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Soy un poco infiel - Capítulo 8

Tomás le ofrece un refugio en la sierra, pero no es solo descanso lo que busca. Con su esposo a solo unos metros, la narradora decide que esta vez no habrá límites: la piscina, el sol y la seducción se convertirán en el escenario de un juego de tres que cambiará las reglas de su matrimonio.

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Capítulo 8

Un mes después Tomás y yo hicimos un viaje a Toulouse que no se trataba de ningún nuevo proyecto, era una convención del grupo empresarial donde nos reuníamos los representantes principales de los siete países en los que teníamos presencia.

Se trataba de que cada delegación presentara los principales proyectos que tenía en marcha y de un resumen de los resultados correspondiente al último ejercicio, pero todos estaban de los nervios porque había otro punto a tratar que afectaría a uno de los representantes al evento. El tema es que se iba a montar una nueva delegación en Bélgica con sede en Bruselas y de la que se tendría que hacer cargo en calidad de asesor, uno de los Directores generales presentes en la convención, aunque solo por un período de un año y con dedicación por tiempo parcial.

El temor de Tomás era que dado las buenos resultados que presentábamos nosotros, tanto en el ejercicio anterior, como en el curso actual, terminase por ser el elegido por el resto, además del presidente del grupo para Europa que por supuesto su criterio era decisivo.

El evento duraba tres días con una agenda bastante apretada con muchas intervenciones por parte del presidente, las delegaciones y el tercer día que era viernes en el que estaba prevista la elección del asesor para Bélgica.

No cometimos el error de compartir nuestras noches ni por supuesto mostrarnos mínimamente cariñosos entre los dos, pues eso hubiese sido muy mal visto por el resto de los partícipes. Al final y tal como se temía Tomás dados los resultados de nuestra delegación, el elegido por votación unánime fue él, sin que ni siquiera el presidente tuviese que hacer ninguna recomendación.

Todos le felicitaron por el éxito de los negocios en España y por consiguiente su nombramiento para ser el responsable del nuevo cargo que le asignaron. El problema era que a partir del mes siguiente tendría que comenzar la nueva tarea, lo que acarreaba una serie de desplazamientos a Bruselas que de momento Tomás no podía valorar, pero que ya me aclaraba que al igual que él tendría que trabajar con el nuevo director general de Bélgica, yo lo tendría que hacer con la persona que tendría mi mismo cargo en esa delegación, pues consideraba mi trabajo esencial para el desarrollo de los nuevos proyectos.

Tal era la desazón que me produjo mi jefe al responsabilizarme de esa nueva tarea, que se me quitaron todas las ganas de estar con él aunque solo fuese por un mal polvo de cinco minutos, como venía deseando desde que salimos para Toulouse. Es que me agobié pensando en cómo se lo iba a comunicar a mi esposo, porque sabía que con los nuevos viajes, más los normales de nuestros negocios en España, con toda seguridad que a partir de ahora serían muchos menos los días de diario que durmiera en mi hogar.

-¿Porqué no os venís a mi casa de la sierra este fin de semana? -Me ofreció mi jefe, sentado junto a mí en el vuelo de regreso-, a no ser que tengáis algún compromiso.

-No sé, Tomás, luego lo hablo con Andrés y esta misma noche te llamo. Igual ha quedado con Alberto...

-Espero que no, ya quedasteis con él el sábado pasado. -Me respondió.

-Sí, pero ya te dije que los dos están muy entusiasmados con los números que me montan y... bueno que a mí también me pone eso, será que estamos empezando.

-¿Cuando le vas a decir a tu marido que te acuestas conmigo?

-Nunca, ya lo sabes, lo nuestro es otra cosa y no pretenderás que lo ponga al día sobre todo eso.

-No le digas que conmigo lo haces por dinero, tampoco le tienes porqué hablar de mi amigo Serafín.

-Eso ni pensarlo, además que vete tú a saber cuando volveremos a Sevilla.

-El miércoles, -me dijo con una sonrisa-, y él ya sabe que estaremos dos noches allí. Me ha pedido una solo para él, pero ya le he dicho que de eso nada, que los dos, como la otra vez.

