Xtories

El primo de mi mujer

Tu esposa se está afeitando el pubis para recibir a su primo. No es una visita familiar; es una cita secreta. Y tú, desde la oscuridad, vas a ser el testigo impotente de todo lo que hacen.

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Mi mujer me dijo que su primo vendría a pasar unos días. Después de darme esa sentencia me preguntó si tenía algún inconveniente, y no, no lo tenía. Ya nos había visitado con anterioridad con su familia y, ahora que se acababa de separar, no le venía mal un cambio de aires. Siempre se había llevado muy bien con mi mujer, pues prácticamente se habían criado juntos en casa de sus abuelos. Era tal su afinidad que siempre me afloraban ciertos celos cuando los veía en el mismo espacio, pero era capaz de desechar ese sentimiento porque más que primos eran como hermanos. Cuando faltaban dos días para su llegada, vi que mi mujer se estaba afeitando el vello púbico y las axilas, haciendo que los celos volvieran a crecer como malas hierbas en el jardín. No estábamos en temporada de playa aún, ni teníamos previsto ir a algún spa. Yo miraba a mi mujer desde la puerta del baño sin saber qué decir mientras ella se enjuagaba, haciéndome una coqueta exhibición de su piel desnuda. Hice cuentas: en ese momento ella tenía la epidermis irritada y, para cuando llegara su primo, ya estaría suave y receptiva a las caricias.

—¿No estoy guapa? —me dijo al pasar junto a mí en dirección al dormitorio, contorneándose por el pasillo como una zorra buscando cliente.

La seguí observando, ella lo sabía, y cuando llegó a los pies de la cama, se agachó a buscar un objeto imaginario para enseñarme su sexo recién depilado. La miré bien. También tenía el culito libre de vellos, en eso siempre ha sido muy detallista, y la visión de su ano y su vulva desnudos hizo reacción en mí. Pensé en lo celoso y tonto que había sido mientras me acercaba, también cuando la puse a cuatro sobre la cama y mi lengua se hundió en las paredes de su carnosa vagina. Era a mí, y no a otro, a quien ofrecía su sexo ardiente. Una vez bien lubricada, la penetré con facilidad. Mientras disfrutaba de cada segundo, la veía con la cabeza hundida en la almohada, gimiendo, agarrando las sábanas con fuerza. Una vez más, los celos iban y venían. ¿Mi mujer estaría pensando en él? No, ella gemía y disfrutaba tanto o más que yo, por mí y para mí. Ya le gustaría a él poder follarla como yo lo estaba haciendo, hacerla jadear. ¿Y si no? ¿Y si su polla ya había pasado por donde estaba deslizándose la mía? ¿A su primo le gustaría hacerlo así? No me cabía duda de que le gustaría, al fin y al cabo era un hombre, pero era yo quien estaba ahí. Hice que mi mujer me mirara cuando llegó el momento de derramar mi semen dentro de su coño, del coño de mi mujer.

Durante el primer día de la llegada de su primo los celos fueron afianzándose, a pesar de intentar mantenerlos en el mundo de mis fantasías más molestas, pues el hombre siempre ha destacado por ser muy agradable y educado. Pero empecé a fijarme en cómo vestía mi mujer, pues rescató unos tejanos ajustados que había mantenido olvidados porque le resultaban muy incómodos de llevar, pero que le esculpían maravillosamente los muslos y el trasero. Me ponía mucho verla con ellos y no pude evitar meterle mano. Y a ella no le molestaba que lo hiciera, incluso estando su primo cerca. Volvió a entrarme la duda de si se vestía así para él o para mí, pero era mi mano la que sentía el calor que emanaba de entre sus nalgas. En la tercera noche fuimos a cenar fuera y mi mujer se puso una falda que no le había visto nunca, una que le quedaba preciosa pero que al sentarse dejaba ver sus hermosas piernas. En esa ocasión no pude sentir celos por su primo, pues ella fue el blanco de las miradas de todo restaurante. El camarero se sonrojaba cada vez que nos servía, y hubo cierto rifirrafe en la barra por ver a quién le tocaba traernos los postres. Al acostarnos esa noche le mencioné que esos últimos días se estaba poniendo cosas demasiado monas.

—¿Últimamente?¿Desde cuándo?

—Desde que llegó tu primo.

—Qué tonto eres. Es como mi hermano.

