Soy un poco infiel - Capítulo 7
La noche empieza con risas y copas, pero la tensión sexual entre los tres es innegable. Cuando las barreras caen, la línea entre la infidelidad y la fantasía compartida se borra, revelando un deseo que ninguno podía ya contener.
Capítulo 7
Andrés esperaba que le recordáramos que en pocos minutos nos íbamos a ir a la disco y al ver que ninguno se pronunciaba sobre ello, se incorporó para dirigirse al equipo de música donde puso una playlist muy cañera desde su móvil. Enseguida él mismo me tendió la mano para sacarme a bailar, pero Alberto se vino también con nosotros y la verdad es que lo pasábamos bien entre los tres, que no parábamos de dar giros casi siempre enlazados con nuestras manos o ellos agarrándome por la cintura mientras yo les daba unos buenos culazos en sus bajos vientres, todo eso entre grandes risas y algunas paradas para seguir tomando de nuestras copas.
Andrés fue el primero que se rindió y se dejó caer en el butacón con las piernas estiradas y los brazos colgando por ambos lados, mirándonos con cara de no poder más, pero interesado también en no perderse los tocamientos cada vez más atrevidos que me daba su socio. Instantes después no podía disimular el pedazo de bulto que tenía en los pantalones, bulto que iba aumentando con los continuos roces en mi vientre, caderas y nalgas. En una de las ocasiones mientras estaba detrás de mí con mis manos agarradas, no tuvo otra que ponerlas encima de su polla, manteniéndolas allí por unos segundos, no muchos, pero sí lo suficiente como para que no pasara desapercibido por mi esposo que seguía reposando en el butacón sin decir nada.
Mi culo también se llevaba un repaso detrás de otro cada vez que me apretaba contra él, volviéndose a pasar tres pueblos cuando en una de las ocasiones mi falda quedó casi pegada a mis espaldas, dejándome todas las nalgas al descubierto sin obtener ninguna recriminación por parte mía o de Andrés, por lo que entre carcajadas siguió subiendo el tono de sus atrevimientos hasta llegarme a coger las tetas, si bien, en este último caso de espaldas a mi marido que lo intuía, pero que no lo podía ver. Cuando terminó una de las canciones, ambos nos sentamos en el sofá entre más risas sin que él me dejara de abrazar por la cintura, haciendo que quedara sentada en su regazo.
-Qué jamona está tu mujer, pedazo de cabrón, -le decía Alberto mientras me daba una nalgada-, vaya suerte que tienes, con una mujer como Susi también estaría yo casado.
Las carcajadas no cesaban quizás muy ayudadas por lo achispados que estábamos los tres. Allí ya nadie hablaba de irse a una discoteca y mucho menos Alberto al ver las facilidades que le daba mi marido para que hiciera conmigo lo que le diera la gana. Tenía un par de botones de mi camisa desabrochados de más, debido con toda seguridad a las manipulaciones de nuestro amigo.
-Oye tío, -se dirigía otra vez a mi esposo-, ¿Has visto el sujetador que se ha puesto tu mujer?
Con la mano izquierda abrió las solapas de la camisa dejando casi todo el sujetador al aire. Su polla que estaba encajada entre mi culo y parte de los muslos, pegó un repullo haciéndome saber lo que le entusiasmaba el trapito que medio me tapaba las tetas. Alberto no dejó de mirar a mi marido cuando con la misma mano desabotonaba el resto de los botones de mi camisa, echando hacia afuera la solapa exterior para dejar esa teta totalmente al descubierto. Desde luego que Andrés no podía suponer el éxito que tendría esa lencería que me compró en el sex-shop, primero con Tomás y ahora con Alberto. Acordarme de mi jefe en esos precisos momentos hizo que mi coño tuviera un escape de fluidos que seguro que llegó a mojar el pantalón que tenía debajo.
-Se lo regalé yo, -le respondió con otras risas Andrés-, como para no conocerlo.
Osea, que yo medio en pelotas delante de su socio, sentada además sobre su polla empinada y mi marido echándose unas risas con él... pues se iba a enterar. Entonces me incorporé un poco para coger su tranca y colocarla mejor en mis bajos, maniobra que por supuesto estaba dedicada a mi marido, a ver cómo reaccionaba ahora, o si iba a seguir con tantas risas, pero el muy cabrón solo se levantó para alargar su mano que yo cogí y riéndonos los dos retomamos el baile con la bachata Eres mía, de Romeo Santos que comenzó a sonar y que tanto le gustaba a él.
Ambos procurábamos mirar continuamente a nuestro amigo que en esos momentos se recolocaba la polla, metiendo su mano descaradamente por encima de la cintura del pantalón. Nuestra reacción fue la de seguir con más carcajadas al igual que hacía él. Las manos de Andrés apretaban mi culo unas veces y otras me rodeaban la cintura dejando más al aire el sujetador de puta que llevaba puesto. Instantes después Alberto se incorporó y se unió a nosotros poniéndose a mi espalda para hacerme un bocadillo entre ellos. El desmadre con estos dos subió de tono segundo a segundo, mientras yo le echaba los brazos al cuello a mi esposo para quedar más abrazados con él rodeando mi cintura y Alberto me pegaba su pollón en el trasero y me sobaba las tetas sin ningún tipo de disimulo por estar mi marido delante. Solo se separó de mi espalda un momento para colocar mi falda por encima de mi cintura, dándome un buen sobeo en las nalgas antes de recuperar su posición con mis glúteos definitivamente a la intemperie.