-Está bien, espero estar de mejor humor la semana próxima, temiendo estoy de decirle a Andrés lo de los nuevos viajes a Bruselas.

No hablamos mucho más porque ya nos estaban anunciando nuestra inminente llegada. Una hora después me dejaba en la puerta de mi casa recordándome que le llamara esa noche.

Cuando mi marido se acercó a darme un fuerte abrazo no pude evitar un sollozo que enseguida le alertó.

-¿Qué te pasa cielo? Dime lo que te ocurre.

-Es por temas de trabajo, han seleccionado a Tomás como corresponsable por un año de la nueva delegación de Bélgica y yo tendré que acudir con él a Bruselas en muchos de sus desplazamientos.

Andrés aflojó su abrazo envarando su cuerpo sin apartarse de mí, entendiendo rápidamente qué era lo que eso suponía y si ya estaba harto de todas mis ausencias entre semanas, no soportaría que éstas se incrementasen con las adicionales que le acababa de mencionar.

-Deberías encontrar una solución a ese problema, cielo, sabes que no estoy contento con los viajes que ya haces ahora, ¿Cómo quieres que me sienta viendo cómo estarás más días ausente a partir de ahora?

Como me temía su indignación era verdaderamente palpable y como no sabía qué responderle, me fui al dormitorio a deshacer la maleta y darme una ducha que me relajara el cuerpo y sobre todo el ánimo que lo tenía por los suelos.

Me puse un camisón o al menos a mí así me lo parecía, porque se trataba de otro de los trapitos que me había comprado Andrés en su última visita al sex-shop, haciendo juego con la lencería que llevaba debajo. Pretendía aparentar ser una buena puta delante de mi esposo, si a él le molaba aquello, yo se lo ofrecería en bandeja de plata y nada más me vi reflejada en el espejo, no dudé en que de esa guisa también me presentaría ante el buenorro de Serafín y mi jefe en una de nuestras dos noches en Sevilla, estaba segura que con esas pintas de puta de lujo, los iba a poner a caldo a los dos.

Andrés estaba sentado en el butacón del salón, con cara de pocos amigos, pero eso no fue ningún obstáculo para que yo me paseara delante suyo hasta llegar al mueble bar, donde me serví un ron cola, dejando que aquel camisón abierto por tener un solo broche por debajo de mis pechos, dejara entrever la parte baja de mis tetas que no cubría el sujetador, que por arriba cubría menos todavía. El mini tanga apenas tapaba la raja de mi chocho, era verdaderamente un escándalo y no intentaba cubrir nada, solo dar el morbo más subido de tono y eso sí que lo conseguía plenamente.

-¿Quieres otro? -Le pregunté con una sonrisa de mala malísima mostrando mi blanca dentadura en medio de los labios más rojos que nunca me había pintado.

Andrés estaba con la boca abierta desde que aparecí en el salón, sin dejar de escudriñarme de arriba abajo y es que en mis pies me había puesto los zapatos negros de tacones de aguja, con los que completaba mi atuendo. Pensé en ponerme unas medias con liguero que me compró en otra ocasión, pero estábamos ya en pleno verano y hacía mucho calor para llevar eso, así que lo descarté en el último momento.

-Otro igual, pero con más ron. -Aceptó la copa que le ofrecía.

Cuando se lo dí me senté a su lado justo encima del brazo del butacón con mis piernas cruzadas encima de los muslos de él.

-No me vas a convencer vistiéndote de puta. -Me soltó todo serio.

-¿Ah, no? -Le dije acercando mis labios a su frente para depositarle un beso que quedó marcado en rojo perfectamente junto a su flequillo, al tiempo que pegaba mi teta en su hombro que no pudo aguantar el envite, quedando por fuera del sujetador y allí dejé que continuara con el pezón rozando continuamente desde su sien hasta la oreja.

-¿Quieres que venga Alberto a... follarme? -Le pregunté con ese lenguaje soez-, figúrate si me ve con esta facha de puta y tú aquí delante mía.

-Está de viaje, ha ido a ver a sus padres. -Me respondió muy tranquilo por el desafío con el que me presenté ante él y la forma tan descarada de hablarle.

