Xtories

El cachas y mi mujer hasta desfallecer

En la playa de Gandía, una toalla mal colocada revela más de lo que las vistas al mar. Cuando el desconocido se quita la camiseta, la conversación trivial se quiebra y la tentación se vuelve innegable. ¿Qué pasa cuando la curiosidad supera al miedo y la propuesta es demasiado irresistible para rechazar?

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Por fin mi mujer y yo pudimos ir de vacaciones. Teníamos muchas ganas de salir, y decidimos irnos unos días a Gandía. Sara, a sus treinta y tantos, lucía un cuerpo digno de diez años menos. Delgada, con el pelo oscuro y largo y unos pechos y culito bien turgentes, no le hacía falta vestirse provocativa para atraer miradas.

Pese a estar cansados del viaje, nada más llegar nos fuimos a la playa. Pese a que el agua aún no invitaba a bañarse, nos tumbamos sobre nuestras toallas a tomar el sol.

Manteníamos una conversación trivial, cuando un chico estiró su toalla justo delante nuestra tapándonos las vistas al mar.

—Mira que había sitio y se ha tenido que poner delante —me quejé.

—Pues a mí no me importa.

Me giré y pude ver una sonrisa traviesa en la cara de mi esposa. Justo en ese momento nuestro vecino se estaba quitando la camiseta dejando al relucir un conjunto arquitectónico de músculos que habían estado más tiempo en el gimnasio que en casa.

—Mejor no me quejo, que podría lanzarme al mar con una mano.

—No creo que sea de esos. Mírale, si hasta tiene cara de buen chico.

—Si no digo lo contrario. Y tienes razón, con esas cejas inclinadas hacia arriba parece que nunca haya roto un plato.

El chico se fue a dar un paseo, y nosotros nos marchamos a comer una paella. El día transcurrió tranquilo, y nos quedamos dormidos viendo una película en el hotel.

* * *

Volvimos a la playa al día siguiente, y Sara me dio con el codo para llamar mi atención. Allí estaba nuestro musculoso amigo solo otra vez.

Sin darme tiempo a sugerir otra localización, mi chica estiró su toalla prácticamente al lado de la suya.

—Aquí nadie nos tapará las vistas al mar —comentó justificándose.

—Ya, ya —dije un tanto cohibido ante aquel sansón.

El hombre estaba absorto contemplando el mar.

—El sol está pegando fuerte. ¿Me pones crema, por favor? —me pidió Sara.

«Al menos me lo pide a mí, o esto sería un inicio de cliché de una película porno», pensé.

Obediente, me encaramé encima suya y vertí varios chorros de crema protectora solar.

—¡Ay, está fría! —se quejó.

Justo en ese momento me di cuenta que pese nuestro vecino miraba al frente, nos miraba de reojo sin perder detalle.

Con hábiles dedos le desabroché la parte de arriba del bikini y comencé a extenderle la crema dándole un suave masaje.

—Ahora por delante.

—¡Si hombre!. Ni que esto fuera una playa nudista —dijo tras volviéndose a abrochar el bikini—. Ya termino de ponérmela yo, que tú eres muy listo. Voy a mojarme los pies.

Sara se levantó ágilmente y con unas pocas zancadas de sus largas piernas llegó hasta el agua.

—¡Está helada! —avisó.

—Posa, que te hago unas fotos para el recuerdo.

Se arrodilló frente a mí mientras preparaba el móvil. Tras esa primera foto se sentó apoyando los brazos atrás.

—Estás hecha toda una "influencer" —bromeé.

—Ven, vamos a hacernos una juntos. Perdona, ¿nos podrías hacer foto por favor? —preguntó con su encantadora sonrisa al forzudo.

—Claro —dijo en un tono suave.

El chico se levantó mientras sus músculos se marcaban como si de un libro de anatomía se tratara. Nos hizo varias fotos sin pronunciar palabra, y se fue a dar una vuelta.

—Pensaba que no te gustaban tan exageradamente cachas —dije siguiendo la mirada de Sara.

—Eso pensaba yo, pero viéndole así cerca...

—¿No te daría miedo a que destrozara?

