El restaurante chino
La noche cae sobre un restaurante chino vacío y el calor se vuelve insoportable. Agus sabe que la camarera está sola con su marido en la cocina, pero su instinto le dice que esta vez no se irá solo. Entre el sudor, el alcohol y el silencio del local, la barrera profesional se derrumba y la tentación se vuelve una trampa de la que ninguno querrá salir.
EL RESTAURANTE CHINO.
No me gusta la comida china. De hecho a poca gente que conozco le gusta, de ahí que generalmente los de dicha nacionalidad abran restaurantes “asiáticos” con mucha comida japonesa que esa sí que es rica. Pero siempre son baratos y muy serviciales. Puedes pedirles lo que quieras siempre que acuerdes el precio y lo pagues.
Y en el verano de 2021 cuando la pandemia se mitigaba mandé a los niños y a mi mujer a la casa de la playa de verano y me quedé a trabajar para acumular vacaciones de cara a un buen y merecido viaje.
La primera vez que entré en el restaurante chino fue a última hora de la noche, antes de cerrar, pues había salido con mis colegas a tomar copas y, al final, nos entró hambre y aunque era la hora de cerrar entramos. Sólo un restaurante chino estaría abierto en una ciudad interior de provincias un martes de verano casi a las 00:00 de la noche.
Salió a nuestro encuentro una pareja de chinos, él ya medio calvo y sudado, con un trapo al hombro, sin duda el cocinero. Ella debía de estar a punto de regresar a su casa pues llevaba una camiseta de tirantes, pantaloncito corto y sandalias para soportar el calor, no el típico uniforme de camarera. No llevaba nada bajo la camiseta, que aunque holgada y por fuera del pantalón, anunciaban un par de tetas de tamaño mediano y no caídas. De cara era mona para ser china y llevaba el pelo, largo, recogido en una coleta.
Por supuesto que no desperdiciaron tres clientes pese a lo avanzado de la hora. El chino se encerró en la cocina y ella nos acompañó a una mesa con sofá corrido pegado a la pared cerca de la salida del aire acondicionado del techo y lejos de la cocina, por el calor.
La situación era muy tentadora, pues me imaginaba la piel desnuda de la china, apenas tapada con un pantaloncito y una camiseta. Igual ni llevaba bragas. Y tenía mucho morbo seducirla allí mismo frente a su marido, algo posible según me avisó mi “sentido arácnido”. Así que comencé a “matar moscas con el rabo” que es lo que hace el diablo cuando se aburre.
- Disculpa camarera. Como habéis tenido la amabilidad de atendernos tan tarde, vamos a hacer mucho gasto ¿tenéis whisky?
- Sí, señol.
- Sácanos cuatro chupitos, por favor.
Aquí vino la chica con la bandeja, la botella y cuatro vasitos que llenó enseguida. Uno a uno, mis dos amigos y yo mismo bebimos su contenido. Respecto del cuarto, comencé mi acoso
- ¿Cómo te llamas?
- Ana, señol.
- Tu verdadero nombre, no el cómodo para los occidentales.
- Deng.
- Deng, a tu salud, bebe con nosotros.
- Señol, yo no debo bebel con clientes.
- Vale Deng. Estos son Alberto y Roberto y yo soy Agus. Ahora, una vez que nos conocemos ya somos amigos ¿eh?, no clientes. Sírvenos otro chupito a nosotros tres y brindemos: ¡Por Deng, que da de comer al hambriento y de beber al sediento!
- ¡Por Deng! Gritamos los tres chocando los vasitos –Deng, apurada cogió el suyo y también lo chocó y se lo bebió-
- ¡Pol Albelto, Lobelto y Agus!
- Jajajaaa –nos reímos de la mala pronunciación-.
Mientras la pareja de chinos estaba en la cocina, me acerqué al baño. Como sospeché, la acometida eléctrica del aire acondicionado apareció al levantar con cuidado de no mellar los bordes del techo una de las boquillas. Desemborné con cuidado el cable y la refrigeración se paró. Nos asaríamos pero la china bebería más y sus tetas y potorro transparentarían. Luego cogí cinco condones de la máquina que tenían en el baño, llené tres con el jabón de manos gris que había y los guardé en un rincón.
De seguido trajo la carta y decidimos pedir, pero estábamos muyyyy achispados.
Efectivamente, cuando regresó de la cocina con el vino, ya traía la piel resplandeciente de sudor, muy atractiva en general y más para tres borrachos en un bar. El calor en la cocina debía de ser tremendo pues cuando trajo la segunda botella de vino, su camiseta estaba empapada y ya se le veían perfectamente las redondeces de sus tetas, con forma de medio limón, no de pera, o sea, no caídas, sino puntiagudas y marcando pezones
- La comida va a taldal… estábamos a punto de celal.
- Claro, sin problema. Dinos qué tienes para comer-te, jejeje.
- Aquí tenel calta menú.
- Pero no sabemos qué tiene cada plato.
Como se la veía perjudicada, un tercio de cansancio de todo el día, un tercio el calor y un tercio el alcohol, palmeé el sitio en el sofá contiguo al mío sin darle tiempo a pensar.
- En la comida china todo tiene salsa y me confunde. Ven siéntate aquí conmigo, que se te ve cansada y nos vas explicando.
- A ver, Deng ¿tienes perros en almeja?
- No, no tengo pelos en la almeja.
- Jajajaja.
- Deng, Deng ¿tienes perros en curry?
- No, tampoco tengo pelos en culi. Está ploibido comel pelos en España.
- ¿Y ramen? ¿Tienes fideos ramen cho-cho?
-No, no lamen chocho.
-Jajajajaaj. ¿Y pechuga? ¿Podemos comérnosla?