-Qué pena, pues me tendrás que follar tú, que la puta de tu esposa está hoy muy caliente. -Le respondí dejándome resbalar desde el brazo del butacón para quedar sentada en su regazo, encima del bóxer que era su única ropa.

-Yo no tengo ganas esta tarde... -Me soltó sin mucha convicción.

-Tendré que buscarte un sustituto, -le decía mientras ambos alejábamos de nuestros cuerpos la mano que portaba la copa-, la ropita de puta que me has comprado me ayudará a encontrarlo.

-Tienes a tu jefe... ¿O no te vale?

Me quedé de piedra por la facilidad que me daba para culminar mis pensamientos de follar los tres juntos, tal como hacíamos con Alberto.

-Ya sabes que me pone un montón, pero tú no estás muy convencido, lo dices por despecho.

-No, si ya pasas con él más tiempo que conmigo y a partir de ahora ni te digo, seguro que te habrás puesto las botas con tu jefe estos días. -Afirmó sin llevar razón por una vez.

-¡Que va! Ni una mano en mi muslo siquiera, estábamos siempre rodeados de sus colegas y del presidente y no me ha tocado ni un pelo. Pero antes de dejarme aquí, me ha pedido que vayamos este fin de semana a su casa.

-¿Y tú qué le has dicho? -Me preguntó Andrés.

-Que lo llamaría esta noche, tenía que hablar contigo antes, no fuera a ser que hubieras quedado con tu socio. Pero allí estaríamos solos los tres también, igual me da protección solar y tú lo ves sentado en tu hamaca.

Su rabo se estaba haciendo presente en mi culo, así que sin perder más tiempo puse mi copa encima de la mesa y luego hice lo mismo con la suya girándome entonces hacia él para echarle los brazos al cuello y darle un besazo de cuidados intensivos, quedando los dos con los labios hechos un asco de tanto carmín difuso. Con esos movimientos ya eran las dos tetas las que se habían salido del sujetador, restregándose ahora sobre los pectorales de mi amado esposo que acomodó el cipote entre mis muslos, porque se lo estaba aplastando con mis nalgas.

-¿Es que también quieres follártelo? -Me soltó de forma inesperada, haciendo que mi típico cosquilleo de deseo comenzase a hacerse notar en mi entrepierna.

-No le pondría pegas si tú lo aceptaras, -respondí sin pensarlo-, antes de lo de Alberto era mi preferencia, ya te lo dije.

-El problema es después, cuando estéis de viaje los dos solos con una habitación al lado de la otra como soléis hacer. ¿Qué va a pasar entonces?

-Primero sería ir mañana a su casa y ver qué ocurre, lo otro tendríamos que discutirlo después, creo yo.

Andrés me hizo dar un medio giro para que quedara de espaldas, después me incorporé levemente para quitarme el trocito de tanga y él aprovechó para desprenderse de su bóxer quedando definitivamente en pelotas. Cuando me volví a sentar en su regazo, yo misma me hice con su verga para colocármela bien, dejándome caer hasta que desapareció por entera en mi interior.

-Uhmmm... qué bueno, cielo... ohhh... qué gusto...

Empezamos muy despacio, pero eso cambió enseguida cuando él me atizó un par de nalgadas que me hicieron gritar y cambiar el ritmo de suave a muy fuerte.

-Pégame otro cabrón... soy tu puta mamonazo... mañana me voy a follar a mi jefe... cooornudooo...

Estaba muy cachonda por mis propias provocaciones y las cosas que se me estaban ocurriendo llevar a cabo al día siguiente con Tomás, con lo que ya no me quedaba ni medio minuto para correrme.

-Aaaggg... deja que me corra yo... quiero tu leche en mis tetas... aaahhh... me corrooo...

Pegué unos cuantos zarandeos encima de Andrés que aguantaba casi sin poder como un jabato mis convulsiones genitales, hasta que me salí de él para quedar de rodillas echando el camisón y el sujetador a un lado, quedando preparada justo un segundo antes de que mi esposo me soltara el primer lechazo en las tetas que yo le ofrecía cogiéndomelas desde abajo. Cuando ya solo brotaban de su glande las últimas gotas de semen, me metí su polla en la boca hasta que perdió su rigidez, claramente menguando de tamaño de forma inevitable hasta vete tú a saber cuando.

