Mi marido y sus relatos 1
Descubrí que mi marido no solo me folla, sino que me escribe. Y lo peor es que, al leerlo, no sentí celos, sino ganas de volver a la cama y recordarle quién manda realmente.
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Esta historia es totalmente real. Sucedió en el año 2017.
Mi nombre es Ana y soy una mujer de 34 años con una vida bastante normal.
Estoy casada desde hace 2 años. Mi marido se llama Carlos, tiene 36 años, y nos gusta viajar, ver series y salir a tomar algo. Lo típico, vamos.
No hay demasiados secretos entre nosotros. Nos conocimos con 24 y 22 años, respectivamente y siempre hemos estado juntos. Desde el principio hubo muy buena química. La relación sexual fue increíble y nos adaptábamos muy bien en gustos el uno al otro.
Carlos fue mi tercer novio serio. Tras una relación de 2 años en el instituto con un chico llamado Jesús. Y otra segunda relación de 3 años, durante los primeros años de universidad, con otro chico llamado Raúl.
Entre medias, experimenté. Todo hay que decirlo. Tuve relaciones bisexuales, probé con un africano, con un moro, hice tríos e incluso participé, una noche de borrachera, en un bukake. Eran locuras de juventud. Cosas que me apetecía probar y que, una vez hechas, ya no necesitaba hacer más.
Mi marido es conocedor de mi pasado. Conforme íbamos conociéndonos, siendo novios, yo le contaba mis experiencias.
–Eres una puta –me decía mientras ponía cara de vicioso, porque yo le contaba cómo le comía los pechos a otra chica.
–Lo sé, cariño. Pero ahora solo soy tu puta.
Lo cierto es que nuestra vida sexual es muy buena. Yo estoy locamente enamorada de él y creo que él de mí también.
Pero como suele ser habitual, tras los años de noviazgo en los que nos enganchábamos en cero coma, pasamos a tener un par de relaciones sexuales a la semana, al habernos casado.
Es algo normal que pasa en las parejas.
Ambos estamos cansados de nuestros respectivos trabajos, de las cosas de la casa, etc. Y no todas las noches se tienen las mismas ganas.
En los últimos meses, hemos follado los sábados. Y luego entre semana, alguna mamada ha caído, por la noche sentados en el sofá, viendo alguna serie de Netflix.
Reconozco que me he tenido que masturbar alguna vez, mientras estaba sola, porque estaba demasiado cachonda y poco satisfecha.
Pero tampoco me puedo quejar demasiado. Tengo amigas cuyos maridos solo las tocan una vez al mes y ni siquiera saben qué significa la palabra clítoris.
Mi Carlos me da placer, hace que me corra varias veces y es capaz de adaptarse a mis gustos. Su polla no es la más grande, pero tampoco pequeña. Tamaño medio español pero la sabe mover muy bien.
Aguanta lo suyo y muchas veces estamos unos 20 minutos dándole bien fuerte, hasta que se corre por primera vez. Luego se sale de mí y mientras se recupera, me dice guarradas al oído, como a mí me gusta, y me toca mi rajita suavemente.
Tengo una filia sexual muy aguda: me encanta decir y escuchar guarradas. No me gusta el bdsm, ni tampoco que me peguen. Pero que me insulten y me digan toda clase de guarrería me pone a mil.
Él lo sabe y cumple con su papel a la perfección. Me dice cosas tipo:
–Cerda, voy a traerte a cuatro machos para que te refrieguen sus pollas contra tu cara de puta. Y luego voy a obligarte a que se las chupes a todos hasta que se corran en tu garganta.
En cuanto acaba la frase, yo me estoy corriendo como una cerda.
Por supuesto, todo es fantasía.
Debéis saber que soy morena, aunque ahora llevo mechas caoba. El pelo lo tengo bastante largo. Mido 162, peso unos 57 kilos. Tengo unos pechos redonditos (una 95) con un pezón prominente. Y estoy totalmente depilada, porque hace ya muchos años que me hice el láser por todo el cuerpo.
Me suelo cuidar bastante, ya que trabajo en una tienda de deportes. Mi marido es profesor.