- Sí, tenemos pollo.
- A ver, a ver, Deng, repite conmigo: soy un chico que no soy chino, que soy machito y me comeré tu pollo ¿tú también?
- ¿Yo? Sel chica, sel china, feminista y me comeré tu polla -respondió a la vez que pillaba lo que acababa de decir y sofocaba una risita-
- Juasjuasjuasjuasjuas –nos reímos mientras le servíamos otro chupito-.
- Tráenos una botella de blanco verdejo bien fresquito con cuatro copas, por favor.
Y a la cocina se fue.
- Esta china tiene potencial.
- ¡Y tanto!
Aquí vuelve con otra botella de vino y, sorpresa, directamente se sienta a mi lado, la descorcha y sirve cuatro copas.
- Bueno, Agus-el-glacioso, ¿qué tal si yo elijo comida pol vosotros?
- ¿Y tú? ¿Ya has cenado con tu marido antes? –indiqué con un gesto la cocina.
- No, Ming sel empleado. Mi malido estal en juego, apostando mientlas yo tlabajo.
Noté una fisura en su relación, pues contestó directamente la pregunta medio camuflada y no la primera más “presentable”. No había que darle tiempo a pensar.
- Decidido. Cenarás con nosotros y desde luego nos cobras tu consumición, vas a estar menos cansada para atendernos y, además, das más alegría a tu local. Y tú sabrás si quieres aprovecharte de estos bárbaros occidentales y pedir lo más caro para cenar, como marisco.
La sonrisa de la china fue enigmática y tímida pero sus ojos resplandecieron con la mención de hacer una gran caja esa noche. Levanté la copa y los cuatro acabamos su contenido. Deng se fue a la cocina a recitar el pedido.
Regresó haciendo bastantes eses con una gran ración de sushi y nuevamente se sentó a mi vera, mirando a los comensales esperando su aprobación al plato, que recibió.
- ¡Un juego, un juego! –propuse-
- ¿Cuál? Preguntó Roberto.
- ¿Deng tienes COVID-19?
- No, no tenel.
- Nosotros tampoco.
- No vamos a servirnos el sushi, el compañero de la izquierda sirve un sushi sorpresa al de la derecha.
De esta manera Deng tenía que concentrarse en mirarme a los ojos y a la boca, las partes más sensuales de la persona cuando está vestida. Cogió un sushi California, de esos con aguacate, pepino y queso de crema y fingí ascó.
- ¡Queso no! –levanté la nariz enseñando los dientes-.
- Tú comel, jejeje.
- ¡Que no!
- Sí, sí, tú comel. Seguil juego –Ya había caído en mi trampa, ahora no podría echarse atrás cuando le tocase algo que no quisiera hacer…-.
Deng me asió suavemente de la barbilla para bajarla y me metió con la mano un trozo de sushi que se me caía. Abrí los ojos, miré a los suyos, cogí su mano y le chupé primero su dedo índice y luego su dedo pulgar mientras le guiañaba el ojo. Fue nuestro primer roce… no sería el último ni el más íntimo. Se ruborizó…
La campanilla de la cocina, ¡DING!, sonó indicando que había otro plato listo para ser servido. Deng se incorporó como una autómata, momento que aproveché para galantemente sostenerle la servilleta que tenía en el regazo y ya de paso, toda su pierna derecha, desnuda y sudada, se rozó contra las yemas de mi mano izquierda dejando a su paso un surco de piel de gallina.
Me miró de soslayo mientras se alejaba de la caricia… Me sonrió y se fue al mostrador de la cocina. La china tenía la espalda totalmente empapada y el sudor había bajado al pantaloncito que al pegarse a la piel demostraba que no llevaba nada debajo o bien vestía tanga, pues sus nalgas se marcaban perfectamente lisas.
Regresó con una gran ración de rollitos de primavera y nuevamente se sentó a mi vera, mirando a los comensales esperando nuevamente su aprobación, que obtuvo. Esta vez di un paso más y con gran delicadeza, cogí su pierna derecha y la puse a caballo de mi pierna izquierda, que al usar yo pantalones cortos, resultó en el primer contacto piel contra piel, sin que la asiática protestara lo más mínimo, ni siquiera acusara recibo, aparentemente. Como si nada. Ni pestañeó, ni retiró la pierna…
- Otro juego, propuso esta vez mi colega Rober. Vamos a comer los rollitos sin cuchillo, tenedor, ni palillos, ni manos.
- ¡Halaaaa! –dijimos el resto-.
- ¿Y eso como se hace?
- Cada cual que se apañe como pueda.
Cogí el mío con los dientes, lo puse vertical y en punta sobre mi boca y lo fui masticando a medida que entraba, tal cual un dinosaurio o una serpiente. Rober lo comió como un cerdo orzando el suelo, masticándolo contra el plato. Y Beto apoyó su barbilla sobre el plato que se inclinó y deslizó el rollito hasta su boca que lo recibió.
Deng cometió la torpeza de morderlo de lado, con lo que no podía tragarlo. O sea, tal y como había previsto, se le quedó cruzado en la boca.
- ¿Te puedo ayudar?
- ¡Hmmm, hmmm! –asintió con la cabeza-
- Pero no puedo usar manos ni instrumentos ¿eh?
- ¡Hmmm, hmmm! –asintió con la cabeza, sonriéndose sofocadamente. Sin duda porque el rollito quemaba-.
La así de los brazos y volteé contra mí, y con mi boca cogí su rollito primavera. Inevitable e inevitadamente mis labios envolvieron los suyos, regodeándome en la faena, una vez, otra, y otra más, mientras ajustaba el tamaño de mis labios al bocado. Bajo mis dedos, noté de nuevo brotar una puntiaguda piel de gallina en Deng, quien frío, desde luego, no estaba sufriendo en esta noche tropical con aire acondicionado desconectado.