Andrés se volvió a tirar sobre el butacón quedando allí derrengado y yo volqué mi cuerpo en el suyo, restregando el semen por todo su pecho. Luego ya más recuperada le di un beso en la boca metiendo el dedo índice impregnado de semen en su boca para darle más sabor a ese beso que tanto duraba.

Más tarde nos duchamos y nos preparamos para cenar los dos, en mi caso con un tanga normal, de los que yo me compro y una camiseta de verano, él con un slip muy vacilón que yo le regalé, por toda ropa.

-¿Lo vas a llamar? -Me preguntó en referencia a Tomás.

-Sí, sigue tú preparando la ensalada, pero no hagas mucho ruido.

Me aparté un poco para llamarle, pero sin salir de la cocina.

-Hola Susi, preciosa.

-Hola Tomás, estoy aquí con Andrés y solo era para decirte que aceptamos tu invitación para ir mañana a tu casa a pasar el fin de semana.

-Voy a prepararos una paella que os vais a chupar los dedos.

El cabrón no se atrevía a decirme alguna guarrada porque no sabía si le hablaba con el manos libre, más aún cuando le advertí que estaba con Andrés a mi lado al inicio de la llamada y por dentro me estaba partiendo de risa.

-Seguro que con lo bien que te sale nos los chupamos. -Le tiré esa indirecta con doble sentido, pero seguía sin reaccionar y fue mi esposo el que me miró sorprendido.

-¿Sabes que me ha vuelto a llamar Teresa? Ahora quería venir a verme mañana, pero le he dicho que no, que lo nuestro no tiene ya ningún arreglo... y es la tercera vez que se lo digo.

-Espera que voy al salón, que quiero que me lo cuentes bien. Que lo ha llamado otra vez Teresa. -Le indiqué a mi marido que asentía, mientras yo me iba en dirección al salón.

-Explícame eso, cielo. -Le dije cariñosamente para hacerle saber que ya no me oía Andrés.

-¡Ah! ¿Ya estás ahí? Pues nada, hará una hora que me llamó de nuevo como hizo las otras veces, ya sabes, para decirme que estaba echa polvo y que me extraña muchísimo, que mejor mañana vendría a verme para hablarlo en persona... en fin, parecido a la última vez que me llamó.

-Y tú claro, le has vuelto a decir que no, que no quieres saber nada de ella.

-Yo estoy muy bien así, ya sabes, ya no la necesito.

-Claro, ahora follas más que antes y además conmigo, naturalmente, o sea que no vuelves con ella porque me tienes a mí, serás...

-Pero solo es por sexo, preciosa, contigo es solo follar y siempre me quedo con más ganas de ti, me tienes loco. A ver si un día me dices cuanto te tengo que pagar por un fin de semana completo para mí solo, o si lo prefieres con Serafín también que vaya si te quedas a gusto con él, putita mía.

-¿Sabes? Esta tarde hemos echado el casquete de nuestro reencuentro como hacemos casi siempre que vuelvo de viaje y le he fantaseado un poco contigo y no veas el polvo que me ha echado el cabronazo.

-¿Crees que mañana podríamos hacer algo los tres juntos?

-Con seguridad no lo sé, tú sígueme la corriente pero que no se note que ya hemos follado antes, ya sabes, tú como si fuera la primera vez que nos desmadramos.

-Está bien, si vieras como la tengo de dura... hace diez días por lo menos que no me corro.

-No te hagas una paja ahora, déjalo para mañana por si la cosa marcha bien. Tengo que volver con Andrés, hasta mañana, cielo.

-Adiós, preciosa, soñaré contigo esta noche.

Esa noche en la cama fue mi marido el que volvió con el asunto de Tomás.

-¿Entonces tú crees que se lo pensará mejor con Teresa?

-De momento no quiere ni oír hablar de juntarse de nuevo, pero igual más adelante cambia de opinión, sabes que Teresa es una mujer muy agraciada y que con él se compenetraba muy bien, solo que de vez en cuando se sale del tiesto. Yo creo que es la diferencia de edad, ahí están sus problemas.