—¡Ja! ¡miedo le tendría que dar yo! —se jactó—. Aunque seguro le deben de gustar las típicas chicas operadas. O quizás es gay.

—No lo creo. No te ha quitado ojo de encima mientras te ponía la crema.

—¿Ah sí? —dijo llevándose un dedo a los labios juguetona.

—Voy al baño, ahora vuelvo.

* * *

En mi ausencia, no podía parar de pensar multitud de situaciones dignas de una película porno en las que acabábamos haciendo un trío. Aquello solo pasaba en las películas. Seguramente cuando volviera, me encontraría a Sara mirando el móvil.

Hice el regreso a grandes zancadas desde los urinarios públicos de la playa.

Al llegar, inconscientemente solté el aire de los pulmones.

Efectivamente Sara estaba sola mirando el móvil.

—¿Nos vamos? —me preguntó nada más llegar.

—Vale. ¿No quieres despedirte de nuestro nuevo amigo? —pregunté socarrón.

—Ya lo hecho —respondió haciéndome levantar las cejas—. Volvió al poco de que te fueras y empezó a recoger sus cosas. Hablamos un poco.

—Sobre el tiempo y esas cosas, ¿verdad?

—Ja, ja, ja. Le dije en broma que podría protagonizar una película de acción con ese cuerpo.

—¿Qué te dijo?

—Gracias, pero no tiene dotes interpretativas. Me sorprendió que usara esa palabra.

—Claro, según los tópicos, solo debería saber gruñir —bromeé.

—También me dijo que tenía un cuerpo precioso y me preguntó si iba al gimnasio. Le contesté que gracias pero que muy poco, que era parte de mi constitución.

—Vaya "ligoteo" más raro. Parecía más como si quisiera venderte un pase para su gimnasio.

—Casi casi. Cuando dijo lo de "dotes interpretativas", pensé en otro tipo de dotes.

—Ya sabes lo que dicen...

—¿Qué la tienen pequeña por todo lo que se meten para ir al gimnasio?

—Yo no me meto nada —sonó a nuestras espaldas.

Para nuestra sorpresa, el aludido estaba detrás de nosotros. Nos quedamos blancos por la pillada.

—Esto... perdona, no sabíamos que estabas aquí.

—He vuelto porque me he dejado las gafas de sol —dijo agachándose y recuperándolas semienterradas de la arena.

—Siento que hayas tenido que oír nuestras tonterías —se disculpó mi mujer.

—Soy un chico sano y me importa mucho cuidarme. No tomo nada artificial ni ningún tipo de drogas.

—Osea, ¡qué nada de cuerpo grande, picha...! —bromeé para intentar quitar peso a la discusión.

—¡Luis! —me riñó Sara.

—No os preocupéis, no me ha molestado. Soy consciente que con mi apariencia llamo la atención y estoy expuesto a todo tipo de comentarios.

—¿Podemos invitarte a tomar algo para compensarte? —intervine yo.

Se hizo una pausa y una sonrisa conciliadora se dibujó en el rostro de la figura hercúlea.

—Mirad... no es la primera vez que me veo en una situación así. Si esto es el primer paso para hacer un trío, debéis disculparme, pero solo tengo relaciones con chicas, nada con chicos, participen o no. No se trata de ningún tipo de acto homófobo, sino que simplemente es una cuestión de atracción. Pierdo la motivación si hay alguien que no me atrae, en este caso un chico, desnudo participando.

—Es decir, que conmigo no tendrías ningún problema, ¿verdad? —dijo mi chica con voz melosa.

—¡Sara! ¿Y yo? Además, ¡este tío te puede reventar!

—No quiero causaros problemas en la pareja ni que os enfadéis. Antes ya he elogiado las virtudes del cuerpo de Sara y, a parte, por lo poco que hemos hablado me cae muy bien. Creo que está claro —dijo guiñándole un ojo.

Me quedé observando el delgado cuerpo de mi mujer deleitándome con sus pequeños, pero firmes, pechos enclaustrados en su bikini triangular. Mi mirada pasó al cuerpo de aquel fornido titán. Ambos no podían ser más diferentes.

