Xtories

Infidelidad típica

Alfonso le prometió el mundo a cambio de su cuerpo, pero no le dijo que el precio sería su alma. Entre la oficina y el hotel, Lidia cruzó la línea sin mirar atrás, convencida de que el dominio lo era todo. Hasta que el hombre que amaba despertó y demostró que la verdadera venganza no se folla, se construye.

lidia21K vistas9.4· 36 votos

Mi historia es un tópico, un tópico de la infidelidad, me pasó lo que a muchas otras y lo gestioné peor que ninguna.

Me casé por amor con un hombre ideal, guapo, de buena familia, con buen trabajo y buen amante. Más suerte no podía haber tenido. Luis era abogado y jefe de la asesoría jurídica de una importante empresa. Gracias a sus gestiones, consiguió que yo también entrara a trabajar en la misma, en principio de administrativa, posteriormente de secretaria, para terminar como secretaria de dirección.

Estuve con el director financiero y con el director de marketing demostrando mi valía, lo que me llevó a ser la secretaria del director general. Era un hombre poderoso en todos los sentidos, con poder real en la empresa, con una importante apariencia física y con uno de esos caracteres que siempre se imponen y no admiten réplica.

Manejaba la empresa con mano de hierro, lo que decía iba a misa y como su secretaria, muchas veces era la encargada de transmitir sus órdenes. Una de ellas me llenó de alegría, iba a nombrar a mi marido director de ventas, lo que suponía un paso importante en jerarquía y sueldo, a costa de su independencia.

Hasta entonces, la Asesoría Jurídica era como una especie de satélite asociado a la empresa y a Luis le encantaba funcionar así, tenía libertad de acción y de diseñar las estrategias a seguir en los pleitos en los que pudiéramos vernos envueltos.

Naturalmente le convencí de aceptar este puesto de dirección, nos permitiría un gran desahogo económico, yo tenía un sueldazo, he de reconocerlo y Luis, ahora, ganaría más que yo.

Lo que no preví es que, en poco tiempo, D. Alfonso, mi jefe, se me empezara a insinuar de forma descarada mientras yo pasaba de él, estaba enamorada de mi marido y por nada del mundo le iba a engañar, pero fue insistente, atento, no sé, se me fue metiendo dentro poco a poco.

La primera vez que quise pasar por el aro fue un miércoles cualquiera, mi jefe me dijo que llamara a mi marido para decirle que llegaría tarde, que tenía que quedarme trabajando con él en un tema importante. Luis lo entendió y no puso pegas.

En vez de quedarnos en la oficina, mi jefe me llevó a un buen hotel, serían las siete de la tarde y tras registrarse solicitando una habitación, subimos a ella en el ascensor. La verdad es que dicha habitación era una pasada, abriendo el minibar me preparó una copa, sin preguntar siquiera si quería o no.

Estaba súper nerviosa y muy alterada por caer ante las continuas atenciones del jefe, pero éste demostró su experiencia. Quitándome la copa de las manos, empezó desnudarme poco a poco, me quitó la chaqueta y seguido, empezó a desabrochar los botones de mi blusa. Seguía nerviosísima, pero con un beso suave en los labios, me pidió tranquilidad.

Cuando solo estaba con el sujetador en la parte superior, se quedó mirando mis senos con pasión en los ojos. No son muy grandes, entre una 85 y 90 dependiendo de lo que engorde, muy tiesos, muchas horas de pectorales me los mantienen así. Me desabrochó el sostén y, con gula, se dedicó a comerme las tetas, las areolas, los pezones… La verdad es que tenía experiencia y me estaba poniendo cachonda.

Al cabo de un ratito, me quitó la falda y las braguitas, quedando sólo con las medias. Tenía el pubis depilado y se empezaba a notar cierta humedad. Me acarició con los dedos toda mi raja, haciendo hincapié en la entrada antes de introducirme un dedo en mi interior. Sin pretenderlo, gemí de gusto.

Empecé yo a desnudarle a él quitándole la chaqueta, la corbata la camisa y el pantalón junto con la ropa interior. Me hizo ponerme de rodillas y me metió su polla en la boca. No era ninguna experta en el sexo oral, a mi marido no se lo hacía porque me daba bastante asco y él no lo reclamaba, excepto en contadísimas ocasiones en las que me negaba.

