El último partido
Fran siempre creyó que conocía a Rosa. Pero esa tarde, mientras el estadio protestaba fuera, los gemidos que venían de su propia cama le revelaron una verdad que lo destrozó. No gritó, no golpeó. Solo se fue. Y cuando volvió, el juego había cambiado para siempre.
Era el último partido de otra temporada desastrosa, la tercera.
Después de la final de copa, donde dimos la cara pero perdimos en los penaltis, la temporada estaba acabada a falta de varias jornadas.
El ambiente se terminó de enrarecer tras unas polémicas filtraciones a la prensa sobre venta de jugadores importantes y una posible desestructuración a nivel deportivo.
La gente se enfadó mucho con la propiedad del club y con su inútil presidente, el cual estaba más dispuesto a comer y beber en los mejores restaurantes de la ciudad que en cambiar la dinámica de uno de los mejores clubes de España. Así que, los aficionados, decidieron no entrar al campo en el último partido. Asistiríamos al estadio, pero protestaríamos fuera de este mientras se disputaba el partido con las gradas vacías.
Yo soy abonado de mi equipo desde hace mucho tiempo. Me gusta ir al campo y tener mi momento de cerveceo con mis amigos antes de entrar. Es un momento para mí.
Al estadio acudimos cuatro amigos y nos gusta hacer “la previa”, como le llamamos. Quedamos una hora antes del comienzo del partido en un bar de la zona y nos tomamos unas cervezas mientras hablamos de cosas sin importancia.
Así somos nosotros, disfrutamos hablando de futbol, de tenis y alabamos a cuanta mujer atractiva se nos cruza por la calle.
Estoy casado con Rosa desde hace siete años y nos conocemos desde hace doce y, en todos estos años, no me he perdido casi ningún partido como local. Rosa sabe de mi afición por mi equipo y nunca ha puesto ninguna pega a que acuda al estadio. Es más, en ocasiones ha venido conmigo cuando algún amigo ha fallado. Aunque nunca le ha gustado el futbol.
Cabe decir que, cuando ella venía, las conversaciones eran totalmente diferentes a las que tenemos cuando vamos sólo los hombres. No está bien que mi amigo Lucas cuente como se tiró a su ligue el día anterior delante de mi mujer, por ejemplo. O como Sito critica a su suegra por estar en su casa diariamente.
Antes de seguir quiero aclarar que la relación entre Rosa y yo es buena. Hacemos el amor regularmente, nos llevamos bien y nos queremos.
Rosa es una mujer muy mona. Guapa, delgadita pero sin ser un palo. Con unas tetas muy bonitas y un culo apañado. Tiene un cuerpo resultón y le gusta arreglarse para potenciar sus virtudes. Luce unas gafas que le dan un aire intelectual y morboso. En más de una ocasión me ha hecho la actuación de secretaria sexy con las gafas y me vuelve loco derramarme sobre su cara mientras ella saca su lengüita para recoger mi semen.
Yo soy un tipo que, sin ser un adonis, tengo mi encanto. Mido 1.78 y soy de complexión media, ni gordo ni flaco. Moreno y con los ojos verdes. Rosa dice que se enamoró primero de mis ojos y luego del resto de mi cuerpo y de mi forma de ser.
Soy una persona tranquila y racional. Nunca me he peleado con nadie y he tratado de empatizar con la persona que tenía en frente para no provocar conflictos.
Bueno, a lo que iba. Esa tarde (la del último partido) habíamos quedado en el bar de siempre para tomarnos nuestras cervezas. Terminaba la temporada y, hasta dentro de un par de meses, no podríamos quedar para ver futbol. Aunque siempre quedábamos con las parejas y con amigos, ese momento de desconexión lo tendríamos que aparcar hasta finales de Agosto que es cuando se retoma la liga.
Me gustaría contaros que pasamos una tarde entretenidísima. Que contamos batallitas mientras el alcohol nos hacía parecer más graciosos y más guapos. Que vimos un partido entretenidísimo y que volví a casa junto a Rosa para terminar disfrutando de nuestro amor mutuo.
Pero no sucedió eso.
En el camino en coche hasta el estadio ya se borraron de la lista dos de los cuatro integrantes del grupo. Sólo Lucas, mi amigo soltero y ligón, y yo acudiríamos a nuestra cita.
Llegué al bar y me pedí una cerveza para hacer boca y, justo cuando me la servían, apareció Lucas.
- ¿Qué pasa Fran?- me saludó Lucas mientras me daba el típico golpe en el hombro pasado de fuerza.
- Aquí estamos, tío. Como se han rajado estos.- le contesté.
- Ya te digo. Pero claro, es el ultimo partido, sin nada en juego y sin saber si podremos entrar… Es lógico que las parientas les hayan “invitado” a no asistir.