—Trato hecho si a ella le apetece, pero al menos me gustaría estar presente para asegurarme que a mi mujer no le pasa nada malo.

—De acuerdo. ¿Qué dices Sara?

—Yo, yo... —balbuceó indecisa— quiero que me folles con la misma energía que gastas en el gimnasio.

Los dos hombres levantamos las cejas sorprendidos.

* * *

Nos encontrábamos en la zona más apartada de una terraza disfrutando de una paella. Marc, qué así se llamaba nuestro nuevo amigo, ocultaba su cuerpo de adonis bajo una camisa estampada y unos pantalones cortos. Sara se había puesto para la ocasión un sencillo top blanco de tirantes y una minifalda del mismo color acabada en encaje.

—Veo que no te has puesto sujetador —comentó nuestro amigo al percatarse de cómo dos pequeños pezones se marcaban en el top de Sara.

—Así voy más cómoda.. —dijo dedicándole una mirada coqueta.

—¿Estáis totalmente seguros de esto? —preguntó.

Sara comenzó a chupar el tenedor lentamente con la lengua.

—Sí —dijo con voz sensual.

—Te voy a follar muy duro. No quiero numeritos ¿eh? —dijo mirándome.

—No te preocupes.

—Vale, pero nada de tríos ni participar. No me importa que mires, pero Sara será totalmente mía.

En ese momento mi mujer se había inclinado hacia delante para coger la botella de vino. Se quedó quieta con el brazo alargado sonriendo mientras comprobaba como nuestro amigo se deleitaba con su pequeño escote.

—El postre me lo voy a comer en el hotel —dijo haciendo una señal al camarero para que trajera la cuenta.

Caminamos como tres viejos amigos hablando de temas triviales hasta el hotel cercano.

Me sentía nervioso por lo que estaba a punto de pasar, pero por otro lado confiado por el buen rollo que me transmitía el chico.

Llegamos a la habitación del hotel y se me ocurrió bromear un poco para romper el hielo y disipar la tensión.

—¿Sabéis qué se me ha ocurrido? —no seguí hablando por lo que ocurrió nada más cerrarse la puerta de la habitación.

Sara se había abalanzado sobre Marc apretando su cuerpo contra el suyo y devorándole la boca. El gigantón puso la mano ocupando buen parte de su culo y lo apretó subiéndole la minifalda. Se besaban con pasión haciendo una esgrima de lenguas por fuera y dentro de la boca.

Ella le subió un poco la camisa revelando su perfecto cuadro abdominal. Lo acarició y lamió remangando la prenda hasta destapar su pectoral. Enredó la lengua en sus pezones mientras el chico se terminaba de quitar la prenda.

—Cariño, sí que tenías ganas... —dije expectante mientras me sentaba en el amplio sofá.

Mi mujer solo me respondió con un gemido cuando Marc introdujo la mano en su entrepierna.

El hombre le dio la vuelta y en ese momento mi esposa y yo nos miramos fijamente a los ojos. En su mirada pude apreciar que estaba excitada hasta niveles en los que podría ser capaz de hacer cualquier cosa.

Dos grandes manos le manosearon las tetas por encima del "top" para, finalmente, quitárselo dejándolo al aire sus pequeños, pero firmes pechos.

Sus blanquecinas tetas desaparecían bajo el dominio de aquellas garras. Bajó una mano hasta la entrepierna de mi chica mientras le besaba el cuello. Allí desapareció bajo la minifalda, pero estaba claro, por las expresiones de Sara, que había llegado a su objetivo. Sin previo aviso, el hombre le quitó de un tirón la minifalda, arrastrando consigo su pequeño tanga. Cogiéndola en volandas como si no pesara nada la soltó encima del sofá que estaba pegado a mi sofá. Allí, sin miramientos, le dobló las piernas colocando sus rodillas a la altura de los hombros dejando su trasero mirando al techo. Sin mediar palabra, hundió cabeza entre sus piernas chupándole el sexo. A aquella distancia podía oler la excitación que emanaba de mi mujer.

Marc se levantó y terminó de desvestirse dejando su hercúleo cuerpo a la vista. Sara se puso en pie, pero en cuanto su amante se tumbó bocarriba en el sofá, tenía claro lo que iba a hacer.