-¿Y que era eso que le has dicho en la cocina sobre chupársela? -me soltó de repente.

Yo que estaba de espaldas a él me giré para mirarle a la cara pudiendo observar que estaba aguantando unas risas.

-Serás cabrón, me refería a chuparnos los dedos con la paella que nos va a hacer mañana, pero vamos que si quieres os la chupo a los dos, no creo que él ponga ninguna pega.

-¿Y tú, zorra?

-¿Yooo...? Lo que me pidáis, además que su polla es muy parecida a la de tu amigo, te lo digo por si lo echas de menos.

-¿Y tú cómo sabes que son parecidas?

-Recuerda que me la coló entre los muslos y que lo toqué con mi pierna cuando se empalmó en la hamaca. Más pequeña no es, eso desde luego.

Le eché mano a su pene cuando le dije eso, pero su cara simulando algo de lujuria no se correspondía con la flacidez de la pija.

Al día siguiente a las doce ya estábamos camino de la sierra en busca de la casa de Tomás y como yo le avisé que estábamos llegando, ya tenía de nuevo el portón abierto cuando nos presentamos allí. Primero me saludó a mí con dos besos en las mejillas y luego le dio un fuerte abrazo a Andrés.

-Gracias por aceptar mi invitación. -Nos dijo y al ver que Andrés recogía una maleta y un bolso mediano, nos llevó hasta la habitación de arriba que había preparado para nosotros, que no era otra que la que estaba más próxima a la suya.

-Poneos más cómodos si queréis, ya veis como estoy yo. -Nos dijo Tomás que llevaba un bañador y una camiseta.

-Vale. -Respondió Andrés cogiendo uno de sus bañadores adentrándose con él en el aseo.

De inmediato Tomás me dio una pequeña bolsa que traía en la mano.

-Toma, éste es el bañador amarillo, póntelo. -Me suplicó mientras yo colocaba la bolsa en una esquina de la maleta.

Luego desapareció yéndose escaleras abajo. Cuando salió mi marido del aseo con el bañador ya puesto, cogí la bolsa de la maleta junto a un short y otra camiseta muy fina de tirantes y me introduje en el aseo, pero sin cerrar la puerta sabiendo que estábamos solo en la planta de arriba. Andrés no pudo evitar ver el bikini que me estaba poniendo guardándose para él cualquier tipo de comentario. El short dejaba parte de mis glúteos al aire, aunque por lo menos tapaba el tanga, pero la camiseta de tirantes dejaba casi medio sujetador al aire por el gran escote que me hacía. Ahí sí habló Andrés.

-Parece que vas a por todas con Tomás, menuda pinta de guarra... ¡Plash! -Solo fue un cachetazo seguido de unas risas.

-Esto es lo que tú querías, pero si quieres me lo cambio por el negro que lo tapa todo. -Le respondí dándole un apretón en los huevos, riéndome yo ahora.

-No, quédate con ese bikini de puta, pero te veo muy lanzada y te aseguro que yo no estoy mucho por la labor de verte teniendo algo con Tomás. -Me advirtió mi esposo para que aquello no me cayera en saco roto.

-Pues yo quiero que veas como me vuelve a poner crema por la espalda... y por todo el cuerpo, figúratelo haciendo eso y yo con este bikini.

-Venga, vamos para abajo que se va a creer que estamos echando un polvo. -Fue su respuesta a mi intrépido comentario.

Cogí un sombrero playero y Andrés una gorra y nos fuimos de la mano en busca de Tomás que en ese momento se encontraba bajo el cenador del jardín, terminando de ajustar los grados de alcohol de una sangría.

-¡Ah! ¿Estáis aquí? Pues mirad, justo a tiempo para que me digáis qué os parece esta sangría. -Nos dijo, rellenando un vaso a cada uno para que le diéramos nuestra valoración.

-Divina, -dijo mi esposo y yo asentía paladeando el trago que le di.

Luego sacó unos cuantos aperitivos y los colocó sobre la mesa del cenador para que fuésemos picando algo, quedando los tres sentados, Tomás y yo juntos y mi marido enfrente al otro lado de la mesa.

