En la oficina (4)
La puerta está cerrada, pero el riesgo de que alguien entre es parte del juego. Cada roce, cada gemido ahogado, es una apuesta contra la prudencia. ¿Cuánto tiempo aguantarán la tensión antes de que el secreto se desborde?
La oficina 4
Después de aquel encuentro le pregunté a Adriana si le gustaba que juagarmos de manera peligrosa, con riesgo de que alguien nos pillara, y ella se mostró encantada. Así, moví un poco de mis influencias en la empresa y nos dieron un proyecto juntos, lo que nos permitía estar metidos en mi oficina, jugando, sin que se viera mal.
Un día en que estaba particularmente excitado, le pedí a Adriana que se quitara su ropa interior y se sentara en mi escritorio. Cuando hizo esto remetí debajo del mismo y levantando su falda comencé a besar sus muslos, subiendo hasta su entrepierna. Le pedí que mientras hacía esto siguiera trabajando y mi lengua exploró su vagina de rincón a rincón. A veces ella levantaba un poco las caderas y yo me deleitaba pasando mi lengua por su ano, hasta que las contracciones de su pelvis me hicieron entender que había tenido un orgasmo.
Cambiamos de posición y fue ella la que se metió bajo el escritorio y sacó mi pene por la bragueta de mi pantalón. Su boca y su lengua me estaban llevando a la gloria, cuando de pronto mi secretaria llamó para avisarme de la llegada de uno de mis clientes. Adriana hizo el amago de salir de debajo del escritorio pero no la dejé. Dí el permiso para que pasara y mi cliente entró saludándome con amabilidad y tomando asiento frente a mi, que no había guardado mi herramienta. Adriana se había metido al fondo del espacio del escritorio e intentaba no hacer el más mínimo movimiento. La charla de mi cliente se extendía, y mi pene seguía erecto por lo riesgoso de la escena. Muy pronto sentí a Adriana comenzar a pasar su lengua por mi glande y empezar a engullir mi pene.
Yo adelanté mi silla y recosté mis codos en el escritorio, de manera que ella pudiera hacer su mamada más profunda. Sentía como me engullí casi por completo y me costaba seguir el hilo de la conversación. En cierto momento en que la excitación me comenzaba a ganar, bajé una de mis manos a mi entrepierna y presioné su cabeza contra mi, descargando todo mi semen en su boca, no pudiendo suprimir mis caras de placer, lo cual justifiqué con mi cliente diciendo que tenía un desgarro en la ingle y que me había dado un fuerte tirón. El no me dijo nada más y muy pronto se retiró de mi oficina, dejando el espacio para que mi amante saliera de su escondite y con una pícara sonrisa me mostrara, abriendo su deliciosa boca, todo el semen que retenía en ella, para después tragárselo con lujuria.
Ese mismo día a la hora de almuerzo se me ocurrió otro juego más. Tomé una pequeña botellita de licor de esas de muestra y comencé a masturbar a Adriana con ella, llevándola a alcanzar un rápido orgasmo. Mientras aún se recuperaba saqué sus bragas de mi escritorio y se las puse sin sacar la botellita de su húmedo nido, y llevándola del brazo nos fuimos a almorzar. Cuando regresamos del almuerzo, Adriana me comentó el morbo que le daba sentir la botellita en su vagina mientras almorzábamos con el resto de compañeros de trabajo, cosa que me demostró mostrándome sus bragas empapadas de humedad, que no dude en chupar y saborear los jugos de la excitación que después probaría de su propia fuente.
Sin embargo el juego más morboso lo realizamos días después, cuando estábamos solos en la oficina y le pedí a Adriana que se sentara sobre mí, dándome la espalda. En esta posición mi pene se introdujo en su vagina mientras con mis manos acariciaba su clítoris, buscando llevarla a un orgasmo. Estando en esto sonó el teléfono móvil de Adriana, quien no dudó en contestar a pesar de tenerme dentro de sí.
No recuerdo nada de su conversación, pero me comencé a mover, penetrándola lo más profundo que permitía la posición, para deleitarme viendo como trataba de disimular sus gemidos. El punto culminante de este juego llegó cuando, levantándola de las caderas, la hice sentarse de nuevo sobre mi pene pero apuntando a su orificio anterior. La penetración fue lenta, y no en varias ocasiones tuvo que taparse su boca para no soltar ningún ruido delator.
Al terminar la llamada me cabalgó con furia hasta hacer que mi semen se derramara en su chiquito, mientras recostada contra mí, me dejaba acariciar sus deliciosos pechos, hasta casi dormirnos sobre la silla de mi escritorio.
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