Ibiza (parte1)
Carolina tiene los ojos verdes y el cuerpo marcado por el pecado. Lo miró desde la playa nudista y ahora no puede evitar tocarlo. En medio del bullicio de Ibiza, el riesgo de ser vistos solo enciende más la llama.
- Es para que mi chochito tenga un sabor más dulce.
Carolina, así se llamaba, había dicho esa frase en un susurro, contándomelo en secreto, acercándo su cara a mi y dejándo que su olor a hembra jóven impregnara todos mis sentidos. Se vuelve a sentar en su sitio, al otro lado de la mesa. Da una lamida a su helado de melocotón y se pasa la lengua por los labios para limpiar los restos sin dejar de mirarme. Sonríe coqueta y prosigue.
- Los sabores dulces y la fruta le dan un mejor sabor, por eso estoy siempre comiendo helados.
Su sonrisa es algo nerviosa. Sabe que está siendo una niña mala. Tiene una cara angelical, con unos enormes ojos verdes, algo achinados y una boca carnosa que no puedo dejar de mirar. Su cuerpo no, su cuerpo no es angélical, es pecado puro. Su cuerpo, doradito contrastaba con la parte de arriba del bikini blanco. Unos pechos no muy grandes pero decididamente firmes, con los pezones morenos luchando por salir de la tela. Un vientre plano adornado por un piercing en el ombliguito. En ese momento no veía nada más de ella, recordaba sus muslos firmes al acercarse a la mesa, y una minifalda blanca que se movía hipnótica al andar.
Yo jugueteaba con la pajita del mojito gastado que tenía en mis manos.
- Que directa eres, ¿no?
Carol se apoya en el respaldo de su silla. Me mira de arriba a abajo, dando una chupada al helado.
- Hace dos semanas que lo dejé con mi novio y ahora estoy de vacaciones en Ibiza. Te vi antes en la playa nudista.
Noto su pie descalzo apoyándose en mi paquete. Mi polla se empieza a empalmar lentamente.
-... y lo que vi me gustó.
Su pie empieza a subir y bajar por mi entrepierna. Se le cae una gota del helado en el escote, la recoge suavemente con el dedo y lo chupa sin dejar de mirarme.
- Quería saber si lo que era tan bonito en reposo lo es más cuando crece.
El pie de Carol empuja suavemente para notar mi dureza. Me la ha puesto como una piedra. La veo estremecerse mordiéndose el labio. Parece que le gusta lo que toca.
- ¡Joder! - Carol respira agitada, deja el resto de helado en un cenicero y se levanta. Ahí están esos muslos apetecibles. Me coge de la mano y me arrastra a la pista de baile. Yo la sigo hipnotizado por el bamboleo de ese culo duro. Probablemente se me nota el empalme en los pantalones de lino, pero me da igual.
Baila pegada a mi, ninguno de los dos lleva camiseta. Siento su piel en piel. Recorre suavemente sus uñas por mi espalda. Es algo de house lentito, se mueve despacito, de forma erótica. Nos acompasamos y movemos nuestras caderas a la vez, con las caras muy cerca, notando nuestros alientos. Su aliento a melocotón me vuelve loco. Voy a besarla, pero antes lo hace ella. Desesperada, chocando nuestros labios, chupándome la lengua, respirando agitada en mi boca, con mi pene caliente y duro apretujándose entre nuestros cuerpos. La música cambia, ahora es mas movidita, algo de tecno. Ella se da la vuelta y pega su culo a mi polla. Mi dureza se frota contra sus nalgas, ella se mueve frenética, al compás de la música, arqueando su espalda pegando su cabeza a la mia. Muerdo su cuello delgado, delicioso. Ella gime desesperada, ya no sigue el ritmo de la música; se mueve más rápido, en círculos, masajeando mi polla.
- Si sigues así vas a hacer que me corra- le susurro en la oreja, después de un suave mordisco.
Al oir esto, Carol me agarra de la mano y me hace seguirla otra vez, otra vez ese culo prodigioso, que me acababa de masturbar delante de todo el mundo, me obligaba a seguirle, esta vez, fuera de la terraza. Otra vez mi polla dura chocando contra mi tela descaradamente delante de todo el mundo. Carol se para y me mira con hambre. Señala al otro lado de la calle.
- Allí está mi apartamento.
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