-¡Joder Andrés!... ¡Qué hembra tu mujer!... parece que no lleva bragas, solo se ve un hilo por encima de sus caderas. Me tiene a cien. -Le dijo a mi esposo mientras tiraba de mí para que siguiera haciéndole esos molinillos encima de su paquete.
Pronto se volvió a separar Andrés para tirarse de nuevo en el butacón, dejándome allí con el sinvergüenza éste que ya me metía mano por todas partes, mientras una salsa hacía que continuáramos bailando muy descoordinados porque no había manera de seguir el ritmo y creo que ninguno pretendía hacerlo. Cuando se colocaba frente a mí intentó en varias ocasiones darme un beso en la boca, pero me daba vergüenza que me lo diera al estar Andrés delante y todos terminaron en mi mejilla e incluso en el cuello, donde al parecer tampoco le disgustaba mucho entretenerse allí unos segundos. La falda había vuelto a su posición original, pero cuando me agarraba el culo siempre lo hacía por debajo de ella.
-¡Quítatela! -Me pidió dándole un tirón para que supiera a qué se refería.
-Ni de coña, mamonazo, cuando os vea a los dos en calzoncillos, haré lo que me pides. -Les provoqué a ambos.
Alberto de vez en cuando insistía en que me desprendiera de la falda, bajándome la cremallera, pero yo me resistía volviéndola a subir, además de que no atinaba a soltarme el broche, con lo que aunque la cremallera cedía, la prenda seguía sujeta a mi cintura. Muy agotados, ya casi ni intentábamos seguir moviéndonos con el baile, que era más bien un disimulo, mientras él no dejaba de sobarme las tetas y el culo, sin dejarse atrás los tremendos refregones que me daba con la polla. Cuando vi que en una de esas acercaba su cara a mis tetas, tiré de él para llevarlo otra vez al sofá, pero sentándome ahora a su lado, al tiempo que con la palma de mi mano daba unos golpecitos en el otro lado de mi asiento, indicándole con ese gesto a mi esposo que se viniera al sofá con nosotros.
Cuando quedé en medio de los dos, me cogí la teta que estaba más cerca de Andrés y sin ningún pudor se la ofrecí para que me la chupara, solo que cuando ya lo iba a hacer, tiré de la copa del sujetador y la teta quedó totalmente a su disposición. Mi esposo no desaprovechó la ocasión y me dio unos buenos chupetones en el pezón, sabiendo el muy cabrito lo mucho que me gustaba. Su mano acariciaba la seda de mi tanga hundiendo la punta de los dedos en mi rajita y yo no desaproveché la ocasión para agarrar su polla por encima del pantalón y darle unos buenos meneos.
La cosa iba en serio, al menos era lo que ya asumíamos los tres, por lo que no me dio ningún reparo en posar mi otra mano en la otra polla que sabía ya a mi total disposición, no ocultándole a Andrés aquella acción que podía ver a medio metro de sus ojos. Si me tenía que poner alguna pega, que lo hiciera ya pues con mis hábiles dedos le estaba bajando la cremallera al pantalón, lo suficiente para colar mi mano en su interior. Sabía que allí me iba a encontrar con una buena herramienta, de eso no tenía duda, pero tanta... ufff... diría que estaba de suerte porque la verdad es que no tenía nada que envidiar a la de Tomás, pero nada de nada, ¡Joder qué pollón! Otra cuestión era que Andrés me dejara probarla a ver cómo encajaba en mi interior, pero estaba segura que para mi desgracia, hasta ahí no iba a llegar.
Alberto esperaba su turno para hacerse cargo del otro pecho, porque al estar medio girada hacia Andrés, le era prácticamente imposible apropiarse de él, pero tampoco perdió el tiempo y en éste último intento, sí que consiguió darme un primer beso en la boca casi a media lengua, que tampoco se perdió mi esposo, atento como estaba a lo que él mismo me hacía y a lo que avanzábamos nosotros dos por nuestra parte. Enseguida quiso repetirlo, pero yo no perdía de vista tampoco los labios de Andrés que me mataban chupándome el pezón, luego levantó su mirada para cruzarse con la mía como extrañado porque no siguiera besándome con Alberto y sabiendo que ya no tenía ningún problema por parte de él, yo misma giré la cara para buscar los labios del demandante y le di un morreo que llegué a notar hasta en mi propia mano por el estirón que dio su polla. Andrés retiró con disimulo mi mano de su paquete, que yo aparté de inmediato sabiendo que estaría a punto de correrse. Sin embargo su amigo se estaba abriendo el cinturón y el botón de su pantalón para ponérmelo más fácil, pues esa mano terminó por bajarse el bóxer hasta dejar la cinturilla por debajo de sus pelotas, dejando a mi disposición todo ese pedazo de rabo, sin que mi esposo cambiara su gesto lo más mínimo.
