina por lo que entendí, era la lubricación abundante pero natural que ella estaba produciendo, los testículos del vecino seguían ahí, balanceándose por el impacto de las nalgas de mi mamá sobre el regazo del vecino. Le fue imposible quedarse quieta una vez que había devorado semejante trozo de carne. Empezó a dibujar pequeños círculos con sus caderas.
Por instantes sus glúteos se relajaban y por instantes se tensaban mostrando ligeras líneas en su piel. Mi mamá estiró un poco las piernas, liberando algunos centímetros de la base del pito, no resistió mucho, se volvió a dejar caer, parecía que sus piernas flaqueaban y ella vibraba y se estremecía de pies a cabeza. Lo intentó por segunda vez y pude distinguir que no había pliegues en esa zona de su vagina, esa parte de su piel estaba realmente estirada y a medida que intentaba estirar las piernas, se distinguían mucho más las venas que el palo del vecino tenía en el tramo que su vagina liberaba.
Al principio, el color de la verga era de un rosado uniforme tendiendo a café salvo por las líneas de las venas que se distinguían con un color un poco más oscuro, pero a los siguientes movimientos de mi mamá, el tramo de verga liberado se cubría desordenadamente de una especie de crema blanquecina semilíquida, que escurría lentamente hacia sus testículos.
Parecía aumentar el éxtasis. Claramente me dí cuenta del momento en que creí que mi mamá había perdido el conocimiento, todos sus músculos se aflojaron repentinamente, sus piernas descansaron sin vigor alguno sobre la planta de sus piés, sus nalgas se hundieron más en el regazo del vecino, su tronco, cuello y cabeza se fueron hacia el pecho del vecino totalmente carentes de fuerza, él la abrazó suavemente con actitud comprensiva y mi mamá, de la cintura para arriba, pareció acurrucarse con total naturalidad sobre el pecho del vecino.
No pude ver ya nada de su verga, estaba totalmente perdida dentro de la vagina de mi mamá, sólo los testículos pendían y continuaban un suave y cíclico balanceo. No soporté ver más, sigilosamente, me dí la vuelta y regresé a casa. Sabía que no podía decirle a nadie.
Cuando mi mamá regresó, minutos después, me percibió rara. Aunque físicamente la aprecié relajada, noté algo parecido a un remordimiento que permanecería por mucho tiempo después. Me preguntó, ¿te pasa algo?. Al principio intenté contestarle pero, nerviosa y pensativa sólo emití un balbuceo ininteligible. Después, la miré compasivamente y guardé silencio. Sospechó. Me miró y me dijo suplicante con los ojos húmedos de lágrimas, no sé si viste algo, si así fue, te ruego que no le digas a tu papá, ¿entiendes que me mataría?, me preguntó mientras me estrechaba contra sí misma.
Mientras era jalada hacia ella y al respirar a la altura de su vientre, percibí un aroma parecido al cloro y un cierto relajamiento de su cuerpo, pensé comprensiva, es mi madre y es mujer como yo, merece empatía y apoyo. Guardé en silencio esa experiencia para mí sola, en los hechos, me convertí en su cómplice. Por varias horas, incluso días, las imágenes permanecieron en mi mente. Algunas semanas después, se empezaron a aclarar mis ideas. El rompecabezas empezaba a tener sentido: para eso sirven las cosas que sólo tenemos las mujeres y, según ví, con ellas se puede gozar sin límites. No parece ser tan malo el futuro que me espera.
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