Xtories

La pelirroja

Alba siempre tuvo esa mirada que prometía más de lo que su fachada de chica buena dejaba entrever. Esa noche, lejos de casa y bajo la luz de las farolas, decidió que no habría vuelta atrás: Raúl no se enteraría, pero el callejón sí lo vería todo.

Zeta22K vistas9.1· 13 votos

No era la primera vez que me cruzaba con esa condenada pelirroja. La había visto subirse un par de veces al mismo bus que me cogía yo para ver a mis amigos. Pero no esperaba encontrármela en un garito nocturno de la capital, tan alejado de nuestras ciudades. Al parecer, era la novia de uno de los chavales con el que estaba esta noche. Si lees esto, te diría que lo siento, Raúl, pero eres lo suficientemente capullo como para merecértelo. La chica en cuestión, llamada Alba, era la típica persona que parecía sacada de un cuento de hadas. Bajita, pequeña, con unas curvas proporcionadas y sexis, pelo liso de color rojo oscuro, ojos verdes penetrantes y sonrisa dulce y coqueta. Una fachada de chica buena que me demostró pronto que era mero maquillaje, como el que teñía su cara esa noche. De hecho, su rostro era similar al de la actriz de "Gambito de dama", con esos ojillos saltones. Pese a que la noche había empezado de forma un tanto tensa y con varias confusiones, una vez nos reunimos todo el grupo en ese garito, todo empezó a mejorar. Ahí fue cuando me enteré de quién era Alba.

Después de un par de copas, ella y yo no dejábamos de echarnos miradas. Cosa que seguramente molestase a Raúl más de lo que demostraba con su expresión facial.

-Zeta... -Me miró, con una sonrisa leve, pronunciando la "z" como si fuese una "s", por culpa del alcohol.

-Dime, zanahoria. -Se rió de forma tierna, como cada vez que le llamaba por ese apodo que le había puesto tras presentarnos.

-¿Me acompañas a fumar?

-Venga, dale. -Nos levantamos ante la atenta mirada de Raúl, que sabía perfectamente que ella era la única del grupo que fumaba.

Salimos entre risas, comentando cualquier banalidad que ni recuerdo ni viene al cuento. Se encendió el cigarrillo mientras caminábamos por la solitaria carretera, entre los coches aparcados. Sin rumbo fijado, acabamos en un callejón aún más solitario, en el que me ofreció el cigarro. Sin mucho convencimiento, quizá impulsado por el calentón y el alcohol, lo cogí y le di una calada.

-Mira tío... No sé que tienes, si es esa mirada, tu cuello, tu voz, tus brazos... O todo, pero me tienes cachonda de cojones. Así que, por favor, cómeme, fóllame o hazme lo que quieras. -Ante su confesión me quedé callado, mirándola. Me parecía una situación surrealista, pero teniendo en cuenta el cómo iba mi vida actualmente... esto me parecía algo bastante normal.

-¿Y...? -Antes de poder preguntarle por Raúl, me cogió del cuello de la camiseta y me inclinó hacia abajo, poniéndome a su altura, besándome con pasión. El cigarrillo, como era de esperar, terminó en el suelo a falta de tres caladas.

Quizá debería haberlo cortado ahora que estaba a tiempo, pero lo último que me apetecía era pensar. La cogí de la cintura, sentándola en el capó de un coche. Aún con la cosa de decir "¿y si salta la puta alarma?" le metimos más ganas al beso, uniendo nuestras lenguas en un secreto baile entre nuestros labios. Bajo su falda se empezaba a notar su incipiente calentón, hecho que pude comprobar cuando dirigió mi mano derecha a su entrepierna.

Sobre el tanga empecé a frotar su encharcado coño, callando sus gemidos con mis labios, los cuales recorrieron su cuello antes de empezar a tocarla. Me miró, suplicándome que le "metiese algo ya, hostias". Descartando rápidamente la postura en la que estábamos, la cogí de la cintura, clavándole los dedos (como tanto sabía que le gustaba que hiciese) hasta levantarla del coche y pegarle a una pared. Pegando mi pecho a su espalda, bajé la mano hasta su coño, levantando tanto la falda que cualquiera que nos viese vería perfectamente lo que sucedía. Metí tres dedos, sin preguntar, imaginando que con lo lubricada que estaba entraría fácilmente. Y no fallé, tan cómodo cómo podía ser esa postura que tanto conocía, alojé en su interior los tres dedos, robándole un grito de placer mientras apoyaba las manos en la pared. Tapándole la boca con la otra mano, empecé a masturbarla con ganas, escuchando su respiración ahogada y el movimiento de sus fluidos dentro de su caliente coño. Tan pronto como la mano empezó a sufrir las consecuencias de la postura, saqué los dedos y froté con ganas su clítoris, recorriendo su piel en círculos, viendo cómo entrecerró los ojos. Mordiendo su cuello sentí como empezaba a convulsionar. Empezó a correrse a chorros sobre la acera, nuestras zapatillas, sus muslos y mi mano, retorciéndose entre mis brazos, gimiendo tan suave como podía para no llamar la atención.