- Menos mal que a mí Rosa nunca me dice nada. Que vengo, bien. Que me quedo, pues también.
- A veces es mejor que te den libertad tío. Si te atan te asfixian.
- No te digo que no.
La conversación tomó otros aires. Lucas me contó (como no) su ligue del día anterior. Me dijo que se pasó follando toda la noche y que si no hubiera tenido que venir al futbol, en ese momento estaría percutiendo el coño de la tía que conoció en el pub.
Yo sentía un poco de lástima por Lucas. Era una persona increíble. Un amigo que te daba todo lo que tenía sin esperar nada a cambio. Pero, en el tema sentimental no había tenido suerte.
Él decía que no había mujer que le doblegara, pero yo sabía que un desengaño amoroso en el pasado le dejó tan tocado que aún no se había recuperado. Y creerme cuando os digo que se merecía ser feliz, con o sin pareja. Y ahora mismo lo veía un poco perdido.
En fin, que nos tomamos las cervezas y nos fuimos al estadio. Sabíamos lo de la manifestación y que querían dejar las gradas vacías, pero a mí me apetecía entrar y ver el último partido de la temporada. Me estaba planteando no renovar mi abono y así poder pasar más tiempo con Rosa. Aunque nunca se quejaba, sabía que no le hacía mucha gracia que cada dos semanas me fuera durante casi cuatro horas y la dejara en casa sola.
Seguramente ese era el año más factible para hacerlo ya que los resultados invitaban a una retirada digna antes de descender de categoría.
Un par de calles antes de llegar al estadio ya se oían los cánticos de la gente y empezaba a notarse la aglomeración de personas. Esquivamos a la gente con más dificultad a medida que nos acercábamos a la entrada del estadio, hasta que un grupo de ultras nos bloquearon el paso.
- ¿Dónde vais?
- Al campo.- dijo Lucas.
- Ni de broma. Aquí no entra ni Dios.- dijo un hombre, grande como un armario, con la cabeza rapada y la barba hasta el pecho.
- ¿Cómo que no entramos? Yo voy para adentro a ver a mi equipo.- volvió a insistir Lucas.
- No me toquéis los huevos que hoy tengo ganas de bronca.
El ambiente se tornó raro. Un grupo de unos diez rapados comenzó a rodearnos para intimidarnos. Si soltaban una ostia, recibiríamos hasta desfigurarnos la cara. No nos salvaba ni la policía. Así que hice lo más sensato.
- Vámonos Lucas.- dije.
- Una mierda, yo voy a entrar.
- No tío, que estos nos parten la cara. Déjalo, de verdad.
- ¡Me cago en la puta! Siempre igual. Estos mierdas se creen los dueños del sentimiento por el equipo.
Lucas aceptó mi sugerencia y, a regañadientes, se dio la media vuelta y se marchó.
Cuando estábamos bien lejos de la muchedumbre, Lucas cogió el teléfono.
- Si no voy al futbol, por lo menos intentaré follar.
Se alejó unos pasos y habló con su último ligue. Por lo visto ella estaba en casa y aceptó pasar la tarde- noche con él.
Nos despedimos con un abrazo y yo me dirigí hacia el parquin donde tenía el coche. Faltaban unos quince minutos para que empezara el partido y yo ya me estaba yendo a casa. A esa hora la carretera no tenía mucho tráfico y, el viaje que después del partido me costaba más de media hora, ahora lo haría en apenas diez minutos.
Llegué al garaje de casa y el partido acababa de empezar. Si me daba prisa podría verlo en la tele que, aunque no es lo mismo, me apetecía.
Vivimos en un adosado con garaje privado para dos coches. El aparcamiento está en el sótano de nuestra casa y tiene una puerta interior para entrar sin necesidad de pisar la calle. Aparqué y subí los escalones que daban a la puerta de casa. Entré en casa y me fui directo al baño porque la cerveza ya empezaba a hacer su efecto.
Justo antes de que el chorro comenzara a salir escuché como un gemido, una especie de gritito de placer como los que hace Rosa. Aunque, al empezar a mear, el ruido del chorro ya no me dejó escuchar más hasta que terminé, accioné la cisterna y salí del baño.
Efectivamente, en el piso de arriba se oían los ruidos que hacia mi mujer cuando follaba conmigo. No es que chillara como una posesa, pero si solía gritar un poco, sobretodo cuando se corría.
Anqué estaba claro lo que sucedía y sabiendo que era lo que me iba a encontrar, subí. Soy masoquista, lo se.
Conforme subía las escaleras los ruidos se escuchaban más nítidamente. Ya no eran gemidos, eran suspiros y palabras que se oían claramente, acompañado por el ruido del cabecero golpeando la pared.
Llegué al pasillo que distribuye las tres habitaciones y seguí, como un autómata, los ruidos.
