Laura (3)
Laura no solo lo golpeó, lo humilló. Ahora, mientras él limpia la cocina, ella decide que es hora de su propio placer. ¿Qué hará con su sumiso?
Por hacerla breve diré que perdí. Nadie lo habría dicho, iba ganando, la tenía acogotada, pero consiguió darme un golpe con un talón en el culo. Solté la presa y un aullido de dolor, tenía el trasero muy machacado; un golpe así, en otras circunstancias, ni lo habría notado; en las del momento me obligó a soltarla. Con una velocidad que me pareció sorprendente Laura me pegó tres bofetones de padre y muy señor mío que me marearon un poco, pero sobre todo me desconcertaron. Cuando me quise dar cuenta de lo que pasaba tenía el brazo izquierdo totalmente retorcido a mi espalda, retorcido hasta el punto de que lo tenía inutilizado; en la posición en que me lo había colocado Laura ya no necesitaba agarrarlo porque yo no podía hacer con él ni el más mínimo esfuerzo, no podía moverlo y ella se estaba divirtiendo retorciéndome con sus dos manos la muñeca. Finalmente tomó una de las cuerdas y me ató la muñeca del brazo izquierdo uniéndola por el otro extremo al cuello.
"Bien", me dijo, "voy a dividir tu cuerpo en siete partes: cabeza, tronco, brazo izquierdo y derecho, pierna izquierda y derecha y, por fin, ese colgajillo del que estás tan orgulloso. Seis de esas partes saldrán de esta casa bastante moradas, a una la perdonaré y no recibirá ni un solo golpe desde ahora, escoge." A todas estas mientras hablaba me había agarrado los dedos anular y meñique de la mano derecha y me los estaba retorciendo. Volvió a decirme que decidiera o lo haría ella y ante el vehemente requerimiento contesté que la cabeza. "¡Bien decidido!, algo de cerebro te queda" me alabó, "ahora tu y yo vamos a disputar un combate de boxeo, ¡ponte en pie!", dijo, y me sacó de cualquier tentación a la pereza retorciéndome los dedos con una mano y las bolas con la otra.
Yo tenía, al menos teóricamente, una mano libre; la realidad era diferente, un poco más cruel; cada vez que hacía un movimiento un poco brusco el cuello se iba por su lado, ¿y el brazo izquierdo? Incluso cuando seguía al cuello, lo hacía retrasado, con lo que me estrangulaba yo mismo. Podía no hacer movimientos bruscos, pero eso no es disputar un combate de boxeo, sino una masacre, sobre todo si la otra parte si se puede mover, y se mueve, con agilidad. En suma, me cayeron golpes por todos los lados, mientras que yo a ella, que no paraba de burlarse de mi y humillarme, no conseguí darle ni uno solo ya que mis movimientos eran tan lentos que siempre conseguía esquivarlos. Finalmente me dio un puñetazo en la boca del estómago y me tumbo sin aliento y con los ojos cuajados de lágrimas, y no por la alergia, que era diciembre.
"¿Te rindes?", me preguntó muerta de risa, y ya le contesté que si, que era su esclavo, su prisionero, y que haría lo que ella quisiera, y entonces caí en la cuenta de que una de sus predicciones ya se había cumplido, me estaba haciendo el simpático para que no me pegase más. Laura se sentó encima de mi pecho, miró mis brazos y mis piernas y comentó que tenían pocos cardenales, que apenas estaban morados, y en el colgajo no hay ni uno, solo tienes algo en el tórax y abdomen, dijo, y añadió acto seguido que eso había que arreglarlo, se levantó de encima de mi y me mandó poner de rodillas.
A todas estas yo estaba horrorizado porque había comenzado a pegarme en los muslos unas patadas muy dolorosas, en los brazos unos puñetazos más fuertes de lo que yo esperaba; había asumido que sufriría en silencio por idiota y haber vuelto a pelear con ella, pero no fue así, cuando me dio la tercera patada en el muslo izquierdo un dolor horrible me aniquilo moralmente, caí al suelo y empecé a llorar y a suplicar clemencia. Me agarró por el pelo obligándome una vez más a arrodillarme; descargó el puño y lo descargó sobre mi brazo, aullé, era el cuarto golpe en el mismo sitio, volvió a levantar el puño y entonces me derrumbe totalmente. Le dije: "No me pegues más, no me pegues más, por favor, te lo suplico", estaba temblando, tenía sacudidas y con las lagrimas me salieron de la nariz dos velas de moco gigantes, cerré la boca asustado por la posibilidad de que en un vaivén se me colasen dentro. Laura empezó a acariciarme la cabeza, decía: "pobre chiquitín, una chica mala le ha pegado una paliza, ¿te rindes o te sigo pegando?", me preguntó y yo echando la cabeza hacia delante, por las velas, le contesté otra vez que si, ella volvió a la carga preguntando si quería yo que volviésemos a pelear, y contesté que no, entonces me soltó la mano que tenía atada al cuello, mi brazo cayó inerte, me mandó a limpiarme los mocos y lavarme la cara, cuando volví me mandó tumbarme en el suelo y me informó de que quería tener un buen orgasmo, se sentó en mi cara y me mandó sacar la lengua.
Debió quedar contenta, porque no me pegó, me dio un beso en la mejilla y me mandó a la cocina a poner al fuego una perola con agua para hacer una pasta, porque se había hecho tarde y debíamos cenar. Mientras la pasta se hacía me mandó coger la escoba y barrer la cocina, después de hacerlo me mandó limpiar el baño, cuando acabé me encontré en la mesa, un buen plato de pasta con salsa que despedía un olor muy rico; Laura, sentada a la mesa, me dijo: "date prisa, te estoy esperando, puedes sentarte a la mesa como si no fueses un perrito, sino una persona", todo lo que cenamos estaba riquísimo, al acabar me mandó fregar los platos y la perola, mientras ella se divertía jugueteando con mi ano, al fin dijo la frase terrible: "me apetece meter algo por aquí", me estremecí y le pregunté que pensaba hacer conmigo y contestó...
Continuará
Gracias a todos los que me habéis animado a seguir, perdonad que no os haya escrito antes, pero estos días he tenido que cuidar a mi madre, espero vuestros comentarios.
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