Le quité el rollito de su boca, la cual recibió la caricia entera de mis labios, sosteniéndolo con los dientes lo giré en redondo 90º con la lengua y se lo coloqué entre sus labios abiertos, mientras me miraba con sus ojos atónitos, también muy abiertos –todo lo abiertos que una oriental puede hacerlo-. Y lo introduje en su boca (el rollito, lector mal pensado) con la mía hasta juntar de nuevo nuestros labios, instante en que Deng cerró los ojos. Comencé a masticar la mitad que yo tenía y ella hizo lo propio con la suya. Pero no eran las mandíbulas de ambos las que mandaban, sino nuestros labios que se frotaban húmedamente, la comida sobraba, yo quería comer sólo su boca. Cuando terminé mi parte del bocado, sin soltarnos las bocas, le introduje la lengua por sus encías. Y ella, pese a que la comida ya había bajado a nuestros estómagos hacía un largo rato me limpió las migas de mis comisuras con sus belfos dos o tres veces y se separó con una tímida sonrisa, pero sin bajar su pierna de la mía…
Alcé mi copa, ella cogió la suya, brindamos y bebimos. Alberto y Roberto no siguieron comiendo rollitos, no porque no supieran maniobrar con ellos, como hemos visto, sino alucinados por el espectáculo que estábamos dando la chica y yo.
- ¡Es el mejor rollito chino que he comido en mi vida!
- Sí, aquí hay rollito, jejeje…
La campanilla de la cocina, ¡DING!, sonó indicando que había otro plato listo para ser servido. Esta vez Deng se apoyó con naturalidad en mi pierna al levantarse para apoyase, casi en mi paquete, que estaba apunto de estallar.
Tocaba marisco, la china se había propuesto realmente hacer caja y vaciar nuestros bolsillos… Y yo me había propuesto liberar mi paquete y liberar mis testículos…
La verdad que el buey de mar estaba muy bueno. Pero al partirlo con las pinzas saltaban trozos, que inevitablemente nos manchaban los polos que llevábamos, que eran caros, así que me iba a ponerme la servilleta cuando Deng, muy femenina, me la arrebató de las manos y me la metió por el cuello de la camisa y luego buscó mi contacto, aplanándola contra mi pecho con sus dos palmas abiertas, sin prisas, dos veces.
Uno que es un caballero (¿En serio? Ni de coña) sintió que tenía que hacer lo propio. Así que retiré la servilleta del regazo de Deng y mi dedo índice “tonto” nuevamente aró la piel de las piernas de la chica, subió por su mojada, casi transparente camiseta, rozó el pezón izquierdo, empitonado totalmente y, en lógica reciprocidad caballeresca (¡ja!) tras colgarla del cuello, la aplané contra sus tetas, sin prisas, dos veces, notando los pezones en las palmas de mi mano. Me encantó su enigmática sonrisa, que podría ser la misma que cuando te indica al llegar al restaurante dónde están los servicios que una invitación al fornicio…
Obviamente, Beto y Rober habían dejado de comer, de hecho tenían la boca abierta mirando el espectáculo, por lo que les hice un gesto queriendo decir “tíos, cortaos un poco y no nos miréis tan descaradamente”.
La verdad que el buey de mar estaba delicioso y cada vez que Deng y yo nos pasábamos las pinzas de cascar el caparazón y las patas nuestras manos se detenían en la del otro. Sudadas y electrizadas como estaban, yo tenía una empalmada de narices. Pero el vino hacía estragos también en mi vejiga así que le cogí una mano a la china, se la besé y le pedí permiso para ir al baño, pues tenía que dejarme salir del sofá levantándose ella.
Se incorporó con su enigmática sonrisa. Supongo que como no dejaba de ser la camarera y es la costumbre en todo restaurante que se precie, no sólo me dejó pasar, sino que me indicó que la siguiera al W.C. Lo sorprendente es que entró conmigo y se me quedó mirando.
- ¡Qué coño! Antes de comprar el producto hay que mirarlo ¿verdad?
Normalmente me hubiera bajado la bragueta, sacado el pene y orinado, pero quería lucirme, así que me bajé el pantalón, retiré un poco el polo y empalmadísimo como estaba me propuse orinar. Ya sabéis que es difícil mear cuando estás trempado, pasa el rato, miras a la polla, miras al inodoro, miras a un lado… Y al otro estaba Deng mirando mi verga, sin disimulo.
- ¿Es cierto que los chinos tienen el pene pequeñito, Deng?
- No sabel, sólo conocel polla china ¡hics! El tuyo glande, más glande que mi marido. ¿Te lo has alalgado, opelado? ¡hics!
- No, no, natural, de fábrica –añadí mientras sacudía las últimas gotas de la olorosa orina alcoholizada-. ¡Este pis apesta!
Como lo más natural del mundo, como si me diera una toallita a la salida del baño, me acerca una toallita húmeda y perfumada de tela de esas que te dan en los restaurantes chinos, tibias, para limpiarse las manos
- ¿Quieres hacer los honores, Deng? –le dije extendiendo las manos pero con mi pene aún hiniesto, “dejando la pelota en su tejado”-.
- Tú sucio, jijiji ¡hics!. -Dijo mientras me limpiaba la polla.
- ¿Y tú eres china o co-china? Jejeje –respondí mientras con un dedo punzaba conscientemente su vejiga, que calculaba que tampoco resistiría mucho antes de necesitar aliviarla-.
Y, supongo que en esa reciprocidad que nos dábamos, ante mi sorpresa, y como si yo no estuviera, o precisamente por eso mismo, se bajó su pantalón y su tanga, se sentó en el inodoro y se puso a mear frente a mí.