Las exclamaciones “aaaggg”, “sigue, sigue” y “dioooos”, se escuchaban tan claramente que era como si me clavaran puñales en el corazón.
Y no lo quise hacer más largo. Me asomé a nuestra habitación, la que tanto amor había visto entre los dos, y vi lo que ya sospechaba. Rosa se encontraba tumbada boca arriba, con las piernas estiradas y con las caderas levantadas por un cojín. Junto a ella un hombre que la penetraba con furia, con saña, mientras la sujetaba por los tobillos para que no cerrara las piernas. Los dos sudorosos y complacientes. Rosa, con los ojos cerrados como cuando disfruta de un buen polvo, no se dio cuenta de que yo, su marido, la observaba desde el pasillo.
Quisiera deciros que me lie a golpes con los dos, que tiré a aquel hombre desconocido a la calle desnudo para que sintiera una mínima parte de la vergüenza que yo tenía en ese momento y que llamé a Rosa “puta” tantas veces que la palabra dejó de herirla.
Pero, como anteriormente cuando imaginé la quedada con mis tres amigos, esta vez tampoco ocurrió eso.
Esta vez me di media vuelta y bajé las escaleras de la misma manera que antes las había subido. Entré en el garaje y me metí en el coche a llorar.
Una mezcla de dolor, rabia y celos es lo que sentía.
¿Porqué me había engañado?
¿Cuánto tiempo llevaba haciéndolo?
¿Quién era ese hombre?
¿Sólo con ese o con alguno más?
¿Porqué en nuestra cama?
¿Ya no me quería?
Esas preguntas y mil más me golpeaban la cabeza de una manera inmisericorde.
Estaba roto por la traición y furioso por Rosa. En ese momento le hubiera dado un par de bofetadas aunque se que no está bien golpear a una mujer. Le hubiera cogido del cuello y hubiera apretado fuerte, hasta que su cara se tornara morada. Le hubiera metido el puño en el coño y en el culo hasta desgarrarlo por haberme jodido la vida.
Pero yo no era ni violento ni impulsivo. La mejor decisión que tomé fue alejarme de mi casa y pensar en como actuar, por lo que saqué el coche del garaje y conduje hasta un descampado cercano.
Allí estuve meditando mis pasos a seguir después de llorar nuevamente. El divorcio, la casa y el dinero que teníamos… con todo habría que llegar a un acuerdo.
Intenté apartar la parte emocional para no derrumbarme y cometer una locura que no me beneficiara a largo plazo.
Pensé en nuestra vida juntos y me di cuenta de lo que amaba a Rosa. Aún con la infidelidad tan reciente, me moría de pena al saber que mi vida continuaría sin ella.
Pareceré tonto, pero nunca he sospechado nada. La actitud de mi mujer conmigo siempre ha sido cariñosa y atenta. Siempre yo antes que ella y para mí ella antes que yo. Nunca hubiera imaginado que me estaría engañando con otro y, de habérmelo dicho algún amigo, hubiera terminado mi relación con él antes que creerlo.
Las horas pasaron y el partido había terminado. Tenía media hora para ir a casa y actuar como pretendía.
Arranqué el motor y me fui hacia casa. En el camino paré a tomarme la ultima cerveza antes de entrar a casa. La tomé casi de un trago y volví al lugar donde mi vida se había roto.
Aparqué nuevamente y entré en casa. Sólo el ruido de la televisión. Sin gemidos, gritos o golpes en la pared que me hicieran pensar que aquel hombre todavía estaba en mi casa.
- ¿Fran? Estoy en la cocina.
Rosa me llamaba desde la cocina y me fui hacia esa sala. Entré y vi a mi mujer, recién duchada, haciendo la cena.
Olía a vainilla, como siempre. Nada de olor a sexo, ni a semen, ni nada de esas cosas que he leído en tantos relatos. Olía a ella, a ángel.
Me impactó el hecho de que fuera la misma mujer. Nada había cambiado en ella ni físicamente ni anímicamente. Y me hizo volver a pensar desde cuando me había convertido en un cornudo y desde cuando besaba los labios de mi mujer horas después de besar a su amante.
El único que había cambiado era yo. O, mejor dicho, mi visión de Rosa. Ya no veía a esa mujer que me amaba y a la que yo amaba. Ahora veía a una mentirosa capaz de jugar con mis sentimientos a cambio de un estatus social. Veía a una mujer tan retorcida que podía mantener una doble vida sin ni siquiera dar sensación de arrepentimiento.
Me acerqué a ella, pero no la besé. Ya no. La miré con cara seria. Esperando que confesara y que intentara convencerme con alguna escusa tan poco creíble como absurda de que lo que había visto no era lo que creía.
- Que serio. ¿Han perdido otra vez?