Yo había apartado la mano para no cogérsela en carne viva, pero él no la había sacado a relucir para que le hicieran una foto, sino para que yo le diera unos buenos meneos y me lo dejó muy claro llevando mi mano a su tranca para marcarme el ritmo que quería y que yo seguí cuando me dejó a mí sola con ese trabajito. Después de ver ese avance, Andrés se retrepó en el sofá para poner más atención a lo que me hacía su socio. Incluso me hizo una pequeña presión en mi hombro para que dejara de estar girada hacia él, de esta manera Alberto podría disponer de mis pechos y también de mi coño, pero de eso se había hecho cargo ya en el momento que vio a mi marido sacar su mano de debajo de mi falda. Los besos los alternaba ahora con los dos y cuando me giré hacia Andrés para darle el que ahora le correspondía, pude observar que también se había bajado los pantalones, mostrándonos su polla que se veía muy oscura por el capullo, como si ella sola estuviese a punto de escupir unos cuantos chorros de semen. Seguía agarrada a la de su socio, por lo que quise coger también la suya para darme el gusto de tener dos pollas a la vez en mis manos, pero no me dejó y no lo volví a intentar más, al menos de momento.
-Quítale la falda. -Le pidió Alberto, pues el cierre y la cremallera quedaban a su lado y en un momento me la había soltado.
-Levanta un poco, cariño. -Me pidió Andrés y yo lo hice para ayudarle a bajarla y él mismo la sacó por mis pies, aprovechando Alberto también para quitarse el pantalón y el bóxer.
Ahí estaba yo con dos hombres súper atractivos, con sus pollas al aire, solo con una camisa totalmente abierta y una lencería de lo más puta del mundo, además de que el sujetador quedaba por debajo de mis tetas.
-¡Madre mía! -Exclamaba nuestro amigo-, ¿Qué tanga es ese? -Hacía referencia ahora al pedacito de seda que no cubría por entero mi coño, que ese día me habían depilado completamente.
-¿Te lo vas a quitar? -Me preguntó mi esposo muy bajito, pero dejando que lo oyese su amigo.
Entre el alcohol que me había tragado esa noche y lo que tenía delante mía, lo que yo necesitaba era que me echaran veinte polvos entre los dos antes de que se acabara la velada, pero también sabía que aquello era un imposible porque Andrés era de un solo tiro y el gatillo a esas alturas lo tenía muy sensible. Me quedaría con Alberto ¿Pero aceptaría Andrés que éste me follara? Tendría que hacerlo antes de que terminara por correrse, pero sabía que aunque me diera permiso dentro de su calentura, luego de que se corriera, me echaría en cara que había sido yo la que me había follado a su socio.
A ver, tenía que evitar cualquier cosa que pudiera dañar mi matrimonio, yo quería mucho a mi Andrés y no quería tener ningún problema con él por un simple polvo con su socio, para eso ya tenía a otro que cubría mis necesidades y muy bien, por cierto. Haría algunas cosillas más para hacer que se corrieran y mañana sería otro día, seguro que Andrés me lo agradecería y hasta se sentiría orgulloso de mí.
-Ya está bien con lo que puede ver nuestro amigo, no me lo voy a quitar que después no habrá quien os pare.
Tenía que tomar por la calle de en medio y aunque mi esposo no quería que me acercara a su polla, tampoco era que se negara en redondo, así que sin más problemas me puse de rodillas entre sus piernas y de un empellón me metí su rabo en la boca y en menos de un minuto ya me la estaba inundando de leche. Quizás lo había manipulado en esos momentos, pero tenía que velar por la buena marcha de nuestra relación, aunque quise darle una última satisfacción antes de ponerme con Alberto y dejando algo de semen en la boca, le di un morreo que sabía que no me lo iba a negar y le traspasé esa pequeña cantidad que se tragó con mucha lujuria y pocos problemas.
La polla de Alberto no había perdido su erección en ningún momento, la verdad es que se veía espléndida, magnífica y muy apetecible, pero tenía que ser comedida con ella, a la vez que decidida para darle el máximo placer en el menor tiempo posible, sin dejar de observar en cada momento la disposición que mostraría mi esposo, por si tuviese que pararlo todo si lo estimase conveniente.
Sin llegarme a incorporar, me desplacé de rodillas sobre la mullida alfombra y me coloqué ahora entre las piernas de Alberto que muy ufano se dejaba hacer, esperando que más tarde le dejara follarme como un bendito. Primero acerqué mis labios a los suyos para darle un beso que no rehuyó, a pesar de que sabía lo que me soltó su amigo en la boca hacía dos minutos. Durante ese beso su polla quedó entre mis tetas que él mismo juntaba para apretarlas más todavía. Los besos se sucedían uno detrás de otro y yo misma aprovechaba para cogerme las tetas comenzando una cubana en toda regla.
Llevábamos unos minutos con esa tarea cuando pasó sus manos por debajo de mis axilas tratando de alzarme hacia él, seguro que buscando mi complicidad en la follada que tenía entre ceja y ceja. Le sonreí abiertamente cuando alcé los brazos evitando que me levantara del suelo y le di un primer chupetón en la punta de su polla que fue muy de su agrado, más aún cuando me llegué a meter casi la mitad que era lo máximo que me podía tragar y eso pude hacerlo gracias a la práctica que ya tenía con la de Tomás. Sin dejar de chupársela comencé a masturbarlo con mi mano derecha, mientras con la izquierda le sobaba los testículos, bajando con mis dedos hasta su escroto y los alrededores de su ano.