Cada vez que se dirigía a mí, Tomás no dejaba de observar el tremendo escote de la fina camiseta, dejándole ver la mitad de mis tetas y el mini sujetador del tanga amarillo, cosa que seguro le puso muy contento. Mi marido tampoco perdía onda de las miradas lujuriosas de Tomás, pero su cara como en otras ocasiones permanecía sin mostrar el más mínimo interés.

-¿Nos damos un baño antes de que empiece con la paella? -Nos vendrá bien a los tres con el calor que hace.

-Bañaros vosotros, yo me quedo aquí con mi sangría que está buenísima. -Sentenció mi esposo siguiendo con su simulada apatía, pero ya lo metería yo en cintura a lo largo de esa tarde, a ver qué se creía él.

Dejando nuestra ropa encima de las hamacas nos dirigimos a la piscina entrando los dos a la vez por la zona de los escalones, nada de tirarnos de cabeza. Una vez dentro nadamos un poco hacia la zona más profunda y ahí me agarró por primera vez de la cintura haciendo que mis piernas rodearan sus caderas. Empezábamos bien y pronto, desde luego. Cierto que Andrés no podía ver lo que hacían nuestros cuerpos debajo del agua, pero había que estar atentos por si le daba por acercarse a la piscina. A partir de ese momento, nadábamos un poco y nos volvíamos a juntar procurando que nuestras cabezas siguieran retiradas, pero esa distancia se iba haciendo cada vez menor y estaba segura que Andrés intuía que allí pasaba algo, pero nos dio toda la libertad para que siguiéramos con nuestros juegos sin levantarse ni una sola vez a vernos.

Tampoco podíamos hacer mucho, fueron unos toqueteos y nada más, él me agarraba las nalgas y las tetas y yo le cogía la polla cada vez que tenía ocasión, vamos que solo unas caricias de lo más inocentes. Cansados nos despegamos unos minutos, los suficientes para que a Tomás se le bajara la erección y salimos entre risas para coger las toallas de nuestras hamacas, yéndose él hacia el cenador con Andrés y quedándome yo tendida en mi hamaca para tomar un poco de Sol.

Andrés se sentó a mi lado y me espabiló de mi duermevela zarandeándome con suavidad por los hombros.

-Susi, cariño, llevas mucho rato aquí y te vas a quemar, vente al cenador o ponte crema de protección, pero no te quedes así.

Dando un estirón con mis brazos y hasta un bostezo de lo más inapropiado que me puso colorada, me incorporé en la colchoneta para sentarme junto a mi esposo.

-Gracias, cielo, me había quedado dormida, -le dije dándole un beso en la mejilla antes de ponerme de pie para dirigirme hacia el cenador, donde Tomás estaba enfrascado con la paella.

Casi dormida todavía no tuve otra que colocar mi mano sobre su hombro y arrimarle una teta en el brazo con toda la confianza que me dabas las horas de sexo pasadas a su lado.

-¿Cómo va la paella? -le pregunté, mientras Andrés se ponía a mi otro lado sin perder nota de esa familiaridad en mi trato con Tomás.

-Muy bien, ya la tengo dominada y en veinte minutos estará en la mesa. Tiene buena pinta ¿Verdad? -Se giró un poco hacia mí haciendo que mi mano se soltara de su hombro y mi teta dejara de aplastarle el brazo.

¡Tierra trágame! Yo que le había pedido a Tomás toda la moderación posible, era la primera que delataba esa intimidad entre nosotros. Enseguida di un paso lateral hacia Andrés para cogerme de su cintura y darle un apretón sobre mi cuerpo, repitiendo él ese gesto, haciendo que me quedara más tranquila. Para aplacar mis nervios me tomé otro vaso de sangría en tres tragos poco espaciados y con unas risas hice que ellos se bebieran otro conmigo que era el tercero.

-Cuidado que la sangría entra muy bien, pero luego marea si te pasas. -Me advirtió Andrés.

-Es que está muy fresca y muy rica. -Le di como excusa, mientras rellenaba sus vasos y el mío que estaba por la mitad.

-Venga, chin... chin... -Les obligué a brindar antes de que diésemos otro buen trago.