Fin de la discusión. Para zanjarla, metió la mano dentro del pantalón de mi pijama y empezó a masturbarme. Ella hacía eso cuando a mí me apetecía hacerlo y a ella no, y siempre me ha resultado extremadamente relajante abandonar mi placer en sus manos. Me hizo un gesto para que no hiciéramos ruido, pues su primo estaba ya en el silencio de su dormitorio y podría oírnos, y me dijo que no que no quería despertarlo justificando así implícitamente el que no quisiera que la penetrara. Me desabrochó la camisa del pijama y se acurrucó sobre mis piernas, continuando la paja con la lubricación esporádica de fugaces felaciones. Me dejé hacer por sus manos hábiles hasta que me corrí manchando sus dedos y mi cuerpo. Ella fue a asearse al baño y me quedé dormido, despertándome a una hora indeterminada cuando volvió y se acostó a mi lado, esta vez completamente desnuda y en una oscuridad absoluta. Se postró junto a mí, y al ver que me había despertado tomó cariñosamente mi polla y empezó a mecerla lentamente hasta que me dormí de nuevo en medio de húmedos sueños. Con todo lo bien que me quedé, al día siguiente todo cambió.

Yo ya me había dado cuenta de que al entrar en una habitación en la que ellos dos ya estaban, el primo se alejaba de ella de manera muy poco natural. Era un gesto muy irritante y me imaginaba lo cerca que podían estar antes de mi aproximación, pero también me parecía muy alocado que intentaran algo estando yo en la casa. Y esa mañana, como venía haciendo desde el primer día, mi mujer se despertó temprano para ponerle el desayuno a nuestro invitado. Yo solía levantarme más tarde, pero decidí ir tras ella para espiarlos. Esperé unos minutos antes de moverme silenciosamente por la casa. Estaban en la cocina, pero no hablaban, ni tampoco se oían ruidos sospechosos. Me asomé cuidadosamente y vi al primo de pie pegado a la encimera, tomándose una taza de café que sostenía junto a su barbilla, como si estuviera deleitándose con el aroma y saboreando cada sorbo. Más abajo de la taza, mi mujer estaba de rodillas haciéndole un intenso mamazo. Movía la cabeza a lo largo del pene haciendo un ligero sonido cuando tragaba saliva y cuando el glande tocaba su garganta y entonces volvía hacia atrás. Él ni siquiera miraba hacia abajo, ni la tocaba, sólo tomaba su café. Ella apenas lo tocaba, sólo si perdía el equilibrio. A mí nunca me daba mamazos completos, sólo lo hacía para afianzar mis erecciones y lubricarme la polla, y esperé a ver si al menos él la ponía en pompa, o si ella reclamaba que ese rabo acabara en su coño. Pero no. En un pequeño gesto, él dejó la taza en el fregadero y apoyó las manos en el granito de la encimera, mirando hacia la pared. Tomó aire profundamente mirando hacia arriba y sujetó la cabeza de mi mujer. Sólo entonces el primo se permitió hacer un leve movimiento con la cadera. Mi mujer nunca traga mi semen, tampoco lo deja en la boca, pero ahora se estaba llevando el premio gordo. Sus gemidos indicaban que le estaba costando procesar el caudal que recibía, pero tenía la cabeza inmovilizada y hasta bastantes segundos más tarde no pudo separarse. Entonces abrió la boca para mostrarle a su primo que estaba vacía. Él le acarició la mejilla y pasó sus genitales por los labios de mi mujer, desde los huevos hasta la punta de su reluciente polla.

Me retiré a nuestro dormitorio y me senté en la cama. Triste y confuso. Confuso porque mientras los miraba deseaba que ella dejara la felación para que la jodiera sin más, para que no fuese más puta con él que conmigo. El primo se metió en el aseo para ducharse y mi mujer entró en nuestra habitación. Me vio la cara descompuesta y eso le hizo sospechar. Le dije que los había visto y le hice una descripción de lo que vi, para que no inventara una respuesta que sólo aumentase mi enfado. Cínicamente, me dijo que sólo era un mamazo, que era una tontería. Sacó a relucir mis celos. El primo salió de la ducha y dejamos de hablar. Al poco, se asomó discretamente vestido de calle y dijo que se daba una vuelta. Mi mujer y yo seguimos sentados en la cama, ahora solos en la casa. Le pregunté cuánto tiempo hacía eso con él, pero ella evitó responder. Me dijo que no hiciera una montaña de un grano de arena.