También sentí asco en esta ocasión, pero D. Alfonso, haciendo caso omiso, me agarró del pelo y me la introdujo del tirón, sin delicadeza ninguna. No me supo tan mal como creía, me imaginaba sabor a orines, pero era distinto, un olor fuerte y un sabor extraño, no desagradable. Me dijo que le ensalivara bien y me fue guiando en chupársela, metérmela en la boca hasta darme arcadas, chuparle los testículos…

La verdad es que me estaba excitando muchísimo y la imagen de Luis se iba difuminando en mi mente. Cuando me tumbó en la cama y metió su cabeza entre mis piernas, las cerré instintivamente. Aunque mi marido insistía, no le dejaba comerme el sexo ya que yo no se lo hacía a él. Además, no sabía qué hacer con las manos cuando alguna vez lo había conseguido, y eso me molestaba.

Mi jefe me dio sendos manotazos y me abrió las piernas con decisión. Yo no sabía dónde mirar y giraba la cabeza, no sabía qué hacer con las manos y las tenía pegadas el cuerpo agarrando las sábanas… Según fue subiendo a lo largo de mis piernas hacia mi tesoro, más nerviosa me ponía, hasta que su lengua pasó por todo mi coño, desde el culito hasta el clítoris, arrancándome un gran gemido de placer.

Un par de minutos después me estaba corriendo entre alaridos con mis manos engarfiadas en su pelo, muriéndome de placer. D. Alfonso sonrió satisfecho con la cara llena de mis humedades, acercándose a darme un beso con lengua con el sabor de mi flujo. Me puso cachondísima.

Prácticamente sin solución de continuidad, me metió un pollazo que me hizo ver las estrellas a la vez que me moría de gusto. Estuvo un buen rato moviéndose dentro de mí, mientras me deshacía entre sus brazos, le abrazaba con las piernas entrelazando los tobillos en su culo…

Yo gemía y gritaba sin parar, hasta que me volví a correr con su pene en mi interior, apretando mis músculos vaginales, haciendo, inconscientemente, que se corriera dentro de mí. No pensé en los preservativos en ningún momento, tenía un DIU por lo que no había riesgo de embarazo.

Nos duchamos por separado y me llevó a cenar al mismo restaurante del hotel. A estas alturas tenía un sentimiento de culpabilidad tremendo, pero también veía el placer que había sentido. Sentimiento de culpabilidad aparte, había sido un señor polvo que me había encantado. Pasé de ser la dominante con Luis a la dominada con D. Alfonso y la experiencia me había gustado.

Rápidamente, me convertí en la amante de mi jefe, me quedaba después de horario para ir a follar a cualquier hotel, siempre con clase, me empezaba a llevar a viajes de “trabajo” donde dormíamos juntos y, para cachondeo nuestro, hacíamos que Luis viajara, siendo jefe de ventas era lo más normal, fines de semana incluidos. Llegó un momento en que no sé quién pasaba más tiempo en mi cama de los dos.

Incluso, para más morbo, apurábamos el tiempo haciendo que Luis estuviera a punto de pillarnos un par de veces, llegando a unos orgasmos espectaculares. Y lo que tenía que pasar, pasó, al principio no sabía si prefería a mi jefe con sus maneras dominantes o a mi marido, con sus manera suaves y llenas de amor. Me decidí por mi jefe.

Veía a Luis cada día más triste, de vez en cuando me preguntaba discretamente si tenía algo con mi jefe, cosa que debía de saber toda la oficina, pero le comentaba que “cómo se le ocurría que pudiera liarme con D. Alfonso”, y le montaba el escándalo por su poca confianza en mí.

Estaba a punto de cumplir 30 años y Luis sacó a colación si creía que era el momento de tener hijos, algo que, desde hacía tiempo, teníamos claro que haríamos en cuanto estuviéramos estabilizados. Le comenté que ni de casualidad, que siendo la secretaria de jefe, era imposible, quizás más adelante. Mi marido me miró con cara hierática y no dijo ni “esta boca es mía”, pero sé que no le hizo ninguna gracia.

La cuestión es que, poco a poco, estaba más enganchada de mi jefe y más separada de mi marido. También, recibí las recomendaciones de varias compañeras sobre el comportamiento de D. Alfonso, que se cansaría de mí y me mandaría a la mierda. Yo, por si acaso, tenía grabados varios de estos encuentros, sobre todo de los del principio, donde parecía más acoso que otra cosa.