Primero me senté entre risas por la tontería del brindis y luego me acerqué de nuevo a los dos agarrándolos por la cintura, observando como Tomás removía con una paleta la paella que ya tomaba cuerpo y que se veía que iba a estar riquísima por el buen olor que de allí salía. Al ver que ya no le soltaba, mi jefe miró a Andrés y encogiéndose de hombros le dedicó una sonrisa de compadreo por mi estado más que achispado, antes de continuar con su labor.

La verdad es que la paella le salió de fábula, con tres cigalas de buen tamaño adornando la paellera, los mejillones, gambas, calamares, sepias, en fin con los mejores ingredientes para una paella de marisco en su punto, que también tenía su mérito. Le pedí a mi esposo que le hiciera una foto antes de que le metiéramos mano y después el mismo Tomás nos apartó unos buenos platos, sobrando para otros tres.

-Uhmmm... qué rica está, -solté nada más llevarme el primer bocado a la boca-, ¿Qué te parece? -Le pregunté expectante a mi esposo cuando hizo lo propio.

-Genial, está buenísima. -Me respondió con una sonrisa.

-Gracias, creo que de verdad ha sido una de las mejores que me han salido. -Nos agradeció Tomás que abrió una botella de vino blanco, que luego comprobamos que estaba delicioso.

Ahora éramos los tres los que mientras nos comíamos la paella, no dejábamos de acompañarla con el vino blanco y Tomás tuvo que sacar una segunda botella de la que al final solo quedó un culillo. Ninguno quiso comer nada más, a pesar de que teníamos unos mariscos muy frescos a nuestra disposición.

-Bueno, lo dejaremos para la noche, ¿Qué os parece un cafelito? Vamos al salón a tomarlo, luego nos venimos a la piscina. -Propuso mi jefe.

Mi problema fue ponerme de pie, ahí me di cuenta de que las piernas no las controlaba muy bien y ellos que ya sabían lo que me había bebido, enseguida me tomaron de los brazos para llevarme hasta el primer sofá del salón, con mi marido a mi lado, mientras Tomás se iba a la cocina a preparar los cafés.

-Serás cabrona, -me dijo mi esposo con unas risas-, ya te avisamos que la sangría entraba muy suave y ese vino mejor todavía. No te vayas a creer, que me parece que los tres estamos algo pasados.

-Ahora con el café se nos quita el mareo, -le dije a mi marido con mucha seguridad-, ¿Y ésto también se te ha mareado? -Solté una carcajada mientras le agarraba el ciruelo por encima del bañador.

Tomás asomó la cabeza por la puerta del salón y después de una gran sonrisa se fue otra vez a la cocina.

-No seas puta, ya te podías haber puesto algo encima de ese bañador. Tienes a Tomás que se le salen los ojos, zorra.

No sé cuántas veces me reía ya, porque todo me hacía gracia y echándome las copas del bikini hacia abajo le mostré mis tetas a mi marido.

-¿Es que no te gusta lo que ves? Si quieres, me las opero.

Las carcajadas ahora fueron más sonoras y Andrés no alcanzaba a taparme las tetas cuando ya entraba Tomás con los tres cafés encima de una bandeja, quedándose boquiabierto al verme con las tetas al aire mostrándoselas a mi marido que seguía intentando remediar la situación, pero no había manera y lo dejó de intentar dejándome por imposible.

-A ver Tomás ¿Tú que opinas? Están bien o me las tengo que operar. -Le largué al bueno de mi jefe que nunca me había visto en tal estado, bueno y yo misma tampoco y mi marido, menos.

-Yo las veo magníficas Susana, ni hablar de operarlas. -Me respondió guiñándonos el ojo a los dos.

-Tócalas... tócalas... -Le ofrecía ahora las tetas a Tomás-, a ver si son auténticas... porque son naturales... ¿Sabes?

-Sí, mujer, no hace falta que las toque, no hay más que verlas para saber que son naturales.

-Creo que estoy un poco mareada, -les dije al tiempo que para descanso de mi esposo me tapaba las tetas-, mejor me tomo el café y me voy a tomar el sol.

