La Señora Vecina
Desde la ventana de su cuarto, Miguel descubrió que la vecina de al lado era mucho más que una figura doméstica. Lo que empezó como una obsesión silenciosa se transformó en una noche de julio en una promesa de placer prohibido. Ahora, el secreto de su casa es el único lugar donde pueden permitirse ser libres.
Me llamo Miguel, tengo 20 años y el gusto por esa señora comenzó a finales del verano del 2001. Estaba estudiando cuando me asomé a la ventana cansado de estudiar. Como a tres metros la observé dando la merienda a sus hijos, tan acalorada estaba que no llevaba nada debajo de la bata y con dos ojales sin abrochar, mostrando todo el regato del tetamen, y cuando se agachaba ¡hala!, el escote abierto de par en par, y la delantera, bamboleante como si tuviera vida propia, luchando por salir a tomar el aire.
Pero hay algo más, desde niño me excitaban los sobacos de las mujeres; y mucho más si olían a sudor. Y la Mariana sudaba de los sobacos como no os lo podéis imaginar. Y de vez en cuando alzaba los brazos, suspirando, mostrándome impúdicamente aquella maravilla de sobacos húmedos, con unos pelillos que asomaban por la cortísima manga de su bata. Yo me la pelaba como un mono pensando en Mariana y me puse a observarla desde mi ventana en las noches de estudio.
Lo mejor llegó en una cálida noche de Junio. Eran las cuatro de la madrugada en el momento en que una brisa fría la hizo levantar de la cama para bajar la persiana. La luz de su cocina, era ella y no podía creer lo que veía.
La contemplé por primera vez con un viso gris claro transparente, que dejaba ver su blanco sujetador y sus bragas del mismo color, en las que no sólo se apreciaba ese bulto del chumino sino que se descubría todo el triángulo negro.
Estaba tomando un vaso de leche, cuando apareció su marido, Colocándose a sus espaldas y con las manos en sus caderas, le empezó a dar besos tanto en los hombros como en el cuello y los brazos,
Ella ponía una cara sonriente y una boca abierta dando muestras de su goce, que más bien en aquellas partes eran escalofríos de placer. Después, sus manos se posaron en las tetas de su mujer, las cuales empezó a frotar, exprimir y acariciar. La despojó del viso, y erotizado por el gusto, le desabrochó el sujetador, dejando las tetazas al aire libre de la cocina.
Después se fueron hacia su cuarto y yo me la meneé hasta correrme vivo en dos minutos. Sus bragas quedaron tiradas en el suelo y con su única visión me corrí como un poseso. Este hecho quedó guardado en mi memoria en espera de ser yo el que algún día ocupara el lugar de su marido, es decir, que mi polla entrara en aquel húmedo higo.
Pasé mucho tiempo espiándoles y a mediados de Julio me llegó la oportunidad. En la tienda del barrio, el tendero me preguntó si conocía a una señora con dos hijos que vivía en frente de mi piso. Le respondí que sí, y me dio su bolso del dinero, pues ella se lo había olvidado. Con mucho gusto decidí llevárselo.
- Sí, ¿ Que quieres?-
- Venía a darle el bolso que se ha dejado en la carnicería- le respondí nervioso.
- ¡ Ah, sí, gracias! Pero pasa dentro que te daré una pequeña recompensa- me dijo, sonriendo muy agradecida.
Cuando estuve dentro, todo se me hizo nervios y excitación, la dije que no tenía que darme nada.
Se me acercó poco a poco, hasta que sus labios dieron con los míos. Al principio, no sentí nada; pero después un calor me invadió el cuerpo haciendo que mis brazos la estrecharan.
Fue un beso largo. Me derretía ese placer que llegaba de la cabeza a los pies. Mi polla parecía explotar de lo dura que la tenía. Después de dos besos me moría de gusto por follarla, pero ella gemía:
- ¡ Miguel, vale... Vale ya, sólo era un beso! ¿ Te digo... Te digo que vale! ¡ No... Noooo... Noooo!
Yo seguí besándola, sin poderme contener.
-¡ Así... Ohhhh... Qué bien lo haces, Ahhh... qué bien!. ¡ Venga... no seas tímido y acaricia mis pechos! ¡ Ahhhh!.
Por fin pude acariciar sus enormes melones, tan blancas en contraste con sus grandes pezones marrón oscuro.
Con su teta en la boca y acariciando su culo, la puse a tope, le ofrecí tal placer que empezó a decir palabrotas y obscenidades mientras jadeaba:
- ¡ Cabroncete, que me corro...Ahhhh!
Empezó a mover la cabeza en todos los sentidos, vibró su cuerpo, se agarró a mis nalgas y apretó con fuerza mi polla contra su coño mientras se corría entre jadeos. No pude evitarlo y yo también me fui.
Si nos hubieran visto: de pie, apretándonos el uno contra el otro, gozando cada uno manchado de sus distintos líquidos orgásmicos. Me entraron ganas de joderla; pero me agaché para lamerle el conejo. Tenía lefa por todos los sitios, en el pantalón, en sus bragas y en sus piernas.
Cuando me dirigí a aquel sitio peludo, me agarró la cabeza y me dijo:
- Soy tuya, hazme disfrutar con tu lengua; pero recuerda: ¡ nada de metérmela!
Nos besamos, le comí las tetas; y me preparé en su coño metiendo la lengua hasta el fondo, haciéndola vibrar. Ella se apoderó de mi pito mientras yo le chupaba el semen derramado entre sus piernas y su almeja. El placer que me daba era casi imposible soportarlo. Sin apenas fuerzas para moverme me puse a lamer su clítoris hasta que dije:
- ¡ Mariana... Mariana,,,; para! ¡ Que me llega! ¡ Sácatela...sácatela! ¡ Ohhh...! ¿Qué haces, que haces Mariana...¡ Así, así...; así! ¡Otra vez, otra vez... que me corro...; que va...! ¡¡Ooohhhh...Oohhh...!!
Me corrí en su boca y ella se bebió mi lefa. Yo agradecido le lamí el ano y así pasamos dos horas maravillosas.
Follamos dos o tres veces más entre el otoño y el invierno con la misma pasión. Nunca la llegué a penetrar, porque el placer que me daba chupándome el nabo era tal, que olvidé hacerlo. Mejor diré que respeté sus ruegos de no metérsela...
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