Los viajes de mi marido durante los fines de semana se hicieron más frecuentes, aprovechando D. Alfonso para quedarse a dormir en mi casa, en nuestra cama. Cada vez me producían más morbo esos polvazos y me reía interiormente de mi marido, del pobre pringado, ya no sentía ningún respeto por él ¡Cómo había cambiado todo en menos de un año!

¿Por qué no me divorciaba? Porque mi jefe no tenía ninguna intención de casarse conmigo, me lo había dejado clarito, sólo amantes, y mi matrimonio me daba estabilidad.

Junto con mi jefe, empecé a frecuentar locales de intercambio y gente swinger, fue una época de sexo desbocado donde aprendí a disfrutar del sexo por el sexo, sin tabúes ni complejos, En la vida se me hubiera ocurrido venir con Luis a un sitio semejante.

Un domingo por la noche apareció mi marido en casa, Creía que iba a llegar al día siguiente, pero gracias a Dos habíamos tenido suerte, pues mi jefe había salido a hacer un recado y pude mandarle un mensaje para que no volviera esa noche.

No le puse muy buena cara a mi marido, me había chafado el plan e iba a estrenar una lencería súper sexy, que sabía que le iba a encantar a D. Alfonso. Luis se puso cariñoso conmigo, pero le dije que no me apetecía, que últimamente estaba estresada. Peor cara puso todavía y ya me estaba cansando toda esta situación con él, que no era más que un calzonazos pusilánime con sus “te quiero”, sus “mi vida”, y sus “te amo”. Ya me parecía empalagoso hasta decir basta ¿Cómo pude enamorarme de semejante sujeto?

Los viajes de Luis proseguían y, curiosamente, estaba llevando a la empresa a niveles de ventas nunca vistos ¡Si era abogado! Pues, por lo visto, tenía unas dotes comerciales increíbles. Reorganizó toda su dirección, promocionó a quien creyó que valía, reorganizó las delegaciones repartidas por nuestra geografía, implementó un nuevo sistema de comisiones y su gente estaba encantada.

Junto con el director, directora en este caso, de marketing, estaban consiguiendo situarnos en puestos punteros del sector a nivel Nacional. Me daba cierta envidia que a mi marido D. Alfonso le felicitara, cuernos aparte. Debería felicitarme a mí más a menudo ya que era su secretaria y, además, le entregaba mi cuerpo sin oposición alguna. Reconozco que su carácter no era la simpatía personificada, a mí misma me trataba con bastante desprecio y dominación.

Poco a poco, ese desempeño de mi marido fue mejorando y teniendo más frutos de los previstos. Me sentía ninguneada por ello e intentaba hacer ver al jefe que Luis no era tan bueno, que no merecía tanto reconocimiento, que el mérito era suyo que para eso era el jefe.

A raíz de esto, siempre comentado mientras follábamos, fue haciendo que D. Alfonso empezara a exigir a Luis y a la directora de marketing mucho más de sí, pareció que no les hizo mucha gracia, pero a mí no me quitaba mi peso en la empresa ni el tato. Menos mi marido.

Las pocas veces que estaba en casa, me comentaba el cambio tan radical de D. Alfonso, lo que le chocaba que habiendo mejorado aún más sus resultados, el jefe le echaba la bronca cada vez que podía y le tenía viajando por España y, últimamente, por Europa, no estando nunca en casa.

Me comentaba que me echaba de menos, que cada vez se le hacía más difícil viajar, dejándome sola y yo le consolaba con todo mi cinismo diciendo que era por nuestra prosperidad, insistiendo al Jefe a seguir en esa línea, solo faltaba que el tonto de Luis me chafara mi nivel de vida actual.

Repentinamente, con quince días de antelación que marcaba la ley, tanto Luis como la directora de marketing presentaron su dimisión de la empresa marchándose a la competencia. Parecía que lo tenían bien atado y D. Alfonso poco pudo hacer.

Al llegar a casa, le monté un pollo a mi marido de cagarse, no me había dicho nada de cambiar de empresa y eso no se le hace a una esposa.

Mirándome con odio, cosa que no había hecho nunca, me espetó que era una puta zorra que le llevaba engañando años con el jefe. Empezó a hacer la maleta con toda la intención de irse de casa. Negué rotundamente que aquello fuera cierto, pero había encontrado los vídeos que tenía en mi teléfono como seguro, por si acaso al Jefe le daba por dejarme tirada.