-Dale un paracetamol para que se lo tome con el café. -Le pidió mi esposo a Tomás que enseguida me lo dio.

Ambos me ayudaron a irme a la piscina, si bien les pedí que me dieran primero una ducha que me despejó un poco la cabeza que la tenía muy embotada, después me secaron y me tumbaron en la hamaca. Fui a darme la crema de protección solar y como no me encontraba bien del todo, se la ofrecí a Tomás para que me la pusiera él. La verdad es que no sé por qué no elegí a mi esposo.

Tomás quiso darle la crema a Andrés para que me la pusiera él, pero mi marido le hizo se lo negó con un gesto como si aquello no tuviera importancia, así que sin más se puso a la tarea y aunque la inició con cierta incomodidad, cuando desanudó las tiras del sujetador ya no tuvo reparos en untarme la crema por la espalda, las piernas y luego mis casi todas las nalgas, pues el tanga amarillo apenas las cubría. Cuando fue a anudarme de nuevo las tiras del sujetador yo misma le di un tirón y lo arrojé al césped antes de darme la vuelta.

Sin decir nada, Tomás reanudó la tarea por las piernas hasta llegar al tanga que lo tocó en varias ocasiones, por último se pasó a mi torso dejando las tetas para el final en que se volvió de nuevo a mi marido para entregarle la crema, pero ahora fui yo la que me negué.

-No seas tiquismiquis y termina lo que empezaste, son tetas y no muerden.

Con mucha decisión se echó crema en las manos y comenzó a darme crema en las tetas con cierta parsimonia, mientras me sonreía a mí y a veces a mi marido que estaba en mirada abstracta, de esas que ponía últimamente cuando no quería dar a conocer lo que discurría por su mente, sin embargo a mí no me engañaba y sabía que el bulto que se aumentaba en su bañador me daba la razón. Tomás terminó de la misma manera y cuando terminó, sin decir nada se dio una ducha y se metió en la piscina seguramente para quitarse el empalme.

Conseguí relajarme y hasta dormir un rato, costándome trabajo saber cuanto tiempo llevaba dormida, pero comprendí que no haría más de media hora, sin embargo me encontraba mucho más espabilada. Tomás y Andrés dormitaban también en sus hamacas.

-¿Os habéis puesto crema? -les pregunté preocupada.

-Por delante sí. -Respondió mi marido.

-Yo igual. -Coincidió Tomás.

-Poneros boca abajo. -Les pedí a los dos.

Primero le puse crema a mi marido y luego hice lo mismo con Tomás y como Andrés no lo podía ver, metí mis dedos por dentro de su bañador hasta tocarle los huevos. Después me di una ducha y me introduje en la piscina.

-Está buenísima, -les hablaba a los dos-, veniros aquí un rato conmigo. Está calentita. -Les tuve que animar porque ninguno parecía hacerme caso.

Al final se vinieron los dos y estuvimos charlando y riendo por los juegos que les hacía cogiéndolos por la cintura, procurando pegarles mis tetas desnudas por delante y por detrás, tanto a uno como al otro, agarrando sus pollas que estaban erectas desde que entraron al agua. Después le bajé el bañador a mi marido, echándolo fuera de la piscina y repetí lo mismo con el de Tomás.

-¿Y tú qué? -Me retó mi marido, no tardando mi tanga en salir volando hasta aterrizar en el césped.

Nuestros juegos siguieron y mis abrazos con ellos se prolongaban cada vez más, sabiendo Andrés que si a él le echaba las piernas por la cintura, con Tomás haría lo mismo cuando era con él con quien me abrazaba. Ambos me daban buenos pollazos sobre mi vulva, pero ninguno consiguió una mínima penetración. Al fin paramos porque Andrés se quería salir y lo hicimos los tres, sentándonos en las hamacas así desnudos como estábamos, ellos muy empalmados y yo con un tremendo calentón. Andrés me miraba con una tenue sonrisa, como diciéndome que yo llevaba razón en que la polla de Tomás era similar a la de Alberto.

-¿Vamos dentro? -Nos indicó Tomás sabiendo que siempre puede haber algún mirón por los alrededores y nosotros no estábamos precisamente vestidos para pasar revista.

Continúa en