—Le has hecho un mamazo. Aquí, en casa. Nuestra casa —le dije para darle una dimensión al grano de arena.

—No hay nada más, mi vida —me dijo sonriendo, y yo sin entender esa sonrisa—. Está pasando un mal momento, sólo necesitaba animarse un poco.

—¿Y se la chupas?

—Sólo ha sido un momentito, no tiene importancia, de verdad.

Ella me hablaba sonriendo, casi coqueteando, y yo no sabía por qué me hablaba con ese descaro. Entonces empezó a hacer círculos en el pantalón de mi pijama, cerca de mi polla. Me resultó insultante que pretendiera tener sexo en ese momento, le fui a retirar la mano y entonces vi lo que ella estaba rodeando: una buena mancha de líquido preseminal, sin duda fruto de mi reciente episodio de espionaje. Me invadió una cascada de emociones contradictorias, pero la mancha centraba todas. El tacto de su dedo empezó a despertarme el pene. Me odié porque sabía que iba a ceder a su tosca maniobra. Si quería sexo, lo tendríamos, pero ya me encargaría de discutir después.

—Lo del mamazo es el colmo, pero es que estás muy pendiente de él. Lo mimas más a él que a mí.

—No seas tonto —me dijo mientras su mano recorría mi rabo, marcado ya en el pantalón.

Movió la tela del pijama hasta poner la mancha del preseminal sobre el glande y hundió la cabeza entre mis piernas para meterse capullo, algodón y néctar en la boca.

—A él no le haría esto —me dijo casi gimiendo.

Entonces tomó la polla y la terminó de envolver en el pantalón, comenzando un ardoroso pajote. Su burdos movimientos y el roce de la tela con el rabo eran más dolorosos que placenteros, pero aguanté y ella misma se cansó de no poder tocarme la piel. Me desprendió del pantalón y empezó a hacerme una felación como nunca me había hecho, pues no recordaba haber sentido antes el tacto del final de su boca en la punta de mi polla. A su primo se la había comido así, hasta el fondo. Me tembló la polla al ser consciente de que no había pasado ni media hora de eso. Desconocía hasta dónde era capaz de llegar mi mujer en el sexo.

—¿No haces nada más con él?

—No... mmm... —la conocía bien y sabía que mentía, pero también lo cachonda que estaba.

Estaba seguro de que me estaba comiendo el rabo igual que se lo había comido a él. De una forma nueva para mí, pero no para ella. Ni para su primo. Era como si yo me estuviera follando su boca, pues ella apretaba con fuerza labios y lengua para rodear firmemente el contorno de mi polla mientras subía y bajaba la cabeza. Empezó a hacer movimientos en espiral cada vez que se acercaba al glande. Eso no lo había hecho nunca, ni a mí, ni antes al primo en la cocina. Tenía que aclarar eso, de dónde le venía esa práctica, pero no en ese momento, pues no hizo una parada de descanso hasta que me corrí. Esa vez no dejó caer el semen, pero en cuanto terminé, se fue al lavabo a escupirlo y a enjuagarse la boca. Me revolví en mí, pues acababa de ver cómo se tragaba el de su primo sin pestañear. Pero como aquello me dejó exhausto, retocé adormilado en la cama, sin desayunar aún y algo confuso por una situación que me había sobrepasado. Podía oírla moviéndose por la casa, irradiando energía y alegría, sabiendo que se había tomado doble ración a cambio de nada para ella, sólo vicio consumado.

Durante la mañana me inventé un problemita en el trabajo y anuncié que me iba y que los dejaría solos. Sólo quería pillarlos infraganti. Al llegar la hora, me despedí, abrí la puerta de casa, la cerré con fuerza y esperé dentro. Tras un silencio denso, oí a mi mujer.

—¡Qué ganas tenía! —dijo con impaciencia.

—¡Joder! ¡Me va a reventar!

—Ven, cariño —pero no capté movimiento, sólo el sonido de varios besos.