Me dio una rabia tremenda que Luis se me subiera a las barbas, era un pobre imbécil que no sabría vivir sin mí, ya vendría con el rabo entre las piernas pidiendo perdón. También me jodió ser tan tonta de no guardar los vídeos en lugar seguro, Luis conocía la contraseña de mi teléfono de memoria.

-Eres un puto inútil, ya te arrepentirás de lo que estás haciendo. Deberías aprender de tu jefe, ese sí que es un hombre.

-Seguro que te folla de puta madre. Pues espero que no te equivoques y que seas muy feliz con él. Por cierto, de nada por haberte conseguido este trabajo, me lo has pagado de cojones. – Me contestó mi marido.

-Eres un gilipollas patético ¿Quién crees que ascendió en la empresa por sus méritos? Yo, imbécil, yo. Y gracias a mí llegaste a director de ventas. – Le escupí a la cara, aunque era mentira.

-¿Gracias a ti? Tú lo único que has hecho ha sido follar con ese, siendo tan hija de puta para que me mandaran fuera todo el día. En unos días te llegarán los papeles del divorcio. Te puedes quedar con todo, no pienso tocar nada que haya tenido que ver contigo. Ahora te besaría por no querer tener hijos.

¡Qué rabia me dio que lo soltara, así la separación era mucho más fácil y yo a este no le daba ya ni la hora.

En no demasiado tiempo, sólo varios meses, Luis y la antigua directora de marketing que había emigrado con él, consiguieron que la empresa en la que recalaron se nos acercara mucho en todas las ratios de ventas, atención al cliente, campañas publicitarias, marketing digital… Se notaba la marcha de Luis y la mosquita muerta de Ana, la exdirectora de marketing.

Lo que más temía mi jefe pasó, durante el siguiente año, gracias a los esfuerzos de Luis y Ana, su empresa se hizo puntera en el sector, desbancando a la nuestra. La verdad es que sus estrategias y métodos eran novedosos y durante este tiempo fueron quitándonos clientes, consiguiendo nuevos y adquiriendo una expansión en Europa formidable.

A D. Alfonso se le llevaban los demonios, sobre todo viendo que el éxito de la competencia se debía, en buena medida, a dos antiguos empleados suyos. Entonces cayó en la cuenta de que el motivo de su marcha fui, fundamentalmente, yo.

-Mira Lidia, no sé cómo te lo vas a montar, pero quiero a Luis y Ana de vuelta. Se fueron por tu culpa, que no hacías más que pedirme que los presionara, que no le diera descanso ¡Mira ahora tu puta estrategia! Nos están comiendo la tostada en toda regla ¡Como no vuelvan, date por despedida!

-Pero Alfonso, yo no puedo hacer volver a mi exmarido, le engañé contigo y él no lo ha perdonado, volvería a cualquier sitio menos aquí.

-Me importa un carajo lo que tengas que hacer, siempre me has dicho que era un mindundi, que comía de tu mano… Pues es hora de que me lo demuestres.

No sabía qué hacer, Luis no iba a hablar conmigo ni de casualidad y menos después de cómo le traté. Para colmo, D. Alfonso se portaba cada vez peor conmigo, apenas venía a casa, cuando me follaba era con rabia y mala leche, haciéndome daño. Ya no quedaba nada del empotrador que me había obnubilado.

Como pensaba, Luis ni me respondió las llamadas. Al no conseguir nada, mi jefe me despidió sin contemplaciones y sin carta de recomendación. Quise extorsionarle con los videos que tenía de nuestros primeros encuentros, pero él había hecho lo mismo, donde se veía lo contrario, cómo me entregaba a él encantada de la vida. Total, a la calle con una indemnización de mierda.

Un mes después, me di cuenta de que estaba embarazada y no sabía si alegrarme o no. Fui a hablar con D. Alfonso para darle la noticia, me recibió, me miró serio.

-Mira Lidia, si el niño es mío, me haré cargo de él, sólo de él, si no, búscate la vida.

-¡Pues claro que es tuyo! ¿De quién va a ser?

Pues Murphy decidió que no era de él y vete a saber con quién había follado en alguna velada swinger, en la amniocentesis que me hicieron, mi jefe consiguió la prueba de paternidad, negativa para él.