—¡VA-YA PO-LLÓN! —dijo matizando cada sílaba al comprobar el miembro que apuntaba al cielo.

—Esto es lo que querías ¿eh? —la animé.

Ella se colocó en la postura del 69 encima de nuestro invitado, y se me quedó mirando sin responderme mientras daba vueltas con la punta de la lengua sobre el prepucio.

Marc le puso una mano en la nuca y Sara, obediente, se metió su polla en la boca. Se la sacó para lamerla por todos lados e iniciar después una felación a un ritmo demencial.

—Si sigues así no te va a durar nada —comenté excitado al tiempo que me llevé la mano al interior de mi propio pantalón.

No podía verlo, pero el chico le debía estar haciendo un excelente cunnilingus ya que Sara a veces se sacaba el falo de la boca para emitir un fuerte gemido.

Las nalgas de mi chica desaparecían bajo las garras de Marc, quien las apretaba y asía como si estuviera mirando a través de unos prismáticos.

De repente el chico paró, y sujetó la cabeza de Sara. Me quedé expectante a ver qué pasaba. Sin previo aviso comenzó, con un movimiento de cintura, un movimiento rítmico con el que literalmente se estaba follando su boca.

Se detuvo, y varios chorros de saliva se derramaron sobre aquella lanza.

—A ver, que quiero ver esa carita tan guapa —dijo Marc.

Se puso de pies frente al sofá acercando su miembro. Sara, quien sabía cómo excitar a un hombre, jugó con la punta de su lengua alrededor de su prepucio.

—Me encanta. Vamos a disfrutar follando —comentó—. De hecho, ya no aguanto más.

Sara se levantó, y totalmente desnuda, a excepción de sus sandalias, pegó el cuerpo al de su amante para besarle. Éste le dio la vuelta rápidamente y la sujetó de la cintura desde atrás, casi juntando sus propias manos. Ella se apoyó en el mueble en el que reposaba la televisión y giró el cuello dedicándole una mirada cargada de lascivia. La punta del prepucio acarició sus labios vaginales mientras él le abría las nalgas con las manos.

—Vamos, ¡métemela! —exhortó.

—Claro que sí guapísima.

El pene desapareció lentamente hasta que el chico se quedó quieto con todo el miembro en su interior. Ella contoneó su trasero sintiendo toda la inmensidad de carne que se abría en su interior. Sin poder aguantar más, le agarró de la cadera y comenzó una rápida penetración.

Mi esposa gemía con energía con cada embestida. Me excité tanto con la visión que no pude evitar bajarme el pantalón y comenzar a masturbarme al ritmo al que oscilaban sus pequeños pechos.

—Mmmmm, ¡qué tetitas tienes! —dijo pasándole un brazo por el cuello mientras que se las manoseaba con la otra mano.

El cuerpo de mi chica casi desaparecía por el agarre con el que la tenían cogida.

Sin previo aviso, Marc hizo girar a su amante y la levantó en voladas teniéndola al caballito frente a frente. Mientras Sara se sujetaba pasándole las manos por detrás del cuello, el chico ubicó en el sitio correcto su pene con la ayuda de una mano. Cogiéndola por la cintura empezó a hacerla saltar sobre su pene. La penetración era rápida y profunda. La musculatura del hombre y bajo peso de mi chica no debían de suponerle ningún problema en aquella postura.

—Me encantas Sara. He estado con otras chicas pero ninguna folla como tú. Tienes un cuerpo diez y te follaría a diario. Luis, eres un tío afortunado.

—Gracias —fue cuanto pude responder sin parar de cascármela mientras contemplaba cómo se follaban a mi mujer.

—¿Cómo quieres que nos pongamos?

—A cuatro patas. Quiero ser tu perrita.

Una vez en el suelo se acercó al sofá y se puso con el culo en pompa esperando a Marc. Tenía a mi mujer a tan solo veinte centímetros, pero no podía tocarla si no quería romper las reglas de nuestro amigo. Aquello era una tortura.