Pues bien, como os digo nuestra vida iba muy bien, hasta que algo cambió hace poco.
Una tarde en la que Carlos tenía reunión en el colegio, yo estaba en casa, porque me había cogido ese día y el siguiente de asuntos propios. Por la mañana había estado en Haciendo, averiguando unos papeles relacionados con unos pagos de mis padres. Ellos ya están mayores y no sabían bien los pasos que tenían que seguir, por lo que me encargaron a mí que me hiciera cargo de todo.
En Hacienda, por supuesto, te complican la vida. Total que tenía que imprimir no se qué formularios y rellenarlos, para volver a entregarlos a la mañana siguiente.
Cogí el ordenador de mi marido, porque el mío llevaba roto varios días. Por supuesto le había pedido permiso. Ambos conocíamos nuestras contraseñas, pero respetábamos nuestra privacidad.
Entré y puse Google. Me metí en la página de Hacienda y empecé a descargar los formularios. Luego los imprimí. Estaba ya a punto de cerrar todo, cuando me dio por curiosear su historial.
Por supuesto, encontré mucho porno. Él no borraba nada, porque ambos confiábamos el uno en el otro. Eso no me sorprendió. También había en el historial algunas páginas de relatos eróticos. Algo por supuesto lógico.
Me imaginé que Carlos se había masturbado alguna vez, al igual que hacía yo. Y a él le gustaban esas cosas de relatos, que era el material que luego usaba para contarme esas guarradas que tan viciosa me ponían.
El problema es que vi una página en el historial marcada como “iniciar sesión”. No sabía bien qué era aquello y le di.
Carlos había creado un usuario en una de las páginas de relatos. Hasta ahí nada raro. Lo malo vino cuando vi que su nick de usuario era: “elcornudo” y tenía 7 textos publicados.
Sí, Carlos, mi Carlos, mi marido. Él había escrito 7 relatos en una página con miles y miles de lectores. Bajo el seudónimo de “elcornudo”, cosa que no era. Y lo más fuerte de todo es que se llamaban: “La puta de Ana 1”, así hasta el 7.
No me lo podía creer.
Me puse nerviosa. Borré ese rastro del historial de navegación y salí de su portátil.
Guardé los papeles, me di una ducha y preparé la cena. Carlos llegó a casa bastante tarde, se dio una ducha, cenamos y me contó un poco lo aburrida y tediosa que había sido la reunión. Yo no le dije nada de mi hallazgo.
Por supuesto, Carlos llegó cansado y enseguida se acostó. Yo le dije que iba a ver un capítulo de alguna serie y luego me acostaría.
Pero en realidad le daba vueltas al asunto. ¿Por qué Carlos había creado una historia así para que la leyera tanta gente? Y lo peor de todo es que me nombraba.
Como ya sabía el nombre de la página y su nombre de autor, lo busqué en mi móvil.
Enseguida me apareció y empecé a leer la primera parte.
Conforme mis ojos se desplazaban por las líneas, no me lo podía creer. Era cien por cien mi historia. Todo lo que yo le había contado de mis juergas de juventud, con pelos y señales. ¡Joder! Si incluso usaba los nombres reales, tanto el mío, como de mis amigas y amigos. No ponía apellidos, menos mal, pero todo era verídico: lugares, fechas, sucesos... salvo que en la historia, él era mi novio. Un cornudo consentidor, que soportaba todas aquellas zorrerías que la puta de su novia hacía. Y que además disfrutaba con aquello.
Me leí los 7 relatos seguidos. Y cuando acabé estaba furiosa y cachonda a la vez. Apagué el móvil. Fui hasta el dormitorio. Eran las 1.34 de la madrugada. Carlos dormía profundamente. Me metí en la cama. Agarré su polla y comencé a hacerle una buena mamada. Él se despertó sobresaltado pero contento.
–¡Uff, cariño! –Fue lo único que me dijo.
Y yo continué durante un buen rato, hasta que se vino en mi boca. Y en ningún momento dejé de pensar que le estaba comiendo la polla a Carlos “El Cornudo”.
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