- Tienes una vulba muy bonita, Deng. Pero muy bien afeitadita. La veo un poco más oscura que la de las mujeres blancas –dije provocativamente-
- ¿En selio? Pues yo no tomal sol, mi coño sel así siempre –contestó sin dejar de mirar mi rabo, blandido (bandido también) ante ella-.
- ¿Y te cuida bien tu marido este chochito? Me da que lo tiene abandonado ¿Sabes que se te puede cerrar el agujero de no usarlo, jejeje? –añadí mientras con mi dedo índice recorría mi pene cuan largo era-
- No quelel más embalazos –seguía mirando mi miembro-
Anticipando la respuesta a mi pregunta, aproveché la oportunidad, poniendo mi verga frente a su cara mientras con dos dedos alrededor de ésta hacía el gesto de pajear.
- Entonces ¿así es como satisfaces las necesidades de tu marido?
- Sí, cuando venil a casa yo pajas.
Y aquí vino la maravilla de las palabras perfectas juntar los labios para luego separarlos, a la vez que le doy una excusa para ponerle los cuernos a su cónyuge:
- ¿Y usa putas?
- ¿PU-TAS? –añadió más a la defensiva que enfadada, como sospechando sobre algún recuerdo-.
En cuanto separó los labios al pronunciar el “TAS” le introduje mi polla en su boca. Sus ojos bizquearon al contemplar mi bajo vientre pegado a los mismos.
- Deng. En la amistad de toda la vida que acabamos de inaugurar, me permito indicarte que puedes hacer muy feliz a tu marido así, con la técnica que vas a tener el privilegio de practicar aquí y ahora –dije con todo el cinismo del mundo mientras restregaba mi glande contra el fondo de la boca de la chica, que empezaba tener arcadas-.
- ¡Hmmmm! ¡Hmmmmm!
- El truco consiste en la velocidad. Si quieres que me corra rápido me lameteas la punta del nabo. Si deseas que aguante, tragas más a fondo y me coges la polla menos firmemente. Entiendo que te está gustando, cacho puta.
- ¡Hmmmm! ¡Hmmmmm!
- Eso, ya oigo que te relames, bébeme pues –más cinismo-.
Mi simiente espesa y caliente comenzó a inundar la epiglotis de la china, quien, al sólo poder respirar por la nariz y tener toda la boca llena de mi ser, no pudo sino empezar a tragar la lefa, con olor a lejía.
- Ahora sórbeme los restos de los canales de la uretra. Debes darle más placer a tu amante vaciándole la polla chupando mientras eyacula.
- ¡Hmmmm! ¡Hmmmmm! –negaba con la cabeza, con lo que le tapé los agujeros de la nariz-.
Comprendió que tenía que sorber mis espermatozoides, a fin de que mi polla liberara su boca para respirar. Sus papos se juntaron y su cabeza iba atrás y adelante mientras me ordeñaba y tragaba. Sus ojos, muy abiertos (todo lo abiertos que puede una china) mi miraban alucinados. Me estaba corriendo tanto que tuve dos oleadas de semen.
Satisfecho retiré la verga de la boca de la asiática, que comenzó a respirar. Sorprendentemente no vomitó sino que seguía observándome, patidifusa.
- ¿Te ha gustado la mamada más que a mí, eh, Deng?
- Me ha excitado podel de tu polla en mia boca. Que me obligalas a tlagal semen me ha hecho mojalme y sentilme muy puta.
- Ya te he dicho que eres muy co-china.
- ¡Co-china! ¡Qué glacioso eles Agus! ¡Hics!
- Tienes una vulba muy bonita, Deng. Pero muy bien afeitadita. Se nota que no has parido.
- Glacias. No, cesálea. Dos niños.
- Así no fuerzas la vagina en el parto y agarra mejor al follar que si hubiera parido ¿eh? La veo un poco más oscura que la de las mujeres blancas –dije provocativamente-
- ¿En selio? Pues yo no tomal sol, mi coño sel así siempre –acabó de mear-.
- Pues es una pena que ese potorro no se exhiba al sol en tu terraza o en una playa…
- Mi malido no dejalia. ¡Hics! Yo cleel que a españoles sólo gustal blancas y latinas, ni neglas ni chinitas –añadió mientras se abría de piernas-.
- Sí, precioso y muy bien afeitadito –comprobé mientras sin permiso pero sin oposición pude secarle sus pises con un papel higiénico que pasé con cuidado por unos labios exteriores muy hinchados por la excitación-.
- Glacias ¡Hics!
- ¿Te cuida bien tu marido este chochito? Me da que lo tiene abandonado ¿sabes que se te puede cerrar el agujero de no usarlo, jejeje? –tanteé mientras le pasaba las yemas de los dedos índice y corazón entre la ingle y la vulva-.
Ella, temblando de excitación, todavía sentada en el inodoro, miraba como pasaba el dorso de mi mano izquierda por su teta a través de la camiseta, pero no se fijó bien en lo que hacía mi otra mano…
- Deliciosamente prieto –moví mi dedo dentro de su húmedo chocho-. Vamos a ver si estás bien limpita.
Con lo caliente que estaba, la china se corrió al tercer movimiento de paja
- ¡Aaahhhhhh! ¡Ahhhhhhh! Me vas a buscal la luina ¡hics!
- Ya veo que tu marido te tiene muy abandonada.
- Tú cochino ¡hics!, yo lavalte las manos y ahora susias otla vez con mi culito –Dio un respingo mientras se subía tanga y pantaloncito y me empujaba hacia el comedor-.
