Xtories

Desenfreno en el rellano

El ascensor tarda una eternidad en subir, pero el calor entre ellos es insoportable. En el rellano de su propio edificio, la vergüenza se disuelve contra la barandilla, y lo que empieza como una invitación a casa se convierte en un desenfreno que nadie debería escuchar.

Lucia41K vistas7.0· 25 votos

Lucía era una joven de 18 años que había llegado nueva a la ciudad de Madrid para comenzar sus estudios universitarios. La joven no conocía a nadie allí así que decidió ir a un bar tranquilo de la ciudad para tomarse algo e intentar conocer gente tras finalizar su jornada en clase.

Lucía se sentó en la barra del bar junto a un hombre vestido con camisa y pantalón de traje de unos 40 años que no dejaba de mirarla desde que entró por la puerta. Ella le saludó, con una voz suave y tímida, y aquel hombre le preguntó qué quería tomar. Lucía, avergonzada le dijo que ahora se lo pediría al camarero, pero aquel hombre insistió en invitarle a tomar algo, y ella accedió a una copa.

Arturo, como se llamaba el hombre, estuvo toda la noche hablando con Lucía e interesándose por ella, riendo y bebiendo más de lo que tenían planeado. A lo que ella se dio cuenta, ya era la hora de marcharse a casa y se fue a despedir, pero Arturo insistió en acompañarle a casa por si se perdía por el camino.

Una vez que llegaron los dos al portal de la joven, Arturo le miro fijamente y le agarró fuertemente de la cintura; Lucía había perdido la vergüenza con aquel hombre, así que se dirigió seguidamente hacia su cuerpo, apretándose contra él fuertemente, e introdujo la mano de Arturo bajo su falda.

-Está muy húmedo y caliente, tal vez necesites un poco de ayuda.- dijo él. Y ella sin pensarlo dos veces comenzó a besarle desenfrenadamente mientras introducía las llaves del portal en la cerradura. Después, mientras subían por las escaleras, seguían besándose y él, iba desabrochándole los botones de la blusa dejando ver a simple vista que no llevaba sujetador. Arturo comenzó en una esquina del portal a lamer suavemente los pezones de Lucía mientras ella le agarraba firmemente de la cabeza e intentaba aguantar sus ganas de gemir para que ningún vecino les escuchase.

Lucía se guitó la blusa de golpe, quedando tan solo con sus zapatos y su falda. Seguidamente, se dispuso a aflojar el cinturón de Arturo y notaba el calor que desprendían sus pantalones, dejando al descubierto su gorda y firme polla. Lucía se arrodilló y se la metió en la boca; empezó a juguetear con su lengua y con su piercing lentamente, de manera continuada hasta que comenzó a sacudir su cabeza rápidamente de un lado a otro, provocando el sonido de su garganta chocando con la polla. Al poco rato, Arturo se dispuso a bajarle las bragas con la boca hasta las rodillas, y empezó a comerle el coño rápidamente.

Ella no podía más del placer, las piernas le flojeaban y se agarró en la barandilla de las escaleras tapándose con la otra mano la boca; pero a lo que se dio cuenta Arturo le estaba introduciendo dos dedos por su vagina mientras le seguía lamiendo el clítoris.

Lucía no podía más y comenzó a gritar descontroladamente de placer, él, le tapó la boca llevándola dentro del ascensor y comenzó a follarle de pie, tras ella, mientras observaban su imagen en el espejo. Lucía apretó el número 9 para subir a su piso y terminar allí la faena, pero aquel ascensor iba muy lento y vivía en un noveno piso, ella creía que se ahogaba allí mismo de sentir como su enorme polla le llenaba totalmente la vagina y notaba una gran presión hacia su estómago.

Cuando llegaron a su casa, dejaron de hacerlo durante unos pocos segundos, y al cerrar la puerta, Arturo la cogió en brazos introduciendo de golpe su polla de nuevo y dirigiéndose hacia la pared comenzó a penetrarla con más y más rapidez hasta que sentía que venía el momento y paró de golpe. Lucía comenzó a chupársela desenfrenadamente, como si nunca pudiera hacerlo más en la vida y sintió a los pocos segundos como algo caliente y espeso inundaba su paladar, ella tragó y siguió dando unos pocos lametones más hasta que comenzó a subir sus braguitas, dejando la puerta abierta para que aquel hombre se marchara y desapareciera en la noche.