Entre jadeos, y ahora con su espalda apoyada en la pared mientras temblaba, volvimos a besarnos. Agarrando mi muñeca, se llevó los dedos a la boca, lamiéndolos y mirándome de la forma más erótica posible. Volvió a besarme, pegando ahora mi espalda a la pared mientras desabrochaba mi cinturón. Me costó creerme que me la fuese a chupar ahí, en mitad de la calle. Pero de perdidos, al río, como se suele decir. Arrodillándose lentamente, buscando el máximo equilibrio mientras me miraba con sus ojos de jade, me bajó los pantalones lo suficiente como para poder realizar su divina tarea sin complicaciones. Sacándola de su prisión, me la agarró y empezó a masturbarme lentamente, sin apartar su mirada de la mía. Empecé a jadear, evitando hacer ruido. Se metió la punta en la cabeza, lamiéndola y provocando que me estremeciera por la sensibilidad de la zona. La agarré del pelo y cerré los ojos, dejando que hiciera lo que quisiera. Sentí su cálida lengua recorrer mi piel, de arriba a abajo, agarrándose a mi cintura para no perder el ritmo. Atrapando mi polla entre sus labios, movió la cabeza hacia delante y hacia atrás, recorriéndome con su boca, hasta llegar a su garganta. La sensación era inmejorable, el como me la estaba chupando me tenía el pulso tan revolucionado que no tardaría demasiado en correrme.

-¿Qué coño es esto, tío? -Separándonos, serios por la sorpresa, vimos a Jose, uno de los del grupo, que tampoco congeniaba demasiado con Raúl. Alba se limpió las babas mirándole.

-No le digas nada a Raúl, porfa. -Le suplicó.

-No, no, si a mí me la suda, venía a darme una vuelta únicamente.

-Bueno, pues ven, y así aprovechas. -Jose y yo nos miramos sorprendidos por la propuesta de Alba. Habíamos intercambiado tres frases en toda la noche y ahora íbamos a compartir esta experiencia.

Sin réplica alguna, el chaval se bajó los pantalones y se sacó la polla, que Alba cogió antes de volver a agarrar la mía. Metiéndosela en la boca mientras me masturbaba, nos miraba a ambos. Por si acaso, y evitando hacer ruido, nosotros miramos por encima de los coches, deseando que no hubiese nadie más que pudiese ser testigo de lo que acontecía. Gracias al cielo, estábamos solos. Al poquito, volvió a meterse mi polla en la boca y a lamerla pasando la lengua por la punta. Apreté el puño, esforzándome por no hacer ruidos al sentir sus caricias en mi piel. A los pocos segundos no pude evitar correrme en su boca. Mirándome y soltando un segundo la polla de Jose, tragó lo que tenía dentro y lamió sus labios antes de limpiármela de los restos de mi esencia. Jadeando y tras colocarme la ropa, me quedé mirando como Alba repetía lo mismo en Jose. Metiéndola entera en su boca, lamiendo su piel, disfrutando de su sabor mientras le miraba a los ojos. Hasta que él no pudo más y terminó corriéndose también sobre su lengua. Sin apartar la mirada y con una media sonrisa, Alba se lo tragó antes de terminar de lamérsela y dejarla limpia.

Tras colocarnos bien la ropa, Alba encendió otro cigarrillo, el cual me ofreció tras un par de caladas. Jose decidió seguir su paseo nocturno y nosotros, al terminar de fumar, volvimos al garito en el que estaba el grupo. Nadie preguntó, ella besó a su novio de una forma cínicamente normalizada para lo que acababa de suceder, así que pensé que seguramente no era los primeros cuernos que le ponía a Raúl. Cuando todos terminaron su copa, fuimos a otro local. Más gente, más ruido, más ambiente. Alba me perreaba mirando a su chico, se liaba con él frotándose conmigo, o le perreaba y me miraba a mi, todo al ritmo del reggaeton que sonaba.