La china disimuló un rato antes de salir hacia el salón del restaurante y llevarse los platos sucios y fuentes vacías a la cocina. Momento en que pensé largar a mis amigos, pero dejar a la chica sola a expensas de que su empleado la chantajease si me salían bien mis planes no me molaba. Una cena de tres no es tan sospechosa como quedarse un cliente a solas con la jefa.
Deng apareció con una fuente de fideos fritos con gambas, pollo, verduras y todos esos condimentos típicos. Dimos la aprobación a ese plato que parecía delicioso.
- Deng ¡qué bien sabes chupar! -Le dijo Beto al observarla sorber los fideos desde el plato usando los palillos como mera ayuda-.
- Juas, juas, juas, juas –reímos Rober y yo-.
- ¡Qué glacioso, Beto! Ahola toca juego a la chinita tonta. Os ponéis palillo en cabeza y no puede caer mientras coméis y yo os hago cosquillas con otro palillo.
A Beto le empezó a hacer cosquillas en la nariz, con lo que no sólo se le cayó el palillo, sino que estornudó y llenó de mocos su plato y ropa.
- Juas, juas, juas, juas –reímos Deng, Rober y yo- ¡Pringaooo!
Tuvo que irse a lavar la cara al baño. Rober aguantó estoicamente mientras Deng le tocaba con el palillo el interior de las orejas y oídos. Al principio. Pero se descontroló y se puso violentamente de pie con lo que casi tira la mesa, pero desde luego tiró su plato que le manchó camiseta y pantalón. Otro amigo al baño a asearse.
- Juas, juas, juas, juas –reímos Deng y yo- ¡Pringaooo!
Solos mientras mis amigos se limpiaban, Deng se sentó a mi lado, subió su pierna sobre la mía y comenzó a hurgarme la boca con el palillo, pero sensualmente: lo metía entre mis labios y encías, como antes le había pasado yo la lengua por su boca. De ahí cambiaba a pasarla bajo mi lengua, por la abertura de mis labios, por el límite entre éstos y la piel. Vamos, un morreo en toda regla dado con un palillo, no con sus labios. Me iba poniendo súper excitado. Y concentrado como estaba en que no se cayera mi palillo en mi cabeza, no me percaté, hasta que fue tarde (siempre es tarde, jejeje), que me bajó la bragueta con la otra mano, me cogió el prepucio a través del calzoncillo y comenzó así a masajearme el glande. Lo suficientemente rápido para sentirme en la gloria y lo suficientemente lento para que sólo fuera un calentamiento, no había riesgo de paja.
- ¿Sabes que se te puede cael el pene de no usarlo? ¡Hics! Me da que la señola Agus lo tiene abandonado –me imitó la conversación en el baño-.
- Está de vacaciones… De todos modos si los chinos tienen trancas pequeñas, las chinas tendrán potorros enanos, no como las negras…
- Tu dedito ya sabel ¡hics!
- Y le gustó mucho a mi dedito tu chochito. Pero sólo hay una manera de comprobar si tienes el coño pequeñito o no y si puedes hacer feliz a un amante occidental. Te puedes clavar mi tranca –aposté más alto mientras sacaba de un bolsillo de atrás un condón en su sobre y se lo ponía encima de la mesa-
En esto regresaban del baño hablando ruidosamente Beto y Rober. A toda prisa, Deng se guardó el condón sobre la mesa en un bolsillo y se despidió de mi polla cogiéndola con el puño y moviéndola dos veces, amagando la paja que no me hizo.
- Agus aguantal palillo conmigo ¡hics!.
- Más bien estar palote contigo, juasjuasjuasjuas.
- ¿Palote? ¡Hics!
- ¡Y te quiere comer los pechotes! Juasjuasjuasjuas.
- No pechuga –contestó imperturbable-. Yo escogel solomillo plancha salsa teppanyaki.
- El solomillo ese que te vas a comer ¿va a ser de raza Angus o de Agus? Juasjuasjuasjuas.
- Ya vale la bromita. Deng ¿sabes usar cuchillo y tenedor?
- No sabel ¡hics!
- Pues el siguiente juego es que nos des de comer con cuchillo y tenedor. Nosotros tenemos que comernos tal y como nos lo des.
Rober casi se atraganta pues los trozos que le sirvió Deng eran muy gordos. Beto masticaba medio solomillo fuera de la boca, como si fuera un animal salvaje, para poder tragarlo sin ahogarse.
- A mí dámelo a la boca pero en trozos pequeños –pedí-.
- ¿Tú dalme a mí? No quielo calne fría¡hics!
- Eso, eso, métele tu solomillo bien caliente. Juasjuasjuasjuas.
Corté todo el solomillo de la camera en trocitos en un momento. Mientras a ella, dada su falta de pericia, le llevó mucho rato el trocear la pieza de carne. Dado que todos miraban la faena, como yo estaba girado hacia ella, no se veía que, mientras mi brazo derecho estaba dándole de comer a Deng, mi mano izquierda soltó el botón de sus shorts –no se movió, ni parpadeó casi- y comencé a hacer circulitos con el dorso de mi dedo índice por la parte superior de su vulva, desde casi el ombligo, hasta su braga y sus separados labios exteriores.
- ¿Estal solomillo lico? ¡hics! Ella seguía imperturbable.
- Sí, Deng. Me gusta la comida. ¿La ponéis en plásticos para llevar a casa? –Le dije mientras le removía con mimo otro sobrecito con su condón en la entrada a su órgano.
- Sí, yo ponelte plastico aquí para no escapal salsa y estal bien caliente –replicó con su sonrisa de sota-.
- ¿Y no prefieres el solomillo sin plástico para que lo disfrutes mejor? ¿Yo creo que la salsa ya la has probado? Jejeje –la yema de mi dedo índice, le acariciaba la punta de su clítoris-.