Me encontré sin trabajo, con poco dinero ahorrado y embarazada, toda mi vida a la mierda por engancharme de la persona equivocada y no saber quedarme con la correcta, con la que me daba amor y cariño. En estas condiciones me iba a resultar complicado encontrar otro trabajo y menos tan bien pagado como el que tenía.

Llegó la hora del parto y me vi sola, solo una vecina me acompañaba, no tenía familia. En el paritorio me llevé la siguiente sorpresa, me pusieron encima de pecho un bebé de color ¡Se me salían los ojos de las órbitas! ¿Cuándo me había acostado con un negro? Hacía nueve meses, evidentemente, pero sería en algún local de intercambios y ni lo recordaba, en aquellos momentos bebía y me ponía de coca hasta las cejas, a mi jefe le encantaba como me desinhibía.

No tenía ningún problema en tener un niño negro, pero esta sociedad no les trata igual y me daba miedo por él, por lo que sería de su vida, los niños son tremendamente crueles. Pasado un tiempo, ya sin paro, sin la indemnización y sólo con la pobre ayuda de mis vecinas, de Cáritas, intentaba seguir adelante.

Estaba en el parque con el niño que ya tenía más de un año, mi vida, aparte de él que era mi alegría, era una auténtica mierda, no tenía nada, ni metas, ni proyectos… Nada. No conseguía trabajo ni de casualidad, D. Alfonso se encargó de hacer correr la voz de lo puta que era, cómo le había seducido, cómo había pretendido chantajearlo. Todo mentira, pero me cerraban las puertas de cualquier sitio al que llamaba ¡Qué hijo de puta resultó mi jefe!

Estaba pensando en meterme a puta, por lo menos tendría algo de dinero para poder comer, todavía estaba de buen ver y me lo estaba planteando seriamente, tenía una vecina que ejercía y me decía que no era tan malo, me lo estaba vendiendo muy bien, como una tabla de salvación.

De repente le vi, mi Luis, tan guapo como no recordaba… Se me removieron un montón de cosas por dentro, el trato que le di que nunca mereció, cómo le cambié por un gilipollas que, al final, no le llegaba a la suela de los zapatos.

Iba del brazo de Ana, la antigua directora de marketing, empujando un cochecito de bebé. Se habrían casado, supongo y me morí de celos. Cogí a mi niño, le senté en su sillita de paseo y me acerqué a saludar con las orejas gachas, me sentía tan culpable por lo que hice…

Ninguno de los dos pareció alegarse de verme y vi la misma cara que ponían todos al ver a mi hijo negro.

-Hola Lidia ¿Es tuyo el niño? – Me dijo Luis como pasando un mal trámite.

-Hola Luis, hola Ana, me alegro de veros. Sí, el niño es mío ¿Pasa algo? – Contesté un poco seca.

-Creía que follabas con el jefe, no con un negro. Pero bueno, realmente me da igual, espero que te vaya bien. Adiós.

-Oye, que no muerdo y mi hijo es de color, no extraterrestre. Podrías ser un poco más respetuoso, hemos estado casados varios años. – Mientras veía la preciosidad de bebita que llevaban en el cochecito.

-Lidia, no te debo nada, más bien al contrario, tú te encargaste de joder nuestro matrimonio mientras yo me desvivía por ti, y Ana también lo pasó fatal, igual que yo, sólo por joderme a mí. Así que por nuestra parte, puedes irte por donde has venido.

Me quedé de piedra, jamás hubiera esperado un recibimiento tan frío y cargado de rencor, en ese momento, fue cuando realmente me di cuenta del daño que hice sólo por disfrutar del sexo con D. Alfonso… ¡Hasta me quedé embarazada por hacer el idiota y no protegerme! Me tenía que cambiar el DIU, me lo quité y durante un periodo de descanso estuve sin nada. En ese momento no me importaba tener un hijo de mi jefe ¡Qué caprichosa y cruel es la vida!

Ahora sí me digo que fui una mala puta y una mala persona, lo tuve todo y me vine a juntar con el peor, el que me emputeció, el que me llevó al mal camino, el que me hizo despreciar y joder a mi marido de la forma más cruel. Ese camino que me ha llevado a tener que ejercer de puta para sobrevivir ¿Karma?

A Luis le veo alguna vez cuando vienen con la niña al parque, jamás me dirige la palabra y Ana tampoco, y yo me consumo de celos y amargura por haber tenido a un hombre magnífico que me quería con locura y al que dejé de lado, llamándole mindundi, creyéndome la reina del mambo.