Así estuvimos varias horas, en las que si no bailábamos o bebíamos, miraba el móvil para ir avisando de que” seguía vivo” (mala costumbre a la que me he tenido que adaptar). Hasta que nos avisaron de que el cierre era inminente, y que debíamos ir saliendo. Como ya era costumbre en mis travesías nocturnas, me tocó ir cuidando a los más afectados. Aún así, conseguimos llegar a salvo al intercambiador de buses, cuidando del rebaño cual pastor manchego. Ahí ya volvimos a despedirnos, y por el camino que cogeríamos cada uno, le prometí a Raúl que cuidaría de su chica y que la dejaría en el portal, pues en su ciudad tenía que hacer trasbordo a mi pueblo y el bus salía cada hora.

Tan pronto como Alba y yo llegamos a su portal, volvió a besarme. Pegándome a la puerta, me agarró de la camiseta mientras buscaba en su bolso las llaves. Una vez accedimos, dejó sus cosas en la escalera y me desabrochó los pantalones.

-Fóllame ya, por Dios.

-No tengo condones. -Mentí, siempre llevaba dos, uno de ellos gracias a mi mejor amiga, pero tenía la esperanza de no tener que hacer nada, no a esas horas y no dentro del edificio.

-Pues por el culo, joder. -Ignorando mi cara de absoluta sorpresa, se apoyó en la pared levantando el vestido. Como soy un mandado, me saqué la polla, que ya volvía a estar lista, y la froté en su coño.- Déjate de gilipolleces y pártelo, coño, llevo toda la noche chorreando, estará más que lubricado.

Haciendo lo que me pedía la pelirroja, ensarté lentamente mi polla en su culo, el cual se resistía a la invasión. Ella se tapó la boca para evitar gritar, pero ví como le caían un par de lágrimas de los ojos. Sin prisas, empecé a sacársela, pensando (erróneamente) que estaba sufriendo. Ella negó y movió la cintura hacia atrás, volviendo a introducirme en ella. Su culo seguía demasiado apretado, pero eso no evitó que lo disfrutásemos. Llorando y jadeando, dejé que fuese ella quien moviera las caderas a su gusto, buscando su placer hasta que su cuerpo se amoldara al mío. Tras un par de minutos de suaves embestidas en las que mis dedos se clavaban en su cintura y mi polla en su interior, noté como se relajaba y dilataba poco a poco.

-Ahora si, parteme el culo, joder.

Cumpliendo la voluntad de Alba, y apretando su cintura, esperé a que se tapase la boca para empezar a mover las caderas con fuerza, moviéndome dentro suya y moviendo su cuerpo para provocar el máximo roce, el cual evidenciaba que había poca lubricación. Con lágrimas en los ojos aún, me miró con lujuria. Sus gemidos estaban ahogados por su mano, pero aún así sonaban más altos que el choque de nuestros cuerpos. Llevé mi mano izquierda a su coño y tan pronto como le toqué el clítoris, sufrió un espasmo que apretó mi polla.

-Si lo vuelves a hacer, me corro.

-Lo mismo te digo, tía. -Jadee mirándola y, sin dejar de mover mi cintura, volví a frotar su encharcado coño.

Sus fluidos y su sudor descendían por sus muslos a medida que sus espasmos apretaban mi polla. Entre jadeos y gemidos ahogados, nos corrimos casi a la vez, empezando yo mis descargas en su interior y culminando ella con un orgasmo que terminó de exprimirme la polla. Una vez nuestros cuerpos se relajaron y se la saqué, se giró y me agarró del pelo.

-Ahora te toca a ti limpiarme. -Me puso sin dificultad de rodillas y, agarrando y tirándome del pelo, me pegó a su coño.

Como buen hijo de puta que soy, empecé lamiendo la cara interna de sus muslos, disfrutando del salado sabor de su corrida y de su sudor. Lentamente me acerqué a su entrepierna, en la que nuestros fluidos ya habían empezado a mezclarse. Separando sus labios con dos dedos, metí la lengua entre ellos y chupé desde su clítoris hasta su ano, disfrutando de los sabores que cubrían su piel. Así estuve un rato, hasta que volvió a correrse y nuestras esencias se mezclaron en mi boca.

-Me duele todo el cuerpo… puedes parar ya, tío. -Jadeando y con cara de satisfacción, me miró. Me levanté y, tras ayudarla a ponerse la ropa, cogió sus cosas y me dió un beso.- Ya hablaremos, buenorro.

-A la próxima traeré condones.

-Ni te rayes, tío, ya era hora de perder la virginidad del todo. -Me miró y, sin dejarme preguntar nada, subió a su casa.

Al salir a la calle y comprobar que los primeros rayos de sol ya salían desde el horizonte, me metí un chicle en la boca y fui hacia la parada del bus. Quedaban aún cuarenta minutos para que pasase el búho y aproveché para empezar a escribir esta historia, antes que los escasos vestigios de alcohol de mi sangre me hiciesen olvidar los detalles.