- Aunque lación glande, yo quelel metelme solomillo entle pecho y espalda, como dicen españoles –Y su mano derecha, la que estaba entre el sofá y su cuerpo me tiró dos veces del pantalón a través del glande-.
¡DING! sonó la campanilla de la cocina y Deng partió a recogerla. Esta vez trajo unos postres variados, botellas de licor y puros habanos en sus funditas de aluminio, algo prohibido pero seguro que no era la única regla que se saltaban en ese restaurante. Pero yo no quería nutrirme más, sino comerme a la china, cuyas intenciones me había declarado.
- ¡Chicos! Hora de que os larguéis. Creo que aquí hay tema. Ya pago yo y haremos cuentas…
- Ya te digo ¡qué cabrón!
- Bueno Deng, que me cierran el aparcamiento del Hospital. Me tengo que ir –mintió Rober-.
- Pues yo también me largo ¿Me llevas a casa? –se excusó Beto-.
- Claro.
- Hasta luego señoles –les despidió Deng desde la puerta- ¡Hics!
Bajó la persiana del establecimiento. Apagó las luces y se fue a la cocina. Algo le dijo al cocinero pues oí que se iba por la puerta de atrás. Supongo que le diría que ya nos habíamos largado y que cerraría ella. Poco después se oyó la puerta del callejón trasero golpear su marco y el volteo de una cerradura.
Deng apareció ante la mesa desde la cocina, en la penumbra. Estaba tiritando de excitación, casi estaba helada pese al calor.
- ¿Postle? –Se puso de pie, pegada, a mi lado, como anotando un pedido-.
- Creo que el postre eres tú… ¿eres dulce? –contesté pasando un dedo desde su barbilla hasta su ombligo, por mitad de sus pechos, hiniestos. Noté su escalofrío-.
- Depende de pala quien y qué postle pida ¡hics!
- Quiero libar tus limones -dije levantando su mojada camiseta y chupando los puntiagudos pezones de sus pechos, salados de sudor-.
Pero todavía le gustaba más que metiera la lengua por debajo, entre sus tetas y su pecho, momento en el que se estremecía y gemía de excitación. Introdujo sus manos por mi cuello, acariciando mi espalda y mirándome. Sus ojos seguían siendo inescrutables pero su cuerpo me indicaba que quería dejarse hacer…
Se dejó bajar el short y la tanga, quedando al descubierto su limpio monte de Venus, con los labios hinchados de excitación, tan caliente estaba que la tanga tenía un resto solidificado de fluidos vaginales, como un haba de gel fijador de pelo.
Con un dedo comencé a frotarle entre los labios exteriores y los interiores, muy lubricados. Cada vez que mi índice iba o volvía, notaba cómo sus manos me acariciaban la espalda, como acoplándose a mi ritmo pero sin atreverse a más.
Le quité la camiseta y la senté a horcajadas sobre mí, las piernas desnudas contra las piernas desnudas, las suyas casi totalmente abiertas. La asiática también me quitó mi polo, de modo que quedamos torso desnudo contra torso desnudo, yo sudado y tibio, ella con piel de gallina y helada por el erotismo.
Le coloqué su cadera sobre la mía, su concha apretada contra mi pantalón, notando la pulsión de mi polla contra sus labios y la frustración de no ser penetrada, algo que caliente mucho a las tías occidentales y también a las chinas como comprobé, pues empezó a frotarse contra mi paquete. Mucho más a medida que le besuqueaba el cuello bajo las orejas y tomaba el ritmo de su entrepierna con mis manos hasta llegar a un constante frota, frota.
- ¡Ñññññgggggggahhhhhhhhh! –se corrió muy rápido, me pilló por sorpresa. Hasta viniéndose era enigmática.
Pese a la erección noté perfectamente como su humedad tomó posesión de mi pantalón con el orgasmo, una gran cantidad de agua bajó de su chocho. Debía ser lo que llaman eyaculación femenina.
Estaba pensando esto cuando bajó su cabeza y comenzó a pegarme un muerdo de órdago mientras notaba como su cuerpo se contoneaba siguiendo la forma de una ese una y otra vez recogiendo contra mi paquete las briznas de su orgasmo. La tía sabía lo que quería, pues me atacó con su cabeza girada sobre la mía, postura en que labios y lenguas se rozan totalmente y me manejaba la cabeza cogiéndome suavemente de mis orejas.
- Tú habelme calentado mucho, Agus. Me encanta tu boca. Al besalme me he mojado entelita –comentó mientras se incorporaba y me retiraba mi pantalón, mi calzoncillo y comenzaba a masajearme mi lubricadísima y ya morada polla.
- Tú tampoco eres manca, Deng, nunca mejor dicho. Me ha gustado mucho cuando me mirabas la polla como una cerda. No me has contestado si la de tu marido es pequeñita. Vamos a ver si tu coño es suficientemente profundo le dije mientras le metía un dedo en el mismo.
- ¡Urggg! -Se le escapó un sonido gutural-
Seguramente pensó que la iba a penetrar. En vez de ello la tumbé en la mesa donde habíamos comido, regresé a mi sitio y comencé a mordisquearle suavemente sus labios exteriores a la vez que amagaba con mi lengua la penetración. Pensaba que se le iba a romper la cadera. Abierta como estaba de piernas, totalmente, y la espalda encorvada parecía que iba a romperse de un momento a otro.
Cambié la tonada en medio del concierto, como quien dice, y le atrapé su clítoris con mi pulgar izquierdo (con mi mujer uso el derecho y con las amantes el izquierdo, por higiene), que froté firme pero no duramente arriba y abajo, izquierda y derecha y por fin en círculos.
Su entrada a la vagina no sabía ni olía a nada. Tenía pinta de estar siempre limpia, y desde luego se había lavado bien con la corrida contra mi pantalón.