El hombretón proyectó su sombra y me guiñó un ojo. Tras suspirar, le introdujo su falo y comenzó a follarla con brutales embestidas. El sofá temblaba a cada golpe mientras que Sara apoyaba contra el cojín su cabeza.

—¿Te gusta que te folle este desconocido?

—Sí... —consiguió decir con la voz entrecortada mientras levantaba un poco la cabeza para mirarme.

—¿Habías fantaseado con él?

—Sí, con que me follaba, pero no... no me imaginaba que sería tan bueno.

—¿Y yo qué?

—Te estás poniendo las botas ¿no?

—¡Sufriendo, dirás! ¿Qué recompensa tendré?

—La que quieras, pero espera a que acabemos...

—Date la vuelta —intervino Marc.

Mi mujer obedeció y él la levantó por las nalgas haciendo que solo se apoyara con los hombros y el cuello. Con la pelvis alzada y las piernas levantadas, su vagina era la diana perfecta. Vi con claridad cómo aquel grueso miembro desaparecía lentamente en su interior. La agarró por los muslos y la claveteó en el sofá con sus fuertes embestidas. Ella gemía como si fuera a acabar el mundo y él se paraba cada pocas embestidas para evitar correrse.

—Tomo la píldora, puedes correrte dentro o dónde quieras —dijo Sara con signos de cansancio aprovechando una de aquellas pausas.

Marc se mordió los labios le hizo un gesto con la mano para que se tumbara bocarriba.

La penetración era lenta. Se notaba que el chico estaba intentando alargar aquello todo lo que podía.

—¡Venga, que no se diga! ¡fóllame bien fuerte! —exhortó.

Él resopló, y cogiéndola más por debajo de las tetas que por la cintura, comenzó un mete-saca rapidísimo. Ambos gemían rítmicamente mientras los pequeños pechos de mi preciosa esposa se agitaban descontrolados.

Un bramido fue la señal de la eyaculación. El gigantón se dejó caer encima de Sara, aplastándola con su cuerpo y moviéndose como un animal salvaje mientras descargaba potentes chorros de semen en su interior.

Marc se incorporó y, tras darle un cariñoso beso en los labios a mi chica, se fue al baño.

—Joder, vaya polvazo cariño. —Ella asintió en silencio tumbada de lado aún con la respiración entrecortada— No veas lo cachondo que me he puesto. Me ha sido difícil contenerme y no intervenir.

—Lo siento. Aprovecha que no está, pero no me hagas moverme, que estoy agotada.

Sonriente, me acerqué y me coloqué detrás de mi esposa. Estaba ardiendo y tenía todo el cuerpo impregnado de sudor. Le acaricié su culito de melocotón y acerqué mi pene erecto hasta la entrada de su coñito. Parecía de mantequilla caliente. Se la metí casi sin darme cuenta. Una mezcla de fluidos vaginales y semen lo llenaban todo. Se la metía hasta el fondo sin que ella se moviera. Le acaricié las tetitas y me percaté de las marcas rojas por el roce con las manos y cara de nuestro amigo. Cuando estaba a punto de correrme me salí, y me puse de cuclillas en el sofá. Acerqué mi pene hasta su cara y ella asintió cuando entendió mis intenciones. Se lo puse en la boca y tras un par de movimientos de cadera me corrí. Sentí como mi semen salía a presión llenándole la boca. Pronto, un líquido viscoso manó por los labios de mi chica. Cuando terminé, ella abrió la boca y la corrida cayó sobre sus pequeños pechos.

Marc salía del baño justo cuando entrábamos nosotros.

—Muchas gracias a los dos —dijo educadamente.

—A ti. Todos hemos disfrutado —le contesté.

—¿Estás bien? —preguntó a Sara.

—Sí. Agotada, pero sí.

—Oye, pues si os ha gustado, si queréis os puedo presentar a unos amigos del gimnasio...

—¡¿Dos cómo tú?! —Contestó con los ojos abiertos de par en par.

—Bueno, eso lo tendrás que valorar tú.

—Ahora mismo no estoy ni para dar un paseo. Dales nuestro contacto y ya veremos...

Marc se despidió con un abrazo para cada uno y se fue, no sin antes guiñarle un ojo a Sara.

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