Después, oí pasos que se alejaban y me asomé. Mi mujer estaba completamente desnuda, se tuvo que haber quitado la ropa en cuanto cerré la puerta, y llevaba al primo cogido de la polla, que caminaba como podía con los pantalones bajados, hacia el dormitorio de éste. El culo de mi mujer iba temblando a cada paso del trayecto y él le dio un palmetazo que la estimuló aún más. Esperé unos segundos y me acerqué para asomarme a la habitación. Ella estaba a cuatro y el primo la había ensartado por detrás. No habían tenido tiempo de hacer algún tipo de preliminar, e imaginé lo mojada que debía de haber estado mi mujer desde que les dije que me iría esa tarde. El sonido de sus cuerpos chocando retumbaba en mis oídos, pero también percibí otro que describía minuciosamente lo empapado que estaba el coño de mi mujer y lo suave que se deslizaba la polla del primo. Quería pruebas de que entre ellos había algo más que algún escarceo y ya tenía lo que quería. Seguí mirando.

—Háblame como dijimos —le dijo mi mujer entre jadeos.

—No me apetece... —contestó su amante, apenas sin aire.

—Hazlo, verás que bien... ah, ah, ah... vamos... háblame como si yo fuera tu mujer... ah, ah...

—¡Puta de mierda! —dijo finalmente el primo tras varias arremetidas, ella le tomó la mano para hacerle ver que todo iba bien, que siguiese por ese camino—. ¡Guarra, puta! ¡Siente mi polla, perra! ¿Te gusta mi polla? Contesta, ¡puta!

—Sí, cariño, me haces sentir muy cerda. Sigue... ah, ah, ah... dame fuerte, hazme gritar... ah, ah, ah...

—Sólo vas a pensar en mi polla cuando estés con cualquier otro... ¡Puta...! ¡Toma! ¡Perra!

—Dame duro, quiero pensar en ti cuando folle con otros...

—¡Puta! ¡Puta!

Así que también descubrí que mi mujer, además de ponerme los cuernos, era terapeuta post divorcios. No obstante, sus palabras hicieron su efecto y el primo empezó a follarla sin descanso hasta que gimió anunciando la eyaculación. No llevaba protección y la inundó con su semen. Cuando retiró la polla, cayó alguna gota, y mi mujer se dio la vuelta para chupar cualquier rastro en el rabo, como una perra de verdad. A punto de que me pillara, me escondí de nuevo. Miré mi entrepierna y otra vez mi polla estaba a reventar. Odiaba a mi mujer, a su primo y a mí, por excitarme tanto aquello. Tras un silencio, volví a mirar y los encontré tumbados, descansando y abrazados. Juré que no volvería a caer en la manipulación de esa perra. Lo abrazaba igual que me abrazaba a mí, tal era su descaro. Además, desde mi posición pude ver el coño de mi mujer enrojecido y abierto, y, como pude prever, la muy puta aún quería seguir con el coito y así se lo dijo a nuestro invitado. Ella era consciente de que apenas tenían tiempo para otro y, sin esperar respuesta, se puso entre sus piernas para estimular con la boca una nueva erección del primo. Yo pensé que era la misma boca que yo había besado cuando simulé salir de casa, y que cuando ella me correspondió el beso ya sabía que la ocuparía con el pene que estaba creciendo dentro de ella en ese momento.

—¡Qué grande está, mi amor! —dijo sujetándola con las manos.

Estaba realmente grande. Ella debía estar como una moto. Sin dudar apenas, se subió encima del brillante mástil y se dejó caer apoyada en el pecho de su amante. Me escondí tras el muro para descansar y al cabo del rato volví a mirar, encontrándome con que ella se había girado, de manera que seguía encima pero dándole la espalda a él y mirando hacia la puerta. Me miró y yo la miré. También a su cadera, pues por la posición de la mano del primo, parecía que le había metido un dedo en el culo. Antes de pensar en decir algo, me di cuenta de que ella seguía follando con la misma cadencia, ignorándome. Mi mujer había tomado esa decisión. Yo guardé silencio.

—Avísame cuando te hayas corrido, mi amor —le dijo a su primo.

Se lo estaba follando mirándome descarada, apretándose los pezones. Su cuerpo me tapaba de la vista de su amante. El primo no dejaba de hurgar en su trasero con los dedos. Algo hizo él que a mi mujer se le pusieron los ojos en blanco y gimió más fuerte.

—¿Te molesta? —preguntó él.

—¡Para nada! ¡Me encanta eso! Espera, voy a probar —y se levantó para enfilar la punta del ariete en el ano, volviendo a dejar caer el cuerpo por su propio peso, gimiendo y mirándome durante todo el proceso, sin compasión. Me había convertido en un cornudo completo. Tomó aire y siguió con el movimiento de cadera—. Me gusta sentirte así, con tu polla en mi culo. ¿Te gusta a ti?