-¡Ahhhhhhhh! –se corrió otra vez-.
Me incorporé y coloqué la longitud de mi miembro en el canal de su coño, despatarrada como estaba ya en la mesa. Sin meter la polla, la paseaba arriba y abajo por su húmeda abertura. Lo que más me sorprendió es que, quizás porque había perdido el control frente a mí por primera vez en su anterior corrida, hablaba sin parar.
- Nunca he follado con un occidental…
- ¿Y quién te dice que vayamos a follar, Deng?
- MÉ-TE-ME-LA, pol favol, necesito tu PO-LLA –se turbaba-.
- Igual es muy grande y te rompo CO-CHINA.
- Lómpeme, Agus, métemela.
- No quiero, que te embarazo y además tú tienes que ser fiel a tu marido.
- Los chinos casal pol inteles no pol amol. ¡Arf, arf, arf! ¡Yo ya dado dos niños! -Gemía de calentura, moviéndose hacia mí en un intento de clavarse en mi polla, cosa que yo evitaba acercando más la base de mis huevos a su agujero y alejando por tanto el glande- ¡MÉ-TE-ME-LA, pol favol, quielo tu PO-LLA!
- Peor me lo pones porque vete a saber en qué agujero ha guardado su pichita aparte de en el tuyo. ¿Y a quién te has cepillado tú?
- Desde vuelta china ultima vez solo con él. Lo demás pajas…
- ¿Y en qué piensas cuando te pajeas co-chinita? ¿En cocineros y camareros sudorosos?
- En que un blanco alto y guapo como tú me meta su pollón, como en pelis polno con asiaticas.
- ¿Te gusta el porno y hacerte pajas, eh? Creo que me voy a casa, que mi mujer se estará empezando a mosquear –dije bruscamente-.
La trampa fue perfecta porque se quedó tan cortada que no esperó lo que iba a hacer realmente. El haber sido chasqueada le redujo la hinchazón en el interior de la vagina. La penetración, total, la cogió por sorpresa y mi pene quedó fuertemente abrazado en ella. Las ventajas de la cesárea eran evidentes, pues me acogió el glande como una virgen en el día de su boda, sin las sobredilataciones que tienen las parturientas, que te fuerzan a buscar las paredes vaginales para hacerles y hacerte tú el trabajito.
- Ya ves que te cabe el solomillo ¿cuál te gusta más?
- Eles un celdo ¡hics!. ¡Me encanta que me llenen con polla glande! ¡Arf, arf, arf!
- Te voy a llenar de leche, co-china.
Se río con la broma pese a que le caía la baba de gusto y lujuria. Sus ojos ya no eran inescrutables. Al contrario, arrojaban la imagen de su verdadero yo. Una verdadera ninfómana a la que le gustaba el sexo por el sexo que me cabalgaba como una posesa, ordeñándome sin piedad… La haría correr al menos otra vez más antes de venirme yo. Para eso comencé a ser activo moviendo mi cadera acomodándola a la suya, de modo que mi polla hiciera un recorrido en forma de ese, desde su agujero que se frotaba contra mi vientre hasta el fondo de su vagina.
Provoqué su sobreexcitación:
- Espero que hayas tomado anticonceptivos, si el pito de los chinos es pequeñito y el de los blancos grande, espera a ver la lechada que te voy a dejar en tu vientre de perra en celo. Me voy a verter entero en tus trompas de Falopio y tu marido no va a poder entrar por la puerta con esos cuernazos.
Puso los ojos en blanco, asió con sus manos mis muñecas y se corrió ruidosamente.
- ¡Ahhhhhgggggggg! ¡Ahhhhhgggggggg! ¡Ahhhhhgggggggg!
- ¡Ahhhhhgggggggg! ¡Ahhhhhgggggggg! ¡Ahhhhhgggggggg! –Era mi turno de eyacular y ella instintivamente me empujó más a dentro, prolongando su orgasmo-.
- ¡Ahhhhhgggggggg! ¡Ahhhhhgggggggg! ¡Ahhhhhgggggggg!
Deng quedó exhausta y despatarrada en la mesa y pinchada en mí. Cuando retiré mi satisfecho falo, ella, como si no hubiera pasado nada, se levantó y comenzó a retirar hacia la cocina desnuda como iba, platos y vasos. Al regresar, le caía un hilillo de fluidos y de semen por las piernas que le hice observar. Sin pestañear, se pasó una servilleta que apiló en la bandeja junto con la siguiente tanda de cubiertos y botellas vacías. Era flipante esta asiática, autómata y práctica como un robot. Indagaría sus límites y sus cortocircuitos.
La senté a caballo entre mis piernas, recuperando el tacto piel contra piel que tanto me había excitado durante la cena. Girada para magrear sus tetas y para calentarla más besando su barbilla y quijada, mientras su cadera volvía a ponerse en marcha y hacía ruiditos por la exitación que le provocaban mis manos en sus tetas y en su ingle, evitando el coño -¡Gggggg! ¡Gggggg!–
A mí me excita más el morbo y el dar placer que el que recibirlo yo. Bueno, casi. Tanteando la mesa, encontré lo que deseaba... Solté el muerdo de nuestras bocas
- ¡Glups, glups!¿Tú fumas, Deng?
- ¡No, hics! ¿Por?
Su espalda se encabritó alejando su boca de mí en cuanto notó que la enorme funda de aluminio del enorme habano con el que había querido agasajarnos entraba en su hasta entonces virgen culo. El efecto fue el contrario al que seguramente pretendió, pues al brincar y cerrar ligeramente las piernas, el improvisado consolador se le introdujo casi entero. Menos mal que pude retener la punta. No quería dar explicaciones ni en mi Hospital ni en ninguno otro, que soy conocido en todo Burgos…
La coloqué en volandas sobre mis rodillas mirándome de frente con sus piernas muy abiertas sobre las mías, que le impedían cerrarlas.
