Éramos amantes
En el ascensor del hotel, sus cuerpos ya ardían antes de llegar a la habitación. Ella, casada y él con pareja, se entregaron a una química que los dejó sin aliento. Pero el amor clandestino tiene un precio, y los remordimientos los separaron antes de que el tiempo se acabara.
Fuimos amantes durante meses. Ella estaba casada y yo tenía entonces una relación, y nos habíamos conocido en el trabajo. Al principio nuestra relación era normal, incluso algo fría, hasta que hubo un detonante sobre una afición en común que nos hizo empezar a acercarnos.
Empezamos compartiendo el rato de comida saliendo del trabajo y yendo a tomar algo juntos, intentando alejarnos de miradas de personas que conocíamos, hasta que la atracción que teníamos provocó primero un beso, después un roce en un portal y posteriormente una habitación de hotel donde nos descubrimos mutuamente.
Era realmente maravilloso. Nunca había sentido nada ni remotamente parecido a lo que sentía con ella. Y a ella le pasaba igual. Nuestros cuerpos se entendían, se fusionaban, se deseaban. Y pasó lo inevitable. Nos enamoramos. Algo que no podía suceder pero sucedió.
Acudíamos cada 15 días aproximadamente al mismo hotel, a la hora de comer. Muy cerca de donde trabajábamos. Íbamos por separado y nos encontrábamos en la puerta del ascensor, donde ya empezábamos a besarnos de manera que en la llegada a la habitación nuestros cuerpos ya estaban ardiendo.
Ella era delgada, muy deportista, poco pecho y muy guapa. Desde la primera vez que hicimos el amor me enamoré de su piel, de su aroma, de sus besos, de su forma de mirar, de gemir, de sus orgasmos… todo lo que ella tenía me gustaba, me enloquecía. Nuestros ratos duraban mínimo 3 horas en las que ella se corría hasta 5 ó 6 veces y yo mantenía mi excitación y mi erección sin ningún esfuerzo. Algo mágico que hace creer que efectivamente la química entre dos personas existe.
Me encantaba comer su coño. Supe identificar rápido cómo le gustaba, y se corría rápido cuando centraba mi lengua en su clítoris en movimientos muy cortos y usando mis labios. Descubrió el squirting cuando le masturbé por primera vez con los dedos anular y corazón alcanzando unos orgasmos tras otros y empapando, literalmente, las sábanas o el suelo. Nunca nadie le había hecho correrse de esa manera, no sabía de su capacidad para soltar tales cantidades de flujo, y a mí me apasionaba hacérselo.
Le gustaba comerme la polla. Se tumbaba entre mis piernas y sin dejar de mirarme movía su cabeza arriba y abajo acompañando con la
mano la masturbación. Muchas veces me pidió que me corriera en su boca, y se tragaba mi semen sin dudarlo.
Nos abrazábamos mucho, nos acariciábamos mucho, hablábamos mucho y nos decíamos muchas cosas. No teníamos prisa en alcanzar nada y éramos generosos el uno con el otro. Sexo y amor en estado puro.
Nos masturbábamos en casa, pensando el uno en el otro, y al día siguiente nos lo contábamos.
Muchas veces se ponía a cuatro patas y me pedía que le lamiera el culo. Para mí era un regalo; adoraba verla en esa posición, tan excitada, pidiéndome una de las cosas que más me gusta hacerle a una mujer. Un día me pidió que siguiera más allá y tuvo su primera vez en el sexo anal. La penetré muy despacio disfrutando con ella de cada centímetro que entraba y acabé descargando dentro de ella. El día después me confesó que nunca había tenido sexo anal y que se lo había hecho tan dulcemente que quería repetir. Y repetimos, muchas veces más.
Ya no nos vemos. Remordimientos vagos nos alejaron, aunque algo en mi cabeza la retiene. Nadie la igualará nunca.
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