Nada de lo que pensé. Le daba normalidad al hecho de que hubiera estado en nuestra cama, follando con otro, mientras yo estaba en el futbol.
No tenía ganas de discutir ni de enzarzarnos en un combate de mentiras y reproches. Quería acabar cuanto antes y después marcharme.
- Rosa… me voy de casa.
- ¿Cómo…?
- Que quiero el divorcio. Voy a recoger algo de ropa y ya vendré a por el resto.
No dijo nada. Estaba paralizada, cabizbaja y temblando.
Metí algo de ropa en una bolsa de deporte y me fui.
Me llamó una hora más tarde, mil veces. Me mandó mensajes y audios rogándome que habláramos, que volviera a casa y que le explicara el porqué de mi marcha.
No contesté porque no tenía fuerza para hacerlo de manera correcta. No podía hablar sin faltarle al respeto y no me parecía la manera más apropiada de terminar una relación.
Dejé pasar los días, las semanas. Muchos amigos me llamaron para saber que pasaba, me contaban que Rosa estaba desesperada. Quería encontrarme y saber que estaba bien.
No, no estaba bien. Estaba destrozado y sin rumbo. Verla me hubiera hecho derrumbarme. Necesitaba tiempo para hablar, para terminar mi relación dignamente y para divorciarnos de manera amistosa.
Habían sido muchos años junto a ella y mi forma de entender la vida me hacía no querer dejar enemigos en el pasado. Tenía que encontrar el momento de reunir las fuerzas para hablar con ella y zanjarlo todo. Las fuerzas para poder escuchar su verdad sin miedo a corromper mi alma. Y las fuerzas para poder soportar el conocer sus sentimientos sin hundirme.
Y esas fuerzas llegaron un par de meses después, justo con el primer partido de liga de la temporada. Ese fue un buen momento para hablar, el día del primer partido.
La llamé y esperé que no tuviera planes para poder quedar conmigo.
- Hola Fran. ¿Cómo estás? Tenemos que hablar, por favor. Hablemos y….
- ¿Puedes quedar esta tarde?- la interrumpí
- Por supuesto. Ahora mismo, si quieres.
- No. Esta tarde, a las 6 paso por casa y hablamos.
No me despedí ni dejé que ella lo hiciera. Me estaba resultando muy difícil hablar si llorar y preferí cortar la comunicación antes de demostrar debilidad.
A las 6 en punto de la tarde estaba en casa. Rosa me abrió la puerta y me dejó entrar.
No hubieron besos, ni muestras de cariño. Ella lo intentó pero no se lo permití.
Nos sentamos en la mesa de la cocina donde tantas veces habíamos hablado de nosotros y de nuestro futuro. Hoy lo haríamos de nuestro pasado.
Con un café para cada uno y un plato de pastas que Rosa había preparado, comencé la última charla.
- Mira Rosa. Voy a ser claro y no quiero que me lo niegues. Te vi con otro en nuestra cama. Y por eso quiero el divorcio.
Rosa comenzó a llorar e intentó hablar pero le corté.
- Espera. Necesito saber porqué lo hiciste. Creía que no necesitaba saber lo que pasó, pero creo que, si quiero seguir con mi vida tengo cerrar esta etapa. Así que, por favor, no me ocultes nada. Eso sí, por respeto a mí, te agradecería que no me contaras detalles íntimos.
- Tenía pensado hablar de otra manera para intentar recuperarte, pero creo que es justo lo que me pides.
Rosa tomó un sorbo de su taza y comenzó.
- Te juro que no es lo que yo buscaba…
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Mi esposa argentina 5 parte 1
Carlos no solo mira; él dirige la obra. Cuando el marido de una paciente traumatizada aparece en su cena, la línea entre el juego consentido y el…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
La niñera. descubriendo Ana.
La casa estaba en silencio, pero el sonido de las risitas y el jaleo ahogado del salón delataban una traición inminente.
Comparte:Infidelidad consentidaDescubrimiento orientacionDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Vacaciones diferentes. EL VIAJE.
El viaje de seis horas se extiende bajo una manta en el asiento trasero, donde el silencio solo se rompe por gemidos ahogados y el rumor del motor.
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
El pasado de Eva-1 El descubrimiento
No imaginaba que la mujer que amaba tuviera un pasado tan oscuro. Al reproducir los videos, descubrí que mi mejor amigo no solo la deseaba, sino que…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
Me olvidé de apagar el teléfono móvil
La llamada sonó a las dos de la madrugada. Mientras su esposo le preguntaba si necesitaba que fuera a buscarla, unas manos desconocidas le rodeaban…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
Mi amiga casada
Reynaldo no buscaba solo un encuentro, sino una conquista total. Meses de paciencia, galantería fingida y manipulación psicológica convergieron en…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaDeseo reprimido