Alberto se echó hacia atrás cerrando los ojos y llevándose un brazo a darse más oscuridad en los mismos y yo aproveché para echarle un vistazo a mi marido por si tenía que tomar la retirada inmediata de ese campo de batalla, pero él me sostenía la mirada un poco serio como solía hacer cuando no quería comunicar nada, solo reaccionó cuando alcé las cejas requiriendo una respuesta clara y lo hizo asintiendo levemente con su cabeza, dejándome ver también la lujuria que estaba conteniendo. Con más convencimiento y sin dejar de echarle una ojeada de vez en cuando a Andrés, arrecié en mi mamada junto con la paja que le hacía a ese rabo, tal como me enseñó Tomás cuando me mostré algo torpe con el suyo y es que mi mano derecha subía y bajaba por el resto de su tallo, pero haciendo giros también al mismo tiempo, ayudada por una buena cantidad de saliva que iba dejando salir de mi boca.
A pesar de eso él seguía aguantando como un campeón sin terminar de dar señales de la inminencia de su corrida y no tuve más remedio que emplear mi última bala para doblegar ese pollón distraído. Untar de saliva mi dedo corazón para introducirlo poco a poco en el esfínter de Alberto, fue mano de santo y tal como preveía, no tardó en soltarme un primer latigazo que me hizo toser por el ahogo y eso fue peor porque al sacármela de la boca para poder respirar, los siguientes lechazos fueron a parar a mi cara y luego a las tetas y es que parecía que la corrida de este cabrón no tenía fin.
-Uhmmm... esperaaa... Susi nooo... Ufff... ya no pares... joderrr... toma zorra... toma...
Me estuvo diciendo mientras me soltaba toda la leche contenida en sus huevos. No veas como me puso y ni quería mirar hacia mi marido que estaría alucinado, porque en la vida había logrado dejarme en ese estado tan lastimoso. Mientras esperaba que su socio se relajara casi tendido sobre el sofá, me acerqué a Andrés por si quería acogerme entre sus brazos con toda esa leche por el rostro y las tetas y la pinta de puta no satisfecha que mostraba en mi cara. Estaba segura de que me iba a aceptar y vaya si lo hizo y no le importó corresponder al beso que mis labios le ofrecían, llegándose a manchar del semen de su socio que corría por mi barbilla y del que todavía quedaba en el interior de mi boca. Tanto ímpetu detecté en sus besos que hasta le agarré la polla por si había ocurrido algún milagro, pero aunque estaba morcillona, éste no se produjo.
-Necesito correrme, no aguanto más. -Le susurré en el oído, esta vez para que no me pudiera oír su amigo.
Al momento se hizo cargo de la situación y me llevó al butacón donde sin dudarlo dos veces, me quitó el ridículo tanga para poder emplearse a fondo con la boca y los dedos, llevándome al paroxismo que me desbordaba desde que empezó nuestra velada esa noche. Como siempre digo, un orgasmo es un orgasmo, pero hay otra clase de orgasmo superior que solo logro alcanzar cuando me lo proporciona Tomás con su magnífica polla y posiblemente Alberto me podría haber llevado a ese nivel si me hubiese follado debidamente, pero creo que la noche acabó bien para los tres. Como siempre, tan atento conmigo, Andrés me trajo una toalla para que me limpiara toda la lefa que aún me quedaba en el cuerpo y en la cara. Luego me quedé un poco traspuesta descansando de la tarea bien hecha.
Cuando levanté la cabeza para ver qué hacían estos dos guapísimos hombres, Alberto desde el sofá me observaba combinando su mirada entre la cara y la entrepierna y tanto lo hacía allí abajo que me eché un ojo a mí misma, para darme cuenta que le estaba mostrando toda la vulva bien abierta por la posición de mis piernas. No era consciente de que Andrés me había sacado el tanga, pero no cambié de postura, si nuestro amigo tenía esa oportunidad para ver mis intimidades, yo también le había visto las suyas. Mi marido regresaba de la cocina con una botella de agua mineral muy fresquita y tres vasos, pudiendo beber todos un poco de esa agua que tanta falta nos hacía.
Ninguno se había vuelto a poner una prenda de las que por allí pululaban y hasta pensé que aquello hubiese sido impensable en cualquier momento de nuestra relación matrimonial, pero era real, tenía a mi lado a los dos tipos más buenorros que podría juntar y ambos en pelota picada, eso sí, Andrés con su polla morcillona sin reacción posible hasta el día siguiente y Alberto con el rabo cogiendo onda de nuevo buscando su posición paralela al suelo del salón. Pronto se acercó a mí para agarrarme por la cintura y darme un rabazo en el glúteo, después se la cogió por la base y me soltó varios pollazos como si me estuviese dando con un bate de béisbol.
-¿Nos dejas echar un palo? -Le soltó a mi esposo con unas nuevas risas.
Andrés no se rió, sino que me miró a mí por si yo tenía que decir algo, conociéndolo, igual se pensaba que el otro me había propuesto algo mientras estaba en la cocina. Yo tampoco le quitaba ojo intentando averiguar qué pasaba por su cabeza y el cabrón de nuestro amigo había cambiado su posición para encajarme el pollón entre mis glúteos desnudos.
-¿Qué haces? -Le tuve que regañar cuando flexionó las rodillas y pasó toda su polla entre mis labios mayores, aunque estaba claro que su intención era la de habérmela clavado hasta los huevos, faltándole muy poco para lograrlo.
