El harén - capítulo uno
Roberto sabía que María lo esperaba. Con la falda subida y el secreto de no llevar bragas, ella sabía exactamente cómo encenderlo. Esta vez, no habría secretos ni silencios; todo el harén sería testigo de su pasión.
Roberto tenía un harén de mujeres, concretamente 5. Eran todas muy calientes y serviciales, y a Roberto se le ponía dura tan sólo pensar en ellas. Especialmente la última con la que se había comprometido, que se llamaba María. María tenía apenas 22 años y un cuerpo que incitaba al vicio y Roberto se ponía cachondo perdido con ella. Su cuerpo pequeño pero fibrado, sus tetas firmes y su cara viciosa hacían que Roberto tuviese ganas de follársela a todas horas y en todos los lugares. Por no hablar de su culo desproporcionadamente grande en comparación con su cuerpo.
Roberto pensaba en ella mientras se encontraba de viaje de negocios, y cada día que pasaba aumentaban las ganas. Por la noche se pajeaba pensando en ella y en lo que estaría haciendo. La noche anterior a su regreso ya se imaginaba todas las poses que harían.
Cuando llegó a la casa se encontró a cuatro de sus mujeres esperándolo en el salón, y las saludó besándolas a cada una con ganas y tocándoles los pechos delante de las otras. Aun así, faltaba la mujer que más había estado esperando esos días, y Carmen, otra de sus mujeres, le indicó que estaba en la cocina fregando platos.
Roberto entró en la cocina y se la encontró de espaldas. Llevaba la falda corta que Roberto le había regalado hacía un mes. La falda estaba bastante subida y dejaba ver gran parte de su culo. Roberto se volvió loco con esa imagen y se acercó sigilosamente a María, la abrazó por la cintura y se apretó contra ella, restregándole su polla, que ya se le había puesto dura del magreo con sus otras mujeres.
*Sabía que vendrías a esta hora… y por eso me he puesto esta falda, que sé que te pone muchísimo.
*Joder María, es que estás tremenda
*Y aún hay más… no llevo bragas – le susurró al oído con cara de pervertida
Roberto se volvió loco y empezó a restregarse con más fuerza. María jadeó y se inclinó hacia delante en la encimera, para que Roberto pudiera ver su culo al completo, y eso sólo le puso más cachondo todavía. Con la polla estallando dentro del pantalón, se apretó todavía más al culo de María mientras le tocaba los pechos, que ya empezaban a salir por el gran escote de la camiseta. María soltaba jadeos cada vez más fuertes. La puerta de la cocina estaba abierta, y las otras mujeres podían oírlo todo, y eso les encendía todavía más a ambos.
Roberto giró a María y le arrancó el top que llevaba. La empotró contra una pared de la cocina y se besaron cachondos perdidos. Desde el comedor se podía ver esa parte de la cocina, y Roberto lo había hecho a posta para que sus otras mujeres los vieran en ese arrebato de pasión. Roberto le subió la falda a María y bajó sus dedos hasta su sexo, que ya estaba mojado y palpitante, esperándole a él. Empezó a hacerle dedos y María se arqueó hacia atrás, convulsionando y volviéndose loca de placer.
*Paraaa Roberto, que me corroo – decía mientras sus jadeos se convertían en gritos.
Cuando ya estaba muy a tono, Roberto paró para que no acabara. Eso la volvía muy cerda, y en esa ocasión lo fue todavía más. Cogió a Roberto, lo empezó a besar con lengüetazos y fue bajando por su cuerpo poco a poco, lamiéndole hasta llegar a sus pantalones. Al abrirlos su pene duro salió disparado, y María lo chupó con ganas. Las ganas acumuladas de ambos después de una semana les habían vuelto locos, y ahora María le pajeaba como si no hubiera un mañana. Roberto estaba loco de placer, pronto se correría, así que prefirió esperar. Asió a María con fuerza, que soltó un chillido incontenido y puso su coñito caliente y mojado encima de su polla. Con ella en brazos, empezó a hacerla botar dentro de él, cada vez a un ritmo más frenético que les estaba llevando al borde del orgasmo. Ahora chillaban ya como animales, desinhibidos del todo, y las otras mujeres los miraban entre cachondas y celosas desde el sofá, algunas tocándose incluso.
Antes de que terminaran, Roberto tumbó a María en la mesa y siguió penetrándola con fuerza. Mientras la embestía, acariciaba su clítoris en círculos, lo cual la volvía loca, y tocaba también sus pechos.
*Ahora sí Roberto, me corro!!
Pero no pudo acabar la frase, que Roberto se corrió en un orgasmo brutal. Segundos después María también, y se fundieron los dos en esa sensación.
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