Comencé a hacerle una paja cular con la cápsula. En esa postura noté algo de resistencia en los intestinos al mete y saca del aluminio. Sus ojos literalmente bizqueaban protestando, o quizás, al contrario, agradecida por la desmedida intrusión anal. En cualquier caso, nuevamente se dejó hacer.
Una musiquita tonta. Se iluminó el teléfono enseñando un nombre en chino y el número. Su marido. No por ello alivié la presión sobre el culo de la china, quien comenzó a disfrutar del roce tanto en su forzado orto como en sus tripas. Sus piernas temblaban por sostenerla sin desfallecer del gusto humillante a la que le estaba sometiendo y su boca se retorcía de gusto pero su voz se mantenía inalterable mientras contestaba con monosílabos a su esposo. Había que hacerla estallar, a esta guarra le gustaba que la vejasen.
- Deng, estás disfrutando como un travesti enculado sin condón en un polígono de las afueras –le susurré al oído libre del móvil-.
-¡Gggggg! ¡Gggggg!
- Seguro que tu marido no te había forzado nunca el orto. Dile que venga a verte para que aprenda como se corre una prostituta.
-¡Gggggg! ¡Gggggg!
- Dile que te vas a divorciar y que te vas a casar con mi pastor alemán. Lo tengo adiestrado para que se folle guarras como tú. Olisquea el culo de sus novias y luego las monta a cuatro patas por el ano y se corre dentro, varias veces en cinco minutos -Musitó algo que parecía una disculpa y con las manos temblorosas colgó el teléfono-.
- Eles un…. ¡CEEEEL-DOOOOOOOOOO! -Se corrió convulsionando su espalda como una loca-. Tuve que hacer un esfuerzo por controlar el envase del habano, pues se estaba masturbando el culo contra él, casi buscando el dolor en medio de su orgasmo- ¡CELDOOOOOO! ¡AGGGGGGGG! –su cintura daba pequeños botes clavándose una y otra vez en el consolador anal mientras se deleitaba en el orgasmo tan largo como era-.
La seguí al w.c. mirando divertido por detrás cómo mantenía la funda del puro en el interior su culo con la mano. Se sentó en la taza con cierto gesto de dolor –esta vez entró en el baño de mujeres- y al sacarse el tubo se vació inmediatamente el contenido de sus tripas.
- ¿Qué me has hecho? Tú dalme vuelta a tlipa y a culo.
- Que te corras como una perra –le contesté divertido apoyado en el marco de la puerta mientras observaba la maniobra-.
- Yo tenel límites ¡hics!.
- Pues hoy te lo has pasado bomba sobrepasándolos, jejeje.
- Me estoy descagando… -añadió mientras se aferraba al inodoro como si fuera a caerse de la evacuación fecal-.
- Es la sensación de tener el culo aún abierto, pero no cae nada. Ponte con la cabeza hacia abajo y el culo em pompa hacia arriba. Cierra los ojos y no pienses en nada para poner todo en su sitio. Ten cuidado que no se te enfríen los intestinos, jejeje.
Deng cerró los ojos y comenzó a hiperventilar buscando que su aparato digestivo se configurara para ser usado de adentro a fuera y no al revés. Bajó la cabeza, cogió aire por la boca y… notó la siguiente humillación.
- Querida Deng, como en tu restaurante chino, yo también doy tres platos.
- ¡Aggggggggg! ¡Ayyyy!
- ¿A qué está bueno mi solomillo? –pregunté mientras le asía su cadera mientras la montaba por su ano.
Sus manos seguían atenazas al w.c. y sus ojos me miraban lacrimosos hacia atrás mientras su boca se retorcía en muecas. Pero se dejaba hacer. No oí un “no es no”, como dicen los del Gobierno. De la boca de la china no salió una sola nota aunque mi rabo iba y venía contra la primera curva de su intestino grueso.
- Verás bonita, con el semen se te va a poner el ano en su sitio más fácilmente.
- Colete tú que ya que yo ya me he colido mucho y estal dololida.
Pero me pudo la pasividad de Deng y la sensación de que era un objeto sexual sin límite. Fingí un orgasmo y salí de su ser. La china inmediatamente se puso a vaciar sus intestinos en la taza del water, momento en que le puse el miembro delante de su boca y le dije.
- Déjamela bien limpia, zorrita –empezó a chupar, sin dudar-.
- ¡Mmmmm! ¡mmmmm! –por sus retorcimientos noté que se estaba yendo, tanto corriéndose como descagándose. Noté que mi semen volvía a manar, caliente y líquido directamente a la epiglotis de la chica, quien se agarró aún más fuerte al retrete y oí y olí como se le descontrolaba el esfínter y se cagaba y se corría otra vez a medida que yo la llenaba de lefa y de mierda su boca.
Cogió aire y soltando los manos del baqueteado cagadero me asió la verga masajeándola para empujar los restos más sólidos de semen hacia el glande, el cual, rodeado por sus carnosos labios, estaba siendo succionando, limpiándolo de los restos de eyaculación y de caca que tragaba con aparente deleite…
- ¡Mmmmm! ¡mmmmm!
Se metió papel por el culo para evitar más pérdidas, se lavó las manos y con la mano en su esfínter, con una ligera cojera, dolorida como estaba todavía por el doble estreno de su ano, volvió al salón del restaurante, ya vestida, y me dio la factura. Muy fría y muy profesional. Pagué la cuenta sin ni siquiera mirarla.
- ¿Y plopina? ¿Selvicio no sel bueno?
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