Mi brusco despegue de él no evitó que Andrés viera como aparecía su capullo desde mi entrepierna, aunque solo fueran unos segundos, quedando agarrada a mi esposo con el brazo por la cintura, haciendo él lo propio conmigo, pero seguía sin responder a la propuesta de su socio en otra de sus indecisiones que me ponían de los nervios.
-Venga mamón, un casquete de nada y me voy a casa. -Volvía a insistir ahora con una sonrisa, que cambió a una carcajada cuando alargó su mano para darle un apretón a la polla de mi marido.
Andrés no dijo nada ante ese atrevimiento desvergonzado, ni pegó un salto como el que di yo cuando me la coló entre las piernas, sin embargo me quedé ojiplática con todo eso, esperando incluso cualquier respuesta por parte de mi esposo.
-No Alberto, si Susi hubiese querido hacerlo, lo habría hecho antes, en vez de hacerte una paja. -Le dijo con mucha tranquilidad, como describiendo su razonamiento ante esa situación en la que yo no quise follar con él.
La verdad es que me jodió un montón esa reflexión de mi marido. Claro que no quise follar con él, pero me negué mirando por la buena marcha de nuestro matrimonio, no porque me faltaran ganas de que este cabrón me follase hasta que me sacara diez orgasmos y me saliese su leche por las orejas. ¿Pero qué decir? Mejor nada, a ver qué decidían entre ellos dos. Parecía que las perspectivas eran buenas sin tener que intervenir.
-Susi no es que no quiera, lo que pasa es que tú no le das confianza para que folle conmigo, -le respondió su amigo-, pregúntale a ella.
Esta vez tiró de mi brazo colocándome junto a él para darme varios muerdos por la clavícula, un chupetón en el lóbulo y una inspección con su lengua en el interior de mi oreja que por poco me perfora el tímpano. En un momento volvía a estar pegado a mi espalda repitiendo los pollazos en mis glúteos, mientras Andrés observaba sus maniobras sin decir esta boca es mía.
-Andrés, cielo, recuerda que me dijiste que no te importaba que otro me tocara, pero que follar, solo me follarías tú. -Le recordé al tiempo que me recostaba un poco más contra Alberto y giraba mi cabeza para darle un beso en la boca.
Le acababa de traspasar toda la responsabilidad de la decisión a él. Sabía que se había corrido hacía un rato y que ya no estaba bajo los efectos de la lujuria que lo llevaba al borde de la eyaculación cuando me contaba sus fantasías. No, ahora no había excusas posibles, si quería que Alberto me follara, que me lo pidiera y yo lo haría con mucho gusto, o diez gustos como he citado antes.
Nosotros seguíamos avanzando en lo nuestro, ahora de frente los dos con su polla entre mis piernas aunque sabiendo que no podía entrar, a no ser que volviera a flexionar sus rodillas como hizo antes, pero no dejábamos de besarnos con mucho entrelazamiento de lenguas. Después como mi esposo seguía sin responder, le atraje hacia nosotros tirando de su mano para que se colocara detrás de mí, bien apretadito con su deficiente falo entre mis nalgas y sus manos amasando mis tetas sin importarle que los pezoncillos de su amigo también estaban por allí. Nosotros seguíamos besándonos mientras frotábamos sin descanso nuestros sexos, hasta que noté cómo flexionaba nuevamente y con disimulo sus rodillas mientras se cogía la polla por la base tratando de no errar en su segundo intento de penetración.
-No Alberto, de esa manera no me vas a penetrar. -Le dije tirando de él hacia arriba para que recuperara la posición.
Estaba claro el nuevo mensaje que le envié a mi esposo. Por mi parte no pondría ningún problema si él autorizaba a su amigo para que me follara como un bandido, pero la decisión era suya. En esos momentos me giré para quedar de frente a mi amado y poder besarme con él con toda la pasión que los dos ponemos cuando estamos muy calientes, sobre todo en nuestro propio lecho, solo que ahora estábamos de pie en medio del salón y yo con un tío tras de mí dándome una refriega de polla tremenda, unas veces hacia arriba y otras hacia abajo, pero ya sin intentos de penetración que valga.
-¿Nos vamos a la cama? -Le susurré a mi marido, sabiendo que el otro me oía perfectamente.
La pregunta se la hice con doble intención, podría pensar que sería para dormir porque era muy tarde y estaba cansada, o bien, para follar con Alberto que seguía calentando mis motores desde atrás. Que pensara lo que quisiera, pero que se decidiera ya antes de que los tres nos quedásemos dormidos allí de pie apoyados los unos en los otros.
-¿Para follar? -Susurró Andrés también.
-Para lo que tú quieras, -le dije sin dudar-, si prefieres que me eche un palo, como dice él, yo de acuerdo y si quieres que sea para dormir, lo mismo.
-Uno solo... -sentenció por fin dirigiéndose a los dos, para terminar haciéndolo a él-, y luego te vas.
Con esta respuesta volví a besar con mucha pasión a mi marido mientras notaba como Alberto se pegaba por detrás para abrazarnos a los dos son sus largos brazos. Poco después les cogí de la mano para dirigirnos los tres a nuestro dormitorio, que en pocos días iba a recibir a un nuevo follador para su dueña. Cuando llegamos, Andrés me ayudó a preparar la cama retirando los cojines y la colcha que la adornaban, junto con la primera sábana dejando únicamente la bajera.