—Uff, sí —contestó el primo—. Joder ¡cómo se siente!

—¿Sí? —dijo mi mujer sin dejar de moverse—. Yo me siento como una puta... ¡aaah!

—Me encanta follarte ese culo de puta —mi mujer pudo esbozarme una sonrisa en su cara desencajada.

Cuando ella levantaba el cuerpo, aparecía la polla de su primo, dura como una roca, esperando que ella volviera a dejarse caer. Me preguntaba cuánto tiempo aguantaría mi mujer en ese ejercicio de sentadillas, pues, a pesar de estar dominada por el vicio, estaba empezando a sudar abundantemente. Se adelantó el primo, sujetando desesperadamente con ambas manos aquellas caderas bamboleantes, en un intento inútil de postergar la corrida. Al poco, mi mujer le preguntó si había acabado y al confirmarle él que se había vaciado en ella, alzó el cuerpo lentamente, dejando caer esperma sobre la polla brillante. Se dio la vuelta y se la chupó de nuevo. ¡Qué puta era realmente mi mujer! Casi nunca me había dado el gusto de chuparme el rabo después de eyacular en ella, jamás si se la había metido por detrás. Y ahí estaba el primo, recibiendo esas dulces lamidas y sin haberlas pedido. Me retiré a la puerta de casa y esperé el momento adecuado de simular mi llegada. Oí cómo ella le dijo a su amante que se iba a duchar, que yo estaba al caer. En cuanto entró en el baño, abrí la puerta de casa en silencio y la cerré haciendo bastante ruido. Entré en el salón y le di tiempo a nuestro invitado para que se vistiera discretamente y me saludara. A pesar de todo, lo encontré algo cohibido. Con el sonido de fondo del agua corriendo en el baño, balbuceó que se iba a la calle y que ya nos veríamos más tarde.

Me quedé en el salón, esperando a mi mujer. No sabía qué decirle ni cómo empezar. Tenía la polla mojada por el espectáculo que acababa de ver, pero también un enfado descomunal por el ataque de cuernos que llevaba. Ella salió del baño, se dio una vuelta por la casa y al llegar al salón ya había comprendido que estábamos solos. Llevaba una toalla que le cubría lo justo y se abría por un lateral hasta las caderas. No se podía ser más bella ni más puta.

–Se ha ido a dar una vuelta –le dije enfadado.

Tragué saliva, sin intención de medir mis palabras. Ella dejó caer la toalla. La puta quería follar. Allá donde se posaban mis ojos, en la cintura o en los redondos pechos, sabía que antes se habían posado las manos del otro. Pero ella era puro vicio y casi podía tocar el deseo que nos iba envolviendo. Quería meterme entre esos muslos. Pero antes le diría unas cuantas cosas y, si me iba a quedar sin follar con ella ese día o los siguientes, pues mala suerte. Se acercó más.

–Me tienes que explicar... –intenté decir.

No me dejó continuar, poniendo primero un dedo en mis labios y besándome después. Su lengua de puta fue entrando en mi boca y fui cediendo, derrotado por el deseo. Me sacó la polla en unos movimientos rápidos y precisos y bajó la cabeza para comérmela con apetito. Me pregunté el número de veces que mi mujer había mamado un rabo ese día. Antes de ponerme a contar, se subió encima y, a horcajadas, me folló. Sólo me dejó tocarle las tetas. Su coño parecía tener vida propia, como si succionase la verga que tenía dentro. Nos follamos en silencio, gimiendo, mirándonos. No hacían falta palabras, pero algún puta se me escapó y eso la espoleó un poco más. Empezó a moverse arriba y abajo, y su cuerpo, ya tonificado por el ejercicio, empezó a sudar sin signos de cansancio. Me corrí y ella siguió hasta que se la polla se salió. Me la chupó entonces, limpiando los densos rastros de nuestro apareamiento. Cuando sació su ardor, se abrazó a mí, como antes había abrazado a su primo, y también la correspondí rodeándola con mis brazos. Entonces habló.

–Mi primo también vendrá el mes que viene. Sólo serán unos pocos días.

Mi polla, a pesar de estar agotada, respondió con un leve y persistente movimiento. Ella, que tenía el muslo sobre ella, lo pudo percibir y me besó. Su mano me empezó a masturbar mientras su lengua de puta, que sólo sabía a sexo, se fundía con la mía.