Mi cabeza daba vueltas sin cesar intentando decidir por dónde empezar, estaba verdaderamente cortada más que nada por la presencia de mi marido, que además permanecía de pie retirado de la cama esperando una indicación mía para saber donde colocarse. No vacilé más y me fui hacia él para fundirme en un fuerte abrazo sin ningún tipo de sobeo, ni roces que pudiesen encender nuestra libido. Parecía más bien como si nos estuviésemos despidiendo en la estación de trenes por una larga temporada, todo eso a pesar de que ambos estábamos totalmente desnudos. Ninguno quería separarse del otro, Andrés, porque sabía que en cuanto lo hiciera el canalla de su socio y amigo, me follaría sin remedio y yo porque temía por el sufrimiento de mi marido cuando me viera penetrada por Alberto, sabiendo que solo disfrutaría de unos minutos de morbo antes de afrontar la realidad de lo que íbamos a hacer, seguro que por mucho tiempo o posiblemente por el resto de la vida.
Tuvo que ser el sinvergonzón de Alberto el que se pegó de nuevo a mi espalda para pegar su falo en mi trasero y con las manos en mi cintura fue tirando de mí con mucha paciencia, hasta que consiguió que me girara para darme un primer beso con mucha carga sexual, buscando con sus manos enardecerme lo suficiente para que fuese entrando en materia y desde luego que lo consiguió pues hasta me hizo levantar mi pierna derecha que él sujetaba, procurando ahora que los puntazos de su polla pasaran de darme en el pubis a hacerlo sobre la raja de mi coño, hasta que en uno de ellos su glande acertó sin llegar a entrar más de unos centímetros, por lo grande que se encontraba en esos momentos. Tampoco quería que la primera penetración fuese así, como a escondidas de Andrés, seguro que era lo que él menos quería que ocurriese, así que decidí que lo mejor sería irnos a la cama.
-En la cama estaremos más cómodos. -Les solté esa tontería porque ninguno de nosotros buscaba una comodidad, más bien una tremenda follada, ruda, peleona y si era incómoda, mejor.
Pude observar que Andrés se iba a quedar allí donde lo dejé después de nuestro abrazo y me tuve que volver para cogerlo de la mano, haciendo que nos acompañara a nosotros que íbamos semi abrazados.
-Si Alberto me va a follar, quiero que no te pierdas nada y si deseas participar, a mí me encantaría que lo hicieras. -Le dije, mientras Alberto me tendía de espaldas al colchón para echarse encima mía. La fiesta irremediablemente daba comienzo.
Andrés se sentó en el lecho apoyándose en el cabecero, pero muy girado hacia nosotros y lo más increíble es que su polla subió de nivel quedando entre morcillona y erecta, seguro que ver cómo sus fantasías se iban haciendo realidad era el acicate que obraba el milagro. Alberto comenzó a utilizar sus labios para besar todo lo que tenía a su alcance, insistiendo más en mis pezones que en mi propia boca, que también recibía lo suyo. Fue entonces cuando Andrés se retiró de súbito dejándonos a los dos parados sin saber a qué se debía que se fuese tan deprisa de la habitación, e incluso le oíamos como bajaba las escaleras, pero no tardó casi nada en tomar el camino de regreso colocándose ahora al borde de la cama. En su mano tenía su móvil manipulándolo para encender la lámpara del flash, antes de colocarlo en horizontal con claras intenciones de comenzar una grabación.
Más tranquilos volvimos a retomar nuestras caricias y besos, que nos fue encendiendo cada vez más y hasta rodamos en dos ocasiones quedando yo al final encima de él. En esa postura Alberto me amasaba las tetas y yo colocaba su polla entre mis labios mayores, que hasta parecía que el miembro que asomaba entre nuestros cuerpos era mío. Ninguno se preocupaba ya del puñetero flash ni de los desplazamientos de Andrés buscando mejores planos del polvo de la esposa con su amigo.
-Me vas a follar sin preservativo, pero no te puedes correr dentro de mí, -lo puse sobre aviso-. ¿Te parece bien? -Me dirigí a mi marido, que nos dio su aprobación a los dos.
Ya no quedaba más nada que justificara una dilatación del momento para que ocurriera lo que tanto le costó esa noche a Alberto, ahí sí que miré a Andrés con ojos casi llorosos por la lujuria que me embargaba y agarrando ese pollón muy lagrimoso, alcé mis caderas buscando la posición exacta para acoplar ese glande en la entrada de mi vagina, luego cerré los ojos para concentrarme más en lo que me iba a meter y me dejé caer poco a poco sin detenerme ya, hasta que mis labios mayores descansaron en sus testículos. Con dos dedos de mi mano derecha los abrí todo lo que pude para que mi marido pudiera ver claramente que allí no había ni trampa ni cartón, sino una polla muy grande que yo acababa de enfundarme en el coño. Un primer plano muy bien iluminado fue la respuesta de mi marido, que ahora sí que tenía la polla totalmente erecta.
Fue mi última concesión antes de pasar de él nuevamente para centrarme en la follada que ya comenzaba a darle yo misma a mi amante, cabalgando sobre él de esa manera que sé hacer y que Tomás me hizo perfeccionar en Barcelona. ¡Joder! ¿Cómo pude recordarlo en esos momentos? Posiblemente sería por el empate técnico que se daba entre sus penes.
Eran muchas las sensaciones que sentía en mi sensible vagina por lo mucho que rozaba allí dentro ese pollón del diablo y no tardé en aproximarme a mi primer orgasmo.
-Uhmmm... sííí... me llegaaa... ayyy... aaaggg... me corrooo...
Tenía la ventaja de que era yo misma la que controlaba desde arriba el ritmo de las penetraciones y los sitios que más gusto me daba el roce de su polla por mis interiores, por lo que el orgasmo fue brutal intentando mantener el galope todo lo que pude, aunque no tuve más remedio que ir aflojando ese ritmo hasta que por imperativo biológico terminé parando, al tiempo que me desplomaba sobre mi follador.
En esos momentos Alberto me abrazaba y se aferraba con cierta ternura a mis nalgas, aprovechando mi marido para acariciarme el pelo, ambos muy pendientes de mí mientras recuperaba fuerzas para que el pollón que seguía insertado en mi vagina, volviera a la tarea y me proporcionara el segundo orgasmo. Yo misma con un leve movimiento de las caderas le di el aviso para que reiniciara las penetraciones, pero después de tres pollazos fue bajando la intensidad hasta que se detuvo totalmente.
-Ponte a gatas, -me pidió-, te voy a follar desde atrás.
Su forma de hablar delante de mi marido me puso algo nerviosa, pero hice lo que me pidió y en cuanto me tuvo en la nueva posición, volvió a expresarse.
-¡Joder Andrés, coño! Con esta retaguardia estarás más que contento con Susi, cabronazo, -le decía mientras con las manos en mi cintura le mostraba el culo a mi marido, como si de un trofeo que él hubiera ganado se tratara-, qué ganas de metértela desde aquí. -Terminó por dirigirse a mí antes de notar cómo me la ponía en posición para penetrarme con un golpe muy certero, que me hizo soltar un gemido incontrolado.
-Aaaggg... sí, así... sigue dándome fuerte... fóllame bien, cabrón... uhmmm... qué buena polla tienes...
No dejaba de celebrar esas buenas penetraciones que me daba Alberto, cada vez más parecidas a las de Tomás. Mi marido no se perdía nada de lo que ocurría entre nosotros y es que el desvergonzado de su amigo tampoco era mudo que digamos.
-Toma zorra, ¿Te gusta como te follo? Qué buena estás putita, ¡Toma! -¡Plash... Plash... Plash! Me soltó tres fuertes nalgadas que hasta hacían que me desplazara hacia delante en cada una de ellas.
Pensaba que Andrés le diría algo, pero siguió más callado que un muerto, aquello se estaba yendo de madre y aún en medio de la gran follada que me estaba dando su amigo, me sentí preocupada por todo lo que estaría soportando y no pude por menos que dirigir mi mirada a sus ojos, pero ni notó mi intención de mirarlo por estar muy atento a no perderse las entradas y salidas de la polla de su amigo en mi coño. Pues vaya y yo preocupada, ¡Joder...!
-Me encanta cómo me follas, cabrón, qué buena polla tienes... dame fuerte... qué gusto joder... -Me solté la lengua tal como hacía cuando me follaba Tomás, haciendo que ahora Alberto se creciera con sus halagos.
-Eso es zorra, ya veo que te gusta como te la meto, menudos jadeos de puta, ¡Toma...! -¡Plash... Plash... Plash! Otra vez esas nalgadas que me revolucionaban por dentro y me hacían gemir como una loca-, te voy a reventar a pollazos, cabrona...
Otra vez me llegaba el orgasmo y el cabrón éste no se acercaba al suyo ni por un asomo. Me iba a dejar el coño para el arrastre si no remataba pronto la faena.
-Procura correrte mamonazo del demonio... -Le animé girando mi cara para mirarlo a los ojos, pero ya no quedaba tiempo porque me estaba llegando el segundo orgasmo de forma imparable.
-Aaahhh... uhmmm... no pares cabrón, sigue fuerte.... yaaa... me corrooo...
La intensidad de este segundo orgasmo con Alberto fue muy parecida al del primero y pude aguantar la posición mientras él me seguía penetrando. Cuando cesó, me dejé caer sobre el colchón soltando mis últimos alientos. Sabía que él no se había corrido y con seguridad me iba a pedir un nuevo asalto, así que me lo tomé con tranquilidad y ni me moví cuando ya me había recuperado. Andrés se echó a mi lado aprovechando que Alberto hacía un receso para bajar a beber agua.
-¿Qué tal, cielo? -Me dijo en un congojo, sabiendo que su socio no tardaría en volver para seguir follándome hasta correrse debidamente.
-Bien, pero me está matando con el pollón que se gasta y el aguante que tiene. Al final le tendrás que hacer tú una paja... -Le solté con unas risas.
-Ya viene otra vez. -Me advirtió Andrés.
-Fóllame tú, prefiero que ahora lo hagas tú, mientras se la chuparé a él. -Le pedí viendo que su polla se veía muy recuperada.
Mi esposo ya se colocaba en la misma posición que había dejado su socio y yo volví a ponerme a cuatro patas justo en el momento que entraba Alberto de nuevo al dormitorio.
-Ponte aquí delante de mí para que te pueda hacer una mamada mientras Andrés me folla ahora.
No opuso ninguna objeción y ya lo tenía de nuevo a mi merced sentado delante de mí, acomodándose en el cabecero de la cama con su polla claramente desfallecida, aunque eso para mí no era un problema, además que hacerla crecer dentro de la boca de siempre me ponía muy cachonda, claro que a mi marido se la aguantaba entera, cosa que con éste no había manera y pronto tuve que dejar que se fuera saliendo hasta más de la mitad.
-¿Te atreves con una doble...? -Me ofreció Andrés desde la retaguardia.
Aquella propuesta de mi marido me hizo reír interiormente por todas mis preocupaciones previas a la follada de Alberto, pues no quería molestar a mi esposo y ahora, el muy cabrón me proponía una doble penetración. Pero esa era una de las pocas fantasías que yo tenía desde que me espabilé en los temas sexuales, aunque vamos, ni por un asomo me hubiera figurado que la pudiera llevar a cabo en alguna ocasión. A pesar de que me encontraba algo cansada, no era razón suficiente para desperdiciar esa oportunidad, a saber cuando se me iba a presentar otra como ésta.
Al momento dejé de chuparle la polla a nuestro amigo para alargar la mano al primer cajón de la mesita de noche y hacerme con el gel lubricante que le entregué a mi marido. Alberto demostró enseguida sus grandes conocimientos en estos temas y ya se estaba deslizando por debajo de mí hasta poner su polla a la altura de mi sexo.
-Ponle un poco a él también. -Le indiqué a mi marido porque quería proteger mi vagina del roce de tan tremenda polla.
No dijo nada y después de preparar mi ojete como él sabía hacerlo, no dudó en embadurnar el pene de su amigo antes de ponerla en su sitio.
-Métela tú ahora y te esperas a que lo haga yo. -Le pidió con una voz decidida, nada de estar agobiado por lo que me iban a hacer entre los dos. Menudo cabrón... sí, y cornudo también.
Ambos hicieron lo debido y enseguida se acoplaron en unos mete y sacas, que pronto coordinaron poniéndome en órbita de camino. Alberto no dejaba de besarse conmigo y Andrés me soltó unos cuantos cachetazos que unidos a los otros que me dio su amigo, me tenían la nalga para llevarla a urgencias. En las tetas también me daban un repaso cada uno por su cuenta y todo eso me estaba llevando a las puertas del siguiente orgasmo porque ya hasta había perdido la cuenta de los que llevaba.
-Correos también vosotros, cabrones, hacerlo ya conmigo... ufff qué bueno... qué gusto por favor... uhmmm...
Ambos sabían que después de mi siguiente orgasmo poco uso iban a poder hacer de mí, así que no tuvieron más remedio que esmerarse en conseguir su propia corrida, cosa que por fin logramos al final todos, arrastrados el uno por el otro, quedando desmadejados sobre Alberto que nos aguantó bien antes de echarnos a su lado.
Los tres nos tuvimos que dar una ducha antes de volver al salón, Andrés y yo en ropa interior y Alberto envuelto en la toalla de baño con la que se secó. Allí se vistió para marcharse a su casa, todo eso sin dejar sus chanzas, ahora sobre la follada que acabábamos de tener, manteniendo un buen ambiente entre todos que no dejábamos de reír.
-El lunes repetimos, -nos proponía dirigiéndose a nosotros dos, mientras nos partíamos de risa-, vamos, tres veces por semana.
-Claro y el fin de semana desde el viernes hasta el domingo por la noche. -Le repuse yo.
Cuando ya recogía las llaves de su coche para salir de casa, se volvió para encararnos por última vez.
-Bueno, al final todo bien ¿No?
Andrés y yo nos miramos antes de darle una contestación y no pudimos contener una gran sonrisa, volviendo nuestra mirada de nuevo hacia él dándole nuestro asentimiento.
-Cuida ese pollón, precioso. -Terminé de decirle cuando la puerta se cerraba tras él.
Su carcajada seguía oyéndose cuando se iba hacia la cancela de la casa.
-Vaya tío éste Alberto, -me decía mi marido mientras hacía que me volviera hacia él para darnos un abrazo-, ¿Cómo te sientes después de todo?
-Fenomenal, un poco cansada por lo tarde que se nos ha hecho, pero muy bien... y mejor follada. -Rematé esto último imitando las perlas que nos soltaba su socio, provocando con ello unas risas entre nosotros.
Éste atrevimiento provocó que Andrés me castigara con un nuevo azote en la dolorida nalga.
-Oye, que tú me has follado mejor que él. -Le dije.
-Sí, pero nada que ver con lo que habrás sentido al meterte ese vergón. -Sentenció con toda la razón del mundo.
-Es que además de lo grande que es, ya has visto el aguante que tiene. -Le di la razón a mi esposo-. El problema es que al final no hemos podido evitar que se corriera dentro de mí sin haberse puesto el condón.
-¡Joder, cielo! Tendrás que hacerte unos análisis, no me fío de mi socio y las folladas que se pega con sus amigas.
Estábamos ya acostados cogiendo el sueño, cuando se apretó a la espalda pasando su brazo por mi cintura.
-¿Te gustaría repetirlo? -Su pregunta era muy escueta, pero con mucho trasfondo.
-No lo he pensado todavía, mi amor, por mí sí que lo volvería a repetir, las veces que tú quieras, cielo. -Le respondí apretando su mano contra mi pecho.
-No creo que tardemos mucho en hacerlo de nuevo. -Me aseguró acompañado de un beso en mi espalda que fue lo último que recuerdo de esa lujuriosa noche.
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